Mostrando entradas con la etiqueta Albert G. Mackey - El Simbolismo Francmasónico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Albert G. Mackey - El Simbolismo Francmasónico. Mostrar todas las entradas

domingo, 14 de enero de 2018

SIMBOLOGÍA DE LA PALABRA PERDIDA


El símbolo, cuya existencia depende de un mito y al cual vamos a dedicar nuestra atención, es el de la Palabra Perdida, y su busca. Este símbolo abarca dentro de su esfera a todos los demás, siendo en sí la esencia misma de la ciencia del simbolismo masónico.

Para apreciar debidamente los demás símbolos es necesario conocer el origen de la Orden, porque ellos deben su creación a su relación con instituciones semejantes y anteriores a la Francmasonería; pero el simbolismo de la Palabra Perdida tiene relación exclusiva con el designio y objetos de la institución.

Definamos primeramente el símbolo, que después estudiaremos su interpretación.

La historia mítica de la Francmasonería refiere que hubo un tiempo en que existió una Palabra de valor inestimable que era venerada profundamente. Pocos la conocían y, con el tiempo acabó por perderse, siendo substituida por otra; pero, como la filosofía masónica enseña que no hay muerte sin resurrección, ni decaimiento sin restablecimiento posterior, se sigue de este principio que la pérdida de la Palabra implica su recuperación.

En esto consiste el mito de la Palabra Perdida y de su búsqueda. No tiene importancia el saber cuál era la Palabra, ni cómo se perdió, ni conocer la que la substituyó, ni cuando se recuperó, porque todos estos hechos tienen un valor secundario que, si bien son necesarios para conocer la historia legendaria, no son imprescindibles para poder comprender su simbolismo. El único detalle del mito en que debemos fijarnos en el curso de su interpretación es la idea abstracta de la existencia de una palabra perdida y su recuperación posterior.

Tal es el objetivo a que hemos de dirigir los pasos durante nuestra investigación. Pero, refiriéndose en este caso el simbolismo únicamente al gran objeto de la Francmasonería, parece lógico dedicarse primeramente al estudio de la naturaleza de este objeto.

¿Cuál es, pues, el objeto de la Francmasonería? La mayoría de sus discípulos llegan con excesiva precipitación a la conclusión de que es la caridad, en su sentido elevado, porque tienen en cuenta tan sólo los resultados prácticos, las nobles caridades que dispensa, las lágrimas de viudas que enjuga, los lamentos de huérfanos que acalla, las necesidades múltiples de desamparados que cubre.

Otros, recordando las placenteras reuniones de los banquetes, el trato franco que en ellos se alienta y las solemnes obligaciones de confianza mutua que se inculcan de continuo, creen que la Francmasonería tiene por objeto único el fomento de los sentimientos sociales y la fortificación de los lazos de amistad.

Aunque en las conferencias modernas se nos dice que el Amor Fraternal y la Caridad son "las dos principales doctrinas de la profesión francmasónica", también aprendemos en ellas que la verdad no es menos importante; la verdad en sentido estrictamente filosófico, en cuanto se opone a los errores y falsedades intelectuales y religiosos.

La Francmasonería primitiva de los antiguos se fundó con objeto de conservar la verdad originalmente comunicada a los patriarcas en toda su integridad, y hemos visto también que la Francmasonería espúrea, o sea, los Misterios, nacieron de la necesidad sentida por los sabios, filósofos y sacerdotes de volver a encontrar la verdad perdida. Esta misma verdad continuó siendo el objeto de la Francmasonería del templo, constituida al verificarse la unión del sistema primitivo o puro con el espúreo. Y, por último, hemos tratado de demostrar que esta verdad se relacionaba inextricablemente con la naturaleza de Dios y del alma humana.

Nosotros creemos que el objeto y el designio de la Francmasonería especulativa es la búsqueda de esta verdad.

Desde que empieza sus estudios masónicos se encamina al aspirante, por medio de símbolos significativos y enseñanzas expresivas a la adquisición de esta verdad divina; cuya lección se expone ampliamente en las leyendas y mitos del grado de Maestro.

Dios y el alma -la unidad del primero y la inmortalidad de la segunda- son las dos grandes verdades, cuya búsqueda constituye la ocupación constante de todo francmasón, de tal modo que, cuando se encuentran, se convierten en la piedra angular, o piedra fundamental del templo espiritual, "la casa no edificada con las manos” que él está erigiendo.

Esta idea de la búsqueda de la verdad es tan importante en la ciencia francmasónica, que no encontramos respuesta mejor a la pregunta: "¿Qué es la Francmasonería?" que decir que es una ciencia que tiene por objeto buscar la verdad divina.

Pero la Francmasonería es, sobre todo, un sistema de simbolismo, y todas sus enseñanzas se expresan por símbolos. Por lo tanto, no podemos creer que careciera de simbolismo una idea tan importante como ésta la cual constituye, como hemos dicho ya, el objeto fundamental de la institución, de modo que puede adoptarse para definir su ciencia.

Por lo tanto, la Palabra es para nosotros el símbolo de la verdad divina; y todas sus modificaciones su pérdida, substitución y recuperación, no son sino partes componentes del símbolo mítico, que representa la búsqueda de la verdad.

¿Cómo, pues, se ha conservado este simbolismo? ¿De qué manera ha de interpretarse la historia de esta Palabra para que todos sus accidentes de tiempo, lugar y circunstancia, tengan relación patente con la idea sustantiva que se ha tratado de simbolizar?

Las respuestas a estas preguntas abarcan quizás la parte más intrincada, ingeniosa e interesante de la ciencia masónica del simbolismo, el cual se puede interpretar en sentido general o particular.

En sentido general abarca toda la historia de la Francmasonería, desde su nacimiento hasta su consumación.

La búsqueda de la verdad es el epítome de la evolución intelectual y religiosa de la Orden, que comenzó cuando las multitudes se sumergieron en las profundas tinieblas morales donde parecía haberse extinguido el fuego de la verdad, a consecuencia de la dispersión de Babel.

Entonces, se perdió el nombre de Dios; dejóse de comprender su verdadera naturaleza, olvidáronse las divinas lecciones de nuestro padre Noé, corrompiéronse las antiguas tradiciones y se pervirtieron los antiguos símbolos. La carroña del sabeísmo había enterrado a la Verdad, y los cultos idolátricos del sol y de las estrellas habían substituido al antiquísimo del verdadero Dios.

Tinieblas morales esparciéronse sobre el haz de la tierra, cual nube impenetrable y densa, que obstruía los rayos del sol espiritual y cubría al pueblo con el tétrico paño mortuorio de la noche intelectual. Pero esta noche no podía ser eterna. Apuntaba otra brillante aurora, y, en medio de tanta obscuridad, quedaban aún unos pocos sabios cuyo sentimiento religioso les incitaba a buscar la verdad con avidez. Hasta en aquellos tiempos de tinieblas intelectuales y religiosas existieron obreros que buscaban la palabra perdida y que, aunque no pudieron lograr lo que se proponían, se aproximaron tanto a ello, que el resultado de su búsqueda podía simbolizarse de una manera relativamente satisfactoria por la Palabra Substituida.

La multitud idólatra perdió la Palabra, asesinó al Constructor y suspendió las obras del templo espiritual. De modo que, al perder de vista la existencia divina, fue desvaneciéndose cada vez más su conocimiento de Dios y de la religión pura que les enseñara Noé, terminando por caer en un grosero materialismo y en la idolatría.

Así es como se perdió la verdad -la Palabra- según se dice, o empleando las palabras de Hutchinson modificadas en relación con el tiempo, "podría decirse que, en esta situación, se perdió la guía del cielo, y fue muerto el Maestro-jefe de las obras de la rectitud. Las naciones se entregaron a la más grosera idolatría; y el servicio al verdadero Dios se borró de la memoria de los que cedieron al dominio del pecado".

El anhelo que sentían los filósofos y sacerdotes de los misterios antiguos o Francmasonería espúrea por descubrir la verdad, les indujo a buscar la Palabra Substituida.

Fueron sus obreros quienes vieron el golpe fatal, quienes conocieron que la Palabra no se había perdido, quienes se lanzaron en su busca.

Y ellos fueron también los que, al no poder rescatarla de la tumba del olvido en que había caído, con todos los esfuerzos de su sabiduría incompleta, se volvieron hacia las vagas y difusas tradiciones conservadas desde tiempos primitivos, y, con su ayuda, buscaron un substituto a la verdad en sus religiones filosóficas.

Schmidtz opina que los Misterios del mundo pagano, no son sino restos de la antigua religión pelásgica, y dice que "las asociaciones de personas creadas con objeto de celebrarlas debieron haberse formado cuando la influencia abrumadora de la religión helénica empezó a imponerse en Grecia, y cuando las personas que sentían reverencia por el culto practicado en tiempos anteriores se reunieron con objeto de conservar en lo posible la religión de sus antepasados".

De modo que, si aplicamos nuestra interpretación en sentido general y admitimos que la Palabra es el símbolo de la Verdad divina la narración de su pérdida y su búsqueda se convierte en símbolo mítico de la decadencia y pérdida de la verdadera religión de las naciones antiguas, y de los esfuerzos hechos por los filósofos y sacerdotes para encontrarla y retenerla en sus Misterios e iniciaciones secretas, a los que hemos designado hasta ahora con el nombre de Francmasonería espúrea de la antigüedad.

Pero hemos dicho, también, que además de la interpretación general, existe la particular, duplicidad simbólica, que no es corriente en Francmasonería.

En páginas anteriores hemos puesto un ejemplo de esta interpretación en el simbolismo del templo de Salomón, donde, en sentido general, el templo simboliza el edificio espiritual formado por la agregación de todos los individuos de la Orden, del cual es cada francmasón a modo de una piedra; y, en sentido individual, se considera que el mismo templo ha de verse como templo espiritual que debe levantar en su corazón todo francmasón.

Ahora bien, la Palabra, en sentido individual, con el mito de su pérdida, substitución y recuperación, viene a ser el símbolo de la evolución personal del candidato, desde la primera iniciación hasta la última, donde llega a conocer todos los secretos de los Misterios.

El aspirante empieza a buscar la verdad como aprendiz, envuelto en tinieblas, que busca la luz, la luz de la sabiduría, la luz de la verdad, la luz simbolizada por la Palabra. Para realizar esta importante tarea, que comienza a tientas, vacilante, dudoso y débil, se prepara purificando el corazón, y recibe la primera palabra substituta de la verdadera, que, como el pilar que los israelitas tenían ante sí en el desierto, ha de guiarle camino adelante en su jornada.

Se le ordena que coja todas las virtudes que ensanchan el corazón y dignifican el alma como báculo y zurrón de viaje, por medio de grandiosos símbolos y tipos, que asocian el primer grado con la juventud, se le inculcan las virtudes de saber guardar el secreto, la obediencia, la humildad, la confianza en Dios, la pureza de conciencia y la economía de tiempo.

En el grado de Compañero emprende otra ruta, porque ya ha pasado la juventud y ha llegado a la edad madura. Nuevos deberes y obligaciones recaen sobre el individuo. Esta etapa simboliza la parte de trabajo y pensamiento de la vida. En ella ha de cultivarse la ciencia, adquirirse la sabiduría y buscarse la palabra perdida -la Verdad divina- sin lograr por eso encontrarla todavía.

Luego llega la etapa de Maestro, con todo el simbolismo de la vejez: pruebas, sufrimientos, muerte. Y en ella también avanza el aspirante siempre adelante, clamando "por luz, más luz". La búsqueda está a punto de terminar; pero ha de aprenderse la humillante lección para la naturaleza humana de que, en esta vida triste y obscura, terrestre y carnal, no vive la verdad pura; y ha de contentarse el hombre con una substituta, esperando el momento en que pueda entrar en el segundo templo de la vida eterna en donde la Palabra, la Verdad Divina, nos enseñará que siempre hemos de aprender de Dios y del alma humana, emanación suya.
 
Así es como el Maestro Masón, una vez recibida la palabra que substituye a la perdida, aguarda pacientemente el momento de encontrar ésta y de alcanzar la sabiduría.

Pero por más que nos afanemos, jamás puede encontrarse enteramente la palabra simbólica -el conocimiento de la Verdad divina- en esta vida, o en la Cámara del Maestro Masón, su símbolo. La naturaleza mortal, la oculta de la vista de los ojos mortales anublando el intelecto humano. El hombre es capaz de recibir y apreciar la revelación más allá de la tumba, cuando se liberta de la pesada carga de su vida terrenal.

De ahí que, cuando hablamos de la recuperación de la Palabra, en un grado superior y suplementario a la Antigua Masonería, queramos dar a entender que esta parte sublime del sistema masónico simboliza el estado post mortem.

Porque la Verdad divina, a cuya busca dedicamos toda la vida, si no en vano, por lo menos sin éxito, así como su clave mística, únicamente puede encontrarse en el profundo abismo de la tumba, bajo los cimientos del edificio, cuando se derruya y venga abajo este templo de vida.

Ahora ya sabemos en qué consiste el trabajo masónico, que en sí no es más que otra forma del mismo símbolo. El trabajo del francmasón consiste únicamente en buscar la Palabra -hallar la Verdad divina- siendo esta Palabra el premio concedido a sus esfuerzos.

Los monjes de la antigüedad decían que el trabajo es una oración, "laborare est orare". Por eso, el culto de nuestras logias estriba en trabajar por la Palabra o por la Verdad, con la vista fija siempre hacia adelante y sin mirar jamás hacia atrás, esperando la consumación y la recompensa de nuestro trabajo en el conocimiento prometido a todo el que no se rezaga.

Goethe, que fue al par que poeta, francmasón, conocía a fondo todo este simbolismo de la vida del Maestro Masón cuando escribió la siguiente hermosa poesía:

“La conducta del masón, modelo es de existencia, cuya porfía dura lo que la vida de los hombres.

El futuro guarda en su preñado seno alegrías y tristezas; pero nosotros avanzamos por él sin que nada nos acobarde.

Ante nuestros ojos se abre el velado y sombrío portal en donde acaban los mortales. Sobre nuestras cabezas duermen estrellas silenciosas; bajo nuestros pies calladas tumbas.

Y, mientras contemplamos ansiosos este presagio de terror, acércanse el fantasma y el error a llenar de turbadoras dudas y temores a los más valientes.

Pero oíd el clamor de la opinión, de los sabios, de los mundos y de los siglos:
 
"Elegid bien, que la elección es breve, pero infinita. ¡Oh, valientes!, en el silencio de la eternidad unos ojos os contemplan. Aquí todo es llenedumbre de recompensas; trabajad con empeño y arrojo y no perdáis la esperanza."

Al terminar esta obra, tan inadecuada a la importancia de los temas tratados en ella, puede hacerse, por lo menos una deducción de todo cuanto llevamos dicho.

Historiando la evolución de la Francmasonería y detallando su sistema simbólico, adviértese que está tan íntimamente relacionado con la historia de la filosofía, la religión y el arte, en todas las épocas del mundo, que tenemos la convicción de que ningún francmasón puede llegar a comprender su naturaleza o apreciar su carácter científico, a menos que se dedique asidua y esforzadamente al estudio de su sistema.

La habilidad de repetir sin equivocarse las lecturas ordinarias, cumplir con todos los requisitos ceremoniosos del ritual y dar con precisión los signos del retejador, no es más que el rudimento de la ciencia masónica.

Pero la Francmasonería tiene que ver con series de doctrinas mucho más elevadas. Ellas son las que constituyen la ciencia y la filosofía de la Francmasonería, ellas las que únicamente premiarán con creces los esfuerzos de quienes se dediquen a estudiarlas.

La Francmasonería ha dejado de ser una institución meramente social, para adoptar su posición original y evidente de ciencia especulativa. Mientras se conserva aún el ritual, como joyel donde se guarda la preciada perla; mientras se ejerce en ella la caridad, como resultado necesario, pero incidental de sus doctrinas morales; mientras se cultivan todavía sus tendencias sociales cual cemento que une la bella simetría y fortaleza de la fábrica toda, el alma masónica anda por todas partes buscando y pidiendo algo que nos alimente como el maná del desierto, con pan intelectual, en nuestro viaje de peregrinación por la tierra.

El mundo masónico clama universalmente por la luz; de ahora en adelante, nuestras logias han de convertirse en escuelas; nuestro trabajo ha de ser el estudio; nuestro salario, la cultura; los tipos, símbolos, mitos y alegorías de la institución han de empezar a investigarse en relación con su significado último; en nuestra historia han de buscar los celosos investigadores su conexión con la antigüedad.

Los francmasones comprenden ahora en toda su amplitud la definición tantas veces citada de que: "La Masonería es una ciencia de moral, velada en alegorías y esclarecida por medio de símbolos. "

Por lo tanto, aprender Francmasonería es conocer nuestro trabajo y realizarlo bien. ¿Cuál será el buen obrero que se atreva a no realizar esta labor?

Autor: Albert G. Mackey
El Simbolismo Francmasónico




martes, 21 de noviembre de 2017

EL SIMBOLISMO DE LAS ESCALERAS DE CARACOL

 
Antes de proceder al examen de las más importantes leyendas míticas pertenecientes al grado de Maestro, creemos que no dejará de ser interesante e instructivo el estudiar la única relacionada con el grado de Compañero masón, es decir, la que se refiere al ascenso alegórico de las Escaleras de Caracol para llegar a la Cámara del medio y recibir el simbólico pago del salario.

Aunque la leyenda de las escaleras de caracol es una importante tradición del antiguo arte de la Francmasonería, sólo se encuentra una alusión a ella en las sagradas escrituras, la cual puede verse en el capítulo sexto del primer Libro de los Reyes, donde dice: "La puerta del aposento de en medio estaba al lado derecho de la casa; y se subía por un caracol al de en medio, y del aposento de en medio al tercero."
 
Con estos escasos y medrados materiales se ha formado una alegoría, cuya belleza trascendental se descubre estudiando sus relaciones simbólicas. Sin embargo, esta tradición sólo debe estudiarse como símbolo, porque los hechos históricos y los detalles arquitectónicos que se encuentran en ella, nos impiden suponer que la leyenda, tal como se enseña en el segundo grado de la Francmasonería, sea algo más que un magno mito filosófico.

Investiguemos el verdadero objeto de esta leyenda y aprendamos la lección de simbolismo que trata de enseñar.

Al investigar la verdadera significación de todo símbolo y alegoría masónicos, debemos guiarnos por el único principio de que el objeto de la Francmasonería especulativa es investigar la verdad divina. A este objeto fundamental se supeditan todos los demás. Desde el momento en que el Francmasón recibe la primera iniciación hasta que logra disfrutar plenamente de la luz masónica, es un investigador, un trabajador de las canteras del templo, cuya recompensa es la verdad. Todas las ceremonias y tradiciones de la Orden tienden a este objeto último.

¿Qué luz hay que buscar en la Orden? La luz intelectual de la sabiduría y de la verdad. ¿Qué palabra ha de perseguirse? La palabra que es el símbolo de la verdad. ¿Se ha prometido la pérdida de alguna cosa? Esta pérdida simboliza el fracaso humano en descubrir la verdad, debido a la flaqueza de su naturaleza. ¿Existe algún substituto de esta pérdida? Una alegoría que nos enseña que, en este mundo, el hombre sólo puede tener una idea aproximada de la verdad.

De ahí que en la Francmasonería exista la evolución, simbolizada en sus ceremonias iniciáticas. En ellas se avanza desde lo inferior a lo superior - de las tinieblas a la luz,- de la muerte a la vida, del error a la verdad. El candidato asciende continuamente; nunca se estaciona, ni retrocede, pues cada paso que da le produce nueva iluminación mental: el conocimiento de una doctrina más elevada.

La doctrina de la Francmasonería es la misma que la del Divino Maestro cuando dijo: "El hombre que pone la mano en el arado y mira hacia atrás no entra en el reino de los cielos", lo que nos recuerda el precepto de Pitágoras: "No mires hacia atrás cuando viajes, porque si tal haces te acompañarán las Furias."

Ahora bien, este principio del simbolismo masónico, se encuentra en muchos lugares de todos los grados. En el de aprendiz se desarrolla en la escalera teológica, que, descansando en la tierra, llega hasta los cielos. De esta manera se inculca la idea del ascenso de lo inferior a lo superior como objeto de la labor masónica.

En el grado de Maestro toma forma más religiosa, encontrándose en la resurrección, en el cambio de la obscuridad de la tumba al santo de los santos de la Divina presencia.

Este principio se encuentra también en la ceremonia de circunvalación de todos los grados, en la cual se verifica una inquisición gradual, pasando desde el jefe inferior a los superiores. Y, por último, esta idea simbólica se expone en el grado de Compañero en la leyenda de las escaleras de caracol.

Al investigar el simbolismo de las escaleras de caracol, ha de buscarse su explicación en relación con su origen, número de objetos que recuerdan y terminación, pero sobre todo estudiando su objeto fundamental consistente en la evolución ascendente.

Dícese que las escaleras de caracol comenzaban en el pórtico del templo, es decir, en la misma entrada; pero en la ciencia del simbolismo masónico no hay cosa de que se dude menos que de que el templo es la representación del mundo, purificado por Shekinah. El mundo profano es el exterior del templo; el de los iniciados se encuentra dentro del recinto de sus muros.

De aquí que las frases entrar en el templo, pasar al pórtico, hacerse francmasón, y nacer en el mundo de la luz masónica, sean sinónimas. Aquí es donde comienza el simbolismo de las escaleras de caracol.

Cuando el aprendiz traspasa el pórtico del templo, empieza a vivir masónicamente; pero el primer grado de la Francmasonería, así como de los misterios menores de los sistemas antiguos, no sirve sino de preparación o purificación para elevarse a grados superiores. El aprendiz es a manera de un niño, y las lecciones que recibe purifican su corazón y le preparan para encontrar la iluminación mental en los grados siguientes.

Al llegar a Compañero Masón el aspirante ha avanzado un paso más, y como este grado simboliza la juventud, en él empieza su educación intelectual. Y es aquí, en el lugar que separa el pórtico del santuario, donde termina la infancia y comienza la juventud, donde encuentra ante sí una escalera que le invita a subir, y le enseña que debe comenzar a realizar su labor masónica y emprender las gloriosas y difíciles investigaciones que le han de procurar la posesión de la verdad. Las escaleras de caracol empiezan cuando el candidato ha entrado en el pórtico, entre las columnas de la fuerza y de la fundación, como símbolo significativo de que, tan pronto como haya pasado los años de la infancia y comenzado su vida de hombre, debe tener siempre ante sí como primer deber la tarea ardua del mejoramiento personal. Si quiere ser digno de su vocación no puede permanecer quieto; su destino de ser inmortal le obliga a subir paso a paso hasta alcanzar la cumbre, donde le esperan los tesoros de la sabiduría.

El número de peldaños es siempre impar en todos los sistemas. Vitruvio dice que a los templos antiguos se llegaba siempre por escalones impares, y cree que se hacía así porque, comenzando a subir el primer peldaño con el pie derecho, el devoto entraba con el mismo pie en el templo, lo cual se consideraba buen presagio.

Pero lo cierto es que los francmasones tomaron el simbolismo numérico del sistema pitagórico. En este sistema en el que se creía que los números más perfectos eran los impares, jugaba un papel importantísimo el simbolismo. Por esta razón, predominan los impares en el sistema francmasónico, y mientras que los números tres, cinco, siete, nueve, quince y veintisiete son símbolos importantes, raras veces se habla del dos, cuatro, seis, ocho o diez. Por lo tanto, el número impar de peldaños simbolizaba la idea de perfección, a la cual debla de tender el aspirante.

El número de escaleras ha variado según las épocas. Se han encontrado trazados de arquitectura o carpetas masónicas del último siglo en que sólo se habían dibujado cinco escaleras, y otros en que éstas ascienden a siete. Las conferencias prestonianas, leídas en Inglaterra a comienzos del siglo diez y nueve, fijan en treinta y ocho el número de peldaños, dividiéndolos en series de una, tres, cinco, siete, nueve y once.

El error de poner un número par de escaleras, con el que se violaba el principio pitagórico de los números impares como símbolos de perfección, se corrigió en las conferencias de Hemining, las cuales se adoptaron cuando se verificó la unión de las dos Grandes Logias de Inglaterra, desechando también el once por suponer que se explicaba de forma sectaria.

En los Estados Unidos se redujo su número a quince, dividiéndolo en series de tres, cinco y siete. Nosotros adoptaremos esta división americana cuando expliquemos el simbolismo, si bien el número particular de peldaños, o el método peculiar de su división en series no afectan para nada al simbolismo general de la leyenda.

Así, pues, en el segundo grado de la Francmasonería el candidato representa al hombre que comienza la jornada de la vida, teniendo por tarea el perfeccionamiento de su ser. Para que pueda realizar este trabajo se promete recompensarle con desarrollar todas sus facultades intelectuales, la elevación espiritual y moral de su carácter, y la adquisición de la verdad y de la sabiduría.

Ahora bien, el logro de esta condición moral e intelectual supone la sublimación del carácter, el ascenso desde la vida inferior a la superior, el paso desde la fatiga y las dificultades, a la completa fruición de la sabiduría, empezando por enseñanzas rudimentarias. Tal es lo que simbolizan las Escaleras de Caracol, a cuyos pies permanece el aspirante, presto a escalar el fatigoso graderío, mientras que, en lo más alto, se ve "ese brillante jeroglífico que únicamente pueden contemplar los artífices" y que es el emblema de la verdad divina.

Ya dijo un célebre autor que: "Estos pasos, como todos los símbolos masónicos, son ejemplos de disciplina y de doctrina, así como de ciencia metafísica, natural y matemática, y nos abren las puertas para hacer una extensa investigación especulativa y moral."

El candidato comienza el fatigoso ascenso incitado por su amor a la virtud y su deseo de conocimiento, ávido de la recompensa de verdad que se le ofrece. En cada división hace una pausa, para reunir las enseñanzas del simbolismo que le llaman la atención en ella.

Durante la primera pausa se le instruye en la organización peculiar de la Orden de que es discípulo; pero si las enseñanzas que entonces se le dan se tomaran en sentido literal no merecerían esfuerzo alguno. El rango de los jefes directores y los nombres de los grados de que consta la institución, no le proporcionan conocimientos que no pudiera poseer antes. Por lo tanto, el valor representativo de esta parte de la ceremonia, debe buscarse en su significación simbólica.

Cuando se explica al aspirante la organización de la orden masónica, es para que tenga presente la unión de los hombres en sociedad y la formación del estado social surgido del estado de naturaleza. Por lo tanto, al comenzar la jornada se le invita a que medite en los beneficios que produce la civilización y en los frutos de virtud y sabiduría que se cosechan en esta condición. La misma Francmasonería no es más que un producto de la civilización, que ha servido para extender esta condición de humanidad.

Todos los monumentos antiguos que han sobrevivido a los percances de la historia demuestran que el hombre comenzó a organizar misterios religiosos y a separar lo sagrado de lo profano, valiéndose de una suerte de instinto divino, tan pronto como pasó del estado salvaje al social.

Entonces se inventaron la arquitectura y todas sus artes afines para edificar moradas con que protegerse contra las inclemencias del tiempo y las vicisitudes de las estaciones; y por último, se ideó la geometría, ciencia necesaria para que los cultivadores del campo pudieran medir sus tierras y señalar el límite de sus pertenencias.

Todas estas son las características peculiares de la Francmasonería especulativa, la cual viene a ser el arquetipo de la civilización, estando la primera en la misma relación respecto al mundo profano, que la última con el estado salvaje. Por eso nos parece acertadísimo este simbolismo que comienza a cultivar la sed de saber y el ansia de verdad del candidato, primer paso de su escala ascendente, recordándole que la civilización y la unión social de la humanidad son pasos necesarios para el logro de estos objetos. Valiéndonos de nuestro lenguaje simbólico, revestimos la historia de la organización de la sociedad con el ropaje de las alusiones a los cargos de la Logia y a los grados de la Francmasonería. A medida que el candidato adelanta, se le invita a contemplar otras series de instrucciones. Los sentidos humanos, apropiados canales para recibir todas las ideas de percepción y que constituyen, por lo tanto, las fuentes más importantes de nuestros conocimientos, simbolizan en Francmasonería el cultivo del intelecto.

También se alude con ello a la Arquitectura como arte más importante en el bienestar humano, y no porque tenga relación íntima con la Francmasonería operativa, 'sino por ser el arquetipo de otras artes útiles. Por eso en la segunda pausa que hace el candidato cuando sube las escaleras de caracol, se le recuerda que es necesario que cultive el conocimiento práctico.

Hasta este momento, pues, las instrucciones que ha recibido él se refieren a su situación en la sociedad como miembro de la gran agrupación social, ya que para ser miembro útil y necesario en ella debe adquirir el conocimiento de las artes de la vida práctica.

Pero su lema debe ser "Excélsior": ha de seguir avanzando, porque todavía no ha alcanzado la cumbre de la escalera; aún le quedan tesoros de sabiduría que buscar, y no ha logrado la recompensa, ni ha llegado a la Cámara del medio, aposento de la verdad.

Por lo tanto, al hacer la tercera pausa llega al lugar en que se explica el círculo completo de la ciencia humana. Sabido es que los símbolos son arbitrarios y que tienen una significación convencional, de modo que también podría haberse simbolizado el círculo de la ciencia humana por otro signo o serie de doctrinas que el de las siete ciencias y artes liberales. Pero la Francmasonería es institución antigua, y el hecho de que eligiera como símbolo de todos los conocimientos humanos las siete ciencias y artes liberales es una de las pruebas más fecundas de su antigüedad.

En el siglo séptimo y mucho tiempo después, todos los conocimientos de los más distinguidos filósofos y de las más célebres escuelas se contenían en las llamadas artes y ciencias liberales, que consistían en las dos ramas del trivium y del quadrivium. En el trivium se estudiaban la gramática, la retórica y la lógica; en el quadrivium, la aritmética, la geometría, la música y la astronomía.

"La ciencia universal estaba contenida en estos siete títulos. Quien era maestro en ellos no necesitaba preceptor alguno que le explicase los libros o le resolviese los problemas que abarcaba la razón, pues el conocimiento del trivium le había dado la clave de todo lenguaje humano, y el del quadrivium le había descubierto las leyes secretas de la naturaleza", dice Enfield en su "Historia de la Filosofía" (vol. II, Pág. 337). Estas dos palabras latinas, son verdaderamente clásicas; pero su significación es medieval. Para los romanos antiguos, trivium quería decir el lugar en donde se reúnen tres vías, y quadrivium, la encrucijada que forman dos caminos. Cuando hablamos de senderos de sabiduría, descubrimos el origen de la significación dada por los filósofos escolásticos a estos términos.

El mismo autor dice que hubo un período en que bastaba conocer el trivium y el quadrivium, cosa que hacían pocos, para ser considerado como filósofo. Por lo tanto, la adopción de las siete ciencias y artes liberales como símbolo de todos los conocimientos humanos, es atinadísima. Cuando el candidato ha llegado a este punto se supone que ha realizado la tarea para cuya realización entró en la Orden, pues ha subido el último peldaño y está en condiciones de recibir la fruición plena de los conocimientos humanos. Hasta aquí podemos penetrar en el verdadero simbolismo de las Escaleras de Caracol, que representan el progreso de la mente investigadora en el cultivo del intelecto y del estudio, y la adquisición previa de toda ciencia humana, como paso preliminar para poder alcanzar la verdad divina, la cual se simboliza en Francmasonería por medio de la PALABRA. Veamos ahora cuál es el simbolismo de los números, presentado por primera vez al estudiante masón en la Leyenda de las Escaleras de Caracol. Los masones tornaron de la escuela pitagórica la teoría de los números como símbolos de ciertas cualidades. Sin embargo, no podemos tratar extensamente sobre esta doctrina, porque el simbolismo numeral de la Francmasonería requiere un ensayo más amplio. Baste con advertir que el hecho de que el número total de peldaños sea quince en el sistema americano, es un símbolo significativo, ya que este número era tenido por sagrado entre los orientales, porque el valor numérico de las letras de que se compone el nombre sagrado JAH, es quince; por eso hacían un poderoso talismán dibujando una figura en la que colocaban los nueve dígitos de tal forma que tanto las columnas horizontales como las verticales y las diagonales sumaran siempre quince. (Este talismán era la figura siguiente, que, a veces, recibía el nombre de cuadrado mágico).


Por lo tanto, los quince peldaños de las escaleras de caracol, simbolizan el nombre de Dios.
 
Pero no hemos terminado todavía. Se recordará que se prometía una recompensa a quien lograba subir las escaleras de caracol. Ahora bien, ¿cuál era el salario de los francmasones? No les daban moneda, ni trigo, ni vino, ni aceite, pues todos estos objetos no son más que símbolos. Su salario era la Verdad, o una aproximación de ella, apropiada al grado en que se les había iniciado.

La doctrina de que los francmasones han de buscar siempre la verdad, sin lograr encontrarla jamás, es una de las más bellas y abstrusas de la ciencia del simbolismo masónico. Esta verdad divina, objeto de todos sus esfuerzos, se simboliza por medio de la PALABRA, de la cual todos sabemos que sólo se puede encontrar una palabra substituta; con ello se trata de enseñar la humillante pero necesaria lección de que en esta vida no puede adquirirse jamás el conocimiento de la, naturaleza de Dios y la relación del hombre con Él, cuyo conocimiento constituye la verdad divina.

Este conocimiento únicamente se alcanza cuando las puertas de la tumba se abren ante nosotros y entramos en una vida más perfecta. ¡Cuán feliz es el hombre que desciende a las profundidades de la tierra, habiendo contemplado estos misterios; quien conoce el fin de la vida, conoce también su origen!, dice el padre de la poesía lírica.

La Cámara de en medio simboliza esta vida, donde únicamente puede darse el símbolo de la palabra, donde sólo se percibe un vislumbre de la verdad, y donde, sin embargo, aprendemos que esta verdad ha de consistir en el conocimiento perfecto del G.·. A.·. D.·. U.·.. En esto consiste la recompensa con que se premia el francmasón; se le pone en el camino de la verdad, pero debe viajar y ascender hasta lograr alcanzarla.

De modo que la bella leyenda de las escaleras de caracol sólo debe estudiarse como símbolo, pues si intentáramos hacerlo como hecho histórico, los hombres cuerdos se reirían de nuestra credulidad.

Quienes la inventaron no quisieron que creyésemos en su historicidad, porque cuando nos la ofrecieron como gran mito filosófico, no sospecharon ni remotamente que pudiésemos dejar a un lado las sublimes enseñanzas morales que encierra, para aceptarla como hecho histórico, sin sentido alguno y completamente en desacuerdo con los anales de las Escrituras y con todo viso de probabilidad. Suponer que en el estrecho recinto (le las cámaras del templo se pudiera pajar mensualmente a ochenta mil obreros es un disparate.

Pero creer que toda esa representación gráfica de tina, ascensión al lugar donde se pagaban los salarios, por una escalera de caracol, es una alegoría que tiene por objeto enseñarnos la ascensión de la mente desde la ignorancia, a través de las fatigas del estudio y de la dificultad en obtener conocimientos, recibiendo ora un poco y después otro poco, añadiendo a cada paso algo al núcleo (le nuestras ideas, hasta obtener la recompensa en la cámara de en medio, donde se confiere al intelecto culto el premio que le indica cómo ha de buscar a Dios y a su verdad; creer esto, decimos, es creer y conocer el verdadero objeto de la Francmasonería especulativa, único objeto digno de los hombres buenos, sabios y estudiosos.

Los detalles históricos de la leyenda son infructuosos, pero en cambio, sus símbolos y alegorías son fértiles en enseñanzas.

 
Fuente: El Simbolismo Francmasónico - Robert Gallatín Mackey.
 
 

LOS ALTOS GRADOS EN LA MASONERÍA

LOS ALTOS GRADOS EN LA MASONERÍA

Comienzos de la Masonería en los distintos países del mundo

ÉTICA Y CÓDIGO MORAL MASÓNICO

DICCIONARIO DE CONCEPTOS MASÓNICOS

MÚSICA MASÓNICA

ORACIONES PARA MASONES

TEXTOS, PLANCHAS, LITERATURA MASÓNICA

TEXTOS, PLANCHAS, LITERATURA MASÓNICA

INSTRUCCIONES, LITURGIAS, CATECISMOS, MANUALES...

INSTRUCCIONES, LITURGIAS, CATECISMOS, MANUALES...

VISITA MI CANAL EN YOUTUBE

VISITA MI CANAL EN YOUTUBE
ORACIONES DEL MUNDO EN VIDEO

SIGUE MIS PUBLICACIONES EN FACEBOOK