viernes, 16 de marzo de 2018

LOS MITOS DE LA FRANCMASONERÍA


Los mitos de la Francmasonería, que en sus comienzos consistieron quizás únicamente en las sencillas tradiciones de la Francmasonería pura del sistema antediluviano, corrompiéronse con la separación de razas; pero, cuando se fundó la Francmasonería espuria, volvieron a purificarse, y a adaptarse para inculcar la verdad, acabando de perfeccionarse y desarrollarse en el sistema que ahora practicamos. Y, si en la interpretación de nuestros mitos masónicos existiera todavía algún fermento de error, trataríamos en seguida de separarlos de las corrupciones con que los han plagado la ignorancia y la falta de comprensión. Les daríamos su verdadero significado, y seguiríamos el curso de su historia hasta encontrar las doctrinas y creencias antiguas de donde se derivaron las ideas que tratan de encarnar.
 
Los mitos y leyendas del sistema simbólico francmasónico se pueden dividir en tres clases:
 
1ª. El mito histórico.
 
2ª. El mito filosófico.
 
3ª. La historia mítica.
 
Estas tres clases de mitos o leyendas pueden definirse como sigue:
 
1°. El mito puede tener por objeto el trasmitir un relato de acontecimientos o sucesos primitivos, fundados en la verdad, cuya verdad ha sido, no obstante, falseada y pervertida al omitir o introducir circunstancias y personajes. Este es el mito histórico
 
2°. La leyenda puede haberse inventado y adoptado como medio de enunciar un pensamiento o de inculcar cierta doctrina. En este caso es un mito filosófico.
 
3°. Por último, los elementos de verdad constitutivos de la historia pueden predominar grandemente sobre los materiales ficticios e inventados del mito, y la narración estar formada de hechos, con unas pequeñas pinceladas de imaginación. Entonces estamos ante una historia mítica.

Strauss clasifica los mitos en históricos, filosóficos y poéticos en su obra Lehen Jesu, Vida de Jesús. Su mito poético es nuestro mito histórico; el filosófico, nuestra segunda clase de mitos y el histórico, la tercera. Pero el autor no cree que sea apropiado designar con la palabra poético, al primero, porque todos los mitos estan fundamentados en ideas poéticas. Estas son las tres divisiones de la leyenda o mito, pues no estamos dispuestos a distinguir en esta ocasión entre estas dos palabras, como hacen algunos autores alemanes.
 
Todas las leyendas pertenecientes al simbolismo mítico de la Francmasonería pertenecen a una u otra de estas divisiones. Los mitos masónicos participan, por su carácter general, de la naturaleza de los mitos que constituyen el fundamento de las religiones antiguas. Sobre estos últimos mitos, dice Muller que: "Su origen se ha de encontar en la tradición oral", y que lo real, es decir, los hechos de la historia y los engendros de la imaginación, concurren con su unión y fusión recíproca, a la producción del mito.
 
Los mismos principios rigen en la formación de los mitos o leyendas masónicas, que también deben por entero su existencia a la tradición oral y están formados, como acabamos de ver, por la mezcla de lo real con lo ideal (de lo verdadero con lo falso) y de los hechos de la historia con las invenciones de la alegoría. El Dr. Oliver opina que "las primeras series de hechos históricos, subsiguientes a la caída del hombre, fueron tradicionales y deben haberse trasmitido necesariamente de padre a hijo por comunicación oral."

El mismo sistema, adoptado por todos los misterios, se ha continuado en la institución masónica, de modo que todas las instrucciones esotéricas contenidas en las leyendas de la Francmasonería sólo se pueden comunicar oralmente de francmasón a Francmasonería que se permite trasladarlas al papel. De Wette expone el procedimiento para distinguir el mito de la narración histórica en su Criticism on the Mosaic. History, y dice que el mito debe su origen a la intención del inventor, que no ha sido la de satisfacer la sed natural de verdad histórica por medio de una simple narración de hechos, sino más bien deleitar o afectar a los sentimientos o ilustrar alguna verdad filosófica o religiosa.

Esta definición puede aplicarse también al carácter de los Mitos francmasónicos. Considérese, por ejemplo, la leyenda del tercer grado, o el mito de Hiram Abif. Su valor "como narración de hechos" es casi nula y desproporcionada para el trabajo que cuesta su trasmisión. No aludimos ahora a la invención o imaginación de todos los incidentes de que se compone esta leyenda, pues existen abundantes materiales en ella, cuyos detalles son verdaderos y reales, sino que nos referimos a su composición en forma de mito por adición de algunos rasgos, la supresión de otros y a la gran cantidad de datos que constan en la historia, sino la formación general del conjunto.
 
Su invención no tuvo por objeto el añadir algún detalle, más bien "esclarecer una verdad filosófica y religiosa", que en verdad es la doctrina de la inmortalidad del alma.
 
De todo cuanto hemos dicho respecto a la analogía de origen y objetos de los mitos religiosos antiguos con los masónicos, se desprende que, quien conozca la verdadera ciencia de este tema, no puede negar que todas las tradiciones y leyendas de la orden son consideradas al pie de la letra hechos históricos.
 
Lo único que se puede decir sobre estas leyendas es que algunas no tienen más que un substratum o base histórica, siendo puramente imaginativo el edificio levantado sobre ellas con objeto de servir de medio para inculcar una verdad religiosa; en algunas, la leyenda o mito debe su existencia a una idea, sirviendo el mito para exponerla, y en otras, la narración verídica, va más o menos unida con la ficción, si bien con enorme predominio de lo histórico. Por ejemplo, tenemos la leyenda de que Euclides fue francmasón y que enseñó la Francmasonería a los egipcios.

A continuación insertamos esta leyenda tal como se publicó en el Gentleman's Magazine del mes de junio, correspondiente al año de 1815, tomada, según se dice, de un pergamino escrito al parecer en el siglo diez y siete, y que con toda seguridad, debió copiarse de otro más antiguo:
 
"Además, cuando Abraham marchó a Egipto en compañía dé Sara, enseñó a los egipcios las siete ciencias, y tuvo por discípulo al célebre Euclides, que aprendió de él las siete ciencias liberales hasta convertirse en verdadero maestro. Y por aquellos años el señor y la gente de rango del reino tuvieron numerosos hijos de sus esposas y otras mujeres, pues en ese caluroso país eran muy prolíficos".
 
"Y ocurrió que no encontraban medio de proveer a la subsistencia de sus hijos, por lo que estaban muy preocupados. El rey convocó entonces un gran consejo y un parlamento para que encontrasen el medio de que los hijos pudieran vivir honradamente como caballeros. Pero como no llegaron a un acuerdo, ordenó el rey que los heraldos proclamasen por todo el reino que se otorgaría la recompensa que pidiese a quien fuera capaz de solucionar este problema."
 
"Y cuando se pregonó, el sabio Euclides presentóse ante el rey y los grandes señores y les dijo: "Entregadme vuestros hijos para que los eduque y les enseñe una de las siete ciencias, con lo cual podrán vivir honradamente como corresponde a caballeros. Sólo impongo la condición de que me autoricéis para dirigirlos de acuerdo con la ciencia que les he de enseñar."
 
"Y el rey y su gran consejo le otorgaron cuanto pedía. Luego este hombre sabio se llevó consigo a los hijos de los grandes señores, y les enseñó para que trabajaran en las piedras, todas las clases de obras pertenecientes a la construcción de iglesias, templos, castillos, torres y casas solariegas y todo género de edificios."

Ahora bien, el francmasón ortodoxo no debe creer necesariamente y de un modo literal que el gran geómetra Euclides fuera francmasón ni que los egipcios le deben la formación de su sociedad en Egipto; porque el palpable anacronismo o error de fecha de la leyenda, en la que se hace que Euclides sea contemporáneo de Abraham, impide que se crea sumejante cosa y que demuestra que la narración entera es pura invención. Sin embargo, los francmasones inteligentes no pueden rechazar la leyenda por absurda o ridícula, sino que, conocedores de la naturaleza y objeto de nuestro sistema simbólico, la han de aceptar como "mito filosófico", o medio de expresar una verdad masónica por medio de símbolos.

En esta leyenda Euclides sirve de símbolo de la geometría, la ciencia en que fue tan eminente maestro. El mito o leyenda, simboliza, por tanto, el hecho de que existió en Egipto una relación íntima entre esta ciencia y el gran sistema moral y religioso, que fue para los egipcios lo que para nuestra época representa la Francmasonería: una institución secreta, fundada con objeto de enseñar los mismos principios de idéntica manera simbólica.
 
Interpretándola de esta forma, la leyenda corresponde a todas las épocas de la historia egipcia y viene a enseñarnos que estaban en estrecha relación los sistemas religiosos y científicos. Por eso dice Kenrick que "cuando leemos que algunos extranjeros tenían que someterse (en Egipto) a penosas y terribles ceremonias iniciáticas, creemos que no se hacía esto para que aprendiesen el secreto de los ritos de Osiris e Isis, sino para que conocieran la Astronomía, la Física, la Geometría y la Teología.
 
Otro ejemplo es el mito o leyenda de las escaleras de caracol, por las que debían subir los compañeros para recibir su salario en la cámara del medio. Tomado este mito en sentido literal, se observará que está en completa oposición con la historia y con lo probable.
 
Como mito, se funda en el hecho de que existía en el templo una "Cámara de en Medio" a la que se subía por las "escaleras de caracol", pues el primer libro de los reyes dice:
 
"Y subíase por un caracol al aposento de en medio" (VI, 8.)
 
Pero no existe prueba histórica evidente alguna de que las escaleras estuvieran construidas tal como indica el relato mítico expuesto en ritual del segundo grado, ni de que la cámara sirviera para el mismo objeto que en la Francmasonería.
 
En realidad la leyenda es un mito histórico en que el número místico de los escalones, el proceso de pasar a la cámara y el salario que se recibe en ella, son ficciones que se han añadido a la historia fundamental contenida en el sexto capítulo de los Reyes, para inculcar importantes enseñanzas simbólicas relativas a los principios de la Orden.
 
Es cierto que podrían haberse enseñado estas lecciones en forma árida y didáctica; pero el método alegórico y mítico tiene por objeto impresionar al alma de un modo más profundo e intenso, sirviendo al mismo tiempo para unir a la institución francmasónica con la del templo antiguo.
 
Véase también el mito que remonta el origen de la institución francmasónica al principio del mundo, haciéndola coetánea con la creación. Este mito se interpreta erróneamente hasta en nuestros días, creyendo que es un hecho histórico, al que se alude en la fecha del "anuo lucis" año de luz que se pone en todos los documentos masónicos. Este mito pertenece a la clase de los filosóficos, y simboliza la idea que asocia por analogía la creación de la luz física con el nacimiento de la luz intelectual y espiritual en el candidato masónico. La primera es el tipo de la segunda.
 
Por tanto, cuando Preston dice que "la fundación de la Francmasonería se remonta hasta el principio del mundo", y cuando afirma que "nuestra Orden ha existido desde que empezó la simetría y ejerció sus encantos la armonía", no debe suponerse que este autor trate de enseñar la existencia de una logia masónica en el jardín del Edén. Semejante cosa nos pondría en ridículo. Lo único que él quiere decir es que los principios de la Francmasonería que, sin duda alguna, son independientes de su organización como sociedad, son contemporáneos de la existencia del mundo; que cuando Dios dijo: "Hagáse la luz", esta luz material era el Símbolo de la espiritual que ha de resplandecer en todo candidato cuando su mundo intelectual, hasta entonces "desordenado y vacío" se pueble con pensamientos vivientes y con los divinos principios que constituyen el gran sistema de la Francmasonería especulativa, y cuando el espíritu de esta institución haga surgir de las tinieblas mentales la luz intelectual moviéndose sobre el profundo abismo de su caos mental.
 
En las leyendas del grado de maestro y del Real Arco se baraja de tal modo el mito histórico con la historia mítica, que es preciso profundizar los juicios para poder distinguir los elementos que los diferencian. Así, por ejemplo, la leyenda del tercer grado es mítica en algúnos de sus detalles, mientras que, en otros, es indudablemente histórica.

La dificultad de separar uno del otro y de distinguir los hechos de la ficción, ha dado por resultado que los autores masónicos tengan diversas opiniones sobre este tema. Para Hutchinson y Oliver toda la leyenda no es más que una alegoría o mito filosófico. Nosotros opinamos con Anderson y otros antiguos escritores, que es una historia mítica.

La leyenda de la reconstrucción del templo pertenece al Real Arco, es netamente histórico; pero se encuentran en ella tantos elementos cuya historicidad no puede demostrarse más que por la tradición oral, que toda la narración tiene apariencia de historia mítica. La leyenda de los tres fatigados viajeros es, sin duda alguna, un mito quizá filosófico, pues trata de enunciar la idea de la recompensa otorgada a la perseverancia infatigable en busca de la verdad, a través de toda clase de peligros.
 
"La labor principal del sacerdocio antiguo consistió en hacer símbolos y en interpretarlos", dice Creuzer. Tal es también la tarea de todo masón estudioso, pues no debe satisfacer quien desee apreciar por sí mismo la profunda sabiduría de la institución, con aceptar crédulamente todas las tradiciones que se le relaten como historias verídicas, ni tampoco con rechazarlas con incredulidad antifilosófica como fábulas e invenciones. Caer en estos dos extremos sería incurrir en error. Según Hermann, "El mito es la representación de una idea, es la que debe buscar el estudiante en los mitos francmasónicos, porque tras de ellos se oculta algo más espiritual y bello que la narración en sí. Por eso debe aprender a extraer de la ganga esta esencia espiritual, que, como precioso metal, se encuentra en ella. En esto es en lo que consiste el verdadero valor de la Francmasonería.
 
Los esfuerzos hechos para perpetuar la institución no tendrían utilidad alguna sin sus símbolos, mitos, leyendas, ideas y conceptos, porque, sin ellos, no sería más que una "exhibición vana y vacía". Sus toques y signos no tienen otro valor que el de servir de medio para conocerse.
 
Lo mismo ocurriría con sus palabras, si no fueran simbólicas. Sus costumbres sociales, su caridad, no son más que puntos incidentales de su constitución, que podrían conseguirse de modo más sencillo, su verdadero valor científico en el simbolismo, en las grandes lecciones de verdad divina que enseña, y en la admirable manera de realizar esta enseñanza.
 
Quien desee llegar a ser un buen francmasón, no ha de creer que su tarea debe limitarse a conocer perfectamente la fraseología del ritual, ni en saber abrir y cerrar los trabajos de una logia o tener cierta habilidad para conferir grados. Todo esto tiene su valor, pero, sin su interno significado, parecería juego de niños. El francmasón debe, por tanto estudiar los símbolos y tradiciones de la orden y aprender su verdadera interpretación, porque en esto es en lo que únicamente estribar la ciencia, la filosofía, el fin, el objeto y el designio de la Francmasonería especulativa.
 
 
 

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