domingo, 3 de diciembre de 2017

WOLFGANG AMADEUS MOZART, MASÓN, BIOGRAFIA Y OBRAS


Salzburg, 27 de enero de 1756
Viena, 5 de diciembre de 1791

Como niño prodigio, Mozart asombró ya a los seis años a expertos y profanos y cautivó a los salones aristocráticos de toda Europa con su arte en el teclado. A los dieciséis años era ya un compositor en la madurez de su talento, un talento que la muerte truncó cuando, sin duda, la música podía esperar aún mucho de él. Mozart estuvo siempre abierto a todas las influencias para transfigurarlas con su genio. En rigor, no puede ser considerado como un gran innovador o como el creador de una escuela, pero su genio supo lograr la más bella síntesis de los más dispares e incluso contradictorios lenguajes musicales. Quizá por ello Rossini reservó para él la categoría de «único».
 
Hijo de Leopold Mozart (compositor, violinista y teórico de la música) y de Anna Maria Pertl, Wolfgang Amadeus dio ya desde los tres años (si hemos de creer a su padre) muestras inequívocas de poseer un desusado instinto musical y una prodigiosa memoria acústica. A los cuatro años (siempre según el testimonio de su progenitor) el pequeño Mozart tocaba ya de memoria en el clavicémbalo algunas composiciones, y a comienzos de 1761 había compuesto su primera obra.
 
Aunque es perfectamente verosímil su precocidad como intérprete del clavicémbalo, cabe, por el contrario, dudar de tan temprana pericia como compositor, sobre todo si tenemos en cuenta que su padre no dudó en rebajar la edad del niño prodigio con motivo de las primeras presentaciones públicas, y que la obra aludida (un Minueto y trío) sólo se conserva en copia del propio Leopold, lo que dificulta determinar cuánto hay en ella del hijo y cuánto del padre. Sea como fuere, Leopold Mozart, hombre profundamente religioso e imbuido de un exacerbado sentido de la autoridad y de la responsabilidad paterna, se entregó a la obligación desarrollar el talento de sus hijos -también su hija Maria Anna (Nannerl), cinco años mayor que Wolfgang mostraba buenas disposiciones musicales— y se creyó llamado a la mesiánica misión de darles a conocer al mundo.
 
Convertido en su profesor exclusivo, hasta tal punto que Wolfgang no tuvo de hecho otro maestro, sus enseñanzas debieron de producir muy pronto buenos frutos; en septiembre de 1761 llegó el momento de presentar a su hijo en un concierto en la Universidad de Salzburg, donde las habilidades del niño prodigio, la asombrosa precisión de su oído, sus pasmosas dotes de improvisación y su no menos increíble facilidad para la lectura de la música a primera vista dejaron sobrecogidos de admiración incluso a los propios músicos de la orquesta de la corte.
 
La admiración de Europa
 
Desde que en 1762 presentó a sus hijos en Munich, Viena y otras ciudades centroeuropeas, las ambiciones de Leopold fueron en aumento, sin que su esposa, mujer de carácter dulce pero poco instruida, supiera ponerles freno. Durante los años siguientes los Mozart recorrieron casi toda Europa. Monarcas, altos dignatarios, intelectuales, escritores y artistas rindiereron tributo de admiración al pequeño genio.
 
Mozart actuó varias veces en Versalles ante Luis XV, y en el palacio de Buckingham ante el rey de Inglaterra, Jorge III. En Frankfurt maravilló a Goethe, mientras que en París contó con la protección de Melchior von Grimm, poeta y filósofo alemán, librepensador y colaborador de la Encyclopedie, además de amigo de los grandes enciclopedistas, entre ellos Diderot y Voltaire. Se sabe que éste también era un admirador de Mozart. En Londres gozó del afecto y de la atención de Johann Christian Bach, hijo menor del inmortal Kantor de Leipz y cuyo influjo sobre Mozart fue profundo y duradero.
 
También en Italia fue acogido por renombrados músicos y disfrutó incluso de las enseñanzas ocasionales del venerable padre franciscano Giovanni Battista Martini, el más famoso teórico musical de la época, quien comunicó a Mozart un profundo amor por la polifonía clásica. En 1771, cuando Leopold Mozart decidió dar por concluida la larga tournée por Italia, Wolfgang, todavía un adolescente, era conocido y alabado en toda Europa.
 
Servidumbre y grandeza
 
Sólo la innegable devoción de Leopold por sus hijos y el encomiable propósito de buscar para ellos un futuro sin privaciones le redimen del régimen de explotación a que, en realidad, les sometió. Durante muchos años la vida de Nannerl y de Wolfgang se convirtió en una sucesión interminable de giras que les arrebataron la infancia y la adolescencia, sobre todo a este último, en quien recaía la mayor responsabilidad dada su condición de niño prodigio. Los constantes viajes y la tensión que desde tan temprana edad sufrió Mozart le sumieron a veces en peligrosas depresiones y en el agotamiento; en esos años padeció, además, diversas enfermedades, cuyas secuelas parece que tuvieron mucho que ver con su temprana muerte.
 
Convertido para sus propios hijos en lo que hoy consideraríamos su promotor o productor artístico, Leopold Mozart no dudó en mentir acerca de la edad del niño ni en exhibirlo a veces como algo parecido a un «fenómeno de feria», demostrando, cuando menos, una falta pavorosa del sentido del ridículo. Como prometía el anuncio publicitario que hizo imprimir en la prensa londinense, los dos niños tocaban a cuatro manos en el mismo clavicémbalo poniendo encima del teclado un paño para tocar sin ver las teclas. Fue tal el sensacionalismo de este tipo de «números» que Wolfgang llegó a ser tomado por un «animalillo, amaestrado». Los músicos más expertos de Londres le sometieron, por ejemplo, a las más refinadas pruebas técnicas; como todas las salvó con éxito, el filósofo Daines Barringtorm hizo al niño un examen científico para aclarar el misterio de un genio tan inconcebiblemente precoz. A pesar de todo, el talento superior de Mozart salió milagrosamente indemne del peligro del amaneramiento y diletantismo.
 
De carácter sociable, extravertido y risueño, Wolfgang pudo, sobrellevar sin amargura tantas responsabilidades gracias a la alegría vital que nunca le abandonó e incluso le permitió estar siempre agradecido a su padre. Todo hace creer, así mismo, que el «maestro Wolfgang», como le presentaba Leopold, era feliz con música y su prodigioso instinto para este arte se sintió poderosamente estimulado en contacto con los músicos y los lenguajes musicales que pudo conocer durante sus viajes. Cuando Mozart regresó de su gira por Italia en 1772 sólo tenía dieciséis años, pero era ya dueño de un acervo musical amplísimo, merced a su acercamiento a la música vocal italiana, a la ópera seria y a la ópera bufa, a la música sinfónica de Sanmartini, a la influencia italianizante de Johann Christian Bach, a la polifonía clásica, del padre Martini...
 
La camaleónica disposición musical de Mozart se pone claramente de manifiesto incluso en sus composiciones sacras, en las que. utiliza una variedad de formas impresionante: la polifonía italiana, el aria napolitana, las composiciones tradicionales de los coros austríacos, el contrapunto barroco, el coral luterano, la salmodia litúrgica, etc.
 
Gloria y pobreza
 
Si las alabanzas dirigidas a Mozart fueron muchas (en Italia se le "había recibido" con más honores que a ningún otro músico), según sus propias palabras, el provecho económico fue mucho más escaso de lo que su padre esperaba. Es cierto que el rey Jorge III y algunos miembros de la nobleza europea se mostraron en ocasiones espléndidos y que Wolfgang recibió algunos encargos, como el que le permitió estrenar en Milán, en 1770, su ópera "Mitridate re di Ponto", pero, a decir verdad, los salones cortesanos se mostraron más inclinados al elogio que a la recompensa. En su primer viaje a la corte de Viena todo lo que los Mozart consiguieron de la emperatriz María Teresa fueron unos trajes de gala. En Aquisgrán, donde actuaron para la princesa Anna Amalia de Prusia, sólo besos recibieron de ella, como lo cuenta Leopold irritado: «Si los besos que dio a mis hijos, sobre todo al maestro Wolfgang, fueran luises de oro, seríamos ricos.»

También fueron vanos los esfuerzos de Leopold por lograr un cargo o prebenda para su hijo. En 1771, en Italia, fracasó en su propósito de colocarle al servicio del archiduque Fernando, hijo de la emperatriz de Austria, aprovechando el éxito de la serenata Ascanio in Alba, escrita por wolfgang para la boda del archiduque y la cual era en realidad una ópera en dos actos. Pero a pesar de que el príncipe cumplimentó al pequeño llamándole «bravissimo maestro» y concedió a su padre una audiencia, no quiso comprometerse y consultó sobre ello a su madre, la emperatriz María Teresa, quien le aconsejó que no adquiriese a su servicio a ninguno de los Mozart, «que andan rodando por el mundo como pordioseros».

En 1769, el príncipe-arzobispo de Salzburg, Sigismund Christoph, a cuyo servicio estaba Leopold, había nombrado a Wolfgang konzertmeister de la corte después de que estrenara la ópera "La finta semplice" con motivo de la onomástica del príncipe; pero la distinción era puramente honorífica y no reportaba remuneración alguna. En este sentido, la suerte cambió en 1772, cuando a la muerte del obispo fue elegido como sucesor Hieronymus Colloredo, para cuya entronización compuso Mozart la serenata dramática "Il sogno di Scipione", con texto de Metastasio. Colloredo agregó a su nombramiento un salario de 150 florines, cantidad nada despreciable para un músico tan joven.

Los Mozart, sin embargo, empezaron muy pronto a sentirse «esclavizados» en Salzburg. A diferencia de su antecesor, Colloredo era un hombre autoritario que no permitía transgresiones a las normas de la corte. Limitadas sus posibilidades artísticas, Wolfgang comenzó a manifestar uno de los rasgos que mejor manifiestan la grandeza de su personalidad: el deseo de independencia humana y creativa. La rebelión de Mozart contra los designios de Colloredo culminó en 1781 tras sufrir algunas humillaciones por parte del príncipe.

Un pequeño gran compositor
 
Estando aún en plena adolescencia, Mozart podía ya ser considerado realmente como un gran compositor. Entre otras obras, a los doce años había escrito la partitura escénica Bastien und Bastienne, K. 50; a los trece, las Misas K. 65 y K. 66 y la Serenata, K. 100; a los catorce, el admirable Cuarteto en sol mayor, K. 80 (1770), y antes de los dieciséis años había compuesto numerosas sinfonías, como la Sinfonía n.° 18 en fa mayor, K. 130 (1772), en las que había ido tamizando la influencia italianizante que le transmitiera Johann Christian Bach para evolucionar hacia un lenguaje más acentuadamente vienés.

Sin haber cumplido los diecisiete años, Mozart estrenó una nueva ópera en Milán, Lucio Silla. A partir de ese momento entró en su madurez expresiva, manifestada con la superación definitiva del «estilo italiano», como lo atestiguan sus Sinfonías K. 183, K 200, K 201 y K. 202, o los seis Cuartetos K. 168-173, escritos en 1773 durante una nueva estancia en Viena, donde los intentos de su padre de lograr el favor de la emperatriz volvieron a fracasar. Sin embargo, ese viaje tuvo resultados artísticos trascendentales para el futuro de Wolfgang como compositor, pues entró en contacto con los métodos compositivos de Haydn, creador de un nuevo estilo musical. Mucho deben los cuartetos mencionados a Haydn, cuya influencia conectó así mismo a Mozart con la turbulencia sentimental del Sturm und Drang, sin que por ello quepa considerar a Wolfgang un romántico, como algunas veces se ha hecho de forma inconsciente. Resultaría un contrasentido hablar de «romanticismo» mozartiano, cuando ni siquiera en los más aciagos momentos de su vida es fácil encontrar en la obra de Mozart páginas atormentadas como sería de esperar en un auténtico romántico, mientras abundan, en cambio, las obras radiantes y llenas de gracia.
 
La rebeldía de Mozart
 
Sometido al estricto régimen impuesto por Colloredo, Mozart pasó cinco años en Salzburg viendo restringida su libertad a ocasionales viajes a Viena, como el que hemos mencionado, y a Munich, donde estrenó en 1775 con gran éxito su nueva ópera, La finta giardiniera. Fueron años ricos en producciones artísticas, pero llenos de crisis internas y de luchas por tratar de ser lo que quería ser. Su genio estaba puramente constreñido a producir obras para la orquesta de la corte, para la catedral y para ciertas ocasiones especiales.

No es extraño que en la extensa producción instrumental de esta época dedique poca atención a la sinfonía (ninguna en 1775 y 1776) y en cambio abunden los divertimentos, las serenatas, las marchas y las sonatas da chiesa. Sin embargo, escribió cinco conciertos para violín y orquesta, de los cuales el N.° 3 en sol mayor, K. 216, el N.° 4 en re mayor, K 218, y el N.° 5 en la mayor, K. 219, son obras maestras que nos hablan de un Mozart en posesión de todos sus recursos. Para corroborarlo están también los cuatro importantes conciertos para piano (N.° 6 en si bemol mayor, K. 238, N.° 7 en fa mayor, K. 242, N.° 8 en do mayor, K. 246, y N.° 9 en mi bemol mayor, K. 271), escritos por esta época, como la ópera en dos actos II re pastore.

El descontento y la antipatía que se profesaban el arzobispo Colloredo y Mozart llegó a hacerse insoportable para el músico a principios de 1777. El joven Mozart había cumplido ya veintiún años y tenía en su haber más de trescientas composiciones, muchas de las cuales habían tenido gran éxito; sin embargo, las ataduras que le ligaban a la corte de Salzburg seguían siendo un freno para su genio. Por ello decidió romperlas, para afirmar su libertad como artista. Una primera petición de libertad hecha por su padre recibió una colérica negativa del arzobispo, pero no impidió que unos meses más tarde Mozart escribiera una nueva petición, redactada en términos tan reverenciales que llegan a sugerir sarcasmo e ironía, pero que al final surtió el efecto deseado.
 
Años de incertidumbre
 
Liberado de Salzburg, los años siguientes fueron años de incertidumbre y de búsqueda, muchas veces frustrada. En Munich fracasó en su intento de ser admitido como compositor de la corte y lo mismo sucedió en Mannheim. Durante esta época comenzaron a ponerse tirantes las relaciones con su padre, alarmado, al parecer no sin motivo, por la incapacidad de Wolfgang para adecuarse a las conveniencias sociales y labrar su propia fortuna. Los temores de que su hijo llevara una vida disoluta se hicieron alarmantes para Leopold cuando en 1778 el joven se enamoró de Aloysia Weber, hija del organista de la catedral (que era a su vez tío de Carl Maria von Weber) y joven cantante que aspiraba a ser una prima donna. Wolfgang decidió incluso desistir de un previsto viaje a París con objeto de dedicarse por entero a la formación y promoción de la joven; pero presionado por Leopold, que se oponía a tales relaciones, partió ese mismo año hacia la capital francesa, acompañado por su madre, para tentar de nuevo a la fortuna. Este segundo viaje a París no le aportó más que infortunios y decepciones.

Mozart no sólo sufrió la indiferencia de los salones que en otro tiempo le aplaudieran, sino que tuvo que hacer frente a la muerte de su madre, de la que se sintió en parte culpable por haberla dejado demasiado sola durante días enteros para atender sus compromisos sociales. Era evidente que el genio de la música no tenía dotes para abrirse camino en sociedad, como así lo escribió certeramente Grimm a Leopold: «Le iría mejor si tuviera la mitad de talento y el doble de sagacidad y astucia.»

Dispuesto a resolver el futuro de su hijo de forma más realista, Leopold logró que Colloredo le admitiera de nuevo como konzertmeister. De regreso a Salzburg, sufrió aún una nueva decepción a su paso por Munich: la frialdad de Aloysia, convertida ya en prima donna triunfante en la Ópera de la corte. Profundamente decepcionado, Mozart volvió a la vida tranquila de Salzburg para dedicarse intensamente a la composición durante los años 1779 y 1780. La sola enumeración de algunas obras de esta época asombra:

Misa de la Coronación, K. 317, Missa solemnis en do mayor, K. 337; las dos series de vísperas (Vesperae de Dominica, K. 321, y Vesperae solennes de confessore, K. 339); dos sinfonías, la N.° 33, K. 319 y la N.° 34, K. 338; el Concierto para dos pianos y orquesta, K. 365 y la Sonata en si bemol mayor, K. 378. A ello hay que añadir la composición de Idomeneo, re di Creta, ópera estrenada en 1781 en Munich con gran éxito.

Pero las diferencias entre Mozart y Colloredo seguían siendo demasiado profundas y el trato humillante que el arzobispo le dispensó durante un viaje a Viena para asistir a la coronación del emperador José II acabó por abocar al músico a la rebelión abierta. Una violenta discusión en la que Colloredo insultó a Mozart llamándole harapiento, haragán, imbécil y díscolo significó la ruptura definitiva.

Años de gloria
 
Sin perder el incurable optimismo que a tantos errores le impulsó a lo largo de su vida, lleno de confianza en sus posibilidades artísticas, Mozart decidió permanecer en Viena en busca de la suerte tantas veces esquiva. «Le ruego que esté contento, porque ahora comienza verdaderamente mi fortuna, que espero sea también la suya», escribió Wolfgang a su padre. Instalado en casa de los Weber, que se habían mudado a Viena debido al fabuloso contrato que la Ópera había ofrecido a Aloysia, Mozart se casó en 1782 con una hermana menor de ésta, Konstanze, al parecer sin el consentimiento de Leopold, cuyo permiso llegó un día después de la boda. Seis hijos nacieron de esta unión, pero sólo dos de ellos llegaron a la adolescencia. Se ha acusado a Konstanze de no haber sabido comprender a Mozart y de ser causante de todas sus angustias económicas con sus excesivos gastos en lujos personales, pero la verdad es que, al decir de la propia Nannerl, tampoco Wolfgang era capaz de administrarse, y las continuas estrecheces materiales no favorecieron, sin duda, la felicidad del matrimonio.

Las clases fueron el principal medio de subsistencia de la familia hasta que el inconmensurable éxito de la ópera Die Entführung aus dem Serail (El rapto del serrallo), estrenada en 1782, hizo que menudearan los conciertos y encargos. Alabada por Gluck, esta obra señala el inicio del «gran Mozart» y su confirmación como autor dramático. Como sería prolijo enumerar todas las obras compuestas en los años vieneses, baste citar la impresionante sucesión de Conciertos para piano que escribió entre 1782 y 1784, la Sinfonía en re mayor «Haffner», los Conciertos para trompa, K. 412, K. 417 y K. 447, o los Seis cuartetos, Op. 10, dedicados a Haydn, con quien mantuvo una excelente amistad. Ambos músicos ingresaron por esa época en la masonería y Mozart compuso bastantes obras para su logia, la Zur Wohltátigkeit (La Beneficencia), en la que fue admitido el 5 de diciembre de 1784.

En 1786, el apoteósico triunfo de la ópera Le nozze di Figaro (Las bodas de Fígaro) convirtió a Mozart en el gran maestro de la ópera, aunque las veleidades del público vienés hicieron que la obra quedara pronto en un segundo plano al estrenarse Una cosa rara, del español Vicente Martín y Soler. Sin embargo, Fígaro volvió a triunfar en Praga, donde Mozart había sido invitado. Frutos de este viaje fueron la Sinfonía n.° 38 «Praga» (1787) y el encargo de una nueva ópera, del cual nacería Don Giovanni, obra que Mozart aprovechó para ridiculizar a Una cosa rara. Con ello volvió a imponer su genio en la escena dramática. Eran días de gloria para Mozart, que además, tras el fallecimiento de Gluck, sustituyó a éste en Viena como compositor de la corte. Sin embargo, su situación económiza siguió siendo incomprensiblemente desastrosa.

El principio del fin
 
Los tres postreros años de la vida de Mozart estuvieron llenos de desdichas y de problemas económicos, aunque en el terreno musical fueron esplendorosos. En 1788, en sólo seis semanas compuso sus tres últimas sinfonías. la N.° 39 en mi bemol, la N.° 40 en sol menor y la N.° 41 en do mayor "Júpiter". En 1790 estrenó en Viena "Cosi fan tutte" y al año siguiente sus dos últimas óperas: "Die Zauberflóte" (La flauta mágica), en Viena, y "La clemenza di Tito", en Praga.

En el estreno La flauta mágica, el público vienés tras una primera reacción de sorpresa al oír el primer acto, quedó totalmente arrebatado por la extraordinaria belleza de la obra. En octubre 1791 escribió Mozart su última composición completa, la cantata masónica "Lasst uns mit geschlungen Händen (Anunciad alto nuestra alegría) K. 623, que se estrenó en su logia.
 
Requiem y muerte
 
A continuación emprendió Mozart elaboración de su última obra, el Requiem, K. 626, cuya composición fue interrumpida por la muerte. Las circunstancias un tanto misteriosas que rodearon el nacimiento de esta obra dieron origen a una leyenda romántica, pero hoy sabemos que el enigmático personaje que encargó secretamente la composición a Mozart era un enviado del conde Franz von Walsegg Stuppach, quien quería honrar la memoria de su joven esposa fallecida recientemente con una misa de Requiem excepcional.

Buena parte de la obra la escribió Mozart estando ya en su lecho de muerte; algunas veces afirmó que con esa obra estaba escribiendo la música de sus propios funerales, consciente como era de la gravedad de su estado. Dos días antes de su muerte, acaecida en la madrugada del 5 de diciembre de 1791, aún recibió a un grupo de amigos que interpretaron junto a su lecho los fragmentos del Requiem que había compuesto.

También la leyenda se ha enseñoreado con las circunstancias que rodearon la muerte de Mozart, pues aunque el dictamen médico estableció que había fallecido de «fiebre reumática», corrió la voz de que había sido envenenado por Antonio Salieri, compositor de la corte y uno de sus grandes rivales en Viena. Esta versión dio lugar a un bello drama escrito por Alexandr Pushkin, Mozart y Salieri (1832), que trata sobre el problema de la envidia, y ha inspirado un film de gran éxito comercial, Amadeus, de Milos Formann (1984).
 
A pesar de su breve existencia, Mozart vivió una plenitud comparable a la de los artistas más longevos. Las adversidades no hicieron mella en su espíritu alegre y creador, siempre ávido de esperanza, incluso ante la certeza de la prematura muerte.

 

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