viernes, 5 de enero de 2018

LA FIESTA, APELACIÓN A LO SAGRADO


La fiesta es renovación profunda del mundo. Rito sagrado en las culturas cubiertas por las túnicas del mito.
 
Lo festivo propiciaba la salida del tiempo profano y el acceso al momento del origen, lugar esencial de la realidad donde se concentran energías eternas, divinas. Con toda claridad, este sentido de la fiesta contrasta con la alegría efímera de las festividades modernas.
 
En una primera inmersión en las aguas efervescentes de la fiesta, nos guiará Roger Caillois. Su obra El hombre y lo sagrado es emblemática como estudio de la fiesta en su horizonte arcaico, originario.  Ritos y exuberancias de las fiestas de los antiguos pueblos como puentes hacia lo sagrado. Festividades sagradas que, en algunos casos, aún resuenan en el tiempo moderno.
 
A la vida normal, ocupada en los trabajos cotidianos, apacible, encajada en un sistema de prohibiciones, donde la máxima Quieta non movere mantiene el orden del mundo, se opone la efervescencia de la fiesta. Esta, si no se consideran más que sus aspectos externos, presenta caracteres idénticos en cualquier nivel de civilización. Implica un gran concurso del pueblo agitado y ruidoso. Esas aglomeraciones de masas favorecen eminentemente el nacimiento y el contagio de una exaltación que se agota en gritos y gestos, que incita a abandonarse sin traba a los impulsos más irreflexivos. Incluso hoy, en que sin embargo, las fiestas empobrecidas resaltan bien poco sobre el fondo grisáceo que constituye la monotonía de la vida ordinaria, y aparecen en ellas dispersas, diseminadas, casi estancadas, se distinguen todavía en sus manifestaciones algunos miserables vestigios del desencadenamiento colectivo que caracteriza las antiguas francachelas.

  ...No hay ninguna fiesta, aunque ésta por definición sea triste, que no incluya al menos un principio de exceso y francachela: basta evocar los banquetes funerarios en el campo. Ayer u hoy, la fiesta se caracteriza siempre por la danza, el canto, la agitación, el exceso de comida y de bebida. Hay que darse por el gusto, hasta agotarse, hasta caer enfermo. Es la ley misma de la fiesta.

En las civilizaciones llamadas primitivas, el contraste ofrece mucho más relieve. La fiesta dura varias semanas, varios meses, interrumpidos por períodos de reposo, de unos cuatro o cinco días. A veces eran precisos varios años para reunir la cantidad de víveres y de riquezas que se verían no sólo consumidos o gastados con ostentación, sino también destruidos y derrochados pura y simplemente, porque el derroche y la destrucción, formas del exceso, entran por derecho propio en la esencia de la fiesta.
 
Esta suele terminarse de manera frenética y orgiástica en un libertinaje nocturno de ruido y movimiento que los instrumentos más burdos, tocados a compás, transforman en ritmo y en danza. Según la descripción de un testigo, la masa humana, hormigueante, ondula apisonando el suelo, gira a sacudidas en torno de un mástil central. La agitación se traduce en toda clase de manifestaciones que la aumentan. Crece y se intensifica con todo lo que expresa: choque obsesionante de las lanzas contra los escudos, cantos guturales fuertemente marcados, brusquedades y promiscuidades de la danza. La violencia nace espontáneamente. De cuando en cuando surgen disputas: los combatientes son separados, alzados en el aire por brazos vigorosos, y mecidos a compás hasta que se calman. Pero eso no interrumpe la danza. Del mismo modo, las parejas la abandonan de pronto, se unen en los bosques próximos y vuelven a ocupar su sitio en el torbellino que continúa hasta la mañana. 
 
Se comprende que la fiesta, representando un tal paroxismo de vida y resaltando tan violentamente sobre las pequeñas preocupaciones de la vida diaria, parezca al individuo como otro mundo, donde se siente sostenido y transformado por fuerzas que lo rebasan. Su actividad cotidiana, cosecha, caza, pesca o cría, sólo llena su tiempo y provee a sus necesidades inmediatas. Pone sin duda en ella atención, paciencia, habilidad, pero más profundamente vive en el recuerdo de una fiesta y en la espera de otra, porque la fiesta representa para él, para su memoria y su deseo, el de tiempo de las emociones intensas y de la metamorfosis de su ser.

El advenimiento de lo sagrado

Por eso es una gloria para Durkheim el haber reconocido como explicación capital de las fiestas, frente a los días de trabajo, la distinción entre lo sagrado y lo profano. Oponen en efecto, una explosión intermitente a una gris continuidad, un frenesí exaltante a la repetición cotidiana de las mismas preocupaciones materiales, el hálito potente de la efervescencia común a los serenos trabajos donde cada uno se absorbe a solas, la concentración de la sociedad a su dispersión, la fiebre de esos momentos culminantes a la tranquila labor de las fases atónicas de su existencia.
 
Además, las ceremonias religiosas que traen consigo, estremecen el alma de los fieles. Si la fiesta es la época de la alegría, es también la de la angustia. El ayuno y el silencio son de rigor antes de la expansión final. Se refuerzan las prohibiciones habituales, se imponen otras nuevas. Los desbordamientos y los excesos de todas clases, la solemnidad de los ritos, la severidad previa de las restricciones, contribuyen igualmente a hacer del ambiente de la fiesta un mundo de excepción.
 
En realidad, con frecuencia se considera la fiesta como el reino mismo de lo sagrado. El día de fiesta, aunque sólo se trate del domingo, es ante todo un día consagrado a lo divino, en que se prohíbe el trabajo, dedicado al reposo, al regocijo y a la alabanza de Dios. En las sociedades donde las fiestas no están diseminadas en el conjunto de la vida laboriosa, sino agrupadas en una verdadera temporada de fiestas, se comprende aún mejor hasta qué punto ésta constituyen realmente lo de la preeminencia de lo sagrado.
 
El estudio de Mauss sobre las sociedades esquimales suministra los más claros ejemplos de un violento contraste entre esos dos géneros de vida, que siempre se manifiestan, después de todo, entre los pueblos a los que el clima o la naturaleza de su organización económica condena a una inacción prolongada durante una parte del año. En invierno, la sociedad esquimal se concentra: todo sucede o se hace en común, mientras que durante el verano, cada familia, aislada bajo su tienda en una inmensidad casi desierta, subsistía separada sin que nada viniera a reducir la parte de la iniciativa individual. Frente a la vida estival, casi enteramente laica, el invierno aparece como un tiempo de "exaltación religiosa continua", como una larga fiesta.

Entre los indios de la América septentrional, la morfología social no varía menos con las estaciones. Allí también, a la dispersión del verano, sucede la concentración del invierno. Los clanes desaparecen dejando paso a las cofradías religiosas que ejecutan entonces las grandes danzas rituales y organizan las ceremonias tribales. Es la época de la transmisión de los mitos y de los ritos, en que los espíritus se aparecen a los novicios y los inician. Los kwakiutls dicen ellos mismos: "en verano, lo sagrado está debajo, lo profano arriba: en invierno lo sagrado está arriba, lo profano abajo". No se puede pedir mayor claridad.

Ya se ha visto que en la vida ordinaria lo sagrado se manifiesta casi exclusivamente por medio de prohibiciones. Se define como lo "reservado", lo "separado"; se le pone fuera del uso común, protegido por prohibiciones destinadas a evitar todo ataque contra el orden del mundo, todo riesgo de trastornarlo y de introducir en él un germen turbador. Aparece, pues, esencialmente como negativo. Este es en realidad uno de los caracteres fundamentales que se reconocen con mayor frecuencia en la prohibición ritual. Pero el período sagrado de la vida social es precisamente aquél en que las reglas se suspenden y se recomienda en cierto modo la licencia. Sin duda, puede negarse a los excesos de la fiesta un sentido ritual preciso y considerarlos solamente como simples descargas de actividad. "Se halla uno tan completamente fuera de las condiciones ordinarias de la vida", escribe Durkheim, "y se tiene tal conciencia de ello, que se siente la necesidad de proyectarse hacia fuera y por encima de la moral en uso". Ciertamente, la agitación desordenada y la exuberancia de la fiesta, responden a una especie de afán de desentumecerse. Ya Confucio se daba cuenta de esto, cuando decía, para justificar las francachelas aldeanas de los chinos, que no hay que "conservar el arco siempre tenso, sin aflojarlo nunca, ni siempre flojo sin estirarlo jamás". Los excesos de los arrebatos colectivos ejercen también, sin duda alguna, esta función: aparecen como una deflagración brusca tras una comprensión larga y severa. Pero éste es sólo uno de sus aspectos, y se relacionan menos con su razón de ser que con un mecanismo fisiológico. Ese carácter no agota, ni mucho menos, su naturaleza. En efecto, los indígenas ven en ellos la condición de la eficacia mágica de sus fiestas: son quienes aseguran por anticipado el buen éxito de los ritos, prometiendo así, indirectamente, mujeres fecundas, ricas cosechas, guerreros valientes, caza abundante y una pesca fructífera.

Fuente Roger Caillois:
El hombre y lo sagrado.



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