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miércoles, 4 de julio de 2018

PLEGARIA, ORÁCULO Y METARMOFOSIS DE LUCIO APULEYO POR LA DIOSA ISIS


Hubo en la antigüedad  un extraordinario afán entre ilustres filósofos extranjeros por instruirse en Egipto y sobre todo por conseguir que se les iniciase en los célebres misterios de aquel sacerdocio.
 
Herodoto, Pitágoras, Platón y otros insignes maestros de la clásica antigüedad pagaron tributo a esta que no sabemos si llamar preocupación o aspiración justificada. Como quiera que sea, por espacio de siglos los más sobresalientes ingenios fueron a buscar en las orillas del Nilo un diploma de capacidad que ya tenían sobradamente conquistado con sus obras inmortales. Cualquier persona medianamente versada en el estudio de los clásicos latinos recordará al tratar de este asunto el precioso libro XI y último de la Metamorfosis de Apuleyo.

El héroe de esta famosa obra había sido trasformado en jumento por la mala imprudencia de una maga intrusa en el arte de las hijas de Tesalia y en vano había buscado a través de mil aventuras un medio para recobrar su prístina fortuna.
 
Hallábase una noche tendido en una plaza solitaria, cuando de improviso despertó sobresaltado por el brillante resplandor de la luna que elevaba su disco del seno de los mares. El silencio, la soledad y el misterio invitaban el ánimo al recogimiento. El pobre fugitivo pensaba que la luna ejerce un poder soberano sobre todas las cosas de la tierra, de los cielos y del fondo de las aguas y se le ocurrió la idea de adorar a la diosa. Se zambulló en el mar para purificarse e introduciendo la cabeza siete veces en las olas, teniendo presente el valor místico que el divino Pitágoras atribula a este número y lleno de fervor, dirigió a la divinidad esta sentida plegaria:

Reina de los cielos,
quien quiera que seas,
benéfica Ceres,
madre de las espigas,
inventora de la agricultura
que gozosa de haber recobrado a tu hija,
enseñaste al hombre a reemplazar
los salvajes banquetes con más dulce alimento.
 
 Tú, que proteges las campiñas de Eulesis;
Venus celeste,
que desde los primeros días del mundo
diste el ser al Amor
para hacer que cesase
el antagonismo de los sexos
y perpetuar por la generación
la existencia de la raza humana.
 
Tú que te complaces en habitar
el templo insular de Pafos;
casta hermana de Febo,
cuya asistencia al trabajo del alumbramiento
ha poblado el vasto universo;
divinidad adorada
en el magnífico santuario de Efeso;
formidable Proserpina,
la del nocturno aullido
que bajo tu triple forma
tienes en la obediencia las sombras;
carcelera de las prisiones subterráneas del globo.
 
Tú, que recorres como soberana
tantos bosques sagrados,
divinidad adorada con cien cultos diversos,
cuyos púdicos rayos
platean los muros de nuestras ciudades
y hacen penetrar un fecundo rocío
en los alegres surcos de nuestros campos;
que nos consuelas de la ausencia del sol,
dispensándonos tu pálida luz;
sean cuales fueren el nombre,
el rito y el aspecto con que haya de invocarte,
dígnate asistirme en mi desgracia
y fortalecer mi vacilante fortuna.
 
Permite que después de tantos azares
obtenga al fin paz o tregua
y no haya de sufrir más pruebas ni contrariedades.
 
Líbrame de esta asquerosa forma de cuadrúpedo; devuélveme a las miradas de los míos
y restitúyeme mi forma de Lucio.
 
Si algún dios irritado me persigue
con implacable enojo,
déjame morir a lo menos,
ya que vivir no puedo.

Terminada esta plegaria cayó el infeliz en un gran abatimiento, hallando por dicha el consuelo que ansiaba en un sueño reparador. Sin embargo, a los pocos momentos se elevó del seno de los mares un rostro imponente, siguiéndole luego un cuerpo dotado de vivísimos resplandores.

Una larga y espesa cabellera partida en graciosos bucles flotaba detrás del cuello de la diosa y una corona de flores que llevaba en la cabeza se junta en su frente a un espejo, cuya blanca claridad daba a conocer a la luna, en tanto que en sus sienes alzaban la cabeza dos grupos de víboras.

Llevaba un vestido de hechiceros cambiantes y un negro manto guarnecido con ricas franjas y bordado de estrellas, en el centro del cual brillaba la luna llena con todo su esplendor. La diosa tenia en la diestra un sistro de bronce encorvado y con tres varillas, cuyo choque producía un agudo retintín. En la mano izquierda llevaba un jarro de oro en forma de góndola, cuya asa, en la parte saliente, estaba dominada por un áspid con la cabeza erguida y el cuello desmesuradamente inclinado. Calzaban sus pies divinos unas sandalias tejidas con hojas de palmera, árbol de la victoria.

Rodeada de tan imponente aparato y exhalando todos los perfumes de la Arabia, la divina aparición se dignó pronunciar estas palabras:

- He venido á ti, Lucio, conmovida por tus ruegos. Yo soy la Naturaleza, madre de todas las cosas, señora de los elementos, principio original de los siglos, divinidad suprema, reina de los Manes, la primera entre los habitantes del cielo, tipo universal de los dioses y diosas. El Empíreo y sus bóvedas luminosas, el mar y sus brisas salobres, el infierno y sus caos silenciosos obedecen a mis leyes: soy la potestad única adorada bajo tantos aspectos, formas, cultos y nombres como pueblos hay sobre la tierra. Para la raza primitiva de los frigios soy la diosa de Pesinunte y la madre de los dioses; los autóctonos del Ática me llaman Minerva Cecropia. Soy la Venus de Pafos para los insulares de Chipre y la Diana Dictina para los Cretenses. En las tres lenguas de Sicilia me llamo Proserpina Estigia y en Eleusis Ceres Antigua. Unos me invocan con el nombre de Juno, otros con el de Pelona; acá soy Hécate, allá Rhamnusia; pero solo los pueblos de la Etiopía, de la Ariana y del antiguo y docto Egipto, comarcas que el sol favorece con sus rayos nacientes, me tributan verdadero culto dándome mi propio nombre de diosa Isis.

Seca tus lágrimas, cesa en tus gemidos; me he compadecido de tus infortunios y vengo a ti favorable y propicia. Destierra el negro pesar; mi providencia hará muy pronto que brille para ti el día de la salvación. Presta pues oído atento a mis mandatos. El día que nacerá de esta noche me fue consagrado por la religión de todos los siglos. En este día el invierno habrá huido con sus tempestades, las encrespadas olas habrán recobrado la calma y el mar volverá a ser navegable. Mis sacerdotes van a ofrecerme una nave, virgen aún del contacto de las ondas, como inauguración del comercio renaciente. Espera esta solemnidad con el corazón confiado y el ánimo fervoroso.

El gran sacerdote llevará por orden mía una corona de rosas junto al sistro.

Ábrete paso sin vacilar a través de la muchedumbre y júntate a esa pompa solemne; acércate al pontífice como si quisieses besarle la mano y cogiendo las rosas te verás repentinamente despojado de esa forma odiosa. Ejecuta sin inquietud mis órdenes, pues en este mismo instante, aunque me ves aquí, mi pontífice recibe en sueños instrucciones para lo que ha de hacer.

Por orden mía la multitud popular te abrirá paso, sin que nadie se admire en esa solemnidad de tu deforme figura ni de tu repentina mudanza. Recuerda, sin embargo, y conserva muy grabado en el fondo de tu corazón, que lo que te queda de vida, hasta tu último suspiro, me está consagrado, pues tus días devueltos a la humanidad por mi benéfico poder me pertenecen de derecho. Bajo mi tutela vivirás feliz y glorioso y cuando al llegar al término prescrito desciendas a las sombrías orillas; en ese subterráneo hemisferio volverás a encontrarme resplandeciente en medio de la noche del Aqueronte reinando sobre el Estigio y huésped de los Campos Elíseos continuarás tributando piadosos homenajes a tu divina protectora.


Sabe que si te haces digno de ello por tu culto asiduo, tu fervorosa devoción y tu pureza inviolable, puedo prolongar tus días allende el plazo que fijaron los Hados.

Terminado este oráculo desapareció la gloriosa visión, despertando Lucio extremadamente gozoso y conmovido.

Ya en esto empezaba el sol  a dorar el horizonte y los habitantes, ansiosos de contemplar la pompa triunfal, acudían en muchedumbre a las plazas públicas. Todo parecía respirar el gozo más intenso; la temperatura era tibia, el aire suave, el mar estaba tranquilo, el cielo sin nubes y las aves gorjeaban entre el follaje como saludando el alegre despertar de la naturaleza.

Al poco rato empezó a desfilar un cortejo compuesto de muchas personas vestidas con gran variedad de trajes, según los votos que hablan hecho a la divinidad. El uno ceñía el talabarte como un soldado, el otro vestía a guisa de cazador, arremangada la clámide, con la pica al hombro y el cuchillo en la mano. Aquel calzaba dorados borceguíes y su vestido de seda, sus lujosos atavíos, la afeminada disposición de sus cabellos y la molicie de su modo de andar lo asemejaban a una mujer. Aquel llevaba el casco, el broquel y la espada como si acabara de salir del circo de los gladiadores. Otro con la púrpura y las haces parodiaba al magistrado y más allá un hombre extrañamente vestido, con sandalias, capa, el bastón en la mano y la barba de chivo imitaba a los filósofos. Había también un pajarero con sus redes y un pescador con su caña. Llamaba igualmente la atención una osa domesticada que llevaban en una silla, vestida de gran señora y un mono cubierto con el gorro frigio que con una copa de oro en la mano tenia la pretensión de figurar al hermoso Ganimedes. Por último venia un asno con alas montado por un decrépito anciano: esta pareja parodiaba a Pegaso y a Belerofonte de modo que hacia desternillar de risa.

En medio de estas burlescas personificaciones, regocijo del populacho, avanzaba majestuosamente el cortejo de la diosa, varios grupos de mujeres vestidas de blanco y coronadas de guirnaldas de flores primaverales, echaban flores a su paso, otras aparentaban arreglarle la cabellera con peines de marfil y otras por último perfumaban el ambiente regando el suelo con preciosas esencias.

Seguía en pos un numeroso concurso de personas de uno y otro sexo, con linternas, antorchas y otras luces, homenaje simbólico al principio generador de los cuerpos celestes. Seguían dos clases de flautas formando agradables conciertos y dos coros de jóvenes vestidos de blanco y entonando un hermoso himno. Iban entre ellos los músicos del gran Serapis, tocando la música especialmente consagrada a esta divinidad. Desfilaban después muchos oficiales seguidos de los iniciados en los sacros misterios, todos vestidos de lino de deslumbrante blancura; las mujeres cubierta con velos trasparentes su cabellera inundada de esencias y los hombres con la cabeza afeitada. Estos llevaban sistros de bronce, de plata y de oro que agitaban haciéndoles producir agudos sonidos.

Desfiló después el cuerpo imponente de los pontífices, vestidos con blancas túnicas de lino ceñidas a la cintura, que les bajaban hasta los talones. Su jefe llevaba una lámpara que despedía vivísima claridad y tenia la forma de una nave de oro; el segundo llevaba los dos altares llamados socorros; el tercero una palma de oro y el caduceo de Mercurio; el cuarto llevaba una mano abierta, símbolo de la justicia y un jarrón de oro lleno de leche; el quinto, una criba de oro llena de ramos del mismo metal; el postrero llevaba una ánfora.

Después de los pontífices venían los dioses.

Primeramente el intermediario divino de las relaciones del cielo con los infiernos, erguida su perruna cabeza, con el caduceo en la mano izquierda y una palma verde en la derecha. Después seguía una vaca emblema de la diosa, madre de toda fecundidad. Otro llevaba la cesta misteriosa que ocultaba a los ojos los secretos de la sublime religión. Otro oprimía en sus brazos afortunados la efigie venerable de la omnipotente diosa, efigie que no se parecía al ave ni al cuadrúpedo domesticado o montaraz, ni tampoco al hombre; pero venerable por su misma rareza y que caracterizaba ingeniosamente el profundo misticismo y el inviolable secreto de que se rodeaba aquella religión.

Por último iba a realizarse la divina promesa, apareciendo el sacerdote anunciado en la profética visión con el sistro y la corona en la mano. Lucio se adelantó hacia el, conteniendo por respeto el arrebato de su alegría.

El gran sacerdote se detuvo como admirado de la precisión con que se realizaba la profecía y entonces Lucio, temblando de emoción acercó la boca a la corona de flores devorándola con avidez.

No le había engañado el oráculo. En un abrir y cerrar de ojos desaparecieron sus groseras formas. Primeramente el pelo se le trasformó en fina epidermis, luego perdió su vientre el enorme volumen que tenia, sus cascos se trocaron en pies y manos de hombre, se trasformó su fisonomía y la cola, ignominioso apéndice, signo de servidumbre, desapareció para siempre.

Admirado el pueblo al presenciar tan inaudito espectáculo prorrumpió en gritos de religioso entusiasmo, en tanto que Lucio no sabia cómo manifestar el suyo por aquella tan dichosa y ansiada metamorfosis.

No era menor la admiración del gran sacerdote; mas advirtiendo que Lucio al transformarse había quedado en cueros, ordenó que lo cubriesen con una túnica de lino. Luego le felicitó con elocuencia por el favor que el cielo le dispensaba animándole a perseverar en su propósito de consagrar la existencia al culto de la diosa.

Se mezcló Lucio con el cortejo, contemplado y admirado de todos y de este modo llegó la procesión a las orillas del mar, en donde dejaron los simulacros divinos. Se acercó el gran sacerdote a una nave cubierta exteriormente de jeroglíficos, la purificó según los ritos, con una antorcha encendida, un huevo y azufre y después de darle un nombre la consagró a la diosa.

En la blanca vela de la nave se había escrito una plegaria por la prosperidad del comercio marítimo renaciente con la nueva estación. Todos llevaron a porfía al lujoso barco jarros llenos de aromas y otras ofrendas, haciendo sobre las olas libaciones de leche cuajada hasta que la nave cargada de piadosos presentes e impulsada por un viento favorable se alejó de la orilla. Cuando hubo desaparecido entre las brumas del horizonte, volvieron los sacerdotes a tomar sus atributos y la procesión continuó su curso para volver al templo.

Al llegar a los sagrados umbrales, los sacerdotes y los iniciados en los misterios entraron en el santuario de la diosa dejando en él las imágenes. Entonces llegándose a la puerta uno de ellos convocó en alta voz a todos los individuos del colegio sacerdotal; subió a un pulpito y recitó varias plegarias por el emperador, el senado, los caballeros, el pueblo romano, los navegantes, las naves y finalmente por la prosperidad de todo el imperio, terminando con la fórmula griega: ¡Retírese el pueblo!

Al oiría acudieron todos llevando con trasportes de alegría ramas de olivo florido y de verbena, y guirnaldas de flores que dejaron a los pies de la diosa, retirándose después de haberlos besado devotamente.

Informada la familia de Lucio de su inesperada aparición entre los humanos acudió presurosa a abrazarle; mas ni ella ni sus amigos lograron disuadirle de su intento de consagrarse a la diosa.

 


lunes, 25 de diciembre de 2017

MASONERÍA, LA BÚSQUEDA DE LA LUZ

 
" - ¿Sois masón?
- Mis hermanos me reconocen como tal."
 
Esta es la primera frase que se pronuncia en el ritual de apertura de los trabajos en una logia masónica y una de las que mas me han impactado a lo largo de mi trayectoria como masón. El hecho de que mis hermanos me reconozcan significa que las virtudes que he adquirido ya se han hecho visibles, han salido al exterior. He conseguido así pulir mi piedra bruta y modificar mi personalidad de manera que se perciba mi avance mas allá de mis fronteras personales.
 
Creo que este es uno de los mayores logros a los que puede aspirar un masón o cualquiera que se encuentre en el camino del conocimiento, cualquiera que este dispuesto a descifrar El camino de la Luz.
 
El germen de la masonería arranca en la noche de los tiempos, data del principio de nuestra era. La leyenda esotérica cuenta que los hijos de la viuda (nombre con el que se conoce a los masones) somos descendientes de Caín, que en el relato Bíblico (escrito en lenguaje simbólico) encabezaba la rama del conocimiento, la cual se asocia a la masonería y a las corrientes esotéricas y que en tiempos pasados se entendía como la rama del conocimiento reservada a algunos eruditos, a los que se apartan de la creencia oficial, a los que buscan vías distintas de evolución.
 
En cambio, Abel representaba la fe, la que se asocia a las iglesias exotéricas (lo que va al pueblo, a todo el mundo). Pero la poca preparación existente en aquellos tiempos para comprender la información dispensada por los descendientes de Caín y el que a menudo fueran perseguidos por su interpretación de las escrituras (aún hoy existen lugares en que la palabra «libertad» es delito) propicio la creación de grupos de iniciados que conservarían y transmitirían ese saber.
 
Una de las fraternidades que tuvo acceso a este conocimiento fue la masonería. Los masones descifraron la noticia explicatoria para conocer el funcionamiento de nuestro universo, las leyes básicas para conseguir un equilibrio y a través de ellas la felicidad. Utilizaron el lenguaje de grabar los símbolos en la piedra, que si bien resultaba complejo para sus coetáneos perduraría eternamente. Ellos fueron los constructores de catedrales en la Edad Media. Utilizaron el estilo gótico, también llamado «argotico» o «argot», el idioma de los iniciados. Marcaron sus construcciones con una serie de signos (los cuales todavía hoy podemos encontrar) que después serian descifrados por los iniciados.
 
Hoy la masonería ha dejado de ser operativa para ser simbólica, y esos signos y símbolos se transmiten a través de un ritual que se realiza en un espacio cerrado, al que se denomina «logia».
 
La masonería es pues,  un camino iniciatico que debe acercarnos a un mundo de valores nuevos, a través de los cuales seamos capaces de comprender un poco mas lo que sucede en nuestra vida y a nuestro alrededor. A diario vivimos inmersos en un mar de símbolos que aparecen en los sueños (cuando dormimos) o en las circunstancias anecdóticas que vivimos a diario (cuando estamos despiertos). La búsqueda, los signos, los códigos nos permitirán descifrar esas imágenes y comprender así cual es la actuación correcta para estar en consonancia con nuestra línea de evolución. La masonería marca, en cierto modo, la evolución personal de cada ser humano en su camino hacia la conciencia superior de su propia identidad.

Para convertirse en masón es necesario desear la luz, que se traduce como conocimiento y tendencia a desear aquello que nos falta, es, pues, necesario encontrarse en las tinieblas, vivir situaciones difíciles para experimentar el deseo de salir de ellas. La iniciación en los misterios de la masonería se dirige a los espíritus inquietos, a las almas que han sentido desasosiego o que se han despertado del letargo de la rutina.
 
El ritual masónico es uno de los códigos escritos mas antiguos que se conocen. Un ritual consiste en la repetici6n sistemática de movimientos, gestos y palabras recubiertos de un significado simbólico y que deben acercamos a la comprensión de una realidad para después poderla aplicar en nuestra vida cotidiana. Por ejemplo, una plegaria consiste en repetir unas palabras que tienen que elevar nuestro espíritu y cuyo objetivo es entrar en contacto con una entidad superior: los Ángeles, Dios. Esa conexión activa los resortes de nuestra espiritualidad y debe ayudarnos, día a día, a ser mejores personas.
 
Los ritos representan la forma física de aproximarse al Creador. Podemos acercarnos a El mediante el pensamiento y ello dará lugar al estudio y a la meditación, que nos llevara a la comprensión de las leyes divinas. Podemos acercarnos a El por el sentimiento, amándolo, venerándolo, dirigiéndole palabras de amor, plegarias, esa es la vía de la fe, de la iglesia. El rito es la única manera de llegar físicamente al creador, ya que implica trabajo corporal, en el curso del cual nos desplazamos, gesticulamos, movemos energía, objetos y herramientas con el propósito de construir en nosotros y en la sociedad el mundo espiritual.
 
La enseñanza ritual es inseparable de la simbólica puesto que se manejan objetos que tienen un significado oculto, de modo que esa enseñanza moviliza la inteligencia del neófito hacia la comprensión del símbolo que aparece de una manera tangible ante el. Cada persona tiene un ritmo de aprendizaje distinto, algunas necesitan que les digan las cosas cien veces para asimilarlas, a otras les bastará con diez. El ritual permite las repeticiones que sean necesarias para llegar a su completa comprensión. Es importante conocer las peripecias del iniciado para descifrar El código de la Luz, empezando por escarbar en las profundidades de su gruta, de su personalidad interna, para alcanzar la máxima altura del templo.
 
Cuando el ser humano se aproxima a su trascendencia, lo hace siempre a tientas, disparado por una sensación de descontento con la vida que esta llevando; movido por un Pepito Grillo interno que le hace preguntas, que le empuja a ir mas lejos; alentado por un impulso interior que le dice que mas allá de si mismo hallará otro mundo, otra dimensión, respuestas. Luego, cuando los primeros pasos han sido dados, cuando ha entrevisto la luz, puede contemplar ese soberbio paisaje que intuía.
 
El primer viaje, por ejemplo, que se realiza en el ritual de iniciación masónica (denominado «Prueba de Tierra») conduce a un cuarto llamado «Gabinete de Reflexión», que intenta representar ese antro oscuro construido a la imagen y semejanza de nuestro fuero interno. Allí nos encontramos con objetos simbólicos, inscripciones poco tranquilizadoras, exactamente igual que si pudiéramos sumergirnos en nuestro subconsciente. ¿Quién de nosotros puede presumir que, de poder hacerlo, hallaría allí la paz y la tranquilidad? Algo tenebroso duerme en nuestras almas y el que penetra en su recinto interno se enfrenta con esa realidad. Pero en ese fondo humano se encuentran igualmente los elementos que permiten encontrar el camino de la Ley y será reflexionando sobre ellos, penetrando en su significado, como encontraremos el hilo de Ariadna que nos conducirá a la luz.
 
Enfrentarse consigo mismo, con su propia realidad humana sin contemplaciones, es la primera tarea del aspirante a masón, mediante el cual espera descifrar su propio código de la luz. «Enfrentarse» quiere decir retar su realidad mundana, librar contra ella un singular combate que le conducirá a una muerte segura para que la personalidad sagrada pueda nacer.
 
La palabra «francmasón» deriva de los vocablos egipcios "Phree messen", «hijos de la luz». La masonería se basa en la creencia de que un ser superior ha elaborado los planos de nuestro universo. Ese Dios es conocido como el Gran Arquitecto del Universo. "Arche" es una palabra griega que significa «sustancia primordial» o «primaria». "Tekton" significa «constructor». Todo masón verdadero es un hijo de la luz, un constructor, que está esforzándose por construir el templo de su personalidad, con arreglo a las medidas, a los parámetros que marca el GADU (Gran Arquitecto del Universo).
 
El aspirante masón, el buscador de luz, se compara con la piedra en bruto, que tomara su forma definitiva bajo la acción del cincel y del martillo, del discernimiento y de la voluntad. Debe perfeccionarse hasta llegar a ser la piedra cúbica que representa al iniciado. Esta piedra cúbica apta para unirse a las otras que servirán para construir el edificio social le recuerda al masón que debe formar parte de la vida realizar una obra útil e incorporarse, con los demás masones, a la edificación y el desarrollo de una sociedad estable.
 
Los ritos masónicos son, de esta manera, ritos del sendero de prueba que intentan ser una preparación para la verdadera iniciación y una escuela para el entrenamiento de los seres humanos en la conquista de la senda del conocimiento. La representación del ritual en cada uno de los grados (la masonería simbólica tiene tres, Aprendiz, Compañero y Maestro) se propone ayudar a que se activen ciertas energías para que la persona a quien se le ha concedido el grado despierte dentro de si misma ese aspecto de conciencia que corresponde al simbolismo del grado, lo cual ayudará a su evolución y a la de sus compañeros de ruta.
 
Si volvemos la vista atrás, encontramos numerosos ejemplos de fraternidades que, como la masonería, buscaban un crecimiento equilibrado del ser humano. Las escuelas pitagóricas trabajaron en intima asociación con las enseñanzas de los misterios, pero sin las ceremonias, a través de una exposici6n filosófica de los simbolismos. En esas escuelas los alumnos eran divididos en tres grados que se correspondían con los de la masonería simbólica y los llamaron etapas de Purificación, Iluminación y Perfección, respectivamente. En el programa pitagórico el primer grado era el de los "akoustikoi" u oyentes, quienes casi nunca tomaban parte en las discusiones o conferencias durante el primer año, sino que guardaban silencio para escuchar y aprender (como los Aprendices). Al final de este lapso, si eran considerados satisfactorios, los estudiantes eran aptos para el segundo grado, el de los "mathematikoi".
 
Las matemáticas eran estimadas como una preparación para algo de mayor alcance, mas elevado y mas práctico. En este grado se coordinaba el estudio de la geometría, las matemáticas y la música. El tercer grado de los pitagóricos era el de los "Phisykoi", estudiantes de la verdadera vida interna. Para alcanzarlo se les exigía a los alumnos una gran pureza.
 
C. W. Leadwater, en su libro La vida oculta en la masonería, nos explica como trabajaban los masones egipcios. He recogido aquí un texto significativo:

"Había en Egipto tres grandes logias, cada una de las cuales estaba estrictamente limitada a cuarenta miembros, todos ellos como partes igualmente necesarias del mecanismo. Incluso los oficiales encargados del rezo del oficio y de la magnetización de la logia; cada miembro representaba una particular cualidad. A uno se le llamaba el Caballero del Amor; a otro, el Caballero de la Verdad; a otro, el de la Perseverancia, y así sucesivamente, de modo que a cada uno de ellos se le suponía capaz de ser en pensamiento, palabra y obra una perfecta expresión de la cualidad representada. La idea consistía en que cuarenta cualidades, así manifestadas en el conjunto de la logia, formaban el carácter del hombre perfecto, una especie de hombre celeste mediante el cual podría derramarse la energía divina por todo el país.
 
Como todos los participantes habían de contribuir a la construcción de la forma, eran absolutamente necesarias la exacta cooperación y la perfecta armonía. Solo a los capaces de olvidarse por completo de si mismos en la magna obra se los elegía de entre el cuadro de las logias para formar parte de una de las tres grandes logias, cuyo poder era tal que invadían con su influencia todo el país. La mas leve tacha en el carácter de uno de los cuarenta miembros hubiera debilitado considerablemente la obra. Tal vez una reminiscencia de esta suprema necesidad es la regla actual de que si dos hermanos están enemistados deberán esperar a ceñirse el mandil hasta que hayan zanjado amistosamente sus diferencias.
 
Como ejemplo transcribo una lista de las cualidades positivas o virtudes representadas en una gran logia, aunque a veces resulta difícil encontrar en nuestros modernos idiomas palabras que expresen exactamente las ideas de los antiguos egipcios:

1. Amor y sabiduría 2. Fortaleza 3. El poder de descubrir y apreciar la belleza 4. Discernimiento 5. Elocuencia 6. Veracidad y exactitud 7. Habilidad 8. Eficiencia 9. Sentimiento de unidad 10. Cortesía 11. Tacto 12. Decisión 13. Valor 14. Jovialidad 15. Confianza 16. Calma 17. Equilibrio 18. Perseverancia 19. Reverencia 20. Devoción 21. Previsión 22. Rectitud 23. Sentimiento de honor 24. Imparcialidad 25. Justicia 26. Indecisión 27. Dominio mental 28. Dominio emocional 29. Dominio físico 30. Prudencia 31. Dominio de la memoria 32. Meditación 33. Pureza 34. Paciencia y afabilidad 35. Persuasión 36. Adaptabilidad 37. Tolerancia 38. Humildad 39. Estudio 40. Perspicacia.

Cada hermano tenia el deber de manifestar en su conducta la cualidad que representaba. También en las logias ordinarias tomaban todos los miembros parte en la obra, y el trabajo de los que ocupaban las columnas, en ocasiones, se consideraba mas arduo que el de los oficiales, pues mientras estos tenían que efectuar con suma exactitud especiales acciones físicas, aquellos habían de valerse siempre del poder de su pensamiento y reunirse en ciertos puntos del ritual para emitir corrientes mentales de índole mas parecida a la de la fuerza de voluntad que a la de meditación, a fin de construir con el mancomunado esfuerzo por encima y alrededor de la logia una magnifica y radiante forma mental de perfectas proporciones, de manera que sirviese del modo mas efectivo de conducto transmisor a la energía espiritual atraída por su devoción. 
Resulta útil y esclarecedor ver como se trabajaba en el antiguo Egipto, porque aquellos masones practicaban las ceremonias con completo conocimiento de su significado, lo cual daba mayor fuerza al ritual. Consideraban su templo lo mismo que el mas fervoroso cristiano considera su iglesia parroquial, aunque su actitud derivaba del conocimiento científico más que del emotivo. Sabían que el templo estaba vigorosamente magnetizado y que era preciso estar bien concentrado para conservar el pleno vigor de ese magnetismo. Hablar en el templo de cosas profanas hubiera sido considerado sacrilegio, pues seguro que acarrearía perturbadoras consecuencias, ya que se perdería la concentración.
 
Trabajar como en el antiguo Egipto es un objetivo de la masonería actual. Tenemos en nuestras logias masónicas un hermoso ceremonial, revestido de un profundo significado simbólico, que cuando se comprende despierta el espíritu investigador y pone en marcha los procesos alquímicos internos. La alquimia masónica tiene por objeto principal la transformación del plomo de la personalidad en el oro del espíritu. Una de las actitudes que más llaman la atención en el mundo profano sobre los misterios de la masonería es su secretismo y lo enigmático de sus rituales, pero tiene una sencilla explicación. Toda empresa que se precie guardará el secreto sobre sus estrategias de marketing. Además, ante cualquier cambio en la vida, en el ámbito que sea, una persona debe mantener un cierto nivel de discreción.
 
La masonería preconiza la necesidad de un cambio interno que produzca a su vez una transformación en el exterior y que acabe por modificar la sociedad. Durante los años de dictadura en España (y lo mismo sucede en todos los países con un régimen totalitario, ya que la orden proclama la libertad como premisa fundamental) los masones eran perseguidos por su condición de hombres libres.
 
Lo desconocido suele generar miedo, incomprensión, porque basamos nuestra seguridad en aquello que dominamos. La masonería, por mucho que explique sus «secretos», siempre será una orden discreta, porque el crecimiento de sus miembros es personal e intransferible y, aunque traduzcamos el simbolismo, existirá el factor humano, el elemento de transformación alquímica que tendrá lugar en el interior de todos los que pasen por una iniciación. Nada extraño tiene pues que, ante la imposibilidad de explicar los procesos personales internos, un masón opte por el silencio.
 
Será de gran ayuda conocer el simbolismo de las pruebas iniciáticas de Tierra, Aire, Agua y Fuego, las cuales todo ser humano debe franquear en el camino de la ascensión hacia el conocimiento. La masonería es un camino de luz. Desde nuestra situación de aprendiz en la vida, debemos activar en nosotros el impulso que nos lleve a desvelar y caminar por el sendero de la Luz.

LOS ALTOS GRADOS EN LA MASONERÍA

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