viernes, 21 de septiembre de 2018

NOBAOM: PALABRA SAGRADA DEL MAESTRO MASÓN


En los pocos rituales masónicos que circulan impresos en español, hay uno que llegó a tener mucha aceptación, especialmente en América, el del H.·. Andrés Cassard, 33º.·. publicado en Nueva York.
 
Dicho libro es una compilación voluminosa, formada de retazos sin crítica alguna; es una verdadera obra de tarea masónica, donde entre cosas aceptables sobre nuestra orden y la ritualidad de los diversos grados escoceses, franceses y de adopción, se encuentra un cúmulo tal de inexactitud, que demuestran la carencia de conocimiento del compilador, pues peca contra la lengua española a fuerza de galicismos; peca contra las reglas de nuestra gramática, contra la verdad histórica, y hasta puede decirse que peca contra el sentido común.

 
Si dicho manual ha podido tener esa aceptación, se debe a que los que podían impugnarlo, no han querido tomarse ese trabajo. Inexactitudes y mentiras superabundan en el referido manual y algunas de las muy notables, son las contenidas en el párrafo segundo de la página que vamos a analizar, pareciéndonos que con nuestras observaciones, hacemos un pequeño servicio a los HH.·. que poseen dicha obra o que deseen adquirirla. El párrafo comienza así:

La palabra de Maestro, que según la tradición se perdió con muerte de Hiram, hace referencia a la exclamación del Salvador al expirar, la cual los judíos no comprendieron: Helos-Helos-Lamma Sabactani; "Padre mío, padre mío, tened piedad de mí, y perdona a mis enemigos".

Primera observación:
 
— Como la historia de la muerte del arquitecto Hiram-Abif es una fábula, por cuanto lo que de él se nos cuenta son puras ficciones de los forjadores de liturgias masónicas, y nada de lo que a él se refiere que tenga relación con nuestra orden puede probarse con datos suficientes es evidente que la exclamación de Cristo en la cruz ninguna relación tiene con la palabra sagrada del maestro. Y respecto a que la noticia nos haya venido por la tradición, téngase siempre muy en cuenta que la tradición así como la historia, nos ha trasmitido abundante copia de mentiras que corren aceptadas y veneradas como verdades.
 
Una mentira convenida equivale a un hecho. El gran Voltaire, H.·. nuestro decía sobre la verdad de la historia que: "En mil quintales de noticias y de historias antiguas no se sacarían diez onzas de verdad."
 
Segunda observación:
 
—Dice Cassard que la exclamación de Jesús (Helos-Helos-Lamma Sabactani, que él traduce: "Padre mío, etc. etc., no la entendieron los judíos."
 
Siendo el evangelio la única fuente histórica a que hay que acudir para escribir la vida de Jesús, es inadmisible cuando se aparta de lo que dijo aquél. El apóstol Mateo en el capítulo 27, versículo 46 del suyo, dice que, cerca de la hora de nona exclamó Jesús en voz alta: Elí, Elí, Lamma Sabactani, que quiere decir, añade el apóstol: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado"?
 
El evangelista escribe: Elí, y no Helos, como apunta Cassard, cometiendo un grave error en esto y en la versión del citado pasaje. . . que es verdadera la que pone el apóstol, lo vamos a confirmar con lo que resultará del análisis gramatical de dichas voces en la lengua en que las pronunció Jesús.
 
La frase en hebreo dice: Elí, Elí, Lamma Sabactani.
 
Analicemos:
 
La primera palabra Elí, está compuesta de El, uno de los varios nombres que daban los Hebreos al Ser Supremo, este nombre termina con la letra vod, que expresa el posesivo de mí y unidas ambas dicen: Eli, Dios mío.
 
La segunda palabra es un vocático igual al primero.
 
La palabra tercera es Lemma, debe pronunciarse así, pero ha prevalecido la pronunciación Lamma. Es una partícula interrogativa que quiere decir: ¿Por qué, por qué causa?
 
La cuarta palabra debe pronunciarse Schebactani, según la pronunciación propia que tiene cada letra en la lengua de Moisés.
 
Esta voz sale de la raíz griega Schebac abandonaste: el final tiene el prefijo, ni; a mí, que es la segunda sílaba del pronombre personal aní, yo, y reunidas dicen Schebactani, abandonaste a mí, me abandonaste, me has abandonado.
 
Esta es la verdadera traducción de las antedichas voces hebreas, atribuidas a Jesús, y no las caprichosas del compilador Cassard, dado que el discurso todo en que está ese párrafo, no es de su cosecha, sino una mala traducción francesa, como todo el manual.
 
Dice el párrafo que los judíos no comprendieron las palabras de Jesús ¡Cómo! Conque Cristo, que era judío y hablando la lengua propia en el mismo Jerusalem, ¿no fue entendido por sus compatriotas? Decir esto es casi una barbaridad.
 
Porque aun cuando en el versículo 47 del citado capítulo diga el apóstol Mateo que algunos de los circunstantes que oyeron la palabra Eli, Eli, decían "este llama a Elías" esos algunos no eran ciertamente judíos, que demasiado comprendían las palabras de Jesús.
 
El apóstol Juan en el Capítulo XIX de su Evangelio, dice hablando de la inscripción puesta en la cruz: "Este cartel, lo leyeron muchos judíos, porque estaba cercano a la ciudad el sitio donde Jesús fue crucificado". Además de los judíos, había presentes soldados romanos, y esos pudieron no comprender la exclamación. De manera que es un absurdo decir que los judíos no entendieron a su paisano, hablando en su lengua.
 
Substituyéndose por respeto a dicha exclamación, tres palabras árabes que forman también la del maestro, y son Mo-A-Bon, cuya traducción es: "El hijo de la viuda ha muerto".

Para impugnar con acierto lo afirmado por Cassard o por el autor del pasaje que antecede, necesitamos poner nuestra atención en el siguiente análisis, que no por ser aquí muy conveniente, deja de ser árido y disgustará a la generalidad, de los que no tengan algunos conocimientos lingüísticos.


 
Comencemos.
 
Las iniciales M.B.N. que dice Cassard forman tres palabras árabes, y también la palabra sagrada de maestro, deben serlo o de Mahabone, empleo en el R.·. E.·. o el Machbenah en el francés.

Las sílabas que pueden formarse de esta palabra sagrada son Ma-ha-bo-ne, y de la segunda Mach-ben-ach, o Man-ben-ach.
 
Como pudiera manifestársenos que la inicial M. la tiene el árabe en la voz mut que significa murió, vamos a probar que esa circunstancia, aunque parece corroborar lo dicho por el parrafista, no nos hace fuerza ninguna.
 
La primera sílaba de la palabra sagrada según está escrita y la pronunciación, no puede ser otra que Ma en Mahabone, y Mach, en Machbenach, o Mah, en Mahbenah, que dicen algunos franceses.
 
La vocal parece siempre en la sílaba primera, y no u, si la primera letra de la palabra árabe mut, es equivalente a la M, eso mismo se ve en el verbo morir de las lenguas llamadas semíticas, o de la raza de Sem.

En hebreo, Mut, significa murió.
En siriaco, Mut, significa murió.
En caldeo, mit, significa murió.
El samaritano, Mut, significa murió,
En persa, murdenm, significa murió.
En etíope, Mut, Significa murió.

Es notable que en todas las lenguas citadas, el verbo morir tenga por inicial una M, nunca seguida de la vocal a, pero la letra m, del árabe, así como las de las varias dicciones apuntadas antes, reconocen toda una raíz primitiva, cual es la sánscrita MRI, que expresa la idea de asesinar, matar, ser muerto, perecer, acabar.

Del sánscrito MAR se formaron en latín las radicales mor, primera sílaba de otras varias palabras, principalmente por el verbo morir, morim que en sánscrito es Mri-ya-me, morir; y de ahí han salido en italiano, moriré; en español, morir; en francés, mourir; en persa, murden; en armenio, Mer-il, y en polaco, Mier-ati.
 
En participio latioo mor-tus-us procede del sánscrito mritas, muerto.

De mri-tas, muerto o mortal ha resultado en griego brotos por el cambio de M. en B.

Dígasenos ahora, si por estar escrita con M. la voz árabe mut, no pudiera decirse que esa M. pertenece a otras muchas lenguas?
Fuera de que ninguna de las sílabas Ma, Mach o Mah, de la palabra sagrada puede prefijarse al verbo árabe mut, ni a ninguno de los verbos de las lenguas orientales que hemos citado.
 
Prosigamos.
 
La letra B. es la segunda de las iniciales conque al decir de Cassard, se forma la palabra sagrada en árabe.
 
De Mahobone no se puede formar ninguna palabra que signifique hijo.
 
De machbenach, formando las sílabas a voluntad, puede salir Ben en árabe, y con un alef prostético, se formaría la voz Ebnom o Abem que significa hijo; pero reclamarían el derecho a dicha frase, si fuera cierto, otras lenguas semíticas.
 
En caldeo, se dice Ben, hijo.
En hebreo, se dice Ben, hijo.
En siriaco, se dice Ben, hijo.
 
Réstanos la inicial N, que según Cassard debe completar la frase árabe de que vamos hablando. Si la letra N, fuese la final de la palabra Ben, que hemos formado desentendiéndonos de las demás palabras de la voz, Machbenach, la última sílaba sería ach si ésta estuviera unida a la n, resultaría nach; pero con ninguna de éstas sílabas se expresa en árabe la palabra viuda, que es la que nos falta para terminar la aserción del autor del párrafo.

En árabe, se dice AYEME, viuda.
En turco, se dice TUL, viuda.
En persa, se dice KELEM, viuda.
 
Del anterior análisis resulta que lo escrito por el M.·. P.·. S.·. G.·. Com.·. Andrés Cassard, es una grande equivocación porque no puede formarse la supuesta frase árabe con las letras M. B. N. Lo que sí puede decirse es que esas letras están en las palabras, Mahbone y Machbenach, y que ninguna relación tienen con las que Jesús dijo en el patíbulo.
 
Chocante cosa nos parece que debiendo ser uno el espíritu y el fin que se propone la masonería, y una la ritualidad y la colocación de sus grados, haya una palabra sagrada para maestro en el rito Escocés y otra en el Rito Francés. Porque es evidente que de las consonantes y vocales de las voces Mahabone y Machbenach deben resultar distintas suposiciones.
 
Una liturgia inglesa de Richard Carlite, dice que algunos de los masones que hallaron el cadáver de Hiram "exclamaron Mahanone o Machbenach, palabras ambas de igual significación, siendo la de la primera: La muerte de un hermano, y la de la segunda: el hermano ha muerto a golpes. Por tanto el rey Salomón ordenó que aquellos signos, tocamientos y palabras casuales designasen por todo el mundo a todos los maestros masones, hasta que el tiempo o las circunstancias restableciesen la genuina significación".
 
Sigue todavía el párrafo diciendo: "Estas palabras nos recuerdan al C. hijo de la virgen, esposa de Dios".

Cuéntase que Hiram Abif, hijo de un tirio y de una judía de la tribu de Neftalí, arquitecto del templo de Salomón fue muerto por tres compañeros, porque no les reveló, el signo de maestro, el tocamiento y la palabra sagrada. Esto es una ficción, en la Biblia nada se dice. Y por semejanza quiere el autor del párrafo que el supuesto pasaje: El hijo de la viuda ha muerto, tenga relación con la muerte de Jesús, cuando sabemos, que nuestra exclamación al hacer el signo de socorro fue inventado por los caballeros, que se llaman hijos de la viuda de Carlos I, y se juramentaron para vengarle, lo que dicen se confirma por el hecho de que los del Rito de York sólo usan el signo de socorro. Es lo cierto, dice Castro, que no se conocía el otro en la antigüedad.
 
En el vocabulario masónico del mismo Carlite se dice Machbanai Machbenach. —"My poor son, or the death of the biaul der".
 
Mi pobre hijo o la muerte del constructor.
 
Otro autor inglés dice que: perdida la palabra del maestro, debía continuar empleándose la voz Mahbone "until future generation shall fine out tigth one". (Hasta que las generaciones venideras hallasen la verdadera).
 
En la dicción Mahbone, sus dos últimas sílabas son bone, y como esta voz significa hueso en inglés, hay liturgistas angloamericanos, que interpretan Mahbone, diciendo: "La carne se desprende de los huesos". Este es otro error como el del H.·. Cassard.
 
Hemos empleado mucho tiempo recorriendo diccionarios de idiomas orientales, y por más combinaciones que hemos hecho, no hemos podido dar con la palabra de maestro. Cuanto sobre ella se diga son conjeturas más o menos fundadas.
 
Observación grave. A ningún cristiano le ocurrirá dudar de que Jesús era hijo de su madre María; ¿pero ésta era verdaderamente viuda? ¿No era como dice Cassard esposa de Dios? y viviendo éste, ¿cómo podía ser viuda si vivía y sigue viviendo el esposo? Si Cristo, pues es el hijo de la virgen, y ésta esposa de Dios, Cristo que es la segunda persona de la Santísima Trinidad, que es el mismo Dios, dividido en tres personas iguales, aunque una en esencia, es al mismo tiempo esposo e hijo de la virgen su madre? ¿No es así H. Cassard? Sigue pues que Cristo encarnó en María, y que él mismo se encerró en el vientre de ella, para salir a luz a los nueve meses, como los demás mortales, y predicar después la salvación del género humano, que sigue tan perdido como antes de su venida.
 
Un respetable padre de la Iglesia, San Ambrosio dice:
 
María per aurem impregnata est.
 
El espíritu es el mismo hijo, luego Cassard hace cometer a Jesús, ¡un horrible incesto con su madre!
 
Al final de la página 322 dice todavía Cassard:
 
"Todos nuestros misterios son los mismos de la iglesia Católica".
 
Preciso es hablar ahora con toda la seriedad que requiere la notable proposición que antecede.
 
Si nuestros misterios fueran iguales a los de la Iglesia Católica, la Francmasonería constituiría una religión, pero está muy lejos de ser así. Si se nos hubiera dicho que la masonería es una religión o que pudiera equivaler a ella, nunca nos habríamos hecho iniciar en sus secretos misterios. Y si una vez iniciados, hubiéramos conocido que era realmente una religión, la hubiéramos inmediatamente abandonado.
 
La Mas.·. no contiene en el fondo nada de sobrenatural y es, evidentemente, obra de hombres. Y como todo lo que sale de las manos de hombres es más o menos imperfecta, más o menos defectuosa, resulta necesariamente que la Francmasonería es una obra más o menos defectuosa. Los que no ven sino el lado bello de la masonería es que son ciegos y fanáticos, y los que después de haberse hecho iniciar en sus primeros grados se retiran desencantados y disgustados, están faltos de paciencia o de juicio y son hombres inconsiderados o inconscientes.
 
El verdadero secreto de la Francmasonería no puede ser comprendido sino por el estudio profundo y serio de su doctrina, y no es un examen rápido y superficial, como se pretende comúnmente, querer penetrar en sentido de una institución que data de muchos siglos, y que acaso sea tan antigua como las primeras sociedades humanas.
 
La Mas:. remonta a las épocas más lejanas de la historia del hombre. Su nombre actual es nuevo; pero su sistema de iniciación, sus doctrinas filosóficas y políticas, y sobre todo las graduaciones que se advierten en ella, en lo que toca al progreso social, prueban que es en realidad la obra de todos los tiempos, ultrajada en sus derechos, se ha esforzado en conquistarlos o defenderlos.
 
Si nunca hubiera habido ni despotismo religioso, ni despotismo político, y si no hubiese sido necesario combatir y hacer desaparecer el despotismo religioso y político, jamás hubiera existido la masonería. Pero como habrá siempre y en todas las sociedades humanas, por parte de los poderosos, de los fuertes y de los ricos, tendencias a oprimir a los humildes, a los débiles, a los pobres, la masonería durará tanto como el mundo.

¿Con qué fundamento o criterio se atreve el H.·. Cassard a decir que nuestros misterios son los mismos que los de la Iglesia Católica? ¿Habla ese H.·. como masón escocés? Pues en ese caso es preciso rechazar enérgicamente tan desacertada afirmación.
 
Desde que tenemos la honra de ser contados entre los miembros más humildes, pero más fervorosos de la masonería, nos llama la atención el oír dar el nombre de templo a lo que no es, según la genuina significación de dicha voz, y según el espíritu de nuestra institución. Nuestros antepasados no empleaban dicha voz, ni mucho menos la de santuario, que vemos en alguna liturgia y nosotros no deberíamos emplear otra que taller, pues ello le dieron un noble equivalente al lugar donde se reunían para disponer sus trabajos materiales.
 
Un antiguo ilustre H.·. Luis Dufau, Gr.·. Sec.·. del Sup.·. Cons.·. para el estado soberano e independiente de Luisiana, ha dicho en una muy apreciable obra de Francmasonería que "L'atelier ecossairs, n'es ni une église, ni un temple, ni une Pagode; c' est tout simplement une école practique de Philosophie", esto es que: "el taller escocés, no es ni una iglesia, ni un templo, ni una pagoda, sino simplemente una escuela de filosofía práctica".
 
Nosotros somos obreros del taller de la razón y del derecho y no MINISTROS DE CAPILLAS PROTESTANTES, ni sacerdotes católicos, ni rabinos de las sinagogas, ni mirabetes de las mezquitas, ni brahamanes de las pagodas índicas.
 
Así lo comprendemos nosotros y los hemos enseñado a nuestros HH.·. teniendo presente la esclarecida y pura doctrina del citado Dufau, la de Castro, la de otros ilustrados escritores masónicos, y sobre todo la índole y la esencia de nuestra orden antiquísima.
 
Si la masonería tuviera por objeto la adoración y el culto de Dios bajo una forma cualquiera, sería un contrasentido porque haría concurrencia con las diferentes sectas religiosas, o hablando en lenguaje corriente, con las diversas religiones que en todas las cinco partes del mundo se disputan la conciencia del hombre.
 
Los masones escoceses no pueden negar que haya una causa primera, un gran arquitecto del universo, que es Dios; pero admiten más bien este punto como filósofos que como prosélitos o sectados de tal o cual religión. Véase aquí porque no comprendemos el uso que se hace de la Biblia en algunas logias.
 
"Nosotros respetamos todas las creencias, dice Castro en sus liturgias, no imponemos ninguna; y los que usan biblias en sus logias, o juran por otra cosa que por el honor, no saben una palabra de nuestro rito o de masonería verdadera".
 
Las religiones, cualesquiera que sean, se ocupan especialmente de los destinos del hombre en otra vida que ésta, de la inmortalidad del alma, de las penas o recompensas reservadas no debe ver más allá de esta vida mortal.

En esto precisamente se distingue el rito escocés de los ritos masónicos. Verdad es que a causa del despotismo político y religioso que ha pesado constantemente, sobre todos los pueblos desde los tiempos de la Edad Media y desde los tiempos modernos, este rito, el más antiguo, digan lo que quieran los que combaten su origen, no ha sido trabajo imperfectamente y ha debido alertarse al contacto de los demás ritos que se han establecido a su lado y que lo han revestido de una forma eminentemente religiosa o política.
 
En Rito de York por ejemplo, como se trabaja en los Estados Unidos, no tiene de masónico más que el nombre, se ha trasformado completamente en culto religioso. En cada página de los cuadernos de esa masonería, se encuentran oraciones y salmos. Cristo está designado en ellos, como el hijo de Dios, y la Biblia como la única guía de la fe masónica.
 
Desde el momento en que por el voto de todos sus partidarios la masonería es una institución universal, y debe convenir a todos los hombres, cualquiera que sea su creencia, la Biblia en logia es un contrasentido y una injuria para los mahometanos, para los paganos y para los deístas. Es al mismo tiempo un contrasentido y una injuria para los judíos que no creen tampoco en el nuevo testamento, como igualmente los mahometanos y los paganos.
 
El taller escocés debe poblarse de hombres verdaderos, de hombres francos, reservados, silenciosos y no lenguaraces y palabreros, como estamos viendo y oyendo en la nueva era masónica que se inaugura actualmente, siendo cosa por demás sabida que una de las principales causas de la perpetuidad de nuestra Orden, ha sido siempre la, reserva y el absoluto silencio respecto a todo lo que nos pertenece y deben ignorar los profanos, como prometemos en nuestros juramentos. Los masones, deben ser hombres que no vayan a los talleres sino para trabajar en la liberación del hombre y en la emancipación de los pueblos, y que en todos casos deben de abstenerse de remedar o parodiar como tales francmasones, las prácticas siempre respetables de la religión cualquiera que sea su forma.

Sigan, pues, los yorkistas, o sean los HH.·. que trabajan en el Rito de York, abriendo y cerrando sus trabajos invocando a Dios por medio de oraciones, como se hace en la iglesia, en el templo, o en la Sinagoga, intercalen en sus trabajos Salmos, antífonas, y pasajes enteros de las escrituras, afirmen seriamente que sin Biblia no puede haber masonería, esto es cuenta suya y no nuestra. En nombre de la tolerancia que profesamos como masones escoceses, estamos dispuestos a respetar la opinión de los que trabajan de esa manera; pero guardémonos mucho, de pensar como ellos y de imitarlos.

No convirtamos el taller en un centro de política, ni de partido, como tenemos el disgusto de ver aquí alguno. Hagamos lo que debe de ser, lo que era primitivamente, si es cierto que nuestros misterios, son la continuación de los misterios de Egipto, de los misterios de la Asia, y de los misterios de Grecia en donde a la verdad, no se conocía la Biblia. Despojemos nuestro Rito de todos los elementos extraños que se han introducido en él, y no titubeemos en declarar, no solamente que nuestros misterios no son los mismos que los de la Iglesia Católica, como dice Cassard, sino que la Biblia es uno de esos extraños elementos.

Devolvamos a la masonería su racionalismo primitivo, hagamos de NN.·. TTall.·. unos establecimientos en donde se inocule a NN.·. HH.·. una especie de vacuna moral y filosófica, porque así como hoy se conocen las grandes ventajas de la vacuna para evitar los estragos, que ocasionan las viruelas, pueda decirse que la pura enseñanza masónica, es una vacuna moral que preserva el alma de las viruelas destructoras de la ignorancia.
 
Sean nuestros talleres escuelas de filosofía práctica, y de moral universal, en donde se reparta a los profanos que ingresen en ellas, el plan del espíritu, escuelas para usos de todos los hombres cualesquiera que sean, por otra parte, sus creencias religiosas.
 
Por último digamos a los profanos que quieran oírnos: venid a nuestras LLog.·. no importa que seáis católicos, luteranos, anabaptistas, presbiterianos, calvinistas, mahometanos, judíos, o paganos; como hijos del G.·. A.·. D.·. U.·. no podemos ser enemigos, somos hermanos

Guardaos vuestro nombre, vuestro culto, vuestras deprecaciones, y vuestra fe. Recibir en vuestra alma la simiente de la sabiduría verdadera, del amor de Dios y de los hombres; y formemos una sola familia de todos los pueblos, y una sola religión de todas las religiones.
 
Hemos terminado nuestro pequeño trabajo, y os lo dedicamos no porque lo creamos digno de vuestra ilustración, sino como una exigua manifestación del afecto que os profesamos a todos nuestros HH.·. en donde quiera que se hallen y proclamen el lema antiguo del estandarte de la orden:
 
LIBERTAD, IGUALDAD Y FRATERNIDAD UNIVERSAL.

Estos datos recopilados fueron sacados de los rituales aprobados en 1875 por el Convento de Lausana, Suiza, por José Díaz Carvallo.

 
 
 

RECONOCIMIENTO Y ELEVACIÓN DE LA LEY DEL SACRIFICIO


La exposición siguiente traslada la recompensa del sacrificio a una región más allá del mundo físico.

Primeramente el sacrificio de los bienes materiales debe asegurar el bienestar material; luego el sacrificio de esos mismos bienes materiales ha de proporcionar la dicha en el cielo más allá de la muerte.

La recompensa ofrecida al sacrificio, es de naturaleza más elevada; y el hombre aprende que, un bien relativamente permanente, puede adquirirse por el sacrificio de un bien relativamente transitorio: lección importante que conduce al discernimiento.


La sujeción de la forma a los objetos físicos, se trueca en apego a las dichas celestes. En todas las religiones esotéricas, vemos empleado por los sabios este procedimiento de educación. Demasiado sabios para esperar de las almas jóvenes el heroísmo sin recompensa, se contentan con sublime paciencia con animar dulcemente eh la espinosa vía de la naturaleza inferior a los niños indisciplinados confiados a su custodia.

Gradualmente los hombres se ven inducidos a subyugar su cuerpo, a dominar su inercia por el cumplimiento metódico de cotidianos ritos religiosos, de carácter frecuentemente áspero; sus actividades se reglamentan y canalizan siguiendo direcciones útiles. Se ven impelidos a vencer la forma y a mantenerla sumisa a la vida, y el cuerpo adquiere el hábito de prestarse a obras caritativas y benébolas, obedeciendo a las exigencias de la voluntad aun cuando ésta no se halle estimulada todavía sino por el deseo de recompensa en el cielo.

Podemos ver entre los indios, persas y chinos, cómo los hombres aprenden a reconocer sus múltiples obligaciones, a ofrecer por el cuerpo su sacrificio de obediencia y de veneración hacia los antepasados, los padres y los ancianos; a ser caritativos con delicadeza, y buenos con todo el mundo.

Poco a poco los hombres se ven obligados a desenvolver en el más alto grado el heroísmo y la abnegación, como atestiguan los mártires que entregan con gozo sus cuerpos a las torturas del potro, antes que apostatar de sus creencias y traicionar su fe. Esperan, en verdad, una "corona de gloria" en el cielo, en recompensa del sacrificio de su forma física; pero ¿no es ya bastante haber vencido el apego a la forma física y haber hecho el mundo invisible de tal modo real que se le puede tomar por el visible?

La siguiente etapa se tranquea cuando el sentimiento del deber está claramente establecido; cuando el sacrificio de lo inferior a lo superior se considera como bueno en sí, independiente de todo estímulo de recompensa en otro mundo; cuando se reconoce la obligación de la parte hacia el todo; en fin, cuando el hombre siente que la forma que existe para el servicio de los demás, debe, en completa justicia, servir a su vez sin derecho alguno a recompensa. El hombre comienza entonces a comprender la ley de sacrificio como ley de la vida, y a asociarse voluntariamente a ella. Comienza igualmente a distinguirse él mismo en su pensamiento de la forma que habita para identificarse con la vida evolucionante.


Esto le lleva por grados a experimentar cierta indiferencia por todas las actividades de la forma, menos por las consistentes en deberes que cumplir, y acaba por considerarlas todas, como simples instrumentos para la utilización de energías vitales debidas al mundo, y no como acciones cuyo móvil sea el logro de un resultado. El hombre se eleva así hasta el punto en donde cesa de engendrar el arma que le sujeta a los tres mundos, y en donde se unce a la rueda de la existencia, porque es preciso que gire, pero no a causa de los objetos deseables que su revolución le puede procurar.

Mas el pleno reconocimiento de la ley del sacrificio, eleva al hombre más allá del plano mental donde el deber se considera como deber, como "lo que debe hacerse porque es debido", y le transporta al plano más elevado del Buddhi, donde se siente la unidad de todos los "yoes" y todas las energías se despliegan en provecho de todos y no de un yo separado. Unicamente en este plano se siente la ley de sacrificio como delicioso privilegio, en vez de reconocerse sólo por la inteligencia como verdadera y justa.

En el plano búdico, el hombre ve claramente que la vida es aún, que del logos deriva perpetuamente en libre efusión de amor, y que la existencia aislada no puede ser sino mezquina y pobre, sin hablar de la ingratitud que apareja. Allí, el corazón se lanza completamente hacia el logos en potente impulso de amor y de adoración; se entrega en gozosa renuncia a ser una de las vías por donde su vida descienda e irradie sobre el mundo, para ser un portador de su luz, un mensajero de su compasión, un operario de su reino, como única vida digna de vivirse para acelerar la evolución humana, servir a la buena ley y aliviar un poco la carga de este mundo. Esto parece ser el único gozo del señor mismo.

Unicamente en este plano puede obrar el hombre como uno de los salvadores del mundo, porque allí es uno con los "yoes" de todos. Identificado con la humanidad, une su fuerza, su amor y su vida, pueden dirigirse hacia cualquiera de los "yoes" separados hacia todos. Se ha convertido en fuerza espiritual y acrecienta la energía espiritual disponible en el sistema del mundo al añadir su propia vida.


Las fuerzas que antes empleara en los mundos físico, astral y mental, en busca de satisfacciones para su yo separado, se reúnen en un acto de sacrificio, y trasformadas así en energía espiritual, se difunden por todo el mundo, como oleada de vida espiritual. Esta transmutación se efectúa, según el motivo que determina el plano en el cual se descarga la energía. Si el hombre tiene por motivo el logro de objetos físicos, la energía descargada opera sólo en el plano físico; si desea objetos astrales, descarga la energía en el plano astral; y si busca goces mentales, su energía funciona en el plano mental. Pero si se sacrifica para ser una canal en la vida del logos, descarga la energía en el plano espiritual, y esta energía opera en todos los lugares, con potencia y sutilidad de fuerza espiritual.

Para un hombre semejante, la acción y la inacción vienen a ser lo mismo, porque lo hace todo no haciendo nada, y no hace nada al cumplirlo todo. Para él, arriba y abajo, lo grande y lo pequeño, son lo mismo. Ocupa con gozo el lugar que se le ofrece, porque el logos es idéntico en todo lugar y en toda acción. Puede dirigirse hacia toda forma y obrar en todo sentido, porque no conoce, ni escoge ni diferencia. Por el sacrificio se ha hecho su vida una con la del logos, y ve a Dios en todo y todo en Dios.

¿Qué le importa el lugar o la forma, si él mismo es la vida consciente? "Nada tiene, y posee todas las cosas"; nada pide, y el universo entra en él. Su vida es dichosa, porque es uno con su señor bienaventurado; al utilizar la forma para el servicio, sin sujetarse a ella "pone fin al dolor".

Los que comienzan a comprender las maravillosas posibilidades ofrecidas al que se asocia voluntariamente a la ley del sacrificio, experimentarán sin duda el deseo de comenzar esta asociación voluntaria antes de poder elevarse a las alturas cuya vaga descripción acabarnos de hacer.

Como toda verdad espiritual profunda, el sacrificio es eminentemente práctico en su aplicación a la vida cotidiana; quien comprende su belleza puede efectuarlo sin vacilar. Una vez tomada la resolución de comenzar la práctica del sacrificio, el hombre debe señalar con un acto de sacrificio el comienzo de cada jornada. Antes que comience la labor del día, él mismo será la ofrenda hecha a aquél a quien consagró su vida.

Así que despierte, su primer pensamiento será la consagración de toda su fuerza a su señor. Luego ofrecerá en sacrificio todos los pensamientos, palabras y acciones de la vida diaria, efectuándolo, no por el fruto que reporte, ni como un deber, sino por ser en aquel instante, la mejor manera de servir a Dios. Todo lo que le ocurra, lo aceptará como expresión de su voluntad. Gozo, pena, inquietud, éxito, derrota; toda cosa debe bien recibirla como indicadora del camino de su servicio. Recibe con gozo las cosas que le llegan, y las ofrece en sacrificio; las que se van, las pierde con gozo; puesto que se van, es que el señor no las necesita.

Todas las potencias de que el ser dispone, se consagran con gozo al servicio; cuando le faltan, acepta la privación con ecuanimidad dichosa; puesto que han de ser disponibles, no tendrá ya que emplearlas.

Igualmente el sufrimiento inevitable, fruto de un pasado no redimido aún, puede trasformarse, por la aceptación, en sacrificio voluntario. El hombre que voluntariamente acepta este sufrimiento, puede ofrecerlo en don y trasformarlo así en fuerza espiritual.

Cada vida humana depara ocasiones innúmeras de realizar la ley del sacrificio, y cada vida humana se convierte en una potencia a medida que las ocasiones surgen y se utilizan. Sin ninguna expansión de su conciencia en estado de vigilia, el hombre puede llegar a ser un trabajador en los planos espirituales, porque descarga en ellos energías que desde allí se esparcen profusamente en los mundos inferiores. Su renunciamiento aquí abajo, en su conciencia inferior, aprisiona en el cuerpo, despierta responsivos estremecimientos de vida en el aspecto búdico de la mónada, que es su verdadero Yo; acelera la época en que esta iniciativa gobierne y rija todos sus vehículos, empleándose a voluntad la obra que quiera cumplir. Ningún otro método asegura un progreso tan rápido ni tan pronta manifesación de todas las potencias latentes en la mónada, como la comprensión y práctica de la ley del sacrificio. Por esto ha sido llamada por un maestro "la ley de la evolución del hombre", tiene, en verdad, aspectos más profundos y más místicos que todos los que se han estudiado aquí; pero éstos se revelarán, sin palabras, al corazón tranquilo y amante, cuya vida es por completo una ofrenda y un sacrificio.

Pertenece al orden de cosas que no son sino para oídas, en la calma interior; una de esas enseñanzas que sólo la "voz del silencio" puede exponer. Entre estas enseñanzas también se encuentran las profundísimas verdades que tienen su raíz en la ley del sacrificio.

Se extrañará que en esta interpretación no hayamos mencionado directamente los personajes de la leyenda de Hirann; mas la filosofía de este mito, interpretado en abstracto, desde el punto de vista del sacrificio necesario de los grandes iniciados, va enteramente de acuerdo con la anterior exposición teosófica. Sin embargo, añadiremos que, los teósofos aceptan como suya también la interpretación, en la cual Hiram es el Sol; Salomón, el 2o. Logos; Hiram II, Rey de Tiro, el primer constructor, etc.


 

miércoles, 19 de septiembre de 2018

LA LEY DEL SACRIFICIO

 
El estudio de la ley del sacrificio, sigue, naturalmente, al estudio de la ley kármica; y, como observaba un maestro es igualmente necesario para el mundo, conocer una y otra.
 
Por un acto de sacrificio espontáneo, se manifestó el logos para emanar el universo; por el sacrificio subsiste este mundo y, finalmente, por el sacrificio alcanza el hombre la perfección. Concluimos de esto, que toda religión procedente de la sabiduría antigua, tiene como enseñanza fundamental, el sacrificio; y que en la ley del sacrificio, radican algunas de las más profundas verdades del ocultismo.
 
Tratando de comprender, aunque imperfectamente, cual es la naturaleza del sacrificio del logos, podemos evitar el general error de considerar el sacrificio como algo esencialmente penoso; ya que por esencia, es una efusión espontánea y gozosa de la vida, a fin de que otros puedan participar de ella. No sobreviene el dolor, a menos que en el ser que sacrifica, haya desacuerdo entre la naturaleza superior, cuyo gozo consiste en dar, y la inferior, cuya satisfacción es recibir y guardar. Sólo este desacuerdo introduce el elemento dolor; en la perfección suprema, en el logos, no puede haber desacuerdo. El único es el acorde perfecto del ser, síntesis de infinitos acordes melodiosos, donde la vida, la sabiduría y la belleza, se confunden en la tónica una de la existencia.
 

 
Al objeto de manifestarse, impone el logos un límite a su vida infinita. Esto es lo que se llama su sacrificio.
 
Simbólicamente, es el océano de luz infinita, cuyo centro está en todas partes, y la circunferencia en ninguna, surge una esfera inmensa, llena de luz viva, un logos; la superficie de esta esfera es la voluntad que ha de limitarse a sí misma, a fin de producir su manifestación; es el velo en que se envuelve, a fin de que en el interior pueda tener forma de universo. Este universo, por el que se efectúa el sacrificio, no existe aún; su futuro ser yace en la "Mente" del logos. A él se debe su concepción y se deberá su vida múltiple.
 
La diversidad no puede surgir en el "invisible Brahma, sino por el sacrificio voluntario del ser divino, al imponerse forma, a fin de: emanar miríadas de ellas, dotadas cada una de una chispa de su vida, y susceptibles por ello, de evolucionar hasta su imagen perfecta.
 
Se ha dicho: El sacrificio primordial de que procede el nacimiento de los seres, se llama acción (karma). Y este paso a la actividad, fuera del reposo perfecto, de la existencia en sí, se ha reconocido siempre como sacrificio del logos.
 
Este sacrificio se perpetúa a través de la duración del universo, por que la vida del logos es el único sostén de cada vida separada. El que engendra, soportando todas las restricciones y limitaciones que implica cada una. De cualquiera de ellas puede resurgir, no importa en qué momento, el señor infinito, llenando el mismo, circunscribe su vida en cada una de las formas infinitas con su gloria el universo; pero sólo por una sublime paciencia, por una expresión lenta y gradual, puede desarrollarse cada forma hasta ser como El, un centro independiente de limitado poder. Por esto se encierra en formas y soporta toda imperfección hasta que su criatura alcanza la perfección y es semejante a El, y una con El, conservando intacto el hilo de su memoria individual.
 
Esta efusión de la vida del logos en las formas, constituye parte del sacrificio original y entraña la dicha del padre eterno, al enviar sus hijos al mundo en forma de vidas separadas, a fin de que cada una pueda envolver una identidad imperecedera, y acordar su nota en armonía con las demás, para entonar el himno eterno de la felicidad, inteligencia y vida.
 
Esto indica la naturaleza esencial del sacrificio, cualesquiera que sean los elementos que se entremezclan en esta noción fundamental. El sacrificio es la efusión espontánea de la vida divina, a fin de hacer de ella partícipes a los demás seres, de traer a la existencia y de mantenerlos hasta que puedan subsistir por sí mismos; esto es expresión de la alegría divina. Porque siempre es gozoso el ejercicio de la actividad, como expresión de la potencia del operante.
 
El pájaro goza entonando sus gorjeos, y vibra entusiasmado por su canto. El pintor se regocija en las creaciones de su obra, en el plasma de su idea. La actividad esencial de la vida divina, no puede ejercerse sin el don, puesto que nada hay que pueda recibir. Si necesita ser activa (y toda vida manifestada es movimiento activo), debe necesariamente fundirse. De aquí que el signo del espíritu sea el don, por que el espíritu es la vida activa, en todas las formas.
 
Pero la actividad esencial de la materia consiste, por otra parte, en recibir; al recibir las influencias vitales, se organiza en formas mantenidas por la continuidad de dichas influencias que al cesarlas disgregan. Toda la actividad de la materia tiene este carácter receptivo, solo por recibir subsiste como forma; por esto siempre toma, sujeta y retiene.
 
La persistencia de la forma, depende de su poder de abarque y contención. Así atraerá hacia ella todo cuanto pueda, cediendo de mal grado lo que haya de dejar. Tener y retener es su única alegría, dar es muerte para ella. Fácilmente podemos ahora ver cómo surge la idea de que el sacrificio fue sufrimiento.


 
Mientras la vida divina se deleita con el ejercicio de su actividad con la donación, aun cuando incorporada en una forma, no cuida de si esta forma perece por el don, y preocúpase únicamente de que es una expresión pasajera y en medio de su individual crecimiento. Por el contrario, la forma que siente escapársele las fuerzas vitales, dama angustiada y ejerce su actividad en retener la vida, resistiendo a la corriente de difusión.
 
El sacrificio disminuye las energías vitales que la forma reclama como suyas, y agotándolas totalmente, deja que la forma perezca. En el mundo inferior, éste es el único aspecto cognoscible del sacrificio; la forma, al verse próxima al suplicio, grita temerosa de su agonía.
 
¿Qué hay de sorprendente, pues, en que los hombres, cegados por la forma, hayan identificado el sacrificio con la agonizante forma, en vez de con la vida libre que se entrega exclamando alegremente: "Heme aquí, ¡oh Dios! a tu voluntad sometido y por ello gozoso"?
 
¿Qué hay, además, de sorprendente en que, los hombres, conscientes de sus naturalezas superior e inferior e identificándose, sin embargo, con ésta, más que con aquella, hayan sentido las angustias de la naturaleza inferior de la forma como angustias propias, sintiendo que ellos, aceptan el sufrimiento al resignarse a una voluntad más alta y consideran el sacrificio como la aceptación devota y resignada del dolor?
 
Mientras él confunda con la forma, no podrá eliminar del sacrificio el elemento dolor. Pero el dolor no puede subsistir en un ser perfectamente armonizado; porque la forma es entonces el vehículo perfecto de la vida que con igual complacencia recibe o abandona.
 
El dolor cesa al cesar la lucha, porque el sufrimiento procede de traqueteos, frotaciones y movimientos antagónicos, cuando la naturaleza opera en perfecta armonía, no existen las condiciones de que el dolor dimana.
 
Siendo así la ley del sacrificio, la de evolución de la vida en el universo, vemos que cada peldaño de la escala se franquea por el sacrificio. Así la vida se funde para renacer en una forma más elevada, mientras muere la forma que la contiene.
 
Aquellos cuya mirada se detiene en las formas perecederas, no ven en la naturaleza sino un gran osario; pero quienes ven que el alma inmortal se escapa para animar formas nuevas y más elevadas, escuchan en todo instante el gozoso himno de la renaciente vida.
 
En el reino mineral, la mónada evoluciona por la ruptura de sus formas, para la producción y mantenimiento de las plantas. Los minerales se disgregan a fin de que sus materiales puedan reconstruir las formas vegetales. La planta saca del suelo sus elementos nutritivos, disociándolos y asimilándolos a sus propias sustancias. Así las formas minerales perecen a fin de que las vegetales crezcan; esta ley de sacrificio esculpida en el reino mineral, es la ley de la evolución de toda vida y toda forma. La vida pasa, y la mónada evoluciona para producir el reino vegetal, siendo el perecimiento de las formas inferiores condición indispensable para la aparición y mantenimiento de las superiores. El proceso se repite en el reino vegetal, cuyas formas quedan a su vez sacrificadas, para que puedan producirse y crecer las formas animales. En todas partes, hierbas, semillas y árboles perecen, para el mantenimiento de los cuerpos animales; sus tejidos se disgregan a fin de que el animal pueda asimilarse los materiales que los componen, para edificar en el mundo, y esta vez en el reino vegetal. La vida subsiste y las formas perecen.
 
La mónada evoluciona para producir el reino animal y los vegetales se sacrifican a fin de que las formas animales puedan engendrarse y mantenerse. Hasta aquí, la idea del sufrimiento apenas se asocia a la de sacrificios; pues como hemos visto, en el curso de nuestro estudio, los cuerpos astrales de las plantas, no están suficientemente organizados para las sensaciones agudas de placer o de dolor. Pero cuando consideramos la ley de sacrificio en el reino animal, no podemos por menos de reconocer, que el dolor se asocia a la ruptura de las formas. Puede decirse que la suma de dolor ocasionado, cuando, en "el estado de naturaleza" dolor; y en verdad se puede decir también, que en el papel de animal hace a otro presa suya, es comparativamente insignificante en cada caso particular, habiendo, sin embargo, que desempeña ayudando a la evolución de los animales, acrecienta el hombre considerablemente de los animales carnívoros en vez de debilitarlos.
 
Sin embargo, no es él quien ha infundido estos instintos en el animal, aunque los haya puesto a su propio servicio para sus propósitos; en innumerables variedades de animales carniceros en cuya evolución no ha ejercido el hombre influencia directa, las formas se sacrifican, para el mantenimiento de otras; como en los reinos mineral y vegetal.
 
La lucha por la existencia siguió su curso, acelérase la evolución de la vida y de las formas comenzara desde mucho antes que el hombre apareciese sobre la escena y su larga tarea: hacer sentir a la mónada evolutiva el carácter transitorio de todas las formas y la diferencia entre las formas que perecen y la vida que subsiste.
 
La naturaleza inferior del hombre, ha evolucionado según la misma ley de sacrificio que rige en los bajos reinos. Pero con la efusión de vida divina queda la mónada humana, sobreviene un cambió en la manera de operar de la ley de sacrificio como ley de vida. En el hombre es preciso desenvolver la voluntad, la energía automotora, la iniciativa.
 
El, impulso que fuerza en los reinos inferiores el curso de la evolución, no puede emplearse aquí sin paralizar el crecimiento de ese poder nuevo y esencial. No se pide al mineral, ni a la planta, ni al animal, la aceptación de la ley del sacrificio, como ley de vida escogida voluntariamente. Se les impone desde lo exterior e impele su desarrollo por necesidad ineludible. Pero el hombre debe tener la libertad de escoger, indispensable para el desarrollo de una inteligencia dotada de conciencia y discernimiento. Entonces surge el siguiente problema:
 
¿Cómo esta criatura, libre de escoger, ha de aprender, sin embargo, a escoger la ley del sacrificio, cuando se halla aún en estado de organismo sensible, temiendo el dolor, que es inevitable en la ruptura de las formas?"

La experiencia de muchas eternidades, analizada por una criatura de inteligencia continuadamente creciente, habría podido, sin duda, llevar al hombre a descubrir que, el sacrificio es la ley fundamental de la vida. Pero en esto, como en otras tantas cosas, no quedó sin ayuda y abandonado a sus propios esfuerzos.
 
Los divinos instructores estaban allí, al lado del hombre, en su infancia. Proclamaron con autoridad la ley del sacrificio, y en forma rudimentaria fue incorporada a las religiones en que se sirvieron educar a la naciente inteligencia de los hombres. Inútil era exigir de aquellas almas infantiles un abandono espontáneo de los objetos que les parecían más apetecibles; objetos cuya posesión garantizaba su existencia formal. Había que conducirlos por un camino destinado a elevarlos seguramente, pero por grados, hasta las alturas sublimes del sacrificio voluntario.
 
A tal fin se les enseñó que no eran unidades aisladas, sino que, como parte de un conjunto mayor, su vida estaba ligada a otras vidas, así como superiores; que su vida física estaba mantenida por las vidas inferiores, por la tierra y por las plantas, cuyo consumo constituía para la naturaleza, un crédito que tenían que saldar. Viviendo del sacrificio de los demás seres, necesitaban sacrificar, en cambio, algo que pudiera mantener otras vidas. Nutridos por la actividad de las entidades astrales, presidentes de la naturaleza física, tenían que compensar con ofrendas adecuadas las fuerzas gastadas en su provecho. Dé aquí todos los sacrificios ofrecidos a esas fuerzas, como les llama la ciencia, o según la constante enseñanza de las religiones, a esas inteligencias directoras de la naturaleza física.
 
El fuego disgrega rápidamente la materia física densa, y destituye al éter las partículas etéreas de la ofrenda consumida. Las partículas astrales quedan, pues, fácilmente libertadas, para que se las asimilen las entidades astrales encargadas de sostener la fertilidad de la tierra y asegurar el crecimiento de las plantas. Así se mantiene el movimiento cíclico de la producción, y el hombre aprende que está constantemente incurso en deuda con la naturaleza y que debe constantemente satisfacerla.
 
El sentimiento de la obligación queda así implantado y nutrido en el espíritu, y el pensamiento humano recibe el estigma del deber hacia todo, hacia la naturaleza nutridora. Este sentimiento de obligación se alía estrechamente con la idea de que, el cumplimiento del sacrificio es necesario al bienestar del hombre; y el deseo de prosperidad continua, le lleva a pagar la deuda. No es todavía sino un alma infantil que aprende las primeras lecciones; esta lección de interdependencia de las vidas, de la vida de cada ser dependiente del sacrificio de los demás, tiene capital importancia para su desarrollo. No puede todavía experimentar la divina dicha de dar; es preciso que antes venza la repugnancia de la forma a dejar todo lo que la alimenta.
 
El sacrificio se identifica, pues, en el hombre primitivo, con el abandono de una cosa estimada: abandono provocado por el sentimiento de la obligación, por una parte, y por otra, por el deseo de continua prosperidad.
 

DOCTRINA MASÓNICA


La división de las obediencias masónicas en simbólicas y filosóficas, necesariamente ambas soberanas dentro de sus respectivos grados, y ambas independientes entre sí, muy lejos de estar reñidas guardan las más fraternales relaciones masónicas, de institución a institución, y como los altos grados de todos los ritos regulares toman por base el simbolismo, en otras palabras, como el filosofismo empieza siempre desde el grado 4º, cualquiera que sea su sistema y nomenclatura, se deduce, que la doctrina de los grados filosóficos, verdaderos comentarios de los grados azules, se enlaza de tal manera con ellos que en el examen de admisión, al referido grado 4º se exige a los candidatos ciertos conocimientos filosóficos; por otra parte, propios de la enseñanza simbólica y que sólo en logias simbólicas debe impartirse.
 

De donde, al definir y establecer las potencias filosóficas su dogma y moral, la hacen extensiva a los tres primeros grados, sin que esto signifique que pretendan ninguna jurisdicción de hecho, ni de derecho; pero ni siquiera moral, reconociendo y respetando invariable, como debe ser, la independencia simbólica.
 

 
Esta aclaración hecha, vamos a pasar una breve revista sobre la doctrina que algunas potencias filosóficas entienden propia de los tres primeros grados. El Supremo Consejo del R.·. E.·. A.·. y A.·. de México, explica en su ritual del Gr.·. 14º:
 
—¿Cuál es el fin del grado de aprendiz?

—Sembrar en el corazón del profano aquella duda, filosófica que produce pingües y sazonados frutos, acerca de las materias que no ha estudiado por sí mismo; explicarle la diferencia entre el bien y el mal, la virtud y el vicio, y la necesidad de nuestra depuración constante para alcanzar la una y no caer en el otro, y hacerle palpable la esclavitud en que vive, despertando en su corazón el sentimiento de su propia dignidad, para que se esfuerce en salir de la primera y reconquiste la segunda, estudiando incesantemente lo que debe a Dios, a sí mismo y a sus semejantes. A este fin se dirigen todas las pruebas a que le someten.
 
—¿Cuál es el fin del grado de compañero?
 
—Darle a conocer las facultades de que los dotó el G.·. A.·. D.·. U.·. y el modo de utilizarlas, desarrollarlas y perfeccionarlas física e intelectualmente.
 
—¿Cuál es el grado de maestro?
 
—Probar con el estudio de los fenómenos de la creación o de la vida y de la muerte, que lo constituye al hombre, es la inteligencia, y que si queremos alcanzar la inmortalidad, debemos morir antes que ceder a las pretensiones degradantes de la ignorancia, la hipocresía y la ambición.
 
Continúa el interrogatorio con el fin de los diversos grados filosóficos, que el maestro masón conocerá después.
 
Según el Supremo Consejo de Inglaterra, se enseña al aprendiz, que para hacer efectivos los derechos y los deberes del hombre, debe unir el progreso moral al progreso intelectual, apartar su inteligencia de toda responsabilidad capaz de perjudicar su acción, modificar los principios según las exigencias de la experiencia y de las necesidades reconocidas. Debiendo la inteligencia del hombre, progresar a toda costa, resulta que para el espíritu, el status quo equivale a perecer.
 
El compañero debe ser el apóstol de la igualdad, el defensor de las leyes del progreso. Por este medio se llegará a establecer sobre bases sólidas el reino de la justicia.
 
El maestro tendrá conciencia del cuidado y la abnegación con que debe prepararse el advenimiento de este reino, comprenderá la importancia excepcional de los medios empleados para una obra sin la cual, la libertad se trasforma en licencia y el orden en anarquía.
 
Según los Supremos Consejos de EE.·. UU.·. del Norte, el aprendiz, personifica la ceguedad, la miseria y la esclavitud de la humanidad entregada a los malos instintos; él recibe de la Francmasonería, con la cooperación de los masones, la luz de la esperanza en la perfectabilidad y la dicha del ser humano.
 
El compañero, acepta los deberes de amor, de gratitud y de desprendimiento para la Francmasonería; de afección, de simpatía y de justicia para sus semejantes; deja de ser una máquina para convertirse en uno de los factores de la dicha de la humanidad.
 
El maestro medita la necesidad de nacer por segunda vez muriendo simbólicamente y resucitando completamente regenerado y libre de todas las preocupaciones del oscurantismo.
 
Según los Supremos Consejos de la América del Sur, el aprendiz ve surgir en su espíritu la duda filosófica, base de toda sabiduría; se sorprende de haber aprendido cosas que desde luego no tiene sometidas al crisol de la razón; tiene la conciencia de su esclavitud material e intelectual.

El compañero aprende a conocer cuales son las facultades de que está dotado; estudia los medios más eficaces para desarrollarlas y acrecentarlas tanto cuanto es posible.
 
En presencia de los misterios de la vida y de la muerte, el maestro considera que el pensamiento y la inteligencia son los agentes de la generación intelectual; así como el Phallus y el Ligam lo son de la generación natural; investiga por qué medios dará a su inteligencia toda perfección.
 
Según el Gran Oriente de Italia, el orador debe en todos sus discursos envolver y vestir con su elocuencia las 33 afirmaciones siguientes cuyo tenor jamás debe modificar:
 
1º.—La masonería viene de las épocas más remotas de la historia, como su era lo indica; ha sufrido diversas modificaciones, para adaptarse al espíritu de cada siglo, mejorándose y asimilándose lo bueno, y el bien de todas las épocas de la civilización humana.

2º.—Pitágoras profesaba una doctrina, una enseñanza misteriosa, acromática que era el complemento, la revelación de la enseñanza pública y popular, y esotérica de su época.
 
3º.—La masonería tiene símbolos análogos a los de la doctrina pitagórica. En sus misterios, como en los misterios antiguos, las fuerzas de la naturaleza están representadas por símbolos cuya significación íntima sólo se revela a los iniciados.
 
4º.—Los dignatarios de la logia representan a los agentes de la creación, y en todos los misterios su enseñanza comprende tres grados.
 
5º.—Sólo posteriormente, a fin de especular sobre la vanidad y la imbecilidad, es cuando explotadores descarados han introducido otros grados postizos.
 
6º.—Los antiguos rodeaban, la admisión a los misterios, de las más duras pruebas, exigían los juramentos más solemnes, sancionados por los más atroces castigos, para que jamás revelasen los secretos a los profanos.
 
7º.—La leyenda de Adon-Hiram representa el curso, la marcha anual del Sol.
 
8º.—Los tres primeros grados, representan tres periodos de esta marcha anual.
 
9º.—E1 primer grado, representa el periodo del 21 de diciembre al 21 de marzo del solsticio de invierno al equinoccio de primavera.
 
10º.—El segundo grado, representa el periodo del 21 de marzo al 21 de septiembre, del equinoccio de primavera al equinoccio de otoño.
 
11º.—El tercer grado, representa el periodo del 21 de septiembre al 21 de diciembre, del equinoccio de otoño al solsticio de invierno.
 
12º.—Esto explica porqué, en el primer grado, el profano hundido primero en las tinieblas, recorre las tres pruebas de la purificación: por el aire, por el agua y por el fuego, acompañado del hermano terrible, que simboliza el mal.
 
13º.—En el segundo grado, el compañero representa al Sol que da forma y hermosura a la naturaleza entera.

14º.—En el tercer grado la escena se oscurece, porque el Sol baja, en efecto, a la región de las tinieblas.

15º.—En la leyenda de Adon-Hiram, el templo, casi terminado, representa al año que va a terminar.

16º.—Los tres compañeros asesinos, son los tres meses de septiembre, octubre y noviembre, que conspiran contra el Sol.
 

 
17º.—Las tres puertas del templo, son los tres puntos del cielo en que el Sol está visible: oriente, mediodía y poniente.
 
18º.—Adon-Hiram, el Sol, no puede dar la palabra que simboliza la vida, porqué el otoño se aproxima, y aquél ha perdido sus fuerzas vivificantes.
 
19º.—La regla de 24 pulgadas que hiere en la garganta al maestro, representa el día de 24 horas, cuya disminución de tiempo y de luz, da al Sol el primer golpe.
 
20º.—La escuadra que le da el segundo golpe, es la estación equivalente a un cuarto zodiacal.

21º.—El mazo que da el tercer golpe, el golpe mortal, es cilíndrico y redondo; representa al año que termina la vida anual del Sol.
 
22º.—Los nueve maestros que van en busca de Adon-Hiram, son los meses de diciembre, enero, febrero, marzo, abril, mayo, junio, julio y agosto, que vuelven al Sol la vida.
 
23º.—El ramo de acacia, estaba consagrado al sol por los árabes.
 
24º.—El túmulo y la rama fresca de acacia, representan el enlace del misterio de la vida y del misterio de la muerte que gobierna al mundo.

25º.—La marcha del candidato, representa la renovación zodiacal.

26º.—Los adornos masónicos, tienen su significación, y el mandil semicircular representa el hemisferio inferior.
 
27º.—El cordón, representa la banda del zodiaco y el compás, significa el Sol, por su cabeza, y los rayos del Sol, por sus ramas.
 
28º.—La escuadra, representa la porción de la circunferencia terrestre, que se encuentra alumbrada por el Sol cuando este astro llega al cenit.
 
29º.—La edad del aprendiz es de tres años, emblema de los tres elementos de la generación: el agente, el paciente, y el producto.
 
30º.—La edad del compañero es de cinco años, emblema de la vida activa en los cinco sentidos vitales del hombre.
 
31º.—La edad del maestro es de siete años, emblema de la vida perfecta, simbolizada por los siete planetas.
 
32º.—Cualquier otro grado masónico es, o invención de los enemigos de la masonería para desacreditarla, o maniobra culpable de charlatanes indignos.
 
El grado de Rosa-Cruz, fue compuesto por los jesuitas, y el Kadosch, templario, debe su existencia a los intereses políticos, diametralmente opuestos a los intereses de masonería.
 
Según el Supremo Consejo de Francia:
 
El grado de aprendiz.
 
—El aprendiz no es aceptado en la masonería sino como un hombre de buena voluntad. En la masonería práctica de la Edad Media era el servidor de los maestros. Veía y aprendía. Silencioso en el taller del trabajo, continuaba la obra del maestro, llevaba los materiales, se sometía y obedecía. Dócil a la voz de superiores, esclavo de un juramento, ignoraba los secretos del arte y de la sabiduría, esperaba la recompensa del celo que demostraba. Consideraba como un derecho, el de escoger el jefe de su taller, entre la lista de los maestros más dignos; lista formada por los maestros mismos.
 
Era, pues, el aprendiz una prueba de docilidad y de sumisión. Cuando la institución masónica se convirtió en una corporación regular, el aprendiz tuvo que franquear el riesgo de las pruebas físicas. La masonería ha conservado algunas de estas pruebas como un medio tradicional de herir la imaginación de los adeptos, dejándoles entrever que, el camino de la sabiduría, está lleno de asperezas, y que la ciencia es un árbol a cuya cima no se llega sino después de haber vencido las pasiones.
 
Grado de compañero.
 
— Los compañeros dan a los maestros buen testimonio del celo de los aprendices. Los maestros llaman entonces a los aprendices diligentes, al compañerismo, al estudio de las artes liberales. Les inician en todos los elementos de la ciencia, y en el empleo de todos los útiles, tanto bajo el punto de vista material e intelectual, como bajo el punto de vista alegórico.
 
Sin embargo, cualesquiera que sean los conocimientos que hayan adquirido, el compañero está todavía lejos de haber acabado su trabajo; los materiales destinados a la construcción de este templo, de que es a un mismo tiempo la piedra y el obrero, no están suficientemente pulimentados. Está en el camino, pero no percibe el objeto, que no podrá alcanzar sino después de constantes esfuerzos.
 
Grado de Maestro.
 
— La alegoría contenida en el maestrazgo, es sublime.
 
"Un paso más, y el obrero se apartaría de la materia, para elevarse al mundo de las inteligencias. La forma tumular del templo, su aspecto, las imágenes del duelo que encierra, todo da a este grado el carácter de una ceremonia fúnebre, ¡han pretendido con esto, nuestros padres, enseñarnos que la ciencia es dolorosa, y recordarnos este terrible aforismo:

Summum sapientiae, doloris summum?
 
En medio de un silencio profundo, la voz del maestro se alza para contar la poética leyenda de la muerte de Hiram. Alegoría sencilla y conmovedora, en la que el principio del bien, combatido y derribado de pronto por el orgullo, sobrevive y sale del sepulcro para perpetuarse en las edades.
 
Todas las creencias han consagrado el culto de los sepulcros. Los masones van más lejos, os hacen bajar a él; y allí, mientras os despojáis del hombre viejo, os instruyen por la relación de la vida del maestro. El compañero ha caído en las pasiones de la humanidad. Debe levantarse purificado e instruido; y a fin de que comprenda que el dogma no basta sin las obras, ve a los maestros marcharse en su derredor, en busca de la luz".


 

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