viernes, 21 de diciembre de 2018

SIMBOLISMO DEL CRISTO QUE MUERE EN LA CRUZ


El cristianismo pretende ser fenómeno religioso originario, ruptura y superación del paganismo. Sin embargo, en el Cristo que muere y resucita en la cruz, quizá subsistan los colores y resonancias de símbolos ancestrales.
 
En el cielo corren nubes rojas. El viento parece tocar tambores que producen una música triste. Y dentro de una iglesia solitaria, en el altar, El espera que te acerques a observarlo. El, el Cristo sufriente empotrado en la cruz mediante clavos de sangre.
 
En su rostro mueren las aves y los mares se secan. En su cuerpo dolorido se desploman árboles, languidecen girasoles. ¿Sólo este Cristo del dolor puede existir en la madera? ¿Sólo hay en él lugar para el pesar y el gesto torturado? Otro Salvador podemos imaginar; o recuperar, quizá, mediante la historia de los símbolos.
 




Para esto, adentrémonos en las raíces de la cruz, en los dos sólidos maderos que sostienen la anatomía lacerada del Cristo tradicional. Entendamos la cruz como símbolo. La cruz se enlaza con el árbol.
 
En la Edad Media suele representársela como árbol con nudos y ramas. Esa cruz-árbol se ubica simbólicamente en un centro místico del mundo. Desde allí la cruz puede actuar como puente o escalera que une cielo y tierra. El madero vertical de la cruz es el que permite ascender. El eje vertical es la línea que trepa hacia el cielo. La madera transversal, en cambio, simboliza la tierra y sus avatares, sus quemantes hogueras de dolor y conflicto. De ahí que la línea ascendente, vertical, y la madera horizontal de la cruz, sumadas, representen una unión de opuestos: el esplendor gozoso del cielo por un lado, y las turbulencias del sufrimiento terrenal, por el otro.

Pero en el cristianismo el simbolismo de la cruz se inclina hacia el dolor más que hacia una futura y placentera elevación. Antecedente de este proceso es la cruz de fuego, las llamaradas como expresión del sufrir, del temblar en el dolor. Quizá esto proceda de una reminiscencia del arcaico frotar de dos leños para generar las chispas. Un hacer sufrir la madera para urdir el fuego. Antes de la fogosa luminosidad, es inevitable el sufrimiento. Un sufrimiento que, como el cristianismo, a veces puede ser defendido como algo más esencial que la luz que precede.


Pero nuestra indagación nos llevará hacia la cruz de la plenitud y no la del calvario. Una antigua manifestación de este tipo de cruz es la cruz egipcia o ansada. En el idioma sagrado de los jeroglíficos la cruz del Antiguo Egipto expresa la vida y el vivir. Su brazo superior traza una curva cerrada, casi circular. La presencia del círculo. El círculo: símbolo de totalidad, de energía vital inacabable, creadora. Un círculo de lo divino celestial que desciende sobre la línea horizontal de la cruz egipcia para animar la existencia terrenal, para conceder movimiento a los seres. Así, la cruz ansada también simboliza la unión de cielo y tierra.

Pero en la cruz latina el extremo del eje vertical no se abre en un círculo, sino que se extiende, imaginariamente, hacia una altura infinita. A través de esta línea vertical el alma, luego de la muerte, puede abandonar la estrechez de la tierra y luego renacer en una vida celestial. Cristo muere a esta vida terrestre y asciende después para resurgir, resucitar. Este es el momento en que el sentido de la cruz puede ser mejor comprendido a través de su relación, ya antes adelantada, con el árbol.

Primero atendamos a la cruz como árbol de redención. A esto se alude en la misa de la consagración del Viernes santo cuando se asegura: “Fiel cruz, árbol sobre todos noble: ningún bosque ofrece algo similar en hojas, flores, o semillas. Dulce es la madera, dulce los clavos. Dulce el peso que soporta”. Esta dulce madera de la cruz entendida como árbol es la que promete, en el decir de San Pablo, en Corintos 15: 22 que “del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo”. En el paraíso, Adán convierte al árbol del bien y el mal en árbol de la perdición. En cambio, el árbol-cruz de la pasión es su opuesto, es árbol de la salvación, de la resurrección. Medicina del mundo. En las Revelaciones del Apocalipsis el árbol de la vida se alzará en el centro de la ciudad celestial, Jerusalem. Allí, un río puro brotará del trono de Dios y del Cordero (del Cristo crucificado). Y del árbol cuyas raíces se nutren con aquellas aguas surgirán hojas que sirvirán para la curación de las naciones.

La cruz enlazada con el árbol de la salvación y la vida regenerada. Pero los maderos transversales también pueden asociarse con el árbol como irradiación primordial de una vitalidad renovadora y creadora. La relación aludida conduce a la sacralidad de lo arbóreo. Sólo recuperemos algunos antecedentes no cristianos: en un relieve de alabastro del Nimrud, siglo lX a.c., el rey persa Asurnasipal ll se muestra junto a un dios alado adorando un árbol sagrado.
 
En la India, según una pintura del Jodhpur, del siglo XlX, el dios hindú Krisna se ubica debajo del árbol Kadamba. Arbol que surge de un trono de loto. Desde allí, el dios toca la flauta para atraer a los seres hacia un centro sagrado donde florece el árbol.
 
Entre los tibetanos existe el famoso Arbol de las Asamblea de los Dioses (Ts'ogs-shing). En su centro permanece Tsongkapa, un bodhisatva (iluminado). En su pecho exhibe la efigie de Buda. En el tronco y las ramas del místico árbol se distribuyen asambleas de maestros y budas, y los dioses de los cuatro puntos cardinales.
 


 

En una pintura de Miraj-Nameh, Turqia, s. XV, Mahoma es imaginado como árbol de rubíes, zafiros y esmeraldas. Acaso el árbol Tuba que brota del centro del paraíso musulmán.

 En todos estos casos, y en tantos otros ejemplos que podrían ser contemplados, el árbol se yergue en un centro de vitalidad creadora, de una fuerza originaria. La cruz asimilada a esa centralidad generadora podrá convertirse en lugar de renovación. En poder superador de la muerte.

 Respecto a esta dimensión de la cruz y el árbol como potencias que trascienden lo muerto, podemos recordar el grabado de madera de Rennes, Francia, en 1830, de un artista anónimo. En aquella obra, a los pies del Cristo sufriente se ubica una calavera rodeada por una serpiente. En lo alto, a la izquierda, el sol y, a la derecha, la luna.
 
Cristo primero muere, su viejo cuerpo regresa a la dureza sin vida de los huesos y, luego, resurge como lo hacen el disco solar y la plateada señora de la noche. Tras el crepúsculo el sol atraviesa un infierno subterráneo. Momento simbólico de la muerte. Al que le sucede después un renacer al amanecer. La luna desaparece tres noches. Muere. Para luego resurgir, brillante, jubilosa. Pero la resurrección del Cristo clavado a la cruz se asocia con el árbol más que con el sol y la luna. Y por lo tanto con el tiempo de las estaciones y el renacer de la vegetación.

 Los cálidos vientos de la primavera llegan y fomentan la exuberancia, la expansión del verde licor de la vida en ramas y plantas. Es el momento del nacimiento. Luego, arriba el adusto y frío señor invierno. Trae su guadaña para cortar la frondosa cabellera de la naturaleza. Los frutos entonces desaparecen. Es el instante de la muerte. Pero los ríos del tiempo nunca interrumpen su movimiento. Por eso el encanto primaveral retorna. Y sobre las cosas otra vez se vierte una lluvia de plenitud. La vida renace. Resucita.
 
Este ritmo del nacer, el morir y resurgir, se reitera en Cristo, el ser clavado a la madera, al árbol, que a su vez es cruz. El hijo de Dios perece en un sombrío invierno. Pero la muerte, la oscuridad invernal, se agota. Y dentro del endulzado aire de la primavera que vuelve, el que antes murió, asciende a través de las ramas del árbol de la vida hacia la eternidad del cielo.

En la madera y su reverdecer primaveral, la humanidad arcaica halló una metáfora válida para una comprensión global de la existencia. Vastas son las propagaciones de esta intuición primordial en el mundo antiguo. Una de sus expresiones más diáfanas es el mito de Adonis y Afrodita. Bajo engaño, la princesa Mirra copula con su padre. Cuando éste advierte el desatino, persigue a su hija con el propósito de someterla a un castigo ejemplar. Mientras escapa, Zeus se compadece de la mujer acosada. Y la convierte en árbol, en mirra. Y al cabo de los nueve meses del seno de la madera emerge Adonis niño. Es vida nueva, henchida de belleza y fascinación. Que seduce a Afrodita, diosa del amor. La diosa entrega el niño a Artemis para que ésta oficie de nodriza y luego le restituya el refulgente fruto de la madera. Pero Artemis también es hechizada por la hermosura de Adonis. No acepta devolvérselo a la divinidad del erotismo y el placer. Estalla entonces el conflicto entre las diosas. Interviene luego Zeus con una negociación salvadora. Durante el invierno, Adonis permanecerá con Artemis; en la primavera, regresará con Afrodita. Junto con la última diosa, gozará del frescor del renacido esplendor primaveral.
 
El lapso que Adonis transcurre con Artemis, en cambio, se asocia simbólicamente con el invierno. La vida, Adonis, que brota de la madera retiene en sí la circularidad tripartita de lo viviente: el nacer, el desaparecer, morir (en invierno) y el rebrotar, renacer (en primavera-verano). Algo semejante puede ser entrevisto en los mitos de Démeter; Isis y Osiris, e incluso en el de Quetzacoatl.

Otro momento del resurgir vegetal de Cristo en la cruz-árbol es el sacrificio.

Sacrificio en la perspectiva arcaica es redención o liberación de la forma finita. Los seres suelen vivir dentro del límite de sus cuerpos. El sacrificio es supresión de la corporalidad, de lo corpóreo limitado, para que la energía viviente y el espíritu dentro de la forma se derramen. Y propaguen. Tal es la sospecha esencial tras el sacrificio azteca: la muerte ritual de un individuo suprime su finitud y permite que su chispa vital pueda proyectarse al comos y alimentar al sol.

El cristo que padece martirio en la cruz no contradice esencialmente este proceso. Dentro de la anatomía crística bulle la energía divina. Pero aún retenida, no liberada, no manifestada. Su sacrificio y tortura corporal es liberación de su poder espiritual. Que así se vierte en todo hombre y mujer. Cristo sacrificado deviene fuerza espiritual derramada en lo universal. El sacrificio que acontece en el árbol-cruz es pasaje de una espiritualidad primero encerrada en el cuerpo del Mesías que, luego, se expande hacia la totalidad de la humanidad. Es así que, desde el centro de la cruz, surge la rosa de una vida antes cerrada y ahora expandida hacia cada palpitar humano.

El sacrificio como liberación de una energía orginal antes contenida convierte al Cristo empotrado en el árbol-cruz en forma de expansión y difusión de una vida nueva, intensa y esencial. En este acto de donación de la nueva vida el Cristo que se da, que se entrega luego del sacrificio, se asemeja a las antiguas diosas. El vientre de la diosa aún sin fruto es simbólicamente un vacío inicial, una vacuidad sin la particularidad de ningún nuevo ser. Pero luego la diosa da luz, genera. En ese generar sacrifica el vacío de su vientre y con dolor y alegría da. Entrega nueva vida. El dar de la diosa (del que el dar redentor de Cristo acaso sea continuación) podemos hallarlo en un mural de la tumba de Panesi, en Tebas, el Antiguo Egipto, en el s. XVl a.c.. Allí se yergue un sicomoro. De entre sus ramas aparece la diosa del árbol, manifestación de la Gran Madre Tierra. Ella sostiene un cántaro con el que vierte sobre los seres el aguas de las profundidades. Alimento y purificación sagradas.
 
En otro mural de Tebas, de también el s. XVl a.c, Isis con forma de sicomoro amamanta a Horus, le ofrenda nueva vida mediante su seno que brota de las ramas. La diosa entrega también la vida que cimienta la esperanza de un conocimiento purificador. Es el caso de la diosa hindú Maya que posa una de sus manos en un árbol y de uno de sus costados pare al niño Buda, el que luego difundirá una verdad que purifica.
 
La vida donada, difundida, por el Cristo luego de su morir sacrificial también contiene antiguas resonancias del sacrificio de los reyes antiguos. En el preámbulo del pródigo caliz de la primavera, el rey era sacrificado en un escenario ritual con el propósito de liberar su íntima vitalidad y verterla sobre la naturaleza para contribuir a la fertilidad de la diosa de la vegetación.

Cristo y la cruz y su fusión con el árbol y su cíclico renacer. Cristo y la cruz y su relación con el centro que irradia energía sagrada, primordial. Aquella fuerza originaria que crea, salva y regenera, se libera tras el martirio, el padecer y el sacrificio. Cristo que desde la cruz y el árbol finalmente da la fuerza que purifica y redime. Una vida nueva como la que dimana del acto de donación de las antiguas diosas. O como aquella potencia vital liberada de los antiguos reyes sacrificados cque estimulaban la fertilidad cnatural.
 
Una creencia religiosa, la de el Salvador cristiano, que no es luminiscencia autogenerada sino ágata cuya diversidad de colores y reflejos son quizá herencia transformada de un pasado ancestral. De un océano anterior de símbolos.

Una manera heterodoxa de acercarse al ser que agoniza en la madera, el árbol, la cruz. Quizá mediante este otro modo de percibir al crucificado, ahora podemos regresar a la iglesia solitaria...aquel templo abandonado... ¿recuerdas?

Otra vez puedes atravesar el umbral. A través de los vitrales, en los muros laterales del templo, fluye la efervescente luz matinal. En el altar se talla la cruz. Cruz ahora pletórica de hojas y de ramas que brotan de la madera. Y en el centro de la cruz, que es en realidad el árbol, un ser divino extiende sus brazos. Mana sangre de sus heridas. Pero sonríe. Sonríe mientras espera ser lluvia de vino y selva cuando la primavera venga. Para arder en nosotros.
 

SITUACIÓN O DISPOSICION DE LA LOGIA


Para que los trabajos de una Logia sean regulares, se necesita que ésta esté situada en un lugar a Cubierto de toda indiscreción profana y que tenga por lo menos cinco departamentos, que son: Cámara de Reflexión, Sala de Pasos Perdidos, Atril, Templo y Cámara Negra.
 
Si el local lo permite, habrá también un Salón de Banquetes y tres Cámaras de Reflexión en lugar de una. En rigor, sólo se necesitan dos departamentos, el Templo y la Cámara de Reflexión en pasos perdidos.
 
El interior del Templo debe estar revestido con cortinas azules, aunque raras veces, suelen usarse rojas. O bien, todas las paredes y techo pintados de azul.
 


A la entrada debe haber dos grandes columnas rematadas con esferas, celeste la de la derecha y terrestre la de la izquierda.
 
Al pie de la primera columna habrá una Piedra Cúbica, de seis caras, exactamente iguales, y al pie de la segunda una Piedra en Bruto; esto es una piedra sin pulimentar.

A la derecha de la entrada, en algunas Logias podrá verse el Mar de Bronce, se trata de una fuente de bronce sobre doce cabezas de buey y el altar de los perfumes.
 
A la izquierda de la entrada estará el trono del Primer Vigilante.

En el centro del Templo estará el Ara, y en frente del Ara, a la derecha, el trono del Segundo Vigilante.

La Logia y el Oriente estarán separadas por una balaustrada abierta por el centro; para subir a Oriente, habrá tres gradas con las palabras: Fuerza, Belleza, Sabiduría, cualidades que debe poseer y desarrollar progresivamente el Aprendiz Masón.

A la derecha de la balaustrada, abajo, estará la Mesa del Tesorero, y a la izquierda la Mesa del Hospitalario.

En el Oriente, junto a la balaustrada, a la derecha, la Tribuna del Orador, y a la izquierda la Mesa del Secretario.
 
En el centro el trono del Venerable Maestro. Al frente del Orador, la Tribuna de la elocuencia.

Distribuidas equitativamente deberá haber doce columnas en los muros del Templo, en cada columna uno de los 12 signos del Zodíaco.

A la espalda de los tronos del Venerable Maestro y de los Vigilantes suele haber doseles encarnados o azules. En el dosel del trono del Venerable Maestro habrá una estrella de cinco puntas con una letra G, en medio, y más abajo un triángulo equilátero con un ojo en el centro. A la derecha un Sol en todo su esplendor; sobre la mesa del Venerable Maestro habrá un candelabro de tres luces una espada.

A un lado del dosel del trono del Primer Vigilante habrá una luna en cuarto menguante y sobre la mesa un candelabro de luz, un nivel y una columnita.

En la mesa del Segundo Vigilante habrá un candelabro de una luz, una plomada y una columnita. La columnita del trono de Occidente estará abatida, en tanto que la del trono del Segundo Vigilante estará en pie.

Sobre el Ara o Altar habrá un cojín encarnado o azul y encima una espada flamígera, una regla de 24 pulgadas, un compás, una escuadra, un libro y un candelabro de tres luces, el cual se colocará en el ángulo del Ara que ve al Oriente. Estas luces pueden ser colocadas de acuerdo con las circunstancias, ya que no siempre es posible tenerlas en candeleros.

En la piedra en bruto que estará al pie de la columna B, habrá un cincel y un martillo, y en la piedra cúbica de la columna J, una escuadra y una regla.

Sobre la mesa del Hospitalario habrá un saco, y en el lugar de la balaustrada que se halla tras del Maestro de Ceremonias habrá otro saco, pero más grande, y una "Alabarda" o vara que debe tener como remate una luna en cuarto creciente.

A la izquierda del Segundo Vigilante y fuera del trono se acostumbra colocar el altar de Perfumes, que es un pedestal sobre el cual descansan un braserillo o pebetero y tres candelabros de una luz cada uno.
 


En los costados derecho e izquierdo del Salón hay una o dos hileras de sillas para los HH.·.

Los aprendices se sientan frente al Segundo Vigilante en la Columna B.
 
Los compañeros a la izquierda del Segundo Vigilantes y los Maestros en la columna del Sur. Habrá tantas espadas como asientos.

Todo el Oriente estará pintado de azul, un cielo con nubes iluminadas por el Sol, que se supone está elevándose sobre el horizonte. El techo o bóveda azul representa el cielo y se pintarán en él, igualmente en azul, el zodiaco y demás constelaciones, conforme a sus verdaderos lugares.

Alrededor de la parte superior de las paredes se pintará una cadena o grueso cordón con doce nudos. El piso de Or.·. será rojo. El del resto del Salón de cualquier color y en su centro un pavimento doble cuadrado, de cuadros iguales, pintados de blancos y negros alternadamente.

Las mesas y los troncos se pintarán de blanco y llevarán filetes dorados. Habrá en el Salón candelabros de pared y los candiles necesarios para una buena iluminación en las grandes ceremonias. En el Or.·. se colocan suficientes sillas para los HH. visitantes.

Entre las dos columnas grandes de bronce que se hallan a la entrada, aparece un triángulo, dentro del cual se ponen el Compás y la Escuadra con la letra G en el centro.

EL MANUSCRITO GRAND LODGE Nº 1 ( 1583 )


Extraido de "Textes fondateurs de la Tradition maconnique 1390-1760". Introduction à la pensée de la francmaconnerie primitive, traduits et présentés par Patrick Négrier, París, Bernard Grasset, 1995.

Una traducción francesa de este texto, debida a Edmon Mazet, apareció en la La Franc-maconnerie: documents fondateurs,París, L’Herne, 1992, p. 130-38.


El original inglés fue publicado por W.Mc Leod, A lost manuscript reconstructed: the ancestor of one branch of the Old Charges, en "Ars Quatuor Coronatorum", vol 94, Londres, 1982, p. 16-21.

El manuscrito Grand Lodge Nº1, que data de 1583, es el Antiguo Deber (Old Charge) que sigue al Regius ( 1390 ) y al Cooke (1410 ). Como demuestra el estudio de su lengua, el Regius y el Cooke eran textos emanados de logias de las regiones de Gloucester y Oxford (1). El presente Antiguo Deber parece ser un texto emanado de la logia de York, a la que menciona. La logia de los masones de York comenzó probablemente a existir con el inicio de la construcción de la catedral, es decir, hacia 1220 (2). Robert-Freke Gould escribió la historia de la logia de York (3), y hemos conservado las Ordenanzas de la catedral de York, que datan de 1370 (4). 
 


I. Que la fuerza del Padre del cielo y la sabiduría del Hijo glorioso por la gracia y la bondad del Espíritu Santo, que son tres personas y un solo Dios, estén con nosotros en nuestras empresas y nos otorguen así la gracia de gobernarnos aquí abajo en nuestra vida de manera que podamos alcanzar su beatitud, que jamás tendrá fin. Amén.



II. Buenos hermanos y compañeros, nuestra intención es deciros cómo y de qué sabia manera este excelente oficio de masonería ha comenzado, y después de ello cómo fue conservado por excelentes reyes y príncipes, así como por muchos otros hombres notables. Es por ello que impondremos a quienes aquí están los deberes que todo verdadero masón debe respetar. Con toda la buena fe, y con mucho cuidado, es algo excelente guardar estos deberes, pues es un oficio excelente y una curiosa ciencia.

III. Hay siete artes liberales, y entre las siete este oficio es una de ellas, y los nombres de las siete artes son los siguientes. La primera es la gramática: ella enseña al hombre a hablar y a escribir correctamente. La segunda es la retórica, que enseña al hombre a bien hablar en términos sutiles.

La tercera es la dialéctica, que enseña al hombre a distinguir o a reconocer la verdad del error. La cuarta es la aritmética, que enseña al hombre a calcular y a contar toda clase de números. La quinta es la geometría, que enseña al hombre la determinación y la medida de la tierra y de todas las cosas, ciencia a la que se llama masonería. El arte sexto se llama música: es el que enseña al hombre del oficio el canto vocal, así como a tocar el órgano, el arpa o la trompeta. Y el arte séptimo se llama astronomía: es el que enseña al hombre a conocer el trayecto del sol, de la luna y de las estrellas.

IV. Éstas son las siete artes liberales; estas siete se basan todas en un arte que es la geometría. El hombre puede probar que todas las artes del mundo se fundan en la geometría. Pues la geometría ha enseñado al hombre la medida, la ponderación y los pesos de toda clase de cosas sobre la tierra. Por otra parte, no hay ningún hombre que haya desarrollado cualquier oficio sin obrar con ayuda de alguna medida o instrumento de medida; y tampoco ningún hombre que haya comprado o vendido sin medir ni pesar, y todo ello es geometría. Estos comerciantes, estos artesanos, y también las siete artes y en particular el labrador, el comerciante especializado en toda clase de granos y de semillas, el vendimiador y el horticultor (que trabaja) el campo. Ni la gramática ni la aritmética ni la astronomía ni ninguna de las otras artes permiten al hombre encontrar una medición o una medida, excepto la geometría. Por ello pensamos que el arte de geometría es el más excelente que encontrarse pueda, comparado con cualquier otro.

V. Cómo comenzó primero este arte excelente es lo que os voy a decir. Antes del diluvio de Noé había un hombre que se llamaba Lamech, así como se encuentra escrito en la Biblia, en el capítulo cuarto del Génesis. Este Lamech tenía dos esposas, una se llamaba Ada y la otra Sella. De su primera esposa Ada tuvo dos hijos, uno llamado Jabel y el otro Jubal. De la otra esposa, Sella, tuvo un hijo y una hija. Estos cuatro niños inventaron todos los oficios que hay en el mundo. El hijo mayor, Jabel, fundó el oficio de geometría dividiendo los rebaños de corderos y los terrenos en los campos, y fue el primero que construyó una casa de piedra y de madera, así como se halla mencionado en dicho capítulo. Su hermano Jubal fundó el oficio de músico, el canto vocal (e instrumental), sea con el arpa o con el órgano. El tercer hermano, Tubalcaín, fundó el oficio de herrero, (que trabaja) el oro, la plata, el cobre, el hierro y el acero. En cuanto a la hija, fundó el oficio del tejido.

VI. Estos niños sabían bien que Dios se vengaría del pecado, sea por el fuego o por el agua. Por ello, escribieron los conocimientos que habían hallado en dos pilares de piedra de manera que se los pudiera encontrar después del diluvio de Noé. Una de las dos piedras era de mármol, a fin de que resistiera al fuego; y la otra piedra era de lo que se llama ladrillo, a fin de que resistiera al agua.

VII. Nuestra intención es deciros verdaderamente cómo y de qué manera estas piedras fueron encontradas, así como los conocimientos que estaban escritos sobre ellas. El gran Hermarines, que era el hijo de Cube, que era hijo de Sem (5), el hijo de Noé (ese mismo Hermarines fue llamado más tarde Hermes, el padre de la sabiduría) encontró uno de los dos pilares de piedra y los conocimientos escritos en él y los enseñó a los demás hombres.

VIII. Durante la construcción de la torre de Babilonia, se hacía mucha masonería. El rey de Babilonia, que se llamaba Nemrod, era él mismo masón y amaba el oficio, como dice entre otros el maestro de las historias.

Cuando la ciudad de Nínive y las otras ciudades del este fueron construidas, Nemrod, el rey de Babilonia, envió allí... masones a petición del rey de Nínive, su primo. Y cuando los envió, a partir de ese día les dio el deber así concebido: (a saber) que deberían ser veraces uno con otro; y que deberían servir a su señor de acuerdo con su salario, de manera que su maestro pudiera obtener respeto y todo lo que le venga. Les dio muchos otros deberes; y fue la primera vez que todo masón tuvo un deber en su oficio.

IX. Además, cuando Abraham y su esposa Sara llegaron a Egipto, habló de las siete artes a los egipcios. Tuvo un alumno excelente que se llamaba Euclides, que aprendió muy bien y que fue maestro en todas las siete artes. En su época ocurrió que los señores y los Estados de su reino engendraron numerosos hijos, bien de sus esposas, bien de otras damas del reino, pues este país es caluroso y fértil (en cuanto a) la reproducción. No habían encontrado para sus hijos una manera válida de ganarse la vida, por lo cual tenían gran tristeza. Cuando el rey del país reunió en gran consejo al parlamento, a fin de saber cómo podrían hacer de sus hijos honestos gentileshombres, no encontraron ningún medio válido. Entonces ellos (hicieron proclamar) a través de todo el reino que si había un hombre capaz de informarles, debería llegarse hasta ellos y sería recompensado de su viaje de modo que se placiera con ellos.

X. Cuando fue hecha esta proclamación, llegó entonces el excelente clérigo Euclides, quien dijo al rey y a todos sus grandes señores: Si tomo bajo mi mando a vuestros hijos... yo les enseñaré una de las siete artes, gracias a la cual podrán vivir honestamente, como hacen los gentileshombres; a condición de que me den el poder de dirigirles conforme a las reglas del arte.

El rey y todo su consejo estuvieron de acuerdo al instante, y sellaron este pacto. Entonces este excelente (clérigo) tomó con él a los hijos de los señores y les enseñó el arte de geometría por la práctica, (es decir) a construir en piedra toda clase de las excelentes obras que se encuentran en la construcción de iglesias, de templos, de castillos, de torres, de casas y de todas las demás clases de construcciones.

XI. Les dio un deber así concebido. El primer (punto) era que debían ser fieles al rey y al señor al que sirven. Que deberían amarse mutuamente, y ser sinceros el uno con el otro.

Que deberían llamarse uno al otro compañero, o hermano, y no servidor, ni criado, ni con cualquier otro nombre vil. Que deberían merecer verdaderamente el salario que les pagara el señor o al maestro al que sirvieran. Que ordenarían al más sabio de entre ellos que fuera el maestro de obras, pero que ni por sentimiento, ni a causa de su linaje o riqueza, ni por hacer un favor, instalarían a otro, dotado de poca destreza, para ser el maestro de la obra (mandada) por un señor, pues este señor sería mal servido y ellos serían castigados. De manera que deberían llamar al director de los trabajos maestro durante el tiempo que con él trabajaran. Y muchos otros deberes de los que sería demasiado largo hablar. Con respecto a todos estos deberes les hizo prestar el juramento solemne que estaba en uso entre los hombres de esos tiempos. Les atribuyó un salario razonable, de modo que pudieran vivir honestamente. También les ordenó reunirse una vez al año en asamblea, a fin de que pudieran trabajar mejor y servir así tanto al interés de su señor como a su propia honorabilidad. Y corregir ellos mismos a quien hubiera ofendido el oficio.

De esta manera, el oficio fue establecido aquí. Y el excelente Euclides le dio el nombre de geometría, pues así es como ahora se llama en todos los países a la masonería.

XII. Mucho tiempo después, cuando los hijos de Israel penetraron en la tierra prometida, a la que a partir de ahora llamaremos el país de Jerusalén, el rey David comenzó (a construir) el templo que se llama templo del Señor, y que entre nosotros llamamos templo de Jerusalén. Este mismo rey David amaba a los masones, y los quería mucho, y les dio un buen salario. Les dio también los deberes y costumbres que había aprendido en Egipto, aquellos dados por Euclides, así como muchos otros deberes de los que más adelante oiréis hablar. Tras la muerte del rey David, Salomón, su hijo, acabó el templo que su padre había comenzado. Mandó buscar a masones en distintas regiones y países, y los reunió a todos cuando hubo 80.000 obreros talladores de piedra, y todos fueron llamados masones. Escogió a 3.000 de entre ellos, que fueron ordenados maestros y directores de esta obra.

XIII. Además hubo un rey de otra región a quien los hombres llamaban Hiram. Amaba bien al rey Salomón y le dio madera de construcción para su obra. Tenía un hijo que se llamaba Aynon (6); era maestro en geometría, fue el principal maestro de todos estos masones, y también de todos los grabadores y escultores, y de todo otro género de masones asociados al templo. Hay un testimonio de ello en la Biblia, en el cuarto libro de los Reyes, en el capítulo tercero. Este mismo Salomón confirmó a la vez los deberes y las costumbres que su padre había dado a los masones. Es así como este excelente oficio de masonería fue confirmado en la región de Jerusalén y en muchos otros reinos.

XIV. Artesanos curiosos recorrieron grandes distancias en diversos países, sea para aprender más destreza en su oficio, sea para enseñar a quienes poseían poca habilidad. Ocurrió entonces que hubo un curioso masón de nombre Naymus Grecus (7), que había estado en la construcción del templo de Salomón. Llegó a Francia y allí enseñó el arte de la masonería a los hombres de Francia. Hubo alguien del linaje real de Francia que tenía por nombre Charles Martel (8). Era un hombre que amaba mucho el oficio, se juntó con ese Naymus Grecus, aprendió de él el oficio y se encargó de los deberes y de las costumbres. Después de esto, por la gracia de Dios, fue elegido para ser rey de Francia.

Cuando fue investido de tal estado, cogió a los masones y les ayudó a hacer masones de los hombres que no lo eran, y les puso a trabajar, y les dio a la vez los deberes y las costumbres, así como un buen salario, tal como había aprendido de otros masones. Confirmó su carta de año en año, (les permitió) tener su asamblea donde quisieran, y les quiso mucho. Es así como llegó a Francia el oficio.



XV. Inglaterra, durante todo este período, ignoró todo deber de masonería hasta el tiempo de san Albano (9). En su tiempo, el rey de Inglaterra, que era un pagano, construyó la ciudad que se llama Saint-Albans (10). San Albano era un excelente caballero y el intendente de la casa del rey; detentaba el gobierno del reino y también los muros de la ciudad. Amaba a los masones y les quería mucho. Hizo que se les pagara con gran justicia, según la costumbre del reino, pues les dio 2 chelines y 6 peniques por semana, más 3 peniques para animarles. Antes de este tiempo, en todo el país, un masón no recibía más que un penique por día y la comida, hasta que san Albano corrigió esto. Les dio una carta real, les aconsejó tener un concilio general y que se le diera el nombre de asamblea. Él mismo acudió a ella, y les ayudó a formar masones, y les dio deberes de los que muy pronto oiréis hablar.

XVI. Después de la muerte de san Albano se produjeron distintas guerras entre Inglaterra y otros países, así que la buena regla de masonería se perdió hasta la época del rey Athelstan (11), que fue un excelente rey de Inglaterra. En todo este país aportó reposo y paz, y construyó muchas grandes obras: abadías, torres, y muchos otros edificios. Amaba mucho a los masones, y tuvo un hijo de nombre Edwin (12) que amaba a los masones aún más que su padre. Fue un gran practicante de la geometría, y se reunía y hablaba mucho con los masones para aprender de ellos el oficio. Después, a causa del amor que tenía por los masones y por el oficio, fue hecho masón. Obtuvo de su padre el rey una carta y un consejo, que era el de tener cada año una asamblea allí donde quisieran en el reino de Inglaterra, a fin de que ellos mismos corrigieran las faltas y los abusos hechos en el oficio. Él mismo convocó una asamblea en York; hizo allí masones, les dio deberes, les enseñó las costumbres, les ordenó guardar siempre la regla. Les otorgó la carta y el consejo, y les hizo una ordenanza que debía ser renovada de rey en rey.

XVII. Cuando la asamblea estuvo reunida al completo, hizo una proclamación según la cual todos los masones jóvenes y viejos que poseyeran un escrito o luces sobre los deberes y costumbres que habían estado antaño en vigor en este país o en otro debían a partir de entonces aportarlos y mostrarlos.

Cuando esto tuvo lugar, se encontraron testimonios en francés, otros en griego (13), otros en inglés (14), y otros en más lenguas, y se comprobó que todos tenían un mismo fin. Hizo un resumen mostrando cómo había sido creado el oficio. Propuso y él mismo ordenó que se leería en silencio o en voz alta cuando se hiciera un masón, a fin de comunicarle su deber. A partir de este día, y hasta hoy, las costumbres de los masones han sido conservadas en la medida en que los hombres podían imponerlas tal como eran. Además, en diversas asambleas se concibieron y promulgaron otros deberes para el mejor consejo de maestros y compañeros.

XVIII. Entonces uno de los más antiguos sostiene el libro, y aquel o aquellos (a quienes se recibe) apoya su mano sobre el libro, y deben leerse los preceptos.

Todo hombre que es masón observa con gran cuidado estos deberes. Si un hombre se considera a sí mismo culpable en cuanto a uno de estos deberes, se corrige a sí mismo ante Dios. En particular, aquellos que están encargados de responsabilidades tienen cuidado de poder guardar estos deberes con gran exactitud, ya que es un gran peligro para un hombre jurar sobre un libro.

XIX. El primer deber es éste: que seréis hombres leales a Dios y a la santa Iglesia; y que no caeréis en el error ni en la herejía, sea por vuestro juicio, sea por vuestras acciones, sino que seréis hombres discretos y sabios en todo.

Además, que seréis verdaderos hombres fieles al rey de Inglaterra, sin traición ni falsedad; y que no cometeréis traición ni trampa, y que, a menos de corregiros en privado si podéis, advertiréis al rey o a su consejo.

Además, que cada uno será sincero con el otro, es decir, que con todo masón del oficio de la masonería que tiene derecho a ejercerlo actuaréis como quisierais que él actuara con vosotros.

Además, que seguiréis todos los consejos de vuestros compañeros con lealtad, sea en logia o en la cámara, así como todos los demás consejos que deberían ser guardados con respecto a la masonería.

Además, que ningún masón será un ladrón, a partir de este día y durante tanto tiempo como pueda comprenderlo o ser advertido.

Además, que cada uno será sincero con el otro, así como con el señor o el maestro al que sirváis, y velaréis lealmente por su interés y su beneficio.

Además, que llamaréis a los masones compañeros o hermanos, y no con otras denominaciones viles.

Además, que no abusaréis de la esposa de vuestro hermano como bribones, ni desearéis de manera impía a su hija ni a su sirvienta, y no atraeréis hacia él la vergüenza.

Además, que pagaréis lealmente vuestra comida y vuestra bebida allá donde vayáis a comer.

Además, que no cometeréis ninguna atrocidad en el lugar donde estéis alojados, pues el oficio podría ser calumniado.

XX. Éstos son los deberes generales que toca guardar a todo masón sincero, incluidos los maestros y compañeros. Voy a enunciar otros deberes, éstos particulares, (reservados) a los maestros y compañeros.

En primer lugar, que ningún maestro o compañero tomará para sí el trabajo de un señor, ni el trabajo de otro hombre, a menos de que se sepa capaz y suficientemente hábil para acabarlo, de manera que el oficio no sea calumniado ni deshonrado, sino que el señor pueda ser bien y fielmente servido.

Igualmente, que ningún maestro se encargará de un trabajo a menos de hacerlo con razón, de manera que el señor pueda ser bien servido, conforme a lo que se le debe, y que el maestro pueda vivir honestamente y pagar a sus compañeros el salario que les corresponde, como es costumbre.

Igualmente, que ningún maestro o compañero suplantará a otro en su trabajo; es decir, que si ha tomado un trabajo, o si es el maestro de obra de un señor, no abandonará su obra salvo en el caso de que sea incapaz de conducirla a buen fin.

Igualmente, que ningún maestro o compañero tomará aprendiz por una duración inferior a siete años. Además, el aprendiz debe estar en posesión de sus medios naturales, es decir, nacido libre, y físicamente íntegro, como todo hombre debiera serlo.

Igualmente, que ningún maestro o compañero tendrá autorización para hacer masones sin el acuerdo y el parecer de sus compañeros. Será contratado por un tiempo no inferior a seis o siete años. Y aquel que será hecho masón debe estar en posesión de todas sus facultades a todos los niveles, es decir, ser nacido libre, de buena familia, honrado, y no siervo. Debe tener también los miembros íntegros, como todo hombre debiera tenerlos.

Igualmente, que ningún masón tomará aprendiz a menos de tener suficientes ocupaciones que darle, y de tener trabajo para tres o al menos dos compañeros.

Igualmente, que ningún maestro o compañero tomará parte en el trabajo de un hombre que esté ausente a causa de un viaje.

Igualmente, que todo maestro dará su paga a sus compañeros según lo merezcan, de manera que no sea defraudado por los malos obreros.

Igualmente, que ningún maestro calumniará a otro a sus espaldas, a fin de hacerle perder su buena reputación o sus bienes temporales.

Igualmente, que ningún compañero, sea en la logia o fuera de ella, responderá mal a otro de manera impía o haciéndole reproches, salvo si es por una causa razonable.

Igualmente, que todo masón saludará a su superior, y le mostrará respeto.

Igualmente, que ningún masón se acostumbrará a los juegos de azar, o a los dados o a otros juegos desleales, pues el oficio podría ser calumniado.

Igualmente, que ningún masón se dará a los excesos o a la impudicia, pues el oficio podría ser calumniado.

Igualmente, que ningún compañero llegará a la ciudad de noche cerrada para ir a una logia de compañeros si no va acompañado por otro. Esto dará testimonio en su favor si se le viera en lugares deshonestos.

Igualmente, que todo maestro o compañero se llegará a la asamblea si ésta se celebra a 50 millas, si ha sido avisado, o si ha cometido un abuso perjudicial al oficio, así como para recibir lo que los maestros y compañeros deben concederle.

Igualmente, que todo maestro o compañero que haya cometido una falta en el oficio acatará la sanción de los maestros y compañeros, y éstos se pondrán de acuerdo si pueden; pero si no pueden ponerse de acuerdo, se recurrirá a la justicia pública.

Igualmente, que ningún maestro o compañero fabricará molde, escuadra ni regla a fin de establecer los cimientos; y no deberá tampoco poner un pavimento, sea en la logia o fuera de ella, con objeto de tallar así piedras no escuadradas.

Igualmente, que todo masón recibirá y querrá a los compañeros extranjeros que arriben a la región, y les dará trabajo como es costumbre, es decir, que les pondrán en su sitio las piedras talladas; de lo contrario, le dará el suficiente dinero para que puedan acercarse a la logia más cercana.

Igualmente, que todo masón servirá fielmente al señor a cambio de su salario. Y todo maestro conducirá lealmente a buen fin su obra, sea a destajo o de viaje, si tiene vuestras órdenes y todo lo que sus (obreros) deberían tener.

Estos deberes que os acabamos de repetir, y todo lo que pertenece además a los masones, los guardaréis, y que Dios os ayude (15) y os santifique por este libro que tenéis en las manos, en la medida de vuestros medios. Amén.

NOTAS

Edmond Mazet, "Introduction" al Regius y al Cooke, ibid., p. 27.

Henry Kraus, A prix d’or. Le financement des cathédrales, trad. Laurent Medzadourian y Dominique Barrios-Delgado, París, Cerf, 1991, p. 227.

Robert-Freke Gould, Histoire abrégée de la franc-maçonnerie, trad. Louis Lartigue, París, Maisnie-Trédaniel, 1989.

Trad. E. Mazet en La Franc-maçonnerie: textes fondateurs, op. cit., p. 119-120.

Se trata de Cheba, el hijo de Sem (Gen., 10, 28).

Referencia al héroe de una célebre canción de gesta del siglo XII: el Renaud de Montauban de los Cuatro hijos de Aymon, empleado como tallador de piedra en la cantera de la catedral de Colonia (recuérdese que en los Antiguos Deberes el templo de Salomón es una figuración simbólica de las catedrales góticas, debido a los orígenes salomónicos del arte gótico de las catedrales). La leyenda de los Cuatro hijos de Aymon parece haber desempañado un notable papel en la elaboración del imaginario del compagnonnage francés en los siglos XIV y XV.

"Nombre griego" tomado por Makaboe (Macabeo o "martillo"), que en 1268 servía para designar el santo y seña de los hacedores de argamasa y los talladores de piedra parisinos (Etienne Boileau, Livre des métiers, XLVIII, 22) antes de designar en la leyenda compagnonnica francesa del maestro Jacques el nombre de una columna (Patrick Négrier, Histoire et symbolisme des légendes compagnonniques, Le Mans, Borrégo, 1994).

En su Livre des métiers (XLVIII, 22), Etienne Boileau afirmaba en 1268 que los hacedores de argamasa y los talladores de piedra parisinos estaban dispensados de hacer la ronda [en francés, guet] desde los tiempos de Charles Martel; era una alusión alegórica al hecho de que los artesanos poseían un santo y seña [en francés, mot de guet], que no era otro que la designación bíblica de su instrumento de trabajo, el martillo, cuyo nombre hebreo (maqavah, que dio su nombre a Judas Macabeo: cf. Mac., 2, 4) fue transcrito por la de los Setenta con la forma Makaboe.

Es decir, a finales del siglo III y principios del IV, período que marca el inicio de la evangelización en Gran Bretaña. San Albano aparece mencionado sobre todo en relación con el monasterio de Saint-Alban, que marcó una importante etapa de la arquitectura cristiana en Inglaterra.

El monasterio benedictino de Saint-Alban (Verulamium, donde será enterrado el filósofo Francis Bacon, autor de La Nueva Atlántida y de quien se conoce la importancia en la historia del pensamiento masónico) fue construido en 793.
El rey de Inglaterra, Athelstan (895-940).

Como se muestra en la continuación del texto sobre la relación entre Edwin y la ciudad de York, este Edwin no era un hijo de Athelstan, sino el rey de Northumbria Edwin (583-633), precisamente bautizado en York. Sin embargo, si el presente Antiguo Deber menciona a Edwin no es solamente a causa de su relación con la ciudad de York, importante enclave de la masonería; es también en referencia al hecho de que, según la Historia Eclesiástica de Beda el Venerable, Edwin construyó una iglesia de madera y comenzó a edificar otro santuario en piedra (Robert-Fleke Gould, op. cit., p. 222). Por otra parte, Geoffroy de Monmouth habla extensamente de Edwin en su Historia de los reyes de Bretaña (pp. 190-197).

Probable alusión a Naymus Grecus y a Makaboe.

La lengua de los Antiguos Deberes anglosajones: el Regius y el Cooke.

La leyenda compagnonica francesa de Salomón (siglo XV) ya menciona YHVH Auxilia ("Dios es nuestra ayuda") como palabra de paso de los compañeros que acceden a la maestría.



martes, 18 de diciembre de 2018

SIMBOLISMO DEL TRABAJO PARA EL MASÓN


Una de las características más bellas de la Institución masónica es que no sólo enseña la necesidad del trabajo, sino que también ensalza su nobleza. Entre los primitivos instrumentos cuyo uso se enseña primero al aprendiz masón se encuentra la Plancha de Trazar.

La plancha de trazar es el símbolo de la Ley Divina, cuyo decreto (“Ganarás el pan con el sudor de tu frente”, Génesis III, 19. Bush interpreta esta frase diciendo que “el destino humano es realizar fatigosos trabajos”.) ordenó que fuera obligatorio el trabajo para todos los humanos; por lo tanto, se deduce de este símbolo que el objeto fundamental de toda la humanidad es trabajar bien y sinceramente, laborar de un modo honrado y persistente.



Nuestro deber más elevado, que debiera ser también nuestra mayor felicidad, es realizar bien nuestra tarea. Así, pues, todos los hombres deben tener sus planchas de trazar; porque los principios que nos guían para cumplir nuestro deber, los esquemas que proyectamos, los planes que hacemos, no son más que las planchas de trazar a cuyos dibujos nos sometemos para realizar bien o mal nuestra labor en la vida.

La tierra trabaja cada primavera, dibujando en la plancha de trazar de su prolífico seno germinadas semillas, tiernas plantas y acabados árboles.

El viejo océano trabaja eternamente, inquieto y murmurador, describiendo sobre su plancha de trazar tormentas y tempestades, que purifican la estancada naturaleza.

Y hasta el mismo Dios, el Gran Arquitecto, el Maestro Constructor del universo, ha laborado desde la eternidad; y trabajando con su omnipotente voluntad, inscribe sus planes en el espacio ilimitado, porque el universo es plancha de trazar.

Los monjes antiguos decían una sentencia digna de ser meditada, y enseñaban que “laborare est orare” trabajar es rezar. Claro que no practicaron siempre este sabio precepto, porque jamás constituyó el trabajo una parte de su religión.

Y cual Onofre que vivió en el desierto durante setenta años sin que acariciara su oído ninguna voz humana, ni ninguna simpatía su alma, porque no había aprendido que el hombre se hizo para el hombre, aquellos antiguos ascetas internábanse en los desiertos, construían celdas y se ocupaban en meditaciones solitarias e inútiles pensamientos. Oraban mucho, pero no trabajaban nada.

Y así pasaban la vida, sin compadecer, ayudar, ni consolar a los demás hombres, sin añadir un ápice al tesoro del humano conocimiento y, cuando terminaba su egoísta peregrinación, dejaban el mundo sin haber contribuido para nada a su bienestar espiritual ni corporal (Aristóteles dice que quien no vive en sociedad con los demás o no la necesita debido a su propia suficiencia, no forma parte de la comunidad y es un animal salvaje o un dios").



Viendo los hombres la inutilidad de esas vidas ascéticas, huyen de seguir su ejemplo, y revienen a la sabia enseñanza de que quien mejor hace la voluntad de Dios es quien mejor realiza su obra. La gente sabe ya que no se sirve al cielo con pereza, y que, aunque el "dolce farniente" sea el ideal de los lazzaroni italianos, no debe serlo del cristiano. De modo que quien quiera cumplir su deber debe tener por lema el siguiente dístico:

Trabaja con esta mano, y con la otra reza, que Dios bendecirá a las dos todos los días.

Pues bien, la doctrina de que el trabajo es un acto de devoción ha sido desde tiempo inmemorial el dogma principal de la Orden francmasónica. No existe otra institución humana que haya hecho resaltar este gran fundamento de manera tan vigorosa. Continuamente oímos decir que la Francmasonería es una asociación que inculca moralidad, alienta los sentimientos sociales y enseña el amor fraternal, y todo esto está bien, por ser cierto; pero,  jamás debe olvidarse que, desde la piedra fundamental hasta el pináculo de su enorme templo, se halla inscrita con símbolos de luz viviente la gran verdad de que el trabajo es una oración.

Se ha creído que, puesto que hablamos de la Francmasonería como sistema especulativo, no tiene nada que ver con el práctico; pero esto es erróneo. La Francmasonería es una ciencia especulativa; pero se basa en un arte operativo, y todos sus símbolos y alegorías se refieren a esta relación. Hasta su lenguaje ha sido tomado del arte de la construcción y no deja de ser cosa singularmente sugestiva que se designe con el nombre de trabajo la iniciación de los candidatos en sus misterios.

Repetimos que esta expresión es singularmente sugestiva, porque cuando en la Logia se leen solicitudes e informes, o se debaten asuntos financieros, decimos que está ocupada en resolver asuntos: pero cuando realiza las ceremonias iniciáticas de cualesquiera de los grados, dícese que está trabajando. La iniciación es la labor masónica.

Esta fraseología nos sugiere en seguida la íntima relación existente entre nuestro sistema especulativo y el arte operativo que le precedió y sobre el cual se basara.

Sus características, forma y organización se tomaron del arte operativo.

Si nuestro sistema especulativo se hubiera fundado únicamente sobre principios éticos y filosóficos, si hubiera nacido de alguna secta filosófica, ya fuera de la estoica epicúrea o platónica del mundo pagano o de las distintas escolásticas de la Edad Media, su origen hubiera afectado a su organización interna tanto como a la externa, y, entonces, nuestras reuniones masónicas hubieran parecido academias o escuelas.

Su lenguaje técnico -pues debería tenerlo como todas las instituciones situadas al margen de las ocupaciones vulgares y corrientes de la humanidad- habría adoptado la fraseología característica de la secta filosófica de que procediera. Habrían en ella sofistas y filósofos, gramáticos y humanistas, estudiantes, maestros y doctores. Tendría sus escuelas de trivium y quadrivium; y su ocupación sería investigar, experimentar o estudiar. En una palabra, sus características habrían tomado el color de la casta de gramáticos, retóricos o matemáticos de que se derivara.

Pero la organización de la Francmasonería tiene un aspecto completamente diferente. Sus grados no significan un avance en las conquistas filosóficas, sino el progreso en ocupaciones puramente mecánicas. Su grado más elevado es el de Maestro de la Obra. El lugar donde se reúnen sus miembros no es una escuela, sino una logia, sitio donde se alojaban los trabajadores antiguamente, en las cercanías del edificio que estaban construyendo. Ella no forma teorías: construye templos. Desconoce las reglas de los dialécticos, el Silogismo, el dilema, el entimema y el sorites; pero se vale de los utensilios del arte operativo en sus métodos de enseñanza, inculca con la plomada la rectitud de conducta, y dibuja lecciones de moral con la escuadra del operario.

La Francmasonería no ve en el Dios Supremo a quien rinde culto, un "numen divinum", un poder divino, ni un "moderator rerum omnium", el moderador de todas las cosas; sino el Gran Arquitecto del Universo. La idea masónica de Dios, consiste en que Él es el Gran Constructor de este globo terrestre y de los incontables universos que lo rodean. Él no es el ens entiuni, o to theion y otros muchos títulos más que le han aplicado los pensadores antiguos y modernos, sino sencillamente el Arquitecto -como dicen los griegos, el jefe de los Trabajadores- bajo quien trabajamos todos. Por eso nuestra oración consiste en trabajar.

La idea del trabajo masónico va íntimamente ligada a la historia de la organización de esta institución. Cuando decimos que "una logia está trabajando" reconocemos que verifica la práctica legítima para que se concibió. Los francmasones que se encuentran en la Logia, no se ocupan en pensar, especular o razonar, sino sencilla y enfáticamente en trabajar. El deber de todo francmasón es trabajar en su Logia. Con ello realiza el objeto de la Orden y cumple su deber con el Gran Arquitecto.

Habiendo demostrado la importancia del trabajo masónico, queda por ver cuál es su naturaleza. ¿Qué trabajo debe realizar el francmasón?

Nuestros antiguos hermanos se dedicaban a construir templos. Dejemos a un lado ese sistema de moral y de filosofía religiosa, esa búsqueda de la verdad, esas doctrinas de la unidad de Dios y la inmortalidad del alma, que distinguen a la Masonería y a los Misterios antiguos, cuyas dos instituciones proceden de un mismo origen.

Quizás del primitivo sacerdocio del mundo, y concentremos la atención en el período en que, bajo la supuesta Gran Maestría del Rey Salomón, asumió la Francmasonería un nombre y una habitación local en la santa ciudad de Jerusalén. En ella se ocupaban los industriosos tirios y los laboriosos judíos en construir un templo que habría de ser la maravilla y asombro del mundo por el esplendor y magnificencia de su ornato.

Obsérvese aquí que dos naciones concentraron su atención, con sorprendente armonía, en la tarea de edificar el templo. Los operarios de Tiro, salidos del seno de la sociedad mística de los artífices dionisíacos, cuya única ocupación consistía en erigir edificios sagrados en toda Asia Menor, enseñaron a los judíos parte de sus conocimientos arquitectónicos, y les dieron a conocer los sagrados misterios que practicaban en Tiro, de los cuales dícese que se deriva la actual forma interna de la Francmasonería.

Ahora bien, si alguien fuera tan incrédulo que no aceptase la tradición universal y masónica existente sobre este tema y negase toda relación del Rey Salomón con el origen de la Francmasonería, excepto en sentido mítico y simbólico, su incredulidad no afectaría para riada a la cadena de argumentos que vamos a emplear. Porque no puede negarse que las corporaciones de constructores existentes en la Edad Media, cuyos miembros recibían el nombre de "Francmasones viajeros", fueran substanciales y corpóreas, ni menos aún que las catedrales, abadías y palacios, cuyas ruinas causan la admiración de quienes las contemplan, sean un testimonio fehaciente de que la existencia de estos francmasones no es un mito y que sus obras no son apócrifas.

Estos Francmasones viajeros, creían que Salomón era el fundador de su Orden, sea por haber interpretado en forma errónea la historia, o por reverenciar supersticiosamente la tradición. De manera que los primeros datos absolutamente históricos existentes sobre la institución masónica, tienen que ver con la idea del templo.

Esta es la idea que nosotros sostenemos, porque con ella se demuestra que los primeros francmasones de que tenemos conocimiento auténtico suponían que la edificación del templo era especialidad peculiar a su Oficio, y que su trabajo consistía antiguamente en construir templos, catedrales e iglesias, dándonos lo mismo que florecieran mil años antes que mil después de Cristo.

De modo que volvemos al mismo tema con que comenzamos, es decir, que la ocupación original de nuestros antiguos hermanos era construir templos, y, además, que, después de un gran lapso de siglos, se encuentra en la Edad Media una corporación humana cuyos miembros eran reconocidos universalmente como francmasones, quienes concentraban su atención e industria en los mismos fines, construyendo catedrales, abadías y otros sagrados edificios, siendo los substitutos cristianos de los judíos del templo.

Por tanto, aceptando que éste es el origen y el objeto histórico de la Orden, se ha de admitir también que sus miembros han sido siempre trabajadores, cuyo trabajo consiste en edificar templos.

Pero nuestros antiguos hermanos trabajaban en la Francmasonería especulativa y en la operativa, mientras que nosotros sólo lo hacemos en la primera. Ellos laboraban con las manos; nosotros, con el cerebro; ellos se ocupaban de cosas materiales; nosotros, de las espirituales; ellos empleaban madera y piedras; nosotros, pensamientos, sentimientos y efectos. Ambos nos dedicamos a trabajar, si bien diferimos en cuanto al objeto y forma de hacerlo.

Los rituales franceses nos proporcionan la clave explicativa de la labor masónica, cuando dicen que "los francmasones erigen templos para la virtud y calabozos para el vicio".

Los francmasones modernos construyen, cual los de antaño, un templo, con la diferencia de que el de éstos era material y el de aquellos, espiritual. Cuando el arte operativo constituía la característica predominante de la Orden, los francmasones se ocupaban en construir templos materiales para la tierra; pero cuando cesó el arte operativo, siendo substituido por la ciencia especulativa, entonces los francmasones simbolizaron el trabajo de sus predecesores, dedicándose a construir un templo espiritual en sus corazones, templo tan puro que pudiera llegar a ser la morada de Quien es todo pureza. Tenía que ser una casa "no hecha con las manos cuyas piedras simbólicas fueron corazones purificados.

La representación simbólica del hombre como templo, casa o sagrado edificio en donde mora Dios, no es nueva, ni peculiar de la ciencia masónica. Los judíos y los cristianos la emplean. Según los Talmudistas la triple repetición de las palabras "Templo de Jehová", que se hace en el capítulo séptimo, versículo cuarto del libro de Jeremías, alude a la existencia de tres templos. Y, uno de sus tratados, dice: "Dos templos se han destruido; pero el tercero durará toda la eternidad", con lo cual quieren dar a entender que se refieren al templo inmortal del hombre.

Cristo declara en una alusión, tergiversada de propósito por los judíos: “Destruíd este templo y lo reconstruiré en tres días." El discípulo que tomó estas palabras no nos deja lugar a duda sobre el verdadero significado de las palabras del Salvador, pues a continuación escribe:

"Entonces dijeron los judíos: En cuarenta y seis años fue este templo edificado, ¿y tú en tres días lo levantarás?"

"Mas él hablaba del templo de su cuerpo".

El apóstol Pablo emplea esta metáfora con alguna frecuencia. Así, por ejemplo, dice a los Corintios que ellos son "templo de Dios" y se denomina a sí mismo “perito arquitecto” que tenía que poner el fundamento de su doctrina verdadera, sobre la cual había de erigirse el edificio. E inmediatamente después les dice:

"¿ No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?"

A consecuencia de estas enseñanzas apostólicas, la idea de que el cuerpo es un templo ha perdurado en el simbolismo teológico cristiano, si bien, a veces, se ha llegado a extremos demasiado imaginativos. Por ejemplo, Samuel Lee se explaya en la siguiente forma sobre el simbolismo del templo en su obra The Temple of Solomon, Portrayed by Scripture Light:

"El fundamento de este templo debe ser la humildad y contrición de espíritu, para que pueda morar en él dichosamente el habitante de la eternidad; el pórtico representa la boca de los santos, donde todos los Jacob erigen pilares en loor de Dios, bendiciendo su nombre, agradecidos a las mercedes que reciben; las puertas de sus labios entonan cánticos de liberación. El santo lugar es el alma regeneradora, y las ventanas, representan la divina iluminación del cielo, que previene a los santos contra la tenebrosa humareda de la cólera, la niebla del pesar, la polvareda de la gloria vana, y las ciénagas de la vida mundanal. Los candelabros de oro son los hábitos de la sabiduría divina infusos en el alma; los panes de propiciación, la palabra de gracia expuesta en las promesas de perduración de la vida y gloria cristiana; el altar de los perfumes, el ansia, la sed de Dios, los velos, la justicia de Cristo y el santo de los santos, puede relacionarse con la conciencia purificada de las obras de los muertos puestas en forma celestial."

Y así continúa simbolizando cada parte y utensilio del templo por una emoción o afecto humano, con un lenguaje tan tedioso que nos resistimos a citarlo.

Con igual vena, el célebre autor del Pilgrim's Progress, Juan Bunyan, refiere en su Temple of Solomon Spiritualized, cada parte del edificio a un significado simbólico, si bien toma por objeto de su simbolismo a la iglesia, o congregación humana, y no al hombre individual.

Parece ser que los herméticos de la Edad Media dieron la misma interpretación al templo, cuya idea adopta Swedenborg en sus obras místicas.

Hitchcock, autor que ha escrito una admirable obra tratando de Swedenborg considerado como filósofo hermético, alude a este tema en la siguiente forma:

"Para la mayoría de los lectores el tabernáculo de Moisés y el templo de Salomón no serán sino simples edificios construidos para rendir culto a Dios. Sin embargo, a a1gunos les extraña que ciertos detalles que se dan en la historia de su construcción admitan una interpretación moral; y, mientras admiten que el edificio era un objeto visible, se deleitan buscando datos en la historia del templo para apoyar la idea de que Moisés y Salomón eran doctos en el conocimiento de Dios v del hombre. Y desde este punto de vista no es difícil pasar a la significación moral, y afirmar que el edificio que se erigió "sin ruido de martillo, ni de hacha, ni de cualquier instrumento de hierro" era un edificio moral, una casa de Dios, no hecha con las manos: en una palabra, muchos ven en la historia del templo de Salomón, la representación simbólica del HOMBRE como templo de Dios, con su santo de los santos, profundamente cimentado en el centro del corazón humano".

Los francmasones franceses no se han olvidado tampoco de este simbolismo, como claramente se ve por la frase "los francmasones erigen templos a la virtud, y calabozos para el vicio" y por las obras de sus más célebres escritores.

Ragón, el francés que con mayor erudición historia la Francmasonería, dice, en una conferencia sobre los Aprendices, que los fundadores de nuestra Orden “se llamaban a sí mismos francmasones y proclamaban que estaban construyendo un templo a la verdad y a la virtud".

Y, más adelante, se dirige al candidato que ha recibido el grado de Maestro Masón con estas palabras:

"Que todo cuanto se os ha revelado os sea de provecho. Perfeccionad vuestra alma y vuestro corazón. Encaminad vuestras pasiones al bien general; combatid vuestros prejuicios; vigilad vuestros pensamientos y actos; amad, instruid y ayudad a vuestros hermanos; porque, haciéndolo, habréis perfeccionado el templo, del que sois, al mismo tiempo, arquitecto, material y operario".

Rebold, otro historiador francés de gran erudición dice que "si la Francmasonería ha dejado de erigir templos y de elevar el corazón a Dios y las esperanzas al cielo con ayuda de sus planos arquitectónicos, no ha desistido, sin embargo, de levantar un edificio moral e intelectual"; y cree que el éxito de la institución ha justificado este cambio de objeto y la separación del carácter operativo del especulativo de la Orden.

Eliphas Levi, autor que ha escrito abstrusa y místicamente sobre la Francmasonería y sus ciencias colaterales, ve en esta institución un objeto alegórico y otro real, siendo el primero la reconstrucción del templo de Salomón y el segundo, el mejoramiento de la raza humana por medio de la reconstrucción de sus elementos sociales y religiosos.

Los francmasones alemanes han estudiado esta idea hasta agotarla, cualidad característica del alma germana. La literatura masónica de este país abunda en ensayos, conferencias, tratados, cuyo tópico principal es la construcción del templo salomónico, relacionándolo con la edificación de un templo moral.

El Hno. Rhode, de Berlín, escribe lo siguiente: "Tan pronto como alguien entra en nuestra Orden, le decimos que estamos construyendo un templo místico", y añade que: "El templo que construimos los francmasones no es otro que el que ha de llevar a la humanidad a la mayor felicidad posible".

Otro autor alemán, Von Wedekínd, dice que "nosotros sólo trabajamos en nuestro templo cuando hacemos del hombre nuestro objeto fundamental, cuando unimos a la bondad de corazón las corteses costumbres, a la verdad la belleza, y a la virtud la gracia".

Y Reinhold nos dice a su vez, dejándose llevar de su imaginación teutónica que "el templo místico de Salomón es para nosotros el elevado ideal o arquetipo de la humanidad llevada al límite de perfección social; donde se vencen todas las propensiones al mal, se resuelven todas las pasiones en el espíritu del amor, y donde todos se esfuerzan en trabajar para los demás”.

De modo que los francmasones alemanes llaman trabajar en el templo a la labor milenaria que se ha de realizar en él.

Aunque los francmasones ingleses no han tratado del simbolismo de la Orden tan obscuro abstrusamente como sus hermanos de Francia y Alemania, no han sido insensibles a la idea de que la construcción del templo salomónico representa el cultivo del carácter humano.



Hutchinson, que fue uno de los que primero trataron en Inglaterra del simbolismo, tiene un concepto bastante competente, para la época en que vivió, del significado simbólico del templo. Los autores posteriores han mejorado sus crudos puntos de vista.

Sin embargo, debemos reconocer que ni Hutchinson ni Oliver, ni ninguno de los distinguidos autores masónicos de Inglaterra, han tratado del simbolismo de un templo moral con tanto fervor como los franceses y alemanes. No obstante, aunque sólo se hacen a él alusiones casuales e incidentales, se acepta la teoría simbólica.

Por ejemplo, cuando el Dr. Oliver trata de la relación entre el templo y la Logia, alude lacónicamente a este símbolo importante diciendo que: "Así como nuestros antiguos hermanos erigieron un templo material sin usar el hacha, el martillo, ni ningún instrumento de metal, nosotros edificamos igualmente nuestro templo moral".

Nuestro propio país ha producido muchos estudiantes del simbolismo mas6nico que han comprendido enteramente este noble pensamiento y han tratado sobre él con elocuencia y erudición.

Hace ya muchos años Salem Towne escribía lo siguiente:

"La Francmasonería especulativa, según la acepción actual, va íntimamente ligada a esa construcción espiritual que erige la virtud en el corazón. Esto exige que se sitúen sus sublimes principios de tal forma en el alma que parezcan un templo inmortal digno de Dios".

Carlos Scott ha dedicado una de las conferencias de su Analogy of Ancient Craft Masonry to Natural and Revealed Religion a estudiar a fondo este tema. Su lenguaje es demasiado ampuloso para que podamos citarlo, pero él interpretó debidamente el símbolo.

El Hno. Juan A. Lodor ha tratado de este tópico en un ensayo, que es lástima que no esté más difundido. Bastará citar unos párrafos de él, para percatarse del espíritu de su obra y de cómo sostiene la idea de este simbolismo: "Ya podemos desfigurarlo cuanto queramos", dice el hermano Lodor, "y evadir su escudriñamiento; pero nuestro carácter, tal como es, con sus faltas y defectos, sus debilidades y flaquezas sus vicios y máculas, junto con lo mejor que en él existe, es nuestro templo especulativo”.

Y continúa extendiéndose sobre la idea simbólica:

"Debería guardarse como el templo ejemplar del Monte Moria, como si fuera un santuario, vigilándolo con igual interés. Debería ser nuestra perla valiosa, rodeada de muros y cercas, como lo estaba el templo de Jerusalén, desterrando de su recinto y hasta de sus patios exteriores a los impuros, los viciosos, los delincuentes y los profanos. En cada puerta debería colocarse un centinela fiel, y, en cada muro, un vigilante, para cortar el paso a los curiosos y a los profanos."

Tan vulgarizadas están estas enseñanzas, que todo francmasón americano que haya estudiado el simbolismo de su Orden cree, con Carlyle, que "en el mundo no hay más que un solo templo: el del corazón del hombre".

De este estudio del significado y objeto del trabajo, como símbolo masónico, sacarnos las siguientes conclusiones:

1. Que nuestros hermanos de la antigüedad, se dedicaron, mientras predominó en la institución el arte operativo, a construir templos materiales, de los cuales el más célebre es el de Salomón.

2. Que los francmasones modernos, dejaron de trabajar en la construcción de templos materiales cuando la ciencia especulativa substituyó al arte operativo; pero conservaron el pensamiento sagrado, la idea reverente de un templo santo dedicado al Señor, y empezaron a laborar en templos vivientes, y a hacer del hombre la verdadera casa del Señor, el tabernáculo para el Espíritu Santo

3. El trabajo de todo francmasón que comprende debidamente su arte estriba en construir un templo viviente.

"Trabajo", dice Gadicke, el masón lexicógrafo, es una palabra importantísima en Francmasonería, quizás la más importante, porque únicamente trabajando es como el hombre se convierte en francmasón. Todos los demás objetos son secundarios. La obra que realizan todas las logias en sus reuniones es el trabajo. 1: Pero ¿esas reuniones de las logias dan pruebas de su labor?

"El trabajo que verifica el albañil es visible, y ha de tener su recompensa, aunque a la hora siguiente una tempestad lo derruya."

"Lo mismo debe ocurrir con el trabajo del Francmasón.
 
Su labor debe ser visible para él y sus hermanos, o, por lo menos, debe producirle cierta satisfacción interna.

Como nosotros no edificamos un templo salomónico visible, ni una pirámide egipcia, nuestro trabajo debe hacerse visible en obras imperecederas, de modo que, cuando dejemos de existir, se diga que estaba bien hecho. "

Recordando las palabras del apóstol de que somos templo de Dios y el Espíritu de Dios mora en nosotros, sabemos que nuestro trabajo ha de consistir en construir un templo digno de su divino morador.

Así es como comprenderemos debidamente el precepto de los antiguos monjes de que "trabajar es orar".

Como francmasones trabajamos en nuestras logias, trabajamos para convertirnos en perfectas construcciones, sin falta alguna, esperando alegremente que se termine cuando se muera nuestro tabernáculo de tierra, cuando se descubra por fin la PALABRA PERDIDA, y cuando hayamos realizado la obra de Dios en nuestros esfuerzos por ser perfectos. Pues ese es el verdadero significado de  las palabras: "TRABAJAR ES ORAR".

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