sábado, 18 de noviembre de 2017

EL COMPÁS Y LA ESCUADRA


El Compás y la Escuadra son parte esencial del tesoro de símbolos y ritos que constituye el legado masónico; junto con el Libro de la Ley Sagrada, son las Tres Grandes Luces en cuya presencia se desarrollan todos los trabajos del masón; acompañan a éste a lo largo de todo su camino; le sirven de constante referencia y soporte y le indican, por sus posiciones en el Templo, el grado de conocimiento que, cuando menos virtualmente, ha alcanzado.
 
El carácter central del Compás y la Escuadra en el simbolismo masónico corresponde, sin duda, al carácter operativo que durante mucho tiempo fue distintivo de la Masonería, pues el Compás y la Escuadra son útiles de construcción: de ellos se sirvieron nuestros antepasados para la construcción de sus templos, que aún hoy perduran; de ellos se sirvió nuestro primer Maestro, Salomón, para erigir el Templo que ha servido de modelo invisible a todos los demás.
 
Entonces como ahora, la acción estaba subordinada al conocimiento: al propio tiempo que el masón tallaba la piedra y la colocaba en su lugar exacto, se tallaba a sí mismo y hallaba su sitio exacto en el Universo; su trabajo físico, que daba lugar al templo que aún hoy vemos, no era sino un medio para hacer posible el trabajo interno por el cual se acercaba al conocimiento; y cuando había colocado la piedra en su lugar había logrado ser todo cuanto podía ser de acuerdo con sus posibilidades: había hallado él también el círculo que le correspondía en la esfera celeste.
 
Es por esta subordinación de la acción al conocimiento que, perdido el carácter operativo de la Masonería, el Compás y la Escuadra no pasan a ser meras reliquias o insignias. El masón ya no los emplea en su trabajo externo, pues ha dejado de ser constructor: ésta es una pérdida irreversible y real, que lo priva de la multitud de ayudas y soportes propios de toda iniciación de oficio, y le obliga a hacer un esfuerzo suplementario para que su trabajo profano, necesario para garantizar su subsistencia, no le distraiga del camino de la Verdad. Pese a esa pérdida, sin embargo, el Compás y la Escuadra mantienen intacta su fuerza: si bien es cierto que dejan de tener utilidad práctica, no lo es menos que esa utilidad práctica —que corresponde a la interpretación literal de todo símbolo— es la menos esencial de sus funciones; las restantes —que corresponden a los niveles superiores de lectura del símbolo— permanecen íntegras.
 
En la práctica de los rudimentos de la Geometría Sagrada el aprendiz puede hallar una primera aplicación de uso de la Escuadra y el Compás como instrumentos de conocimiento, pues se servirá de ambos en todos sus ejercicios. Como toda ciencia, la Geometría Sagrada tiene como objetivo inmediato descubrir un orden en la multiplicidad de lo creado; su carácter de ciencia sagrada la diferencia de las ciencias profanas en que no trata de imponer un orden arbitrario, fruto del ingenio y la imaginación individuales, sino de descubrir el verdadero orden de la Creación: es decir, de leer tras el velo de los fenómenos los planos que para ella trazó el Gran Arquitecto.
 
 El papel o la pizarra sobre los que trabaja el aprendiz están en blanco, dispuestos a acoger cualquier trazado, a recibir cualquier forma: simbolizan así la materia prima o substancia que, como el agua o el mercurio, carece de forma propia y es a la vez la madre de todas las formas visibles. El papel y la pizarra son rectangulares, es decir, están trazados con la Escuadra; este marco fijo, en el que se inscribirán las construcciones del aprendiz, es la imagen del Cosmos, es decir, de la manifestación ordenada por la voluntad del Creador: si el rectángulo del papel representa el mundo, la trama invisible que contiene, que permite situar cada uno de sus puntos con precisión por medio de la Escuadra, que nos da sus coordenadas, simboliza el conjunto de leyes que el aprendiz ha de descubrir.
 
Sobre esta trama se mueve el Compás: mientras la Escuadra permanece fija en sus trazados, el Compás efectúa los suyos mediante un movimiento característico, en el que un brazo traza el arco mientras el otro permanece fijo en un centro; las innumerables curvas que puede trazar un Compás en su movimiento surgen siempre de un centro invisible e inmóvil: las formas —las construcciones geométricas— aparecen por la conjunción de un elemento fijo, o pasivo —la Escuadra— y otro móvil o dinámico —el Compás.
 
Si bien el masón utiliza el Compás y la Escuadra en sus construcciones, existe entre ambos instrumentos una relación bien definida: ambos son indispensables, pero uno procede del otro, que le contiene: la Escuadra procede del Compás, o, lo que es lo mismo, el ángulo recto se construye a partir del círculo, y no al revés. A esta relación entre el círculo y el cuadrado corresponde una diferencia de alcance entre la Escuadra y el Compás: aquélla sirve para medir distancias, y así permite reconocer dos figuras como iguales cuando las distancias que separan sus vértices lo son; esto es, cuando tienen la misma forma e idéntica extensión.
 
El Compás permite medir ángulos, es decir, proporciones; y por ello nos permite reconocer dos figuras como pertenecientes a la misma familia, o procedentes de una misma forma —dos triángulos semejantes, por ejemplo— cuando sus ángulos son iguales, es decir, cuando sus elementos guardan entre sí la misma proporción. Mediante la Escuadra puede el aprendiz reproducir exactamente una figura dada; con el Compás puede ir más allá y construir una multiplicidad de figuras semejantes a partir de una dada, remedando así el proceso por el que los objetos visibles proceden de sus arquetipos o formas ideales; y a la inversa, puede descubrir proporciones invariables entre una multiplicidad de figuras en apariencia distintas, reproduciendo así la búsqueda de lo inmutable tras lo efímero o accidental, lo cual constituye la actividad intelectual por excelencia. No es casual que lo característico del Compás, el ángulo, sea una proporción entre dos números, a la que llamamos razón en nuestro idioma, traducción literal de la ratio latina y el logos griego.

En resumen, pues, la Escuadra sirve para hacer inteligible el Universo —puesto que medir significa hacer inteligible— en el plano más cuantitativo; el Compás permite aproximarse al aspecto cualitativo de las cosas, que es el camino para llegar a su esencia. Ello explica por qué la Escuadra procede del Compás: la relación entre ambos instrumentos, que el aprendiz ha ido descubriendo en su trabajo práctico, simboliza la relación que existe entre substancia y esencia (o materia y forma): ambos principios son indispensables para que se manifiesten las cosas creadas; pero la substancia procede de la esencia, o la materia de la forma, y no al revés.

La práctica de la Geometría Sagrada es, así, una aproximación a la Cosmología; permite al que se ejercita en ella ir descubriendo la estructura invisible que hace inteligible el universo creado; al identificar esa estructura por medio de símbolos legados por la Tradición, la Geometría Sagrada permite enlazar la estructura del mundo visible con los principios de orden superior en los que la Creación tiene su origen. Como todo cuanto existe no puede ser sino el reflejo limitado de su Creador, el entendimiento del aprendiz aspira a abarcar ese reflejo para vislumbrar quizá, más allá, los principios en los que se fundamenta la Verdad última del Universo.

A la Geometría corresponde, en general, un simbolismo espacial; el Compás y la Escuadra, sin embargo, simbolizan también el principio y el fin de un ciclo cósmico, y pueden por ello 0rientar la reflexión en el plano temporal; si bien se trata aquí, como ocurre con el espacio, de un tiempo simbólico y no histórico.
 
El círculo, cuyo trazado corresponde al Compás —y su homólogo en tres dimensiones, la esfera— es una figura sin aristas ni vértices, deformable sin rupturas para convertirse en otras figuras, como la elipse y el óvalo; en él se contienen todas las formas posibles en potencia; para el ojo humano, acostumbrado a delimitar el espacio mediante líneas rectas y ángulos bien definidos, el círculo o la esfera sugieren el estado primordial que precede a la manifestación, el Absoluto en el que todo se halla contenido como posibilidad: tanto lo que existe como lo que no existirá nunca.
 
En el extremo opuesto se halla el cuadrado, o su homólogo el cubo, cuyo trazado corresponde a la Escuadra. Puede llamársele el sólido por excelencia: si la esfera sugiere, por su flexibilidad, la posibilidad, el cubo representa la absoluta fijeza, la estabilidad y la inmovilidad; si la esfera lleva a pensar en el estado principial, el cubo manifiesta la coagulación extrema de la materia, en la que todo movimiento ha cesado.
 
Un ciclo cósmico es la representación temporal del proceso por el que la luz del Ser se refracta en prismas cada vez más densos, descomponiéndose su reflejo en una multiplicidad de rayos; por el que el fuego primordial va dando origen a  formas progresivamente más densas, a medida que el Universo se aleja del Centro. El paso de la Edad de Oro a la Edad de Hierro, principio y fin de un ciclo, es un proceso de solidificación o coagulación; por ello, el circulo se halla al principio del ciclo, y el cuadrado al final. Esta visión intuitiva no puede por menos de coincidir con la enseñanza tradicional: en ella, el Paraíso terrenal, que corresponde a la Edad de Oro, es redondo; la Jerusalén Celeste, que simboliza el término del ciclo, es cuadrada. Más aún: su estructura rígida se ha convertido en cristalina, ya que está formada de piedras preciosas; esta transformación corresponde al proceso de sublimación por el que un ciclo da paso a otro: la Jerusalén Celeste se convierte en el Paraíso del siguiente ciclo, bajo unos nuevos cielos y en una nueva tierra.
 
En la perspectiva adoptada hasta aquí, el círculo está situado por encima del cuadrado, ya que corresponde al plano de los principios y contiene en potencia todas las formas, una de las cuales es el cuadrado. Como sucede con todo símbolo, ésta no es la única perspectiva posible: a menudo se identifica el círculo con la materia indiferenciada, es decir, con el caos, y el cuadrado con el Universo ordenado, hecho inteligible por la acción del Logos o del Verbo. Desde este punto de vista, el cuádrado queda por encima del círculo, como el Cosmos constituye un perfeccionamiento del caos: por ello señala algún autor que el cuadrado es «el principal símbolo de la tradición hindú, por ser el arquetipo del orden del universo, el patrón de toda proporción y la medida perfecta del hombre». Las dos perspectivas no son contradictorias entre si: el caos —lo más bajo— no es sino el reflejo invertido del universo de los Principios —lo más alto— y por ello la misma figura geométrica debe simbolizar a ambos a la vez. La primera perspectiva contempla la génesis de lo manifestado a partir de lo no manifestado y es una perspectiva, por decirlo así, descendente; la segunda, que contempla la transformación del caos en Cosmos, es una perspectiva ascendente: es la que corresponde propiamente a la Cosmología. Ello explica la forma rectangular del Templo, ya que el Arte Real del masón se sitúa en el plano cosmológico; como explica que, en la tradición oriental, el cuadrado sea el símbolo del Emperador, cuya función cósmica coincide con la del Maestro masón. Sin embargo, en el Templo se sitúa el Compás por encima de la Escuadra, para recordar que el punto de vista cosmológico no es el más elevado que existe, y que es la Metafísica, a la que corresponde el círculo, quien da a la Cosmología su fundamento último. Al paso de ésta a aquella corresponde, cuando menos de modo virtual, el tránsito de la Masonería de la Escuadra (Square Masonry) a la Masonería del Arco (Arch Masonry).


El trabajo con el Compás y la Escuadra y la reflexión sobre el contenido simbólico de ambos instrumentos y de las formas que de ellos surgen sirven de vehículo para el paso por el mundo de las formas, con sus determinaciones de cantidad, espacio y tiempo, hasta llegar al punto en que la manifestación entera es comprendida como el resultado de la acción del Circulo y el Cuadrado; en el que la multiplicidad innumerable de la creación ha quedado aprehendida como una dualidad. Sólo la intuición de esa dualidad permitirá al iniciado franquear la puerta que le separa de la unidad del Ser.
 
Esta dualidad no es una propiedad intrínseca del Ser, que es necesariamente uno, sino una consecuencia inevitable del punto de vista limitado desde el que lo contemplamos. Por ser consustancial a nuestras limitaciones aparece en todas las formas tradicionales la oposición entre esencia y substancia, o forma y materia como polos de la manifestación. En la tradición masónica, el Compás corresponde al polo esencial, y la Escuadra al substancial, o de la materia; la práctica de la Geometría Sagrada ya da una primera indicación del por qué de esa identificación: la Escuadra, que mide distancias, está hecha para abarcar la extensión, esto es, la materia prima dotada del atributo de la cantidad —materia signata quantitate—, polo substancial de nuestro mundo corporal; el dinamismo creador del Compás, con el que trazamos las figuras sobre el papel, simboliza la acción del polo esencial, cuyas formas se inscriben en la materia para dar origen a los seres creados.
 
La dualidad forma-materia recuerda la separación de lo creado en espíritu y materia, cuya exposición más conocida se debe a Descartes, y sobre la que descansa la teoría del conocimiento que sirve de justificación filosófica a la ciencia moderna, en especial a la Física. Por ello importa resaltar que esa semejanza aparente oculta, en realidad, diferencias irreconciliables.

En la concepción cartesiana, materia y espíritu son «dos realidades radicalmente distintas que, siguiendo un plan divino, se encuentran en un solo punto: el cerebro humano». La materia, desprovista por completo de todo contenido espiritual, es un objetivo, un hecho bruto, cuyo único atributo es la extensión, y, por consiguiente, que puede definirse de modo puramente cuantitativo.
 
El espíritu es lo que, por contraposición a la materia, carece de masa y extensión, esto es, de limitaciones sensibles; sede de la facultad cognoscitiva, su actividad consiste en almacenar datos sobre la materia; datos que, dada la naturaleza de ésta, pueden ser puramente cuantitativos, y deben agotar el contenido de su objeto, es decir, nuestro conocimiento del mundo sensible.
 
No cabe negar la utilidad práctica de la dualidad cartesiana para la manipulación del mundo material; el error está en considerarla como un vehículo adecuado para el conocimiento del Universo. Los conceptos cartesianos, materia y espíritu, son abstracciones; destilación de datos sensibles —objetos relativamente inertes, substancias relativamente homogéneas, contrapuestos a una mente individual relativamente libre de trabas y de barreras físicas— por la actividad mental del individuo. Forma y materia, por el contrario, son realidades espirituales; no se extraen del mundo sensible sino que están, precisamente, en su origen: por ello precisamente puede el ojo atento descubrir sus huellas en cuanto nos rodea. Forma y materia son igualmente inaprehensibles para el discurso; y, sin embargo, son accesibles a la intuición intelectual, porque están en el camino de la Verdad, y el espíritu humano está hecho para conocer la Verdad. La división entre espíritu y materia puede ser, a lo sumo, un expediente útil para facilitar la consecución de objetivos prácticos o materiales. Para el pensamiento tradicional, forma y materia, simbolizadas en la tradición masónica por el Compás y la Escuadra, son como «las dos manos de la Divinidad».

El Compás y la Escuadra simbolizan también los polos celeste y terrestre de la manifestación, el Cielo y la Tierra. Cielo y Tierra se refieren a lo mismo que esencia y substancia, o forma y materia, pero a la vez hunden sus raíces en el mundo sensible, que tiende así la mano al hombre para guiarlo por el camino del conocimiento. Del Cielo, principio generador, vienen los cambios: el viento que agita los árboles e hincha las velas, las tempestades que destruyen y la lluvia benéfica, el calor y el frío, la luz y la oscuridad. La Tierra, principio pasivo, se transforma como resultado de esos influjos celestes. Pero el generador del movimiento es, en sí, inmutable: el cielo estrellado es la imagen misma del orden y de la permanencia. La tierra, por el contrario, cambia constantemente de aspecto; nada de lo que está en ella permanece inalterado, y, sin embargo, la tierra como tal perdura, dispuesta siempre a recibir las nuevas formas que el cielo le envía. Por ello se dice, en la tradición oriental, que el Cielo cubre, y la Tierra sostiene. Por ello es también que, de las cuatro virtudes cardinales, la característica de la Masonería de la Escuadra es la Fuerza.
 
Entre el Cielo y la Tierra está el hombre, hijo de ambos para todas las tradiciones: para la cosmología islámica, el Universo es un hombre grande; el hombre, un Universo en pequeño. Esta relación entre el hombre y el Universo —la analogía constitutiva entre el microcosmos y el macrocosmos— se halla en la base de la tradición hermética, para la que el conocimiento del Universo es el conocimiento del hombre, y al revés; da su verdadero sentido a la máxima délfica, «conócete a ti mismo»; y explica por qué los limites del verdadero conocimiento «externo», del mundo, vienen dados por el resultado del trabajo interno.
 
Esta situación del hombre en el Cosmos corresponde, en la tradición masónica, a la estrella de cinco puntas trazada entre el Compás y la Escuadra: la estrella, símbolo del microcosmos, representa al Hombre Verdadero u Hombre Primordial, aquél que, situado en el centro de la cruz de los cuatro elementos, ha alcanzado el Paraíso terrestre. El es, no sólo el centro de nuestro universo, sino también el mediador entre Cielo y Tierra: como el Emperador atraía la lluvia sobre los campos de sus súbditos, así el Hombre Verdadero es el conducto por el que las gracias del Cielo descienden sobre la Tierra; él es también quien puede santificar la Creación entera, elevándola hacia su Principio. Esta, y no otra, es la función del verdadero masón, y su misión en la tierra.
 
Para poder aspirar a llevarla a cabo, los masones invocamos, con las palabras de nuestro primer Maestro, a Aquel cuya ayuda esperamos, para que nos conceda el don de la Sabiduría:
 
«Tú, que por tu palabra has creado el Universo; Tú, que por tu Sabiduría has formado al hombre, para que domine las criaturas salidas de tus manos, para gobernar el mundo en santidad y justicia, y ejercer el imperio con un alma recta, dame a aquella que comparte tu trono, la Sabiduría, y no me eches de entre tus hijos. Porque soy tu siervo y el hijo de tu sierva, un hombre débil y de vida efímera, incapaz de comprender la justicia y las leyes.

Envíala desde tu trono de gloria, para que me ayude y labore a mi lado, que yo sepa lo que te place, porque ella lo sabe todo, y todo lo comprende».

 

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