sábado, 20 de enero de 2018

LA LOGIA JUSTA Y PERFECTA Y LAS SIETE LUCES


En el manual de instrucción del primer grado, y a modo de preguntas y respuestas, leemos lo siguiente:
 
P. ¿Dónde habéis sido recibido masón?
 
R. En una Logia justa y perfecta.
 
P. ¿Qué hace falta para que una Logia sea justa y perfecta?
 
R. Tres la dirigen, cinco la iluminan y siete la hacen justa y perfecta. Los tres son el Venerable Maestro, el Primero y el Segundo Vigilantes, los cuales están vinculados a los tres puntos cardinales diurnos del sol, y a los tres pilares de la Sabiduría, la Fuerza y la Belleza. Estos oficiales representan el espíritu director de la Logia, entre otras razones porque a ellos les corresponden la escuadra, el nivel y la perpendicular, es decir, las tres herramientas fundamentales en toda construcción, y muy especialmente de la construcción de nuestro templo espiritual.

Si a estas «tres luces», como también se les denominan, añadirnos el Orador y el Secretario (representantes respectivos de la Ley o Tradición masónica, y de la Memoria de la Logia), aparecen entonces las «cinco luces», las que constituyen, gracias a las propiedades simbólicas del número cinco, el alma o principio dinámico generador que propicia que la Logia quede iluminada interiormente. Los dos restantes son el Experto y el Maestro de Ceremonias, encargados de asistir al Venerable en los ritos de la apertura y clausura de los trabajos, además de cumplir el papel de 'guías' de los candidatos a la iniciación y en la «elevación» y «exaltación» al segundo y tercer grado, respectivamente. Estos siete oficiales «cubren» los puestos y funciones más importantes e imprescindibles para que la Logia sea verdaderamente «justa y perfecta», indicando con ello la idea de acabamiento de la Gran Obra que precisamente el número siete simboliza.
 
Recordemos que siete fueron los días que el Sumo Arquitecto empleó para crear el mundo, siete son los días de la semana, siete son las sefiroth de construcción cósmica, siete son los planetas y los metales alquímicos a ellos asociados, siete son los colores del arco iris (incluyendo al blanco en tanto que origen de los seis), siete son las notas musicales, y siete, en fin, es el centro de la cruz tridimensional que determina las seis direcciones del espacio.
 
Asimismo (al menos virtualmente), una Logia también puede ser «justa y perfecta» si de esos siete hermanos tres como mínimo poseen el grado de maestro, dos el grado de compañero y dos más el grado de aprendiz, abarcando de esta manera la totalidad de la jerarquía iniciática.
 
Según esto podríamos entonces asignar el espíritu de la Logia al maestro, el alma de la misma al compañero y el cuerpo al aprendiz, con lo cual se establece una triada cosmológica análoga a los tres planos o niveles (celeste, intermediario y terrestre) de la manifestación universal. De ahí, pues, que no resulte extraño que se necesite del concurso de siete hermanos como mínimo para que los trabajos sean también, al igual que la Logia donde éstos se cumplen, «justos y perfectos», y para que sea posible la transmisión regular de la influencia espiritual del Gran Arquitecto.

De otro lado, se ha comparado a las «siete luces» masónicas con las siete estrellas de la Osa Mayor, las que, según diversas tradiciones, simbolizan a otros tantos personajes míticos que asumen la función de transmitir la sabiduría perenne de un ciclo de la humanidad a otro, o, de una época histórica a otra, asegurando así la permanencia y continuidad del Conocimiento metafísico y sus diversas aplicaciones cosmológicas, y con él el de la propia tradición primordial de los orígenes, depositaria de dicho Conocimiento.
 
Estos seres míticos y celestes son los siete Rshi de la tradición hindú, cuya réplica terrestre la encontramos, por ejemplo, en los siete sabios de Grecia, o en los siete reyes legendarios de la antigua Roma, e incluso, por qué no, en los siete masones de la Logia «justa y perfecta». Y así como las siete estrellas de la Osa Mayor giran en torno a la polar, que es el centro de nuestro universo y, por consiguiente, el símbolo de la Gran Unidad, de manera semejante los masones realizamos nuestros trabajos en el Nombre y a la Gloria del Gran Arquitecto, uno de cuyos símbolos más representantivos es precisamente la letra «G» o la iod hebraica inscrita en el centro de la estrella pentagramática, figurada, a su vez, en el techo (cielo) de la Logia, estrella que los masones operativos asimilaban a la propia estrella polar.

En la simbólica de los «operativos» de la letra «G» pende una plomada que desciende en vertical hasta el centro mismo del suelo de la Logia, uniendo así el polo celeste al polo terrestre, el cielo a la tierra, o si se prefiere, la Logia de lo Alto a la Logia de Abajo, siendo ésta un reflejo de aquélla. La presencia central de dicha plomada, además de establecer un eje ordenador en el espacio de la Logia, también crea una perspectiva de movimiento y rotación alrededor de ese eje, pues, al fin y al cabo, ¿no es nuestro Templo una imagen simbólica del cosmos, y por lo tanto, de la Rueda del Mundo o Rota Mundi?
 




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