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viernes, 5 de enero de 2018

EL DÍA DE SAN JUAN BAUTISTA PARA LOS MASONES


Si ponemos el calendario en un círculo cerrado, como el zodíaco, veríamos que el 24 de junio se encuentra en oposición exacta con el 24 de diciembre, fecha en que el mundo cristiano celebra el nacimiento del redentor.
 
Esta circunstancia se ha aprovechado muchas veces por mentalidades profanas para señalar la oposición existente entre la iglesia y la masonería, oposición en el sentido de enemistad, de rivalidad. Sin embargo, si contemplamos los acontecimientos con una mente más abierta, si tenemos en cuenta las enseñanzas de la tradición sobre el aspecto Oposición, vemos que cuando se trata de cuerpos planetarios oposición significa realización material de una promesa, la proyección de esa promesa en el mundo material, su cristalización en la tierra física.
 
Podemos decir así que la promesa que el nacimiento crístico encerraba en la noche del 24 al 25 de diciembre se hace realidad el 24 de junio, día en que el espíritu masónico se encuentra exaltado.
 
Asumamos que nosotros, los masones, somos las manos materiales, los instrumentos que han de instituir en el universo físico la sagrada promesa que nació en un momento cíclico anterior.
 
Son muchos los símbolos que concurren ese día y que nos hablan del camino que ha de ser el nuestro. En primer lugar, San Juan es el día más largo del año y, por consiguiente, el que tiene la noche más corta. El día se encuentra en analogía con el trabajo físico; la noche con el trabajo espiritual.
 
Nosotros nos estamos preparando en nuestros templos para el trabajo fuera de ellos. Es a pleno Sol, con luz y taquígrafos, donde debemos realizar nuestra obra del mundo profano para convertirlo, todo por entero, en un vasto templo a la imagen y semejanza del orden que existe en los mundos de arriba. Es por ello que en ese día más largo encontramos nuestra exaltación.
 
La tradición transmite, con su lengua simbólica, lo que debemos hacer en ese día y esa explicación se encuentra en las hogueras de San Juan. El 25 de diciembre, el fuego está en el cielo, bajo el aspecto de la estrella de Belén, esa estrella anunciadora del nacimiento místico; el 24 de junio, el fuego está en la tierra. Pero, nos explica la tradición, el de San Juan es un fuego especial, tiene que ser preparado por los niños que han ido previamente por los hogares en busca de los trastos viejos. Esos niños representan las nuevas tendencias que van aflorando a nuestra psique, y los trastos viejos son tendencias corruptas, esos hábitos usados que hay en nosotros y que deben ser quemados para que el nuevo ser interno pueda acceder al mando de nuestra vida.
 
Es decir, nuestro trabajo en el día de San Juan consiste en despojarnos de los viejos hábitos, en quemar lo inútil y parasitario que deambula por nuestra vida para que quede en nuestra casa psíquica espacio para alojar esos nuevos impulsos que luchan por emerger, pero que a duras penas encuentran alojamiento en nosotros porque la mayoría de los espacios ya están ocupados.
 
Nada es más triste, en esos días, que tener que decirle al niño que llama a nuestra puerta que todo nos sirve, que nada podemos entregarle, que nos sentimos demasiado apegados a los objetos que poseemos, ya que esto significaría que nuestra psique no ha aprendido ni comprendido nada del verdadero  significado que conlleva ser un verdadero masón.


 

SAN JUAN BAUTISTA: NOCHE PAGANA DE HOGUERAS Y FUEGO


La época del año en que estas fiestas de fuego se han celebrado más generalmente en Europa es el solsticio de verano, en la víspera (23 de junio) o el día del solsticio (24 de junio).
 
Se le ha dado un ligero tinte de cristianismo llamándole día de San Juan Bautista, pero no puede dudarse de que esta celebración data de una época muy anterior al comienzo de nuestra era. El solsticio estival, o el día solsticio, es el gran momento del curso solar en el que, tras de ir subiendo día tras día por el cielo, el luminar se para y desde entonces retrocede sobre sus pasos en el camino celeste. Este momento no pudo menos de ser considerado con ansiedad por el hombre primitivo tan pronto como comenzó a observar y ponderar las carreras de las grandes luminarias por la bóveda celeste; teniendo todavía que aprender a darse cuenta de su impotencia ante los inmensos cambios cíclicos de la naturaleza, pudo soñar en ayudar al sol en su aparente decaimiento; que podría sostenerle en sus desfallecientes pasos y reencender la llama moribunda de la rojiza lámpara en sus manos débiles.
 
Algo así debieron ser los pensamientos que quizá dieron origen a estos festivales solsticiales de nuestros campesinos europeos. Cualquiera que haya sido su origen, han prevalecido sobre esta cuarta parte del mundo, desde Irlanda al occidente, hasta Rusia al oriente y desde Noruega y Suecia al septentrión, hasta España y Grecia al mediodía.
 
Según un escritor medieval, los tres grandes rasgos de la celebración del solsticio estival fueron las hogueras, la procesión de antorchas por los campos y la costumbre de echar a rodar una rueda. Nos cuentan que los muchachos quemaban huesos y basuras de varias clases para hacer un humo hediondo y que el humo ahuyentaba ciertos dragones perniciosos que en esta época del año, excitados por el calor del verano, copulaban en el aire y envenenaban los pozos y los ríos al caer en ellos su semen; también explican la costumbre de rodar una rueda, para significar que el sol tras de alcanzar su altura máxima en la eclíptica empezaba a descender de allí en adelante.
 
Los rasgos principales dcl festival de fuego del solsticio estival recuerdan los que hemos encontrado que caracterizan los festivales vernales de fuego. La semejanza de estos dos grupos de ceremonias se muestra evidente en los siguientes ejemplos:

- Un escritor de la primera mitad del siglo XVI nos cuenta que en la mayoría de los pueblos y ciudades pequeñas de Alemania se encendían hogueras la víspera de San Juan y jóvenes y viejos de ambos sexos, reunidos a su alrededor, gastaban el tiempo cantando y bailando. En tales ocasiones, la gente llevaba guirnaldas de artemisa y verbena y miraban al fuego través de manojos de "espuelas de caballero" (una planta ranunculácea) que tenían en las manos en la creencia de que haciendo esto mantendrían durante todo el año sus ojos en saludable estado. Todo el que se marchaba, arrojaba la artemisa y la verbena al fuego diciendo: "Que toda la mala suerte me deje y se queme aquí con esto".

 
- En el Bajo Konz, pueblo situado sobre un collado que mira al río Mosela, el festival del solsticio de estío se celebraba como sigue: reunían una cantidad de paja en la cumbre del collado dc Strosnberg. Todos los habitantes o por lo menos todos las cabezas de familia tenían que contribuir con su parte de paja para la pira. Al anochecer, la población masculina entera, hombres y muchachos, se reunían en la cumbre del collado; a las mujeres y jovencitas no se les permitía reunirse allí con ellos, pero tenían que colocarse en cierto manantial a mitad del camino, en la cuesta. En la cima había una rueda grande completamente forrada de paja de la que se reunió por contribución entre el vecindario, y con el resto de la paja se hablan hecho antorchas. De cada lado de la rueda sobresalía como un metro de eje que serviría de mango a los muchachos que la guiarían en su descenso. El alcalde de la vecina ciudad de Sierck, que recibía siempre un cesto de cerezas por este servicio, daba la señal; aplicaban una antorcha encendida a la rueda, que empezaba a arder y dos mozos fuertes de brazo, y ligeros de pies cogían los dos extremos del eje y comenzaban a correr cuesta abajo. Se elevaba un gran griterío; todos los hombres y muchachos blandían al aire una antorcha llameante, teniendo cuidado de mantenerlas encendidas en tanto estuviera la rueda bajando la colina. El gran proyecto de los mozos que guiaban la rueda era llegar a sumergirla ardiendo en las aguas del Mosela; pero muy rara vez tenían éxito estos esfuerzos, porque los viñedos, que cubrían la mayor arte de la cuesta, impedían su marcha y el fuego de la rueda se apagaba antes de alcanzar el río. Cuando pasaba rodando por el manantial donde estaban mujeres, gritaban éstas con alborozo y sus chillidos eran respondidos por los hombres desde la cumbre. La gritería de éstos era coreada por las gentes de las aldeas vecinas, que contemplaban el espectáculo desde sus alturas de la orilla opuesta del Mosela. Si la rueda llameante llegaba conducida con éxito a la orilla del río y su fuego se extinguía en el agua, la gente preveía una vendimia abundante aquel año y los habitantes de Konz tenían el derecho de exigir una carretada de vino blanco de las viñas de los contornos. Por el contrario, si dejaban de ejecutar la ceremonia, los rebaños serían atacados de "modorra" y de convulsiones y estarían inquietos en los establos.
 
- Por lo menos hasta mediados del siglo pasado, los fuegos del solsticio estival solían brillar por toda la Alta Baviera. Los encendían especialmente en las montañas, pero también por todos lados en las tierras bajas, y se nos dice que, en la obscuridad y la calma de la noche, los grupos que iban de acá para allá, iluminados por los vacilantes resplandores de las llamas, presentaban un espectáculo impresionante. Los rebaños eran pasados a través de las llamas para curar a los animales enfermos y guardar a los sanos de la peste y de cualquier otro mal durante el año. Muchos labradores en ese día apagaban la lumbre de su hogar y lo volvían a encender por medio de tizones y brasas cogidos de la hoguera del solsticio de verano. La gente juzgaba de la altura a que crecería el lino aquel año por la altura a que se elevasen las llamas de la hoguera; y todo el que saltase por encima de la pira en llamas no padecería de los riñones cuando segase la mies en la recolección. En muchas artes de Baviera se creía que el lino crecería tan alto como saltasen los jóvenes sobre el fuego. En otros sitios, la gente madura plantaba los tizones de la pira en las tierras, creyendo que así crecería mucho el lino.
 
- En otros lugares ponían debajo del tejado de la casa un tizón apagado para protegerla contra el incendio. En los pueblos cercanos a Würzburgo solían encender hogueras en la plaza del mercado y la gente moza brincaba sobre ellas llevando guirnaldas de flores, especialmente de artemisas y verbena, y empuñando brotes de "espuelas de caballero"; creían que si miraban al fuego teniendo un ramillete de "espuelas de caballero" ante la cara no serían inquietados durante el año por ninguna enfermedad de la vista. Además, en Wurzburgo, en el siglo XVI, se acostumbraba que los familiares del obispo tirasen al aire discos de madera incendiados, desde una montaña que sobremira a la ciudad. Los discos eran lanzados por catapultas de varas flexibles y en su vuelo por la obscuridad parecían dragones llameantes.

- Similarmente en Suabia, los jóvenes de ambos sexos agarrados de la mano saltaban sobre las hogueras del solsticio de estío, orando para que el cáñamo creciese (...) alto y prendían fuego a ruedas de paja que echaban a rodar cuesta abajo. Algunas veces, cuando saltaban sobre las hogueras solsticiales, gritaban: "¡Lino, Lino! Que crezca este año siete anas de alto"( las "anas" era una medida antigua muy poco usada).. En Rottenburgo, a una figura humana toscamente trabajada y llamada el hombre ángel, la envolvían en flores y la quemaban los muchachos en la lumbre del solsticio de verano, saltando después sobre los rescoldos. 
 
- También en Baden la chiquillería iba colectando combustible de casa en casa para la hoguera del solsticio el día de San Juan y muchachos y muchachas saltaban el fuego en parejas. Aquí, como en otras partes, existía una conexión estrecha entre estas hogueras y la recolección. En algunos lugares se pensaba que el que saltase las hogueras no padecería de dolor de riñones cuando segase. Otras veces, al saltar las llamas, los mozos gritaban: "Crece, que el cáñamo tenga tres anas de alto". Creemos que esta idea de que el cáñamo o la mies crecerá tan alto como las llamas, ha estado muy extendida en Baden. Se sostenía que los padres de los muchachos que saltasen más alto sobre el fuego tendrían las cosechas más abundantes y por el contrario, si alguno no contribuía para la hoguera, creían que no sería bendecido en sus cosechas y que, en particular, su cáñamo no crecería nunca. En Edersleben, cerca de Sangerhausen, plantaban un palo alto y dejaban colgando de él una cadena que llegaba hasta el suelo y de la que se enganchaba un barril de alquitrán. Prendían fuego al barril y le hacían girar alrededor del palo, entre gritos de alegría.

- En Dinamarca y Noruega también encendían hogueras solsticiales la víspera de San Juan, en los caminos, espacios abiertos y montes. Muchos en Noruega pensaban que las hogueras alejaban las enfermedades del ganado. Todavía se dice que encienden hogueras la víspera del solsticio de verano en toda Noruega; las encienden con objeto de ahuyentar las brujas que vuelan esa noche desde todas partes al Blocksberg, donde vive la gran bruja. En Suecia, la víspera de San Juan (San Hans) es la noche más bulliciosa de todo el año. En algunas partes del país, especialmente en las provincias de Bohus y Escania y en los distritos fronterizos de Noruega, se celebra por todos lados con descargas frecuentes de las armas de fuego y con grandes hogueras, antiguamente denominadas Fuegos de huesos de Bálder (Balder’s Balar), encendidas en el crepúsculo vespertino sobre las alturas y colinas, las que arrojan destellos que iluminan el paisaje. El público baila a su alrededor y brinca por encima de las llamas o por entre ellas. En partes de Norland encienden 125 hogueras en los cruces de los caminos la víspera de San Juan. El combustible consiste en nueve clases distintas de leña y los espectadores meten las llamas una especie de hongos venenosos (Baran) para contrarrestar el poder de los Trolls y otros espíritus malignos que en esa noche se cree que pululan, pues en esta época mística del año las montañas se abren y de sus entrañas cavernosas salen sus pavorosos moradores a bailotear y retozar un rato. Los campesinos creen que si hubiera algún Troll en las cercanías se dejaría ver y si algún animal, por ejemplo un macho cabrío o una cabra, es visto por casualidad cerca de las crepitantes llamaradas, los campesinos están firmemente persuadidos de que no es otro que el diablo en persona.
 
- Además merece anotarse que en Suecia la víspera de San Juan es un festival tanto de agua como de fuego, pues a ciertos manantiales santos se les supone en esos momentos dotados de maravillosas virtudes medicinales y mucha gente enferma acude a ellos para curar sus achaques.

- En Austria, las costumbres y supersticiones del solsticio de verano son parecidas a las de Alemania. Así, en algunas partes del Tirol encienden hogueras y arrojan al aire discos encendidos. En la parte baja del valle de Inn, llevan en un carro una efigie zarrapastrosa por todo el pueblo el día del solsticio y después la queman. Le llaman el Lotter, palabra que es una corrupción de Lutero. En Ambras, uno de los pueblos donde así queman en efigie a Martín Lutero, dicen que el que pasee por el pueblo entre once y doce de la noche de San Juan y se lave en tres fuentes o pozos distintos, verá a todos los que van a morir en el año siguiente. En Gratz, el día de la víspera de San Juan (23 de junio) el populacho acostumbraba a fabricar un muñeco llamado el Tatermann, que arrastraban por el sucio polvoriento y golpeaban con escobones ardiendo hasta que le prendían fuego. En Reutte, Tirol, la gente creía que el lino crecería tan alto como la altura a que brincasen sobre la hoguera solsticial y cogían después los tizones de madera ennegrecida y los clavaban en sus linares la misma noche, dejándolos allí hasta que se había hecho la recolección del lino. En la Baja Austria encienden hogueras en los sitios altos y los muchachos hacen cabriolas alrededor blandiendo antorchas encendidas empapadas de resma. Todo el que salte tres veces cruzando el fuego, se librará de padecer fiebres en todo el año. Con frecuencia embadurnaban ruedas de carro con brea, las encendían y las echaban a rodar llameando ladera abajo desde las cumbres de las lomas.

Autor: James George Frazer:
"Fuegos del solsticio estival" 

sábado, 16 de diciembre de 2017

ACERCA DE LOS DOS SAN JUAN - RENÉ GUÉNON


Aunque el verano sea considerado generalmente como una estación alegre y el invierno como una triste, por el hecho de que el primero representa en cierto modo el triunfo de la luz y el segundo el de la oscuridad, los dos solsticios correspondientes tienen sin embargo, en realidad, un carácter exactamente opuesto al indicado; puede parecer que hay en ello una paradoja harto extraña, y empero es muy fácil comprender que sea así desde que se posee algún conocimiento sobre los datos tradicionales acerca del curso del ciclo anual. En efecto, lo que ha alcanzado su máximo no puede ya sino decrecer, y lo que ha llegado a su mínimo no puede, al contrario, sino comenzar a crecer a continuación (1); por eso el solsticio de verano señala el comienzo de la mitad descendente del año, y el solsticio de invierno, inversamente, el de su mitad ascendente; y esto explica también, desde el punto de vista de su significación cósmica, estas palabras de San Juan Bautista, cuyo nacimiento coincide con el solsticio estival: "Él (Cristo, nacido en el solsticio de invierno) conviene que crezca, y yo que disminuya" (2). Sabido es que, en la tradición hindú, la fase ascendente se pone en relación con el deva-yâna, y la fase descendente con el pitr-yâna; por consiguiente, en el Zodíaco, el signo de Cáncer, correspondiente al solsticio de verano, es la "puerta de los hombres", que da acceso al pitr-yâna, y el signo de Capricornio, correspondiente al solsticio de invierno, es la "puerta de los dioses", que da acceso al deva-yâna. En realidad, el período "alegre", es decir, benéfico y favorable, es la mitad ascendente del ciclo anual, y su período "triste", es decir, maléfico o desfavorable, es su mitad descendente; y el mismo carácter pertenece, naturalmente, a la puerta solsticial que abre cada uno de los dos períodos en que se encuentra dividido el año por el sentido mismo del curso solar.
 
Sabido es, por lo demás, que en el Cristianismo las fiestas de los dos San Juan están en relación directa con los dos solsticios (3), y, cosa muy notable, aunque nunca la hayamos visto indicada en ninguna parte, lo que acabamos de recordar está expresado en cierta manera por el doble sentido del nombre mismo de "Juan" (4). En efecto, la palabra hebrea hanán tiene a la vez el sentido de "benevolencia" y "misericordia" y el de "alabanza" (es por lo menos curioso comprobar que, en nuestra misma lengua, palabras como "gracia (s)" tienen exactamente esa doble significación); por consiguiente, el nombre Yahanán [o, más bien, Yehohanán] puede significar "misericordia de Dios" y también "alabanza a Dios". Y es fácil advertir que el primero de estos dos sentidos parece convenir muy particularmente a San Juan Bautista, y el segundo a San Juan Evangelista; por lo demás, puede decirse que la misericordia es evidentemente "descendente" y la alabanza, "ascendente", lo que nos reconduce a su respectiva relación con las dos mitades del ciclo anual (5).

En relación con los dos San Juan y su simbolismo solsticial, es interesante también considerar un símbolo (6) que parece peculiar de la Masonería anglosajona, o que al menos no se ha conservado sino en ella: es un círculo con un punto en el centro, comprendido entre dos tangentes paralelas; y estas tangentes se dice que representan a los dos San Juan. En efecto, el círculo es aquí la figura del ciclo anual, y su significación solar se hace, por otra parte, más manifiesta por la presencia del punto en el centro, pues la misma figura es a la vez el signo astrológico del sol; y las dos rectas paralelas son las tangentes a ese círculo en los dos puntos solsticiales, señalando así su carácter de "puntos límite", ya que estos puntos son, en efecto, como los límites que el sol no puede jamás sobrepasar en el curso de su marcha; y porque esas líneas corresponden así a los dos solsticios puede decirse también que representan por eso mismo a los dos San Juan. Hay empero, en esta figuración una anomalía por lo menos aparente: el diámetro solsticial del cielo anual debe considerarse, según lo hemos explicado en otras ocasiones, como relativamente vertical con respecto al diámetro equinoccial, y sólo de esta manera, además, las dos mitades del ciclo, que van de un solsticio al otro, pueden aparecer real y respectivamente como ascendente y descendiente, pues entonces los puntos solsticiales constituyen el punto más alto y el punto más bajo del círculo; en tales condiciones, las tangentes a los extremos del diámetro solsticial, al ser perpendiculares a éste, serán necesariamente horizontales. Pero, en el símbolo que ahora consideramos, las dos tangentes, al contrario, están figuradas como verticales; hay, pues, en este caso especial, cierta modificación aportada al simbolismo general del ciclo anual, la que por lo demás se explica de modo bastante sencillo, pues es evidente que no ha podido producirse sino por una asimilación establecida entre esas dos paralelas y las dos columnas [masónicas]; éstas, que naturalmente no pueden ser sino verticales, tienen por lo demás, en virtud de su situación respectiva al norte y al mediodía, y al menos desde cierto punto de vista, una relación efectiva con el simbolismo solsticial.

Este aspecto de las dos columnas se ve claramente sobre todo en el caso del símbolo de las "columnas de Hércules" (7); el carácter de "héroe solar" de Hércules y la correspondencia zodiacal de sus doce trabajos son cosas demasiado conocidas para que sea necesario insistir en ellas; y es claro que precisamente ese carácter solar justifica la significación solsticial de las dos columnas a las cuales está vinculado su nombre. Siendo así, la divisa "non plus ultra", referida a esas columnas, aparece como dotada de doble significación: no solamente expresa, según la interpretación habitual, propia del punto de vista terrestre y, por lo demás, válida en su orden, que aquéllas señalan los límites del mundo "conocido", es decir, en realidad, que son los límites que, por razones cuya investigación podría resultar de interés, no era permitido sobrepasar a los viajeros; sino que indica al mismo tiempo -y sin duda debería decirse ante todo- que, desde el punto de vista celeste, son los límites que el sol no puede franquear y entre los cuales, como entre las dos tangentes de que tratábamos líneas antes, se cumple interiormente su curso anual (8). Estas últimas consideraciones pueden parecer bastante alejadas de nuestro punto de partida, pero, a decir verdad, no es así, pues contribuyen a la explicación de un símbolo expresamente referido a los dos San Juan; y, por otra parte, puede decirse que, en la forma cristiana de la tradición, todo lo que concierne al simbolismo solsticial está también, por eso mismo, en relación con ambos santos.

NOTAS:

1. Esta idea se encuentra, particularmente, expresada varias veces y en formas diversas en el Tao-te-King; se la refiere más en especial, en la tradición extremo-oriental, a las vicisitudes del yin y el yang.

2. San Juan, III, 30.

3. Esas fiestas se sitúan en realidad un poco después de la fecha exacta de los solsticios, lo que manifiesta de modo aún más nítido su carácter, ya que el descenso y el ascenso han comenzado ya efectivamente; a esto corresponde, en el simbolismo védico, el hecho de que las puertas del Pitri-loka y del Deva-loka se consideran situadas respectivamente, no exactamente al sur y al norte, sino hacia al sudoeste y el nordeste.

4. Queremos referirnos aquí al significado etimológico de ese nombre en hebreo; en cuanto a la vinculación entre Juan y Jano, aunque debe entenderse que es una asimilación fónica sin ninguna relación, evidentemente, con la etimología, no por eso es menos importante desde el punto de vista simbólico, ya que, en efecto, las fiestas de los dos San Juan han sustituido realmente a las de Jano, en los respectivos solsticios de verano e invierno.

5. Recordaremos también, vinculándola más especialmente a las ideas de "tristeza" y "alegría" que indicábamos en el texto, la figura "folklórica" francesa, tan conocida, pero sin duda generalmente no comprendida muy bien, de "Juan que llora y Juan que ríe", que es en el fondo una representación equivalente a la de los dos rostros de Jano; "Juan que llora" es el que implora la misericordia de Dios, es decir, San Juan Bautista; y "Juan que ríe" es el que le dirige alabanzas, es decir, San Juan Evangelista.

6. [Ya señalado en la última nota de un artículo anterior.]

7. En la representación geográfica que sitúa a esas columnas a una y otra parte del actual estrecho de Gibraltar, es evidente que la ubicada en Europa es la columna del norte y la ubicada en África es la de mediodía.

8. En antiguas monedas españolas se ve una figuración de las columnas de Hércules unidas por una suerte de banderola en la que está inscrita la divisa "non plus ultra"; ahora bien -cosa que parece bastante poco conocida y que señalaremos aquí a título de curiosidad-, de esa figuración deriva el signo usual del dólar norteamericano; pero toda la importancia fue dada a la banderola, que no era primitivamente sino un accesorio y que fue cambiada en una letra S, cuya forma aproximadamente tenía, mientras que las dos columnas, que constituían el elemento esencial, quedaron reducidas a dos trazos paralelos, verticales como las dos tangentes del círculo en el simbolismo masónico que acabamos de explicar; y la cosa no carece de cierta ironía, pues precisamente el "descubrimiento" de América anuló de hecho la antigua aplicación geográfica del non plus ultra.


Autor:
René Guénon

Artículo originalmente publicado en “Études Traditionnelles”, junio de 1949, e incluido en Symboles fondamentaux de la Science Sacrée, París, Gallimard, 1962 [Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada, Buenos Aires, Eudeba, 1969, y Barcelona, Paidós, 1996].
 
 
 

viernes, 17 de noviembre de 2017

SIMBOLOGÍA SOBRE LAS COLUMNAS J Y B

 
La riqueza simbólica de los dos solsticios es verdaderamente in­agotable y nos ofrece siempre diferentes niveles de lectura, todos ellos perfectamente coherentes entre sí.
 
Quiero señalar de forma muy breve uno de los aspectos de esa simbólica, aquella que se re­fiere a las letras J y B, que como sabemos son las iniciales de las dos columnas que enmarcan la entrada de nuestro templo, y también del templo de Salomón, su prototipo y modelo.
 
Estas dos iniciales se corresponden con las de Juan Bautista y Juan Evangelista, tam­bién llamado Juan Boanergés, nombre que significa "Hijo del True­no", referido tanto al Evangelista como a su hermano Santiago, que es el patrón de los alquimistas como todos sabéis.
 
Que las iniciales de los nombres de los dos patrones de la Masonería (Juan Bautista y Juan Boanergés = J y B) sean las mismas que las de las dos Co­lumnas no ha de deberse a una simple "coincidencia" o "azar", que no existen para la Ciencia Simbólica, sino que ha de responder a algo mucho más profundo relacionado con la enseñanza cosmogónica e iniciática de nuestra Orden.

Tengamos en cuenta que las dos columnas son una sola en su realidad arquetípica, pues ambas están situadas en los extremos de un mismo eje, el eje de los solsticios, significando la palabra sols­ticio "el sol se detiene", que es lo mismo que decir que el tiempo simbólicamente no transcurre, esto es, que no existe, y que por tanto la idea de dualidad, movimiento y sucesión propia del transcurrir temporal ha sido reintegrada en la Unidad de su origen eterno.
 
Asimismo los dos solsticios ocurren simultáneamente, pues cuando en el hemisferio norte es el solsticio de invierno, en el hemisferio sur es el solsticio de verano, y viceversa, de ahí que se diga que cuando la "puerta de los dioses" se abre (en el solsticio de invier­no), también lo hace simultáneamente la "puerta de los hombres" (en el solsticio de verano).

Por otro lado, las letras J y B son también las iniciales de Jerusalén y Belén, que como sabemos son las dos ciudades, o los dos extremos en el espacio y el tiempo, entre los que transcurre la vida de Cristo, que no es otro que esa realidad arquetípica en la que se unen los contrarios aparentes representados por los dos San Juan o los dos solsticios.
 
El mismo Cristo, en cuanto a su condición humana es salido del tronco de David y por tanto de la tribu real de Judá, que junto a la de Benjamín (B), fueron las dos tribus que constituyeron el reino de Judá.

Toda esta simbólica, que nos describe una historia y una geogra­fía sagradas, adquiere un sentido nuevo cuando advertimos que las mismas iniciales J y B son también las de las letras hebreas Iod y Beth (la J es idéntica a la I), y cuyos valores numéricos son 10 y 2 respectivamente. Atendiendo a esos valores numéricos, el primero (10) expresa la idea de ciclo completo y acabado, en tanto que el se­gundo (2), indica más bien la idea de comienzo y principio, pues Beth es asimismo la inicial de Bereshit, la primera palabra con la que se inicia el Génesis y el Prólogo del Evangelio de San Juan:
 
"En el Co­mienzo", o "En el Principio".
 
En relación con el tiempo esos valores numéricos se están refiriendo al comienzo y al fin de la manifesta­ción, o de cualquier ciclo, como por ejemplo la vida de Cristo "encuadrada" entre Belén y Jerusalén. Pero si sumamos, es decir si unimos, 10 y 2 el resultado es 12, que en este contexto se correspon­den con las 12 puertas de la Jerusalén Celeste, o con los "doce soles" que aparecen simultáneamente en el centro de ella como los doce frutos del Árbol de la Vida, cuando todo el ciclo de la humanidad (el Manvántará) haya sido consumado en la Unidad, dentro de la cual "no hay acepción de personas", o de individualidades.


lunes, 13 de noviembre de 2017

LOS SOLSTICIOS: FIESTAS DE LOS DOS SAN JUAN


No nos es ajena la enorme importancia que revisten para la Masonería las fiestas solsticiales de los dos San Juan. Todos sabernos que la importancia que nuestra Orden concede al Bautista y al Evangelista obedece, entre otras razones, al hecho de que ambos santos representan, por la extraordinaria riqueza espiritual que sus mensajes contienen, la espina dorsal y el eje invariable que sostiene nuestro edificio.
 
En esta plancha intentaremos señalar algunos aspectos del complejo simbolismo solsticial, ligándolo, en cuanto nos sea posible, a determinados aspectos de la enseñanza iniciática y cosmológica de nuestros dos santos patrones.
 
En primer lugar, hemos de tener en cuenta que los fenómenos astronómicos y naturales, en una sociedad tradicional, o en una organización iniciática como es nuestra Orden, siempre han sido considerados como los símbolos de las realidades invisibles y espirituales, que por tener tal naturaleza no podrían ser aprehendidos por nuestra inteligencia si no fuera por aquello que las sugiere y las expresa, es decir las simboliza. Idéntico punto de vista podríamos deducir de las imágenes y símbolos específicamente iniciáticos y sagrados (como, sin ir más lejos, aquellos que decoran y hacen significativa la Logia), y que fueron diseñados por nuestros antepasados con el único fin de servir de soporte, de estudio y de meditación para conocer la verdad que se oculta tras su apariencia.
 
En su sentido más auténtico los símbolos iniciáticos no son sino las expresiones de los arquetipos universales, de las causas originarias, de las que emanan, como el manantial de su fuente, todas las cosas, siendo este punto de vista, a diferencia de lo que hoy se cree, una constante en el pensamiento de los hombres y de los pueblos a lo largo de la historia. Todo ser tiene un origen temporal, tanto como atemporal y trascendente. Por un lado, un nacimiento físico, condicionado; por otro, la posibilidad de renacer, de volver a nacer a la esfera de lo espiritual, por un acto de su voluntad más íntima y profunda, gracias al conocimiento del lenguaje revelador, evocador y regenerativo de los símbolos sagrados.
 
Las representaciones rituálicas cumplen el mismo objetivo. En su desarrollo gestual, en la propia dinámica de su ritmo, el rito (que es el símbolo en movimiento) produce determinadas vibraciones armónicas que actúan como un detonador en la conciencia, despertándola a la realidad que el gesto ritual simboliza. Por tomar un ejemplo entre muchos, las circumambulaciones alrededor de los tres Pilares que el masón ejecuta en Logia no hacen sino representar simbólicamente el ritmo circular del sol y de las estrellas en su curso aparente por el cielo alrededor de la estrella polar. 
 
Las fiestas solsticiales de los dos San Juan se adornan con los atributos propios de toda celebración litúrgica en la que el sol, el astro de la luz, es el protagonista principal. Sin ir más lejos, el carácter solar de ambas festividades está netamente señalado por las fechas que ocupan en el calendario, es decir el 24 de junio para San Juan Bautista y el 27 de diciembre para el Evangelista, días que como todos sabemos corresponden al solsticio de verano y al solsticio de invierno, respectivamente. Para no alargarme demasiado en estas consideraciones indicaré solamente que la circunferencia o círculo que dibuja la órbita solar al pasar de un solsticio a otro, pasando por los dos equinoccios de primavera y otoño, deviene el esquema simbólico y tradicional del ciclo del año. Y si tenemos "en cuenta las relaciones, correspondencias y analogías que se dan entre el espacio y el tiempo, deberíamos deducir que si el movimiento aparente del sol, así como el de los planetas y restantes cuerpos celestes es circular, el tiempo tiene que serlo también, lo que vale decir que es por naturaleza cíclico. Esto lo podemos advertir igualmente cuando constatamos que a cada punto cardinal, norte, sur, este y oeste, le corresponde una estación temporal invierno, verano, primavera y otoño en un constante reciclaje que hace posible la regeneración permanente del propio tiempo y espacio, tanto terrestre como celeste o cósmico.
 
Las fiestas rituálicas de los dos San Juan, como en cierto modo toda celebración litúrgica reposan pues, sobre este postulado el tiempo cósmico y humano está sujeto a la regeneración perenne, siendo este vaivén rítmico de los solsticios como una imagen y un reflejo sensible y natural de esta ley universal. Ya los antiguos romanos celebraban anualmente las fiestas solsticiales dedicadas al dios Jano, en el que podemos encontrar las mismas significaciones simbólicas que se atribuyen a los dos San Juan. Como ellos, Jano presidía las fases ascendentes y descendentes del ciclo anual, y era considerado como el "portero" (ianitor), que con sus dos llaves, una de plata y otra de oro, abría y cenaba las épocas. Por esto mismo se le denominaba también el «Señor del tiempo», el creador del mundo y padre de los dioses. Jano poseía las claves (de (l'avis, llave) de los misterios ligados a la iniciación.

Las dos llaves estaban relacionadas con los dos rostros que poseía (de ahí también el calificativo de Jano Bifronte). Uno de ellos miraba a la izquierda y estaba relacionado con el pasado, con lo que fuimos, y que como tal condiciona inevitablemente nuestro presente. Al rostro de la izquierda se le adjudicaba la llave de plata, llave (o clave) que abría la puerta de acceso a los misterios ligados a la primera fase de la iniciación, donde el recipiendario tiene que tomar conciencia de si mismo, esfuerzo que necesariamente implica la regeneración total de la psiqué o del alma, elevándola a un plano superior que por su naturaleza le pertenece. A su vez, la llave de oro estaba en posesión del rostro que mira a la derecha y al porvenir. Podríamos decir que el porvenir -donde el tiempo todavía no es- se relaciona simbólicamente con el mundo celeste y uránico (solar), y cuyos misterios están ligados a la segunda fase de la iniciación.
 
Y es precisamente en su papel de «iniciador en el Conocimiento», como fue venerado por los Collegia Fabrorum de la Roma Imperial, antecesores directos de los gremios iniciáticos de constructores y artesanos que florecieron en la Edad Media, periodo histórico donde precisamente Jano fue reabsorbido en la forma cristianizada de San Juan Bautista y San Juan Evangelista, de los que se ha dicho que representan las dos modalidades o aspectos de un solo y mismo ser.
 
Aquí existe una interesantísima correspondencia entre las puertas solsticiales y el dominio propio de la iniciación en los misterios, que no hace sino confirmar el valor simbólico del mundo natural con respecto al espiritual y sagrado. Iniciación que a su vez se desarrolla en dos fases, descendente y ascendente, o concentrativa y expansiva, y que la antigüedad grecolatina hizo corresponder respectivamente a los «pequeños viajes» y a los «grandes viajes», terrestres los unos y celestes los otros, los que conducen al conocimiento integral de la cosmogonía y del verdadero orden del mundo. Estas mismas fases de un solo y único proceso se encuentran claramente expresadas en la iniciación, elevación y exaltación característica de los tres primeros grados masónicos de Aprendiz, Compañero y Maestro, a los que no son ajenos las figuras y atributos del Bautista y del Evangelista.
 
Es bien cierto que como su propio nombre indica, la misión de Juan Bautista es precisamente la de bautizar con agua, simbolizando dicho bautismo la regeneración y el nacimiento a una «nueva vida», aquélla que se nos promete cuando somos recibidos francmasones. A partir de ese momento crucial, que es un comienzo y una entrada, se nos abre una puerta, la que los pitagóricos designaban como la «puerta de los hombres», representada en nuestro ritual por esa matriz cósmica que es la Cámara de Reflexión, donde simbólicamente también descendemos en el fondo de lo humano para reconocer nuestra verdadera identidad en consonancia con nuestro destino. Esto es lo que designan las siglas herméticas V.I.T.R.I.O.L. grabadas en dicha Cámara: Visita el Interior de la Tierra (de ti mismo) y Rectificando Encontrarás la Piedra Oculta.
 
Según el símbolo, descendiendo en el centro tenebroso de la tierra reconocemos el valor supremo de la muerte, de la vacuidad, de lo más pequeño, imprescindible para que una nueva forma de vida, un orden nuevo, reflejo de lo universal, alumbre en nuestra alma. A este respecto, en la rueda astrológica, la «puerta de los hombres» está situada en el signo de Cáncer, que por sus vinculaciones con la luna y el agua (la cual genera al mismo tiempo que corrompe), rige tanto los nacimientos como las muertes. Con el mismo significado la cosmología hindú menciona «la vía de los antepasados» (pirt-yana), por donde el ser que la recorre nace a la generación y a la vida. En el dominio de la realización espiritual esta generación es un nacimiento al cosmos, al orden, una entrada en el templo sagrado, donde los planetas junto con los doce signos del zodiaco marcan los ciclos y los ritmos del universo y del hombre. Hemos de recordar que en el templo de la Logia los doce signos son las doce columnas o pilares que la enmarcan, estando expresados los planetas por los oficiales que rituálica y armónicamente circulan por su interior. Este descenso podría verse también como una paulatina disminución de la naturaleza humana, fácilmente accesible a cualquier tipo de contagio profano. Esto lo anuncia claramente el Bautista cuando exclama: «El, Cristo, conviene que crezca, y yo que disminuya», clara alusión, por otro lado, al trayecto solsticial, descendente-ascendente de la órbita solar. Por otro lado en nuestra tradición, Cristo no es sino el Gran Arquitecto, el Maestro interno de cada uno que desde lo secreto dirige la edificación del Templo de la Sabiduría.

En el solsticio de Invierno el descenso alcanza su máxima declinación, lo que se traduce como el aparente triunfo de las tinieblas nocturnas sobre la claridad diurna. Pero lo que ha alcanzado su mínimo no puede sino crecer, motivo por el cual el solsticio invernal marca también el ascenso de la luz solar; el nacimiento de Cristo (Sol de Justicia) se produce en Navidad, solsticio de invierno.
 
Añadamos que este descenso es una interiorización y concentración en el objeto de nuestra búsqueda, que nos conducirá finalmente al recinto sagrado, iluminado desde su interior y «a cubierto» de cualquier interferencia profana. Para ello, toda aspereza y arista de la piedra bruta tienen que ser trabajadas pacientemente, tomando como ejemplo la propia misión del Bautista, que ya profetizó Isaías con estas palabras: «Aplanad los caminos del Señor, toda montaña y colina serán allanadas». Mensaje de equilibrio, de paciencia y de amor ferviente hacia la Verdad sin mácula que también anuncia el Precursor, hijo de Zacarías.
 
Por esta razón, a Juan Bautista se le atribuye en la Masonería la ciencia de la escuadra y el nivel, útiles imprescindibles para que la base del edificio a construir se encuentre perfectamente allanada y encuadrada, simbolismo que se refiere claramente al trabajo de rectificación que cada uno debe ejercer consigo mismo.
 
Si a la función del Bautista le conviene la escuadra y los misterios terrestres de lo humano, ligados al bautismo de agua, a Juan Evangelista «el águila de Dios» y «el discípulo bien amado», se le considera el apóstol que da testimonio de la luz divina, siéndole encomendado bautizar con el fuego del Espíritu. Porque su Evangelio representa sin duda alguna el aspecto interior y esotérico de la tradición cristiana, la Masonería le asigna la perpendicular y el compás, instrumentos que sirven para trazar el eje vertical que va del centro de la base del edificio hasta su sumidad más alta, donde reside la clave de bóveda.
 
Según una aplicación particular del simbolismo cosmológico a las puertas solsticiales, ese eje vertical o esa plomada indicará el camino ascendente que se abre, según los pitagóricos, con la «puerta de los dioses», la que da acceso a los «grandes viajes», donde el masón, maestro de sí mismo por la muerte y resurrección del maestro Hiram, irá en busca de su verdadero origen y patria que es celeste (el Oriente Eterno), donde podrá encontrar finalmente la reconstitución de la «Palabra Perdida» que compone el Nombre Inefable del Gran Arquitecto, Sol Espiritual y eje polar y central del Universo.
 


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