lunes, 13 de junio de 2016

EL ASESINATO DE HIRAM ABIFF

 
Hiram había edificado el templo de acuerdo con las medidas que Salomón había recibido del Gran Arquitecto del Universo. Pero siendo un creador nato, necesitaba emplearse en algo más que elaborar una copia de encargo y quiso añadir al templo algo de su propia cosecha: un receptáculo que contenía «un mar de metales en fusión», o sea, quería trabajar directamente con el elemento Fuego, que en el ámbito simbólico representa la espiritualidad.
 
Con este fin mandó traer los más preciosos minerales de la tierra, que sus obreros fundieron para esta obra magna. Ese mar simbólico debía servir para la purificación de los sacerdotes del templo, para una mejor conexión con el Gran Arquitecto.
 
Hiram finalizó esta obra con la presteza y la perfección que le caracterizaban. Pero al poner tanta atención en los aspectos sublimes de su tarea descuidó los elementos puramente emocionales y surgieron a su alrededor tres traidores. Eran tres Compañeros que querían que los elevaran al supremo conocimiento (a la maestría) sin estar preparados y, al serles negado el pase, concibieron la idea de un desquite. Para ello contaron con la complicidad de Salomón, celoso y enfadado por haber perdido los favores de la reina de Saba.
 
La venganza de los Compañeros consistía en mezclar agua en los conductos que debían llevar los metales de fusión (el Fuego y el Agua siempre se repelen, aunque están condenados a trabajar juntos). El día de la inauguración de la obra, cuando los metales fluyeron hacia el recipiente, la mezcla de magma ardiente con el agua produjo una explosión que estuvo a punto de destruir el templo. En medio de la catástrofe, Hiram oyó la voz de su antepasado Tubal-Caín que le ordenaba que se sumergiera en el recipiente ahora sin fondo para ir a su encuentro. Obedeció, y así Hiram se vio transportado al centro de la tierra, donde el fundador de su estirpe, Caín, le reveló el secreto que permite reunir, en un combinado armónico, el Agua con el Fuego.
 
Las dos tendencias, hasta entonces enemigas, iban por fin a poder conciliarse, aunque Caín le anunció al mismo tiempo que moriría sin poder ver realizado este ideal. En efecto. Al volver a la superficie, los tres traidores aguardaban a Hiram y le solicitaron la palabra de pase; él respondió que para que les aumentara el salario (que en simbología masónica significa elevarse de grado) debían seguir trabajando en el perfeccionamiento de la obra (de su propia construcción interna).
 
Los Compañeros se enfadaron y, después de haberle solicitado infructuosamente el pase por tres veces al Maestro, cada uno descargó sobre él un golpe (uno con una regla, el otro con una escuadra y el tercero con un martillo). El maestro Hiram encontraría la muerte. Pero antes de expirar pudo enterrar al pie de una acacia el disco que le entregara Caín y que llevaba grabada la fórmula que permitía combinar el Agua con el Fuego, así como el martillo que serviría para llamar a los obreros al templo.

Cuenta la crónica hermética que cuando Lázaro (el hijo de la viuda) fue resucitado por Cristo, se dirigió al lugar en que Hiram Abiff enterrara el disco y el martillo. Al pie de aquella acacia encontró lo que buscaba, pero el disco se había transformado en una rosa y el martillo en una cruz. Así la Rosa y la Cruz serían el signo de llamada de los obreros al templo psíquico, inacabado, que sin ruido de martillos va construyendo el ser humano.
 
Este relato ofrece a la meditación amplias perspectivas. Por un lado, vemos que cuando alguien trata de trabajar solamente el aspecto espiritual le acaban invadiendo las emociones, porque son demasiado importantes para que podamos dejarlas fuera de nuestra gran obra. Es necesario proporcionarles un espacio.
 
Por otro lado, la traición de los Compañeros nos ilumina sobre la realidad de que todo conocimiento que trate de obtenerse por anticipado, fuera de su tiempo ordinario, conduce a la muerte del maestro que ha de facilitarlo. Anticiparnos al final de un proyecto, desvelar las claves de un trabajo antes de tiempo, mostrar nuestras cartas antes de que se acabe la partida... siempre nos perjudicará.
 
Acabamos de ver cómo tres miserables, poseyendo ya un cierto grado de conocimiento, puesto que pertenecen a la clase de los Compañeros, han utilizado la fuerza para obtener la suprema iluminación y con ello sólo han conseguido dar muerte al Maestro que podía iluminarlos.
 
Tres son los traidores, como tres son los pasos con los que el Aprendiz se acerca al Este, como tres son las luces, tres los oficiales que ponen en movimiento la logia. Ese número 3, que tan frecuentemente aparece en los rituales, es el símbolo de las tres fuerzas integradas en nuestra naturaleza humana: la mental, la emotiva y la física.
 
Cuando las tres se conjuran para obtener algo, sea sublime o perverso, ninguna fuerza del universo puede oponerse a esa resolución. La empresa que los tres Compañeros habían abordado en el Templo de Salomón consistía en obtener la clave, la fórmula que les permitirla acceder a un linaje superior. El Maestro les hace observar que la única fórmula posible es la del trabajo, el trabajo humano constante, para pasar de un nivel evolutivo al inmediato superior.
 
En nuestra sociedad, son muchas las personas que piden «la fórmula» para ejercer una función sin realizar el trabajo humano que la justificaría. Cuando esto sucede, el Maestro tiene que morir, porque si esos aspirantes ya son aquello que pretendían ser (o ellos lo creen) es inútil la figura del instructor que debía ayudarles a realizar los trabajos de acceso a la suprema dignidad. Así, vemos a menudo que el mundo, en lugar de estar regido por los Maestros con capacidad de ordenar las cosas según las reglas del real arte, se rige por los Compañeros traidores que han dado muerte al Maestro.
 
Pero antes de que esto suceda en la dinámica social, ocurre en nuestro interior. Un día decimos que ya somos suficientemente sabios, justos, perfectos y, cortando las amarras que nos ataban a nuestra conciencia, que es el trono en que se sienta el Venerable Maestro (el que dirige la logia), instalarnos a nuestras tendencias inmaduras en el puesto de mando. Entonces el desorden aparece en nuestras vidas, y lo blanco empieza a parecernos gris y lo negro menos negro, y acabamos aceptando como plausible lo que el auténtico Maestro rechazaría por falso. Si esa tendencia prospera, si nos sentimos cómodos en el reino de lo injusto, lo que hasta determinado momento ha sido vida interior se derramará en nuestro entorno humano y nos convertiremos en exportadores de lo injusto, y seremos tan inconscientemente ciegos en lo que respecta a nuestra auténtica naturaleza que el día que se presente un tirano, nos sorprenderemos como si fuéramos criaturas inocentes. Pero la verdad es que ese tirano lo habremos estado fabricando en nuestro fuero interno, ya que en esa dinámica interna el personaje habrá encontrado la fuerza necesaria para existir.
 
La enseñanza que deberíamos sacar del drama escenificado por Hiram Abiff en el templo del rey Salomón sería, en primer lugar, nunca matar al Maestro, dejando que todo en nosotros alcance su plenitud por los procesos naturales de maduración. Si ya hemos matado al Maestro, el ritual nos señala que debemos buscar su tumba y resucitarlo, porque el Maestro puede yacer sepultado y como muerto, pero su cadáver está en nosotros, siempre dispuesto a resucitar. Su tumba, ya lo hemos dicho, es la conciencia. Es allí donde el Maestro mora, junto a la acacia, ese árbol inmortal, cuyas hojas permanecen frescas tanto en invierno como en verano, símbolo por excelencia de lo que permanece, de lo que nunca se altera.
 
En la conciencia está la voz de Hiram, dispuesta a reanudar los trabajos de construcción del templo. Así termina ese primer intento de reconciliación entre las tendencias enemigas. Cain (el conocimiento) mató a Abel (la fe) y ahora eran los descendientes de Abel los que daban muerte a Caín-Hiram. Los caínes se conocen actualmente bajo el nombre de franc-masones y los abeles siguen siendo los miembros de la iglesia. Así podemos entender que los masones por su talante, por su espíritu, por su vocación están empeñados en la obra de transformación del mundo, ya sea a través de las artes, de las ciencias o de la técnica. Buscan alcanzar el conocimiento por la vía de la razón. Pero la fe debe desembocar finalmente en el conocimiento, de igual modo que la razón conduce al descubrimiento de la trascendencia.
 
Es por ello que esos hermanos enemigos están destinados a reencontrarse y a trabajar juntos en la gran obra del mundo.

Los grandes Maestros enseñaron a sus discípulos una serie de reglas muy sencillas. La simplicidad siempre es compañera de la verdad. Allí donde se vea una complicación, un razonamiento confuso que sólo los peritos pueden entender, podemos pensar que la verdad brilla por su ausencia.
 
Para comprender la obra de la creación nunca ha sido preciso ser matemático, ni ingeniero, ni filósofo licenciado, ni profesor, ni tener diplomas. La verdad trascendente está al alcance de la mentalidad de un niño. Así, pues, los constructores de catedrales enseñaron a sus discípulos que para edificar una sociedad justa sirven las mismas reglas que se utilizan para erigir un edificio sólido. Sin embargo, la construcción de la sociedad, dijeron los Maestros, empieza por la del propio edificio interior. Si el edificio de nuestra personalidad es poco sólido, si cojea, si está agrietado, si los techos se hunden, si está desnivelado, mal podremos construir en el exterior lo que tanto nos cuesta edificar en nuestro propio espacio físico.
 
Si tenemos problemas de convivencia con el cónyuge, con los hijos, con los padres, con los amigos, en el trabajo, mal podremos contribuir a que se establezca una perfecta convivencia social. De acuerdo con estas premisas los constructores dejaron a sus sucesores, los masones, una serie de utensilios que les permitían la edificación de una sociedad justa:
 
la Escuadra, el Compás, el Mallete, el Cincel, el Nivel, la Plomada, la Llana.

 
 
 

EL TEMPLO DEL REY SALOMÓN


Los descendientes de Abel construyeron poco, desde el punto de vista tecnológico, y las ciudades que fueron levantadas durante su reinado las erigían los arquitectos de la raza de Cam, el hijo de Noé, en el cual se encontraba viva la tendencia cainesca aunque subordinada a los Abel-Noé, que eran quienes dominaban.

Los Abel-Noé eran religiosos por naturaleza; pero su religiosidad era pasiva, sin contribuir a que progresase la obra del mundo a través de la acción, sino más bien por medio de la contemplación. Ellos sabían que existía una raza de creadores y buscaban, invocándolos, que les dictaran sus líneas de actuación. Si las voces de los dioses les ordenaban que cogieran a su primogénito y lo sacrificaran, ellos lo hacían, sin discusión, sin oponer a esa «voz» un criterio propio. Sin embargo, el objetivo principal de la creación era conseguir que el ser humano se formara con su propio criterio. La virtud de la obediencia es propia de la etapa infantil y, por sí sola, es difícil que conduzca a la madurez.

Durante un largo período Dios se comunicaba con sus siervos en el desierto. Más tarde se construyó el tabernáculo, la morada de la divinidad, emplazado también en el desierto. Allí se encerraban los sacerdotes en fechas determinadas con el fin de recibir las órdenes del creador.


El «desierto», en el lenguaje simbólico, significa la parte de la psique que permanece sin colonizar todavía por la conciencia. Es por excelencia el dominio del inconsciente, de aquello a lo cual el ser humano tiene todavía barrado el acceso. Era preciso que esa comunicación con la trascendencia «en el desierto» tuviera lugar «en el templo», es decir, en el propio interior del edificio psíquico humano y que de esta forma fuera realizada a conciencia, lo cual permitiría al ser humano avanzar mucho más deprisa, al poder tomar las riendas de su crecimiento espiritual.

Con tal fin Jehová concibió el plan de levantar esa obra arquitectónica que conocemos con el nombre de El Templo de Salomón. Salomón era el más insigne representante de la tendencia Abel-Noé; hombre hábil en todos los exorcismos del agua (que representa en el ámbito simbólico los sentimientos, las emociones), conocía con una perfección nunca igualada el nombre, el género y el poder de todas las fuerzas de la naturaleza. El sello de Salomón tiene la virtud de captar las fuerzas de la naturaleza que circulan en un instante preciso y todos los grimorios para conjurar a los espíritus se basan en la obra de Salomón. Era un auténtico mago y su poder psíquico era inigualable. Nadie mejor que él para que el creador le confiara una tarea.

Y fue así como Jehová le encargó que edificara un templo en el que el tabernáculo sería instalado de una manera permanente. En ese templo el ser humano podría dialogar a todas horas con el creador. Dicho de otro modo, esa comunicación con un Dios exterior se convertiría en comunicación con un Dios interior, ya que ese templo es la imagen de nuestro propio edificio espiritual, que cada uno de nosotros debe levantar y en el cual la fuerza divina interiorizada se expresa de una manera dinámica para acabar convirtiéndonos en seres superiores. Pero el rey sabio, que conocía todos los secretos del conjuro de los espíritus, que manejaba con destreza los elementos, que llamaba al trabajo a las Salamandras (espíritus del fuego), a las Ondinas (del agua), a las Sílfides (del aire) y a los Gnomos (espíritus de la tierra), ignoraba por completo el arte de construir.

El Gran Arquitecto del Universo le facilitó todas las medidas que debería tener ese templo, pero ningún hombre de su estirpe estaba en condiciones de convertir esas medidas en piedra viva y darles la forma necesaria. Para poder edificar esta obra, Salomón tuvo que pedir ayuda a su amigo Hiram, el rey de Tiro, quien le facilitó los servicios de un arquitecto conocido con el nombre de Hiram Abiff, el hijo de la viuda.

Hiram Abiff era un representante de la línea de Caín-Cam, es decir, un hombre hábil en el arte de las construcciones y en el dominio de la piedra. Por primera vez, Abel-Salomón y Caín-Hiram iban a colaborar en la realización de una obra.

La Biblia nos cuenta cómo, para dar forma a esta obra colosal, Hiram reunió materiales que provenían de los más lejanos países de la tierra. Cada región, cada pueblo, tenía algo que le era propio en ese templo. Es decir, todas las partículas que forman parte de nuestra individualidad, todas las tendencias que conforman la personalidad (las que representan el amor, el perdón, la superación, el empuje...) deben aportar algo a esa edificación, que es la obra magna del ser humano: el edificio que ha de alojar su trascendencia.

Hiram reunió bajo su obediencia a una legión de Maestros constructores, al mando de toda una armada de Compañeros y Aprendices, edificando la obra con tal arte que el templo se iba construyendo sin ruido de martillos, indicando con ello que ese templo psíquico interior debe ser levantado en un ambiente de silencio y meditación, sin el ruido que pueden representar las críticas, los prejuicios, la incomprensión exterior, razón por la cual la obra de los francmasones es discreta y sus miembros prometen guardar silencio sobre los trabajos realizados. La obra de Hiram adquirió tal renombre en toda la tierra que soberanos de otros reinos acudían desde muy lejos para visitarla.

Fue así como apareció Balkis, la reina de Saba. Salomón tenía proyectado su matrimonio con la reina de Saba, la más bella criatura que existía en el mundo, y la recibió con ricos presentes, asombrándola con conjuraciones y ritos mágicos en los que era consumado maestro. La reina estaba rendida de admiración, pero antes de dar su «si» definitivo quiso que Salomón le enseñara el templo que se estaba edificando a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo.

El rey, tras oponer toda la resistencia que pudo, la llevó allí, pero la reina sólo pudo contemplar una edificación en obras y sin los obreros. Balkis quiso ver a los peones a pie de obra y le pidió al rey que los llamara al trabajo. Sin embargo, por más que Salomón se esforzó, dando palmadas y voces, tratando de reactivar el trabajo, ningún obrero acudió al templo, que siguió en el más absoluto silencio. La reina quedó decepcionada al ver que, a pesar de todos sus poderes y riqueza, Salomón era incapaz de mandar a los obreros al trabajo y pensó que existía alguien más poderoso que él, que tenía la potestad de llamarlos a la obra. Balkis quiso conocer a Hiram Abiff.

A regañadientes, Salomón se lo presentó y tan pronto como conoció a Hiram la reina quedó fascinada. El arquitecto le explicó la función de cada elemento del templo y cómo las piedras encajaban de forma justa y perfecta; a una palabra suya, y a un signo, acudieron las legiones de obreros que se pusieron a trabajar sin ruido de martillos. Al contemplar la maravilla, a reina de Saba se enamoró de Hiram y rompió su compromiso con Salomón.

La reina de Saba representa el alma de la humanidad dividida entre dos tendencias, la creadora de Caín y la contempladora de Abel. Si esa alma se hubiera casado con Salomón, hubiera expresado la renuncia y el rechazo de la tendencia creadora, desembocando, a corto o largo plazo, en una nueva catástrofe semejante al diluvio. Pero ante la belleza de la obra, el alma de la humanidad quiso quedarse libre de compromiso, y hubiera acabado ungida al arquitecto de haber escapado éste a la traición de los Compañeros, que contaron con el beneplácito de Salomón, cegado por los celos.

El dilema de Balkis se repite en nosotros de forma constante cuando elegimos entre trabajar más para aumentar los ingresos o pasar más tiempo con la familia; cuando nos gusta una pareja y debemos decidir si nos conviene por su estatus social; cuando debemos decidir entre comer un trozo de chocolate y saciar nuestro apetito goloso o reprimirnos y mantener la línea; cuando se contraponen la fe y el conocimiento.

 

domingo, 12 de junio de 2016

SIMBOLISMO MASÓNICO DEL AZUFRE Y LA SAL

 
Estos dos elementos, muy empleados en las transmutaciones alquímicas, son los representantes de dos fuerzas planetarias: Marte y la Luna.

Marte es el dios de la guerra y el azufre es su quintaesencia. El azufre, el más inflamable de los elementos químicos, indica al candidato que deberá encontrarse en todos los combates y en los debates de su tiempo. Que se guarde de caer en la tibieza y en la indiferencia y que todas las mañanas al levantarse compruebe si su carga de azufre para la jornada es suficiente.
 
Si un día, leyendo el periódico, cae en la evidencia de que poco le importan los conflictos del Líbano, que le tiene sin cuidado el problema palestino y que es indiferente a las guerras iniciadas en nombre de la paz es que ha dejado de ser útil para la obra.
 
La carga de azufre hará que todo le concierna, que sienta en su propia carne lo que pueda ocurrir en cualquier lugar del planeta y hará que esté permanentemente armado caballero para el combate singular que plantea la vida.
 
La sal, elemento lunar, representa la imaginación y la sabiduría que la conciencia superior va depositando en el fondo humano del individuo a través de las vidas. En ese combate que el neófito tendría que emprender, su azufre debe ir acompañado de igual cantidad de sal. Su conciencia ha de ser el juez de sus actos ya que, de otra forma, un combate sin conciencia sería una pura agresión.

Esa imaginación sabia ha de aportar al candidato la sensibilidad necesaria para evitar abrir más la herida allí donde ya está abierta; su guerra ha de ser para restañarla, para curarla. La imaginación emergiendo de la conciencia es la que debe dar forma a su acción, representada por el azufre. Actuar siempre y sin descanso dentro de un molde humano, tal es el mensaje que dan al candidato el azufre y la sal.

 
 

EL SIMBOLISMO DEL SOL


Teogónicamente expresa el momento de máxima actividad heroica en la transmisión y sucesión de poderes que se verifica a través de las generaciones de deidades. Así, tras Urano, Saturno y Júpiter, aparece Helio Apolo.
 
En alguna ocasión, surge el Sol como sucesor directo e hijo del dios del cielo. Señala Krappe que hereda uno de los atributos más importantes y morales de ese dios que lo ve todo y, en consecuencia, lo sabe todo.
 
En la India, Sürya es el ojo de Varuna; en Persia, el de Ahura Mazda; en Grecia, Helio es el ojo de Zeus (como Urano). En Egipto es el ojo de Ra’. En el islam es el ojo de Allah. Con su carácter «juvenil» y filial dominante, el Sol queda asimilado al héroe, por oposición al padre, que es el cielo, aunque a veces se identifique con él. Por ello, el arma del cielo es la red (estelar), el poder de ligar; y el arma del héroe es la espada (asimilada al fuego). También por esta causa los héroes son exaltados al rango solar e incluso identificados con el Sol. En un período determinado de la historia, y en un nivel cultural dado, el culto solar es el dominante si no el exclusivo.
 
Mircea Eliade, sin embargo, señala que Frazer ha hecho notar la inconsistencia de los elementos solares en la sacralidad de Africa, Australia, Oceanía en general, América del Norte y del Sur.
 
El culto solar sólo alcanzó desarrollo, en el Nuevo Continente, en México y Perú, que precisamente fueron los dos centros más avanzados.
 
Deduce de ello el autor citado, que siendo éstos los únicos países de la América precolombina que lograron una auténtica organización política, pudiera establecerse una concordancia entre la supremacía de los cultos solares y las formas «históricas» de existir humano. No podemos olvidar que Roma, el máximo poder político de la Antigüedad y la creadora del sentido de la historia, entronizó la hierofanía solar, que en el Imperio dominó netamente a veces en íntima relación con Mitra. Una fuerza heroica y generosa, creadora y dirigente, este es el núcleo del simbolismo solar, que puede llegar a constituir una religión completa por sí misma, como lo prueba la «herejía» de Akhenatón, en la XVIII dinastía egipcia, y cuyos himnos al Sol son, aparte de su valor lírico profundo, teorías de la actividad benefactora del astro rey. El Sol en el horizonte era ya definido por los egipcios del Imperio Antiguo como «brillo, esplendor». También relacionaron, con hondísimo sentido de la analogía, la ocultación diaria del Sol con el solsticio de invierno.
 
De otro lado, era forzoso que la imaginación primitiva y astrobiológica estableciera una relación entre el Sol y la Luna, similar a la existente entre el cielo y la tierra. Sabido es que, para la inmensa mayoría de pueblos, el cielo es símbolo del principio activo (asimilado al sexo masculino y al espíritu), mientras la tierra simboliza el principio pasivo (femenino y materia); sin embargo, en alguna ocasión aparece invertida la identificación.
 
Lo mismo acontece con el Sol y la Luna. El apasionamiento, por así decirlo, solar; su carácter heroico y llameante habían de situarlo en clara correspondencia con el principio activo; mientras que la pálida y delicada condición de la luz lunar y su relación con las aguas (y el ritmo de la mujer) habían de designarla en el grupo femenino. Tampoco estas correspondencias son constantes, pero el hecho de que existan excepciones no invalida la esencial disposición acertada. Físicamente incluso, la Luna no hace sino desempeñar el papel pasivo de reflejar la luz que el Sol en su actividad le envía.
 
Muchas tribus primitivas consideran que los ojos del cielo son el Sol y la Luna, situados a ambos lados del «eje del mundo» y hay dibujos prehistóricos y grabados que pueden ser interpretados de este modo. Mircea Eliade dice que, para pigmeos y bosquimanos, el sol es el ojo del dios supremo.
 
Los samoyedos ven en el Sol y la Luna los ojos del cielo; el primero es el ojo bueno, el segundo es el ojo malo (se advierte aquí ya, inequívoca, la ampliación del dualismo por integración de la polaridad moral). Refuerza el carácter invicto del Sol una creencia. Mientras la Luna, para llegar a su ocultación mensual de tres días, precisa sufrir un despedazamiento (menguante), el Sol no necesita morir para bajar a los infiernos; puede llegar al océano o al lago de las aguas inferiores y atravesarlos sin disolverse. Por esto, la muerte del Sol implica necesariamente la idea de su resurrección y llega incluso a no ser concebida como muerte verdadera. Por esto también, el culto a los antepasados se liga al solar, para asegurarles una protección y un símbolo salvador.
 
Los monumentos megalíticos dependen de la asociación de ambos cultos. Así, la determinación más amplia y valedera dictamina que el Sol es el reducto cósmico de la fuerza masculina, y la Luna de la femenina. Esto implica que las facultades activas (reflexión, juicio y voluntad) son solares, mientras las pasivas (imaginación, sentimiento, percepción) son femeninas, quedando acaso la intuición en cierta androginia. Las principales correspondencias del Sol son el oro entre los metales y el amarillo en los colores. La alquimia lo considera «oro preparado para la obra» o «azufre filosófico», en contraposición a la luna y el mercurio que es lunar.
 
Otro concepto alquímico, el del Sol in homine (jugo invisible procedente del Sol celeste que favorece el fuego nativo del hombre), ya señala la dirección en que el astro será comprendido por el psicoanálisis, en sentido reductor: fuente de energía, calor como equivalencia a fuego vital y libido. Por ello, Jung indica que el Sol es, en realidad, un símbolo de la fuente de la vida y de la definitiva totalidad del hombre, aunque aquí hay una desviación probablemente. Pues la totalidad sólo está representada por la coníunctio del Sol y la Luna, como rey y reina, hermano y hermana. En algunos folklores, cuando se quiere aludir al supremo bien, imposible por definición, se habla de «unir el Sol y la Luna». Ahora bien, habiendo dejado establecidos los principales sentidos del simbolismo solar, como imagen heroica (Sol invictus, Sol salutis, Sol iustítiae), ojo divino, principio activo, fuente de energía y de vida, volvemos al dualismo del Sol en su etapa escondida, de «viaje nocturno por el mar», símbolo de inmanencia como el color negro, y también de culpa, ocultación y expiación.

En el Rig Veda, recuerda Eliade, el Sol es ambivalente; de un lado es «resplandeciente» y de otro «negro» o invisible, siendo entonces asociado a animales ctónico-funerarios como el caballo y la serpiente.

La alquimia recogió esta imagen del Sol níger para simbolizar la «primera materia», el inconsciente en su estado inferior y no elaborado. Es decir, el Sol se halla entonces en el nadir, en la profundidad de la que debe, con esfuerzo y sufrimiento, ascender hasta el cenit. Este ascenso definitivo, pues no se trata del curso diario, sino que éste se toma como imagen, es simbolizado por la transmutación en oro de la primera materia, que pasa por los estadios blanco y rojo, como el Sol en su curso.

Por su indudable interés y sentido adicional, que delata la intensidad del sentimiento solar, recordaremos que Tácito y Estrabón hablaban del "ruido" hecho por el Sol al nacer en Oriente y al hundirse en las aguas de Occidente.
 
La desaparición brusca del Sol tras el horizonte se relaciona con la muerte violenta de los héroes, como Sansón, Heracles, Sigfrido, etc.
 
Es el arcano decimonónico del Tarot. La imagen alegórica muestra el disco del astro rey rodeado por rayos alternativamente rectos o llameantes, dorados y rojos, que simbolizan la doble acción calórica y luminosa del Sol.
 
Bajo éste, del que caen gotas doradas, hay una pareja juvenil, sobre un verde prado y al fondo una muralla. Esta pareja simboliza el Géminis bajo la acción benefactora de la luz espiritual. El Sol es el astro de fijeza inmutable, por eso revela la realidad de las cosas, no sus aspectos cambiantes como la Luna. Se relaciona con las purificaciones y pruebas a causa de que éstas no tienen otra finalidad sino tornar transparentes las opacas cortezas de los sentidos, para la comprensión de las verdades superiores.

Pero el Sol, además de iluminar y dar calor es el distribuidor de las supremas riquezas, simbolizadas en la alegoría por las gotas de oro que caen, como en el mito de Dánae, sobre la pareja humana. En sentido afirmativo, este arcano simboliza gloria, espiritualidad, iluminación. En sentido negativo, vanidad o idealismo incompatible con la realidad.


 

ORACIÓN DEL INICIADO

 
¡Dios Mío!
Maravilloso Ser de luz
que iluminas mi alma,
y fortaleces mi espíritu.
 
Te pido que me ayudes
a encontrar el camino
de la suprema sabiduría,
para vivir y comprender,
el verdadero motivo de mi existencia.
 
Ayúdame a comprender el conocimiento,
para entender el mundo que lo desconoce.
 
Permíteme sentir amor por la humanidad,
aunque una parte de ella,
manifieste indiferencia.
 
Asísteme en todas mis peticiones
de acuerdo a la ley divina,
y hazme comprender sabiamente,
las obras que debo realizar.
 
Guíame en cada momento de mi vida
y hazme sentir fuerte,
ante las adversidades y pruebas
que debo superar.
 
Dame la luz que me permitirá
enseñar a los demás,
con respeto y humildad.
 
Coloca en mis labios
las palabras necesarias,
para expresar los sentimientos más nobles,
y borra de mi naturaleza interna,
todo pensamiento innecesario.
 
Hazme trascender la indiferencia,
valorar la humanidad
y entender que mi ejemplo,
es la mejor forma de enseñar.
 
¡Dios Mío!
 
De acuerdo a la ley divina,
permíteme comprender la vida
para alcanzar el máximo fin de mi existencia,
condúceme a la libertad absoluta
de la realización espiritual,
y encarna en el interior de mi real Ser:
 
La Justicia, Libertad y Sabiduría.
 
AMEN, AMEN, AMEN.
Aleph Dáath


 
 
 
 

sábado, 11 de junio de 2016

SIMBOLISMO DEL GALLO QUE ANUNCIA LA LUZ


Símbolo solar, el gallo es el ave de la mañana, emblema de la vigilancia y de la actividad.

Los constructores de catedrales solían terminar su obra colocando un gallo en lo más alto del campanario. En el lenguaje esotérico el gallo corresponde al mercurio o inteligencia iluminada.

El gallo canta cuando los cielos se encuentran aún oscuros, pero es inminente la llegada de la luz. Es el anunciador de una luz que viene y que inundará la tierra en la que nos encontramos.

Al colocar este símbolo en lo alto de las catedrales, los constructores querían indicar que el fiel que recorre el camino del templo exotérico (el de la fe) hasta su más alta elevación se encuentra en el umbral de una nueva luz, en el camino del conocimiento, representado por los templos esotéricos, como el de la masonería.

Ese mismo gallo, al aparecer en el sótano del templo masónico, indica que el camino del fiel continúa en aquel lugar, que allí encontrará la senda que le conducirá a la luz.
El gallo anuncia al neófito que se encuentra en el umbral de un nuevo mundo, de una nueva forma de ver las cosas y de enfocar su vida y para subrayar esta realidad se le pide que redacte un testamento filosófico, después de haber meditado en profundidad sobre todos los símbolos que se encuentran a su alrededor, en el Gabinete de Reflexión.

Al entrar en aquel gabinete, el candidato muere para un cierto mundo, muere para ciertos valores, ya que a partir de entonces todo lo verá de un modo distinto y nunca más será el que era.

La redacción de su testamento permitirá a sus Maestros tener una idea del nivel de conciencia del candidato y saber el género de instrucción que necesita.

En la antigüedad el gallo se inmolaba a Príapo y a Esculapio para obtener la curación de los enfermos.

Símbolo de la vigilancia y de la resurrección, Davy señala que la primera de tales condiciones debe tomarse en sentido de "tendencia a la eternidad y cuidado en dar primacía al espíritu, de estar despierto y saludar al sol (Cristo), aun antes de su salida por Oriente (iluminación)".

LA ESCALERA QUE COMUNICA CON EL CIELO EN LA MASONERIA


La escalera que comunica con el cielo y que se encuentra en gabinete de reflexión, está en relación simbólica con la llamada «escalera de Jacob», por la cual, en un sueño que tuvo, los Ángeles subían y bajaban del cielo. La escalera tiene siete peldaños, que simbolizan los siete grados de conciencia y que, superados, conducen al ser humano hasta la esfera divina.

La escalera recuerda al candidato masónico su obligación ineludible de ascender por ella. Todos los demás símbolos carecerían de importancia si dejaran de estar enfocados a lograr esa extensión de la conciencia. Nuestra obra humana debe estar proyectada hacia esa finalidad.
 
Lo ideal sería que cada mañana, a la salida del Sol, reserváramos unos minutos a la meditación para tratar de abrir esa conexión con la conciencia, con la intuición.

Al final de cada una de nuestras jornadas debemos preguntarnos: ¿qué acción he realizado hoy en vistas a conseguir subir esos peldaños y conectar con las inteligencias superiores dispuestas a darme la mano en esa ascensión? Ningún candidato a la sabiduría debería cerrar los ojos sin haber meditado y respondido a esta pregunta.


SOBRE LOS SÍMBOLOS Y LA INICIACIÓN MASÓNICA


Penetrar en el mundo de los símbolos es en verdad penetrar en el mundo, porque el símbolo, en su acepción más amplia, o la simbólica, que es justamente la ciencia que investiga los símbolos de todas las culturas y civilizaciones que se han sucedido a lo largo de la historia, es una ciencia multidisciplinar que busca interpretar la realidad del cosmos y del hombre de acuerdo a los principios y leyes universales.
 
Hablamos del estudio de las Artes Liberales, de las tradiciones y religiones comparadas, de la antropología, de la historia y la geografía sagradas, de la ciclología, etc. En realidad toda investigación, toda ciencia y todo arte que estudia finalmente la razón de ser de las culturas, y en definitiva del hombre, de nosotros mismos, está integrada en esa Ciencia Simbólica o Ciencia de Ciencias.
 
Naturalmente los símbolos masónicos pertenecen a dicha Ciencia, como es el caso de los que decoran la Logia, empezando por las dos columnas J y B, que como se relata en los antiguos documentos de la Orden fueron descubiertas (o descifrados los signos en ellas grabados) por Hermes la una y por Pitágoras la otra, los cuales son también los dos grandes patrones de la Masonería. Es decir, y como nos recuerda Federico González en Hermetismo y Masonería, Hermes, el dios Hermes, dona a la Masonería su sabiduría, o sea la Sabiduría, y Pitágoras la gnosis, es decir el Conocimiento, expresado a través de la Geometría y la Aritmética, que son las ciencias propias de la Tradición Pitagórica. Estas dos ramas de la Tradición Unánime se fusionan en la Masonería, conformando su ser y su esencia.
 
La Logia es una imagen simbólica del Cosmos, y en ella se plasma toda osa sabiduría y esa gnosis; empezando por la "cadena de unión" que son los 12 signos del zodíaco y que constituye el marco que rodea la Logia y la protege, cubriéndola y encuadrándola por arriba, estableciendo así sus límites espacio-temporales. Ese enmarque o zodíaco es para aprender a interpretar y conocer la máquina celeste, y puesto que estamos hechos a imagen del Cosmos nosotros también somos el zodíaco.

Dentro de ese marco o encuadre se "encierran" una serie de elementos que son todos los símbolos que están presentes en la Logia, empezando por el principal de todos ellos, que no es otro que el Delta Luminoso, el símbolo del Gran Arquitecto del Universo. Es decir, que esa sabiduría y ese conocimiento representados por las dos columnas, por Hermes y Pitágoras, se concentran y sintetizan en el Delta Luminoso. En verdad la Logia no está tan sólo iluminada por las luces físicas que se distribuyen en diferentes lugares en número de 3, 9, 12, o las que sean, dependiendo del Rito o del Grado en que se trabaje, sino que es por la luz inteligible que emana del Delta por la que la Logia está en realidad iluminada.
 
Para algunos autores el Delta masónico es de origen pitagórico pues es idéntico en cuanto a su significado iniciático a la Tetraktys, la cual constituía el símbolo de aquello que los masones llamamos el Gran Arquitecto, aunque los pitagóricos se referían a él con el nombre de Mónada o Unidad. En la Masonería el Delta Luminoso es el símbolo de esa Unidad, la cual no puede ser representada, pues se trata de una idea que no tiene ninguna forma. Es el tres, es decir el Ternario, o el triángulo, el símbolo de esa Unidad. O sea, la Unidad más el Binario en que esta se expresa. En efecto, el triángulo es la primera forma, la primera representación que se puede tener de la Unidad. Por eso el Delta Luminoso es un triángulo.
 
Como decimos el Delta era venerado por los pitagóricos en la forma de la Tetraktys, la cual tiene también una forma triangular, y era considerada como el símbolo de la Mónada y del Universo al mismo tiempo, pues esa forma triangular está constituida por diez puntos dispuestos a cuatro niveles: 1, 2, 3, 4, cuya suma da efectivamente diez. Esos cuatro niveles están indicando la idea del Cuaternario, del número cuatro1, y no deja de ser interesante observar que en el alfabeto griego la letra delta ocupa el cuarto lugar. Esos diez puntos o diez números, que repetimos constituyen la suma de los cuatro primeros dígitos, son el símbolo de la Manifestación Universal, del discurso cósmico en el despliegue indefinido de todas sus posibilidades. El mismo simbolismo está sugerido, bajo una forma geométrica distinta, por el círculo y la cruz inscrita en su interior, es decir por el símbolo universal de la Rueda, siendo esa cruz la expresión misma del Cuaternario, que es el que hace posible conectar el centro a la circunferencia, y por tanto la Unidad a la multiplicidad, y viceversa. En realidad la Tetraktys reúne, como el Delta masónico, o la Rueda, los símbolos geométricos y numéricos que mejor explican el acto misterioso de la Creación, y más allá de ella nos enseña a concebir en nuestro interior la idea misma de la Unidad o Gran Arquitecto, didáctica que no sólo va dirigida a la mente racional (a la que ordena), sino sobre todo a despertar la "intuición intelectual" que reside en el corazón y que es la que verdaderamente nos conduce en el camino del Conocimiento. De ahí que para la Masonería sea tan importante el Delta Luminoso como representación simbólica del Gran Arquitecto. Y subrayamos lo de "representación simbólica" porque evidentemente los símbolos, aunque manifiesten fielmente la idea que quieren expresar, no son esa idea, o mejor dicho, son la forma, la piel, que recubre la idea, el espíritu de la cosa representada. Por eso mismo ni los masones, ni nadie que se dedique al estudio de la Ciencia Simbólica, deben confundir el símbolo con lo simbolizado.
 
En el caso del Delta Luminoso la idea que representa no es otra que el Gran Arquitecto, y son los iniciados que investigan en ese símbolo los que con su trabajo de meditación en él pueden llegar a descubrir en sí mismos y para sí mismos qué significa el Gran Arquitecto, puesto que éste no es un dogma. En este sentido, hemos de tener en cuenta que la Masonería no es una religión y por tanto no tiene dogmas. Están sus símbolos, sus ritos y sus mitos, y cada cual los interpreta según sus propias posibilidades, nacidas como consecuencia de una sincera reflexión y meditación en ellos. Como decimos la Masonería carece de dogmas, pero sí tiene principios. Los símbolos que decoran la Logia son los principios que están expresando las distintas modalidades de la Inteligencia del Gran Arquitecto; pues finalmente la Logia como imagen del Cosmos no es sino una representación del cuerpo del Gran Arquitecto.
 
El Cosmos, en realidad, es el símbolo mismo del Gran Arquitecto y todos los elementos que están dentro de la Logia representan lógicamente distintos aspectos de su Inteligencia y su Sabiduría. Y la investigación en todos esos símbolos, en su significado, va dándole al masón la síntesis de la idea que todos ellos están revelando, operación relacionada directamente con aquella expresión masónica que dice que la labor del masón es "difundir la luz y reunir lo disperso. 1 También el tetragramma hebreo está formado por cuatro letras. Esa luz a difundir es la Luz que emana del Delta Luminoso y que nos permite reunir el significado profundo de los distintos elementos simbólicos que decoran la Logia, porque en esa reunión no sólo estamos concibiendo ideas, sino que fundamentalmente nos estamos reuniendo y concibiendo a nosotros mismos, es decir nos estamos encontrando, descubriendo nuestro auténtico ser y esencia, pues en realidad se trata de una reintegración interior, y para eso precisamente es para lo que sirve el símbolo, porque no es la forma de éste la que ilumina la inteligencia, sino justamente la idea que está plasmada en él. Y eso es muy importante a tener en cuenta, porque así evitaremos confundir el símbolo con lo simbolizado. El símbolo tampoco es una alegoría, y eso también es muy importante tenerlo en cuenta, pues muchos creen que los símbolos lo son. Es decir, "lo que yo me puedo imaginar o suponer que es el símbolo".
 
No, el símbolo no es el producto de la imaginación ni de ninguna suposición humana. Él es de origen suprahumano, de ahí su sacralidad, su sabiduría y belleza implícitas, su fuerza y su energía capaz de transformarnos y hacer de nosotros verdaderamente "hombres libres". El símbolo constituye una revelación, y su esencia sólo puede ser conocida mediante la "intuición intelectual", a la que él mismo despierta. Lejos de ser una alegoría, el símbolo expresa netamente la idea que quiere manifestar. Te está comunicando aquello que en verdad son las cosas, lo que es la realidad en sus diferentes aspectos. Por eso el interés del masón por reunir tojos esos símbolos en una síntesis, y no hay mayor síntesis que la del Delta Luminoso el cual revela verdaderamente la idea que está queriendo expresar y uno se identifica con esa idea, puesto que uno es una sola cosa con ella. Si las ideas que los símbolos están revelando no estuvieran ya en nosotros previamente, ¿cómo podríamos comprender el símbolo?
 
Nosotros comprendemos lo que somos y tenemos dentro. Dicho de otra manera, lo que la iniciación, en este caso masónica, o cualquier iniciación en la vía del Conocimiento te da, es lo que tú ya posees, es decir te despierta lo que tú ya tienes, no te añade nada. O sea, no viene nadie a imponerte las manos sobre la cabeza y te da algo que te falta, sino que lo que hace el símbolo es despertar lo que tú eres, lo que tienes en ti mismo. Por eso decía antes que el mayor desconocido es uno mismo; uno no se conoce hasta que empieza a darse cuenta realmente de que no sabe nada. No es que lo advierta sólo mentalmente, sino que todo su ser vibra, por decirlo de alguna manera, con ese descubrimiento. Ese no saber es el impulso para conocer. Ahora bien, para el que piensa que ya lo sabe todo, no es posible la iniciación, no es un iniciable, es decir no tiene posibilidad de conocer. Por eso se dice que hay que dejar los metales en la puerta del templo, porque esos metales son los conceptos, ideas falsas e identificaciones de todo tipo que mantenemos con el mundo profano, y la Logia, es decir la Masonería, nos ofrece una vida nueva, y eso es precisamente lo que nos da la iniciación.
 
La palabra iniciación viene de la raíz latina in ire que significa ir hacia, emprender un camino. Así pues se trata de la posibilidad de emprender un camino nuevo. Ahora bien, si aquella persona que quiere entrar en nuestra Orden viene con la idea de que ya lo sabe todo, de que ya está de vuelta de todo, que no puede enseñársele nada, pues entonces no sabe uno qué viene a hacer a la Masonería. Por ello es que en la iniciación masónica, como todos sabéis, la “desnudez" está representando justamente eso. Es decir, la idea de que uno está despojado completamente de todo, de aquello que no le sirve en verdad; porque en lo que la investigación en los símbolos (en este caso los masónicos) te hace caer en cuenta es en que todo lo que sabes lo tienes que deponer, pues si no dejas un espació en ti mismo, cómo vas a poder conocer algo nuevo. Hay un dicho que afirma:
 
"El que está lleno de sí mismo no tiene lugar para Dios".
 
Es decir, el ególatra que está lleno de sí mismo no tiene lugar para nada más. De alguna manera todo el que llega del mundo profano viene lleno de sí mismo, por lo que debe vaciarse para poder llenarse con otras ideas y otras imágenes acordes con su verdadera naturaleza, a la que va descubriendo. El símbolo de la copa está expresando esa idea, y es un símbolo muy universal, presente también en la Masonería, como todos sabemos. Pues en realidad se llega con mucha información pero ningún conocimiento verdadero, por eso debes aprender a desprenderte de esa vana información, de esa vana erudición. Pero claro, la copa vacía no se llena con más erudición.
 
Lo que se recibe es otro tipo de enseñanza. Lo que te enseñan los símbolos masónicos es justamente a ser un hombre nuevo. En este sentido los Evangelios son muy claros cuando hablan del hombre viejo que ha de morir para que pueda nacer el adepto, pero ese hombre nuevo somos nosotros mismos. Morir para nacer, y nacer y conocer son lo mismo. Conocer es conacer. Pero si no se muere no se puede nacer, si la semilla no muere no puede surgir el árbol: la semilla ha de morir, pero antes ha de ser semilla, o sea antes tenemos que ser reducidos a pura virtualidad, a la única posibilidad que en realidad somos, porque en verdad uno es una semilla. En este sentido dicen los textos alquímicos que el hombre tiene que volver nuevamente al seno de la madre; es el "regreso al útero" de que se habla en esos mismos textos: morir dentro de ese útero para renacer. Por eso es que el ingreso en la Cámara de Reflexión, en la caverna iniciática, representa el ingreso en la matriz de la Madre Tierra. La Tierra como representación de la matriz universal, es decir del seno de la Gran Madre, es tu alma en verdad. Uno ingresa en su propia alma, en su propia Cámara de Reflexión, que es como el atanor alquímico, y ahí se despoja de todo.
 
Además en el rito de la iniciación masónica justamente se está representando eso cuando ingresamos en la Cámara de Reflexión, es decir te quitan los metales y simbólicamente te desnudan, porque no puedes ingresar en esa caverna, en esa matriz, con todo lo que tú traes desde fuera; y sólo después de esa muerte simbólica, es decir de morir verdaderamente al hombre viejo, es que se puede entrar en el Templo, que puedes llamar a las puertas del Templo. Claro está que has de ser guiado porque en esos momentos de transición entre lo profano y lo sagrado estás muerto simbólicamente y para nacer tienes que nacer dentro del Templo. Es por eso que te acompañan hasta la puerta del mismo, y una vez allí llaman y te abren e ingresas.
 
Recordemos que durante nuestra iniciación nos hicieron arrastrar prácticamente por el suelo, como diciendo que entras por una puerta muy estrecha, por una puerta por donde sólo pasa una semilla, lo más pequeño. Entonces se entra en la Logia como germen, como pura virtualidad, pero esa semilla necesita de los distintos elementos, es decir del agua, del aire y del fuego, puesto que si no recibe aire, agua y calor (y luz) no puede crecer. Ese es el significado de dichas pruebas, las cuales están presentes en las iniciaciones de todas las tradiciones, pues como bien sabéis no son exclusivas de la Masonería. La Masonería en verdad es una tradición, una organización iniciática que justamente hereda sus símbolos, ritos y mitos de los Antiguos Misterios. Por eso en el mundo moderno, en nuestro tiempo, tenemos la gran suerte de que todavía exista una tradición como la masónica que conserve la estructura de la iniciación.
 
Por ello la Masonería es hoy en día verdaderamente un lujo, y muchas veces nos olvidamos de esta circunstancia, de la gran fortuna que tenemos de haber ingresado en la Masonería, o de estar a punto de ingresar en ella, naturalmente si uno siente la vocación de conocerse a sí mismo. Si no es así, por muchos ritos en que participes, por muchos grados que poseas, por mucha información que obtengas, si no tienes voluntad de ser, aquello no va a prosperar, si la semilla no muere nada va a fecundar y nada va a nacer. Por eso cuando durante el rito de iniciación el candidato entra en la Logia lo hace por entre las dos columnas, las columnas J y B, que son como las dos piernas de la madre parturienta. Además va Con los ojos vendados, o sea que va a ciegas completamente. La Logia es como su madre, pues en verdad está siendo parido y ese nacimiento se produce dentro de la Logia, pero como está privado de la vista, no aprecia nada de lo que hay en ella.
 
Para ver de nuevo, para nacer nuevamente, antes ha de ser purificado por los elementos. Precisamente la palabra elemento quiere decir "simple". En realidad esas pruebas por los elementos lo que en verdad están produciendo en uno es un estado, no de simplonería, sino de simplicidad. Y no hay nada más simple que la Unidad. La Unidad es lo único que no está compuesto, todo lo demás lo está, de dos, de tres, de cuatro, de cinco, en fin de varios, de múltiples, pero la unidad no está compuesta de nada, es ella misma. Si uno no es sí mismo qué va a ser entonces.
 
Esto es justamente lo que realiza en ti el rito de la iniciación y concretamente el rito de purificación por los elementos, los viajes por los elementos, pues justamente se llaman viajes, y en sí mismos constituyen una enseñanza, porque son una representación simbólica de los que se realizan en la vida, que es en verdad un viaje hacia el Conocimiento, y para ello el hombre nace en este mundo, aunque la inmensa mayoría lo haya olvidado en este tiempo de tinieblas. En realidad la Masonería, como toda organización iniciática, lo que hace es darte todo lo necesario para que puedas manejarte en la vida de acuerdo a los principios e ideas que derivan del modelo cósmico. Y en uno mismo está el aplicarlas en sus actos y pensamientos, de los que somos enteramente responsables.
 
"Un masón libre en una Logia libre" dicen nuestros textos, y esa Logia es el mundo.
 
Todo el rito de iniciación, y no sólo el de iniciación, sino cualquier tenida, es en realidad una representación de la vida misma, puesto que uno viaja y se traslada de Oriente a Occidente y de Mediodía a Septentrión. Por ello la Logia es una representación del mundo y uno encuentra su orden y su ubicación, su destino, en ese mundo, en el cosmos, en la vida, pues decir cosmos, decir mundo o decir vida es exactamente lo mismo. Por eso se dice macrocosmos y microcosmos, y la Tabla de Esmeralda Hermética nos enseña: que "lo de arriba es igual a lo de abajo y lo de abajo igual a lo de arriba". No hay diferencia ninguna, es decir el macrocosmos, el gran cosmos, es idéntico o está en el microcosmos, está en el hombre, por eso la Logia es justamente una representación del cosmos, y por eso el hombre reconoce su lugar en él, se siente en su casa. Ya no se siente un extranjero en el mundo, ya no es un peregrino perdido, ya ha encontrado realmente lo que quería, pero encontrarlo no es suficiente, ha de saber estar en él.
 
Cuando ingresamos en la Orden Masónica y nos retiran la venda que cubre nuestros ojos nos encontramos en la Cadena de Unión, unidos a todos los hermanos. Y una cosa muy importante de observar es que no hay Masonería sin Logia, es decir que la Masonería no existe sin la Logia, y ésta no es solamente el recinto físico y concreto, sino fundamentalmente los hermanos que la integran.
 
En la iniciación masónica recibes también las luces de tus hermanos. Como digo, la Logia no es sólo el templo físico, la Logia son los hermanos. Por eso se afirma que una Logia es justa y perfecta cuando se reúnen siete masones, sólo cuando se reúnen siete hermanos se considera que la Logia está constituida como tal, y eso tiene que ver con lo que decíamos anteriormente de que tú no te inicias sólo, sino que son los hermanos los que te inician; claro que tú lo vives solo, que la iniciación es una experiencia personal, pero con la ayuda de los hermanos. Tus luces no son suficientes, y es por eso que necesitas las de los demás durante todo el tiempo que dura el proceso masónico, que es gradual, porque aunque comprendas lo que significa el Delta Luminoso, o cualquier otro símbolo, esa comprensión se va entendiendo también gracias a las propias experiencias de los que te acompañan en el camino del Conocimiento.
 
La comunicación de esas experiencias constituye la base del "trabajo colectivo" tal cual se entiende éste en la Masonería, y ese trabajo es una forma de la invocación al Gran Arquitecto, de la permanente reiteración de Su Nombre vivida por cada uno de los hermanos como una regeneración permanente y fecunda que desemboca finalmente en un estado de ser que supera la mera individualidad (y lo "colectivo") por asunción en lo universal y en la Unidad. Bueno, pues eso es "reunir lo disperso" justamente. Pero antes de "reunir lo disperso" hemos de recibir la luz, que es la que emana del Delta y que simboliza la influencia espiritual.
 
Recordemos que cuando nos quitan la venda que cubre nuestros ojos lo primero que vemos es el Delta Luminoso, y ello se produce estando en la cadena de unión. Es decir que recibes la luz del Gran Arquitecto, la luz celeste, cenital, integrado en la comunidad humana. La vertical y la horizontal reunidas en el acto supremo del rito iniciático tal cual se realiza en la Masonería. En realidad la iniciación masónica como símbolo de todas las iniciaciones o de la iniciación en sí, es realmente un misterio, y por mucho que podamos decir, la experiencia de vivir todo eso no está circunscrita a las palabras. Las palabras como los símbolos mismos, te pueden indicar, te pueden sugerir, te pueden expresar, pero eso es un descubrimiento también, es decir que tú desvelas, descubres, rasgas el velo que cubre las apariencias de las cosas, y puedes ir más allá de esas apariencias.
 
En el Zohar, o Libro del Esplendor de la Cábala hebrea, hay un pasaje que se refiere a esto que estamos diciendo. Allí se habla del buscador de la Sabiduría, la cual está simbolizada en esa tradición, tan próxima a la Masonería, por la Torá celeste. Dice ese texto: En efecto, la Torá deja salir una palabra de su cofre, y ésta aparece por un momento y se oculta enseguida. Y en cualquier momento y lugar en que salga de su cofre y se vuelva a esconder con rapidez, lo hace tan sólo para aquellos que la conocen y están habituados a ella. Porque la Torá es como una amada hermosa y bien proporcionada que se oculta en un recóndito aposento de su pala-cio. Tiene un único amante -cuya existencia todo el mundo ignora- que permanece escondido. Por amor a ella merodea el amante continuamente ante la puerta de su morada y deja vagar sus ojos buscándola en todas direcciones. Ella sabe que el amado está constantemente alrededor de la puerta de su morada. ¿Qué hace? Entreabre ligeramente la puerta en el escondido aposento donde se encuentra, desvela por un instante su rostro al amado e inmediatamente lo oculta otra vez. Todos los que quizá pudieran estar junto al amado nada verían ni percibirían.
 
Únicamente él lo ve, y su interior, su corazón y su alma van en pos de ella, y sabe que por su amor la amada se ha manifestado un instante y ha ardido en su amor. Lo mismo ocurre con la palabra de la Torá. Sólo se revela a quien la ama. EI buscador, el amante de la Sabiduría, descubre que ese es su verdadero tesoro, y la busca constantemente, en silencio, pues sabe que en la unión con ella está su verdadera identidad. Para el masón ocurre exactamente lo mismo. Una vez que ha recibido el influjo espiritual de la iniciación, que siempre ocurre en lo más secreto de la cámara de su corazón, descubre que en realidad la Masonería, como la Sabiduría, sólo se revela y entrega su tesoro a quien la ama.
 
- ¿Qué hay entre tú y yo?
- Un secreto.
- ¿Cuál es ese secreto?
- La Masonería.
 
 

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