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viernes, 5 de enero de 2018

EL DÍA DE SAN JUAN BAUTISTA PARA LOS MASONES


Si ponemos el calendario en un círculo cerrado, como el zodíaco, veríamos que el 24 de junio se encuentra en oposición exacta con el 24 de diciembre, fecha en que el mundo cristiano celebra el nacimiento del redentor.
 
Esta circunstancia se ha aprovechado muchas veces por mentalidades profanas para señalar la oposición existente entre la iglesia y la masonería, oposición en el sentido de enemistad, de rivalidad. Sin embargo, si contemplamos los acontecimientos con una mente más abierta, si tenemos en cuenta las enseñanzas de la tradición sobre el aspecto Oposición, vemos que cuando se trata de cuerpos planetarios oposición significa realización material de una promesa, la proyección de esa promesa en el mundo material, su cristalización en la tierra física.
 
Podemos decir así que la promesa que el nacimiento crístico encerraba en la noche del 24 al 25 de diciembre se hace realidad el 24 de junio, día en que el espíritu masónico se encuentra exaltado.
 
Asumamos que nosotros, los masones, somos las manos materiales, los instrumentos que han de instituir en el universo físico la sagrada promesa que nació en un momento cíclico anterior.
 
Son muchos los símbolos que concurren ese día y que nos hablan del camino que ha de ser el nuestro. En primer lugar, San Juan es el día más largo del año y, por consiguiente, el que tiene la noche más corta. El día se encuentra en analogía con el trabajo físico; la noche con el trabajo espiritual.
 
Nosotros nos estamos preparando en nuestros templos para el trabajo fuera de ellos. Es a pleno Sol, con luz y taquígrafos, donde debemos realizar nuestra obra del mundo profano para convertirlo, todo por entero, en un vasto templo a la imagen y semejanza del orden que existe en los mundos de arriba. Es por ello que en ese día más largo encontramos nuestra exaltación.
 
La tradición transmite, con su lengua simbólica, lo que debemos hacer en ese día y esa explicación se encuentra en las hogueras de San Juan. El 25 de diciembre, el fuego está en el cielo, bajo el aspecto de la estrella de Belén, esa estrella anunciadora del nacimiento místico; el 24 de junio, el fuego está en la tierra. Pero, nos explica la tradición, el de San Juan es un fuego especial, tiene que ser preparado por los niños que han ido previamente por los hogares en busca de los trastos viejos. Esos niños representan las nuevas tendencias que van aflorando a nuestra psique, y los trastos viejos son tendencias corruptas, esos hábitos usados que hay en nosotros y que deben ser quemados para que el nuevo ser interno pueda acceder al mando de nuestra vida.
 
Es decir, nuestro trabajo en el día de San Juan consiste en despojarnos de los viejos hábitos, en quemar lo inútil y parasitario que deambula por nuestra vida para que quede en nuestra casa psíquica espacio para alojar esos nuevos impulsos que luchan por emerger, pero que a duras penas encuentran alojamiento en nosotros porque la mayoría de los espacios ya están ocupados.
 
Nada es más triste, en esos días, que tener que decirle al niño que llama a nuestra puerta que todo nos sirve, que nada podemos entregarle, que nos sentimos demasiado apegados a los objetos que poseemos, ya que esto significaría que nuestra psique no ha aprendido ni comprendido nada del verdadero  significado que conlleva ser un verdadero masón.


 

miércoles, 20 de diciembre de 2017

NAVIDAD - EL CRISTO RECIÉN NACIDO

 
Se ha dicho a menudo en nuestra literatura que el sacrificio de Cristo no fue un suceso que empezó en el Gólgota y que fue realizado en unas cuantas horas y de una vez para siempre, sino que los nacimientos y muertes místicos del Redentor son ocurrencias cósmicas continuas. Podemos, pues, convenir que este sacrificio es necesario para nuestra evolución física y espiritual durante la actual fase de nuestro desarrollo.
 
Como quiera que el nacimiento del Niño Cristo se está acercando, nos ofrece otra vez un tema siempre nuevo y siempre oportuno de meditación, por el cual podamos aprovecharnos ponderándolo con ánimo de devoción y de oración, para que pueda crear en nuestros corazones una nueva luz que nos guíe sobre el sendero de la regeneración.

El apóstol nos dio una definición maravillosa de la Deidad cuando dijo que “Dios es luz” y, por lo tanto, la Luz ha venido siendo empleada para ilustrar la naturaleza de la divinidad, especialmente del misterio de la Trinidad en la Unidad.
 
Se enseña claramente en las Sagradas Escrituras de todos los tiempos que Dios es uno e indivisible. Al mismo tiempo vemos que como la luz blanca que es una, está refractada en los tres colores primarios, rojo, amarillo y azul, así Dios aparece en un aspecto triple durante la manifestación, por el ejercicio de las tres divinas funciones de Creación, Preservación y Disolución.

Cuando Dios ejerce el atributo de la Creación, Dios se nos aparece como Jehová, el Espíritu Santo; entonces es el Señor de la ley y de la generación y proyecta la fecundidad solar indirectamente a través de los satélites lunares de todos los planetas, donde es necesario el facilitar cuerpos para los seres evolucionantes en ellos.

Cuando Dios ejerce el atributo de la Preservación, con el propósito de sustentar los cuerpos generados por Jehová bajo las leyes de la naturaleza, Dios se nos aparece como el Redentor, Cristo, e irradia los principios de Amor y de generación directamente sobre cualquier planeta donde las criaturas de Jehová requieren esta ayuda para desenmarañarse de las mallas de la mortalidad y del egoísmo, con objeto de alcanzar el altruismo y una vida sin fin.

Cuando Dios ejerce la actitud divina de la Disolución, se nos aparece como el Padre que nos llama hacia nuestro hogar celestial para asimilar los frutos de la experiencia y del desarrollo del alma almacenados por nosotros durante el día de manifestación. Este Solvente Universal, el rayo del Padre, emana entonces desde el Sol Espiritual invisible.

Estos procesos divinos de creación y nacimiento, de preservación y de vida y de disolución, de muerte y de retorno hacia el autor de nuestro ser, nosotros podemos verlo por todas partes a nuestro alrededor y podemos reconocer el hecho de que todo ello son actividades del Dios Triuno en manifestación. ¿Pero hemos comprendido alguna vez que en el mundo espiritual no hay acontecimientos definidos ni condiciones estáticas, sino que el principio y el fin de todas las aventuras y de todas las edades están presentes en un eterno ahora?

Desde el regazo del Padre hay una eterna irradiación de las semillas de las cosas y de los acontecimientos que penetran en el plano del “tiempo” y del “espacio”.

Aquí se cristaliza gradualmente y se hace inerte, necesitándose la disolución para que pueda haber espacio para otras cosas y otros acontecimientos.

No existe escapatoria para esta ley cósmica, y se aplica a todas las cosas en el reino del “tiempo” y del “espacio”; el rayo de Cristo inclusive. Así como el lago se vacía en el océano por la evaporación y se vuelve a llenar cuando el agua que lo ha abandonado se condensa volviendo a él en forma de lluvia, para fluir otra vez incesantemente hacia el mar, así el Espíritu del Amor nace eternamente del Padre, días tras días, horas tras horas, fluyendo eternamente en el Universo Solar para redimirnos del mundo de la materia que nos aherroja con su cepo mortal. Ola sobre ola es impelido externamente desde el Sol hacia todos los planetas, dando un anhelo rítmico a las criaturas que en ellos evolucionan.

Y de este modo, esto es, en el sentido más exacto y literal de la palabra, un Cristo recién nacido que nosotros aclamamos al acercarse la fiesta de Nochebuena, y, por lo tanto, Navidad es el acontecimiento más vital del año para toda la humanidad, tanto si nosotros lo comprendemos y concebimos, como si no.

Esta fiesta no es meramente una conmemoración del nacimiento de nuestro amantísimo Hermano Mayor, Jesús, sino que es el advenimiento del rejuvenecimiento del Amor y Vida de nuestro Padre Celestial enviado por Él para redimir al mundo del helado invierno. Sin esta nueva infusión de la Vida y energía divinas nosotros pronto pereceríamos físicamente y se frustraría nuestro progreso sucesivo, por lo menos en lo que respecta a nuestras líneas actuales de desarrollo. Éste es un punto que nosotros nos debemos esforzar en comprender completamente con objeto de que podamos apreciar debidamente el significado de Navidad, y nosotros podemos aprender una lección en este respecto así como en otros muchos por nuestros hijos o por reminiscencias de nuestra propia infancia.

¡Cuán vehementes eran nuestros sueños y nuestros anhelos al aproximarse esta fiesta! ¡Cuán ardientemente nosotros aguardábamos la hora en la que debíamos recibir los regalos que sabíamos nos traerían los Reyes Magos, estos misteriosos bienhechores universales que traen los juguetes a los niños todos los años! ¿Qué hubiera pasado por nosotros si nuestros padres nos hubieran vuelto a dar las muñecas desmembradas y los tambores destemplados del año anterior?.

Seguramente que hubiera caído sobre nosotros una sensación dominadora de desgracia y desconsuelo, que hubiera dejado en nuestros corazones un sentido profundo de desconfianza en nuestros padres, el cual, ni aún el tiempo, hubiera podido cicatrizar. Sin embargo, todo esto no tendría ninguna comparación con la calamidad cósmica que caería sobre la humanidad si nuestro Padre Celestial dejase de concedernos el nacimiento de un nuevo Cristo regalo cósmico de Navidad. El Cristo del año que entonces termina no nos podría salvar del hambre física, así como tampoco la lluvia del año pasado no podría remojar el suelo otra vez y fecundar los millones de semillas enterradas en la Tierra y despertar las actividades germinales de la vida del Padre para empezar su crecimiento; el Cristo del año que termina no podría tampoco encender de nuevo en nuestros corazones las aspiraciones espirituales que nos impelen hacia delante en nuestra encuesta, así como tampoco el calor del último verano nos podría volver a calentar.
 
El Cristo del año que termina nos dio Su Amor y Su Vida hasta el último suspiro sin medida ni límite; cuando nació en la Tierra por la Navidad anterior infundió la vida a las semillas durmientes que crecieron y llenaron nuestros graneros con abundancia para poder sacar de ellas la nutrición física; Cristo difundió sobre nosotros el Amor que Él recibió del Padre, y cuando una vez hubo agotado toda su vida murió en la época de la Pascua de Resurrección para ascender de nuevo al Padre, así como el río, por evaporación, se eleva al cielo.

Pero eternamente y sin fin mana y se exterioriza el Amor divino, y así como nosotros compadecemos a nuestros hijos, asimismo nuestro Padre celestial se compadece de nosotros, porque Él sabe y conoce nuestra fragilidad física y espiritual. Por lo tanto, nosotros aguardamos confiadamente el nacimiento mística de Cristo todos los años cargado con nueva Vida y Amor que el Padre nos envía, para socorrernos del hambre y necesidad física y espiritual que acabaría con nosotros sino fuera por este ofrecimiento de Amor anual.

Las almas jóvenes encuentran generalmente difícil el separar en sus mentes la personalidad de Dios, de la de Cristo y de la del Espíritu Santo, y algunos pueden amar únicamente a Jesús, el hombre. De este modo olvidan a Cristo, el Gran Espíritu, que nos dio una nueva era en la cual las naciones establecidas bajo el régimen de Jehová se romperán en pedazos para que esa sublime manifestación de la Fraternidad Universal pueda asentarse y construirse sobre sus ruinas. Con el tiempo todo el mundo concebirá que “Dios” es un espíritu y que debe ser adorado en Espíritu y en Verdad. Está bien que amemos a Jesús y que le imitemos; nosotros no conocemos ideal más noble, y ninguno es de más valor.
 
Si hubiera sido posible hallar un ser más noble, Jesús no hubiese sido elegido para ser el vehículo de Aquél gran ser, Cristo, en quien mora la Cabeza Divina. Por lo tanto, nosotros haremos muy bien en seguir sus pasos. Al mismo tiempo debemos exaltar a Dios en nuestras propias conciencias, creyendo la palabra de la Biblia que nos dice que Él es un Espíritu y que no debemos hacer ninguna imagen suya ni en estatua ni en cuadro, porque Él no tiene figura parecida ni en los Cielos ni en la Tierra.

Nosotros podemos ver los vehículos físico de Jehová circulando como satélites alrededor de los planetas; nosotros podemos ver también el Sol, el cual es el vehículo visible del Cristo, pero el Sol invisible, el cual es el vehículo del Padre y el origen de todo, aparece y se representa a los videntes humanos de mayor evolución, como la octava superior de la fotosfera del Sol, un anillo de luminosidad azul violácea detrás del Sol. Pero nosotros no necesitamos ver; nosotros podemos sentir Su Amor y este sentimiento nunca es tan grande como en la época de Navidad, cuando Él nos da el mayor de todos los regalos: el Cristo del Nuevo Año. 



 

domingo, 19 de noviembre de 2017

COMO EFECTÚA LOS RITOS EL VERDADERO MASÓN


Veíamos cómo para la Masonería, en cada tenida en que se celebra alguna fiesta litúrgica (en especial las cuatro anuales de los dos solsticios y los dos equinoccios), y también en todas las tenidas ordinarias, se logra, mediante la realización perfecta y consciente del ritual, el conocimiento gradual de otras dimensiones de nosotros mismos, que no podríamos alcanzar si no fuera por la intermediación del símbolo al que utilizamos como vehículo (el más adecuado a la naturaleza humana) para la comprensión y vivencia de esos otros estados de la conciencia y del ser, que los seres humanos tenemos en potencia y que no se realizan si no es a través de un trabajo interior al que coadyuvan los ritos y símbolos sagrados, tomados de los diseños del Gran Arquitecto y que los iniciados de todos los tiempos recuerdan y repiten, evocando así ideas sutiles y arquetípicas que conducen a la realización espiritual.
 
Y no está de más apuntar aquí que para nuestra Orden el rito es un símbolo, y que al hablar de él podemos recordar conceptos que hemos enunciado en otros trabajos acerca del símbolo en general y que son también válidos con respecto al rito en particular.

En primer lugar el rito (como el símbolo) es la representación de una idea y también de una fuerza y una energía, que se esconde detrás de su apariencia formal. En ese sentido, cada uno de los pasos, toques, señales, baterías y palabras que realizamos y potenciamos, tienen un sentido esotérico u oculto que recordamos, vivificamos y vamos conociendo al practicar nuestra liturgia.
 
El propio sentido etimológico de la palabra rito, proveniente del término sánscrito rito, está relacionado con la idea de orden, siendo en realidad, todo ritual verdadero, una forma ordenada de representar ideas, pensamientos y energías que a través del propio rito se transmiten, conservan y mantienen vivos, permitiendo a los que participan de la ceremonia la posibilidad de ordenarse intelectualmente y sobre todo la de experimentar el influjo espiritual que este ordenamiento simbólico y sagrado otorga a los que son capaces de abrir su corazón y recibirlo.
 
Y este es otro sentido fundamental que tienen el rito y el símbolo: que son actuantes; que producen un efecto en el interior del hombre y que lo transforman permitiéndole el crecimiento interior y el conocimiento de otras realidades de orden metafísico, a las que se llega gracias a la muerte del hombre viejo, profano e ignorante, limitado por sus propios condicionamientos y prejuicios y el nacimiento del nuevo hombre que la Logia da a luz. Es esto lo que se simboliza en la ceremonia de iniciación, que es el primer ritual masónico de que participamos y en el que se representa de forma ejemplar cada uno de los pasos que habremos de dar en el transcurso de nuestro proceso iniciático.
 
En esa primera ceremonia recibimos una iniciación virtual; y ésta se hará real y efectiva en la medida que vayamos conociéndola gradualmente, cada vez en mayor profundidad, permitiendo de esa manera que la transmutación (muerte-resurrección) que en ella se simboliza, se produzca verdaderamente en el interior de nosotros mismos. Si realizamos el ritual de forma perfecta y con un claro entendimiento de lo que estamos haciendo, podremos experimentar la acción que ejerce sobre nosotros y veremos a estos símbolos actuantes recobrar toda la fuerza y vigor que nuestros antecesores les concedieron y que se mantienen intactos y siempre renovados, gracias a los verdaderos masones que viven y realizan en su interioridad lo que sus rituales están simbolizando.
 
Otra característica del rito es que aumenta su fuerza por la reiteración. Cada vez que se realiza una ceremonia de iniciación volvernos a vivir la nuestra propia, pero recobrando ahora un sentido más claro y profundo. Lo mismo sucede con las demás ceremonias y con las tenidas ordinarias: la repetición idéntica de ciertas palabras, posturas, gestos y señales hace posible que su significado se vaya grabando en nuestros corazones, penetrando cada vez con mayor claridad, porque el rito y el símbolo transmiten una luz, que cada vez que la evocamos brilla con mayor intensidad.
 
Pero la reiteración del rito no es una repetición mecánica, una especie de rutina o mera costumbre, pues perdería su verdadero sentido, carecería de energía y terminaría siendo una aburrida formalidad realizada por autómatas. Por el contrario, el verdadero masón hace de cada ritual una ceremonia nueva, significativa y viva.
 
En cada tenida el tiempo se regenera, regenerándonos a su vez a nosotros mismos. Pero esto no podría querer decir jamás que podamos estar proponiendo innovaciones o añadiendo alteraciones a nuestros rituales, pues aunque éstos se adecúan, corno decíamos, al tiempo y espacio en que se celebran, deben mantenerse intactos e idénticos en su esencia, pues su antigüedad, es decir su proveniencia de la Tradición Primordial, es lo que les concede su fuerza.
 
Recordemos, antes de concluir, que una de las cosas que distinguen a un masón real de uno que no lo es, o de otro que lo aparente, aparte del conocimiento de los antecedentes históricos de la Orden y de la doctrina iniciática que a través de los símbolos se transmite, es precisamente la forma justa y perfecta como conoce, practica y realiza los rituales.
 
Hagamos un esfuerzo, Queridos Hermanos, por conocer las liturgias y realizar nuestros ritos de la mejor manera que nos sea posible. Esa disciplina coadyuvará al perfeccionamiento de nosotros mismos y de nuestra Logia, que pareciera estar esperando que invoquemos de la manera adecuada para bañamos con su luz.

RITOS Y FIESTAS MASÓNICAS EN EL TIEMPO Y EL ESPACIO


Uno de los temas a que más importancia ha concedido la Tradición Masónica es el del rito, como la forma transmitida desde la antigüedad de sacralizar al tiempo y al espacio. Para el mundo moderno, carente de comprensión acerca de lo sagrado, lo espacio-temporal resulta siempre uniforme, insignificante y totalmente profano. Pero para el masón, heredero de la Antigua Tradición, hay puntos significativos en el tiempo, determinados por los movimientos de la tierra y las revoluciones del sol y los planetas, que observa cuidadosamente por el estudio de la Astrología y que celebra y sacraliza, permitiéndose de esa manera conocer otras dimensiones del mismo y emprender el viaje iniciático que lo conducirá hacia el Eterno Oriente, donde finalmente el tiempo se detiene.

Las dos fiestas más importantes que se celebran en nuestra Orden (y que por cierto han celebrado todos los pueblos) son las de los dos solsticios, de verano y de invierno —eje vertical de la rueda—, que corresponden respectivamente al Sur y al Norte, al mediodía y a la medianoche y a los signos zodiacales de Cáncer y de Capricornio. Estos dos puntos del tiempo eran llamados por los griegos «puerta de los hombres» y «puerta de los dioses», y la tradición hindú los identificaba como el pitr-loka y el deva-loka, y estando relacionados con los dos perfiles del Jano de los romanos y con los dos Juan (Bautista y Evangelista) de la tradición cristiana.
 
Se dice que por la primera de las puertas salen las almas de los no iniciados que después de la muerte habrán de retornar a otro estado de manifestación; y por la segunda la de los que, gracias a la muerte y el proceso iniciático, han conocido los estados múltiples del ser y las diversas dimensiones del tiempo y el espacio, logrando de este modo realizar el retorno a la Unidad, de se recupera la inmovilidad del Origen y se obtiene la Gran Luz oculta en la inmanifestación. Es ese el sentido esotérico de que nuestros trabajos se realicen del mediodía a la medianoche; pues si bien es cierto que para el profano la mayor luz se halla en el mediodía y en el solsticio de verano (el día más largo del año), el iniciado por el contrario encuentra la Gran Luz en el solsticio de invierno, pues en su búsqueda interna se ha dirigido hacia el conocimiento del Sol de Medianoche. Y también es ese el sentido simbólico de que el Cristo nazca justamente a las cero horas y en el solsticio invernal de Capricornio, y que a partir de ese nacimiento el tiempo comience a contarse de nuevo.
 
Las otras dos fiestas que hemos de celebrar con plena conciencia de lo que significan, son las de los dos equinoccios, de primavera y otoño, que corresponden a los signos de Aries y Libra y que son equidistantes de las dos primeras. Se simbolizan en estas cuatro fechas también a los cuatro elementos, pues Capricornio corresponde a la Tierra, Aries al Fuego, Cáncer al Agua y Libra al Aire; nos permiten observar las transformaciones que ocurren en la tierra en armonía con las leyes del cielo; nos recuerdan a su vez los grandes ciclos cósmicos determinados también por la ley del cuaternario y por los movimientos de los astros, y evocamos con ellas las cuatro edades (de Oro, Plata, Bronce y Hierro) en que se divide todo ciclo. Aparte de estos cuatro, todos los pueblos encontraron puntos en el tiempo, que celebraban de acuerdo a sus calendarios rituales (los cuales encontramos en todas las culturas). Eran en esos puntos significativos cuando se realizaban los ritos, vivificando con ellos los mitos y trayendo al presente aquel tiempo perdido o Edad de Oro en que los dioses habitaban la tierra y ésta se regia en forma total por las leyes del cielo.
 
Nosotros celebramos estas fiestas, pero también sacralizamos el tiempo en todas nuestras tenidas, pues durante el lapso en que éstas transcurren (que simbólicamente es, como dijimos, del mediodía a la medianoche), realizamos nuestro ritual, nos salimos del tiempo uniforme del mundo profano e ingresamos a otro tiempo en el que todo se hace simbólico. Con el espacio sucede lo mismo, y en nuestro caso es el templo (y sobre todo su espacio vacío), el que viene a representar el lugar donde habita el espíritu, que por cierto no es otro que nuestra propia interioridad.
 
Los antiguos nos enseñaron a reconocer los puntos espaciales que se salen de lo amorfo y de lo profano. Ellos sacralizaron esos puntos y construyeron en los mismos sus templos y ciudades; para esto se da fundamental importancia a los cuatro puntos cardinales, marcados también por las leyes del cielo y en armonía con las cuatro estaciones del tiempo, y esa es la razón de que nuestras construcciones se orienten de acuerdo a tales leyes. Ese es el caso de la ciudad de la antigua Tenochtitlan, México.
 
Los sabios y reyes, guiados por los designios de los dioses y por las órdenes de sus antepasados, supieron reconocer (después de la peregrinación y en un tiempo determinado) aquel lugar que habría de ser su centro. Donde el águila devoraba a la semiente, donde lo sutil de lo volátil había dominado a la densidad de lo que repta, donde el espíritu había penetrado a la materia, allí habría de erigirse el Templo Mayor, centro simbólico de la ciudad y el imperio que se desarrollaría a su alrededor. También en este caso, a partir de ese momento, el tiempo habría de comenzar a correr de nuevo. Esto era posible gracias al Conocimiento que de la cosmogonía tenían sus sabios, sacerdotes y señores. Y no es excepción en la historia de la humanidad, sino que por el contrario es la regla, pues por procedimientos y símbolos similares fueron fundados todos los centros espirituales de la antigüedad que escribieron la historia del hombre y de los cuales recibirnos la herencia y el influjo espiritual.
 
En el caso de la ciudad de Jerusalén y el Templo de Salomón ocurre lo mismo. El pueblo judío, después de un largo peregrinaje por el desierto, y de haber atravesado por en medio de las aguas, encuentra la Tierra Prometida. Luego que David (con una honda, símbolo de lo sutil y lo volátil) mata al gigante Goliath (que representa a la materia densa), es erigido en ese lugar el Centro. Allí se construirá el templo y la ciudad de Jerusalén, tomando como modelo a la Jerusalén Celeste, cuyas leyes eran también conocidas por el sabio Salomón y el arquitecto Hiram.
 
Sabernos que nuestro Templo es una réplica de aquél y que nuestro ritual ha sido tomado de los ritos iniciáticos que se practicaron desde la más remota antigüedad en el interior de las cavernas y los templos en los que, tal como debemos hacer nosotros, se da vida al tiempo y el espacio verdaderos. El ritual es para nosotros el vehículo que nos conducirá a la realización del Arte Real y al cumplimiento de la Gran Obra.
 
Junto con el significado esotérico de los símbolos constructivos y guerreros, es la herencia más preciada que hemos recibido de los antepasados. He ahí la importancia trascendental que tienen para los masones. Y es por eso que una de las obligaciones fundamentales que tenemos es la de realizar el rito en forma perfecta y con un conocimiento cabal de lo que significa. Es esta una gran responsabilidad, pues de lo contrario nuestra Orden podría desaparecer en la multiplicidad de lo profano.

 
 

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