martes, 10 de julio de 2018

DISCURSO AL GRADO DE MAESTRO MASÓN


Mi Querido Hermano:
 
Cuando los Emblemas del grado de Aprendiz se os explicaron, los resultados de sus preceptos morales, debieron grabarse en vuestro corazón, con tanta mas facilidad, cuanto, que es la misma moral adoptada universalmente por todas las sociedades, es decir sectas o religiones; amar a Dios y al prójimo como asimismo, no hacer a los demás hombres lo que no quisiéramos que nos hicieran, ser buen padre, buen hijo, buen hermano, buen amigo, buen esposo, y buen ciudadano, son deberes que debemos llenar indispensablemente, tanto en la sociedad civil como en la Masonería. Pero la práctica de esta virtud aunque es el objeto del grado de Aprendiz se recomienda siempre muy particularmente al Masón porque si es vicioso en vano se entregará al estudio de la sabiduría, porque no produciría efecto alguno.


En el grado de Compañero que se os dio después, debíais saber que aquellos emblemas tienen un sentido moral, y otro físico, el uno para disponer el corazón a detestar el vicio, construyendo en él sus prisiones, elevando al mismo tiempo templos a la virtud y el otro para arrojar las tinieblas del espíritu, ilustrándolo en los principios generativos de todas las cosas naturales; por este motivo hicisteis un viaje misterioso, y se os hizo marchar hacia atrás, volviendo sobre vuestros pasos encontrasteis la estrella flamígera, cuyos maravillosos efectos percibiríais claramente en la explicación del segundo grado.

En el hombre, es decir en vos mismo, si habéis meditado profundamente sobre todo lo que se os ha comunicado, encontrareis la luz que representa la estrella misteriosa.

El grado sublime de Maestro que acabamos de daros, abre una nueva carrera de meditaciones al Masón estudioso que trata de conocer los verdaderos principios de las cosas materiales que le rodean en este mundo enigmático, que siempre será mirado como tal por los que dudan de todo, o que ven solamente movimiento y materia, pero todas las partes de este gran enigma se disuelven fácilmente al conocer el nombre la palabra principal.

Esta gran palabra, es Dios: es el Gran Arquitecto del Universo, principio de todas las cosas creadas. Lo mas necesario para el hombre es conocerle: para llegar a este conocimiento, es suficiente abrir los ojos a la luz; el espectáculo del Universo que se les presenta delante, atesta su existencia, y todos los seres publican su gloria.

Los planetas cuyo centro y antorcha es el Sol, las estrellas sin número, que la noche descubre a vuestras miradas, todo lo que vive o vegeta sobre la tierra, todo lo que sus entrañas encierran, son otras tantas voces que lo divulgan, y cuyo unánime concierto ha rendido homenaje a la Divinidad desde el principio del mundo. Lo proclamaron desde entonces, y no cesarán de anunciarlo a los siglos venideros: es un libro vivo cuyos caracteres indelebles llevan la gran marca de su inmortal autor, y su estilo está al abrigo de todas las revoluciones. Este libro ensena la verdad a los hombres en todos los siglos y en todas las naciones, y los sabios de la antigüedad no conocían cosa ninguna mas a propósito para sacar las instrucciones mas importantes.

Vamos a procurar enseñaros en este discurso de instrucción, que los principios de esta gran obra de la naturaleza han sido creados, porque no es dado ni a la naturaleza ni al hombre, el crear principios. Quien dice principio, dice cosa existente por sí misma.

Añadiremos, que los principios de las cosas naturales, no son los solos creados por el Gran Arquitecto, sino que también son emanaciones suyas los de la razón, de la justicia y de la verdad; y que el Masón estudioso halla en estos principios naturales y morales ocultos por nuestras emblemas y ceremonias, los medios de conocer la luz que brilla en medio de las tinieblas, de que resultará, que la Masonería está cimentada sobre fundamentos verdaderos; no obstante, cada uno quiere establecer otros nuevos, y formar sistemas de moral y física, según la pureza o corrupción de su corazón.

El hombre justo que padece en este mundo tiene al menos la esperanza de hallar en el otro, la recompensa de sus virtudes, pero el perverso que no teme la recompensa ni el castigo, cree que el Alma muere con el cuerpo, considerándola como material y que debe volver a su primer principio, por consiguiente, está interesado en dudar todo lo que pueda disipar su error.

Si fuera posible que este hombre degenerado estuviese delante de nosotros, le diríamos, ¿Conocéis acaso las funestas consecuencias que resultan del pretendido principio que tratáis establecer? Si todo muere con el cuerpo ¿las máximas de equidad, y amistad, la buena fe y reconocimiento, no son mas que fantasmas y errores populares, puesto que nada debemos a esos hombres que no nos pertenecen en ningún grado, y para con los cuales no tenemos ningún nudo ni vínculo de esperanza que nos una, que mañana volverán a caer en la nada de donde salieron, y que ya no existen? Si todo muere con nosotros, los dulces nombres de hijo, padre, amigo, y esposo, no son sino nombres de farsa y de teatro, títulos vanos que nos engañan pues que la amistad misma, que viene de la virtud, ya no es vínculo durable; que nuestros padres que nos precedieron, ya no son nada, que la sociedad sagrada del matrimonio no es mas que una unión brutal, de donde por una reunión caprichosa y casual, salen criaturas, que ríos asemejan; pero que nada tienen de común con nosotros si no es la nada, si todo muere con el cuerpo, las cenizas de nuestros padres y nuestros amigos, ya no son otra cosa que un polvo vil y despreciable, que es menester echar al viento por que no pertenece a ninguna persona: las últimas intenciones de los moribundos, tan sagrada aun entre los bárbaros, no son pues sino los últimos sonidos de una máquina que se disuelve y para decirlo todo de una vez, si todo muere con nosotros, la justicia es pues una usurpación sobre la libertad de los hombres; la ley del matrimonio, un vano escrúpulo; el pudor, una preocupación; y la probidad, una quimera; los incestos, los parricidios y las negras perfidias, juegos de la naturaleza, y nombres que los institutores de las primeras sociedades inventaron para mantenerlas.


A esto se reduce la filosofía licenciosa y soberbia de los ateos, cuyos sofismas tan ponderados no son propios sino para inocular el crimen en nuestro corazón. ¡Ved allí la pureza y la sabiduría que ellos están exagerando eternamente!

Si convenimos con sus máximas, el universo entero volverá a caer en un horrible caos, todo se confundirá sobre la tierra, y las ideas del vicio y la virtud se trastornarán; las leyes mas inviolables de la sociedad se desvanecerán y la disciplina de costumbres perece. El género humano no será mas que una reunión de insensatos bárbaros, impúdicos, furiosos, engañosos, traidores e inhumanos, que no tendrán otra ley que la de la fuerza, otro freno que el de las pasiones y el temor de la autoridad, otra ligadura, que el desenfreno desarreglado, ni otro amigo sino ellos mismos.

Esta es la sociedad de los ateos; ¡Horrible sociedad, si acaso pudiera existir alguna en el universo, enteramente compuesta de tales monstruos, y en donde ninguno pudiera merecer el derecho de ser admitidos en ella, sino por la impiedad!

Así es que por la corrupción de las costumbres, se precipita insensiblemente el hombre en las tinieblas del materialismo; donde se desvanecen la buena fé, la probidad, y todas las virtudes que caracterizan el hombre honrado. Pero es aquí; es en la sala del medio, es en el punto central, o mas bien, en el alma, que ocupa el centro del cuerpo, en donde debemos reconocer las verdades eternas como ellas son. ¡Corrupción del corazón! ¡Descarrío del espíritu! ¡Materialismo insensato, principio de nuestros errores! ¡Apartaos de este sagrado lugar! ¡Salid de entre nosotros! ¡Vuestros sistemas impíos son los verdaderos profanos!

La tumba es el límite que separa el mundo visible del invisible y al hombre exterior del interior; el Masón debe pues, bajo este principio, aprender a conocerse exterior e interiormente. Las tinieblas del cuerpo no perciben la luz del alma, pero la que luce en las tinieblas las da a conocer, y no debe dejarse obscurecer por ellas.

El hombre nace y se cría libre, por consiguiente, arbitro de su destino, conoce el mal y el bien, si hace el primero y no el segundo, es doblemente culpable. ¿Pero donde está esa luz que debe darle a conocer el mal para evitarlo, y el bien para practicarlo ? Hermano mío, en vos mismo la tenéis.

Salido del sepulcro, en este instante, vos mismo sois el emblema de esta luz. Vuestra alma no se considera ya como cautiva en la prisión de su cuerpo. Desprendida de las ligaduras que la oprimían, y de su masa grosera e informe, contemplará en este momento al Arquitecto que la creó, y le reconocerá por el primer principio de la existencia del Universo.

Libre, inmortal, e inalterable, sobrevive al cuerpo, porque toda substancia indivisible y sin partes, es por ella misma indisoluble y no puede ser destruida por ninguna fuerza natural. ¡Hombre nuevo, hombre regenerado!

Debéis conocer que la razón es tan natural a el alma, como los sentidos lo son al cuerpo; el hombre no ha formado ni los órganos que nos unen a los objetos exteriores, ni estos objetos. Inmediatamente que se presenta alguno, el sentido con quien tiene relación, se ampara de él, y con la mayor rapidez hace pasar su impresión hasta el alma, por medio de una estrecha correspondencia, de esta obra portentosa no puede ser autor el hombre.

Tampoco lo es de la razón, ni de la verdad que una armonía tan perfecta une a aquella, y que la comprende fácilmente cuando se presenta; también, todo lo que ve, siempre es tal como le parece, y lo que es evidente para ella en aquel momento, lo era antes de ofrecerse a su vista. Sin esta realidad de verdad, sin esta infalibilidad de la razón, seriamos eternamente el juguete de la mentira, y nuestras ideas jamás tendrían un objeto solido.

Demasiadas veces nos sucede, (lo confieso y el hombre regenerado no lo ignora,) caer en el error, pero nada se puede concluir contra la razón, pues no es ella quien nos engaña. Nunca se engaña el hombre sino por haber precipitado su juicio sin consultar a su oráculo, que es él mismo. El germen de la verdad, está en el espíritu, y el corazón lleva grabado dentro de sí mismo la ley que debe seguir; el mismo rayo de luz hace brillar a nuestros ojos, las reglas de nuestra conducta, y los principios de nuestros conocimientos, en fin, del mismo modo lo justo, que lo verdadero. Si la razón nos extraviase en uno de estos dos caminos, mal nos guiaría en el otro, pero ella nunca engaña.

Ved pues como se eleva un edificio regular: la escuadra forma cuadros exactos de todas las piedras que deben entrar en su composición; el nivel guía la mano que las junta e indica la perpendicular; el arquitecto inspecciona y recorre con una mirada la obra entera; de otra ojeada examina, y juzga las diferentes partes de ella, velando siempre sobre su resultado final. De este modo, el orden y la perfección responde a sus ideas. Pero este arbitro de tantas operaciones, está sujeto a leyes inalterables porque su arte se funda sobre reglas invariables, que subsistían antes que él.

Tal es la naturaleza de los principios, tanto de nuestras acciones como de nuestros conocimientos, no es dado pues al hombre el crearlos; (quien dice principio, dice cosas existentes por ellos mismos, eternas, inmutables) son independientes de nuestra voluntad, la que no puede hacerles perder su naturaleza.  El hombre no estaría sujeto a errores, ni seria criminal si no tuviera verdades que creer, ni deberes que practicar a menos que por falta de luces dejara de conocer sus obligaciones.

El alma tiene delante de los ojos una ley fija, un arquetipo invariable; cuando ella guía bien nuestro corazón en sus afectos, o al espíritu en sus juicios, debemos concluir que anterior a todo sistema humano hay cosas que deben ser hechas, y son las que se llaman justas; y otras que deben ser creídas, y es lo que llamamos verdades, estos dos principios, que tienen un mismo origen uno y otro, dependen del hombre, o son independientes de él. Hay pues una justicia primitiva, como una verdad.

¿Dudaríais en tratar de insensato a cualquiera que os dijera que la noche es mas clara que el día? no lo creo, ¿pero porque? Porque la razón os instruye que lo que él niega, es por contra la mas grande evidencia y porque estamos interiormente ilustrados por la luz que nos conduce a las verdades de este genero; si el mismo hombre, para llegar al nacimiento de un rio, tomara el camino de su desembocadura, o si obligado por una sed ardiente, quisiera sacar agua en una red, ¿no volveríais a tacharle de locura? ¿ porque? Porque obraría abiertamente contra la ley de la razón, que quiere que se llegue al punto de la dificultad por el camino conveniente, y no por medios opuestos; conoced pues, dentro de vos mismo una luz que os dicta estos principios.

La justicia, y la verdad, no son invenciones de los hombres. ¿Serían estas dos virtudes recomendables únicamente por las ventajas que producen? no, Hermano mío, no nos imponen con su sola autoridad la veneración y respeto que les debemos: su origen refluye al Gran Arquitecto, sabemos muy bien, que muchos de los reglamentos establecidos son frutos de la sabiduría humana, pero hay una sabiduría superior, una ley que desde su principio imprimió en el corazón de todos los hombres el G.·. A.·. D.·. U.·. 

Aunque esta ley no se desenvuelva con la misma rapidez en todos, hay entre ellos una armonía tan perfecta, que haciendo hablar a los unos obedecen los otros su voz con docilidad esta ley suprema es la que reina en el santuario del alma; es la que nos hace conocer lo malo para evitarlo, y lo bueno para practicarlo; es la que nos inspira cuando pensamos bien, la que nos reprende cuando obramos mal. Así se os ha explicado en el grado de Aprendiz.

Hablando de los principios de las cosas creadas, pasaré en silencio los que sirven a la formación del cuerpo; no os haré la descripción de las partes que forman este edificio maravilloso, que es un tejido de piezas relativas, cuya reunión ofrece pruebas muy multiplicadas, de designios y de genio para no anunciar en su autor una ciencia profunda; si queréis saberlo, interrogad a aquellos Hermanos que entre nosotros han adquirido el conocimiento de ellas por un estudio particular de su profesión. Os dirán que no hay una parte en el cuerpo humano que por su forma y sus funciones, no sea una maravilla digna de admiración, sin embargo no puedo dejar de hablar del corazón, la mas noble de todas ellas.

El corazón en que los Masones guardan la llave de sus secretos, es el centro y el origen de la sangre, distribuidor de este precioso fluido, está suspendido en el centro del edificio, como el sol en medio del mundo planetario para aclarar su vasta circunferencia.

La construcción de este templo vivo, es portentosa; ¡pero cuantas veces mas grande no es la luz que lo habita! admiramos un navío a vela que surca los mares hendiendo las olas , pero, ¿cuanto mas digno de admiración no es el capitán que lo manda?

Aunque la instrucción relativa a la glorificación del alma está especialmente unida a los grados superiores, tiene no obstante, su principio en el Grado de Maestro. En este punto central, en esta sala del medio, es donde lo puro se separa de lo impuro, y por consiguiente, donde el hombre regenerado abandona sus despojos terrestres.

El templo del cuerpo está destruido, y habéis marchado sobre sus tristes restos pasando de la escuadra al compás. Perdiéndoos en el camino que debía llevaros al centro de la verdad, tres Hermanos, con tres golpes, os han vuelto a poner en la vía recta, adquiriendo sobre ellos el mismo derecho.

Todo Maestro debe andar entre la escuadra y el compás, y si percibe a alguno de sus Hermanos fuera de estos dos puntos, está obligado a volverlo a traer. Las reliquias de la impureza que habéis hollado con vuestros pies han desparecido, como el vicio, y el error que ellas os causaban; ya tenéis en vuestras manos el ramo de Acacia, la blancura de sus flores, es el emblema de una alma bella que sobrevive a una separación mortal, para elevarse al seno del Arquitecto Todo Poderoso.

El cuerpo, ese compañero que esta misma alma misma se da, y al que debe siempre mandar, se subleva contra ella por la violencia de sus apetitos sensuales y desordenados, y llega a ser su asesino: entonces es cuando las tinieblas obscurecen la luz.

Bienaventurada el alma que manda al cuerpo, y bienaventurado el Maestro que halla docilidad en su compañero.

Os estimulamos Hermano mío, para que entregándoos totalmente al estudio y conocimiento de esta alma divina, sepáis responder cuando se os pregunte si sois Maestro: conozco la Acacia.

La escala que está sobre el cuadro, es el emblema de la escala misteriosa invisible a los ojos del cuerpo, por donde suben y bajan los espíritus celestes, tal como apareció a Jacob cuando se quedó dormido sobre la piedra de Betel, sobre esta piedra cúbica, con punta, que reconoció al despertar, ser el Templo del Gran Arquitecto, y un lugar terrible.

La serpiente enroscada mordiéndose la cola, es un emblema de los antiguos sabios que representa el mismo sentido que la escala misteriosa; su circunferencia demuestra que el Gran Arquitecto no tiene principio ni fin, porque él, es el principio y fin de todas las cosas.

De todos los emblemas, el compás es el que, por la simplicidad de sus operaciones, nos lleva mas fácilmente a los verdaderos principios de las artes, y de la naturaleza. Su mecanismo, es hacer un punto, formar una línea cuando se abre, y trazar una circunferencia cuándo se gira sobre el primero. Nos da en estas tres figuras (cuya simplicidad no se admira demasiado) los primeros elementos de geometría, todas las que se pueden inventar participan de aquellas tres primeras, porque siempre son puntos, líneas, y partes de círculo. Así se os enseñó en el grado de Compañero, que la letra G, independiente del Gran Arquitecto, significaba también geometría.

Si el Compás, emblema que pertenece al Sublime Grado de Maestro está siempre puesto sobre el altar, es para que su punto central nos recuerde al Gran Arquitecto, aquella luz creativa e inteligente que al tiempo de la formación del hombre, le animó especialmente con su soplo inmortal. De ella provienen las causas segundas, y su poder es una llama invisible cuya extrema pureza se introduce en todas las cosas, sin que nada pueda penetrarla, es la misma que se manifestó a Moisés en las zarzas del monte Sinaí, y es en fin la vida de todos los cuerpos celestes que embellecen el firmamento. Esta luz creadora fue llamada Hermes por nuestros sabios institutores.

La línea que sale del centro, nos recuerda la luz que habita en el Sol, y que este astro brillante, como un mediador entre Dios y la naturaleza, derrama en el universo sus luces benéficas, y hace producir con un solo rayo de ella las semillas de todo lo creado, es decir, las hace nacer, y multiplicarse, como las vemos, por la atracción geométrica de el magnetismo que contiene cada mixto, y la recibe por peso, número y medida, según la fuerza magnética que constituye la especie del ser que la atrae. Esta luz fue llamada por el mismo Salomón Sabiduría.

La tercera luz es la de los cuerpos opacos que están en la circunferencia de la luz céntrica, el globo terráqueo y su atmosfera, están llenos de ella, es un fuego oculto, y durmiente que estaría siempre en reposo, si no se excitara con la luz celeste. Inmediatamente que se pone en movimiento, se eleva con las nubes hasta la altura de la atmosfera, donde no pudiendo traspasar el círculo que el Gran Arquitecto le ha delineado en el firmamento, del mismo modo que ha señalado otro a las aguas del océano, sobre la tierra, se revienta, y bajo la forma del rayo cae en el seno de la tierra, que es su receptáculo natural; como lo prueban los efectos de la máquina eléctrica, no hallando su fuerza esta lux, sino entre los dos astros, fue nombrada fuerza de Dios.

Estas tres luces, son las tres columnas que sostienen las grandes Logias, cuya longitud se extiende desde el Oriente hasta el Occidente; su ancho, desde el Norte hasta el Mediodía; y su profundidad, desde la superficie, hasta el centro; su altura, codos sin número; y su techo, un dosel sembrado de estrellas.

Con justa razón se llaman estas tres luces las tres columnas que sostienen el edificio del universo; porque son los grandes principios que dan a la naturaleza los medios de ejecutar la ley de la reproducción. Por la llana eterna se ha construido el edificio, y ella es la que lo conserva, y la que hace continuamente desaparecer los accidentes que pudieran destruirlo. Así pues, la llana, en manos de los Maestros, es el Emblema de la caridad que les hace cubrir y sostener los defectos de sus hermanos. También es por su forma el emblema del Delta o triángulo, en cuyo centro está el nombre del Eterno. Esta triple luz, tan a menudo recordada en nuestras baterías, penetra todos los cuerpos, y deja donde quiera que pasa, las señales de su existencia en los tres cuerpos que contiene, aun después de su destrucción.

Esta verdad se hace ver diariamente a nuestros ojos, en los resultados de las substancias de los vegetales que el fuego descompone, la parte mercurial se escapa en el humo, la oleosa o sulfúrea, se manifiesta en las llamas, y la salina se extrae fácilmente de las cenizas que restan. Estas tres substancias no son mas que una materia inerte, incapaz de producir por sí sola, en conclusión, no es mas que un vaso vacío que debe ser adornado de nuevo por otras influencias y gérmenes productivos, para ser útil.

El compás es además, el emblema de la sencillez, y por consiguiente de la naturaleza; entendemos por la palabra naturaleza, la causa segundaria que hace nacer las semillas criadas, porque cada una tiene su naturaleza distinta. Esta no cría nada, porque no produce por sí sola, ni es mas que un agente fiel del Creador, que deposita en su núcleo todas las plantas, fluidos, y minerales que existen desde el origen del inundo, y ella las perpetua por medio de sus semillas y reproducciones que siguen unas en pos de otras invariablemente; si por causas segundas o accesorias, quebranta las leyes que el Gran Arquitecto le ha prescrito, no produce entonces otra cosa que monstruos que no se pueden reproducir. De donde resulta, que la ley de la reproducción se observa estrictamente por la naturaleza, cuya sencillez en operar es el portento mas admirable; abrir y cerrar, atar y desatar, ved ahí sus misterios.

Solamente el hombre formado a la imagen de Dios, tiene el poder de mandar a la naturaleza, provisto de todas las simientes creadas por él, ha hecho que la naturaleza las perpetúe a  su antojo desde el momento en que salió del Caos, y las hace crecer alternativamente sobre un mismo terreno.  Si un árbol da malos frutos, lo arranca y lo reemplaza con otro de distinta especie; hace mas, aprovechándose del rayo de luz divina que posee exclusivamente, y con el cual penetra en todos los arcanos de la naturaleza transforma por medio del experto un ciruelo en alberchigo, un manzano en peral, y cambia una especie mala en buena; por este medio no solamente manda a la naturaleza, sino que la dirige a su perfección.

¡Oh hombre, profundiza tu poder, y cuando lo conozcas te pasmarás al ver las maravillas que el Gran Arquitecto del Universo te ha dado facultad de obrar!. La raíz de todas ellas está en la sabiduría; si os queréis deleitar con el néctar que produce, sacadlo de vos mismos, porque la sabiduría ni se compra ni se vende, dice Salomón, ni tampoco se empresta, porque no puede ser sino el resultado y la recompensa de nuestras propias obras. Esta verdad se indica por una ley fundamental de nuestra institución, que nos prohíbe servir a nuestros Hermanos en los banquetes, obligándonos a servirnos nosotros mismos, cuando amenizamos esta misma sabiduría por triples fuegos.

Nuestros sabios institutores han puesto algunas veces una apariencia contradictoria entre las leyes que nos han proscripto, sin duda para hacernos adivinar con reflexiones, el verdadero origen del arte Masónico. En efecto, como conciliar las consideraciones, los servicios que nos debemos mutuamente en calidad de Hermanos  con la ley que prohíbe expresamente el servirnos el néctar mutuamente, y la estricta obligación de hacerlo nosotros mismos.

¡Oh, Hermanos míos! que alta lección nos da esta aparente contradicción,  si queréis gozad los encantos de la sociedad y sin duda los hallareis entre los Hermanos que el culto de la sabiduría os ha dado, pero si queréis gustar el delicioso sabor de este precioso don, no lo encontrareis sino en vos. Deseáis gozar de la verdadera dicha, en vos mismo la tenéis, porque no puede ser sino vuestra propia obra. No se os vendaron los ojos la primera vez que entrasteis en nuestro templo, sino para daros a conocer que la luz que buscabais la traíais consigo.

Dentro de vos, encontrareis la luz y la sabiduría que nos puede dejar gozar la verdadera dicha, nadie puede aspirar ni respirar por vos el triple fuego Masónico que purifica el eslabón o anillo precioso que representáis, y que añadimos a esta cadena misteriosa, cuya pureza debe ser semejante a la del oro de Ofir. Esta cadena es la expresión de la dulce, agradable y estrecha unión que debe reinar entre los Masones.

Sobre esta unión santa está cimentado el verdadero amor del prójimo, y el Gran Arquitecto derrama sus bendiciones sobre el que la observa recibiendo en cambio, por su boca las alabanzas de su honor y gloria.

Los tres grados que esta Respetable Logia os ha conferido, son como tres antorchas puestas de distancia en distancia para iluminar la entrada del santuario de la verdad, dichoso el Masón, que firmemente apoyado sobre J.·. y B.·. no se deja descarriar de la vía de perfección; que llegado al santuario, medita silenciosamente en el retiro, las parábolas de la Escritura, y las alegorías de los sabios, y que interiormente satisfecho del salario que recibe por su trabajo y vigilias, da gracias al G.·. A.·. esforzándose tanto cuanto le es posible, para contribuir a la dicha de sus Hermanos.

Así es como el Masón ilustrado sobre la verdadera luz e inmóvil en sus principios, pone en práctica la moral sublime del 1º grado, corrige sus faltas, procura la perfección, y no hace con sus semejantes lo que no quisiera que le hiciesen a él, y en fin, que no goza con tranquilidad del tiempo desocupado, mientras halla modo de hacer el bien, y adquirir conocimientos nuevos.



ATRIBUCIONES Y OBLIGACIONES DEL COMPAÑERO MASÓN


Los Compañeros Masones tienen derecho de asistir a todas las asambleas de su grado, y de dar su sufragio en las deliberaciones que tienen por objeto la promoción de un Aprendiz al grado de Compañero. Además de esto; tienen el derecho de tomar conocimiento de los protocolos de los trabajos de su grado, y de leer las instrucciones de los Compañeros.

Con profundas meditaciones sobre las calidades que caracterizan al Masón consumado y sobre el arte de bien gobernar una Logia, se preparan para la Maestría.
 
Descorren el velo que cubre los misterios que contiene el segundo Grado, explicándolos, tal debe ser el objeto de su estudio.
 
Deben entregar sus reflexiones por escrito a su Padrino o al Orador, sujetándose a su aprobación seguro de que miraran como una obligación el ayudarles en sus trabajos.
 
Los Compañeros están obligados a frecuentar, con aplicación asidua las Logias de Aprendices y las suyas propias y cuando obligaciones importantes se lo impidan, están obligados a hacerlo presente a la Logia.

Si un Compañero descubriese entre sus amigos un hombre digno de ser recibido Masón y que este le manifieste un gran deseo de serlo, como no tiene derecho para proponerlo, lo hará presentar por un Maestro, el cual tomando su lugar responderá del prosélito.

Después de haber cumplido el tiempo fijado por los reglamentos generales con el celo que requiere su grado, todo Compañero puede aspirar a obtener la Maestría. Además, tiene derecho de pretenderla anticipadamente cuando con escritos sabios discurridos y meditados profundamente, de pruebas suficientes de haberse ocupado seriamente en los principios y dogmas del orden. El fruto de tal trabajo será presentado a la Logia por el Padrino o por el Orador.

Estando los Compañeros privados de la palabra, como los Aprendices, ocurrirán a su Padrino o a otro Maestro cuando tengan algo que proponer a la Logia.

AL COMPAÑERO MASÓN

El Aprendiz que se ha penetrado del primer grado con que ha sido condecorado, debe sentir una gran satisfacción cuando por premio de su aplicación y celo por el trabajo ha llegado a subir las cinco gradas del Templo, y a recibir el grado de Compañero.

Una nueva Luz brilla a su vista, su esfera se engrandece, y sus ojos pueden recorrer un horizonte mas vasto sin temor de lastimar su vista con los faces luminosos que parten del O.·. Puede con seguridad fijar la estrella resplandeciente cuyo resplandor vivo y brillante viene a iluminarle.


Esta estrella misteriosa que es el principal emblema del grado de Compañero, debe particularmente atraer toda su atención.

Esta estrella que separa de sus ojos las densas tinieblas que rodean al profano ignorante e incrédulo, le servirá de norte para dirigirse en el estudio de la sabiduría. Le dará a conocer el fuego generativo e invisible que no solamente esparce la vida y la animación sobre los tres reinos de la naturaleza, sino también, que da el movimiento a todo el Universo y arregla el curso de los orbes luminosos que se mueven majestuosamente sobre nuestras cabezas y cuyo espectáculo sublime renovado cada día, nos da una idea de la grandeza y del poder del Gran Arquitecto, cuya sola y única voluntad ha fijado la magnitud de ellos con su soplo divino.

No obstante, aunque le es permitido medir con la vista el inmenso espacio que tiene que recorrer, no debe esperar lograrlo sin dificultad, si no llama en su socorro la quinta ciencia cuya letra inicial que brilla en el centro de la estrella flamígera la está indicando.

Quiero hablar de la geometría, cuyos problemas siempre producen resultados, verdaderos, luminosos e invariables. Con la asistencia de esta ciencia, podrá andar con un paso mas firme en la carrera Masónica. Por medio de ella, pasará sucesivamente de lo conocido a lo por conocer y estudiando y comparando entre sí la cadena de los seres cuyo primer escalón es él, llegará al conocimiento de aquella estrella misteriosa que es el punto fijo del grado de Compañero.

Sondeándose y estudiándose a sí mismo, es como puede llegar a obtener con presteza, el Sub.·. grado de M.·. que es el complemento de la Mas.·. Simb.·. con el cual acabará, de correr el velo que todavía le impedirá descubrir nuestros emblemas, y le hará conocer claro y palpable el verdadero intento de ellos, que debe ya presumir, si corrigiendo sus costumbres y practicando la virtud se ha penetrado su alma de nuestros misterios, y de los principios morales que se le han dado a conocer.


 


jueves, 5 de julio de 2018

ATRIBUCIONES Y OBLIGACIONES DE LOS MAESTROS MASONES

 
El Hermano que ha alcanzado la Maestría debe conocer perfectamente las calidades que el orden exige del Masón perfecto y consumado, como también el orden que se debe seguir en la administración de las Logias.

Tiene voz consultiva y deliberativa en todas las asambleas de su Logia y aun está obligado a dar su parecer en todos los asuntos Masones. Este voto solo será consultativo en G.·. L.·. cuando se trate de leyes y asuntos generales.

Para poder cumplir dignamente con los encargos que la Logia pueda confiarles, tienen obligación los Maestros de saber y conocer a fondo los reglamentos generales del orden y los particulares de su Logia pues elevado a la Maestría está elegible para todos los asuntos y empleos Masones.

No debe solicitar honores ni dignidades, pero tampoco los rehusará sin motivos poderosos

Los Maestros Masones tienen obligación de visitar las Logias de todos los grados, y de contribuir con todo su poder a hacerlas agradables e instructivas.

Como las obligaciones del Mason deben ceder el paso a los deberes del ciudadano, será para un Hermano suficiente excusa el hacer ver que por ocupaciones inherentes a su estado civil, no ha podido presentarse en Logia, pero el que se dispense de concurrir bajo el frívolo pretexto de imposibilidad (sin dar otras razones convincentes) procediendo solo de poca voluntad y ninguna adhesión por el orden, nadie sino su conciencia le impondrá la pena que merezca.

El derecho de proponer personas que soliciten su recepción en una Logia pertenece exclusivamente a los Maestros, que solo deben favorecer en este caso a los que sean dignos de pertenecer a la sociedad, pues son responsables a ella de la conducta de aquellos.

El derecho de expedir circulares pertenece exclusivamente a los Venerables, Vigilantes, Secretario, Tesorero y Limosnero. Cualquiera otro Hermano que se arrogase tal facultad, se le suspenderá por un tiempo limitado, según lo requiera la naturaleza del caso. Si el intento de su circular fuere para favorecer una promoción, procurando los votos de los Hermanos o para hacer abolir una ley o determinación, hecha legalmente en Logia, se le declarará por rebelde y perturbador del orden y se le juzgará con todo el rigor de las leyes.

Mi Muy Querido Hermano:

Vuestros ojos recorren con asombro este recinto lúgubre donde creíais encontrar la mas profunda y mas perfecta obra de la sabiduría, y una morada de paz y de luz que debía ser el asilo inviolable de la felicidad, ilusiones facticias, ¡no nos lisonjee con vanas esperanzas! no hay sobre la tierra Hermano mío, retiro seguro contra los vicios y las pasiones desenfrenadas.

 
La ambición y la avaricia son los enemigos crueles que nos acometen para robarnos las recompensas de la virtud. Clamores impíos hacen resonar las bóvedas sagradas del Templo: las manos del parricidio manchan sus pórticos; la sangre de la inocencia corre sobre sus mármoles y las antorchas fúnebres con su pálida luz alumbran los atentados del crimen y los tristes cendales de la muerte.
 
Tal es Hermano mío el espantoso cuadro que nos presenta la muerte de Hiram, cuya memoria está consagrada para el 3º grado de la Masonería.
 
La historia no la ha conservado en los monumentos sagrados que nos quedan sobre la construcción del Templo, y su tradición no se ha guardado sino entre los Masones,  sea que el tiempo o motivos que no conocemos la haya echo olvidar al resto de los demás hombres, o que esta historia no nos presente sino una alegoría figurativa de acontecimientos mas recientes y no menos horribles. Respetemos, aumentemos sí es necesario, el velo que la sabiduría ha extendido sobre estos melancólicos objetos, para contentarnos con las lecciones útiles que presenta a los Masones, las circunstancias de la narración que se ofrece a nuestra meditación:

Hiram fue escogido por Salomón para dirigir todas las obras del Templo que erigía al Señor. Su habilidad, su celo, y su justicia, le habían hecho digno de esta elección que acreditaba con su conducta; todos los buenos obreros le aplaudían y todos procuraban merecer por su trabajo las recompensas a que se juzgaban acreedores, y que eran repartidas con discernimiento y equidad.

Este jefe virtuoso tenia bajo sus ordenes muchos Maestros que había escogido para trabajar con él. En un lugar separado, practicado en lo interior del Templo, se reunían, y de este consejo, salían los doctos planes del edificio, el orden de los pagos, y el adelantamiento de la obra.
 
Para prevenir los abusos en la distribución de salarios, había Salomón establecido grados y palabras para distinguirles, como hacemos nosotros. Los Aprendices se juntaban en la Columna del Norte, los Compañeros en la del Mediodía, y los Maestros en la sala del medio: allí recibían los salarios señalados a sus grados, y proporcionados a sus servicios.

El celo y emulación que nacían de un orden tan bello, animaba los trabajos, y mostraba en todas sus obras la noble animación del genio. Así reunió en un instante el Templo en su seno, las obras maestras de las artes, y las riquezas de las tres partes del mundo. El oro de sus soberbios techos disputaba su brillo con el resplandor del sol; el Ser Supremo veía con complacencia elevarse hasta las nubes, el magnífico edificio que había escogido para su morada, y la tierra contemplaba con admiración una de sus mas grandes maravillas.

El orgullo y la avaricia destruyeron esta dichosa armonía. Tres Compañeros emprendieron usurpar por medio de la industria, preferencias que una justa autoridad les rehusaba.

Solicitaron, se quejaron, y a las murmuraciones de los reprimidos, sucedieron el despecho, la rabia, y el odio. Abrazó al fin el crimen como su último recurso y estos indignos obreros conspiraron entre sí, para arrancar con violencia la palabra de Maestro, que había de saciar su ambición, y salvarles de trabajos penosos.

Los negros velos de la noche cubrían Jerusalén, el Templo, y las tramas de la perfidia. Los oficiales y Arquitectos, olvidaban las fatigas del día en un profundo sueño; pero la vigilancia no puede dormir.
 
Hiram entra en el Templo por la puerta del O.·., examina los trabajos hechos en el día, dispone los del siguiente, y cuando hubo recorrido todas las partes del edificio, dirigió sus pasos para buscar su reposo. Va a salir por la puerta del Med.·.
 
¡Oh, crimen! ¡Oh, traición!

Uno de los conjurados le detiene, y le pregunta con arrogancia la Palabra Sagrada de los Maestros.

Una ojeada de indignación es la única respuesta del intrépido Maestro. Al instante se siente herido; pero el cobarde asesino espantado de la enormidad de su crimen, deja caer de sus manos sacrílegas el instrumento de muerte, tiembla, y aprovechándose de la confusión en que quedaba Hiram, huye lejos de aquel sitio, sin pensar en perseguir su victima.

Hiram quiere salir por la puerta del O.·. pero otro traidor le agarra y pregunta imperiosamente por la palabra de cuya conservación depende la gloria y el suceso del Templo.

Hiram, inalterable, recibe otra herida mas cruel que la primera, que le derriba al suelo, y mientras el asesino que le crecía muerto, se disponía a juntarse a sus cómplices, el desgraciado Hiram, bañado en su sangre se levanta con trabajo, y se encamina ala puerta del Or.·. esperanzado en que podrá salvarse por allí; pero encuentra en ella el mas cruel de sus enemigos bajo del pórtico. Este asesino esperando vencer su fidelidad, se vale de la astucia, la mentira, y la amenaza, para moverle y seducirle; pero encontrándolo firme en su resolución, llevado el bárbaro de cólera, al ver la inutilidad de sus esfuerzos, se quita en fin la máscara, y con una mano furiosa agarra los cabellos ensangrentados de su desdichado Maestro. Le arrastra sin piedad sobre las gradas del Templo; le da una herida mortal y le ve expirar á sus pies.
 
Los asesinos de Hiram se juntaron para despojar el cadáver lívido y sangriento de su victima, pero aquel rostro cárdeno, aquellos ojos apagados, parecían aun amenazarlos y anunciarles el suplicio que les esperaba. Se pidieron la Palabra Sagrada de Maestro, y ninguno la sabia.
 
El espanto y la vergüenza, helaron sus corazones feroces; no se podían mirar los unos a los otros sin estremecerse, y creían el cielo y la tierra armados contra ellos. Para ocultarse quisieran aniquilar los vestigios y testigos de su crimen, destruyendo todo el edificio con el cadáver que los acusaba, pero viendo que todo era inútil, lo sacan secretamente del Templo, y lo llevan sobre una montaña lejana. Lo cubren de tierra, y con algunas ramas de Acacia, recargan aquella indigna tumba, para ocultarla mas. Vanas precauciones, velos engañosos que pueden esconder por algún tiempo los crímenes a los ojos de los hombres, pero nunca asegurar el reo contra la flaqueza e infidelidad de sus cómplices, contra los remordimientos de su propio corazón y las justas venganzas del cielo irritado.

La obscuridad de la noche se disipa, el fuego brillante de las estrellas desaparece, la aurora se muestra en el O.·. desplegando sus velos de púrpura y oro, la hora del trabajo se acerca y llama a los obreros en el Templo, pero Hiram no parece, y los trabajos se atrasan; le llaman, no responde, le esperan, más en vano. Siete días se pasaron en inquietud y temores. En fin viendo Salomón que no venía, nombró nueve Maestros para hacer la pesquisa mas exacta de su paradero.

Condujo la suerte a estos fieles servidores sobre la montaña donde los reos se lisonjeaban haber sepultado para siempre las trazas y memoria de su delito. Una rama de Acacia plantada sobre una tierra nuevamente movida, parecía indicarles la desdicha que temían; con pasos apresurados se acercan de aquella tierra, y la mueven; ¡Mas dolor! ¡Oh consternación! En un montón infecto de carnes, huesos, y podredumbre, reconocen a su Respetable Maestro.
 
La expresión del horror es la primera señal y el espantoso objeto que se les presenta a la vista, se convierte en palabra de reunión; exhuman el cadáver y lo conducen a Jerusalén, con un santo respeto, llorando amargamente sobre aquellos deplorables restos, como un depósito caro y precioso, triste prueba de su celo, constancia y firmeza.

¡Quien podrá expresar la desolación del Templo a vista de tal espectáculo! ¡La mas terrible indignación y el dolor mas acerbo se imprimieron en el semblante del Monarca! Rasgó sus vestidos, y juró no descansar mientras no descubriera los infames cómplices de tal atentado. Bañado en lágrimas y lleno de congoja, ordenó la pompa fúnebre de su digno servidor. En medio del Templo, delante del Santuario mismo, mandó construir una soberbia Tumba. El circuito del Templo se cercó de una triple muralla para libertarlo de las maquinaciones del crimen, y ocultarlo a las miradas indiscretas del mundo profano.
 
Los fieles obreros cubiertos de ceniza y vestidos de luto, seguían el cuerpo de su desgraciado y Respetable Maestro haciendo resonar el aire con sus llantos y gemidos lamentables. De este modo se depositaron en la tumba aquellos restos tan amados, y desapareció para siempre de la tierra su alegría, su esperanza, y el mas tierno de los amigos y de los padres. Hubieran querido todos ellos sepultarse con él, para participar de una misma suerte, pero su celo por el templo, y el deseo de vengar sus ultrajes, fue lo único que les pudo hacer consentir en conservar sus vidas.

Tal es Mi Querido Hermano, el principio de este aparato que os admira.
 
El objeto misterioso del grado que se os acaba de dar, el fundamento de las ceremonias lúgubres que han acompañado vuestra recepción, y la historia de la muerte de Hiram, todo nos ofrece la imagen de los excesos donde nos arrastra por grados la lisonjera seducción del vicio, y hasta donde puede elevar el heroísmo a una alma pura, y bien firme en el cumplimiento de sus deberes.
 
Que la firmeza de Hiram sea vuestro modelo Hermano mio: que su celo os anime para con el Templo del Dios vivo; y que imitándole en un todo, os dispongáis a guardar como él, a costa de vuestra sangre; el inviolable depósito de su gloria y de sus secretos.
 
¿No tendrán por ventura estas instrucciones otro objeto que el de alucinaros? ¿No será mas que una ficción, la aplicación, de los tristes acontecimientos que acabáis de oír ?
 
—¡No Hermano mió! La Historia de Hiram es la nuestra; y no solamente debe ser él, nuestro modelo, sino que fue realmente nuestro jefe y nuestro padre. Sucumbió bajo manos parricidas, y su muerte es la época de nuestras desgracias y el principio de nuestros respetos.
 
El templo esta destruido, manos traidoras lo han derribado hasta los cimientos, las herramientas se han roto, las palabras se han perdido, los obreros se han dispersado, el jefe ha sido asesinado, y la augusta habitación del Todo Poderoso no es mas que un vasto teatro de ruinas y desolaciones.
 
A nuestros triunfos los han reemplazado los gemidos y los llantos, y s nuestros cantos de alegría los gritos del dolor y de la venganza.
 
¡Que es lo que digo Hermanos míos! ¿Cual será el indigno Masón que no envidiará la muerte de Hiram? muere, pero lleva consigo su inocencia, su gloria, su secreto, y la veneración de sus Hermanos Masones.

¿Y que muerte mas cruel que la misma vida que conservan sus cobardes asesinos? Lloremos al malvado, Hermanos míos, hasta en sus sucesos dichosos, ellos tendrán un término, y los de la virtud durarán tanto como el mismo Dios que debe ser el remunerador y el premio.

¡Sublime emanación de la Esencia Divina!
 
¡Espíritu, inmortal que constituyes mi ser!
 
¿Limitarías tú, tus deseos y esperanzas, a mover esta débil máquina, esta miserable porción de materia que te envilece y encadena?
 
¿Triste juguete del error y de la injusticia, avasallado por las necesidades, tiranizado por las pasiones, humillado sobre la tierra a la vil condición de los brutos, temería yo ver aproximarse el instante que debe disolver estas ligaduras indignas?
 
¿Me atemorizaría la voz que me llamara a la vida gloriosa de los Angeles?
 
No: la tierra no me encadenará. Que los hombres me persigan y me desgarren, que el mundo se desplome, o que los elementos se confundan; nunca mi alma se anonadará, porque si la justicia me acompaña la vida no me abandonará.

G.·. Arq.·. del U.·. los males que nos afligen son tus beneficios. Redóblalos, si deben purificar nuestros corazones y elevarlos hasta ti. Si quieres experimentarlos con las falsas prosperidades del siglo, aparta de nosotros las inclinaciones viciosas, la dureza, el orgullo y la seguridad engañosa que las acompañan. Sed en fin nuestro Juez y nuestro guía, para que en todos los momentos de nuestra vida, tengan nuestros Hermanos  la seguridad de encontrarnos entre la escuadra y el compás.
 
 
 

miércoles, 4 de julio de 2018

PLEGARIA, ORÁCULO Y METARMOFOSIS DE LUCIO APULEYO POR LA DIOSA ISIS


Hubo en la antigüedad  un extraordinario afán entre ilustres filósofos extranjeros por instruirse en Egipto y sobre todo por conseguir que se les iniciase en los célebres misterios de aquel sacerdocio.
 
Herodoto, Pitágoras, Platón y otros insignes maestros de la clásica antigüedad pagaron tributo a esta que no sabemos si llamar preocupación o aspiración justificada. Como quiera que sea, por espacio de siglos los más sobresalientes ingenios fueron a buscar en las orillas del Nilo un diploma de capacidad que ya tenían sobradamente conquistado con sus obras inmortales. Cualquier persona medianamente versada en el estudio de los clásicos latinos recordará al tratar de este asunto el precioso libro XI y último de la Metamorfosis de Apuleyo.

El héroe de esta famosa obra había sido trasformado en jumento por la mala imprudencia de una maga intrusa en el arte de las hijas de Tesalia y en vano había buscado a través de mil aventuras un medio para recobrar su prístina fortuna.
 
Hallábase una noche tendido en una plaza solitaria, cuando de improviso despertó sobresaltado por el brillante resplandor de la luna que elevaba su disco del seno de los mares. El silencio, la soledad y el misterio invitaban el ánimo al recogimiento. El pobre fugitivo pensaba que la luna ejerce un poder soberano sobre todas las cosas de la tierra, de los cielos y del fondo de las aguas y se le ocurrió la idea de adorar a la diosa. Se zambulló en el mar para purificarse e introduciendo la cabeza siete veces en las olas, teniendo presente el valor místico que el divino Pitágoras atribula a este número y lleno de fervor, dirigió a la divinidad esta sentida plegaria:

Reina de los cielos,
quien quiera que seas,
benéfica Ceres,
madre de las espigas,
inventora de la agricultura
que gozosa de haber recobrado a tu hija,
enseñaste al hombre a reemplazar
los salvajes banquetes con más dulce alimento.
 
 Tú, que proteges las campiñas de Eulesis;
Venus celeste,
que desde los primeros días del mundo
diste el ser al Amor
para hacer que cesase
el antagonismo de los sexos
y perpetuar por la generación
la existencia de la raza humana.
 
Tú que te complaces en habitar
el templo insular de Pafos;
casta hermana de Febo,
cuya asistencia al trabajo del alumbramiento
ha poblado el vasto universo;
divinidad adorada
en el magnífico santuario de Efeso;
formidable Proserpina,
la del nocturno aullido
que bajo tu triple forma
tienes en la obediencia las sombras;
carcelera de las prisiones subterráneas del globo.
 
Tú, que recorres como soberana
tantos bosques sagrados,
divinidad adorada con cien cultos diversos,
cuyos púdicos rayos
platean los muros de nuestras ciudades
y hacen penetrar un fecundo rocío
en los alegres surcos de nuestros campos;
que nos consuelas de la ausencia del sol,
dispensándonos tu pálida luz;
sean cuales fueren el nombre,
el rito y el aspecto con que haya de invocarte,
dígnate asistirme en mi desgracia
y fortalecer mi vacilante fortuna.
 
Permite que después de tantos azares
obtenga al fin paz o tregua
y no haya de sufrir más pruebas ni contrariedades.
 
Líbrame de esta asquerosa forma de cuadrúpedo; devuélveme a las miradas de los míos
y restitúyeme mi forma de Lucio.
 
Si algún dios irritado me persigue
con implacable enojo,
déjame morir a lo menos,
ya que vivir no puedo.

Terminada esta plegaria cayó el infeliz en un gran abatimiento, hallando por dicha el consuelo que ansiaba en un sueño reparador. Sin embargo, a los pocos momentos se elevó del seno de los mares un rostro imponente, siguiéndole luego un cuerpo dotado de vivísimos resplandores.

Una larga y espesa cabellera partida en graciosos bucles flotaba detrás del cuello de la diosa y una corona de flores que llevaba en la cabeza se junta en su frente a un espejo, cuya blanca claridad daba a conocer a la luna, en tanto que en sus sienes alzaban la cabeza dos grupos de víboras.

Llevaba un vestido de hechiceros cambiantes y un negro manto guarnecido con ricas franjas y bordado de estrellas, en el centro del cual brillaba la luna llena con todo su esplendor. La diosa tenia en la diestra un sistro de bronce encorvado y con tres varillas, cuyo choque producía un agudo retintín. En la mano izquierda llevaba un jarro de oro en forma de góndola, cuya asa, en la parte saliente, estaba dominada por un áspid con la cabeza erguida y el cuello desmesuradamente inclinado. Calzaban sus pies divinos unas sandalias tejidas con hojas de palmera, árbol de la victoria.

Rodeada de tan imponente aparato y exhalando todos los perfumes de la Arabia, la divina aparición se dignó pronunciar estas palabras:

- He venido á ti, Lucio, conmovida por tus ruegos. Yo soy la Naturaleza, madre de todas las cosas, señora de los elementos, principio original de los siglos, divinidad suprema, reina de los Manes, la primera entre los habitantes del cielo, tipo universal de los dioses y diosas. El Empíreo y sus bóvedas luminosas, el mar y sus brisas salobres, el infierno y sus caos silenciosos obedecen a mis leyes: soy la potestad única adorada bajo tantos aspectos, formas, cultos y nombres como pueblos hay sobre la tierra. Para la raza primitiva de los frigios soy la diosa de Pesinunte y la madre de los dioses; los autóctonos del Ática me llaman Minerva Cecropia. Soy la Venus de Pafos para los insulares de Chipre y la Diana Dictina para los Cretenses. En las tres lenguas de Sicilia me llamo Proserpina Estigia y en Eleusis Ceres Antigua. Unos me invocan con el nombre de Juno, otros con el de Pelona; acá soy Hécate, allá Rhamnusia; pero solo los pueblos de la Etiopía, de la Ariana y del antiguo y docto Egipto, comarcas que el sol favorece con sus rayos nacientes, me tributan verdadero culto dándome mi propio nombre de diosa Isis.

Seca tus lágrimas, cesa en tus gemidos; me he compadecido de tus infortunios y vengo a ti favorable y propicia. Destierra el negro pesar; mi providencia hará muy pronto que brille para ti el día de la salvación. Presta pues oído atento a mis mandatos. El día que nacerá de esta noche me fue consagrado por la religión de todos los siglos. En este día el invierno habrá huido con sus tempestades, las encrespadas olas habrán recobrado la calma y el mar volverá a ser navegable. Mis sacerdotes van a ofrecerme una nave, virgen aún del contacto de las ondas, como inauguración del comercio renaciente. Espera esta solemnidad con el corazón confiado y el ánimo fervoroso.

El gran sacerdote llevará por orden mía una corona de rosas junto al sistro.

Ábrete paso sin vacilar a través de la muchedumbre y júntate a esa pompa solemne; acércate al pontífice como si quisieses besarle la mano y cogiendo las rosas te verás repentinamente despojado de esa forma odiosa. Ejecuta sin inquietud mis órdenes, pues en este mismo instante, aunque me ves aquí, mi pontífice recibe en sueños instrucciones para lo que ha de hacer.

Por orden mía la multitud popular te abrirá paso, sin que nadie se admire en esa solemnidad de tu deforme figura ni de tu repentina mudanza. Recuerda, sin embargo, y conserva muy grabado en el fondo de tu corazón, que lo que te queda de vida, hasta tu último suspiro, me está consagrado, pues tus días devueltos a la humanidad por mi benéfico poder me pertenecen de derecho. Bajo mi tutela vivirás feliz y glorioso y cuando al llegar al término prescrito desciendas a las sombrías orillas; en ese subterráneo hemisferio volverás a encontrarme resplandeciente en medio de la noche del Aqueronte reinando sobre el Estigio y huésped de los Campos Elíseos continuarás tributando piadosos homenajes a tu divina protectora.


Sabe que si te haces digno de ello por tu culto asiduo, tu fervorosa devoción y tu pureza inviolable, puedo prolongar tus días allende el plazo que fijaron los Hados.

Terminado este oráculo desapareció la gloriosa visión, despertando Lucio extremadamente gozoso y conmovido.

Ya en esto empezaba el sol  a dorar el horizonte y los habitantes, ansiosos de contemplar la pompa triunfal, acudían en muchedumbre a las plazas públicas. Todo parecía respirar el gozo más intenso; la temperatura era tibia, el aire suave, el mar estaba tranquilo, el cielo sin nubes y las aves gorjeaban entre el follaje como saludando el alegre despertar de la naturaleza.

Al poco rato empezó a desfilar un cortejo compuesto de muchas personas vestidas con gran variedad de trajes, según los votos que hablan hecho a la divinidad. El uno ceñía el talabarte como un soldado, el otro vestía a guisa de cazador, arremangada la clámide, con la pica al hombro y el cuchillo en la mano. Aquel calzaba dorados borceguíes y su vestido de seda, sus lujosos atavíos, la afeminada disposición de sus cabellos y la molicie de su modo de andar lo asemejaban a una mujer. Aquel llevaba el casco, el broquel y la espada como si acabara de salir del circo de los gladiadores. Otro con la púrpura y las haces parodiaba al magistrado y más allá un hombre extrañamente vestido, con sandalias, capa, el bastón en la mano y la barba de chivo imitaba a los filósofos. Había también un pajarero con sus redes y un pescador con su caña. Llamaba igualmente la atención una osa domesticada que llevaban en una silla, vestida de gran señora y un mono cubierto con el gorro frigio que con una copa de oro en la mano tenia la pretensión de figurar al hermoso Ganimedes. Por último venia un asno con alas montado por un decrépito anciano: esta pareja parodiaba a Pegaso y a Belerofonte de modo que hacia desternillar de risa.

En medio de estas burlescas personificaciones, regocijo del populacho, avanzaba majestuosamente el cortejo de la diosa, varios grupos de mujeres vestidas de blanco y coronadas de guirnaldas de flores primaverales, echaban flores a su paso, otras aparentaban arreglarle la cabellera con peines de marfil y otras por último perfumaban el ambiente regando el suelo con preciosas esencias.

Seguía en pos un numeroso concurso de personas de uno y otro sexo, con linternas, antorchas y otras luces, homenaje simbólico al principio generador de los cuerpos celestes. Seguían dos clases de flautas formando agradables conciertos y dos coros de jóvenes vestidos de blanco y entonando un hermoso himno. Iban entre ellos los músicos del gran Serapis, tocando la música especialmente consagrada a esta divinidad. Desfilaban después muchos oficiales seguidos de los iniciados en los sacros misterios, todos vestidos de lino de deslumbrante blancura; las mujeres cubierta con velos trasparentes su cabellera inundada de esencias y los hombres con la cabeza afeitada. Estos llevaban sistros de bronce, de plata y de oro que agitaban haciéndoles producir agudos sonidos.

Desfiló después el cuerpo imponente de los pontífices, vestidos con blancas túnicas de lino ceñidas a la cintura, que les bajaban hasta los talones. Su jefe llevaba una lámpara que despedía vivísima claridad y tenia la forma de una nave de oro; el segundo llevaba los dos altares llamados socorros; el tercero una palma de oro y el caduceo de Mercurio; el cuarto llevaba una mano abierta, símbolo de la justicia y un jarrón de oro lleno de leche; el quinto, una criba de oro llena de ramos del mismo metal; el postrero llevaba una ánfora.

Después de los pontífices venían los dioses.

Primeramente el intermediario divino de las relaciones del cielo con los infiernos, erguida su perruna cabeza, con el caduceo en la mano izquierda y una palma verde en la derecha. Después seguía una vaca emblema de la diosa, madre de toda fecundidad. Otro llevaba la cesta misteriosa que ocultaba a los ojos los secretos de la sublime religión. Otro oprimía en sus brazos afortunados la efigie venerable de la omnipotente diosa, efigie que no se parecía al ave ni al cuadrúpedo domesticado o montaraz, ni tampoco al hombre; pero venerable por su misma rareza y que caracterizaba ingeniosamente el profundo misticismo y el inviolable secreto de que se rodeaba aquella religión.

Por último iba a realizarse la divina promesa, apareciendo el sacerdote anunciado en la profética visión con el sistro y la corona en la mano. Lucio se adelantó hacia el, conteniendo por respeto el arrebato de su alegría.

El gran sacerdote se detuvo como admirado de la precisión con que se realizaba la profecía y entonces Lucio, temblando de emoción acercó la boca a la corona de flores devorándola con avidez.

No le había engañado el oráculo. En un abrir y cerrar de ojos desaparecieron sus groseras formas. Primeramente el pelo se le trasformó en fina epidermis, luego perdió su vientre el enorme volumen que tenia, sus cascos se trocaron en pies y manos de hombre, se trasformó su fisonomía y la cola, ignominioso apéndice, signo de servidumbre, desapareció para siempre.

Admirado el pueblo al presenciar tan inaudito espectáculo prorrumpió en gritos de religioso entusiasmo, en tanto que Lucio no sabia cómo manifestar el suyo por aquella tan dichosa y ansiada metamorfosis.

No era menor la admiración del gran sacerdote; mas advirtiendo que Lucio al transformarse había quedado en cueros, ordenó que lo cubriesen con una túnica de lino. Luego le felicitó con elocuencia por el favor que el cielo le dispensaba animándole a perseverar en su propósito de consagrar la existencia al culto de la diosa.

Se mezcló Lucio con el cortejo, contemplado y admirado de todos y de este modo llegó la procesión a las orillas del mar, en donde dejaron los simulacros divinos. Se acercó el gran sacerdote a una nave cubierta exteriormente de jeroglíficos, la purificó según los ritos, con una antorcha encendida, un huevo y azufre y después de darle un nombre la consagró a la diosa.

En la blanca vela de la nave se había escrito una plegaria por la prosperidad del comercio marítimo renaciente con la nueva estación. Todos llevaron a porfía al lujoso barco jarros llenos de aromas y otras ofrendas, haciendo sobre las olas libaciones de leche cuajada hasta que la nave cargada de piadosos presentes e impulsada por un viento favorable se alejó de la orilla. Cuando hubo desaparecido entre las brumas del horizonte, volvieron los sacerdotes a tomar sus atributos y la procesión continuó su curso para volver al templo.

Al llegar a los sagrados umbrales, los sacerdotes y los iniciados en los misterios entraron en el santuario de la diosa dejando en él las imágenes. Entonces llegándose a la puerta uno de ellos convocó en alta voz a todos los individuos del colegio sacerdotal; subió a un pulpito y recitó varias plegarias por el emperador, el senado, los caballeros, el pueblo romano, los navegantes, las naves y finalmente por la prosperidad de todo el imperio, terminando con la fórmula griega: ¡Retírese el pueblo!

Al oiría acudieron todos llevando con trasportes de alegría ramas de olivo florido y de verbena, y guirnaldas de flores que dejaron a los pies de la diosa, retirándose después de haberlos besado devotamente.

Informada la familia de Lucio de su inesperada aparición entre los humanos acudió presurosa a abrazarle; mas ni ella ni sus amigos lograron disuadirle de su intento de consagrarse a la diosa.

 


martes, 26 de junio de 2018

LA ASTROLOGÍA Y LOS FALSOS ORÁCULOS


No hemos de caer en la vulgaridad ni incurrir en la injusticia de tildar de supersticiosos o de impostores a cuantos se consagraron al cultivo de la magia en las remotas edades. La ciencia, aun la verdadera, la única digna de este nombre, ha sido oculta, o como diríamos ahora monopolizada, mientras la división de castas ha levantado infranqueables barreras entre las clases sabias y ese vulgo ignorante del cual nos habla Quinto Curcio con tan notable desenfado.
 
Explicarle a esta muchedumbre indocta las causas y la trascendencia de los fenómenos que le llenaban de admiración, sin sentirse capaz de comprender su índole y genuina significación, habría sido para los privilegiados de la ciencia un verdadero sacrilegio. Hoy que esta es patrimonio de todos y fruto del esfuerzo individual unido a la libre y colectiva actividad de las generaciones, nos cuesta mucho trabajo comprender que hayan podido existir semejantes misterios en mengua de la humana dignidad y del progreso de los pueblos; pero este asombro, sin duda muy justificado, no puede ser parte a impedir que sea este un hecho rigurosamente histórico, reproducido en varias civilizaciones por espacio de muchos siglos.

Hay más aun: en aquellos climas espléndidos de Oriente en cuya tibia atmósfera se desarrollan con tan prodigiosa fecundidad los más copudos árboles, los más frondosos arbustos, las más aromáticas flores de la tierra; en donde las aves ostentan más vistoso plumaje y las selvas están pobladas de los más arrogantes y majestuosos modelos del reino zoológico, el hombre exclusivamente consagrado  a la meditación ha de sentir por necesidad subyugada su mente por la irresistible influencia de aquella poesía incomparable que de todas partes hace brotar la pródiga naturaleza.
 
Es este un fenómeno que se revela en todas las obras de la imaginación oriental. Ahora bien: ¿seria absurdo suponer que el sacerdote convencido de hallarse en posesión de las grandes verdades religiosas y científicas, cuyo conocimiento estaba vedado al común de los mortales, sintiese vacilar su buen sentido en sus noches de solitaria contemplación, y que al escudriñar los infinitos espacios de aquel firmamento purísimo, llegase a figurarse que el mismo Creador se dignaba revelar a tan privilegiada criatura los arcanos de lo por venir? ¿Seria absurdo suponer que en esas horas de indecible arrobamiento llegase a confundir la austera embriaguez que es la preciada recompensa del estudioso, con la engañosa ilusión del visionario hasta el punto de creerse en relación directa e inmediata con el Alina del Universo, madre de todas las manifestaciones de la vida? Por nuestra parte creemos que no.

Sea como fuere, conviene no echar en olvido al tratar de la ciencia astronómica de los egipcios, que si bien ellos comunicaron a Grecia y a Roma las teorías astrológicas, créese fundadamente que no llegaron a cultivar con éxito completo la astronomía hasta que llegó a su mayor desenvolvimiento la escuela de Alejandría.
 
Esta aserción se apoya en dos razones que no dejan de tener mucho peso: es la primera la de que son griegas las figuras de las constelaciones y no tienen la menor analogía con los bajos-relieves del antiguo Egipto, y la segunda el hecho tan elocuente de no tener sino once signos el Zodíaco entre los griegos hasta el siglo III antes de J. C, lo cual no deja de quitar una gran parte de su prestigio de antigüedad al horóscopo que anteriormente describimos.

También conocieron los egipcios la superstición de los oráculos, siendo celebérrimo el de Buto, diosa antiquísima en la cual vieron los griegos una representación de la Noche, el Caos y las Tinieblas.

En la villa que llevaba el nombre de esta deidad, le edificaron un grandioso templo cuyos pórticos tenían diez brazas de altura. Cerca de este templo había un lago muy extenso y profundo, y en él una isla que decían ser flotante, en la cual crecían sin cultivo muchísimas palmeras y otros árboles frutales. Buto escondió allí a Horus cuando lo buscaba Set para matarlo y no sabia Isis cómo preservarlo de su saña. Como se ve, la diosa Buto representaba un importantísimo papel en la leyenda principal de la mitología egipcia. Herodoto confunde, al tratar de este oráculo, a Isis y Horus con Deméter y Apolo.

No era este el único oráculo que se conocía y veneraba en Egipto, y lo prueba una tradición referente al rey Amasis:
 
Era este soberano de extirpe plebeya y al principio de su reinado dieron sus súbditos en despreciarle por la humildad de su origen; pero él, que tenia el entendimiento agudo y el genio perseverante, apeló a un ingenioso ardid para granjearse su estima. Entre otros objetos de gran precio, se veía en su palacio un gran lebrillo de oro, en el cual solían lavarse los pies el monarca y los magnates que comían a su mesa. Lo hizo fundir y lo trasformó en la estatua de un dios que mandó colocar en el sitio más visible de la ciudad. Se juntó al punto el gentío para admirarla y todos le tributaron culto.

No bien lo supo Amasis, cuando mandó que compareciesen a su presencia los murmuradores, y después de haberles declarado la procedencia del ídolo, les dijo:

- Lo mismo me pasa a mí: yo antes era plebeyo; pero ahora soy vuestro rey y os invito a tributarme el honor y el respeto que me debéis.

Ante la fuerza de tan sutil argumento, cesaron desde aquel día las murmuraciones.

Tenia este monarca la costumbre de chancearse con sus cortesanos y dedicar a frívolos pasatiempos los ratos que le dejaban libres las tareas de la gobernación del Estado, y como se atreviesen algunos de sus amigos a reprocharle esta conducta como indigna de un gran rey, les replicó:

- ¿No sabéis que el arco no se tiende sino cuando es preciso, porque de otro modo se rompería? Lo mismo es el hombre: si se aplicase constantemente a cosas serías sin tomar ningún descanso ni consagrar ningún rato al esparcimiento del ánimo, acabaría por volverse loco o idiota. Por esto me place repartir el tiempo entre los negocios serios y los placeres.

Estas dos anécdotas parecen demostrar que el tal Amasis tenia un carácter eminentemente filosófico; mas la Historia nos lo pinta como un rematado calavera.

Parece ser que cuando Amasis no era más que un simple particular, huía sistemáticamente de toda ocupación seria y nada le gustaba tanto como beber y holgar y derrochar el tiempo en francachelas y jolgorios. Como esto le salía muy caro y no siempre se hallaba en disposición de pagar sus placeres al contado y él no tenia bastante fuerza de voluntad para privarse de ellos, robaba cuanto podía. Alguna vez hubieron de quejarse los perjudicados y negando él descaradamente el delito, le llevaron ante el oráculo del lugar, el cual unas veces lo condenó y otras lo absolvió, declarándolo puro de toda mancha.
 
En cuanto se hubo sentado en el trono, despreció a los dioses que le hablan declarado inocente, descuidó sus templos y no quiso ofrecerles ningún sacrificio, juzgándolos indignos de todo culto porque eran falsos oráculos; pero tuvo por buenos y veneró muchísimo a los que le habían condenado.
 
 
 

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