lunes, 13 de junio de 2016

EL TEMPLO DEL REY SALOMÓN


Los descendientes de Abel construyeron poco, desde el punto de vista tecnológico, y las ciudades que fueron levantadas durante su reinado las erigían los arquitectos de la raza de Cam, el hijo de Noé, en el cual se encontraba viva la tendencia cainesca aunque subordinada a los Abel-Noé, que eran quienes dominaban.

Los Abel-Noé eran religiosos por naturaleza; pero su religiosidad era pasiva, sin contribuir a que progresase la obra del mundo a través de la acción, sino más bien por medio de la contemplación. Ellos sabían que existía una raza de creadores y buscaban, invocándolos, que les dictaran sus líneas de actuación. Si las voces de los dioses les ordenaban que cogieran a su primogénito y lo sacrificaran, ellos lo hacían, sin discusión, sin oponer a esa «voz» un criterio propio. Sin embargo, el objetivo principal de la creación era conseguir que el ser humano se formara con su propio criterio. La virtud de la obediencia es propia de la etapa infantil y, por sí sola, es difícil que conduzca a la madurez.

Durante un largo período Dios se comunicaba con sus siervos en el desierto. Más tarde se construyó el tabernáculo, la morada de la divinidad, emplazado también en el desierto. Allí se encerraban los sacerdotes en fechas determinadas con el fin de recibir las órdenes del creador.


El «desierto», en el lenguaje simbólico, significa la parte de la psique que permanece sin colonizar todavía por la conciencia. Es por excelencia el dominio del inconsciente, de aquello a lo cual el ser humano tiene todavía barrado el acceso. Era preciso que esa comunicación con la trascendencia «en el desierto» tuviera lugar «en el templo», es decir, en el propio interior del edificio psíquico humano y que de esta forma fuera realizada a conciencia, lo cual permitiría al ser humano avanzar mucho más deprisa, al poder tomar las riendas de su crecimiento espiritual.

Con tal fin Jehová concibió el plan de levantar esa obra arquitectónica que conocemos con el nombre de El Templo de Salomón. Salomón era el más insigne representante de la tendencia Abel-Noé; hombre hábil en todos los exorcismos del agua (que representa en el ámbito simbólico los sentimientos, las emociones), conocía con una perfección nunca igualada el nombre, el género y el poder de todas las fuerzas de la naturaleza. El sello de Salomón tiene la virtud de captar las fuerzas de la naturaleza que circulan en un instante preciso y todos los grimorios para conjurar a los espíritus se basan en la obra de Salomón. Era un auténtico mago y su poder psíquico era inigualable. Nadie mejor que él para que el creador le confiara una tarea.

Y fue así como Jehová le encargó que edificara un templo en el que el tabernáculo sería instalado de una manera permanente. En ese templo el ser humano podría dialogar a todas horas con el creador. Dicho de otro modo, esa comunicación con un Dios exterior se convertiría en comunicación con un Dios interior, ya que ese templo es la imagen de nuestro propio edificio espiritual, que cada uno de nosotros debe levantar y en el cual la fuerza divina interiorizada se expresa de una manera dinámica para acabar convirtiéndonos en seres superiores. Pero el rey sabio, que conocía todos los secretos del conjuro de los espíritus, que manejaba con destreza los elementos, que llamaba al trabajo a las Salamandras (espíritus del fuego), a las Ondinas (del agua), a las Sílfides (del aire) y a los Gnomos (espíritus de la tierra), ignoraba por completo el arte de construir.

El Gran Arquitecto del Universo le facilitó todas las medidas que debería tener ese templo, pero ningún hombre de su estirpe estaba en condiciones de convertir esas medidas en piedra viva y darles la forma necesaria. Para poder edificar esta obra, Salomón tuvo que pedir ayuda a su amigo Hiram, el rey de Tiro, quien le facilitó los servicios de un arquitecto conocido con el nombre de Hiram Abiff, el hijo de la viuda.

Hiram Abiff era un representante de la línea de Caín-Cam, es decir, un hombre hábil en el arte de las construcciones y en el dominio de la piedra. Por primera vez, Abel-Salomón y Caín-Hiram iban a colaborar en la realización de una obra.

La Biblia nos cuenta cómo, para dar forma a esta obra colosal, Hiram reunió materiales que provenían de los más lejanos países de la tierra. Cada región, cada pueblo, tenía algo que le era propio en ese templo. Es decir, todas las partículas que forman parte de nuestra individualidad, todas las tendencias que conforman la personalidad (las que representan el amor, el perdón, la superación, el empuje...) deben aportar algo a esa edificación, que es la obra magna del ser humano: el edificio que ha de alojar su trascendencia.

Hiram reunió bajo su obediencia a una legión de Maestros constructores, al mando de toda una armada de Compañeros y Aprendices, edificando la obra con tal arte que el templo se iba construyendo sin ruido de martillos, indicando con ello que ese templo psíquico interior debe ser levantado en un ambiente de silencio y meditación, sin el ruido que pueden representar las críticas, los prejuicios, la incomprensión exterior, razón por la cual la obra de los francmasones es discreta y sus miembros prometen guardar silencio sobre los trabajos realizados. La obra de Hiram adquirió tal renombre en toda la tierra que soberanos de otros reinos acudían desde muy lejos para visitarla.

Fue así como apareció Balkis, la reina de Saba. Salomón tenía proyectado su matrimonio con la reina de Saba, la más bella criatura que existía en el mundo, y la recibió con ricos presentes, asombrándola con conjuraciones y ritos mágicos en los que era consumado maestro. La reina estaba rendida de admiración, pero antes de dar su «si» definitivo quiso que Salomón le enseñara el templo que se estaba edificando a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo.

El rey, tras oponer toda la resistencia que pudo, la llevó allí, pero la reina sólo pudo contemplar una edificación en obras y sin los obreros. Balkis quiso ver a los peones a pie de obra y le pidió al rey que los llamara al trabajo. Sin embargo, por más que Salomón se esforzó, dando palmadas y voces, tratando de reactivar el trabajo, ningún obrero acudió al templo, que siguió en el más absoluto silencio. La reina quedó decepcionada al ver que, a pesar de todos sus poderes y riqueza, Salomón era incapaz de mandar a los obreros al trabajo y pensó que existía alguien más poderoso que él, que tenía la potestad de llamarlos a la obra. Balkis quiso conocer a Hiram Abiff.

A regañadientes, Salomón se lo presentó y tan pronto como conoció a Hiram la reina quedó fascinada. El arquitecto le explicó la función de cada elemento del templo y cómo las piedras encajaban de forma justa y perfecta; a una palabra suya, y a un signo, acudieron las legiones de obreros que se pusieron a trabajar sin ruido de martillos. Al contemplar la maravilla, a reina de Saba se enamoró de Hiram y rompió su compromiso con Salomón.

La reina de Saba representa el alma de la humanidad dividida entre dos tendencias, la creadora de Caín y la contempladora de Abel. Si esa alma se hubiera casado con Salomón, hubiera expresado la renuncia y el rechazo de la tendencia creadora, desembocando, a corto o largo plazo, en una nueva catástrofe semejante al diluvio. Pero ante la belleza de la obra, el alma de la humanidad quiso quedarse libre de compromiso, y hubiera acabado ungida al arquitecto de haber escapado éste a la traición de los Compañeros, que contaron con el beneplácito de Salomón, cegado por los celos.

El dilema de Balkis se repite en nosotros de forma constante cuando elegimos entre trabajar más para aumentar los ingresos o pasar más tiempo con la familia; cuando nos gusta una pareja y debemos decidir si nos conviene por su estatus social; cuando debemos decidir entre comer un trozo de chocolate y saciar nuestro apetito goloso o reprimirnos y mantener la línea; cuando se contraponen la fe y el conocimiento.

 

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