domingo, 19 de noviembre de 2017

¡HUZEI, HUZEI, HUZEI!


Es de la expresión Huzei, que está relacionada con la Fuerza que emana del Gran Arquitecto del Universo, de donde el masón extrae su fuerza, y es por eso que los hermanos la repetimos con gran energía, tanto durante el rito de apertura de la Logia como en el de su clausura, y en esta alocución participan todos los miembros del taller.
 
Concretamente la "aclamación escocesa" ¡Huzei, Huzei, Huzei! se pronuncia justo después de haberse consagrado el Templo a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo y a petición del Venerable Maestro que pide a todos que le asistan con fuerza y júbilo en la ofrenda de los trabajos que acaban de iniciarse. Lo cual indica que estos deben ser emprendidos con energía, y vividos como un res­cate de la luz oculta entre las tinieblas que supone el mundo profa­no, equivalente a un viaje simbólico en busca del conocimiento que se opone a la ignorancia.

Nuevamente, y a petición del Venerable Maestro, la expresión se repite en el momento en que los trabajos se cierran y los herma­nos están prontos a separarse y por tanto necesitados de ánimo para mantener despierta y en alerta la conciencia una vez clausura­da la hora de la reunión.

La aclamación ¡Huzei, Huzei, Huzei!, va seguida de la divisa "Li­bertad, Igualdad, Fraternidad" y es, además, la proclama con la cual todos los asistentes a una tenida celebran unánimemente con alegría, algún acontecimiento que tenga que ver con el bien gene­ral de la Orden, de la Logia o de algún hermano en particular.

Pero sobre todo la aclamación escocesa, como la divisa "Liber­tad, Igualdad, Fraternidad", o también el "¡Viva, Viva, Siempre Viva!" que se emplea en otros Ritos, es una exclamación de poder tal cual son todas las palabras de invocación al ánimo y al valor con el cual deben acometerse las grandes empresas, aquellas don­de es de vital importancia para asegurarse la victoria, mantener la unidad de las voluntades, pues ya se sabe que es en la unión don­de está la fuerza. Por eso, esa arenga, es un grito que proclama la imperiosa necesidad que hay en el Mundo de alcanzar la unidad entre los hombres y como mínimo, entre todos los masones, pues aunque participemos de Ritos diferentes lo que cuenta, al fin y al cabo, es que todos juntos conformemos la Gran Logia de la Maso­nería, representada por cada una de sus Obediencias y talleres donde se repite con el ánimo adecuado ese grito de invocación uní­sono de glorificación a una idea, la Unidad del Ser, simbolizada por la unión entre los hermanos de la Logia que hacen la proclama.

En verdad, sólo después de esta aclamación unánime, ¡todos a una!, comienzan verdaderamente a ejecutarse los trabajos de una logia, pues si la primera parte del ritual de una tenida tiene que ver con los símbolos y los ritos de fundación y consagración del es­pacio, este clamor alienta a la acción, aunque no a cualquier acción, sino a un estado del alma similar a poseer una determinada ener­gía con la cual ayudarnos a lograr la unión perfecta entre los her­manos con el fin de que podamos, todos juntos, expandir la luz obtenida a través del rito regenerador, en todos los ámbitos de nuestra vida.

Sin embargo el poder de esta aclamación, que la Logia vive como acto expansivo, activo y yang, sólo es efectivo, no lo olvide­mos, si nace de una íntima concentración, de un silencio interno y de un corazón sincero por parte de cada uno de los miembros que la proclama, y cuya confianza la tenga depositada en el estudio y la meditación de los símbolos que la Masonería tiene a nuestro al­cance, de tal modo que sea de esa revelación directa, obtenida del esfuerzo del propio trabajo de donde cada uno de los hermanos extraiga la fuerza que finalmente ayude a construir la Logia. Ya que la alianza entre los hermanos es el símbolo de la Unidad del Gran Arquitecto que desdoblándose en miríadas de seres produce la manifestación, siendo esta la verdad que protegemos en nues­tros corazones, la que nos une a todos los verdaderos iniciados y es por cierto, y valga la paradoja, el secreto masónico que con mayor ardor se grita y símbolo del misterio de la confraternidad.
 
Porque el masón, el verdadero masón, no trabaja con hipótesis, ni especulaciones, ni está interesado en las luchas de poder tanto políticas como religiosas, negocios éstos abocados al fracaso por cuanto abonan las mentes de aquellos que las disputan haciendo nacer en ellos la discordia, camuflada en los separatismos, los fa­natismos, las injusticias y las corrupciones del planeta, todo lo cual es una ofensa a la Diosa Inteligencia, abanderada de la causa masónica. Nuestro objetivo es construir el Templo Universal, cuyos planos siguen las leyes de la Cosmogonía diseñadas por el G.·. A.·. D.·. U.·.
 
La Masonería es una escuela de aprendizaje, una vía hermética e intelectual de la doctrina tradicional transmisora, a través del rito y del simbolismo constructivo, de una enseñanza ancestral basada en la Ciencia de las analogías y las correspondencias, capaz de ayu­darnos a desentrañar el misterio del cosmos y de todos los seres que lo habitan. Es pues propio de la Vía Simbólica mediar entre los distintos niveles de la realidad empezando por el descubrimiento de la propia identidad, puente hacia el Conocimiento esencial.
 
Es mediante la Ciencia Simbólica, que nos enseña a descubrir el Or­den Universal, que podemos comprender lo absurdo de las discor­dancias entre los seres, lo cual es una ilusión burda nacida de la ignorancia y del fanatismo. La falta de conocimiento de ese Orden se traduce, entre otras cosas, en una total ausencia de valores que han abocado al fracaso a los hombres de hoy.

Por eso los grandes iniciados, y los auténticos maestros de todas las tradiciones siempre nos instan a que investiguemos los secretos de la Cosmogonía, a que conozcamos sus leyes, y a que construya­mos con conocimiento. Recordándonos que nuestros símbolos no son alegorías, son una ciencia hermética, tradicional, verdadera y muy efectiva. Alertándonos además que debemos mantenernos atentos, y no faltar al deber: expandir la luz en el Mundo.

Hay que imponerse a la estulticia y anunciar que sólo el Cono­cimiento hace libres a los hombres y nos da la medida de nuestra propia dimensión, clamar que el espíritu y la materia, que el cielo y la tierra, conforman un todo jerarquizado, y que es el hombre, el iniciado, el que establece la comunicación entre ambos.

Comprobemos cómo los masones, los verdaderos masones, los maestros herméticos, nunca se conformaron a la injusticia, a la fal­ta de escrúpulos, a la falta de libertad para el crecimiento de los pueblos, difundiendo en cambio la Cultura, difundiendo la Ciencia Sagrada. Nuestros útiles, nuestras herramientas, nuestros símbolos no dejan resquicio al equívoco. La construcción ha de ser siempre vertical, siempre ascendente, trabajando constantemente a la Glo­ria de Aquel que nos da la fuerza, el Gran Arquitecto del Universo, al que ofrecemos todos nuestros esfuerzos y en el que está perma­nentemente depositada nuestra esperanza.

Fuente:
La Logia Viva - Siete Maestros Masones
 
 
 
 

sábado, 18 de noviembre de 2017

EL RELOJ DE ARENA Y LA GUADAÑA

 
En la masonería el reloj de arena recuerda al candidato el valor del tiempo.

El tiempo es una dimensión viva, activa, que puede facilitar ciertas cosas y frustrar otras. Conocer el tiempo propicio para cada proceso será una de las tareas esenciales del neófito.
 
El estudio de la astrología puede facilitarle esta información, ya que interpreta la posición de los planetas en cada momento. El reloj de arena es una simple llamada a su conciencia, le ayudará a comprender la importancia de reservar un tiempo para desarrollar cada uno de sus los tres edificios que construyen su personalidad, un tiempo para la actividad física, uno para el desarrollo de las emociones y un tiempo para pensar.

La hoz (o guadaña) es otra imagen relacionada con el tiempo, que indica al candidato la necesidad de recoger la cosecha para plantar de nuevo. Toda acción debe tener un objetivo y, una vez cumplido éste, el candidato debe preparar su tierra para una nueva labor. A la hora de la recolección es preciso echar mano a la hoz y recoger la siembra de experiencias.

La hoz también sirve para segar las malas hierbas, para eliminar aquellas tendencias, hábitos, que resultan perniciosos para nuestra evolución. Si cortamos de raíz los malos sentimientos, los prejuicios, los impulsos destructivos, avanzaremos mucho más deprisa.
 
 
 
 

LA PLOMADA Y EL NIVEL


Pudiera parecer en un primer acercamiento que estos elementos constructivos de tanta importancia en Masonería son sólo especificaciones a un nivel literal de unos símbolos de orden más elevado, la vertical y la horizontal, de los cuales derivan y a los que se vienen a superponer desde fuera, llegando incluso a enmascarar su imagen sintética.

Esto no es así. La simbólica estudia los diferentes símbolos, al mismo tiempo que observa su interacción y complementariedad; dichas relaciones conforman grupos o familias dentro de las cuales cada símbolo centra la atención en un aspecto determinado, arrojando luz sobre los demás.

En el caso de la vertical, la idea de axis o eje se ve enriquecida desde distintos ángulos. La escalera pone énfasis en la movilidad de energías, el descenso del flujo espiritual y el ascenso a través de los distintos estados del ser. La columna nos habla del soporte necesario para el sostenimiento del edificio, de la unión entre lo alto y lo bajo. El árbol lo hace de la jerarquía, plasmada en sus distintas partes: raíz, tronco y copa. La espada y la lanza, desde una perspectiva guerrera redundan en la imagen masculina de la acción esencial sobre la pasividad substancial. Todos ellos ven en la vertical, lo espiritual y celeste. Lo mismo ocurre por otro lado con los símbolos que bajo diferentes prismas, nos hablan de la horizontal como lo material y terrestre.

Esta riqueza de imágenes y vínculos propicia el despertar, en quien los contempla, de la parcela afín dentro de sí, por identificación entre el conocedor y lo conocido. Es precisamente con el reconocimiento de estas chispas o luces que se va configurando el itinerario de la periferia al centro; vía que cada cual va trazando al mismo tiempo que la sigue, diseñada por él y para él, y que siendo diferente a todas las demás ­sobre todo al comienzo cuando elige las voces que parecen hablarle desde más cerca­ se van haciendo progresivamente más próximas dado que conducen a un mismo fin.

Dicho esto conviene subrayar que estas correspondencias y analogías no deben confundirse con análisis detallados ni desembocar en sistema alguno, lo que aquí se contempla es algo vivo, la misma vida y no su fijación caricaturesca. Estamos demasiado acostumbrados a estancar lo que fluye, a compartimentar y fosilizar, haciéndonos impermeables a la verdadera naturaleza de las cosas y a su mensaje.

Toda imagen simbólica en última instancia puede asimilarse a la figura geométrica que representa, o lo que es lo mismo a un número, y a partir de éste a la unidad, de donde procede y desde la cual toda división, incluso la de la primera polaridad, es ilusoria. Pero esta verdad de orden metafísico, que considera al Principio desde el Principio mismo, no excluye que desde la manifestación todo símbolo tenga su razón de ser en cada plano de lectura y concretamente en el que se materializa, donde a través de los sentidos percibimos su carácter singular y comienza el mágico recorrido antes aludido.

En el caso de la plomada y el nivel es a través del rito constructivo, fundamento de nuestra Orden, que la vertical y la horizontal se ofrecen para la meditación.

La plomada o perpendicular consiste en una pieza de plomo que pende al final de un hilo, y aprovechando la fuerza de la gravedad marca la línea vertical. La tensión entre ambos extremos refleja la teoría hindú de los tres "gunas", cualidades esenciales presentes en todos los seres; aquí "tamas" viene expresado por el plomo, el más pesado de los metales, y su tendencia descendente hacia los estados inferiores. En oposición "sattwa" nos muestra la dirección a través de la cual el plomo, mediante sucesivas transmutaciones está llamado a ascender hasta su definitiva conversión en oro. La proyección de ese eje dentro de sí, da al iniciado la noción de rectitud y le permite rescatar el verdadero sentido de palabras como integridad, nobleza o virilidad, que en nuestros días se han vuelto insignificantes, o lo que es peor se entienden como algo externo, ligado a determinadas formas que encubren lo opuesto de lo que aparentan y tienen por tanto la marca de la falsedad. La auténtica virilidad es pues interna y se refiere a lo espiritual. Cuando un profano solicita su ingreso en la Masonería debe ser antes "aplomado", operación análoga a la que cada masón efectúa a cada momento consigo mismo, observando la distancia existente entre su centro y el centro del estado de ser; su libertad vendrá expresada por saber alejar las fuerzas centrífugas que le llevan a la dispersión y a la identificación con lo que deviene, y por un saberse sumar a las energías que le remiten al centro, la Unidad entera y sin par.

En la Logia, el 2º V. gobierna por la plomada y es el responsable directo de la instrucción de los HH. Aprendices, es pues desde los mismos cimientos que la construcción del Templo debe elevarse con rectitud, sin una base perfectamente orientada hacia lo más alto no hay crecimiento posible. El 1er. V. gobierna por el nivel y es el responsable directo de la instrucción de los HH. Compañeros. En este grado, el iniciado, pasando de la perpendicular al nivel, expresa su realización a partir del conocimiento de la actividad celeste, es decir que puede plasmar en la horizontal de su acción vital, "rajas" en la tradición hindú, la vertical intuida.

El nivel es en realidad una plomada suspendida del vértice de una estructura. Su función es marcar la horizontal, pero para ello es preciso que la vertical cruce el punto medio de su base, es decir el nivel no sólo presupone la plomada, sino que la contiene y es su resultado. Es imposible saber si una recta es realmente horizontal por ella misma, puede parecerlo y estar sin embargo sesgada, inclinada hacia cualquier aspecto o tendencia particular; la única forma de verificar su horizontalidad es comprobando que la plomada la atraviesa por su punto medio, es decir por su centro, fecundándola y haciéndola por tanto generosa y bella, reflejo de la Verdad.

El masón se expresará pues siendo consciente del eje que le anima, aspirando a realizar la unión de ambos instrumentos, síntesis que de hecho sólo realiza la escuadra perfecta, atributo del V. M., centro crístico de la cruz donde se resuelven las expresiones y las tensiones, morada de la Paz y el Silencio.
 
 
 

SOBRE EL SIMBOLISMO DEL COMPÁS


Esta breve plancha es una reflexión surgida a raíz de los ejercicios de trazado y dibujo geométrico que forman parte del método masónico. Con frecuencia, en esos ejercicios o prácticas utilizamos el compás, uno de nuestros símbolos-herramientas más importantes y emblemáticos.
 
Como sabemos, el compás forma parte, junto con la escuadra y el Libro de la Ley Sagrada, de las Tres Grandes Luces de la Masonería, las que describen de una manera extraordinariamente sintética la estructura y el proceso mismo del acto cosmogónico, que nuestros ritos ciertamente ejemplifican. A este respecto, en la iconografía medieval legada por nuestros antepasados, era habitual representar al Dios creador con un compás en su mano trazando un círculo sobre la materia caótica y amorfa, lo cual recuerda aquel versículo de los Proverbios de Salomón: «El Señor traza un circulo sobre la faz del abismo».
 
Ese círculo determina los límites arquetípicos de la manifestación universal, permitiendo que ésta sea. Sin esa previa determinación, sin ese mandato del Arquitecto Supremo, la idea de orden (de cosmos) plasmándose y fecundando la substancia de la vida hasta en sus más mínimos detalles, no sería evidentemente posible.
 
Asimismo, el círculo es también un plano horizontal, el cual simboliza tanto a la manifestación universal considerada en su conjunto como a un estado, ser o mundo contenido dentro de ella, es decir, que puede aplicarse tanto al macrocosmos como al microcosmos. Pero ese plano horizontal existe gracias a un centro, a partir del cual se inicia una onda vibracional que se expande en todas las direcciones de dicho plano, hasta alcanzar sus propios limites, conformándolo. Dicho centro es el punto donde incide la proyección del eje vertical o rayo celeste a través del cual se ejerce la Voluntad creadora del Gran Arquitecto.
 
En nuestro esquema ese eje vertical, que es el Eje del Mundo unánime a todas las tradiciones, no es otro que el compás. Uno de los Brazos de este es, en efecto, vertical y es el que permaneciendo inmóvil «dirige», no obstante, el movimiento giratorio del otro brazo, que es el que verdaderamente traza el circulo o piano de reflexión horizontal. Esto viene a ilustrar la siguiente frase del Rig Veda hindú, complementaria con el anterior pasaje bíblico: «Con su rayo (el compás) ha medido los limites del Cielo y de la Tierra».
 
El Fiat Lux cosmogónico es tanto una palabra como un gesto arquetípico que el sumo Arquitecto realiza en su Toda-Posibilidad infinita; palabra y gesto que en su acción, y con respecto a nosotros, seres manifestados, se polariza en esencia y substancia, en Cielo y Tierra, simbolizados respectivamente por el eje vertical y el plano horizontal, o lo que es igual, por el punto central y la periferia del circulo dibujado por el compas. Y es ese mismo gesto creacional y formativo el que se hace en nosotros —al menos virtualmente— cuando durante el transcurso de nuestra recepción prestamos el juramente iniciático ante las Tres Grandes Luces de la Orden, con los pies en escuadra y teniendo en una mano el compás con su punta apoyada sobre el corazón, el centro simbólico de nuestro ser. Esa Punta, que penetra en nuestra carne, simboliza el extremo inferior del eje cósmico, el cual no solo ordena, por la irradiación luminosa que de el emana, todas las indefinidas modalidades y aspectos de nuestro estado individual, sino que también nos liga con el polo metafísico y primordial, es decir, con el Principio uno y eterno. Sin duda es este el instante preciso, estando situados entre la escuadra y el compas o entre la Tierra y el Cielo, cuando se nos comunica ritualmente la influencia espiritual que va a determinar nuestro pasaje del mundo de las tinieblas al mundo de la luz, del caos profano al orden.
 
En este sentido, el espacio interior que delimita el círculo se convierte en el recinto sagrado o athanor alquímico donde se va a producir la transmutación de la conciencia, lo que se visualiza como un desarrollo ascendente efectuado alrededor del eje vertical e inmóvil. Entonces, desde la perspectiva de la evolución espiritual, el circulo no permanece cerrado sobre si mismo (solo es así visto desde el exterior), a la manera de la serpiente Uroboros, sino que en realidad se trata de una espiral cuyo movimiento helicoidal nos ofrece la posibilidad de elevarnos por encima del plano horizontal, ilimitado y condicionado, en el que actualmente nos encontramos.
 
Por consiguiente, cada vez que en nuestros ejercicios de concentración y meditación utilizamos el compas, estamos cumpliendo un gesto análogo al del Artesano divino, es decir, lo estamos simbolizando, siendo en este hecho donde reside todo su valor. Aunque representado exteriormente, dicho gesto es principalmente interno, pues de lo que realmente se trata es de la identificación con la Idea metafísica que la propia forma simbólica y ritual revela y expresa, lo cual siempre se produce en la cámara secreta del corazón, al "abrigo de la agitación exterior".

Y nos preguntamos, ya para finalizar, ocaso no es a esa identificación a la que conduce el caminar "por las vial que nos han sido trazadas"  a las que alude el ritual de apertura? Y no son en el fondo "esas vías trazadas" la propia herencia tradicional cuyo origen está en aquel gesto primigenio, y a la que tenemos que actualizar transmitiéndola en el ciclo histórico que nos toca vivir?

 
 
 
 

SIMBOLOGÍAS DE LA PASCUA


Pascua, en hebreo Pesah, significa "pasar más allá". El pueblo hebreo había heredado de los pueblos nómadas el rito de la pascua, mediante el cual se actualizaba la renovación cíclica del cosmos y la partida de los rebaños hacia los pastos de verano el día siguiente al plenilunio del primer mes lunar después del equinoccio de primavera. Los primogénitos del rebaño eran inmolados esa misma noche y su sangre esparcida sobre las cabañas, como acto de purificación y salvaguarda contra los peligros que amenazaban a la comunidad. Después en comida ritual se ingería la carne de los corderos y se danzaba saltando ritualmente como figuración del "pasar más allá". Era una fiesta pues de "tránsito" y consiguientemente de renovación cíclica del cosmos.

Fue, coincidiendo con la fiesta de la pesah, que el pueblo elegido de Dios, abandonó, por mandato de Éste, Egipto. El acontecimiento se relata en el Éxodo con el anuncio de la décima plaga que sufrirá el pueblo de Egipto como sigue:

"Dijo YHVH a Moisés y Aarón en el país de Egipto: Este mes será para vosotros el comienzo de los meses (...) el día diez de este mes tomará cada uno para sí una res de ganado menor (...) el animal será sin defecto, macho, de un año (...) lo guardaréis hasta el día catorce de este mes y toda la asamblea de la comunidad de los israelitas lo inmolará entre dos luces. Luego tomarán la sangre y untarán las dos jambas y el dintel de la casa donde lo coman. En aquella misma noche tomarán la carne. La comerán asada, al fuego, con ázimos y con hierbas amargas (...) no dejaréis nada para mañana, lo que sobre al amanecer lo quemaréis (...) así lo habréis de comer: ceñidas vuestras cinturas, calzados vuestros pies y el bastón en vuestras manos; y lo comeréis de prisa. Es pascua de YHVH. Yo pasaré esta noche por la tierra de Egipto y heriré a todos los primogénitos del país de Egipto (...) la sangre será vuestra señal en las casas donde moráis, cuando yo vea la sangre pasaré de largo entre vosotros, y no habrá entre vosotros plaga exterminadora (...) este será un día memorable para vosotros, y lo celebraréis como fiesta en honor de YHVH de generación en generación. Decretaréis que sea fiesta para siempre."

YHVH hizo caer la décima plaga sobre Egipto al permitir así la salvación del pueblo de Israel en ocasión de la Pesah. Asimismo Cristo murió en ocasión de la Pesah. La Pascua judía preparaba así la Pascua Cristiana: Cristo, Cordero de Dios, es inmolado en la Cruz y comido en la Cena en la Pascua Judía, lo que es la Semana Santa. Trae así la salvación del mundo (su renovación cíclica), y este acto de redención se convierte en el centro de la liturgia cristiana y se torna en el dogma fundamental de la fe. Al igual que los corderos inmolados en sacrificio, a los cuales no se les debía quebrantar ningún hueso, sólo fue herido, y de la herida brotó sangre y agua, cumpliéndose así las escrituras y la palabra de YHVH, como relata el Bautista quien también dice "He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita los pecados del mundo."

Pero a diferencia del cordero hebreo el Cordero de Dios, sacrificado en la Pascua Cristiana, resucita de la muerte y trae consigo la salvación del mundo: Cristo es el maná: "... el pan de Dios que baja del cielo y da la vida al mundo"; es agua: "...quien tenga sed que venga a mí y beba"; es luz: "...yo soy la luz del mundo"; es vida, camino y verdad: "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre si no es por medio de Mí". Recordemos que un Cordero se asienta en el centro de la Jerusalén Celeste y que en el Apocalipsis a Cristo se le designa siempre como el Cordero que con su sangre cumple la función salvadora. La acción del Cordero es pues solar, y luminosa y es asimilado por Guenon al dios védico del fuego Agni.

Pasión, muerte y resurrección son los estados sucesivos y a la vez simultáneos del camino iniciático. Con el sacrificio se recrea el mundo, en virtud de que sacrificado y sacrificador se identifican entre sí y con el acto mismo del sacrificio. La sangre que surge del cuerpo sacrificado fecunda la tierra, que podríamos ver aquí como el corazón.
 
Todos los mitos que hablan de un sacrificio en virtud del cual se recrea el mundo, como el mito de Atis entre los latinos, el de Adonis entre los griegos, el de Tammuz en la tradición de Oriente Medio, llamado el "Universalmente grande" y muchos otros hacen surgir de la tierra fecundada por la sangre un dios de finita perfección que a su vez es sacrificado y retornado así a la unidad primordial.
 
En los mitos este sacrificio toma forma de una castración de la parte viril de una diosa hermafrodita, como Cibeles en el mito de Atis que al ser castrada por Dionisio por orden del Olimpo emanó un chorro de sangre que fecundó la tierra de donde brotó una granada que al posarse sobre el regazo de Nana la fecundó, y de esta milagrosa concepción nació Atis, un ser de extraordinaria belleza que se castró en un ataque de locura provocado por Cibeles retornando así a la Unidad primordial de la cual había salido.
 
La castración simboliza el dominio del mundo yetsirático por Atsiluth cuya sangre fecunda Asiyah para que renazca o se renueve cíclicamente lo manifestado. Pero todo ello no sería posible sin la "voluntad divina", designada en los mitos como "voluntad del mundo olímpico" y en la Biblia en el sentido de que Cristo vino a la tierra a cumplir la profecía, las Santas Escrituras, lo revelado por Dios, Su Ley.
 
En el esoterismo hindú este hecho es relatado mediante el sacrificio de Purusha por los Devas que no son otra cosa que partes de él mismo. Es pues un auto­sacrificio; Cristo va voluntariamente a la pasión y muerte porque en él coinciden sacrificador y sacrificio pues es propio del Avatar descender al orden de lo manifestado, asumir la forma humana y mediante sacrificio restaurar el orden cíclico.

La Pascua celebra pues el misterio de la Redención en sus dos aspectos, muerte y resurrección. La muerte pascual la vive cíclicamente todo iniciado y forma parte de la simultaneidad en que acontecen los diferentes estados del ser.


 

PRIMAVERA Y PASCUA EN LA MASONERÍA


Asistimos estos días al nacimiento de la primavera, plenitud y exuberancia de las formas, florecimiento y derroche de luz. En la antigua Grecia, tras el equinoccio se rendía culto a Dionisos y los iniciados se abandonaban, como la naturaleza misma, a una jubilosa embriaguez, la cual era considerada como un estado de auténtica posesión divina.

Esto contrasta radicalmente con la oscuridad y aparente lugubrez de la Semana Santa cristiana, su dramatismo y temporal abatimiento nos recuerdan las tinieblas que cubren necesariamente cualquier cambio de estado.

El masón reconoce en ambos extremos la Vía, contempla su complementariedad viendo en la pasión concentrada en un punto de máxima contradicción, el reposo, y en la muerte una expansión gozosa.

La pascua, "el paso", nos enseña el estrecho y a la vez inmensamente libre sendero del Amor. La plenitud y la extinción son una misma cosa. Los misterios de la vida, la muerte y la Resurrección un único misterio.

Pascua quiere decir "pasaje o tránsito" en hebreo, y es innegable la resonancia simbólica que estas palabras tienen para nosotros, pues aluden claramente a la idea de pasar o ir de un lugar a otro, que es el sentido que también tiene la iniciación, concebida como paso o peregrinación de las "tinieblas a la luz", o de la ignorancia de los principios y sus leyes universales al conocimiento y conformidad a ellos. Esta idea también está presente en la masonería, y los distintos grados iniciáticos que conforman su estructura poseen "palabras de paso", gracias a las cuales y del conocimiento de lo que ellas significan, podemos ir "haciendo nuevos progresos" en la orden, los que han de coincidir necesariamente con nuestra propia realización interior.

En las tradiciones judía y cristiana, tan presentes en la masonería, la pascua constituye el rito por excelencia de la "renovación", tanto en lo que se refiere al ciclo anual y cósmico (pues coincide con el equinoccio de Primavera y por tanto con la regeneración de toda la naturaleza), como al espiritual, pues dicha "renovación" no es otra cosa que el "paso" de un estado condicionado a otro verdaderamente libre e incondicionado. Y esto se vive a diferentes niveles de uno mismo durante el proceso iniciático (sometido a las "disoluciones" y "coagulaciones" alquímicas), pero siempre el resultado de ese "pasaje" representará la liberación de ciertos condicionamientos y limitaciones, hasta que se logre finalmente realizar la Unidad, y con ella la Liberación total y permanente.


 

EL COMPÁS Y LA ESCUADRA


El Compás y la Escuadra son parte esencial del tesoro de símbolos y ritos que constituye el legado masónico; junto con el Libro de la Ley Sagrada, son las Tres Grandes Luces en cuya presencia se desarrollan todos los trabajos del masón; acompañan a éste a lo largo de todo su camino; le sirven de constante referencia y soporte y le indican, por sus posiciones en el Templo, el grado de conocimiento que, cuando menos virtualmente, ha alcanzado.
 
El carácter central del Compás y la Escuadra en el simbolismo masónico corresponde, sin duda, al carácter operativo que durante mucho tiempo fue distintivo de la Masonería, pues el Compás y la Escuadra son útiles de construcción: de ellos se sirvieron nuestros antepasados para la construcción de sus templos, que aún hoy perduran; de ellos se sirvió nuestro primer Maestro, Salomón, para erigir el Templo que ha servido de modelo invisible a todos los demás.
 
Entonces como ahora, la acción estaba subordinada al conocimiento: al propio tiempo que el masón tallaba la piedra y la colocaba en su lugar exacto, se tallaba a sí mismo y hallaba su sitio exacto en el Universo; su trabajo físico, que daba lugar al templo que aún hoy vemos, no era sino un medio para hacer posible el trabajo interno por el cual se acercaba al conocimiento; y cuando había colocado la piedra en su lugar había logrado ser todo cuanto podía ser de acuerdo con sus posibilidades: había hallado él también el círculo que le correspondía en la esfera celeste.
 
Es por esta subordinación de la acción al conocimiento que, perdido el carácter operativo de la Masonería, el Compás y la Escuadra no pasan a ser meras reliquias o insignias. El masón ya no los emplea en su trabajo externo, pues ha dejado de ser constructor: ésta es una pérdida irreversible y real, que lo priva de la multitud de ayudas y soportes propios de toda iniciación de oficio, y le obliga a hacer un esfuerzo suplementario para que su trabajo profano, necesario para garantizar su subsistencia, no le distraiga del camino de la Verdad. Pese a esa pérdida, sin embargo, el Compás y la Escuadra mantienen intacta su fuerza: si bien es cierto que dejan de tener utilidad práctica, no lo es menos que esa utilidad práctica —que corresponde a la interpretación literal de todo símbolo— es la menos esencial de sus funciones; las restantes —que corresponden a los niveles superiores de lectura del símbolo— permanecen íntegras.
 
En la práctica de los rudimentos de la Geometría Sagrada el aprendiz puede hallar una primera aplicación de uso de la Escuadra y el Compás como instrumentos de conocimiento, pues se servirá de ambos en todos sus ejercicios. Como toda ciencia, la Geometría Sagrada tiene como objetivo inmediato descubrir un orden en la multiplicidad de lo creado; su carácter de ciencia sagrada la diferencia de las ciencias profanas en que no trata de imponer un orden arbitrario, fruto del ingenio y la imaginación individuales, sino de descubrir el verdadero orden de la Creación: es decir, de leer tras el velo de los fenómenos los planos que para ella trazó el Gran Arquitecto.
 
 El papel o la pizarra sobre los que trabaja el aprendiz están en blanco, dispuestos a acoger cualquier trazado, a recibir cualquier forma: simbolizan así la materia prima o substancia que, como el agua o el mercurio, carece de forma propia y es a la vez la madre de todas las formas visibles. El papel y la pizarra son rectangulares, es decir, están trazados con la Escuadra; este marco fijo, en el que se inscribirán las construcciones del aprendiz, es la imagen del Cosmos, es decir, de la manifestación ordenada por la voluntad del Creador: si el rectángulo del papel representa el mundo, la trama invisible que contiene, que permite situar cada uno de sus puntos con precisión por medio de la Escuadra, que nos da sus coordenadas, simboliza el conjunto de leyes que el aprendiz ha de descubrir.
 
Sobre esta trama se mueve el Compás: mientras la Escuadra permanece fija en sus trazados, el Compás efectúa los suyos mediante un movimiento característico, en el que un brazo traza el arco mientras el otro permanece fijo en un centro; las innumerables curvas que puede trazar un Compás en su movimiento surgen siempre de un centro invisible e inmóvil: las formas —las construcciones geométricas— aparecen por la conjunción de un elemento fijo, o pasivo —la Escuadra— y otro móvil o dinámico —el Compás.
 
Si bien el masón utiliza el Compás y la Escuadra en sus construcciones, existe entre ambos instrumentos una relación bien definida: ambos son indispensables, pero uno procede del otro, que le contiene: la Escuadra procede del Compás, o, lo que es lo mismo, el ángulo recto se construye a partir del círculo, y no al revés. A esta relación entre el círculo y el cuadrado corresponde una diferencia de alcance entre la Escuadra y el Compás: aquélla sirve para medir distancias, y así permite reconocer dos figuras como iguales cuando las distancias que separan sus vértices lo son; esto es, cuando tienen la misma forma e idéntica extensión.
 
El Compás permite medir ángulos, es decir, proporciones; y por ello nos permite reconocer dos figuras como pertenecientes a la misma familia, o procedentes de una misma forma —dos triángulos semejantes, por ejemplo— cuando sus ángulos son iguales, es decir, cuando sus elementos guardan entre sí la misma proporción. Mediante la Escuadra puede el aprendiz reproducir exactamente una figura dada; con el Compás puede ir más allá y construir una multiplicidad de figuras semejantes a partir de una dada, remedando así el proceso por el que los objetos visibles proceden de sus arquetipos o formas ideales; y a la inversa, puede descubrir proporciones invariables entre una multiplicidad de figuras en apariencia distintas, reproduciendo así la búsqueda de lo inmutable tras lo efímero o accidental, lo cual constituye la actividad intelectual por excelencia. No es casual que lo característico del Compás, el ángulo, sea una proporción entre dos números, a la que llamamos razón en nuestro idioma, traducción literal de la ratio latina y el logos griego.

En resumen, pues, la Escuadra sirve para hacer inteligible el Universo —puesto que medir significa hacer inteligible— en el plano más cuantitativo; el Compás permite aproximarse al aspecto cualitativo de las cosas, que es el camino para llegar a su esencia. Ello explica por qué la Escuadra procede del Compás: la relación entre ambos instrumentos, que el aprendiz ha ido descubriendo en su trabajo práctico, simboliza la relación que existe entre substancia y esencia (o materia y forma): ambos principios son indispensables para que se manifiesten las cosas creadas; pero la substancia procede de la esencia, o la materia de la forma, y no al revés.

La práctica de la Geometría Sagrada es, así, una aproximación a la Cosmología; permite al que se ejercita en ella ir descubriendo la estructura invisible que hace inteligible el universo creado; al identificar esa estructura por medio de símbolos legados por la Tradición, la Geometría Sagrada permite enlazar la estructura del mundo visible con los principios de orden superior en los que la Creación tiene su origen. Como todo cuanto existe no puede ser sino el reflejo limitado de su Creador, el entendimiento del aprendiz aspira a abarcar ese reflejo para vislumbrar quizá, más allá, los principios en los que se fundamenta la Verdad última del Universo.

A la Geometría corresponde, en general, un simbolismo espacial; el Compás y la Escuadra, sin embargo, simbolizan también el principio y el fin de un ciclo cósmico, y pueden por ello 0rientar la reflexión en el plano temporal; si bien se trata aquí, como ocurre con el espacio, de un tiempo simbólico y no histórico.
 
El círculo, cuyo trazado corresponde al Compás —y su homólogo en tres dimensiones, la esfera— es una figura sin aristas ni vértices, deformable sin rupturas para convertirse en otras figuras, como la elipse y el óvalo; en él se contienen todas las formas posibles en potencia; para el ojo humano, acostumbrado a delimitar el espacio mediante líneas rectas y ángulos bien definidos, el círculo o la esfera sugieren el estado primordial que precede a la manifestación, el Absoluto en el que todo se halla contenido como posibilidad: tanto lo que existe como lo que no existirá nunca.
 
En el extremo opuesto se halla el cuadrado, o su homólogo el cubo, cuyo trazado corresponde a la Escuadra. Puede llamársele el sólido por excelencia: si la esfera sugiere, por su flexibilidad, la posibilidad, el cubo representa la absoluta fijeza, la estabilidad y la inmovilidad; si la esfera lleva a pensar en el estado principial, el cubo manifiesta la coagulación extrema de la materia, en la que todo movimiento ha cesado.
 
Un ciclo cósmico es la representación temporal del proceso por el que la luz del Ser se refracta en prismas cada vez más densos, descomponiéndose su reflejo en una multiplicidad de rayos; por el que el fuego primordial va dando origen a  formas progresivamente más densas, a medida que el Universo se aleja del Centro. El paso de la Edad de Oro a la Edad de Hierro, principio y fin de un ciclo, es un proceso de solidificación o coagulación; por ello, el circulo se halla al principio del ciclo, y el cuadrado al final. Esta visión intuitiva no puede por menos de coincidir con la enseñanza tradicional: en ella, el Paraíso terrenal, que corresponde a la Edad de Oro, es redondo; la Jerusalén Celeste, que simboliza el término del ciclo, es cuadrada. Más aún: su estructura rígida se ha convertido en cristalina, ya que está formada de piedras preciosas; esta transformación corresponde al proceso de sublimación por el que un ciclo da paso a otro: la Jerusalén Celeste se convierte en el Paraíso del siguiente ciclo, bajo unos nuevos cielos y en una nueva tierra.
 
En la perspectiva adoptada hasta aquí, el círculo está situado por encima del cuadrado, ya que corresponde al plano de los principios y contiene en potencia todas las formas, una de las cuales es el cuadrado. Como sucede con todo símbolo, ésta no es la única perspectiva posible: a menudo se identifica el círculo con la materia indiferenciada, es decir, con el caos, y el cuadrado con el Universo ordenado, hecho inteligible por la acción del Logos o del Verbo. Desde este punto de vista, el cuádrado queda por encima del círculo, como el Cosmos constituye un perfeccionamiento del caos: por ello señala algún autor que el cuadrado es «el principal símbolo de la tradición hindú, por ser el arquetipo del orden del universo, el patrón de toda proporción y la medida perfecta del hombre». Las dos perspectivas no son contradictorias entre si: el caos —lo más bajo— no es sino el reflejo invertido del universo de los Principios —lo más alto— y por ello la misma figura geométrica debe simbolizar a ambos a la vez. La primera perspectiva contempla la génesis de lo manifestado a partir de lo no manifestado y es una perspectiva, por decirlo así, descendente; la segunda, que contempla la transformación del caos en Cosmos, es una perspectiva ascendente: es la que corresponde propiamente a la Cosmología. Ello explica la forma rectangular del Templo, ya que el Arte Real del masón se sitúa en el plano cosmológico; como explica que, en la tradición oriental, el cuadrado sea el símbolo del Emperador, cuya función cósmica coincide con la del Maestro masón. Sin embargo, en el Templo se sitúa el Compás por encima de la Escuadra, para recordar que el punto de vista cosmológico no es el más elevado que existe, y que es la Metafísica, a la que corresponde el círculo, quien da a la Cosmología su fundamento último. Al paso de ésta a aquella corresponde, cuando menos de modo virtual, el tránsito de la Masonería de la Escuadra (Square Masonry) a la Masonería del Arco (Arch Masonry).


El trabajo con el Compás y la Escuadra y la reflexión sobre el contenido simbólico de ambos instrumentos y de las formas que de ellos surgen sirven de vehículo para el paso por el mundo de las formas, con sus determinaciones de cantidad, espacio y tiempo, hasta llegar al punto en que la manifestación entera es comprendida como el resultado de la acción del Circulo y el Cuadrado; en el que la multiplicidad innumerable de la creación ha quedado aprehendida como una dualidad. Sólo la intuición de esa dualidad permitirá al iniciado franquear la puerta que le separa de la unidad del Ser.
 
Esta dualidad no es una propiedad intrínseca del Ser, que es necesariamente uno, sino una consecuencia inevitable del punto de vista limitado desde el que lo contemplamos. Por ser consustancial a nuestras limitaciones aparece en todas las formas tradicionales la oposición entre esencia y substancia, o forma y materia como polos de la manifestación. En la tradición masónica, el Compás corresponde al polo esencial, y la Escuadra al substancial, o de la materia; la práctica de la Geometría Sagrada ya da una primera indicación del por qué de esa identificación: la Escuadra, que mide distancias, está hecha para abarcar la extensión, esto es, la materia prima dotada del atributo de la cantidad —materia signata quantitate—, polo substancial de nuestro mundo corporal; el dinamismo creador del Compás, con el que trazamos las figuras sobre el papel, simboliza la acción del polo esencial, cuyas formas se inscriben en la materia para dar origen a los seres creados.
 
La dualidad forma-materia recuerda la separación de lo creado en espíritu y materia, cuya exposición más conocida se debe a Descartes, y sobre la que descansa la teoría del conocimiento que sirve de justificación filosófica a la ciencia moderna, en especial a la Física. Por ello importa resaltar que esa semejanza aparente oculta, en realidad, diferencias irreconciliables.

En la concepción cartesiana, materia y espíritu son «dos realidades radicalmente distintas que, siguiendo un plan divino, se encuentran en un solo punto: el cerebro humano». La materia, desprovista por completo de todo contenido espiritual, es un objetivo, un hecho bruto, cuyo único atributo es la extensión, y, por consiguiente, que puede definirse de modo puramente cuantitativo.
 
El espíritu es lo que, por contraposición a la materia, carece de masa y extensión, esto es, de limitaciones sensibles; sede de la facultad cognoscitiva, su actividad consiste en almacenar datos sobre la materia; datos que, dada la naturaleza de ésta, pueden ser puramente cuantitativos, y deben agotar el contenido de su objeto, es decir, nuestro conocimiento del mundo sensible.
 
No cabe negar la utilidad práctica de la dualidad cartesiana para la manipulación del mundo material; el error está en considerarla como un vehículo adecuado para el conocimiento del Universo. Los conceptos cartesianos, materia y espíritu, son abstracciones; destilación de datos sensibles —objetos relativamente inertes, substancias relativamente homogéneas, contrapuestos a una mente individual relativamente libre de trabas y de barreras físicas— por la actividad mental del individuo. Forma y materia, por el contrario, son realidades espirituales; no se extraen del mundo sensible sino que están, precisamente, en su origen: por ello precisamente puede el ojo atento descubrir sus huellas en cuanto nos rodea. Forma y materia son igualmente inaprehensibles para el discurso; y, sin embargo, son accesibles a la intuición intelectual, porque están en el camino de la Verdad, y el espíritu humano está hecho para conocer la Verdad. La división entre espíritu y materia puede ser, a lo sumo, un expediente útil para facilitar la consecución de objetivos prácticos o materiales. Para el pensamiento tradicional, forma y materia, simbolizadas en la tradición masónica por el Compás y la Escuadra, son como «las dos manos de la Divinidad».

El Compás y la Escuadra simbolizan también los polos celeste y terrestre de la manifestación, el Cielo y la Tierra. Cielo y Tierra se refieren a lo mismo que esencia y substancia, o forma y materia, pero a la vez hunden sus raíces en el mundo sensible, que tiende así la mano al hombre para guiarlo por el camino del conocimiento. Del Cielo, principio generador, vienen los cambios: el viento que agita los árboles e hincha las velas, las tempestades que destruyen y la lluvia benéfica, el calor y el frío, la luz y la oscuridad. La Tierra, principio pasivo, se transforma como resultado de esos influjos celestes. Pero el generador del movimiento es, en sí, inmutable: el cielo estrellado es la imagen misma del orden y de la permanencia. La tierra, por el contrario, cambia constantemente de aspecto; nada de lo que está en ella permanece inalterado, y, sin embargo, la tierra como tal perdura, dispuesta siempre a recibir las nuevas formas que el cielo le envía. Por ello se dice, en la tradición oriental, que el Cielo cubre, y la Tierra sostiene. Por ello es también que, de las cuatro virtudes cardinales, la característica de la Masonería de la Escuadra es la Fuerza.
 
Entre el Cielo y la Tierra está el hombre, hijo de ambos para todas las tradiciones: para la cosmología islámica, el Universo es un hombre grande; el hombre, un Universo en pequeño. Esta relación entre el hombre y el Universo —la analogía constitutiva entre el microcosmos y el macrocosmos— se halla en la base de la tradición hermética, para la que el conocimiento del Universo es el conocimiento del hombre, y al revés; da su verdadero sentido a la máxima délfica, «conócete a ti mismo»; y explica por qué los limites del verdadero conocimiento «externo», del mundo, vienen dados por el resultado del trabajo interno.
 
Esta situación del hombre en el Cosmos corresponde, en la tradición masónica, a la estrella de cinco puntas trazada entre el Compás y la Escuadra: la estrella, símbolo del microcosmos, representa al Hombre Verdadero u Hombre Primordial, aquél que, situado en el centro de la cruz de los cuatro elementos, ha alcanzado el Paraíso terrestre. El es, no sólo el centro de nuestro universo, sino también el mediador entre Cielo y Tierra: como el Emperador atraía la lluvia sobre los campos de sus súbditos, así el Hombre Verdadero es el conducto por el que las gracias del Cielo descienden sobre la Tierra; él es también quien puede santificar la Creación entera, elevándola hacia su Principio. Esta, y no otra, es la función del verdadero masón, y su misión en la tierra.
 
Para poder aspirar a llevarla a cabo, los masones invocamos, con las palabras de nuestro primer Maestro, a Aquel cuya ayuda esperamos, para que nos conceda el don de la Sabiduría:
 
«Tú, que por tu palabra has creado el Universo; Tú, que por tu Sabiduría has formado al hombre, para que domine las criaturas salidas de tus manos, para gobernar el mundo en santidad y justicia, y ejercer el imperio con un alma recta, dame a aquella que comparte tu trono, la Sabiduría, y no me eches de entre tus hijos. Porque soy tu siervo y el hijo de tu sierva, un hombre débil y de vida efímera, incapaz de comprender la justicia y las leyes.

Envíala desde tu trono de gloria, para que me ayude y labore a mi lado, que yo sepa lo que te place, porque ella lo sabe todo, y todo lo comprende».

 

LOS TRES VÉRTICES DEL TRIÁNGULO INICIÁTICO


Algunas consideraciones que dependen de los "tres vértices del triángulo iniciático":

La fe, la esperanza y la caridad no son virtudes humanas. Son divinas, dones del Espíritu Santo, por eso son "teologales", o sea, que tienen que ver con el conocimiento de la Deidad, directo o indirecto.

El orgullo, que por coagulante es individualizante, o viceversa, no puede acceder a ello, al referirse al cuadrado, o aún al cubo, pues éstos son limitativos respecto al círculo o a la esfera en lo tridimensional, siendo que, en lo no extenso, el centro es al contrario lo que contiene todas las partes, o todas las extensiones de él mismo, que están incluidas en él y que no son, si se quiere, sino las prolongaciones de su reducción a una imagen por la mente refleja e individual.

No obstante, esa realidad a escuadra es la afirmación de una realidad que siempre coincide con otra tan sólo simbólicamente en un punto, que no es ni una ni otra, y que por tanto es y no es un punto, o que cuando pertenece a la verticalidad efectiva es porque ha reducido a sí toda la extensión horizontal que procede de su reflejo dual.

La libertad. Este es el estado natural (o primordial) humano.

Todo lo que hace un pueblo tradicional es para ganar, conservar o mantener, su libertad, o sea, la libertad de los que (y de cada cual que) constituyen ese pueblo. Los que poseen mayor grado de libertad son los metafísicos, o sea, los realizados espiritualmente, por el conocimiento efectivo de la Identidad Principial y metafísica, o sea por el conocimiento de la Totalidad, o sea del Todo, de la Posibilidad Universal, o Infinito, lo No­finito. Lo que nunca pasará, ni cambiará de forma, porque no depende del tiempo y no posee forma, lo que no impide su revelación, ya que al contrario ésta es la que (o lo que) constituye el Mundo o Cosmos Arquetípico.

En ese caso el No Ser es más que el ser. Todo es mejor en tanto que No Ser, es más perfecto. El Ser es una de sus posibilidades, o aspectos. Fundamental, pues es a través de El que se ordena, o es, el Cosmos. El que no es sólo el producto de una afirmación "positiva" sino el de asimismo una posibilidad "negativa".

El Ser, como Verbo, "que es Palabra en lo 'exterior' y Pensamiento en lo 'interior' " es formulación de sí mismo, o sea él mismo revelándose, es decir explicitándose y ocultándose, simultáneamente 'siendo' y 'no siendo', como el propio sol manifiesta, y también verdaderamente todos los planetas, o estrellas, luces directas del Logos. Cada una con cuatro planos de lectura, sin confusión.

El símbolo de la cruz (vertical-­horizontal) es entonces íntegramente universal, y el símbolo del mundo, no el de la primera forma, que es el ternario, (o aún el binario devuelto a la unidad, de la que no ha salido), o sea la 'Inteligencia' universal. La Inteligencia como principio, reconocida o no reconocida, señalada o no, en el testimonio secreto del espíritu, o del alma del iniciado.

Por lo que el rito es una audición, y es por eso que es un rito, o un símbolo en acción. Una realidad sólo conocida por Aquél que la ha inventado. Por "el que se inventa a sí­ mismo: Dios".

 


LA TRADICIÓN HERMÉTICA


Las verdades eternas, conocidas unánimemente y expresadas por sabios de todos los tiempos y lugares, se plasmaron en Occidente en el pensamiento de culturas estrechamente interrelacionadas que en distintos momentos florecieron en regiones ubicadas entre Oriente Medio y Europa, durante esta cuarta y última parte del ciclo, a la que se ha llamado Kali Yuga o Edad de Hierro, y que siempre se vinculó con el Oeste.
 
Antiquísimos conocimientos patrimonio de la Tradición Unánime fueron revelados a los sabios egipcios, persas y caldeos. Ellos se valieron de la mitología y el rito, del estudio de la armonía musical, de los astros, de la matemática y geometría sagradas, y de diversos vehículos iniciáticos que permiten acceder a los Misterios, para recrear la Filosofía Perenne diseñando y construyendo un corpus de ideas que ha sido el germen del pensamiento metafísico de Occidente conocido con el nombre de Tradición Hermética, rama occidental de la Tradición Primordial. Hermes Trismegisto, el Tres Veces Grande, da nombre a esta tradición.
 
En verdad, Hermes es el nombre griego de un ser arquetípico invisible que todos los pueblos conocieron y que fue nombrado de distintas maneras. Se trata de un espíritu intermediario entre los dioses y los hombres, de una deidad instructora y educadora, de un curandero divino que revela sus mensajes a todo verdadero iniciado: el que ha pasado por la muerte y la ha vencido.

Los egipcios llamaron Thot a esta entidad iniciadora que transmitió las enseñanzas eternas a sus hierofantes, alquimistas, matemáticos y constructores, que con el auxilio de complejos rituales cosmogónicos emprendieron la aventura de atravesar las aguas que conducen a la patria de los inmortales.

Autores herméticos han relacionado a Hermes con Enoch y Elías, quienes serían, para los hebreos, la encarnación humana de esta entidad supra-humana a la que identifican con Rafael, el arcángel también guía, sanador y revelador. Esta tradición judía, que se ha considerado siempre como integrante de la Tradición Hermética, convivió con la egipcia antes y durante la cautividad –Moisés es fruto de esta convivencia– y en tiempos de los reyes David y Salomón durante la construcción del Templo de Jerusalén; hace alrededor de tres mil años estos pensamientos se consolidaron en una arquitectura revelada que permitió, una vez más, la creación de un espacio vacío o arca interior capaz de albergar en su seno la divinidad.

En el siglo VI antes de Cristo, que es el mismo siglo de la destrucción del Templo de Jerusalén, y contemporánea de Lao Tsé en la China, del Buddha Gautama en la India, y del profeta Daniel en Babilonia, nace la escuela de Pitágoras que, también heredera de los antiguos misterios revelados por Hermes, iluminará posteriormente a la cultura griega, tanto a los presocráticos como a Sócrates y Platón. Este pensamiento hermético influyó notablemente en la cultura romana, en los primeros cristianos y gnósticos alejandrinos, en los caballeros, constructores y alquimistas de la Europa medioeval y en los filósofos y artistas renacentistas, nutriéndose al mismo tiempo de los conocimientos cabalísticos y del esoterismo islámico.

Luego florecen estas ideas hermético-iniciáticas en el movimiento rosacruz que se desarrolla en Alemania y en la Inglaterra de la época isabelina, habiendo sido depositadas estas antiguas enseñanzas, posteriormente, en la Francmasonería. Esta Orden, que en su apariencia exotérica no ha podido escapar a la degradación y disolución promovidas por la humanidad actual, conserva sin embargo en sus ritos y símbolos ese germen revelado y revelador, activo en el seno de unas pocas logias que han logrado sustraerse a las modas innovadoras que amenazan a Occidente con sucumbir, y mantienen ese vínculo regenerador con el eje invisible de la Tradición que se dirige siempre hacia el verdadero Norte, origen y destino de la humanidad, del que esta tradición nunca se ha separado.

Hermes y la Tradición Hermética viven actualmente. Su presencia es eterna.


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