domingo, 18 de febrero de 2018

4 - SIGNIFICADO Y SIMBOLISMO DEL NÚMERO 4


El Cuatro es un número terrenal y el símbolo del orden y del dominio.

El Cuatro es el símbolo de nuestra realidad terrenal, de la vida que vivimos y vemos.

El Cuatro, además, crea el volumen. Mientras que el Uno viene representado por el punto, la línea que une dos puntos simboliza al Dos. Si añadimos dos líneas más, se obtiene un triángulo, y cuatro triángulos pueden formar una pirámide que ya tiene un volumen.

La creencia más antigua dice que al principio Dios creó a partir de la nada los cuatro elementos básicos, de los que surgiría el resto de la creación. Por lo tanto, todo lo que existe en este mundo es una mezcla de fuego, tierra, aire y agua. Pero el Cuatro es también el número de nuestro orden temporal y espacial.

El año lo dividimos en las cuatro estaciones, la vida está representada por cuatro etapas: la infancia, la juventud, la madurez y la vejez. El horizonte está distribuido en los cuatro puntos cardinales. La tendencia a dividir el todo en cuatro segmentos está tan extendida, que Jung consideró esta «cuaternidad» como un arquetipo. Cabría considerar al Cuatro como el filo reticular de nuestro entendimiento que nos ayuda a estructurar perfectamente la realidad que nos rodea.

La simbología del Cuatro resulta especialmente ilustrativa en relación con el círculo. El círculo representa al hemisferio divino, el Cuatro (o bien en forma de cruz, cuadrado o cubo) simboliza el hemisferio terrestre. La cuadratura de un círculo resulta del todo imposible, y esto se debe a que con la ayuda de un compás y de una regla no se puede trasladar desde el punto de vista geométrico el contenido completo del círculo al cuadrado. Esto significa, simbólicamente, que con medios humanos (compás, regla) no resulta posible imaginarse cómo sería el cielo o la perfección (círculo).

En la cruz celta nos encontrarnos unificados el símbolo del círculo y el del Cuatro, y simboliza las cuatro estaciones sagradas que tienen lugar a lo largo del año, así como las cuatro fases lunares, tal y como las contamos actualmente, en el calendario original o en la corona de Adviento que estructura perfectamente la figura del círculo con sus cuatro velas.

Esta simbología se expresa de forma significativa en la construcción de las iglesias. Desde tiempos remotos, ya en la época de los etruscos, se pretendía edificar emulando al cielo y a la tierra, por lo que se construía una muralla cuadrada sobre la que se colocaba una cúpula que imitaba a una carpa celestial. Esta simbología resultaba tan importante que fueron exhaustivos los esfuerzos arquitectónicos que se realizaron para intentar unificar y redondear los diferentes tejados y obtener así una cúpula lo más perfecta posible.

Los planos de numerosas iglesias presentan igualmente esta simbología. La gran basílica romana está compuesta por una galería cuadrada (el mundo de los hombres) y por un semicírculo, que en la mayoría de los casos está orientado hacia el Este, que limita con dicha galería y que recibe el nombre de ábside, en la cual antiguamente se encontraba la figura de Dios. En las basílicas cristianas este semicírculo se convierte en la sala en la que se erige el altar y en la que la luz que pasa a través de la ventana simboliza al Dios invisible. Finalmente, el plano horizontal de muchas iglesias y catedrales se termina convirtiendo en una cruz.

El punto de corte en el que convergen la base longitudinal con la base que define la anchura del edificio en cuestión se denomina intersección de la nave o cuadratura. Representa el mundo terrenal sobre el que se levantará la cúpula celestial.

El Cuatro terrenal adquiere también una gran importancia en su contraste con el sagrado Tres. Ambos números están presentes en el crucifijo desde el punto de vista simbólico, pues Jesucristo fue crucificado con tres clavos a la cruz, la cual a su Vez representa al número Cuatro y, por lo tanto, al mundo terrenal. De esta manera, la simbología de los números viene a resaltar que lo divino (el Tres) desciende a lo terrenal (el Cuatro) asumiendo así el dolor del mundo.

Sin embargo, existe un pequeño problema con el Cuatro, pues si este número engloba todos los aspectos de la unidad o del todo absoluto (círculo), pero se considera al número Tres como número sagrado, entonces es posible que en realidad el Cuatro no sea del todo tan «puro y limpio». Esta problemática viene reflejada en una serie de grupos de cuatro elementos:

• El legado de los judeocristianos hace mención a tres arcángeles que gozan de un gran reconocimiento: se trata de san Miguel, san Gabriel y san Rafael. El cuarto arcángel al que se suelen referir varía, no es uno fijo, pero en general se suele tratar de un arcángel con fama de ángel de la muerte, corno, por ejemplo, Uriel, que es considerado el guardián de los infiernos.

• En la famosa obra de Goethe Fausto, es Mefistófeles el personaje que junto con Miguel, Gabriel y Rafael conduce el prólogo al cielo.

• El cuarto jinete del Apocalipsis, al que se refiere la Biblia, es terrible. Representa a la muerte, que termina llevándonos al infierno.

• El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo forman la Santísima Trinidad. El cuarto lugar lo ocuparía seguramente el mismo demonio.

• Ovidio describe las cuatro eras o edades del mundo. Las tres primeras están representadas por metales nobles como son el oro, la plata y el bronce. Sin embargo, nuestra era actual viene simbolizada por un metal, el hierro, que no es noble y que resulta mucho más tosco y rudo.

• Según los antiguos egipcios, la diosa celestial Nut dio a luz a cuatro dioses: lsis, Osiris, Neftis y Set. Esta última resultó ser una diosa maligna.

C. G. Jung cita con frecuencia a la legendaria alquimista María Profetisa, la hermana de Moisés. El principio de Hermes que proclama dice. «El Uno se convierte en el Dos, el Dos en el Tres y el Tres da lugar al Cuatro, que de nuevo es un Uno, una unidad». Esto quiere decir que el Cuatro es una pieza elemental del todo, de la unidad absoluta (del Uno) y, sin embargo, resulta poco atractivo, incluso es despreciado, pues el Cuatro, a diferencia del sagrado Tres, es tan solo terrenal, material e incluso maligno. Jung reconoce en este razonamiento un paralelismo con su doctrina, según la cual nosotros los humanos poseernos cuatro funciones en nuestra conciencia (que vienen a corresponder con los cuatro elementos). Únicamente utilizarnos tres de ellas, quedándose la cuarta función aletargada. Sin embargo, en la segunda etapa de nuestra vida esa cuarta función comienza a adquirir protagonismo y juega un papel decisivo y difícil en el camino hacia la perfección absoluta.

Hay una historia que cuenta que hubo un rey enfermo que tenía tres hijos. Los tres buscaban con ahínco la «hierba de la vida» con la que pretendían curar a su padre.

Era este un bien muy difícil de encontrar. Curiosamente, fue el hijo pequeño el que encontró dicha hierba anhelada, a pesar de que todo el mundo lo tenía por un chico tonto e inútil. El rey junto a sus tres hijos representa la estructura cuadrada. El menospreciado hijo pequeño del que todo el mundo se ríe simboliza el problemático Cuatro que da lugar a la totalidad.

Pero el Cuatro también es considerado el número del dominio. Ya en el antiguo Egipto y en Babilonia el rey mandaba sobre los cuatro puntos cardinales. En la ceremonia de subida al trono el nuevo rey hacía un movimiento peculiar con la espada. La esgrimía en el aire en las cuatro direcciones posibles (norte, sur, este y oeste) y pretendía demostrar con este gesto que él gobierna en todos los rincones del mundo.

En el Tarot, el Cuatro también sale a colación en una carta que encierra en sí mucho poder, la carta número IV, la del EMPERADOR, en la que vienen representados varios caracteres de este número. El Emperador es capaz de transformar los deseos (agua), las ideas (aire) y los pro-pósitos (fuego) en realidad (tierra).También simboliza el orden y la continuidad, y refleja así la estructura temporal y espacial.

Se tiende a relacionar aquello que es hecho a mano con el Cuatro. Mientras que en la naturaleza abundan las figuras circulares, las cosas redondas y las líneas rectas son la excepción, en el caso de aquello que el hombre construye con sus propias manos ocurre lo contrario. Nos gusta lo que es recto y cuadrado y eso lo demuestra nuestra forma de vivir. Los pueblos más arcaicos viven o vivían en cuevas, en habitáculos con forma circular o tenían la costumbre de acampar alrededor de un fuego formando un círculo. Cuando el hombre abandona la naturaleza y comienza a crear poblaciones mayores y ciudades, el Cuatro comienza a verse representado en sus edificaciones.

Según los legados que hacen referencia a la creación de la ciudad de Roma el 21-4-753 a. de C., en su inicio la ciudad tenía forma cuadrada (Roma Cuadrata). Da igual las dimensiones que tenga una población o ciudad, aún hoy seguirnos viviendo en habitaciones cuadradas que son parte de una casa o piso cuadrado, con ventanas, puertas, mesas, armarios y camas cuadradas. Y además cada uno dispone de su «cuarto».



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