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miércoles, 4 de julio de 2018

PLEGARIA, ORÁCULO Y METARMOFOSIS DE LUCIO APULEYO POR LA DIOSA ISIS


Hubo en la antigüedad  un extraordinario afán entre ilustres filósofos extranjeros por instruirse en Egipto y sobre todo por conseguir que se les iniciase en los célebres misterios de aquel sacerdocio.
 
Herodoto, Pitágoras, Platón y otros insignes maestros de la clásica antigüedad pagaron tributo a esta que no sabemos si llamar preocupación o aspiración justificada. Como quiera que sea, por espacio de siglos los más sobresalientes ingenios fueron a buscar en las orillas del Nilo un diploma de capacidad que ya tenían sobradamente conquistado con sus obras inmortales. Cualquier persona medianamente versada en el estudio de los clásicos latinos recordará al tratar de este asunto el precioso libro XI y último de la Metamorfosis de Apuleyo.

El héroe de esta famosa obra había sido trasformado en jumento por la mala imprudencia de una maga intrusa en el arte de las hijas de Tesalia y en vano había buscado a través de mil aventuras un medio para recobrar su prístina fortuna.
 
Hallábase una noche tendido en una plaza solitaria, cuando de improviso despertó sobresaltado por el brillante resplandor de la luna que elevaba su disco del seno de los mares. El silencio, la soledad y el misterio invitaban el ánimo al recogimiento. El pobre fugitivo pensaba que la luna ejerce un poder soberano sobre todas las cosas de la tierra, de los cielos y del fondo de las aguas y se le ocurrió la idea de adorar a la diosa. Se zambulló en el mar para purificarse e introduciendo la cabeza siete veces en las olas, teniendo presente el valor místico que el divino Pitágoras atribula a este número y lleno de fervor, dirigió a la divinidad esta sentida plegaria:

Reina de los cielos,
quien quiera que seas,
benéfica Ceres,
madre de las espigas,
inventora de la agricultura
que gozosa de haber recobrado a tu hija,
enseñaste al hombre a reemplazar
los salvajes banquetes con más dulce alimento.
 
 Tú, que proteges las campiñas de Eulesis;
Venus celeste,
que desde los primeros días del mundo
diste el ser al Amor
para hacer que cesase
el antagonismo de los sexos
y perpetuar por la generación
la existencia de la raza humana.
 
Tú que te complaces en habitar
el templo insular de Pafos;
casta hermana de Febo,
cuya asistencia al trabajo del alumbramiento
ha poblado el vasto universo;
divinidad adorada
en el magnífico santuario de Efeso;
formidable Proserpina,
la del nocturno aullido
que bajo tu triple forma
tienes en la obediencia las sombras;
carcelera de las prisiones subterráneas del globo.
 
Tú, que recorres como soberana
tantos bosques sagrados,
divinidad adorada con cien cultos diversos,
cuyos púdicos rayos
platean los muros de nuestras ciudades
y hacen penetrar un fecundo rocío
en los alegres surcos de nuestros campos;
que nos consuelas de la ausencia del sol,
dispensándonos tu pálida luz;
sean cuales fueren el nombre,
el rito y el aspecto con que haya de invocarte,
dígnate asistirme en mi desgracia
y fortalecer mi vacilante fortuna.
 
Permite que después de tantos azares
obtenga al fin paz o tregua
y no haya de sufrir más pruebas ni contrariedades.
 
Líbrame de esta asquerosa forma de cuadrúpedo; devuélveme a las miradas de los míos
y restitúyeme mi forma de Lucio.
 
Si algún dios irritado me persigue
con implacable enojo,
déjame morir a lo menos,
ya que vivir no puedo.

Terminada esta plegaria cayó el infeliz en un gran abatimiento, hallando por dicha el consuelo que ansiaba en un sueño reparador. Sin embargo, a los pocos momentos se elevó del seno de los mares un rostro imponente, siguiéndole luego un cuerpo dotado de vivísimos resplandores.

Una larga y espesa cabellera partida en graciosos bucles flotaba detrás del cuello de la diosa y una corona de flores que llevaba en la cabeza se junta en su frente a un espejo, cuya blanca claridad daba a conocer a la luna, en tanto que en sus sienes alzaban la cabeza dos grupos de víboras.

Llevaba un vestido de hechiceros cambiantes y un negro manto guarnecido con ricas franjas y bordado de estrellas, en el centro del cual brillaba la luna llena con todo su esplendor. La diosa tenia en la diestra un sistro de bronce encorvado y con tres varillas, cuyo choque producía un agudo retintín. En la mano izquierda llevaba un jarro de oro en forma de góndola, cuya asa, en la parte saliente, estaba dominada por un áspid con la cabeza erguida y el cuello desmesuradamente inclinado. Calzaban sus pies divinos unas sandalias tejidas con hojas de palmera, árbol de la victoria.

Rodeada de tan imponente aparato y exhalando todos los perfumes de la Arabia, la divina aparición se dignó pronunciar estas palabras:

- He venido á ti, Lucio, conmovida por tus ruegos. Yo soy la Naturaleza, madre de todas las cosas, señora de los elementos, principio original de los siglos, divinidad suprema, reina de los Manes, la primera entre los habitantes del cielo, tipo universal de los dioses y diosas. El Empíreo y sus bóvedas luminosas, el mar y sus brisas salobres, el infierno y sus caos silenciosos obedecen a mis leyes: soy la potestad única adorada bajo tantos aspectos, formas, cultos y nombres como pueblos hay sobre la tierra. Para la raza primitiva de los frigios soy la diosa de Pesinunte y la madre de los dioses; los autóctonos del Ática me llaman Minerva Cecropia. Soy la Venus de Pafos para los insulares de Chipre y la Diana Dictina para los Cretenses. En las tres lenguas de Sicilia me llamo Proserpina Estigia y en Eleusis Ceres Antigua. Unos me invocan con el nombre de Juno, otros con el de Pelona; acá soy Hécate, allá Rhamnusia; pero solo los pueblos de la Etiopía, de la Ariana y del antiguo y docto Egipto, comarcas que el sol favorece con sus rayos nacientes, me tributan verdadero culto dándome mi propio nombre de diosa Isis.

Seca tus lágrimas, cesa en tus gemidos; me he compadecido de tus infortunios y vengo a ti favorable y propicia. Destierra el negro pesar; mi providencia hará muy pronto que brille para ti el día de la salvación. Presta pues oído atento a mis mandatos. El día que nacerá de esta noche me fue consagrado por la religión de todos los siglos. En este día el invierno habrá huido con sus tempestades, las encrespadas olas habrán recobrado la calma y el mar volverá a ser navegable. Mis sacerdotes van a ofrecerme una nave, virgen aún del contacto de las ondas, como inauguración del comercio renaciente. Espera esta solemnidad con el corazón confiado y el ánimo fervoroso.

El gran sacerdote llevará por orden mía una corona de rosas junto al sistro.

Ábrete paso sin vacilar a través de la muchedumbre y júntate a esa pompa solemne; acércate al pontífice como si quisieses besarle la mano y cogiendo las rosas te verás repentinamente despojado de esa forma odiosa. Ejecuta sin inquietud mis órdenes, pues en este mismo instante, aunque me ves aquí, mi pontífice recibe en sueños instrucciones para lo que ha de hacer.

Por orden mía la multitud popular te abrirá paso, sin que nadie se admire en esa solemnidad de tu deforme figura ni de tu repentina mudanza. Recuerda, sin embargo, y conserva muy grabado en el fondo de tu corazón, que lo que te queda de vida, hasta tu último suspiro, me está consagrado, pues tus días devueltos a la humanidad por mi benéfico poder me pertenecen de derecho. Bajo mi tutela vivirás feliz y glorioso y cuando al llegar al término prescrito desciendas a las sombrías orillas; en ese subterráneo hemisferio volverás a encontrarme resplandeciente en medio de la noche del Aqueronte reinando sobre el Estigio y huésped de los Campos Elíseos continuarás tributando piadosos homenajes a tu divina protectora.


Sabe que si te haces digno de ello por tu culto asiduo, tu fervorosa devoción y tu pureza inviolable, puedo prolongar tus días allende el plazo que fijaron los Hados.

Terminado este oráculo desapareció la gloriosa visión, despertando Lucio extremadamente gozoso y conmovido.

Ya en esto empezaba el sol  a dorar el horizonte y los habitantes, ansiosos de contemplar la pompa triunfal, acudían en muchedumbre a las plazas públicas. Todo parecía respirar el gozo más intenso; la temperatura era tibia, el aire suave, el mar estaba tranquilo, el cielo sin nubes y las aves gorjeaban entre el follaje como saludando el alegre despertar de la naturaleza.

Al poco rato empezó a desfilar un cortejo compuesto de muchas personas vestidas con gran variedad de trajes, según los votos que hablan hecho a la divinidad. El uno ceñía el talabarte como un soldado, el otro vestía a guisa de cazador, arremangada la clámide, con la pica al hombro y el cuchillo en la mano. Aquel calzaba dorados borceguíes y su vestido de seda, sus lujosos atavíos, la afeminada disposición de sus cabellos y la molicie de su modo de andar lo asemejaban a una mujer. Aquel llevaba el casco, el broquel y la espada como si acabara de salir del circo de los gladiadores. Otro con la púrpura y las haces parodiaba al magistrado y más allá un hombre extrañamente vestido, con sandalias, capa, el bastón en la mano y la barba de chivo imitaba a los filósofos. Había también un pajarero con sus redes y un pescador con su caña. Llamaba igualmente la atención una osa domesticada que llevaban en una silla, vestida de gran señora y un mono cubierto con el gorro frigio que con una copa de oro en la mano tenia la pretensión de figurar al hermoso Ganimedes. Por último venia un asno con alas montado por un decrépito anciano: esta pareja parodiaba a Pegaso y a Belerofonte de modo que hacia desternillar de risa.

En medio de estas burlescas personificaciones, regocijo del populacho, avanzaba majestuosamente el cortejo de la diosa, varios grupos de mujeres vestidas de blanco y coronadas de guirnaldas de flores primaverales, echaban flores a su paso, otras aparentaban arreglarle la cabellera con peines de marfil y otras por último perfumaban el ambiente regando el suelo con preciosas esencias.

Seguía en pos un numeroso concurso de personas de uno y otro sexo, con linternas, antorchas y otras luces, homenaje simbólico al principio generador de los cuerpos celestes. Seguían dos clases de flautas formando agradables conciertos y dos coros de jóvenes vestidos de blanco y entonando un hermoso himno. Iban entre ellos los músicos del gran Serapis, tocando la música especialmente consagrada a esta divinidad. Desfilaban después muchos oficiales seguidos de los iniciados en los sacros misterios, todos vestidos de lino de deslumbrante blancura; las mujeres cubierta con velos trasparentes su cabellera inundada de esencias y los hombres con la cabeza afeitada. Estos llevaban sistros de bronce, de plata y de oro que agitaban haciéndoles producir agudos sonidos.

Desfiló después el cuerpo imponente de los pontífices, vestidos con blancas túnicas de lino ceñidas a la cintura, que les bajaban hasta los talones. Su jefe llevaba una lámpara que despedía vivísima claridad y tenia la forma de una nave de oro; el segundo llevaba los dos altares llamados socorros; el tercero una palma de oro y el caduceo de Mercurio; el cuarto llevaba una mano abierta, símbolo de la justicia y un jarrón de oro lleno de leche; el quinto, una criba de oro llena de ramos del mismo metal; el postrero llevaba una ánfora.

Después de los pontífices venían los dioses.

Primeramente el intermediario divino de las relaciones del cielo con los infiernos, erguida su perruna cabeza, con el caduceo en la mano izquierda y una palma verde en la derecha. Después seguía una vaca emblema de la diosa, madre de toda fecundidad. Otro llevaba la cesta misteriosa que ocultaba a los ojos los secretos de la sublime religión. Otro oprimía en sus brazos afortunados la efigie venerable de la omnipotente diosa, efigie que no se parecía al ave ni al cuadrúpedo domesticado o montaraz, ni tampoco al hombre; pero venerable por su misma rareza y que caracterizaba ingeniosamente el profundo misticismo y el inviolable secreto de que se rodeaba aquella religión.

Por último iba a realizarse la divina promesa, apareciendo el sacerdote anunciado en la profética visión con el sistro y la corona en la mano. Lucio se adelantó hacia el, conteniendo por respeto el arrebato de su alegría.

El gran sacerdote se detuvo como admirado de la precisión con que se realizaba la profecía y entonces Lucio, temblando de emoción acercó la boca a la corona de flores devorándola con avidez.

No le había engañado el oráculo. En un abrir y cerrar de ojos desaparecieron sus groseras formas. Primeramente el pelo se le trasformó en fina epidermis, luego perdió su vientre el enorme volumen que tenia, sus cascos se trocaron en pies y manos de hombre, se trasformó su fisonomía y la cola, ignominioso apéndice, signo de servidumbre, desapareció para siempre.

Admirado el pueblo al presenciar tan inaudito espectáculo prorrumpió en gritos de religioso entusiasmo, en tanto que Lucio no sabia cómo manifestar el suyo por aquella tan dichosa y ansiada metamorfosis.

No era menor la admiración del gran sacerdote; mas advirtiendo que Lucio al transformarse había quedado en cueros, ordenó que lo cubriesen con una túnica de lino. Luego le felicitó con elocuencia por el favor que el cielo le dispensaba animándole a perseverar en su propósito de consagrar la existencia al culto de la diosa.

Se mezcló Lucio con el cortejo, contemplado y admirado de todos y de este modo llegó la procesión a las orillas del mar, en donde dejaron los simulacros divinos. Se acercó el gran sacerdote a una nave cubierta exteriormente de jeroglíficos, la purificó según los ritos, con una antorcha encendida, un huevo y azufre y después de darle un nombre la consagró a la diosa.

En la blanca vela de la nave se había escrito una plegaria por la prosperidad del comercio marítimo renaciente con la nueva estación. Todos llevaron a porfía al lujoso barco jarros llenos de aromas y otras ofrendas, haciendo sobre las olas libaciones de leche cuajada hasta que la nave cargada de piadosos presentes e impulsada por un viento favorable se alejó de la orilla. Cuando hubo desaparecido entre las brumas del horizonte, volvieron los sacerdotes a tomar sus atributos y la procesión continuó su curso para volver al templo.

Al llegar a los sagrados umbrales, los sacerdotes y los iniciados en los misterios entraron en el santuario de la diosa dejando en él las imágenes. Entonces llegándose a la puerta uno de ellos convocó en alta voz a todos los individuos del colegio sacerdotal; subió a un pulpito y recitó varias plegarias por el emperador, el senado, los caballeros, el pueblo romano, los navegantes, las naves y finalmente por la prosperidad de todo el imperio, terminando con la fórmula griega: ¡Retírese el pueblo!

Al oiría acudieron todos llevando con trasportes de alegría ramas de olivo florido y de verbena, y guirnaldas de flores que dejaron a los pies de la diosa, retirándose después de haberlos besado devotamente.

Informada la familia de Lucio de su inesperada aparición entre los humanos acudió presurosa a abrazarle; mas ni ella ni sus amigos lograron disuadirle de su intento de consagrarse a la diosa.

 


jueves, 21 de junio de 2018

LA INICIACIÓN A LOS MISTERIOS EGIPCIOS. SIGNIFICADO DEL TAROT EN LA INICIACIÓN

 
Vamos a explicar algo de lo que acerca de las antiguas iniciaciones que refiere Jámblico, filósofo neo-platónico, discípulo de Porfiro y profesor en Alejandría que floreció a fines del siglo III y a principios del IV de la era cristiana.

Este escritor mezcló la magia a su filosofía mística, jactándose de conocer el modo de poner en comunicación al hombre con Dios o con los demonios y de poseer el don de obrar prodigios. Se ha conservado de él un libro referente a los Misterios de los egipcios y que se ha creído pertenecer antes a su escuela que a él mismo. Como quiera que sea, la obra contiene pormenores por todo extremo interesantes, que creemos oportuno dar a conocer sucintamente a nuestros lectores.

Parece ser que la famosa esfinge de Gizeh daba entrada a los escondidos subterráneos cuya puerta de bronce abrían tan solo los magos y por la cual se penetraba en unos sombríos e intrincados corredores que llegaban hasta la gran pirámide.


 
Cuando se presentaba un postulante solicitando la honra de ser iniciado en los Misterios y se le concedía esta gracia por unanimidad de votos, los dos iniciados más antiguos le llevaban de noche y vendados de ojos a la misteriosa puerta, le hacían descender una escalera espiral practicada en la peña viva y al píe de la cual se abría otra nueva puerta de bronce dando entrada a una sala circular en donde sus dos conductores le decían al postulante que se hallaba al borde de un abismo y que no podían pasar adelante hasta que se hubiese echado un puente levadizo desde la margen opuesta de aquella sima.

Entonces los dos sacerdotes vestían dos túnicas de lino blanco, dos cinturones, uno de oro y otro de plata y ocultaban sus facciones el uno con una cabeza de león y el otro con una cabeza de toro. Las túnicas simbolizaban la pureza del mago, las máscaras dos signos del Zodíaco y el oro y la plata eran metales consagrados al sol y la luna, astros que aquellos signos recordaban.

De repente se oía un grande estrépito y aparecía un espectro que blandiendo una hoz gritaba:

- ¡Ay del profano que viene a turbar la paz de los muertos!

Al mismo tiempo los sacerdotes arrancaban la venda que cubría los ojos del postulante. Si éste no retrocedía ante una triple sorpresa tan inesperada, le felicitaban por su valor anunciándole que iba a sufrir otra prueba más difícil y en la cual debía aquilatarse su humildad.
 
En seguida le entregaban una lámpara y tocando un resorte hacían girar una plancha de bronce, detrás de la cual se veía un corredor tan bajo y angosto que solo era posible pasar por él andando a gatas y sus conductores le instaban a vencer con viril resolución los temores que debía infundirle aquel pasaje, símbolo de la estrechez y tinieblas del sepulcro. Le besaban deseándole un buen viaje y la plancha de bronce volvía a cerrarse con estridente ruido en tanto que una voz lúgubre, cuyas palabras repetía muchas veces el eco, gritaba:

- ¡Aquí perecen los insensatos que ambicionan la ciencia y el poder!

Como si todo esto no fuera bastante aun para trastornar el ánimo mejor templado, el postulante notaba muy pronto que aquel extraño corredor se prolongaba formando un plano inclinado como si condujese a las mismas entrañas de la tierra.

Después de un buen rato de terror, de indecisión y de tardío arrepentimiento, aquel corredor iba ensanchándose y parecía al mismo tiempo que su techo se iba elevando por grados. Sin embargo, nada ganaba con esto el cuitado, pues su vista azorada veía desde lejos que aquel lóbrego camino le llevaba hasta el borde de un gran cráter en forma de cono invertido, cuyo interior era liso y tan reluciente que brillaba como el acero al pálido resplandor de la lámpara. Entonces, terminado ya el corredor, encontraba el postulante una escala de hierro, por la cual bajaba por la sencilla razón de que no le era dado hacer otra cosa.

Se armaba de valor mientras descendía por ella; mas al llegar al último peldaño notaba que el cono terminaba en un pozo abierto; subía otra vez aterrado por el peligro y entonces veía una abertura dentro de la cual se descubrían algunos escalones; entraba en ella y se hallaba en un camino que en forma de espiral se desenvolvía en la roca y que le conducía a una verja de bronce al través de la cual podía contemplar una extensa galería sostenida a entrambos lados por una docena de cariátides y en cuyos muros había pintados varios frescos representando personajes y símbolos misteriosos, iluminados por una línea de trípodes de bronce colocada en el centro de la galería.

Un mago, al cual llamaban Pastoforo o guardián de los símbolos sagrados, abría entonces la verja, felicitando al postulante por su denuedo y por la protección que la diosa Isis le dispensaba; mas también le advertía que aun le esperaban nuevos peligros que confiaba sabría vencer con su probada intrepidez.

Luego le mostraba los cuadros de la galería, revelándole la oculta significación de cada uno.

Del conjunto de aquellos arcanos deducía la Magia que la ciencia de la voluntad era principio de toda sabiduría y manantial de todo poder y que cada uno de ellos era la fórmula de una ley de la actividad humana en su relación con las fuerzas espirituales y las fuerzas materiales cuya combinación produce los fenómenos de la vida.

El primer arcano se designaba con la letra A, equivalente al número 1 y era la expresión del Ser absoluto en el Mundo divino. En el Mundo intelectual la unidad era principio y síntesis de los números, y la Voluntad, principio de los actos. En el Mundo físico representaba al Hombre, el más privilegiado de los seres relativos, llamado a elevarse por una perpetua expansión de sus facultades en las esferas concéntricas de lo Absoluto.

Figuraba este arcano el Mago, tipo del hombre perfecto, es decir, en plena posesión de sus facultades físicas y morales. Le representaban en píe, actitud de la voluntad que va a proceder a la acción, vestido de una túnica blanca, imagen de la pureza original o reconquistada y llevando a la cintura una serpiente que se mordía la cola, símbolo de la eternidad.


 
Ceñía su frente una diadema de oro que simbolizaba la circunferencia universal en que gravitan las cosas creadas, en tanto que el metal de que estaba formada era emblema de la luz.
 
Tenía en la diestra un cetro de oro, como signo de mando y lo elevaba al cielo para indicar la aspiración a la ciencia, la sabiduría y la fuerza y señalaba la tierra con el índice de la mano izquierda para significar que la misión del hombre perfecto es reinar sobre el mundo material. También denotaban estas actitudes que la voluntad humana debe reflejar acá abajo la voluntad divina para producir el bien e impedir el mal.
 
Delante del Mago había una piedra cúbica, encima de la cual se veían una copa, una espada y un siclo, moneda de oro que tenia una cruz grabada en el centro. La copa significaba la mezcla de las pasiones que contribuyen a la felicidad o a la desgracia según sabemos dominarlas o nos dejamos dominar por ellas. La espada simbolizaba el trabajo, la lucha que atraviesa los obstáculos y las pruebas que nos hace sufrir el dolor. El siclo figuraba las aspiraciones realizadas, las obras llevadas a cabo, la suma de potencia conquistada por la perseverancia y la eficacia de la voluntad. La cruz, sello de lo infinito, representaba la futura ascensión de esta potencia en las esferas de lo futuro.

Cuando el postulante había contemplado este cuadro, le decía el Pastoforo:

- Recuerda, hijo de la tierra, que el hombre debe, como Dios, obrar sin descanso. No querer nada, no hacer nada, no es menos funesto que querer o hacer el mal. Si aparece el Mago entre los signos fatídicos de tu horóscopo, anuncia que una firme voluntad y la fe en ti mismo guiadas por la razón y el amor a la justicia te conducirán al término que quieres alcanzar y te preservarán de los peligros del camino.

El arcano II que designaban la B y el número 2, expresaba en el Mundo divino la conciencia del ser absoluto que abraza, los tres términos de toda manifestación: el tiempo pasado, el presente y el venidero; en el Mundo intelectual, el Binario, reflejo de la unidad y la ciencia, percepción de las cosas visibles e invisibles; en el Mundo físico la Mujer, molde del hombre y unificándose con él para cumplir un destino igual.

Figuraba este arcano una mujer sentada al dintel del templo de Isis, entre dos columnas. La de la derecha era roja, significando el espíritu puro y su luminosa ascensión encima de la materia. La columna de la izquierda era negra y figuraba la noche del caos y el cautiverio del espíritu impuro en los lazos de la materia. La mujer estaba coronada de una tiara que tenia en la punta la media luna y la envolvía un velo cuyos pliegues caían sobre su rostro. Llevaba al pecho la cruz solar y tenia sobre las rodillas un libro abierto medio escondido bajo el manto.

Este simbolismo personificaba la ciencia oculta que espera al iniciado en los umbrales del santuario de Isis para comunicarle los secretos de la Naturaleza universal. La cruz solar significaba la fecundación de la materia por el espíritu, al par que como sello de lo infinito significaba que la ciencia procede de Dios y que es ilimitada como su fuente. El velo representaba que la verdad se oculta a las miradas de la curiosidad profana. El libro medio escondido bajo el manto quería decir que los misterios no se revelan sino en la soledad al sabio que se recoge silencioso en la plena y tranquila posesión de sí mismo.

Al mostrarle este cuadro le decía el Pastoforo:

- Recuerda, hijo de la tierra, que el espíritu se ilustra buscando a Dios con los ojos de la Voluntad. Con ella hizo Dios la luz que inunda el espacio y con ella debe el hombre buscar la manifestación de la verdad y el logro del bien. Si aparece en tu horóscopo este arcano, llama con resolución á las puertas de lo venidero y te serán abiertas, pero estudia mucho tiempo el camino que vas á emprender. Vuelve el rostro al Sol de Justicia y alcanzarás la ciencia de lo verdadero.

Calla tus designios para sustraerlos a la contradicción de los hombres.

Señalaban el tercer arcano la C y el número 3 y expresaba la Potencia suprema equilibrada por la Inteligencia eternamente activa y la Sabiduría absoluta.

Esto en el Mundo divino, pues en el intelectual representaba la fecundidad universal del Ser y en el Mundo físico la germinación de los actos emanados de la Voluntad.

Figuraba este arcano la imagen de una mujer sentada en el centro de un sol radiante, coronada de doce estrellas y con los pies apoyados en la luna. Era la personificación de la fecundidad universal. El sol era el emblema de la potencia creadora, la corona estrellada simbolizaba con el número doce el de las Casas, o estaciones que recorre este astro anualmente en torno de la zona zodiacal. Esta mujer que era en suma la Isis celeste o la Naturaleza, llevaba un cetro coronado de un globo, signo de su perpetua acción sobre las cosas nacidas y por nacer.

En la otra mano llevaba una águila símbolo de las alturas en las cuales puede el espíritu cerner su vuelo. La luna que tenia bajo sus pies figuraba la infinidad de la Materia y su dominación por el Espíritu.

Al llegar a este arcano le decían al postulante:

- Recuerda, hijo de la tierra, que afirmar lo que es verdadero y querer lo que es justo ya es crear, y afirmar y querer lo contrario es condenarse a sí mismo a la destrucción.

Si el arcano tercero se manifiesta entre los signos fatídicos de tu horóscopo, espera el éxito de tus empresas, con tal que sepas unir la actividad que fecunda a la rectitud de espíritu que hace fructificar las obras.

El arcano cuarto, que también se designaba con la letra D, expresaba en el Mundo divino la realización perpetua y jerárquica de las virtualidades contenidas en el Ser absoluto; en el Mundo intelectual la realización de las ideas del Ser contingente por el cuádruple trabajo del espíritu: Afirmación, Negación, Discusión y Solución; en el Mundo físico la realización de los actos dirigidos por la ciencia de la Verdad, el amor a la Justicia, la fuerza de la Voluntad y el trabajo de los Órganos.

Figuraba este arcano un hombre cubierto con un casco coronado y sentado en una piedra cúbica con un cetro en la diestra y la pierna derecha doblada apoyándose en la otra en forma de cruz. La piedra cúbica figura del sólido perfecto, figuraba la obra humana llevada a cabo; el casco coronado era el emblema de la fuerza que ha conquistado el poder; aquel dominador en posesión del cetro de Isis y la piedra que la servía de trono representaban la materia avasallada y la cruz que trazaban sus piernas simbolizaba los cuatro elementos y la expansión de la potencia humana en todos sentidos.

Delante de este arcano oía el postulante:

- Recuerda, hijo de la tierra, que nada resiste a una voluntad firme que tiene por palanca la ciencia de lo verdadero y lo justo. Combatir para asegurar su realización es más que un derecho, es un deber. El hombre que triunfa en esta lucha no hace más que cumplir su misión terrestre; el que sucumbe adquiere sacrificándose la inmortalidad. Si aparece este arcano en tu horóscopo, piensa que la realización de tus esperanzas depende de un Ser más poderoso que tú: procura conocerle y obtendrás su apoyo.

El arcano E = 5 expresaba en el Mundo divino la Ley universal, reguladora de las manifestaciones infinitas del Ser en la unidad de sustancia; en el Mundo intelectual, la Religión, relación del Ser absoluto al Ser relativo, de lo Infinito a lo Finito y en el Mundo físico la inspiración comunicada por las vibraciones del fluido astral, la prueba del hombre por la libertad de acción en el círculo insuperable de la ley universal.

Figuraba este arcano la imagen del hierofante o Maestro de los Misterios sentado entre las dos columnas del santuario. Se apoyaba en una cruz de seis brazos y con el índice de la mano derecha trazaba sobre el pecho el signo del silencio.

A sus pies había dos hombres prosternados, el uno vestido de rojo y el otro de negro. El hierofante, intérprete supremo de la ciencia sagrada, representaba el Genio de las buenas inspiraciones del espíritu y de la conciencia; su gesto invitaba al recogimiento para que se oyera la voz del cielo en el silencio de las pasiones y los instintos de la carne. La columna de la derecha simbolizaba la ley divina, la de la izquierda la libertad de obedecer o desobedecer. La cruz, el emblema de Dios penetrando los tres mundos para hacer brotar en ellos todas las manifestaciones de la vida universal. Los dos hombres prosternados figuraban al genio de la luz y al de las tinieblas, sometidos al Maestro de los arcanos.

Aquí le decían al postulante:

- Recuerda, hijo de la tierra, que antes de decir si un hombre es feliz o desgraciado se ha de saber que uso ha hecho de su voluntad, pues todo hombre crea su vida a imagen de sus obras. El genio del Bien está a tu derecha y el del Mal a tu izquierda; solo tu conciencia oye su voz: recógete y te responderá.

El arcano VI, U, V = 6 expresaba en el Mundo divino la ciencia del Bien y el Mal; en el Mundo intelectual, el equilibrio entre la Necesidad y la Libertad y en el físico el antagonismo de las fuerzas naturales y el encadenamiento de las causas y los efectos.

Lo figuraba un hombre en pié e inmóvil colocado en el ángulo formado por la unión de dos caminos. Tenia fijas las miradas en el suelo y los brazos cruzados sobre el pecho. Dos mujeres, una a cada lado, le ponían la mano en el hombro, invitándole a tomar la una el camino de la derecha y la otra el de la izquierda.

Aquella llevaba una diadema de oro y representaba la virtud; ésta una corona de pámpanos y personificaba el Vicio tentador. Se cernía encima de este grupo el Genio de la Justicia en el seno de una aureola fulgurante, tendiendo su arco en ademan de disparar contra el Vicio la flecha del castigo. El conjunto de esta escena expresaba la lucha entre las pasiones y la conciencia.

Mientras lo contemplaba el postulante, le dirigían esta recomendación:

- Recuerda, hijo de la tierra, que para la generalidad de los hombres el atractivo del vicio tiene más prestigio que la austera belleza de la virtud. Si el arcano VI aparece en tu horóscopo, anda con tiento en tus resoluciones. Los obstáculos alzan barreras en el camino de la felicidad que buscas; los contratiempos te amenazan y tu voluntad vacila entre opuestos partidos. La indecisión es en todas las cosas más funesta que una mala elección. Avanza o retrocede, pero no vaciles y sabe que una cadena de flores cuesta más de quebrantar que una cadena de hierro.

El arcano VII - Z expresaba en el Mundo divino la dominación del Espíritu sobre la Naturaleza; en el intelectual el Sacerdocio y el Imperio y en el físico la sumisión de los elementos y las fuerzas de la Materia a la Inteligencia y al trabajo del hombre.

Lo figuraba un carro de guerra en forma cuadrada, con un dosel o baldaquino estrellado y sostenido por cuatro columnas. Iba en este carro un guerrero vestido con coraza y llevando la espada y el cetro en las manos y coronado de un círculo de oro con tres estrellas de cinco puntas.

Aquel carro simbolizaba la obra realizada por la Voluntad vencedora de los obstáculos y las cuatro columnas del dosel estrellado los cuatro elementos sometidos al maestro del cetro y la espada. En la cara cuadrada anterior del carro se veia una esfera sostenida por dos alas desplegadas, signo de la exaltación ilimitada de la potencia humana en lo infinito del espacio y el tiempo. La corona de oro en la frente del guerrero triunfante significaba la posesión de la luz intelectual que ilumina todos los arcanos de la Fortuna. Las tres estrellas simbolizaban la Potencia equilibrada por la Inteligencia y la Sabiduría. En la coraza había trazadas tres escuadras que significaban la rectitud de Juicio, de Voluntad y de Acción que da la Fuerza, de la cual era emblema aquella arma defensiva. La espada levantada era el signo de la Victoria. El cetro coronado de un triángulo simbolizaba el Espíritu; de un cuadrado, la Materia; de un círculo, emblema de la Eternidad, la perpetua dominación de la Inteligencia sobre las fuerzas de la Naturaleza. Tiraban de este carro dos esfinges; blanca la una y negra la otra, simbolizando la primera el Bien y la segunda el Mal, ambas servidoras del Mago que había triunfado de las pruebas.

Delante de este arcano le dirigían al postulante estas exhortaciones:

- Recuerda, hijo de la tierra, que el imperio del mundo pertenece a aquellos que poseen la soberanía del Espíritu, esto es, la luz que ilumina los misterios de la vida. Derribando los obstáculos destruirás a tus enemigos y conseguirás el logro de todos tus deseos, si avanzas con una audacia armada de la conciencia de tu derecho, mas cortadas figuraban la extinción de la vida o la destrucción de las doce casas del horóscopo y el triángulo invertido simbolizaba una catástrofe.

Delante de este cuadro oía el postulante que le dirigían estas recomendaciones:

- Recuerda, hijo de la tierra, que la abnegación es una ley divina de la cual nadie se halla dispensado; pero no esperes más que ingratitud de parte de los hombres. Ten siempre dispuesta tu alma a dar cuenta de sus actos al Eterno, pues si aparece este arcano en tu horóscopo, la muerte violenta tenderá sus lazos en tu camino. Pero si el mundo atenta a tu vida terrestre, no expires sin aceptar con resignación este decreto de Dios y sin perdonar a tus más crueles enemigos, pues aquel que no perdone acá abajo será condenado allende esta vida a una soledad eterna.

El arcano XIII, designado por la M = 30, expresaba en el Mundo divino el movimiento perpetuo de creación, destrucción y renovación; en el intelectual la ascensión del Espíritu a las esferas divinas y en el físico la muerte natural, o sea la trasformación de la naturaleza humana llegado el término de su último periodo orgánico.

Lo figuraba un esqueleto segando cabezas en un prado del cual brotaban por todas partes manos y pies de hombre a medida que la hoz iba haciendo su tarea.

Era el emblema de la destrucción y el renacimiento perpetuo de todas las formas del Ser en el dominio del tiempo.

Entonces le enderezaban al postulante las siguientes recomendaciones:

- Recuerda, hijo de la tierra, que las cosas terrestres duran poco tiempo y los más altos poderes son segados como la yerba de los campos. La disolución de tus órganos visibles acontecerá más pronto de lo que tú lo esperas; pero no la temas, pues la muerte no es más que la puerta de otra vida. El universo vuelve incesantemente a absorber todo lo que ha salido de su seno sin espiritualizarse.

Pero la emancipación de los instintos materiales por una libre y voluntaria adhesión de nuestra alma a las leyes del movimiento universal constituye en nosotros la creación de un segundo hombre, del hombre celeste y empieza nuestra inmortalidad.

El arcano XIV, que se designaba por la M y el número 50, expresaba en el Mundo divino el movimiento perpetuo de la vida; en el intelectual la combinación de las ideas que crean la vida moral y en el físico la combinación de las fuerzas de la Naturaleza.

Lo figuraba el genio del sol teniendo una urna en cada mano y echando de la una a la otra la savia conductora de la vida. Era el símbolo de las combinaciones que se operan sin cesar en todos los reinos de la Naturaleza.

Aquí le decían:

- Hijo de la tierra, consulta tus fuerzas no para retroceder ante tus obras, sino para destruir los obstáculos, como el agua cayendo gota a gota gasta la piedra más dura.

El arcano XV, designado por X = 6o, expresaba en el Mundo divino la Predestinación; en el intelectual, el Misterio y en el físico lo imprevisto, la Fatalidad.

Lo figuraba Seth, o sea Tifón, Genio de las catástrofes elevándose del fondo de un abismo incandescente y sacudiendo unas antorchas encima de dos hombres encadenados a sus pies. Era la imagen de la Fatalidad que estalla en ciertas existencias como la erupción de un volcán y envuelve a grandes y pequeños, fuertes y débiles, hábiles e imprevisores en la igualdad del desastre.

Al llegar á esta alegoría, le decían:

- Seas quien fueres, hijo de la tierra, contempla las añosas encinas que desafiaban el rayo y que el rayo despedazó después de haberlas respetado por más de un siglo. Cesa de creer en tu sabiduría y en tu fuerza si Dios no te ha permitido conseguir la clave de los arcanos que encadenan la Fatalidad.

El arcano XVI, representado por la O y el número 70 expresaba en el Mundo divino el castigo del orgullo; en el intelectual, el desfallecimiento del Espíritu que intenta penetrar el misterio de Dios y en el físico el derrumbamiento de la fortuna.

Lo figuraba una torre decapitada por el rayo. Un hombre coronado y otro sin corona, eran de ella precipitados, juntamente con las almenas destrozadas por el fuego celeste. Era el símbolo del conflicto de las fuerzas materiales, capaces de triturar a los grandes como a los pequeños, a los reyes como a los súbditos.

Era también el emblema de las rivalidades que no conducen por ambas partes sino a la común ruina, de los proyectos esterilizados, de las esperanzas desvanecidas, las empresas abortadas, las ambiciones destruidas y las muertes trágicas.

En frente de esta alegoría oía el postulante:

- Recuerda, hijo de la tierra, que toda prueba del infortunio aceptada con resignación a la suprema voluntad del Todopoderoso, es un progreso del cual serás eternamente recompensado. Sufrir es trabajar para emanciparse de la Materia y revestirse de inmortalidad.

El arcano XVII, que representaban las letras F, P = 80 expresaba en el Mundo divino la Inmortalidad; en el intelectual, la luz interior que ilumina el Espíritu y en el físico la Esperanza.

Lo figuraba una radiante estrella de ocho rayos rodeada de otras siete estrellas, todas brillando sobre una doncella desnuda que derramaba sobre el árido suelo los fluidos de la Vida universal contenidos en dos copas, la una de oro y la otra de plata. Cerca de ella había una mariposa posada en la corola de una rosa.

La doncella era el emblema de la Esperanza que derrama su rocío sobre nuestros días más tristes. Iba desnuda para significar que la esperanza nos queda cuando estamos despojados de todo. La estrella significaba la revelación de los Destinos cerrada con 7 sellos que son los 7 planetas representados por las otras 7 estrellas.

La mariposa era el símbolo de la resurrección allende la tumba.

Acompañaba a la contemplación de este cuadro la siguiente exhortación:

- Recuerda, hijo de la tierra, que la Esperanza es hermana de la Fe. Despójate de tus pasiones y tus errores para estudiar los misterios de la verdadera Ciencia y tendrás la posesión de su clave. Entonces brotará un rayo de la divina luz del santuario oculto para disipar las tinieblas de tu porvenir y enseñarte el camino de la felicidad. Sean cuales fueren las vicisitudes de tu existencia, no marchites jamás las flores de la Esperanza y cogerás los frutos de la Fe.

El arcano XVIII representado por T, S = 90 expresaba en el Mundo divino los abismos de lo Infinito; en el intelectual las tinieblas que rodean al espíritu cuando se somete al imperio de los instintos y en el físico los desengaños y los enemigos ocultos.

Lo figuraba un campo escasamente iluminado por los rayos de la luna escondida entre las nubes. Se elevaba una torre a cada lado de un sendero que iba a perderse en el desierto horizonte. Delante de la una había un perro agachado y en frente de la otra se veía otro perro ladrando a la luna. Entre estos animales se arrastraba un cangrejo. Simbolizaban las torres la falsa seguridad que no presiente los peligros ocultos, más temibles que los descubiertos.

La voz del Pastoforo decía entonces:

- Recuerda, hijo de la tierra, que aquel que arrostra lo desconocido corre a su ruina. Los espíritus hostiles figurados por el lobo le rodean de acechanzas, los espíritus serviles figurados por el perro le ocultan sus traiciones con pérfidas lisonjas y los espíritus perezosos figurados por el cangrejo contemplarán impasibles su ruina. Observa, escucha y sabe callar.

El arcano XIX, representado por la Q = 100 expresaba en el Mundo divino el cielo supremo, en el intelectual la Verdad sagrada y en el físico la dicha apacible.

Lo figuraba un sol radiante iluminando a dos niños, imagen de la inocencia, dándose la mano en medio de un círculo esmaltado de flores. Era el símbolo de la felicidad que prometen la sencillez de la vida y la moderación de los deseos.

Explicaba el Pastoforo esta alegoría, diciendo:

- Recuerda, hijo de la tierra, que la luz de los Misterios es un fluido formidable puesto por la Naturaleza al servicio de la Voluntad. Ilumina a los que saben dirigirla; pero abrasa a los que ignoran su poder o abusan de él.

El arcano XX, representado por K = 200 representaba el paso de la vida terrestre a la vida futura.

Lo figuraba un genio tocando la trompeta encima de una tumba, de la cual sallan un hombre, una mujer y un niño, símbolo colectivo de la trinidad humana.

Era signo del cambio que es el fin de todas las cosas, del Bien como del Mal.

- Recuerda, hijo de la tierra, decía el Pastoforo, que siempre es voluble la fortuna, por estable que parezca. La ascensión del alma es el fruto que debe sacar de sus pruebas sucesivas. Espera en el sufrimiento, pero desconfía en la prosperidad.

No te duermas en la pereza ni en el olvido. La rueda de la Fortuna se pondrá en movimiento cuando menos lo esperes y así puede elevarte como hacerte precipitar por la Esfinge.

El arcano O representado por la 8 = 300 figuraba el castigo que sigue a todas las faltas.

Lo figuraba un ciego cargado con un zurrón lleno que tropezaba en un obelisco roto y encima del cual había un cocodrilo con la boca abierta. Aquel ciego era el símbolo del hombre que se hizo esclavo de la Materia. Lo que llenaba el zurrón eran sus errores y sus faltas. El obelisco roto figuraba la ruina de sus obras y el cocodrilo era el emblema de una implacable fatalidad y de la inevitable Expiación.

El arcano supremo del Magismo era el XXI, representado por 7 = 400.

Lo figuraba una corona de rosas de oro rodeando una estrella y colocada en un círculo en torno del cual se veían equidistantes una cabeza humana, una cabeza de toro, otra de león y otra de águila. Era el signo que ostentaba el Mago ascendido al más alto grado de la iniciación y puesto por ella en posesión de un poder cuyos grados ascensionales no tienen más límites que su inteligencia y su sabiduría.

Después de mostrarle esta última alegoría, le decían al postulante:

- Recuerda, hijo de la tierra, que el imperio del mundo pertenece al imperio de la Luz, y que el imperio de la Luz es el trono que Dios reserva a la Voluntad santificada. La Felicidad es para el Mago el fruto de la ciencia del Bien y el Mal; pero Dios no permite coger este fruto imperecedero sino al hombre bastante dueño de sí mismo para acercarse a él sin codiciarlo.

Toda la enseñanza contenida en estos símbolos, la resumía luego el Pastoforo en los siguientes principios:

- La Voluntad humana ilustrada por la Ciencia y manifestada por la Acción, crea la Realización de un poder del cual usa o abusa según su buena o mala Inspiración en el círculo que le trazan las leyes del orden universal.
 
Después de haber dominado la Prueba que la impuso la divina Sabiduría, entra por su Victoria en posesión de la obra que ha creado y constituyendo su Equilibrio sobre el eje de la Prudencia domina las oscilaciones de la Fortuna. La Fuerza del hombre santificada por el Sacrificio que es la ofrenda voluntaria de sí mismo en el altar de la abnegación o de la expiación, triunfo de la Muerte y su divina Trasformación, elevándole allende la tumba en las regiones serenas de un progreso infinito opone la realidad de una inmortal Iniciativa a la eterna mentira de la Fatalidad. El curso del tiempo se mide por ruinas; pero allende cada Ruina se ve reaparecer la aurora de la Esperanza o el crepúsculo de los desengaños.

El hombre aspira sin cesar a lo que huye de él, y el sol de la Felicidad no sale para él sino detrás de la tumba, después de la Renovación de su ser por la muerte, que le abre una esfera más alta de voluntad, de inteligencia y de acción.

Finalmente, toda voluntad que se deja gobernar por los instintos del cuerpo, hace acto de abdicación de su ingénita libertad, condenándose de este modo a la Expiación del gran error que en ello cometió. Por el contrario, toda voluntad que se une a Dios para manifestar la Verdad y obrar la Justicia, entra ya desde esta vida a participar del poder divino sobre todos los seres y todas las cosas, lo cual constituye la Recompensa eterna de los espíritus emancipados.

Hemos trascrito íntegra la descripción de estos arcanos por lo notabilísimas que son estas máximas, tan idóneas para formar generaciones vigorosas de espíritu.

Se comprende la superioridad intelectual y moral de la clase de los Magos, considerando que algo había de enseñarse de estas severas doctrinas a los escogidos para participar del conocimiento de los Misterios.

Decimos algo porque saltan a la vista las analogías que presentan estos principios comparados con los del Cristianismo, fenómeno que, a nuestro entender, tiene dos satisfactorias explicaciones, pues por un lado encierran grandes verdades que el sentido de los hombres no ha podido desconocer en ningún tiempo, y por otra parte no es posible echar en olvido que la aparición de la escuela neoplatónica, a la cual se atribuye gran parte de estas ideas, es posterior a la del Cristianismo.

No deja de ser un estudio curioso y que sumerge la mente en contemplaciones de imponderable atractivo, el de esa exposición de principios en la cual se ven revueltas y confundidas una vaga reminiscencia de la Fatalidad antigua, el espiritualismo pagano de Platón, la doctrina estoica de la impasibilidad y los preceptos evangélicos de la resignación y la caridad cristiana. Hasta se ve una reminiscencia del Apocalipsis en la estrella cerrada por otras siete del arcano XVII, que recuerda aquel famoso libro cerrado con siete sellos de que nos habla S. Juan en el cap. V y siguientes y del cual han dicho los comentadores que representaba el Libro perfecto, o en otros términos la Escritura.
 
 
 

INICIACIÓN A LA DIOSA ISIS Y LA PLEGARIA DE LUCIO APULEYO

 
Apuleyo, a veces llamado Lucio Apuleyo (si bien el praenomen Lucio se toma del protagonista de una de sus obras, El asno de oro o Metamorfosis), fue el escritor romano más importante del siglo II, muy admirado tanto en vida como por la posteridad.

Refiere Lucio que cada día sintió aumentar su fervor y sus deseos de conseguir la iniciación, especie de muerte voluntaria con otra vida en expectativa.
 
"Llegado el día en que debían satisfacerse tan vehementes deseos, el gran sacerdote llamó a Lucio y después de ofrecido el sacrificio de la mañana sacó de un escondrijo del santuario unos libros escritos en caracteres ininteligibles, llenos de singulares dibujos figurando hilos anudados, espirales confusas y animales extraños, contentándose con leerle un pasaje referente a los preparativos indispensables para la iniciación.
 
Le llevaron luego al baño, en donde se purificó por medio de una completa ablución; le hicieron prosternar luego a los pies de la diosa y el gran sacerdote le comunicó en secreto una cosa que la palabra no puede expresar. Luego le impuso en alta voz diez días de abstinencia, durante los cuales no podía comer ninguna sustancia animal ni beber vino. Cumplidas rigurosamente estas prescripciones volvió terminado este plazo al templo en donde le esperaba el pueblo para colmarle de presentes.
 
El gran sacerdote apartó después a los profanos y le condujo a lo más profundo del santuario.

Ahora viene lo característico del relato. Lucio le dice con verdadera llaneza al lector que ya comprende la curiosidad que debe aguijonearle por saber lo que se dijo y se hizo en seguida; que él de muy buena gana se lo revelaría si le fuese lícito hacerlo; pero que desgraciadamente no puede darle este gusto porque ambos cometerían en ello un horrendo sacrilegio. Sin embargo, algo índica de las pruebas de la iniciación, pues dice que llegó a dos dedos de la muerte, que puso el píe en los umbrales del reino de Proserpina; que al volver cruzó todos los elementos; que en la profundidad de la noche vio brillar el sol y que contempló cara a cara a los dioses infernales y los del Empíreo.

Respecto a las ceremonias públicas de su consagración ya se muestra naturalmente más explícito el héroe novelesco de Apuleyo.

Al amanecer, después de terminadas las ceremonias, Lucio se adelantó cubierto de doce túnicas sacerdotales hacia un estrado de madera que se elevaba en medio del templo y en el cual se sentó delante de la estatua de la diosa Isis. Allí le cubrieron con un vestido de lino lleno de flores y una preciosa clámide que le bajaba hasta los pies y en la cual se veían pintados los dragones de la India, los grifos alados de las regiones hiperbóreas y otros fantásticos anímales; vestido al cual llamaban los sacerdotes estola olimpiaca.
 
Le pusieron en la mano derecha una antorcha encendida y le ciñeron la frente con una corona de palma cuyas hojas erguidas parecían simular una aureola de luminosos rayos en torno de su cabeza. De pronto se descorrieron las cortinas y el iniciado apareció a los ojos de la muchedumbre como la estatua del sol.
 
Por espacio de tres días se celebró con banquetes la consagración de Lucio a la diosa, de la cual no quiso separarse para volver a su hogar, sin dirigirle una ferviente acción de gracias que reproducimos por su indudable interés.

 ¡Oh santa divinidad,
manantial eterno de salud,
adorable protectora de los mortales,
que les prodigas en sus aflicciones
el cariño de una tierna madre!
 
No trascurre un día,
una noche ni un momento
que no sea señalado
por uno de tus beneficios.
 
Por mar y tierra te encontramos
siempre aparejada para salvarnos,
para tendernos en medio
de las tormentas de la vida
una mano benéfica,
para desenredar la trama de los destinos,
apaciguar las tempestades de la fortuna
y conjurar la maligna influencia
de las constelaciones.
 
El cielo te venera,
los infiernos te respetan,
por ti gira el orbe y brilla el sol,
por ti es regido el universo
y enfrenado el infierno.
 
A tu voz las esferas se mueven,
los siglos se suceden,
los inmortales se regocijan
y los elementos se combinan.
 
Una señal tuya
hace embravecer los vientos,
hinchar las nubes y germinar las semillas.
 
Tu majestad es temida
por el ave que cruza los aires,
por la fiera que vaga en el monte,
por la serpiente oculta en la maleza
y por el monstruo marino
que vive en el líquido elemento.
 
Ni mi ingenio es capaz
de cantar tus alabanzas
ni mi fortuna bastante
para ofrecerte sacrificios dignos de ti.
 
Mi débil voz no acierta a expresar
lo que tu majestad me inspira
y lo que mil bocas y mil voces
dotadas de inagotable elocuencia
no alcanzarían á expresar.
 
Por esto haré lo único
que a mi miseria le es permitido:
tu imagen sagrada
quedará indeleblemente grabada en mi alma
y siempre presente en mi memoria.

Después de pronunciada esta oración, se despidió tiernamente Lucio del gran sacerdote y se dirigió al hogar paterno: mas no permaneció allí sino muy pocos días, pues una inspiración de la diosa le hizo abandonar sus lares y embarcarse para Roma.

Una vez allí dirigió cada día devotas preces a la divinidad, a la cual invocaban los romanos con el nombre de diosa campestre a causa del sitio en el cual se elevaba su templo, en el cual se señaló muy pronto como el más celoso de sus visitadores.

Dice que el sol había recorrido el círculo del zodíaco y cumplido su revolución anual, cuando su divina protectora vino de nuevo a interpelarle en su sueño, hablándole de una nueva iniciación que debía recibir y de nuevas pruebas por las cuales debía pasar.
 
Quedó Lucio sumamente perplejo con esta revelación; pero habiendo consultado a los sacerdotes, vino en conocimiento de que la consagración que había recibido solo era concerniente a los misterios de la gran diosa y que aun le faltaba ser iluminado por la luz del poderoso padre de los dioses, pues aunque hubiese unidad de esencia y de culto entre estas dos potestades divinas, mediaba extraordinaria diferencia entre las dos respectivas formas de iniciación, y que por consiguiente debía consagrarse también al culto del gran dios, ya que tal era el significado de aquella revelación.

A la noche siguiente vio Lucio confirmada esta interpretación sacerdotal, viendo en sueños a un sacerdote vestido de lino que llevaba en las manos tirsos, hojas de hiedra y otras cosas que no le era licito revelar, el cual le intimó la orden de preparar un gran festín religioso.

Buscó Lucio entre los sacerdotes al que había soñado y lo encontró en efecto, oyendo de sus labios que la noche anterior, al coronar al gran Osiris había oído la voz profética de ese dios anunciándole la llegada de un hombre que debía ser admitido sin tardanza en la iniciación.
 
Para ello estuvo diez días enteros sin comer ningún alimento de sustancia animal; luego se le admitió en las nocturnas orgías del gran Serapis."

Por poco que se haya fijado la atención en este relato, se habrá observado que los filósofos romanos veían en Isis una personificación de la naturaleza y sus grandes fuerzas creadoras y conservadoras: así vemos que al dirigirse la misma diosa a Lucio le dice que también la designan con el nombre de Ceres; por otra parte se cree que sus misterios, que se propagaron a Grecia e Italia, en nada diferían de los de Cibeles.

Como hemos visto en el precedente relato, en Roma la llamaron Isis Campensis, por estar situado su templo en el campo de Marte. Su culto se introdujo en la capital en los últimos tiempos de la república, llegando a ser popularísimo en la época del imperio.

En la plegaria de despedida que Lucio dirige a Isis parece transparentarse como una reminiscencia monoteísta; pero en realidad no es más que la expresión de un naturalismo adornado con las galas de la poesía, esto es, de aquel sistema filosófico que confundiendo la creación con el Creador viene a constituir la base del credo materialista, cayendo en una inevitable petición de principio desde el momento que trata de explicar los hechos por los hechos.

Partiendo de este principio, no seria arbitrario suponer por inducción que en aquellos famosos Misterios no se revelaría en suma a los iniciados sino el sentido alegórico de aquellas divinidades a las cuales hablan adorado con tan ingenua confianza, hasta que los mismos sacerdotes habían hecho caer de sus ojos el velo de la fe para mostrarles que el cielo estaba desierto de númenes y el corazón del sabio desierto de esperanzas.

Sin embargo, no parece que fuese así...



sábado, 7 de abril de 2018

ORÍGENES HISTÓRICOS DE LA FRANCMASONERIA


La francmasonería nos viene de los antiguos misterios cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos fabulosos.
 
Los francmasones son, pues, los sucesores, o más bien, los continuadores de los iniciados de la India, de Persia, de Egipto, de Grecia y de Roma.
 
Todos los antiguos legisladores o reformadores, desde Buda, Zoroastro y Moisés hasta Licurgo y Numa Pompilio, todos los sabios y filósofos, desde Thales y Confucio hasta Cicerón y Plutarco, todos han sido iniciados en los misterios que, en esas épocas, se practicaban en el más profundo secreto. En fin, si debemos creer a Eusebio, obispo de Cesárea, llamado el padre de la historia eclesiástica, Cristo también fue iniciado en los misterios de los Esenios.


 
Ya tenéis bastante para convenceros de que  a nuestros antiguos Maestros no les faltaban ni las virtudes que hacen respetar al hombre, ni los conocimientos que le hacen venerarlo. Esto es sin duda lo que le hizo decir a Epícteto que "los misterios habían sido instituidos para instruir a los hombres y mejorar sus costumbres.
 
En nuestros días también los hombres más célebres han sido iniciados en los misterios de la francmasonería, tales como Dante, Rafael, Bacon, Locke, Muratori, Francklin, Condorcet, Washington, Federico el Grande, Lafayette, Riego, Kraun, Hegel y mil hombres ilustres, falanges brillantes de las artes, de las ciencias, de la filosofía y del más puro patriotismo.
 
No encontramos ninguna reseña positiva sobre el establecimiento de los antiguos misterios, pero lo poco que nos han enseñado algunos célebres iniciados, prueba que sus primeros jefes, sacerdotes o fundadores, han sido los verdaderos civilizadores del género humano; la religión o la moral, las ciencias, las artes y la filosofía han salido de los templos de la India, así como lo atestiguan sus monumentos de un arte admirable, a los que Platón daba más de diez mil años de existencia; todos esos conocimientos se esparcieron en Persia, en Etiopia y en Egipto, para pasar después por toda Grecia y propagarse en el resto de la Europa.
 
Las ciencias útiles, como la agricultura y la arquitectura, eran enseñadas en el secreto de los templos, foco de todos los conocimientos humanos, y comunicadas después al pueblo ignorante y supersticioso, como dones emanados directamente de los dioses. Europa, en los tiempos primitivos (así como ha sucedido en América) se encontró desprovista de animales y vegetales necesarios para calmar las necesidades de la vida, tal como las comprendemos hoy en día. La bellota de las encinas, con algunas frutas y plantas silvestres, la leche y la carne de algunos animales formaban entonces la base de sus alimentos. Fue de Asia de donde Europa recibió casi todos los animales útiles, como América los recibió de Europa; el trigo proviene de Egipto, la viña, de Asia Menor, la mayor parte de las frutas, de Persia y de  Capadocia, el moral, de la India.
 
Las ciencias, cuya aplicación a la agricultura y a las artes es tan necesaria para su desarrollo, provienen de las mismas comarcas: la Astronomía nos viene de los Caldeos y de los Persas, la Geometría y la Aritmética de Egipto, así como el arte de curar y tantos otros conocimientos, de los que encontramos vestigios en los antiguos misterios, tanto en los de Isis como en los de Samotracia y en los de Eleusis.
 
No podemos, pues, poner en duda que la primera era de la civilización cuenta desde la época en que la agricultura es decir, el trabajo, el arte de fabricar, la inteligencia ha tenido principio y desarrollo entre esos pueblos.
 
Grecia estaba en estado de barbarie cuando sus habitantes no tenían otros alimentos que aquellos que les procuraban sin arte ni trabajo los robles y las encinas de los bosques y los animales salvajes de las montañas, la aurora de su civilización aparece en los tiempos de Orfeo y de Amfion, es decir, en la época en que los sacerdotes iniciados propagaron en ese país los conocimientos y doctrinas que ellos habían traído del Egipto.
 
El dichoso resultado obtenido por esos grandes civilizadores y fundadores de los misterios en Grecia, dio lugar más tarde a las fábulas en que presentan a Orfeo domesticando a los animales feroces, y a Amfion fabricando la villa de Thebas, con el sólo auxiliar de la música y el canto, es decir, de la armonía y de la enseñanza: fábulas alegóricas que no son otra cosa sino la tradición poetizada de la civilización y del primer establecimiento de un pueblo semi-bárbaro.

Nos es, pues, permitido el adelantar la opinión de que los misterios han sido la primera forma de la asociación de los hombres, no esa asociación que tiene el interés particular y la explotación por objeto, porque esta es muy moderna, pero sí esa gran asociación moral que, con la ciencia, la justicia y la virtud por base, busca en la reunión de todos los elementos del bien un poder bastante fuerte para resistir al mal, para combatirlo y para destruirlo. Y el poder de esa unión tan estrecha entre todos los hombres despejados, inteligentes y buenos no pudo escapar desapercibido ante el ojo penetrante de los sacerdotes y de los sabios o legisladores de la antigüedad.


 
En todos los países del mundo, los sacerdotes han sido los primeros que han ordenado, dirigido y hasta trazado los planos de los grandes trabajos de construcción, y los primeros edificios que han sido presentados a la admiración de los pueblos son los templos. En la India se encuentran tallados en la roca viva con un arte y un atrevimiento que nos sorprenden aún todavía en nuestros días; mucho más si observamos que esos edificios gigantescos se encuentran en parajes, en cuyos alrededores no existe ningún vestigio del menor paso de las piedras y materiales, como en Chillenbrun, provincia de Pondichery.
 
En Egipto, los templos majestuosos, las pirámides colosales, el famoso laberinto y el lago Moeris son quizás las obras de arte más grandes que el hombre haya jamás visto, pues ellas causan todavía nuestra admiración después de treinta o cuarenta siglos de existencia.
 
Cuando Salomón quiso fabricar su templo en Jerusalén, se dirigió al rey de Tyr, en Fenicia, para pedir los artistas y obreros de que él tenia necesidad; y después de su construcción, la guardia y administración del templo fueron confiadas al Gran Sacerdote.
 
En Grecia también los sacerdotes dirigían la construcción de los templos, y cuando salieron de sus bosques, pensaron colocar sus dioses en palacios y santuarios dignos; y las columnas con que adornaban esos edificios eran todavía para ellos un recuerdo de sus bosques sagrados, como los altares erigidos en los templos no eran otra cosa sino la representación de la cima glorificada de las altas montañas en donde sacrificaban antes al Dios de la naturaleza y del cielo. Según la Biblia, el pueblo no sacrificaba sino sobre las alturas, porque hasta entonces no se había alzado ningún templo a la gloria del Eterno Dios.
 
La manifestación del culto, rendido a la naturaleza o al autor de todas las cosas, cambiando de carácter en las diferentes edades de la humanidad, no se ha separado jamás del sentimiento primitivo conservado por la tradición, así como lo atestiguan las representaciones alegóricas o simbólicas que encontramos en los templos sagrados de todos los países.
 
Los pueblos semi-bárbaros sacrificaban y hacían sus ofrendas a Dios sobre las alturas, y cuando ellos se civilizaron y fabricaron los templos, tuvieron cuidado de fabricar todavía en el lugar más aparente una especie de altura, para servir a la celebración de los santos sacrificios, y por esta razón lo llamaron altar. Las familias y las tribus se agruparon muy pronto alrededor de esos templos, y formaron de este modo las pequeñas villas, los barrios, y más tarde las asociaciones de las villas ligadas entre sí por esa simpatía de ideas y esas conformidades de intereses que son el verdadero fundamento de las nacionalidades.
 
En esos templos, los sacerdotes enseñaban, al mismo tiempo que sus doctrinas, las ciencias y artes, aplicadas al desarrollo de los conocimientos útiles a la vida, y enseñaban a los hombres escogidos con discernimiento entre los más inteligentes y más sabios, dejando a la vulgaridad en la ignorancia de las verdades que ellos habían conocido, pensando sin duda, que debían limitarse a hablar sólo a la imaginación del pueblo, antes que hacerles las revelaciones que sus débiles inteligencias no habían podido comprender; o más bien, ellos quisieron reservarse exclusivamente los conocimientos que les aseguraban la dominación sobre una multitud ignorante y supersticiosa, lo que la forma teocrática de los primearos gobiernos en todos los pueblos parecía indicarles.
 
El arte de fabricar, generalizándose, se propagaba en el exterior de los templos, en razón de las diversas aplicaciones que recibió para responder a las necesidades de las poblaciones; los sacerdotes se reservaron solamente la dirección de la arquitectura sagrada. En Atenas, como en Roma, se formaron diversas asociaciones, o  corporaciones de obreros, y principalmente de arquitectos y albañiles constructores.

Numa Pompilio, gran sacerdote y rey de Roma, estableció las primeras Escuelas de artes y oficios (Collegia artiñcum), de donde salieron más tarde esos grandes arquitectos y constructores que cubrieron el suelo de Italia con monumentos magníficos, y dotaron lo demás de Europa de templos, palacios, circos, acueductos y carreteras que son todavía la admiración del mundo.

La antigua institución de los misterios cayó en decadencia por razones que sería prolijo y demasiado largo explicar aquí; esos principios y esas doctrinas pasaron en parte a las asociaciones de constructores que, celosos de conservar los secretos de su arte, adoptaron las formas y prácticas misteriosas de los templos para asegurar sus privilegios, y reconocerse entre ellos.


Esta opinión que emitimos aquí, lejos de ser una pura hipótesis filosófica, es una deducción lógica de ciertos hechos históricos, que tiene su fundamento; y Plutarco no nos deja duda alguna sobre este asunto cuando nos dice en la vida de Numa Pompilio:

"El reunió en un solo cuerpo a todos los artistas de un solo oficio, e instituyó las fiestas y las ceremonias de la religión convenientes de cada uno de los cuerpos. Por este lado, él fue el primero que desterró de Roma ese espíritu de partido que hacía pensar y decir a los unos que eran Sabinos, y a los otros que eran Romanos. De este modo, esta nueva división proporcionó realmente la mezcla, y, por decirlo así, la amalgama de todos los ciudadanos juntos".

Esas asociaciones se esparcieron bajo diferentes formas y diversos ritos por toda Europa, y sirvieron de fundamento y ejemplo a las cofradías o corporaciones de constructores y de Francmasones que se formaron por todas partes. Esta transformación, en la marcha de los antiguos misterios, era lógica y natural, pues la misma institución que había admirablemente servido al desarrollo de la civilización de los pueblos por la propagación y enseñanza de la agricultura, debía necesariamente continuar su obra favoreciendo y esparciendo la arquitectura, la industria y todas las artes de utilidad pública.

No hay duda que las instituciones efímeras o sin porvenir ni cambian, ni se transforman jamás; esas transformaciones son casi siempre un signo de progreso, pues el movimiento es la vida. Esas asociaciones misteriosas de constructores se pasaron con las armadas romanas a los Galos, y desde el siglo tercero de nuestra era, la historia las presenta en Inglaterra, bajo el reinado del emperador Galo Carausins que les donó diversos privilegios.

Como si el sacerdote no debiera jamás abandonar la alta dirección de los trabajos de arquitectura, vemos también en el siglo IV a muchos abades y obispos, ocupándose en trazar los planos de sus iglesias o de sus conventos, y dirigiendo ellos mismos la construcción.

San Martin, San Benito, San Albán y San Dunstan figuran en primera línea en el número de esos padres arquitectos, lo mismo que mas tarde, el célebre Hildebrando, convertido en Papa bajo, el nombre de Gregorio VII; parece, en fin, muy probable que fue al obispo San Bernardo de Habertstald a quien debernos la invención del estilo admirable llamado gótico, en arquitectura.

En esos tiempos en que todo estaba por hacer, la iglesia católica, lejos de perseguir á los Francmasones los protegía y sostenía, y los progresos de su asociación, durante la edad media, son debidos en gran parte al Papa Bonifacio IV, el cual publicó en el año 614, una bula, concediéndoles prerrogativas y privilegios que la hicieron ser una de las más independientes y de las más numerosas corporaciones del mundo.

Cerca de 660 años más tarde, otro Papa, Nicolás III, renovó también esos mismos privilegios en su favor. Los Francmasones modernos pueden, pues, exponer hoy en día esas bulas a los anatemas que más tarde, han sido dirigidos contra ellos por los mismos sucesores de esos primeros propagadores de la francmasonería.

El establecimiento de esas asociaciones entre los Galos, bajo la administración romana, lo mismo que bajo los reinados tan agitados de los primeros reyes francos, es probado por la historia; por todas partes, a través de los siglos, se encuentran señales del camino andado por ellos. Es probado también que los miembros de esas corporaciones, siguiendo el ejemplo de lo que se practicaba en los antiguos colegios romanos de constructores, tenían signos y aproximamientos misteriosos para reconocerse, que estaban unidos en conjunto por lazos muy estrechos, tales como aquellos que resultan de la fraternidad, de la solidaridad y hasta de la comunidad; además, sus símbolos, que nos son conocidos, debían estar necesariamente en comunicación con sus dogmas.

Han supuesto con razón, que esos signos y aproximamientos, y esos lazos fraternales y simbólicos eran los mismos que los adoptados por los masones modernos; y que a falta de documentos escritos, diversos monumentos fabricados por los miembros de esas asociaciones prueban la exactitud de esta afirmación con la representación inequívoca de un gran número de emblemas y de figuras simbólicas conocidas de los Francmasones.

Casi todas las catedrales de la edad media podrán presentar ejemplos; nos limitaremos a citar una sola. La catedral de Wurzburgo en Baviera, posee una magnífica sala para depositar los muertos; a cada lado de la puerta a la entrada está decorada con un grupo de columnas; sobre los chapiteles del grupo de la derecha, se lee con todas sus letras la inscripción misteriosa J .·. y sobre el grupo de la izquierda, al inscripción B.·.

Estos nombres son los mismos que designan las columnas de nuestros templos; y si se reflexiona que las puertas de estos no se abren para los profanos sino por la iniciación, y que iniciación quiere decir muerto, o sea renacimiento a otra vida, comprenderán fácilmente por que los masones constructores de Wurzburgo han colocado las inscripciones J .·. y B.·. sobre las columnas del vestíbulo que conduce al templo de los muertos, es decir, los iniciados a otra vida.

Los documentos escritos sobre los primeros tiempos a de esas sociedades o cofradías faltan en absoluto, y no es posible, sino por inducción, el seguir sus pasos en la historia.


Después de las leyes de Numa, y aquellas de las doce tablas que las reglamentan en parte, encontramos que en el siglo VII no recibían mas que a los hombres libres y de buenas costumbres de ahí probablemente viene la costumbre, conservada entre los francmasones, de preguntar todavía a los profanos que se presentan a la iniciación, si ellos son libres y de buenas costumbres.

Después, aquel que quería pasar a Maestro, debía probar que había viajado durante tres años, y que se había perfeccionado durante ese mismo tiempo en su arte; esta obligación recuerda los tres viajes que imponemos todavía a los profanos; viajes que son relativos a la vida del hombre, y se hacen progresivamente más fáciles como ya lo habéis visto, pero no son más que emblemáticos.

Los privilegios concedidos por los papas, emperadores y reyes de la cristiandad a esas sociedades o cofradías de constructores, les hicieron probablemente dar o tomar el título de Francmasones, pues esta calificación de franco es tomada en el sentido que ella había tenido en la edad media, de libre e independiente.


El H. Revold, en su historia de la Francmasonería, hace juiciosamente fijarse, que muchas veces esos hermanos masones se reunían en las iglesias, en los conventos y asilos, únicos lugares entonces en donde las ciencias y las artes podían refugiarse con toda seguridad y que sus reuniones se encontraban casi siempre presididas por un abad o un sacerdote, lo que motivó sin duda la costumbre de llamar al Presidente de los Francmasones Venerable Hermano o sea Venerable Maestro, costumbre que se ha conservado entre los Francmasones modernos.

Los primeros documentos que tenemos sobre la organización de esa sociedad, es la famosa carta de York, sancionada en el año 926 bajo la presidencia del Príncipe Edwyn, descendiente del Rey de Inglaterra Athestan, y en la cual están expuestos la mayor parte de los principios que nos sirven todavía de ley; ella hace mención igualmente del envío de un gran número de masones de Francia a Inglaterra hacia el año de 720 a 735, bajo el reinado de Carlos Martel.

Después, el primer monarca que parece haber protegido a las asociaciones de masones constructores en Escocia, fue el Rey David I, siendo bajo el reinado de su sucesor cuando se fabricó la famosa torre de Kilwining, tan célebre en los ritos escoceses.

En el año de 1314, la cofradía de los masones de Heredon recibió del Rey Roberto Bruce una gran prueba de estimación honorífica, y en el año de 1358, el Rey de Inglaterra Eduardo III confirmó y extendió los mismos privilegios concedidos a las asociaciones de constructores por los reyes anteriores.

En la edad media los masones constructores tenían por todas partes la misma organización y los mismos reglamentos. En el año 1292 había en Sienna, Italia, una Logia importante, de la que han dicho que la constitución existe todavía; en el siglo XIII, el célebre arquitecto Erwyn, de Steinbach era el Maestro de la de Strasburgo; en el año 1402, había en Orvietto una logia, de la cual el famoso Juan de Friburgo fue el Maestro; y en el año de 1459, la dieta de Colonia acordó que existían cuatro Logias Capitulares para toda Alemania.

Cuando pensamos que, en el tiempo de la ignorancia y de la barbarie en la edad media, el arte de la arquitectura es el único que se ha elevado, perfeccionado y conservado eminentemente, no podemos dejar de creer, que ese hecho singular ha debido ser producido por causas y medios extraordinarios; pues las obras más admirables han sido ejecutadas por artistas, casi todos desconocidos, en diferentes países y alejados los unos de los otros, en medio de guerras, continuas y de persecuciones de todo género y en una época en donde las ciencias y las artes estaban, todavía en las tinieblas; esas causas y esos medios no se pueden atribuir sino al poder del lazo de asociación que animaba a todos los masones constructores, artistas y arquitectos, a la excelencia de los principios, y de las doctrinas que ellos practicaban desde la antigüedad, y a los cuales ellos debían sus virtudes y la conservación de los secretos de su arte, en fin, a los beneficios de una institución liberal y respetada que poniéndolos por todas partes en relación de comunidad y de fraternidad, desarrollaba en ellos los sentimientos y las ideas que formularon caprichosamente en una especie de jeroglíficos arquitectónicos, que más tarde los pensadores y los filósofos vinieron a traducir para el pueblo en lengua vulgar.

Siempre y por todas partes el arte o la forma, la poesía y la imaginación caprichosa, parecía haber adelantado el pensamiento escrito, o indicar el fondo de la idea. De otro modo, esta, conformidad de ejecución, este orden y esta unidad en la dirección de los trabajos, ese respeto tradicional para el arte y las ciencias, no podrían ni explicarse, pero ni mucho menos comprenderse.

Los masones constructores, conservando el fuego sagrado del amor a las artes, a las ciencias y a la virtud, practicando ese espíritu de fraternidad y de solidaridad que los sostiene mutuamente y los protege hacia y contra todo, han continuado hasta el último siglo la tarea emprendida con tanta fe y ardor por los iniciados de la antigüedad; ellos han pues construido, por decirlo así, el puente misterioso que une a los antiguos misterios con la masonería moderna, el pasado con el porvenir.

Seríamos injustos al no reconocerlo. La franqueza y privilegios de que las corporaciones masónicas gozaban, en esos tiempos en que la seguridad individual, la propiedad y la libertad no tenían ninguna garantía, les dieron tanta importancia, que muchas personas enteramente extrañas al arte de la arquitectura solicitaron, y concluyeron por obtener a diferentes títulos, la afiliación entre esas sociedades; pero para distinguirlos de los miembros efectivos se les calificó con los nombres de miembros aceptados, es decir de miembros agregados a la corporación, sea como protectores, o sea para ya gozar de las ventajas unidas a ellos, y esta denominación fue la que el rito escocés antiguo y aceptado ha conservado en su título distintivo.

Poco a poco el arte de fabricar y las ciencias relativas a la arquitectura dejaron de ser objeto principal de esas corporaciones, porque la marcha de esa civilización, la paz y los progresos del espíritu humano, asegurando el libre ejercicio de las artes y de los oficios, vulgarizaron e hicieron inútiles todos los secretos que habían creído deber ocultar para conservarlos.

Desde que los Masones no constructores se encontraron en mayoría entre esas asociaciones, comprendieron el partido que podían sacar de una institución tan fecunda en lo bueno y en útiles resultados, y, para continuar la obra de los siglos en su desarrollo y sus consecuencias, ellos le hicieron sufrir una nueva transformación sin que por esto se alterasen en nada las tradiciones simbólicas de los antiguos misterios, tan fielmente conservados por los masones constructores, transformación idéntica a aquella que se había producido veinticinco siglos antes, cuando los símbolos de la agricultura fueron reemplazados por los de la arquitectura.

Fue este pensamiento puesto en obra por Bacon, ese genio del siglo XVI, y manifestado por primera vez bajo la forma de ritual masónico en el año de 1646, por Elias Ashmole, que sirvió de base a la francmasonería filosófica que practicamos hoy en día, y dio principio al rito moderno o Francés.

Una nueva era se abrió desde entonces para la francmasonería transformándose en una institución puramente filosófica, respondiendo de este modo a las necesidades de una época fértil en concesiones nuevas y fecundas, y en apreciaciones atrevidas y elevadas.

La sociedad entera iba a cambiar también, pues humanizando las leyes (por decirlo así ), o generalizándolas el arte se purifica y se vulgariza por todas partes, el hombre empieza a valer alguna cosa, las ciencias esparcen sus rayos por todo el mundo, la verdad se muestra menos tímida, la fuerza menos brutal, y en fin la vieja sociedad ignorante, absoluta, egoísta, esclava y bárbara expira y muere, y la nueva sociedad aparece en su cuna brillante de esperanza, de expansión y de amor.

La francmasonería, los constructores habían cumplido su tarea, ella no tenía nada más que hacer después de haber formado los arquitectos, los obreros, los artistas, los artesanos y los trabajadores. Los masones de práctica habían constituido los pueblos en hombres libres, fuertes y virtuosos, ellos no tenían nada que temer de que volviesen esclavos como en la antigüedad, pues enseñándoles el trabajo, los habían definitivamente hecho libres: el trabajo es lo que constituye sólidamente la verdadera independencia, al mismo tiempo que la más segura, y la más moral de las libertades.

La masonería entra pues, como lo ha dicho el ilustre H.·. Ragon, "en la era de la renovación ostensible de la filosofía de los antiguos misterios" ésta es la que nosotros recorremos, y los masones modernos sabrán ampliar su tarea, como los antiguos, no obstante los disgustos, obstáculos y persecuciones de que estamos rodeados todavía hoy en día.

Los masones de práctica, separándose de los francmasones, formaron entonces nuevas corporaciones de obreros, tales coma la de los compañeros del deber etc.,  corporaciones especiales, sociedades de socorros mutuos, que tienen también su objeto de utilidad y de beneficencia, pero no abrazan el horizonte inmenso que nuestra orden puede concebir.

Francmason quiere decir trabajador o sea libre pensador, y es en recuerdo de su origen el porque han conservado esta denominación; siendo por el mismo motivo el porque ellos han adoptado los útiles y emblemas característicos de los masones constructores; siguiendo en esto el ejemplo de los antiguos iniciados, cuyos emblemas eran el lenguaje, las alegorías, el pensamiento, y los símbolos su doctrina.

Me resta hacer mención aquí, para completar este resumen histórico, de la opinión fabulosa de algunos autores que hacen descender la francmasonería directamente de los Templarios; opinión de que quizás la vanidad de los hombres de esta época se ha servido más bien para propagar la idea que para establecer un hecho histórico; y que dejando de lado a las grandes asociaciones de quienes las huellas en la historia no dejan alguna duda, han solicitado el representar a, la francmasonería como una orden caballeresca, en lugar de presentarla bajo su verdadero carácter de colegio práctico de las ciencias y de las artes; escuela, universal de filosofía y de moral.



 

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