domingo, 10 de diciembre de 2017

LA BUSQUEDA DE LA PALABRA PERDIDA



El Venerable

El masón busca la Palabra Perdida. Pero mas bien debe dejarse encontrar, ya que la Palabra Perdida no hace sino buscarnos.

 
El Primer Vigilante
 
El sonido del silencio resuena ininterrumpidamente. La cuestión está en si nosotros, en cuanto instrumento, estamos suficientemente afinados como para que su eco resuene en nosotros, y lo escuchemos.
 
El Segundo Vigilante

Dios es una sinfonía. Todos los miles de millones de formas e individuos son notas de esa sinfonía. Pero la esencia de la sinfonía no es la nota sino la música que quiere sonar en la nota. Cada uno de nosotros es una nota en la que se manifiesta la sinfonía divina.
 
El Venerable

Explica el Tao que:

- Se le llama invisible porque mirándole no se le ve.

- Se le llama inaudible porque escuchándole no se le oye.

- Se le llama impalpable porque tocándole no se le siente.

- Estos tres estados son inescrutables y se confunden en uno solo.

- En lo alto no es luminoso, en lo bajo no es oscuro.

- Es eterno y no puede ser nombrado, retorna al no-ser de las cosas.

- Es la forma sin forma y la imagen sin imagen.

- Es lo confuso e inasible. 

- De frente no ves su rostro, por detrás no ves su espalda.

El Primer Vigilante

Un cuento de Anthony de Mello:

"Usted perdone", le dijo un pez a otro, es usted más viejo y con más experiencia que yo y probablemente podrá usted ayudarme.
 
-Dígame: ¿dónde puedo encontrar eso que llaman Océano? He estado buscándolo por todas partes, sin resultado.

-"El Océano", respondió el viejo pez, "es donde estás ahora mismo".

-¿Esto? Pero si esto no es más que agua… Lo que yo busco es el Océano, replicó el joven pez, totalmente decepcionado, mientras se marchaba nadando a buscar en otra parte.

El Segundo Vigilante

Un santo sufí partió en peregrinación a la Meca. Al llegar a las inmediaciones de la ciudad, se tendió junto al camino, agotado del viaje. Y apenas se había dormido cuando se vio bruscamente despertado por un airado peregrino:
 
"¡En ese momento en que todos los creyentes inclinan su cabeza hacia la Meca, se te ocurre a ti apuntar con tus pies hacia el sagrado lugar…! ¿Qué clase de musulmán eres tú?".

 El sufí no se movió; se limitó a abrir los ojos y a decir:
 
"Hermano, ¿querrías hacerme el favor de colocar mis pies de manera que no apunten hacia el Señor?".
 
 
 


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