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jueves, 28 de diciembre de 2017

INICIACIÓN DEL CANDIDATO A APRENDIZ: EL PIE, LA RODILLA, EL PECHO Y LA SOGA

 
El pie izquierdo al desnudo. Los pies son nuestro instrumento para hacer camino, mientras el derecho marca la senda que debe ser recorrida, nos orienta hacia el futuro, el izquierdo es como un cuentakilómetros que marca lo que queda detrás de nosotros. El izquierdo es el que «sabe» cuál es la senda por la que debemos adentramos. Ese pie «conoce» el objetivo de nuestra alma y cuando vamos hacia algo que está en contra de nuestra realidad profunda el pie izquierdo tropieza, se tuerce, se quiebra en los desniveles de la calzada. Es su forma de advertimos que nuestra andadura se está desviando de su línea de flotación real.
 
Al ponerlo al descubierto, el rito pretende decirle al neófito: has encontrado tu camino, aquel que es la continuación lógica de los pasos que tu alma ha andado anteriormente y ahora tu pie izquierdo, que contiene la memoria de un itinerario pasado, te conducirá al templo.
 
El pie que retiene la información, que ejerce de «disco duro», debe estar descalzo para empaparse de la nueva realidad que está viviendo la persona a través de la iniciación.
 
La rodilla derecha al descubierto. Las rodillas están regidas por el signo de Capricornio. Los dioses del Olimpo, cuando querían conseguir un favor de Zeus, su jefe supremo, le acariciaban las rodillas, porque son la plaza fuerte de la voluntad realizadora y con la caricia pretendían captarla. Capricornio es el signo que rige la arquitectura, la construcción, y, en el cuerpo humano, las rodillas nos permiten elevarnos y situar en la cima lo que está en el suelo.
 
Este movimiento de elevación se emplea diariamente en los ritos de la iglesia exotérica, a menudo sin comprender su exacto significado. Los comentaristas del ritual católico han tomado la genuflexión únicamente como un gesto de humildad, cuando uno de los aspectos más importantes que quiere poner de relieve ese movimiento es la facultad del hombre de elevarse cuando se encuentra arrodillado y hundido.
 
Al realzar esta parte, el ritual masónico pretende llamar la atención del candidato. Primero sobre el hecho de que su misión, al recibir la luz, es la de construir, la de recoger constantemente los materiales que la naturaleza ha esparcido por la costra de la tierra y elevarlos mediante el juego de rodillas. Segundo, que su principal tarea, en el ámbito personal, será la de elevarse sin cesar por encima de los niveles en que se encuentra. En las horas sombrías, cuando todo parezca perdido, cuando el gran empeño humano se desmorone, el candidato recordará que las rodillas le han sido dadas para levantarse.
 
Del mismo modo, el signo de Capricornio se encuentra en el lugar más elevado del zodiaco, en señal de que la naturaleza negra, la piedra bruta de la obra alquímica, acabará siendo un día más resplandeciente que la luz del Sol. Las rodillas capricornianas hacen que el hombre permanezca poco tiempo postrado, y si sobre la rodilla izquierda reposan todos los esfuerzos de elevación realizados en el pasado, la rodilla derecha, la que se descubre, encierra la potencialidad de los esfuerzos de elevación contenidos en el porvenir.
 
La rodilla constituye, además, uno de los puntos más fuertes y relevantes del cuerpo, puesto que permite el movimiento. Ponerla al descubierto también significa que se descubre el punto de mayor fuerza porque a partir de la iniciación la fuerza dejará de estar en el exterior y pasará a ser una potencia interna.
 
Por último, al descubrir el pecho izquierdo, lugar donde está situado el corazón, el ritual quiere llamar una vez más la atención del candidato sobre el ineludible deber de poner el corazón a la obra. La vía masónica, ya lo hemos comentado, es la que pasa por la mente, la órbita de Caín, pero para avanzar en la obra es imprescindible la colaboración de Abel, que opera a través del corazón. Cuando una excesiva intelectualización amenaza con helar la obra, es preciso despertar a Abel de su letargo para incorporarlo al trabajo.
 
Reconocimiento del sendero, sentido de la acción y armonía entre el corazón y la mente son enseñanzas que el ritual dispensa al candidato en el momento de su iniciación. Esta colaboración entre el corazón y la mente se subraya cuando al candidato, al llamar a la puerta del templo, se le recibe con una espada apuntando sobre su pecho descubierto. Las espadas, uno de los símbolos de los arcanos menores del tarot, son el emblema del elemento Aire, que corresponde al mundo del pensamiento, de donde proceden las ideas.

Las ideas, en su estado natural, son hostiles a los sentimientos, son sus enemigas irreconciliables y de ahí ese gesto de hostilidad con que es recibido el candidato al apuntarle con la espada al corazón. Su trabajo consistirá en armonizar esas dos fuerzas, llamándolas a colaborar en la realización de la obra. En nuestra vida cotidiana tenemos que poner corazón en cada actividad que desarrollemos, es preciso conciliar nuestra parte razonable, las necesidades, con los deseos; debemos intentar que nos guste y nos motive la actividad que estamos desarrollando, sobre todo si se trata de nuestro trabajo habitual.

En cuanto a la cuerda al cuello, que se le quita al llegar al templo, es símbolo de los condicionamientos que atan al candidato al mundo. El cuello está regido por el signo de Tauro, que representa los goces terrenales, esos placeres que constituyen para nosotros una atadura. Las enseñanzas que el neófito recibirá en el templo lo liberarán de esas ataduras, de las pasiones.
 
 
 

miércoles, 27 de diciembre de 2017

SIGNIFICADO DE YOD, LA ETAPA DE APRENDIZ

 
Cuando el edificio se está levantando, los distintos utensilios: escuadra, plomada, nivel, mallete, cincel, permitirán al constructor asegurar la estabilidad de la obra. Pero antes de edificar, es preciso que se realice un trabajo interior. El edificio debe estar construido antes en la mente del arquitecto para proyectarlo en la realidad física. Yod significa el impulso irresistible que nos lleva a realizar algo, el designio primordial, una fuerza interior irreprimible que activa nuestro cerebro y comunica al intelecto el deseo ardiente de la obra, la sed de realizaciones, podríamos decir.
 
Si esa sed dejara de existir, nada firme sería construido y aquello que se edifique sin la concurrencia de esta fuerza será una simple chabola, una caseta playera provisional que se llevará el primer temporal. En otras palabras, es preciso que toda construcción humana disponga, en una fase previa, de un tiempo mental, el cual constituye sus auténticos cimientos. Si se pasa por alto ese tiempo, la obra o bien nunca se hará o bien se derrumbará por falta de cimientos.
 
Así, el Aprendiz masón se limitará, en su primer año, a aprehender designios, a almacenar en su espíritu la fuerza de Yod, haciendo hervir esos designios en su interior con el fin de purificarlos, de quitarles todo lo que ha dejado de ser esencial.
 
La idea en bruto se seguirá perfilando en su mente, luego le quitará las asperezas, apreciará ya ciertos defectos de elaboración, hasta que quede una concepción pura, inmaculada.
 
En la sociedad, la inexistencia de esa etapa de Yod es la que lleva al fracaso las conversaciones y propuestas improvisadas. Si una persona, antes de solicitar un empleo, de pedir una entrevista para un negocio, se toma la molestia, durante días y hasta semanas, de pensar, de estudiar la mejor forma de abordar el problema, de pulir una y otra vez la idea original, el resultado de su gestión será otro muy distinto al que hubiera obtenido con una simple improvisación.
 
Las civilizaciones antiguas han dado a Yod la forma del órgano viril y lo esculpían erecto para adorarlo. Es la imagen más clara que se puede dar de esa fuerza y también la más adecuada para comprender su utilidad. En efecto, la simiente oculta en el órgano viril es la que engendra el hijo que nacerá después. El proceso de su evolución podemos observarlo desde el exterior en la madre, pero si aquel feto se desarrolla y nace la obra, es debido al impulso invisible del órgano varonil.
 
Si alguien viene a decirnos que la fuerza de Yod es innecesaria para realizar una obra, nosotros le responderemos que lo pruebe tratando de engendrar un hijo sin el concurso de la semilla.

Yod simboliza también la fuerza de voluntad necesaria en el arranque de cualquier actividad, la energía que debe utilizarse para romper la rutina, el marasmo de lo establecido, de aquello que representa nuestra seguridad temporal.

 
 
 
 
 

domingo, 17 de diciembre de 2017

LA COLUMNA B


La palabra columna, es asignada a los pilares, las columnas tienen diferentes usos y están hechas de una gran diversidad de materiales, existen infinidad de formas y usos de estas.
 
Pueden ser ornamentales, de sostén, de fuerza, de apoyo o como monumento.

La forma similar en ellas o casi iguales, no significa que se usen para lo mismo, menos aun, el material del cual están hechas o construidas.

Son medios arquitectónicos, constituidos por una base, un cuerpo o fuste y un capitel, la cual es la parte superior en donde descansa un algo.

En nuestro medio, existen en el templo, dos grandes columnas constituidas como la columna B.·. y la columna J.·. las cuales sostienen la bóveda del infinito.

La columna B.·. está situada a unos pasos de la entrada del templo o material y que debe estar soportando como base a nuestro templo espiritual, esta columna, está colocada al norte, precisamente en donde se ubican los A.·. Mas.·., es símbolo inicial básico de todo Aprendiz.

Cabe hacer una referencia, ya que como se menciono la columna consta de la base, el cuerpo y un capitel, de la misma forma los seres humanos, tenemos bases, cuerpo y capitel, es decir la cabeza, alegóricamente; la columna en su capitel, tiene el globo terráqueo, de tal manera y viéndolo desde una óptica analítica, entendemos que esta columna es la fortaleza con que se mantiene a la tierra en todas sus funciones, observamos además que el globo terráqueo está cubierto por una red, haciendo alusión a los Masones que en ella habitamos.

La columna en su fuste, tiene la letra B.·. lo que significa (palabra) que a la vez se traduce en FORTALEZA, nombre que se le dio cuando esta materializaba a la estrella polar del norte.

Simboliza además los cambios en la naturaleza, las fuerzas cósmicas que mantienen al mundo gravitando.

Es pues esta columna un símbolo de fuerza, fuerza que cada uno de nosotros debemos emplear para lograr ser gente de bien y buena moral.

Fortaleza que debe existir en todo templo espiritual, tanto individual como generalmente, fuerza con la que debemos empezar a desarrollar todos y cada uno de los trabajos, acciones y actitudes en nuestra vida cotidiana y para con nuestros semejantes. Más aun, entre los Masones, entrelazado con respeto y fraternidad.

La columna B.·. es pues un símbolo que se refiere a bases, que nos hacen pensar, en cuáles son esas bases que cada uno de nosotros tiene para poder desarrollar un pensamiento el cual llega a ser pilar para el desarrollo intelectual de cada persona y que se hace grande con relación a esa capacidad de análisis que puede llegar a algún lugar en el espacio y el de la ciencia.

Para terminar, y haciendo una pequeña reflexión, se entiende entonces que el simbolismo de la columna representa la fuerza interna que existe en un ser sin importar la forma, sino el fondo final del objetivo.

Representa la fuerza con que se empieza a desbastar la piedra bruta, la cual encontramos en su base.

Signo de fortaleza que debe ser característica del A.·. M.·.

Es cuanto.

 
 

lunes, 20 de noviembre de 2017

SIMBOLISMO DE LOS GUANTES


La investidura de los guantes tiene íntima relación con la del mandil, de tal modo que al estudio del simbolismo del último debe seguir innecesariamente, el de los primeros.
 
En los ritos continentales de la Francmasonería, practicados en Francia, Alemania y otros países es costumbre invariable regalar al candidato recién iniciado no sólo un blanco mandil de cabritilla, sino también un par de guantes para él y otro para su esposa. Este último par debe regalarlo él, a su vez, a su mujer o prometida, según la costumbre de los masones alemanes, o según la de los franceses, a la mujer que más quiera, lo que en realidad viene a ser lo mismo.

Todo lo cual, tiene su simbolismo, como todo lo de la Francmasonería. Al entregar los guantes al candidato se le quiere enseñar que los actos de todo francmasón deben ser tan puros e inmaculados como los guantes que se le regalan. En las Logias alemanas sustituyen la palabra actos por handlungen, o handlings, las obras de sus manos, con lo que se da mayor fuerza al símbolo.
 
El Dr. Roberto Plot -que no fue partidario de la Francmasonería, pero sí un sabio historiador- dice en su Natural History of Staffordshire, que en su época (1660) la Sociedad de los Francmasones regalaba a los candidatos guantes para ellos y para sus esposas. Esto demuestra que la costumbre, que todavía se conserva en el continente europeo, se practicó antes en Inglaterra, en donde con frecuencia se da al olvido, igual que en América. Pero aunque ya no se practica en América e Inglaterra la costumbre de regalar los guantes al candidato, sin embargo, todavía forma parte esta prenda de la vestidura profesional del francmasón en la Logia y en las procesiones. En muchas logias bien regularizadas sus miembros llevan tan metódicamente los guantes blancos como el mandil.
 
El simbolismo de los guantes no es en realidad más que una modificación del mandil. Los dos significan lo mismo, puesto que aluden a la purificación de la vida. El Salmista dice:

"¿Quién escalará la montaña del Señor?
¿Quién permanecerá en su lugar sagrado?
El que tenga las manos limpias y puro el corazón."
 
Puede decirse que el mandil se refiere al "corazón puro", y los guantes, a "las manos limpias". Pero ambos significan purificación, la purificación que se simbolizó siempre con la ablución que precedía a las antiguas iniciaciones en los Misterios sagrados. Pero, a pesar de que los masones americanos e ingleses aceptan tan sólo el mandil, y rechazan los guantes corno símbolo masónico, parece ser que estos últimos son mucho más importantes en la ciencia simbólica, pues en todos los antiguos escritores se encuentran abundantes alusiones a las manos puras o limpias.
 
"Las manos son los símbolos de las acciones humanas; las manos puras son acciones puras; las sucias, actos injustos", dice Wemyss en su Clavis Symbolica. Tanto los autores profanos corno los sagrados aluden con frecuencia a este símbolo. El lavatorio de manos es el signo externo de la purificación interna. Por eso dice el Salmista:
 
"Lavaré mis manos en inocencia y daré vueltas a tu altar, ¡oh Jehová! "
 
En los antiguos Misterios el lavatorio de manos precedía a la ceremonia iniciática y servía para indicar simbólicamente que era necesario estar puro de todo crimen antes de ser admitido a los ritos sagrados. Por ejemplo, en el templo de la Isla de Creta se leía la siguiente inscripción :

"Límpiate los pies, lávate las manos y, después, entra."
 
No cabe duda de que el lavatorio de manos, como símbolo de pureza, era un rito característico de los antiguos. Nadie osaba orar a los dioses antes de lavarse las manos.

- Homero hace decir a Héctor:

“Temo ofrendar a Jove
el vino incensado con las manos sucias.”
 
- Eneas se niega, cuando parte de la ardiente Troya, a entrar en el templo de Ceres hasta que se lava en agua corriente las manos, manchadas en reciente lucha:
 
"Reciente todavía la lucha y la guerra
sería impío que yo tocase las cosas sagradas
antes de bañarme en el agua corriente".
 
- La misma práctica prevaleció entre los judíos. Ejemplo notable de ello es la conocidísima acción de Pilatos, quien, cuando le pidieron los judíos que crucificase a Jesús, se presentó al pueblo y se lavé las manos con agua, diciendo:
 
"Soy inocente de la sangre de este justo; 
allá vosotros."

- En la Edad Media, los obispos y sacerdotes se ponían guantes para celebrar las funciones religiosas. Estos guantes eran de lino de color blanco. Durandus, el célebre ritualista dice que:
 
 "los guantes blancos significan castidad y pureza;
porque las manos se conservan limpias
y libres de toda impureza".
 
Creemos innecesario dar más ejemplos. No cabe duda de que el empleo de los guantes en la Francmasonería es una idea simbólica tomada del antiguo lenguaje universal del simbolismo, y de que con ellos se trataba de expresar la necesidad imprescindible de llevar una vida pura.
 

 

lunes, 13 de noviembre de 2017

SIMBOLOS DEL APRENDIZ



Sin duda, uno de los símbolos más característicos del grado de aprendiz es la piedra bruta, de la que ya hemos hablado en diversas ocasiones. Su aspecto, lleno de aristas, es obviamente la imagen misma de lo deforme, es decir, de lo que esta por hacer y por formar. Por lo tanto, habiéndosele revelado, gracias a las primeras purificaciones, su naturaleza informe y grosera, el aprendiz deberá extraer el «orden del caos», re-creándose y re-haciéndose a sí mismo con la ayuda del Arte Real, que virtualmente le fue transmitido por el rito de la iniciación. Para lograrlo sólo cuenta con su voluntad y con su recta intención, dos cualidades de su ser que en la Masonería están simbolizadas por el mazo y el cincel, herramientas con las que deberá acometer los primeros trabajos sobre la piedra bruta.
 
Ciertamente, es con la fuerza emanada de la  (del mazo), chispa del fuego divino en el corazón humano, con la que el aprendiz impulsará la obra regeneradora. Es este un impulso, o motivación, que naciendo en el interior se dirige hacia el exterior (del centro a la periferia), el cual representa todo el conjunto de las influencias que durante el transcurso de su existencia ha ido recibiendo del medio profano (familiar, social y cultural), y que lo ha moldeado psicológicamente, convirtiéndolo en el producto de un «sueño» concebido por una especie de entidad colectiva y amorfa, entidad que está constituida por ese medio mismo.
 
Pero no son las influencias externas las únicas que mantienen al hombre en un estado de ser por debajo de sus auténticas posibilidades. Hay que considerar también, en este sentido, las carencias propias incluidas en la naturaleza humana, nuestros defectos «congénitos», que nacen con nosotros como una «marca» o «sello» que evocan el oscuro recuerdo del «pecado original» que condujo a la «caída» de Adán, nuestro antepasado mítico. Nos estamos refiriendo, concretamente, a lo que teológicamente se denominan los «siete pecados capitales» (reflejos invertidos de las «siete virtudes») y que, con menor o mayor proporción, se encuentran en todos los hombres.
 
Más, para que esa energía centrífuga de la voluntad «golpee» en tan dura piedra, es necesaria la facultad de la inteligencia discriminativa (el cincel), que «distingue» y separa lo esencial de lo superfluo, o que niega lo que no es beneficio exclusivo de la verdad. Hablamos del auténtico «rigor intelectual», con el que poco a poco se irán rectificando las asperezas del egoísmo radical y las imágenes mentales a él asociadas, poniendo, como se advierte en algunos manuales «un freno saludable a las pasiones», cualesquiera sea el signo o máscara que éstas adopten.
 
Bajo la acción de ese rigor se disciplina el carácter (se cincela y talla), al mismo tiempo que la psiqué, al liberarse de sus servidumbres y miserias, deviene el «plano de reflexión» horizontal donde las influencias celestes se plasman haciendo posible la transmutación por la atracción vertical que ellas ejercen. De otro lado, la energía del rigor, en cuanto que libera de ciertos nudos psicológicos, es también una manifestación del amor, y por cierto de la belleza, tal cual se hace patente en la concretización de la obra realizada conforme a su arquetipo o modelo eterno.

No obstante, el trabajo sobre la piedra bruta que conjunta y simultáneamente llevan a cabo el mazo de la voluntad y el cincel de la inteligencia, necesitan, para su cumplimiento efectivo, de un orden en el tiempo.

Debe, pues, intervenir aquí una tercera herramienta, inseparable de las otras dos: la regla de veinticuatro pulgadas, la cual simboliza «las 24 horas del día que el masón debe emplear en la realización del bien». Sobre esta regla, que por su forma es un símbolo axial, he aquí lo que nos dice el Rito Emulación:
 
«La regla de 24 pulgadas representa las 24 horas del día, en las que debemos pasar una parte rogando al Gran Arquitecto Todopoderoso, otra a trabajar y reposar, y otra, en fin, a servir y ayudar al amigo o hermano que lo necesite, sin perjuicio para nosotros o para nuestra familia».
 
Como se puede comprobar, se encuentra en esta fórmula (que sintetiza perfectamente la enseñanza de la regla masónica) una clara alusión a la famosa divisa alquímica "Ora et Labora", con la que los maestros alquimistas querían destacar que la Gran Obra hermética (e iniciática) no puede realizarse sin estos dos pilares fundamentales que son la oración y el trabajo. En este sentido, existe una «alquimia de la oración» en todo método iniciático y tradicional, consistente en la invocación reiterativa de los nombres o "palabras de poder" que expresan determinados atributos o energías divinas.
 
Así, en el esoterismo islámico una parte importante de su enseñanza se centra en el dikr, que es la repetición incesante del Nombre (o nombres) de Dios; otro tanto puede decirse en lo que respecta a la Cábala hebrea, e incluso, sin ir más lejos, en el propio cristianismo, especialmente en el hesicasmo de las escuelas orientales, herederas de la doctrina luminosa impartida por los antiguos Padres del desierto, los que pusieron en práctica la «oración del corazón», basada en la pronunciación del Nombre de Jesús.
 
En el caso de la Masonería, el ruego o plegaria se dirige a la Todapotencia del Sumo Artesano, a su energía creadora que organiza el orden y la simetría de la arquitectura cósmica. Y es precisamente en comprender las leyes que regulan la estructura sutil de esta arquitectura, recreándolas en la reiteración del rito cotidiano y diario, en lo que consiste fundamentalmente el trabajo y el método de conocimiento masónico, los que para ser válidos y realmente transformadores, deben realizarse siempre a «la Gloria» y en «el Nombre» del Gran Arquitecto.
 
En vinculación con esto, añadiremos que la lectura atenta y meditada de los libros sagrados también representa una forma de la oración; no en vano éstos han sido escritos por los profetas y sacerdotes por revelación directa del Verbo divino, y se dice que de esos libros ni tan siquiera una coma o punto debe suprimirse, tal es el carácter esencialmente «teofánico» (y por ello simbólico) del que están impregnados.
 
Naturalmente, tanto el rito del trabajo como el de la oración y el estudio, deben ir acompañados de una cierta disposición del espíritu que facilite la tan necesaria concentración. Al logro de esa disposición contribuye el cumplimiento de una norma que la Masonería impone a sus miembros: la «ley del silencio», la que tiene que ser escrupulosamente mantenida durante todo el tiempo que dure el período de aprendizaje. Sin duda, es ésta una de las múltiples herencias que nuestra Orden ha recibido del pitagorismo, que consideraba a dicha ley como un requisito ineludible a seguir por todos los neófitos ingresados en la cofradía; su importancia era tal que su incumplimiento era suficiente motivo para la inmediata expulsión de la misma. A esta «ley del silencio» se refiere el signo, o gesto, ritual del aprendiz de «ponerse al orden», signo que se sitúa a la altura de la garganta, es decir, en el centro gutural emisor de la palabra. Diremos que este signo (ejecutado con ambas manos y pies) describe las formas geométricas de la perpendicular (o plomada), el nivel y la escuadra, lo cual es bastante significativo, pues estas tres herramientas condensan la totalidad de la enseñanza simbólica de los tres primeros grados masónicos. «Ponerse al orden» es ir conformándose paulatinamente al influjo de esa enseñanza, lo que requiere un previo «acallamiento» de las «voces» y «pasiones que se agitan en el pecho», y que constantemente pugnan por salir al exterior, retrasando, o truncando definitivamente el proceso de la realización espiritual.
 
Por otro lado, en su aspecto de ascesis purificadora, el silencio que aquí se considera no consiste tan sólo en el mero hecho de «no hablar» (que se toma en todo caso como un símbolo externo de aquél) sino que se refiere más bien a la anulación del «discurso mental» o «discurso interno». En el estado de conciencia ordinaria constantemente nos «imaginamos» e «inventarnos» la realidad, a la que acomodarnos, encerrándola, en los estrechos limites de unos parámetros impuestos por una educación dirigida a supervalorar el eg0 en detrímento del ser. En vez de sumarnos a la vida y comulgar en permanente asombro con su impalpable misterio, nos dispersamos emitiendo hipótesis y opiniones acerca de lo que ella es o debería ser, como si no fuese lo suficientemente rica y generosa (aun en sus tremendas y crueles paradojas) para que sea necesario añadirle cualquier otra cosa que no esté ya incluida en el despliegue de sus indefinidas posibilidades.
 
Y eso no es todo, sino que en su desenfreno esa dispersión incuba el versátil «demonio de la dialéctica», artífice de una superestructura mental viciada de nadidad, un monstruo grotesco con los pies de barro. Acallando ese discurso, que se traduce en indigerible verborrea, aprendemos a escuchar (cualidad, por cierto, bien escasa hoy día), dejando espacio para la manifestación de otras «voces» que brotan de lo más profundo de nuestro ser con la fuerza que otorga la comprensión de los principios universales contenidos en el mudo lenguaje de los símbolos. De esta manera, ejercitando la práctica del silencio interior, el aprendiz puede acceder a la realidad de un tiempo y un espacio cualitativos (sagrados) imprescindibles para la recepción de las ideas, de la teoría, que se transmiten de arriba a abajo, de lo superior (lo celeste) a lo inferior (lo terrestre), conformando una escala o eje medular que ordena nuestro pensamiento y fertiliza la inteligencia. Se obtendrá así una percepción cada vez más sutil y en profundidad del mundo que nos rodea y de nosotros mismos, coadyuvando a la posibilidad del nuevo nacimiento prometido por la iniciación.

A pesar de que la «ley del silencio» se refiere concretamente al primer grado, de hecho abarca a todo el desarrollo de la iniciación considerada integralmente. En este sentido, es interesante señalar que en los misterios griegos al iniciado se le denominaba miste, expresión emparentada etimológicamente con las palabras «mito» y «misterio», ambas procedentes de la raíz «mu», de donde proviene el verbo muó y muein, que significan «callarse», «enmudecer», y por extensión «estar en silencio». Habría igualmente una íntima relación entre ese «estar en silencio», y la propia ausencia de la visión ordinaria, de la «ceguera» tornada en sentido figurado, y considerada asimismo como un signo distintivo del iniciado.
 
Durante el rito de la iniciación al postulante se le vendan los ojos, sumergiéndose así en la obscuridad más completa. Ello ejemplifica el estado de putrefacción alquímica, o de nigredo, en que se ha sumido todo su ser después de la purificación por el primer elemento, la tierra; pero, por otro lado, ese estado de total penumbra es también un símbolo de la receptividad a la enseñanza tradicional. Dicha enseñanza se vertebra alrededor de lo que ella tiene de «inexpresable», es decir de «secreto» (metafísico), el cual debe estar celosamente guardado «a las miradas indiscretas de los profanos» (o de lo profano que hay en uno mismo), en la soledad y el silencio inefable del corazón.

 

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