sábado, 18 de agosto de 2018

LA PIEDRA CUBICA DE PUNTA


Esta piedra, llamada también piramidal por afectar la forma de un cubo rematado por una pirámide cuadrangular, es aquella sobre la que se ejercitan el compañero y el maestro masón.
 
Se coloca junto a la columna J.·.

En algunos grados filosóficos representa la piedra de ágata de forma cuadrangular, en la cual Salomón mandó esculpir las palabras secretas del arte real. En nuestro segundo grado, simboliza al masón o al hombre civilizado, y es también el emblema de los conocimientos humanos.
 
Se dice, simbólicamente, que el compañero prepara y afila las herramientas del maestro sobre la piedra cúbica, y en efecto, es exacta esta alegoría, porque dicha piedra encierra todos los conocimientos que preceden a una perfecta instrucción, y pueden trazarse con ella "todas las figuras de la geometría".

 
No siendo el cubo perfecto un sólido propio para la construcción material, que usa bloques alargados, la piedra cúbica de punta es símbolo de un trabajo constructivo que procede por vía de cristalización.
 
El iniciado que en sí mismo ha realizado el ideal de esta piedra, llega a ser, en el ambiente humano, un agente transmutador, "porque por su sola conformación rectangular hace que su ambiente se le modele".

Los alquimistas explicaban así la virtud de su famosa piedra filosofal, que representan por un cubo.

 
Un curioso símbolo se encuentra en los documentos masónicos del siglo XVIII: la piedra cúbica de punta sobre la que descansa por el filo una hacha, contacto con la cúspide piramidal. Este instrumento indica, sin duda alguna, que es preciso abrir la piedra para obtener su contenido, su esoterismo.
 
La coronación piramidal de la piedra también es equivalente a la cruz que sobre un cuadrado es el ideograma de la piedra filosofal. La falta de interpretación espiritual de este símbolo empieza en el grado de maestro y termina en los filosóficos.
 
Al compañero más bien le corresponde el símbolo exotérico de este ideograma: la piedra rectangular, tallada para construir con ella el edificio social. Nos enseña que debemos adaptarnos a las funciones que nos corresponden para mejor proveer al bien general, y esta perfección bien realizable es en la que se deben ejercitar los Hermanos compañeros.
 
 
 

TEORÍA FILOSÓFICA DEL SEGUNDO GRADO

 
La masonería ha tenido en todo tiempo numerosos enemigos: unos para satisfacer un vil interés y teniendo una ambición de romper las barreras que oponían a la marcha progresiva del espíritu humano, le han hecho una guerra sorda, o declarada, unos y ¡otros, sin apreciarla y sin conocerla, han alimentado contra ella necias y absurdas prevenciones.
 
La perfidia de los primeros, la indiferencia de los segundos nada han hecho contra una institución cuyas bases son inmutables, pero puesto que se nos acusa de retroceder cuando las generaciones avanzan, opongamos a esas ridículas calumnias algunos hechos históricos que ningún profano puede negar; veamos si conforme a los usos y costumbres de nuestros antiguos maestros, los primeros que elevaron templos al Grande Arquitecto del Universo, no somos siempre dignos de estar al frente de la civilización contemporánea y de llevar la bandera de la emancipación social.


 
Cuando se quiere hacer un estudio serio y profundo del género humano, es preciso ir a buscar inspiraciones y ciencia en los delicados climas de las zonas templadas; allí se le encuentra con su bella naturaleza y con sus soberbios y divinos atributos en esos países donde la tierra es tan fuerte, tan vigorosa, tan rica en principios fertilizadores, donde colocaron también los sabios de la más remota antigüedad el nacimiento del primer hombre.
 
Sin duda la edad de oro tan cantada por nuestros antiguos poetas, era el estado de felicidad fraternal en que vivían las primeras generaciones. Pero puesto que su paso por el mundo no ha dejado rastro alguno, no hablemos de ella; apoyémonos en dos principios dogmáticos que tienen su germen en nuestros corazones y que indican la naturaleza de los trabajos del templo simbólico que elevan al Grande Arquitecto del Universo hace cerca de seis mil años los hijos de la verdadera luz (quiero hablar de la fraternidad universal, de la unidad y de la creencia en Dios).
 
En la primera época el mundo se encuentra una serie de generaciones que se dividen en dos categorías unisociales, fraternales: la familia o la sociedad del padre, el patriarcado o la sociedad de algunos, gobernada por el más sabio y el más antiguo. Esta cadena de unión que dio nacimiento a los primeros pueblos, sirvió a todas las naciones que les sucedieron, y no se encontrará ninguna, sea grande, sea pequeña, que no tenga su núcleo social en el espíritu de fraternidad; aún podemos agregar a esas dos categorías la de los antiguos reyes porque los primeros reyes de Egipto, de Grecia y de Roma, no eran más que los fieles guardianes de la fraternidad nacional.
 
Aquí no existe ni oposición ni excepción: la historia no tiene más que una voz; somos, pues, la sociedad más antigua, la más seria, la más legítima de todas las que existen, puesto que, si se quiere permitirme la expresión, hemos conservado el tipo de la sociedad modelo impuesta por la naturaleza, sociedad aprobada por la sabiduría de todos los siglos. No porque la ambición y el egoísmo hayan perturbado el orden del progreso moral de la sociedad, es menos cierto que el principio fraternal que es su alma y el único que puede hacerla volver a su vía natural existe siempre, que hace cerca de seis mil años arde su fuego en nuestros templos; que nosotros los francmasones por nuestra perseverancia y por nuestro valor hemos vencido la superstición y la ignorancia que le oponían incesantemente una resistencia bárbara y nadie puede quitarnos esa noble y gloriosa victoria.
 
Ya sea un instinto providencial o ya el efecto de una intuición divina, la creencia en Dios es en nuestra alma, como esa planta que brota en un terreno que le es propio; crece, se engrandece, se fortifica con nuestra razón, nos sigue hasta el sepulcro para robustecer nuestras inspiraciones morales y conducirnos en alas de la esperanza a las puertas de la eternidad.
 
La creencia en Dios es, como dice Pascal hablando de la naturaleza, una primera costumbre, porque aun el ateo, a pesar de los esfuerzos, inauditos que hace para rechazar de su espíritu esa gran verdad, se ve obligado a consagrarle una parte de sus pensamientos y de sus meditaciones.
 
El culto tributado al Grande Arquitecto del Universo es una condición especial de nuestra humanidad y una necesidad social de todos los pueblos; el hombre no puede levantar los ojos al cielo sin que se apodere de su alma un sentimiento de respeto y de veneración; los pueblos no podrían existir sin ese sublime sentimiento. Ese culto ha sido perturbado o más bien adulterado, sin duda, por ritos extravagantes y ceremonias ridículas; pero en su origen era sencillo y puro como el sentimiento que le había inspirado. El culto de los primeros habitantes de la tierra, dice Porfirio, era sencillo como sus costumbres; algunos terrenos amontonados en sus campos formaban el altar el cual iban a ofrece al Dios de la naturaleza las flores y los frutos de cada estación. Los judíos, en la bella época de su emancipación social y política, observaron la sencillez religiosa de sus primeros padres. Ya conocéis esos hermosos versos de Atalía hablando de una fiesta sublime.

"Y cuando la trompeta sagrada anunciaba la vuelta de aquel día, el santo pueblo inundaba en tropel los pórticos del templo adornado por doquiera de magníficos festones; e introducido con orden ante el altar, llevaban en sus manos los nuevos frutos de sus campos".


 
Sólo nosotros los francmasones hemos conservado la pureza virginal de ese culto antiguo; consagramos al Grande Arquitecto del Universo nuestras adoraciones y nuestros homenajes; en nuestras fiestas solemnes adornamos nuestros templos de festones y de flores; somos, pues, lógica e históricamente hablando, la sociedad más antigua, más inteligente y más verdadera de la tierra.
 
Se nos dirá que las instituciones religiosas y políticas debían haber variado sus formas y sus usos según los tiempos y los lugares, y nosotros responderemos: Nada es más justo que obedecer a las necesidades de los tiempos; ceded al torrente de las ilusiones a que os arrastra la civilización; dad a vuestros trabajos un prestigio de novedad; lisonjead las debilidades inherentes a nuestra naturaleza; variad el lujo y el brillo de vuestras solemnidades religiosas y de vuestras fiestas públicas; haced más, modificad sin destruir su principio moral nuestras leyes y nuestras creencias, como lo hicieron Solón en la Grecia y Justiniano en Roma; pero puesto que la casualidad os ha elevado sobre los demás, haceos dignos de ese honroso favor con ejemplos de sabiduría y de virtud; no alimentéis por un culpable deseo de ambición las pasiones ávidas y ambiciosas de los unos, las preocupaciones y las supersticiones de los otros; no sofoquéis los instintos elevados de la humanidad; no le impidáis satisfacer sus necesidades morales, porque detendrías así los progresos de la inteligencia y harías imposible una sociedad de hermanos.
 
Acabo de exponer a grandes rasgos los dos principios tomados en la naturaleza del hombre, que han dado un cuerpo y un alma a la masonería y servido de base a sus doctrinas; ahora sigamos la cadena de los siglos para estudiar la marcha organizadora de esa santa institución.
 
Mientras duró el régimen de la comunidad fraternal, la inocencia y la sencillez de las costumbres aseguran tranquilidad y la felicidad comunes, y los códigos de moral y de religión, las leyes civiles y políticas: todo lo que tienda a encadenar la libertad y las voluntades del hombre era inútil; pero desde el momento en que lo tuyo y lo mío vinieron a imponer su bárbara tiranía en que cada uno quiso tener su parte en el gran dominio de la naturaleza y separarla de la de su vecino, el interés, padre de todos los crímenes, la ambición que los provoca se apoderaron de los espíritus y fueron árbitros soberanos de los destinos sociales; entonces fue preciso poner bajo la protección del cielo la salvación de la tierra.
 
En imperiosa necesidad hizo nacer el pensamiento de elevar vastos monumentos, de consagrarlos al estudio de la sabiduría y de la verdad así como a la conservación de los principios que hacía tantos siglos habían hecho la felicidad de la tierra; hombres de un espíritu fuerte y de una conciencia recta, iban a esos lugares de retiro para entregarse a un trabajo tan noble como generoso. Schiller, que no es sospechoso sobre este punto, dice en su historia de Moisés, que en el origen de su institución los sacerdotes del Egipto eran hombres íntegros que se distinguían por una alta sabiduría y una rara virtud.
 
Bien pronto los templos se multiplicaron y fueron el foco de las ciencias y de las artes así como de todos los conocimientos humanos; todo lo que se llama filósofo o sabio, todas las capacidades del mundo civilizado, se halla animado del poderoso deseo de penetrar en los templos para gozar de las ventajas que dan al genio y la ciencia; pero las puertas de los templos no se abrían sino después de largas y penosas pruebas y de un examen severo sobre la moralidad del aspirante.
 
En la teoría iniciatoria reside el organismo de la masonería: el neófito ve en ese trabajo de estudio y de meditación cuanto se acerca a Dios la vida fraternal, y cuan digno le hace de las ventajas que le han sido concedidas por la creación.
 
Se han dicho en el mundo profano tantas impertinentes necedades sobre las iniciaciones, que es importante probar que en el espíritu al pináculo de las altas ciencias, que ellas son las que sirven para escalonar los grados de las profesiones nobles que exigen talento, ciencia y genio.
 
Iniciar es dar la clase de un secreto; es hacer conocer una orden de cosas poco conocidas; es introducir la ciencia y el talento en vía nueva; se inicia en los misterios de una religión, en los de una secta filosófica; se inicia en las ciencias y en las artes, en ciertos ramos de los conocimientos humanos que exigen grandes estudios y profundas meditaciones.
 
Las escuelas de medicina y de derecho, la sorbona y los colegios de ciencias, no son otra cosa que templos iniciáticos donde la teoría de los grados simbólicos se halla simplemente cambiada como el reverso de una tapicería. Se exige primero al aspirante ciertas capacidades y ciertos estudios preliminares; después se le hace sufrir exámenes; cinco profesores le interrogan para apreciar su ciencia y si se le encuentra digno, se le concede un diploma. ¡A vosotros toca juzgar si en la colación de aprendiz y de compañero hacemos otra cosa!
 
Y yo no indico aquí más que un solo grado, el de bachiller. Vienen en seguida el de licenciado y el de doctor, lo que les da mucha analogía con los grados simbólicos. Prosigamos nuestro punto de comparación.
 
La masonería se sirve de la lengua simbólica para ejecutar sus trabajos; los profesores de las ciencias profanas se sirven de la retórica para desarrollar sus teorías y sus sistemas de enseñanza. Estas dos lenguas son a propósito para dar al pensamiento y a todo lo que depende del entendimiento humano, más fuerza y más energía. Ahora bien, la lengua simbólica no solamente es la primera, sino la madre de todas las lenguas; antes de que hubiese palabras para expresar nuestros pensamientos, era preciso representarlos por medio de imágenes, de figuras o de signos jeroglíficos. La retórica vino diez siglos más tarde, y entonces los rectores, los profesores, los oradores, habían invadido las plazas públicas, de las que no son más que débiles imitaciones nuestras escuelas superiores y nuestras tribunas legislativas.
 
Y además, ¡cuán enorme es la diferencia que existe entre una y otra lengua en lo que concierne a la extensión del sentido figurado! La retórica sirve para ornar el pensamiento, para darle más encanto y más brillo; pero no podría dar mayor extensión al sentido que expresa. El simbolismo oculta el pensamiento bajo un velo misterioso, pero le presenta al espíritu con todos sus atributos y todo lo que se refiere a su mito creador.
 
Un neófito en la cámara de reflexiones, despojado de sus metales, rodeado de emblemas que le representan la nada de las cosas humanas, obligado a leer sentencias y máximas que condenan los extravíos de su vida profana, y acabando su estudio de meditaciones por formular sus últimas voluntades, no puede ver en este cuadro de las luces naturales mas que la regeneración de su vida profana; y si no puede comprender todo su conjunto, al entrar al templo con una venda en los ojos, una palabra que parte del altar le abre la vía de las verdades que se han presentado a su espíritu. Encomendad a un profesor de la sorbona que desarrolle con la lógica de las escuelas esta alegoría filosófica; será muy hábil si puede lograrlo en un discurso de tres horas.
 
Así como se echa el trigo a un terreno fértil después de haberle labrado, así también nuestros antiguos maestros no concedían la luz mas que a los espíritus fuertes, a las inteligencias elevadas capaces de sostener su brillo y de difundir sus rayos. Sobre este punto la antigüedad nos ofrece un raro y sublime ejemplo: de un número considerable de neófitos que se presentaron para ser iniciados, ni uno solo fue admitido sin haber dado pruebas de su conducta íntegra y de una razón robustecida por buenos estudios: no se les hacia sufrir las pruebas físicas y morales a no tener semejantes antecedentes.
 
El rito de las iniciaciones se hacía de diferente manera en cada templo. En Tebas, en Menfis, en Sais, las pruebas fueron siempre largas y difíciles; en el antro de Trofonio, duras y crueles; en Eleusis, templo situado cerca de Atenas y consagrado a Ceres, eran más suaves y más fáciles; así es que degeneraron rápidamente, a tal punto, que un poco antes de la predicación del evangelio se concedían los pequeños y los grandes misterios a casi todos los que los solicitaban; lo que os hace ver por qué ciertos individuos, condenados a la ignorancia, tuvieron la fortuna de recibir la consagración masónica.
 
Las iniciaciones en el antiguo universo eran la única vía para llegar en línea recta al conocimiento de las doctrinas misteriológicas, metafísicas, filosóficas, y en una palabra, a todas las ciencias superiores. Era preciso pasar por ese crisol de penitencia y de expiación para ponerse a la altura de las inteligencias contemporáneas.
 
Siguiendo el ejemplo de los maestros perfectos que servían los templos de Egipto, de Persia y de Grecia, los tres grandes legisladores políticos y religiosos del Asia hacían entrar en el rito de sus iniciaciones todo el secreto de su doctrina; por eso exigían de sus neófitos largos y profundos estudios. Confucio imponía a los suyos cinco años de mudez y de experiencias morales; Zoroastro se mostraba igualmente severo; ya sabéis que Moisés consagró la vida de toda una tribu al culto de Jehová.
 
A los iniciados que querían permanecer en el templo y servir al santuario, se les exigía una vida mucho más íntegra y mucho más pura; un ejemplo entre mil probará esta aserción. Un sacerdote consagrado al culto de Mithra, confió su hijo a sus colegas en un momento de agonía, y ellos mismos le pusieron bajo la tutela de su madre; este niño, llamado Manes, conocido bajo la denominación de hijo de la viuda, creció en ciencia y en talento, y llegó a ser una de las primeras celebridades del siglo VI, y el más formidable antagonista de los trinitarios, sobre todo de San Agustín, de quien había sido amigo íntimo. A pesar de su inmenso talento, no fue admitido a celebrar el culto del Sol porque había manifestado en el fuego de la disputa sentimientos apasionados contrarios a la sabia disciplina y a la dignidad del sacerdocio.
 
Resulta de lo que acabo de decir que las iniciaciones fueron instituidas para tener la facilidad de elegir hombres escogidos, fuertes de carácter y de voluntad, a fin de dar a la virtud de la verdad poderosos defensores, capaces de difundir la verdadera luz entre las generaciones, que todas al nacer, parecen llevar el germen de las supersticiones y de los errores de la tierra.
 
Lo que se hacía tres mil años en la India, en la China, en todo el universo civilizado, se hace todavía en nuestros días entre nosotros; echad una ojeada sobre la educación universal y la del sacerdocio, y veréis si las preparaciones preliminares, los exámenes, los grados, los diplomas y hasta las condecoraciones, no son los usos masónicos cambiados y cubiertos de un barniz de novedad que se llama progreso y que ciertos espíritus querrían hacernos aceptar.
 
Ahora, ¿cuáles eran los secretos y los misterios que se enseñaban al iniciado convertido en maestro perfecto? ¿Cuál era el carácter de la verdadera luz que iluminaba su alma? hermanos míos, ni Don Calmet, ni el padre Montfaucon que han registrado todo el repertorio científico y literario de la antigüedad, ni Murcio, ni Lenios, ni Bayle, ni Covet de Bebelin, ni Dupuis que los ha copiado a todos para establecer un sistema religioso astronómico, han podido precisar de una manera exacta el sistema misteriológico que dominaba los estudios superiores del templo; sin embargo, considerando las costumbres y las tendencias filosóficas de los iniciados de la época a que me refiero, es fácil reconocer la antorcha generadora que alumbraba sus almas, puesto que el principio divino se hallaba reconocido en todo lo que era vida y movimiento, y que todo era Dios, como dice Bossuet, excepto Dios mismo.
 
Es de observarse que entre el número considerable de hombres ilustres que recibieron la consagración masónica, ni uno solo dobló la rodilla ante un ídolo, ni uno solo sacó la espada contra su hermano. Si pues las presunciones morales constituyen pruebas en filosofía como en justicia, es evidente que la unidad de Dios, la creencia en Dios y el culto de la fraternidad, eran la única ciencia teológica que se enseñaba en los templos. Esas dos grandes verdades eran como un faro que iluminaba el océano de las inteligencias y marcaba los deberes de la vida común; los servidores del santuario o los maestros prefectos las dividían en doctrinas teológicas y filosóficas que cuidaban de presentar bajo un velo misterioso; pero esos cuadros nada tenían que pugnarse con la razón o que comprometiese el imperio del juicio, porque desde Thales hasta Pitágoras no se vio sabio ni filósofo alguno que, al salir de las que hizo dar a sus ideas, cada uno hablaba de Dios y de sus pruebas iniciatorias, se encontrase turbado en la dirección naturaleza como quería, y formulaba teorías y sistemas sobre las causas primeras y las causas segundas, sin que temiese infringir la ley sagrada del santuario.

La independencia absoluta de los espíritus que las doctrinas del templo autorizaban, abría un ancho camino al eclecticismo filosófico, y el progreso intelectual se operaba sin que jamás el dogma de la fraternidad social y el de la existencia de la unidad de Dios, fuesen atacados ni alterados. Esa gran libertad permitía también a la imaginación entregarse a creaciones fantásticas. He ahí la razón de que cada templo se hallase colocado bajo la advocación de un dios o una diosa, como se ven hoy nuestras iglesias bajo el patrocinio de un santo o de una santa. Pero de que se tomasen por protectores seres a quienes brillantes acciones habían hecho colocar en el calendario del paganismo, no se sigue que el Grande Arquitecto del Universo perdiese nada de los homenajes y del respeto que le eran debidos exclusivamente.
 
No deben confundirse con la leyenda pagana las personificaciones metafísicas que el genio masónico ha inventado para caracterizar los atributos supremos del Grande Arquitecto del Universo. Wischnou en la India, Foé en China, Mithra en Persia, Cristo en la Judea, Hiram y Adonaí, son mitos creadores, conservadores, salvadores o análogos del poder supremo, de Aquél que es el único ante el cual nos inclinamos.
 
Los templos del Egipto y de todo el litoral asiático se conservaron muchos siglos después de la venida del hijo de María; pero bien que ese divino genio consagrase su vida de inmolación a publicar los dos grandes principios que sirven de base a nuestras doctrinas su evangelio produjo algunos cambios en las costumbres y en los usos del templo.
 
Los Esenios, los Terapeutas y otras sectas judías que habían abrazado la fe masónica, se unieron a los unitarios de la primera escuela cristiana, entre los cuales se encontraban los Gnósticos, todos iniciados en los antiguos misterios, todos masones escogidos, tan notables por la ciencia como por el talento; dividieron los trabajos masónicos en dos categorías; una, bajo la denominación del antiguo rito, tomó por bandera la Estrella Flamígera, indicando bajo su velo misterioso la única y verdadera luz que alumbra el mundo intelectual; a otra, conocida bajo el nombre de rito cristiano, puso la cruz en su bandera, indicando la vida inmortal y la regeneración del género humano. Estos dos ritos no formaban ni cisma ni herejía de la masonería. Los ritos no atacan ni la fe ni el dogma: son diferentes maneras de trabajar.
 
Cada gran oriente puede tener el suyo, corno se ve en las grandes divisiones de la iglesia romana: el ritual de Roma no es de París, y el de París no es el de León.

Ahora que se han desarrollado algunos puntos esenciales de la historia masónica, se me permitirá interpelar a esos escritores audaces que consideran un mérito calumniarla y señalarla como una utopía del antiguo universo. Ya conocéis a esa especie de Aristarco que trata con el talento de una Mascarilla y la ciencia de un fígaro los puntos más delicados de los conocimientos humanos, y llena un vasto periódico con su insolente crítica; se atreve a decir que la masonería no es nada ni enseña nada; que es preciso enterrarla con sus viejos harapos o ponerla a la altura de las luces del siglo. La masonería no es nada... Que cuando ha tomado por base las verdades eternas que el cielo y la tierra proclaman, y se ha constituido en la sociedad elemental de todos los pueblos, no enseña nada... Estáis dominados por un profundo error.
 
Enseña a no ser supersticioso, ni fanático, ni hipócrita, ni impostor, a vivir fraternalmente con todos los hombres, a escoger las inteligencias más hábiles para gobernar el mundo: ¿qué más queréis que haga? ¿De qué harapos queréis despojarla? ¿Llamáis harapos a la fe que tiene en la unidad y en la existencia de Dios? ¿A su principio de fraternidad universal? ¿A sus iniciaciones que son la escuela de la inteligencia y del sentimiento moral?
 
¡Queréis despojarla de su poder social y civilizador para hacerla sin duda impía, idólatra e ignorante como la religión del dinero ha hecho al mundo civilizado!... Es preciso ponerla, decís, a la altura de las luces del siglo... ¿De qué luces? De las de los globos, de los caminos de hierro, de gas inflamable, del monopolio del dinero, del agiotaje, del mercado de los granos y de las legumbres? Pero la masonería no es materialista, es toda para el alma y nada para el cuerpo.
 
Nos hacéis un crimen de que presentemos por medio de misteriosas alegorías los poderes ocultos que sorprenden nuestra inteligencia y ocupan constantemente nuestra imaginación. ¿Ignoráis acaso que el Gran Arquitecto, la naturaleza, el universo entero no se expresa más que por medio de misterios, que todas las religiones se han establecido sobre misterios, que todas las naciones han tomado la leche de su infancia y han nutrido su juventud por misterios, que vos mismo sois una obra de misterios? ¿La ignorancia en que os halláis sobre vuestra propia humanidad os dice bastante que Dios ha querido ser el único conocedor de las causas y de los efectos que mueven al mundo, y si establecemos nuestra filosofía sobre probabilidades que cautivan nuestra atención ¿qué tenéis que reprocharnos?
 
No queréis simbolismo; es según vos una lengua antigua sin valor; querríais mejor que nuestra enseñanza se diese en lenguaje académico. Pero vos que sois tan valeroso y tan temerario, id a la plaza pública y a plena luz a predicar una cruzada contra los abusos, los errores, y las preocupaciones, contra el monopolio y los agiotajes de toda especie, y mil otras miserias que subyugan a la sociedad y degradan nuestra naturaleza, y veréis si esa libertad de que con tanta frecuencia abusáis de una manera tan extraña, no os lleva a un punto donde no os es permitido el sol porque cuando el orden público se halla establecido sobre el desorden de las costumbres, no os corresponde, por hacer de reformador y de filósofo, ir a provocar revoluciones y a trastornar el mundo.
 
Permanezcamos como estamos porque no podemos hallarnos mejor; la masonería no puede cambiar sus dogmas divinos, así como el Sol no puede desviarse de su órbita; que será siempre lo que ha sido en todos los tiempos, el centinela avanzado que señala al enemigo de la razón y de la verdad; agrupémonos a su derredor como hijos que aman tiernamente a su madre, y si entre los iniciados se encuentran algunos que no comprenden su santa misión y que se atreven a deciros que la masonería no es nada, no enseña nada, podéis contestarles que no es nada ni enseña nada a los que no tienen espíritu para comprenderla, ni corazón para sentirla.
 
Fuente:
Manual del Compañero Masón - José Díaz Carballo.
 
 

jueves, 16 de agosto de 2018

2º GRADO: INSTRUCCIONES EN FORMA DE CATECISMO PARA EL COMPAÑERO MASÓN



INSTRUCCIONES PARA EL 2º GRADO SIMBÓLICO

- Pregunta: ¿ Hermano mío sois Compañero masón?

- Respuesta: Si lo soy.
 
- P: ¿Cómo habéis llegado a este grado?
 
- R: Con el trabajo, y la prudencia.
 
- P: ¿Qué os enseñaron cuando os recibieron Compañero?

- R: La significación de la letra G.·.

- P: ¿ Que significa ella?
 
- R: Geometría, quinta de las ciencias y la mas útil a los Masones.

- P: ¿Donde fuisteis recibido?

- R: En una Logia perfecta.

- P: ¿Cómo se compone una Logia perfecta?

- R: Con siete miembros, llamados Luces, que son un Venerable, dos Vigilantes , tres Maestros, y un Compañero.

- P: ¿Como os recibieron?

- R: Haciéndome pasar de la Columna J.·. a la Columna B.·. y subiendo cinco gradas del Templo; después me dieron un signo, un tocamiento y dos palabras.

- P: Dadme el signo

Se da.

- P: ¿Como le llamáis?

- R: Pectoral.

- P: ¿Que significa?

- R: Que guardo el secreto de mis Hermanos en mi corazón y que preferirla vérmelo arrancar antes que revelarlo a los profanos.

- P: Dadme el tocamiento.
 
 Se da.

- P: Dadme la palabra
 
Se da como se ha aprendido.

- P: ¿Que significa esta palabra?

- R: La fuerza está en Dios. Es el nombre de la Columna que estaba al Medio de la puerta del Templo donde se juntaban los Compañeros.

- P: ¿Habéis trabajado desde que sois Compañero?

- R: Si Venerable Maestro, en el Templo de Salomón.

- P: ¿Por que puerta entrasteis en él?

- R: Por la del Occidente.

- P: ¿Qué encontrasteis cerca de esta puerta?

- R: Dos grandes Columnas de Bronce, huecas, de dieciocho codos de alto, cuatro dedos de espesor y doce codos de circunferencia. Hojas de acanto adornaban los capiteles que estaban dominados por lirios y granadas.

- P: ¿Cuantas había?

- R: Ciento y mas.

- P: ¿Por qué decís ciento y mas?

- R: Para indicar que los buenos Masones no deben tener número.

- P: ¿Para qué servía el interior de esas Columnas?

- R: Para guardar los instrumentos de Geometría y el tesoro para pagar a los obreros.

- P: ¿A quién estaba dedicada la Logia donde os recibieron?

- R: A San Juan Bautista.

- P: ¿Por qué?

- R: Porque en el tiempo de las guerras de Palestina los caballeros Masones se unieron a los de San Juan de Jerusalén para combatir contra los infieles y como se habían puesto bajo la protección de este Santo, y ganaron la victoria, le dieron gracias, conviniendo entre sí, que todas las Logias le serian dedicadas en adelante.

- P: ¿En que lugar está situada vuestra Logia?

- R: Al Oriente del Valle de Josafat, en un lugar donde reina la paz, la verdad y la unión.

- P: ¿Que forma tiene?

- R: Un cuadrilongo.

- P: ¿Que largo?

- R: Del Oriente al Occidente.

- P:  ¿Que ancho?

- R: Del Sur al Norte.

- P: ¿Su alto?

- R: Codos sin número.

- P: ¿Su profundidad?

- R: De la superficie de la tierra a su centro.

- P: ¿De que está cubierta?

- R: De un dosel celeste sembrado de estrellas.

- P: ¿Quien sostiene un edificio tan vasto?

- R: Dos grandes pilares.

- P: ¿Como los llamáis?

- R: Sabiduría y fuerza.

- P: ¿Explicadme esto?

- R: Sabiduría para inventar y fuerza para sostener.

 - P: ¿Tenéis ornamentos en vuestra Logia?

- R: Si, tres, que son: el enlosado Mosaico, el fleco dentelado, y la estrella flamígera.

- P: ¿Qué representan esos ornamentos?

- R: El enlosado Mosaico, significa el umbral del gran pórtico del Templo; el fleco dentelado, los ornamentos exteriores, y la estrella flamígera, el centro de donde viene la verdadera luz.

- P: ¿No contienen estos ornamentos alguna moralidad?
 
- R: Si, el enlosado Mosaico, formado de diferentes piedras unidas por el cemento indica la unión estrecha que reina entre los Masones, porque están unidos por la virtud, el fleco dentelado que es el emblema del adorno exterior de una Logia por las costumbres de los Hermanos que la componen y la estrella flamígera es el símbolo del sol en el universo.

- P: ¿Tenéis también algunas joyas?

- R: Si seis, tres movibles y tres inmóviles.

- P: ¿Cuáles son las tres movibles?

- R: La escuadra, el nivel, y la perpendicular.

- P: ¿Porqué las llamáis movibles?

- R: Porque pasan de un Hermano a otro.

- P: ¿Para que sirven?

- R:  La escuadra sirve para formar cuadros perfectos, el nivel para igualar las superficies, y la perpendicular para elevar edificios sobre sus bases.

- P: ¿Cuales son las tres joyas inmóviles?

- R: La piedra bruta, la piedra cúbica con punta, y la tabla para trazar de los Maestros.

 - P: ¿Cual es su uso?

- R: La piedra bruta le sirve a los Aprendices para trabajar, la cúbica con punta es el sólido mas perfecto por que contiene todos los números sagrados, los Compañeros la emplean para extender sus conocimientos, y la tabla de trazo sirve a los Maestros para levantar sus planos.

- P: ¿No tienen todas estas joyas alguna significación simbólica?

- R: Si, la escuadra nos anuncia que todas nuestras acciones deben ser arregladas sobre la equidad, el nivel que todos los hombres son iguales, y que una perfecta unión reina entre los Hermanos y la perpendicular nos demuestra la estabilidad de nuestra orden, estando erigida sobre las virtudes. La piedra bruta en la cual trabajan los Aprendices es el emblema de nuestra alma, susceptible de buenas o de malas impresiones; la piedra cúbica que sirve a los Compañeros nos hace recordar que solo velando sobre nosotros mismos podemos guardarnos de los vicios, y la tabla para trazar de los Maestros, es el buen ejemplo que nos facilita la práctica de las mas eminentes virtudes.

- P: ¿Cuantas especies do Masonería hay?

- R: Dos; Masonería de práctica, y Masonería de teoría.

- P: ¿ Cuales son los Masones de teoría?

- R: Aquellos de nuestra orden, que elevan Templos a la virtud, y construyen calabozos para el vicio.

- P: ¿Cuáles son los Masones de práctica?

- R: Los oficiales que construyen edificios materiales.

- P: ¿Para qué sirve la Masonería de teoría

- R: Para purificar nuestras costumbres y hacernos útiles al estado y a la humanidad por los principios de la Sublime moral que enseña.

- P: ¿Cuáles son las leyes de la Masonería?

- R: Castigar el crimen y honrar la virtud.

- P: ¿Que debe evitar el Masón?

- R: La envidia, la calumnia, y la intemperancia.

- P: ¿Que debe observar?

- R: El silencio, la prudencia, y la caridad.

- P: ¿Podríais decirme cuantos puntos hay en la Masonería?

- R: Son innumerables, pero se reducen a cuatro principales que son, el gutural y el pectoral para recordarnos nuestra obligación cuando los hacemos, el manual cuando se da el tocamiento para reconocerse, y el pedestre que nos demuestra que todo buen Masón debe andar en la vía de la equidad cuyo símbolo es la escuadra.

- P: ¿Cómo viajan los Compañeros?

- R: Del Occidente al Mediodía del Mediodía al Norte y del Norte al Oriente.

- P: ¿Que significa esto?

- R: Que un Masón debe volar al socorro de sus Hermanos aunque estén en las extremidades de la tierra.

- P: ¿Dónde se ponen los Compañeros en Logia?

- R: Al Mediodía para recibir las ordenes de los Maestros.

- P: ¿Cúal es su lugar en Logia?

- R: En la Columna B.·.

- P: ¿Cual es la palabra de Paso de los Compañeros?
 
Se da.

- P: ¿Que significa esta palabra?

- R: Numeroso como las espigas del trigo. Era la palabra de reseña dada a la guardia del campo o ejercito de Jephté, cuando este marchó contra los Efraímitas que se habían sublevado.

- P: ¿Habéis visto vuestro maestro hoy?

- R: Si.

- P: ¿Cómo estaba vestido?

- R: De oro y azul.

- P: ¿Que significan estas dos palabras?

- R: Que un Masón debe conservar la sabiduría en medio de las grandezas.

- P: ¿Que edad tenéis?

- R: Cinco años.

- P: ¿Que hora es?

- R: Las doce de la noche.
 
 
 



miércoles, 15 de agosto de 2018

EL GUARDASELLOS, DEBERES Y OBLIGACIONES


El Hermano Guardasellos será el depositarlo de los sellos de la Logia.

Cuando se le entreguen, dará un resguardo, ofreciendo restituirlos a la Logia cuando esta se los pidiere.

Si la Logia tuviere un local fijo, no podrá sacarlos de él sin haber obtenido permiso.

martes, 14 de agosto de 2018

A LOS JÓVENES MASONES


 
Para ser Masón basta ser introducido en una Logia y saber las palabras, señal y toque de un grado, el constitutivo real del verdadero Masón, debe hallarse en él mismo, y solo un trabajo constante y asiduo le podrá desenvolver.

Es por eso que en nuestros Talleres se nos habla continuamente de trabajar. Todos nuestros emblemas no son sino instrumentos u obras maestras que no han podido ejecutarse sin esos mismos instrumentos, que han servido para trazar las justas proporciones.

Debe, pues, la ociosidad ser aborrecida por los Masones pero de nada vale el trabajo, no siendo precedido del estudio y la meditación.

El joven Masón debe penetrarse del empeño que contrae al recibirse; recuérdese que la sociedad no busca miembros inútiles; semejante a la abeja industriosa, cada cual debe depositar en el centro común el fruto de su labor; trabajando para todos, trabajará, con ventaja para sí, puesto que participará, del producto recogido por lodos sus Hermanos.

Como su corta experiencia no le permite todavía elevarse a lo mas alto del edificio, le bastará al principio estudiar y meditar los misterios que se le hacen vislumbrar.

Debe examinar atentamente todo cuanto se ha hecho con él y se le ha hecho hacer.

Debe leer, estudiar y meditar el Catecismo de su grado, cada palabra, cada articulo, cada número contiene un sentido oculto, y son otros tantos eslabones que deben reunirse para no formar sino una sola cadena; en breve, podrá correr el velo que cubre nuestros emblemas, y los principios de la moral mas pura, descubiertos en ellos, serán la base de las virtudes que practicadas, le llegaran a poner en estado de poder darse algún día con justicia el título de Masón.


 


RITUAL DE MASTICACIÓN


Disposición de la Logia de comida o del Ritual de Masticación

La sala del banquete debe estar situada de modo que no se pueda ver ni oír nada de afuera. La mesa, si fuera posible, será con escaques.

El sitio del Venerable será la cabecera, y el de los Vigilantes, las extremidades.

El Hermano orador se coloca al frente de la columna del Mediodía, y el Hermano secretario, al frente de la del Norte; el Oriente le ocupan los Hermanos visitadores, o a falta de estos, las Dignidades de la Logia.

Fuera de las cinco Dignidades que se acaban de designar, nadie tiene asiento señalado, si no es en el caso en que hubiere visitadores condecorados con grados superiores, y que el Or.·. estuviese ocupado por ellos.


En tal caso se colocarían los visitadores al frente de las columnas.

El Pan se llama Piedra tosca.
El Vino, Pólvora fuerte (blanca o roja)
Las Botellas y Garrafas, Barricas.
Los Vasos, cañones.
El Agua, pólvora débil.
Los Licores, Polvos fulminantes.
Las Bugías encendidas, Estrellas.
Las Servilletas, Banderas.
Los Platos de los convidados, Tejas.
Los Platos de la comida, Terraplenes.
Las Cucharas, Trullas.
Los Tenedores, Azadones.
Los Cuchillos, Espadas.
La Sal, Arena.
La Pimienta, Arena amarilla.
Los Alimentos, Materiales.
Las despabiladeras, Tenazas.
Las Sillas, Estaols.

Después de colocados todos, cada cual en su lugar, depende de la voluntad del Venerable de echar un brindis antes de masticar, o aguardar a que se haya masticado la sopa, o escoger cualquier otro momento que juzgare oportuno.

Cuando quiere echar el primer brindis, da un golpe de mazo; al instante, los Hermanos sirvientes salen del interior de los escaques, y se retiran al Occidente. (Esto mismo sucede en todos los brindis.) Todos cesan de masticar. El Hermano Maestro de ceremonias es comúnmente el único que está en el interior de los escaques, frente por frente del Venerable, para estar mas dispuesto a recibir las órdenes y hacerlas ejecutar; algunas veces se coloca en una mesita entre los dos Vigilantes.

El Hermano Maestro de ceremonias se levanta, y el Venerable dice:

«Hermanos primero y segundo Vigilantes, aseguraos de que nuestros trabajos están bien cubiertos».

Cada Vigilante se asegura de la cualidad masónica de todos los individuos que ocupan las dos columnas, echando una mirada sobre ellos y reconociéndolos por Masones.

El segundo Vigilante dice al Hermano primer Vigilante:«Yo respondo de mi columna».

El primer Vigilante dice:

«Muy Venerable, el Hermano segundo Vigilante, y yo, estamos seguros de los Hermanos que ocupan las dos columnas».

El Venerable dice:

«También respondo yo de los que están en el Or.·.» Hermano cubridor, haced vuestro deber».

Entretanto, los Hermanos se decoran con sus insignias. (No es necesario el mandil.)

El Hermano cubridor cierra la puerta, y guarda la llave, y, desde ese instante, nadie ya entra ni sale.


El segundo Vigilante advierte al primero que los trabajos están cubiertos; y este lo dice en alta voz al Venerable, que da un golpe de mazo, y dice:
 
«Hermanos míos, los trabajos que estaban suspendidos recobran vigor».

(Si antes de empezar el banquete, se han cerrado los trabajos, es preciso abrirlos de nuevo ).

Los Hermanos primero y segundo Vigilantes, repiten el anuncio, y después de repetido el Venerable dice:

«Al orden Hermanos míos».

Primer brindis.

El Venerable dice:

«Hermanos primero y segundo Vigilantes, invitad a los Hermanos de una y otra columna a que se preparen a cargar y alinear para el primer brindis de obligación».

Los Hermanos Vigilantes repiten el anuncio, y el Venerable dice:
 
«Carguemos y alineemos, Hermanos míos».

(Solo desde este instante se deben tocar las barricas, sin esta precaución, reinaría en los trabajos la confusión.)

Cada cual debe indispensablemente echarse de beber a sí mismo según le parezca. Si alguien, por régimen o gusto, bebiese agua, no se le debe forzar a que abandone su costumbre.

Al paso que cada uno se ha echado de beber, coloca su cañón (vaso) algo a la derecha de la teja (plato), distante del borde de la mesa, el diámetro poco mas o menos de la teja; de este modo, los cañones se hallan alineados en un instante.

Se alinean también las barricas y las estrellas en segunda línea.

Alineado todo en la columna del Norte, el segundo Vigilante se lo advierte al primero, y este dice al Venerable:

«Todo está alineado en las dos columnas».

El Venerable responde:

«El Oriente lo está igualmente. En píe, al orden, espada en mano».

Se levantan todos, la bandera en el antebrazo, los Hermanos condecorados con grados altos, se la echan al hombro; la espada (si la hubiere), y  a falta de ella, un cuchillo en la mano izquierda, y se está al orden con la derecha.

(Si la mesa es de escaques, los Hermanos que se hallaren dentro de ellos, permanece sentados.)

El Venerable dice entonces:

«Hermanos primero y segundo Vigilantes, anunciad a todos nuestros Hermanos que el brindis que tengo la satisfacción de proponer, es el de nuestro sabio gobierno que gloriosamente nos rige, por cuya conservación nosotros no cesaremos de hacer votos, así como también por la prosperidad del estado y de su felicidad. Por brindis tan querido debemos tirar estos cañonazos de pólvora roja, con el fervor de una amistad respetuosa, haciendo fuego, buen fuego, y perfecto fuego».

El primer Vigilante repite, en su columna, el brindis propuesto por el Venerable.

El segundo Vigilante hace lo mismo en su columna, y luego que se ha terminado la doble repetición, el Venerable manda el orden del modo siguiente:

La mano derecha a las armas.

(Se lleva la mano al vaso.)

Presenten las armas. (Se levanta el vaso por delante a la altura del pecho. Apunten. (Se acerca el vaso a la boca. )

¡Fuego, gran fuego, y perfecto fuego!
 
(Entonces, se bebe de una vez o de tres, según el ejemplo que haya dado el Venerable. Sin embargo, los estatutos del orden exigen que sea de tres.)

Cuando todos los Hermanos hayan consumido su pólvora, el Venerable dice:

¡Armas adelante!
 
(Se ejecuta al segundo mando, e imitando siempre al Venerable, se lleva el vaso a la tetilla izquierda, después a la derecha; en seguida se vuelve a llevar el vaso al lugar del segundo mando, de modo que esto figura un triángulo. Después de ejecutado esto tres veces, se sienta el vaso en la mesa en tres tiempos, es decir, en el primero se pone el vaso algo horizontalmente a la izquierda, después se le lleva paralelamente a la derecha, y, en seguida, se le sienta con fuerza sobre la mesa; y se termina aplaudiendo y gritando por tres veces: ¡Vivat!)

Todo este ejercicio debe ejecutarse con bastante exactitud y habilidad, para que la asamblea haga simultáneamente el mismo movimiento, y los vasos no formen sino un solo golpe.


 

viernes, 27 de julio de 2018

SIMBOLISMO DEL LABERINTO

 
El laberinto, como bien lo ha visto Jacksor Knight, tiene una doble razón de ser, en cuanto permite o veda, según los casos, el acceso a determinado lugar donde no todos pueden penetrar indistintamente; solo los que están "cualificados” podrán recorrerlo hasta el fin, mientras que los otros se verán impedidos de penetrar o extraviarán el camino.
 
Se ve inmediatamente que hay aquí la idea de una “selección”, en relación evidente con la admisión a la iniciación misma: el recorrido del laberinto no es propiamente, pues, a este respecto, sino una representación de las pruebas iniciáticas; y es fácil comprender que, cuando servía efectivamente como medio de acceso a ciertos santuarios, podía ser dispuesto de tal manera que los ritos correspondientes se cumplieran en ese trayecto mismo.


 
Por otra parte, se encuentra también la idea de “viaje”, en el aspecto en que esa idea se asimila a las pruebas mismas, como puede verificárselo aún hoy en ciertas formas iniciáticas, la masonería por ejemplo, donde cada una de las pruebas simbólicas se designa, precisamente, como un “viaje”.
 
Otro simbolismo equivalente es el de la “peregrinación” y recordaremos a este respecto los laberintos que se trazaban otrora en las lajas del piso de ciertas iglesias, cuyo recorrido se consideraba como un "sustituto" del peregrinaje a Tierra Santa; por lo demás, si el punto en el que termina ese recorrido representa un lugar reservado a los "elegidos”, ese lugar es real y verdaderamente una “Tierra Santa” en el sentido iniciático de la expresión: en otros términos, ese punto no es sino la imagen de un centro espiritual, como todo lugar de iniciación lo es igualmente.

Va de suyo, por otra parte, que el empleo del laberinto como medio de protección o defensa admite aplicaciones diversas, fuera del dominio iniciático; así, el autor señala particularmente su empleo "táctico” a la entrada de ciertas ciudades antiguas y otros lugares fortificados. Solo que es un error creer que en este caso se trate de un uso puramente profano, el cual incluso hubiera sido cronológicamente el primero, para sugerir luego la idea de una utilización ritual; hay en esta idea, propiamente, una inversión de las relaciones normales, conforme, por otra parte, a las concepciones modernas pero solo a ellas, y que por lo tanto es enteramente ilegítimo atribuir a las civilizaciones antiguas. De hecho, en toda civilización de carácter estrictamente tradicional, todas las cosas comienzan necesariamente por el principio o por lo que es más próximo a él, para descender luego a aplicaciones cada vez más contingentes; y, además, inclusive estas últimas no se encaran jamás desde un punto de vista profano, que no es, según lo hemos explicado a menudo, sino el resultado de una degradación por la cual se ha perdido la conciencia de la vinculación de esas aplicaciones con el principio.
 
En el caso de que se trata, podría fácilmente percibirse que hay algo distinto de lo que verían los “tácticos” modernos, por la simple observación de que ese modo de defensa, “laberíntico”, no se empleaba solamente contra los enemigos humanos sino también contra los influjos psíquicos hostiles, lo que indica a las claras que debía tener por sí mismo un valor ritual.


 
Pero hay más todavía: la fundación de las ciudades, la elección de su sitio y el plan según el cual se las construía se hallaban sometidos a reglas pertenecientes esencialmente a la “ciencia sagrada” y, por consiguiente, estaban lejos de responder solo a fines “utilitarios", por lo menos en el sentido exclusivamente material que se da actualmente a esa palabra; por completamente extrañas que sean estas cosas a la mentalidad de nuestros contemporáneos, es preciso sin embargo tomarlas en cuenta, sin lo cual quienes estudian los vestigios de las civilizaciones antiguas jamás podrán comprender el verdadero sentido y la razón de ser de lo que observan, aun en lo que corresponde simplemente a lo que se ha convenido en llamar hoy el dominio de la "vida cotidiana”, pero que entonces tenía también, era realidad, un carácter propiamente ritual y tradicional.

En cuanto al origen del nombre del “laberinto”, es bastante oscuro y ha dado lugar a muchas discusiones; parece que, al contrario de lo que algunos han creído, no se relaciona directamente con el nombre de la lábrys o doble hacha cretense, sino que ambas derivan igualmente de una misma palabra muy antigua que designaba la piedra (raíz la-, de donde lâos en griego, lapis en latín), de suerte que, etimológicamente, el laberinto podría no ser en suma otra cosa que una construcción de piedra, perteneciente al género de las construcciones llamadas “ciclópeas”.
 
Empero, no es ésa sino la significación más exterior de la palabra, que, en sentido más profundo, se vincula al conjunto del simbolismo de la piedra, al cual hubimos de referirnos en diversas oportunidades, sea con motivo de los “betilos”, sea con motivo de las “piedras del rayo” (identificadas, precisamente, con el hacha de piedra o Lábrys), y que presenta aún muchos otros aspectos. Jackson Knight lo ha entrevisto por lo menos, pues alude a los hombres “nacidos de la piedra” (lo que, señalémoslo de paso, da la explicación de la palabra griega laós ('pueblo, gente'), de lo cual la leyenda de Decaulión ofrece el ejemplo más conocido: esto se refiere a cierto período un estudio más preciso del cual, si fuera posible, permitiría seguramente dar a la llamada “edad de piedra” un sentido muy otro del que le atribuyen los prehistoriadores.
 
Por otra parte, esto nos reconduce al tema de la caverna, la cual, en cuanto excavada en la roca, natural o artificialmente, está también muy próxima a ese simbolismo; pero debemos agregar que ésta no es razón para suponer que el mismo laberinto haya debido también forzosamente ser excavado en la roca: aunque haya podido serlo en ciertos casos, ello no es sino un elemento accidental, podría decirse, y no entra en su definición, pues, cualesquiera sean las relaciones entre el laberinto y la caverna, importa no confundirlos, sobre todo cuando se trata de la caverna iniciática, que aquí consideramos más en particular.

Laberinto y caverna iniciática

En efecto, es muy evidente que, si la caverna es el lugar en que se cumple la iniciación misma, el laberinto, lugar de las pruebas previas, no puede ser sino el camino que conduce a ella, a la vez que el obstáculo que veda el acercamiento a los profanos "no cualificados”.
 
Recordaremos, por otra parte, que en Cumas el laberinto estaba representado en las puertas, como si, de alguna manera, esa figuración sustituyera al propio laberinto; y podría decirse que Eneas, mientras se detiene a la entrada para contemplarla, recorre en efecto el laberinto, mental ya que no corporalmente.
 
Por otra parte, no parece que ese modo de acceso haya sido siempre exclusivamente reservado para santuarios establecidos en cavernas o asimilados simbólicamente a ellas, pues, como lo hemos explicado ya, no se trata de un rasgo común a todas las formas tradicionales; y la razón de ser del laberinto, tal como la hemos definido antes, puede convenir igualmente a los aledaños de todo lugar de iniciación, de todo santuario destinado a los “misterios” y no a los ritos públicos. Formulada esta reserva, hay sin embargo una razón para suponer que, en el origen por lo menos, el empleo del laberinto -haya de haber estado más particularmente vinculado con la caverna iniciática: pues uno y otra parecen haber pertenecido al comienzo a las mismas formas tradicionales, las de esa época de los “hombres de piedra” a que aludíamos poco ha; habrían comenzado, pues, por estar estrechamente unidos, aunque no lo hayan quedado invariablemente en todas las formas ulteriores.

Si consideramos el caso en que el laberinto está en conexión con la caverna, ésta, a la cual rodea con sus repliegues y en la cual finalmente desemboca, ocupa entonces, en el conjunto así constituido, el punto más interno y central, lo que corresponde perfectamente a la idea de un centro espiritual, y concuerda además con el equivalente simbolismo del corazón, sobre el cual nos proponemos volver.
 
Ha de hacerse notar aún que, cuando la misma caverna es a la vez el lugar de la muerte iniciática y el del “segundo nacimiento”, debe entonces ser considerada como acceso no solo a los dominios subterráneos o “infernales", sino también a los dominios supraterrestres; esto también responde a la noción del punto central, que es, era el orden “macrocósmico", al igual que en el “microcósmico”, aquel donde se efectúa la comunicación con todos los estados superiores e inferiores; y solamente así la caverna puede ser, según lo hemos dicho, la imagen completa del mundo, en cuanto todos esos estados deben reflejarse igualmente en ella; de no ser así, la asimilación de su bóveda al cielo sería absolutamente incomprensible.
 
Pero, por otra parte, si el “descenso a los Infiernos” se cumple en la caverna misma, entre la muerte iniciática y el “segundo nacimiento”, se ve que no puede considerarse a ese descenso como representado por el recorrido del laberinto, y entonces cabe aún preguntarse a qué corresponde en realidad este último: son las “tinieblas exteriores”, a las cuales hemos aludido ya, y a las que se aplica perfectamente el estado de “errancia”, si es lícito usar este término, del cual tal recorrido es la exacta expresión.
 
Este asunto de las “tinieblas exteriores” podría dar lugar a otras precisiones, pero nos harían traspasar los límites del presente estudio; creemos, por lo demás, haber dicho bastante para mostrar, por una parte, el interés que presentan investigaciones como las expuestas en el libro de Jackson Knight, pero también, por otra, la necesidad, para dar precisión a los resultados y captar su verdadero alcance, de un conocimiento propiamente “técnico” de aquello de que se trata, conocimiento sin el cual no se llegará nunca sino a reconstrucciones hipotéticas e incompletas, que, aun en la medida en que no estén falseadas por alguna idea preconcebida, permanecerán tan “muertas” como los vestigios mismos que hayan sido su punto de partida.


(*) Fuente: Cap. XXIX de Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada, Eudeba-Colihue, Buenos Aires, 1988 (primera edición 1937).

EL LENGUAJE SIMBÓLICO


 
En un Instructivo del Aprendiz de nuestra Liturgia se nos pregunta:

"Pues, ¿no es la beneficencia mutua nuestro objeto?"

Y debemos responder:

"Seríamos ridículos si sólo para eso nos rodeáramos de símbolos y misterios".

Y se nos pregunta luego:

"¿Cuál es entonces nuestro secreto?"

Y debemos decir:

"Es inviolable por su naturaleza y se conserva hoy tan puro como cuando se encontraba en los Templos de la India, la Samotracia, del Egipto y de la Grecia. El que no estudia cada uno de nuestros tres grados, no comprende bien sus símbolos y explica su oculto significado, podrá vanagloriarse con los títulos pomposos de Maestro, hacer señas más o menos extravagantes y pronunciar palabras judio-bárbaro-helénicas; pero no será nada ni sabrá nada que ignore cualquiera de mediana educación".

Es decir, en otras palabras, que ese Instructivo nos hace ver claramente, desde el inicio mismo, que una de nuestras principales obligaciones como masones, quizá la más importante, es la de dedicarnos al estudio, la comprensión y la explicación del oculto significado de los símbolos que nos rodean, heredados desde la más remota Antigüedad. Que nuestra Institución encierra un secreto oculto detrás de esos símbolos, secreto que debemos llegar a conocer mediante el aprendizaje del idioma sagrado: el lenguaje simbólico.

Si observamos cuidadosamente lo que nos rodea, nos daremos cuenta de que todo lo que se manifiesta en el Universo es simbólico. La posición de las estrellas, la jerarquía y movimiento de los planetas, el sol y la luna, el día y la noche; la tierra, sus estaciones, los elementos que la componen, las variadas formas y cualidades de las piedras, los minerales y las plantas, así como el comportamiento y las funciones de las aves, los peces y todos los animales que la habitan, son símbolos diseñados por el Gran Arquitecto. También los colores, los sabores, los sonidos y, por supuesto, el hombre, que creado a imagen y semejanza de la creación entera, y del Creador mismo, es símbolo del Universo, de la misma manera que el Universo entero puede ser visualizado como un hombre grande, símbolo a su vez de un ser invisible que en él se expresa.

Si, por otra parte, observamos las manifestaciones culturales, nos daremos cuenta de que todas ellas son también simbólicas: los números y las letras, son símbolos de energías que se encuentran detrás de ellos; el arte en todas sus manifestaciones, cuyos orígenes son sagrados, es siempre expresión simbólica de ideas sutiles inspiradas al artista por las musas; y también los idiomas, pues cada palabra o conjunto de palabras son símbolos de alguna idea que ellas expresan. Además, para el hombre antiguo, tanto la agricultura como la artesanía y hasta el comercio y la guerra, así como la construcción de ciudades, templos, habitaciones, carruajes y naves, incluyendo también cada uno de los utensilios que usa para la realización de los oficios; todos los juegos que practica y, en fin, todo lo creado por Dios y por el hombre, es símbolo viviente de una realidad que lo trasciende. También los antiguos sabían que las verdades más altas llegan a nosotros a través de los símbolos y que los hombres podemos utilizarlos como vehículos de conocimiento, que si conducimos adecuadamente nos llevarán precisamente a la comprensión de esas verdades. Todos estos órdenes de la existencia son armónicos, y se dice que esta armonía, a la que nuestro símbolos masónicos nos habrán de llevar, es asimismo un símbolo de la unidad divina de la cual todos estos órdenes provienen, y a la que toda la creación finalmente retorna.

El hombre, desde su origen mismo, ha vivido en función de los símbolos que lo rodean. Pero a partir de la entronización del racionalismo durante esta época que algunos autores tradicionales llaman del "oscurecimiento creciente", el hombre occidental pareció olvidarlos casi por completo, y se abocó de lleno al desarrollo, la especialización y la multiplicación de las ciencias empíricas y técnicas, llevado por una ilusión de progreso indefinido, cuyas últimas consecuencias han sido la tremenda crisis que vive el mundo moderno.

Aunque la ciencia empírica y la psicología no es la materia que nos compete, resulta sin embargo interesante observar que aun esta ciencia moderna ha establecido con asombro que el hombre actual, en el estado ordinario de conciencia, escasamente utiliza, cuando mucho, un diez por ciento de sus potencialidades mentales y emotivas; y lo que es aun más asombroso, recientes investigaciones psicológicas han logrado demostrar que la educación moderna que en general todos hemos recibido, utilizando únicamente métodos racionales, analíticos y discursivos, no sólo no despierta aquellas potencialidades dormidas sino que, por el contrario, atrofia ciertas partes de nuestro cerebro que son precisamente aquellas que se activan cuando el hombre se pone en contacto con energías superiores, cuando se conecta con las musas que inspiran al artista o cuando comprende el lenguaje de los símbolos. Esas investigaciones psicológicas han llegado hasta a demostrar "empíricamente" que ciertas funciones del cerebro que se encuentran activas en los niños, se van atrofiando a medida que el niño va creciendo rodeado de los prejuicios y condicionamientos que le impone la educación oficial que hoy se imparte; y que únicamente se conservan estas facultades despiertas, en alguna medida, en aquéllos que mantienen contacto con el arte y con el símbolo.

También los psicólogos se han ocupado de observar, pretendiendo descubrir algo nuevo, que los mitos, los sueños y las leyendas afectan de modo sensible al psiquismo humano y que ciertos símbolos se repiten de tal manera en las experiencias de sus 'pacientes', que este hecho sólo puede ser explicable si se considera que éstos se encuentran en lo que ellos llaman el inconsciente o subconsciente colectivo, y que otros autores llaman con más propiedad la 'memoria colectiva' de la especie humana.

Hoy día, a nadie cabe duda de que los símbolos ejercen en el hombre un gran poder transformador. Basta observar, por ejemplo, la influencia determinante que ejercen en el hombre moderno los medios publicitarios y la propaganda, que operan fundamentalmente a través de sistemas simbólicos, para darnos cuenta de que el ser humano posee una naturaleza tal que es sensible a los símbolos; que éstos pueden actuar sobre nosotros y afectar de modo determinante nuestra conducta.

Es por eso que hoy día están resucitando ideas antiguas, y el hombre pensante de estos tiempos, abrumado y desilusionado por la evidente decadencia de la sociedad moderna materialista, está volviendo los ojos al pasado haciendo renacer disciplinas y corrientes de pensamiento de la antigüedad, íntimamente asociadas a la simbología.

Para adentrarnos en el lenguaje simbólico, en primer lugar es necesario distinguir dos clases de símbolos, que corresponden de manera precisa a dos aspectos de la realidad y a dos maneras de encarar la vida: lo sagrado y lo profano.

Los símbolos sagrados, según nos dicen expresamente aquéllos que nos los han heredado, han sido revelados al hombre; su explicación oculta fue transmitida por tradición (de boca a oído) a través de los siglos, y se dice que sus orígenes "se pierden en la noche de los tiempos"; los símbolos profanos, como los utilizados por la propaganda comercial y política, han sido por el contrario inventados por el hombre moderno; antiguamente no se conocían y modernamente se han generado y reproducido, convirtiéndose en un instrumento más que contribuye al adormecimiento de las gentes. Aquellos son manifestaciones de ideas-fuerza que ellos mismos sintetizan y concretan imprimiéndose en el interior de la conciencia de los que se abren a ellos; éstos influyen más bien en el psiquismo y no en la conciencia, evocando ideas e intenciones de un orden inferior.

Los símbolos sagrados son exactos y su contenido se encuentra expresado de una manera precisa en las distintas formas que adquieren; los profanos en cambio no tienen ningún contenido claro ni preciso y muchas veces son engañosos, pues exteriormente manifiestan cosas que interiormente no contienen. Nosotros nos manejamos únicamente con los primeros, pero no podemos dejar de observar los segundos, pues debemos aprender a distinguirlos claramente y también porque estos últimos nos ayudarán a desentrañar los signos de los tiempos que nos ha tocado vivir.

Por otra parte, es necesario distinguir en los símbolos dos aspectos opuestos y complementarios que también corresponden a dos maneras de encarar la realidad: lo exotérico y lo esotérico. El primero se refiere a lo externo, a la forma que el símbolo toma para expresarse sensiblemente; a su manifestación visible. El aspecto esotérico indica más bien lo interno; el contenido oculto en el símbolo mismo; la idea-fuerza o la energía inmanifestada e invisible que detrás del símbolo se encuentra. En el símbolo sagrado, el aspecto exotérico no es de ninguna manera arbitrario ni casual, por el contrario, obedece a ciertas leyes exactas y precisas, y es por esto que decimos que ambos aspectos se complementan: porque la manifestación externa del símbolo es la que trae al orden sensible aquello que pertenece a un orden superior a lo cual podremos llegar si logramos atravesar o traspasar el mero aspecto formal. Lo esotérico, pues, es anterior y por lo tanto jerárquicamente más alto que lo exotérico, y es a ello a lo que el lenguaje simbólico, bien entendido, nos debe conducir; pero el aspecto externo es también necesario para que el símbolo se exprese a nuestro orden sensible, velando su contenido a quienes no tienen ojos para ver lo interno de las cosas, pero más bien desvelándolo o revelándolo a los que sí están capacitados para ver.

De esta manera, lo exotérico puede variar, como de hecho varía, al expresarse en los diferentes órdenes de la existencia o en las distintas culturas; pero lo esotérico se mantiene invariable, de la misma forma en que una idea puede ser expresada en varios idiomas sin que su contenido se altere.

Si observamos los símbolos exclusivamente desde el punto de vista exotérico, encontraremos variadísimas formas de expresión simbólica en las distintas manifestaciones del universo y en los diversos pueblos; podremos, como lo hace la ciencia moderna, 'archivarlos' y exponerlos en museos y enciclopedias y hasta llegar a ser 'eruditos' conocedores de los mismos, pero no podremos llegar a su verdadero conocimiento y comprensión. Si, por el contrario, los abordamos desde el punto de vista esotérico, más bien nos daremos cuenta de la identidad de todas las culturas verdaderas; podremos observar cómo símbolos y sistemas simbólicos en apariencia muy diferentes pueden ser sin embargo idénticos en su contenido; y cómo la síntesis que se obtiene mediante las adecuadas relaciones entre los distintos órdenes de la existencia y entre los variados sistemas simbólicos de todos los pueblos, es lo que nos conduce a una verdadera comprensión y conocimiento de las energías secretas que detrás de los símbolos se ocultan.

Sin embargo, es necesario hacer la observación de que lo esotérico nada tiene que ver con el mal llamado 'ocultismo', ni mucho menos con las prácticas relacionadas con la hechicería y la superstición, como algunos modernos podrían estar tentados a creer, sino que por el contrario nos conduce más bien a lo más profundo de los misterios de la creación, ocultos en el interior de nuestra propia conciencia.

Debemos saber, de todas maneras, que modernamente han proliferado en el mundo corrientes de pensamiento que se hacen llamar esotéricas, provenientes de escuelas pseudo-iniciáticas, creadoras de falsos maestros y falsos profetas que no son otra cosa que simples profanadores de nuestros símbolos. Muchas veces con fines meramente comerciales, otras con el objeto de adquirir determinados "poderes" y algunas hasta con 'buena intención', han hecho aparecer cantidad de enseñanzas, literatura y hasta corrientes políticas que utilizan nuestros símbolos con otros fines, contribuyendo más bien a aumentar la confusión ya reinante. Con frecuencia es fácil distinguirlos, cuando son obras de meros charlatanes o fanáticos; pero debemos de cuidarnos en particular de aquellas falsificaciones que adquieren características de seriedad y hasta de cierta profundidad, muchas de las cuales ya han logrado incluso entrar en algunas de las logias.

Nuestra institución hace derivar sus orígenes de los centros iniciáticos de la antigüedad a través de los cuales se transmitió el lenguaje simbólico hasta nuestros días. A la masonería le ha correspondido durante los últimos siglos, la delicadísima función de ser, en Occidente, el guardián de estos símbolos y transmitir su profundo significado. Nuestra obligación, pues, es la de resguardar los símbolos y rescatar su sentido originario y primitivo, no con el objeto de aumentar simplemente nuestra erudición, sino más bien para aplicar este conocimiento a la vida.

El lenguaje simbólico tiene el poder de actuar en la vida cotidiana, y se dice que quienes se acercan a él de la manera adecuada podrán observar dentro de sí mismos la profunda acción transformadora ejercida por la energía que se encuentra detrás de nuestros símbolos tradicionales.

Nota
Este trabajo fue publicado en Símbolo, Rito, Iniciación. La Cosmogonía Masónica, de Siete Maestros Masones. Ed. Obelisco, Barcelona 1992.
 
 
 


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