miércoles, 15 de noviembre de 2017

EL PAVIMENTO MOSAICO


A veces vivimos la visión dual del mundo y de nosotros mismos como una prisión. Olvidamos que si hemos catalogado a la oscuridad como tal, es porque una parte de nosotros ha intuido la Luz suprasensible. Nos hemos de repetir de nuevo aquello de que la mente no puede con la mente, que uno no puede salir de la dualidad negando una de sus partes, y que con análisis detallados de los fenómenos parciales sólo vamos a agravar nuestra miopía.
 
La Tradición nos habla de una forma superior de Conocimiento, sintético, no dual, que no se apoya en la multiplicidad y el cambio incesante de las formas, sino que nos ofrece como soporte a sus símbolos. Concretamente la tradición china nos brinda un símbolo que ilustra perfectamente la idea de dualidad y de conjugación de complementarios, el Yin-Yang. Pues bien, la Masonería nos ofrece también un símbolo que viene a ilustrar esta complementación de opuestos, el pavimento mosaico, formado por cuadrados alternativamente blancos y negros, cuya disposición en damero nos habla de la inseparabilidad de los dos aspectos, luz y tinieblas, masculino y femenino. No existen el uno sin el otro, y el uno existe por el otro.

Sabemos que la simbología no es una sistemática. sino que es generadora de imágenes; el símbolo produce en quien lo contempla luces que alumbran distintos aspectos de la realidad, que no se contradicen sino que se potencian y complementan entre ellos. Así, en una primera lectura podemos ver en el blanco y negro el antagonismo entre el dolor y el placer, los honores y las calumnias, el éxito y el fracaso, por entre los cuales, se nos dice, el masón debe caminar sereno, sin dejarse exaltar por las condiciones favorables ni deprimir por las desfavorables. Pero esto no ya como un imperativo moral, una ley de economía psicológica que uno se impone desde fuera, sino como resultado de una comprensión interna, de una certeza análoga a la verdadera «des-ilusión».

Por otra parte, René Guénon nos señala una significación de orden más profundo, que resulta de considerar no ya el sentido inferior y cosmológico del color negro, sino su sentido superior y metafísico. Entonces nos aparece lo blanco y lo negro como lo manifestado y no-manifestado respectivamente, lo mortal y lo in-mortal, el «yo» y el «Si-mismo».
 
Hace ahora un año y a propósito de una lectura del texto de René Guénon «El Demiurgo», escribí unas líneas que se relacionan directamente con el tema que aquí se trata y que me gustaría volver a recordar:
 
«En agradecimiento a los maestros visibles e invisibles, y a los compañeros».
 
«Nos habían hecho creer que teníamos que actuar, almacenar méritos, perseguir satisfacciones; no sabíamos que nada nos pertenece, y cuando reparábamos en ello, lo absurdo de la vida nos asustaba. Pero ahora se nos ha dicho que hay un Trabajo a hacer, y que éste no es estéril, sino muy al contrario multiplica por cien nuestro esfuerzo, y además es irreversible, definitivo, sus resultados no se recogen en este tiempo y este espacio sino en otro inmutable».
 
«No entendíamos el significado del mal, veíamos como una injusticia su existencia, y tras el pretendido bien intuíamos el gesto hipócrita. Reivindicábamos con orgullo pueril el derecho al escándalo, a transgredir lo moral, a quemar furiosos nuestra rabia, reflejo de nuestra ignorancia, y así éramos abatidos, aturdidos por el sin-sentido. Pero ahora sabemos que el Bien y el Mal, lo Interior y lo Exterior, el Espíritu y la Materia, el ser y el No-Ser tienen un Principio común, hacia el cual nos encaminamos y desde el cual toda dualidad aparece como ilusoria. Se nos ha dicho además la única forma de acceder a él, el Conocimiento. Se nos han ofrecido los instrumentos preciosos, el Símbolo y el Rito, auténticos vehículos que nos conducen a lo únicamente ver-dadero, a lo verdaderamente Único».
 
«Y por si fuera poco se nos brinda la posibilidad de compartir este proceso con unos compañeros de viaje, extranjeros también, hermanos, todos ellos imprescindibles, elegidos no al azar sino con escrúpulo matemático, cumpliendo todos una función exacta en nuestro particular ascenso, y cada uno de ellos dotado de la herramienta precisa, del arma blanca especialmente diseñada para atravesarnos por donde más duele, para amputar los lazos que nos atan a la manifestación, para deshacer los nudos que nos retienen en el Imperio del Demiurgo».
 
En un momento de nuestro Ritual se dice:
 
«Hermanos elevemos nuestros corazones fraternalmente y que nuestras miradas se vuelvan hacia la luz».
 
Por encima pues del pavimento mosaico, símbolo también de la multiplicidad que aparece tras la primera polarización, que nuestros corazones se unan en el centro del Templo, en el Altar, donde sobre el Libro de la Ley Sagrada coinciden la Escuadra y el Compás, punto único, Uno sin segundo de donde todo procede.
 
 
 

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