domingo, 19 de noviembre de 2017

El FUEGO FILOSÓFICO



Pontanus en su Epístola del Fuego Filosófico afirma que todo el magisterio de la Piedra se encuentra en las breves palabras del úni­co Hermes. Veamos que dice Hermes en su discurso La Clave:

“La mente, pues, cuando marcha del cuerpo terrenal se reviste inme­diatamente de su propia vestimenta adecuada, esto es, una vesti­menta de fuego...

Y añade más adelante:

"La mente es la hacedora de las cosas, y al hacer las cosas usa al fue­go como Instrumento.”

La mente, nous, espíritu, corresponde al fuego, siendo análogo a la voluntad. El fuego filosófico se identifica pues con la voluntad en cuanto ascesis encaminada a obtener un desarrollo espiritual.

Este fuego disuelve las "conchas", las impurezas incrustadas en el alma o mundo Inter.-medio, cuyas densidades impiden a las in­fluencias celestes descender a la Tierra Filosófica, del mismo modo que impide ascender las influencias telúricas hacia la Bóveda Ce­leste.

El mundo intermedio o alma es el lugar donde ambas influen­cias sutiles deberían mezclarse y rectificarse mutuamente, por eso la primera operación de la Obra es la purificación de la Materia, para lo que previamente el Artista debe haber aprendido a encen­der el fuego extrayéndolo, por los medios apropiados, de la Mina donde arde consumiéndose a sí mismo en espera de ser liberado, así como a manejarlo según los grados convenientes a cada fase de los Trabajos. Pues si su presencia ha de ser constante, sin él no se­ría posible realizar la Obra, su intensidad no es siempre la misma.

El fuego, siendo un elemento natural, aunque de origen celeste, sufre alteraciones de grado según las leyes que rigen la Naturale­za, por lo que ésta ha de ser nuestra primera maestra y guía.

Así pues, una vez el aprendiz del Arte conoce la Materia, el Fuego y sus grados, puede comenzar los Trabajos de la Obra, y empezará por la putrefacción, pues la vida sólo puede surgir de la muerte, y sin regeneración no es posible extraer el calor del Azufre ni la humedad del Mercurio.

Es necesario añadir que aun cuando se habla del fuego en singular, como siendo uno, habría que considerarlo como doble; uno celeste y otro terrestre. El celeste es puro, luz que no quema, mientras qué el terrestre ilumina pero quema, y es impuro. Sin embargo los dos son necesarios.

El fuego terrestre es connatural a todo ser, siendo aquel calor que anima la vida y la sustenta. Pero así como en los seres sin ra­zón dicho fuego es el que les permite sobrevivir, en el ser humano, dotado de razón, puede ser el aguijón que le hiera y la cadena que le ate a los mundos inferiores, o bien la chispa que prenda en él la llama oculta en el fondo de la Mina.

Ahora bien, puesto que es necesario un impulso hacia lo supe­rior, éste sólo se producirá si el fuego celeste desciende y anima al fuego terrestre; de esta forma será posible el ascenso de la oscuri­dad a la luz.
 
 

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