martes, 18 de diciembre de 2018

SIMBOLISMO DEL TRABAJO PARA EL MASÓN


Una de las características más bellas de la Institución masónica es que no sólo enseña la necesidad del trabajo, sino que también ensalza su nobleza. Entre los primitivos instrumentos cuyo uso se enseña primero al aprendiz masón se encuentra la Plancha de Trazar.

La plancha de trazar es el símbolo de la Ley Divina, cuyo decreto (“Ganarás el pan con el sudor de tu frente”, Génesis III, 19. Bush interpreta esta frase diciendo que “el destino humano es realizar fatigosos trabajos”.) ordenó que fuera obligatorio el trabajo para todos los humanos; por lo tanto, se deduce de este símbolo que el objeto fundamental de toda la humanidad es trabajar bien y sinceramente, laborar de un modo honrado y persistente.



Nuestro deber más elevado, que debiera ser también nuestra mayor felicidad, es realizar bien nuestra tarea. Así, pues, todos los hombres deben tener sus planchas de trazar; porque los principios que nos guían para cumplir nuestro deber, los esquemas que proyectamos, los planes que hacemos, no son más que las planchas de trazar a cuyos dibujos nos sometemos para realizar bien o mal nuestra labor en la vida.

La tierra trabaja cada primavera, dibujando en la plancha de trazar de su prolífico seno germinadas semillas, tiernas plantas y acabados árboles.

El viejo océano trabaja eternamente, inquieto y murmurador, describiendo sobre su plancha de trazar tormentas y tempestades, que purifican la estancada naturaleza.

Y hasta el mismo Dios, el Gran Arquitecto, el Maestro Constructor del universo, ha laborado desde la eternidad; y trabajando con su omnipotente voluntad, inscribe sus planes en el espacio ilimitado, porque el universo es plancha de trazar.

Los monjes antiguos decían una sentencia digna de ser meditada, y enseñaban que “laborare est orare” trabajar es rezar. Claro que no practicaron siempre este sabio precepto, porque jamás constituyó el trabajo una parte de su religión.

Y cual Onofre que vivió en el desierto durante setenta años sin que acariciara su oído ninguna voz humana, ni ninguna simpatía su alma, porque no había aprendido que el hombre se hizo para el hombre, aquellos antiguos ascetas internábanse en los desiertos, construían celdas y se ocupaban en meditaciones solitarias e inútiles pensamientos. Oraban mucho, pero no trabajaban nada.

Y así pasaban la vida, sin compadecer, ayudar, ni consolar a los demás hombres, sin añadir un ápice al tesoro del humano conocimiento y, cuando terminaba su egoísta peregrinación, dejaban el mundo sin haber contribuido para nada a su bienestar espiritual ni corporal (Aristóteles dice que quien no vive en sociedad con los demás o no la necesita debido a su propia suficiencia, no forma parte de la comunidad y es un animal salvaje o un dios").



Viendo los hombres la inutilidad de esas vidas ascéticas, huyen de seguir su ejemplo, y revienen a la sabia enseñanza de que quien mejor hace la voluntad de Dios es quien mejor realiza su obra. La gente sabe ya que no se sirve al cielo con pereza, y que, aunque el "dolce farniente" sea el ideal de los lazzaroni italianos, no debe serlo del cristiano. De modo que quien quiera cumplir su deber debe tener por lema el siguiente dístico:

Trabaja con esta mano, y con la otra reza, que Dios bendecirá a las dos todos los días.

Pues bien, la doctrina de que el trabajo es un acto de devoción ha sido desde tiempo inmemorial el dogma principal de la Orden francmasónica. No existe otra institución humana que haya hecho resaltar este gran fundamento de manera tan vigorosa. Continuamente oímos decir que la Francmasonería es una asociación que inculca moralidad, alienta los sentimientos sociales y enseña el amor fraternal, y todo esto está bien, por ser cierto; pero,  jamás debe olvidarse que, desde la piedra fundamental hasta el pináculo de su enorme templo, se halla inscrita con símbolos de luz viviente la gran verdad de que el trabajo es una oración.

Se ha creído que, puesto que hablamos de la Francmasonería como sistema especulativo, no tiene nada que ver con el práctico; pero esto es erróneo. La Francmasonería es una ciencia especulativa; pero se basa en un arte operativo, y todos sus símbolos y alegorías se refieren a esta relación. Hasta su lenguaje ha sido tomado del arte de la construcción y no deja de ser cosa singularmente sugestiva que se designe con el nombre de trabajo la iniciación de los candidatos en sus misterios.

Repetimos que esta expresión es singularmente sugestiva, porque cuando en la Logia se leen solicitudes e informes, o se debaten asuntos financieros, decimos que está ocupada en resolver asuntos: pero cuando realiza las ceremonias iniciáticas de cualesquiera de los grados, dícese que está trabajando. La iniciación es la labor masónica.

Esta fraseología nos sugiere en seguida la íntima relación existente entre nuestro sistema especulativo y el arte operativo que le precedió y sobre el cual se basara.

Sus características, forma y organización se tomaron del arte operativo.

Si nuestro sistema especulativo se hubiera fundado únicamente sobre principios éticos y filosóficos, si hubiera nacido de alguna secta filosófica, ya fuera de la estoica epicúrea o platónica del mundo pagano o de las distintas escolásticas de la Edad Media, su origen hubiera afectado a su organización interna tanto como a la externa, y, entonces, nuestras reuniones masónicas hubieran parecido academias o escuelas.

Su lenguaje técnico -pues debería tenerlo como todas las instituciones situadas al margen de las ocupaciones vulgares y corrientes de la humanidad- habría adoptado la fraseología característica de la secta filosófica de que procediera. Habrían en ella sofistas y filósofos, gramáticos y humanistas, estudiantes, maestros y doctores. Tendría sus escuelas de trivium y quadrivium; y su ocupación sería investigar, experimentar o estudiar. En una palabra, sus características habrían tomado el color de la casta de gramáticos, retóricos o matemáticos de que se derivara.

Pero la organización de la Francmasonería tiene un aspecto completamente diferente. Sus grados no significan un avance en las conquistas filosóficas, sino el progreso en ocupaciones puramente mecánicas. Su grado más elevado es el de Maestro de la Obra. El lugar donde se reúnen sus miembros no es una escuela, sino una logia, sitio donde se alojaban los trabajadores antiguamente, en las cercanías del edificio que estaban construyendo. Ella no forma teorías: construye templos. Desconoce las reglas de los dialécticos, el Silogismo, el dilema, el entimema y el sorites; pero se vale de los utensilios del arte operativo en sus métodos de enseñanza, inculca con la plomada la rectitud de conducta, y dibuja lecciones de moral con la escuadra del operario.

La Francmasonería no ve en el Dios Supremo a quien rinde culto, un "numen divinum", un poder divino, ni un "moderator rerum omnium", el moderador de todas las cosas; sino el Gran Arquitecto del Universo. La idea masónica de Dios, consiste en que Él es el Gran Constructor de este globo terrestre y de los incontables universos que lo rodean. Él no es el ens entiuni, o to theion y otros muchos títulos más que le han aplicado los pensadores antiguos y modernos, sino sencillamente el Arquitecto -como dicen los griegos, el jefe de los Trabajadores- bajo quien trabajamos todos. Por eso nuestra oración consiste en trabajar.

La idea del trabajo masónico va íntimamente ligada a la historia de la organización de esta institución. Cuando decimos que "una logia está trabajando" reconocemos que verifica la práctica legítima para que se concibió. Los francmasones que se encuentran en la Logia, no se ocupan en pensar, especular o razonar, sino sencilla y enfáticamente en trabajar. El deber de todo francmasón es trabajar en su Logia. Con ello realiza el objeto de la Orden y cumple su deber con el Gran Arquitecto.

Habiendo demostrado la importancia del trabajo masónico, queda por ver cuál es su naturaleza. ¿Qué trabajo debe realizar el francmasón?

Nuestros antiguos hermanos se dedicaban a construir templos. Dejemos a un lado ese sistema de moral y de filosofía religiosa, esa búsqueda de la verdad, esas doctrinas de la unidad de Dios y la inmortalidad del alma, que distinguen a la Masonería y a los Misterios antiguos, cuyas dos instituciones proceden de un mismo origen.

Quizás del primitivo sacerdocio del mundo, y concentremos la atención en el período en que, bajo la supuesta Gran Maestría del Rey Salomón, asumió la Francmasonería un nombre y una habitación local en la santa ciudad de Jerusalén. En ella se ocupaban los industriosos tirios y los laboriosos judíos en construir un templo que habría de ser la maravilla y asombro del mundo por el esplendor y magnificencia de su ornato.

Obsérvese aquí que dos naciones concentraron su atención, con sorprendente armonía, en la tarea de edificar el templo. Los operarios de Tiro, salidos del seno de la sociedad mística de los artífices dionisíacos, cuya única ocupación consistía en erigir edificios sagrados en toda Asia Menor, enseñaron a los judíos parte de sus conocimientos arquitectónicos, y les dieron a conocer los sagrados misterios que practicaban en Tiro, de los cuales dícese que se deriva la actual forma interna de la Francmasonería.

Ahora bien, si alguien fuera tan incrédulo que no aceptase la tradición universal y masónica existente sobre este tema y negase toda relación del Rey Salomón con el origen de la Francmasonería, excepto en sentido mítico y simbólico, su incredulidad no afectaría para riada a la cadena de argumentos que vamos a emplear. Porque no puede negarse que las corporaciones de constructores existentes en la Edad Media, cuyos miembros recibían el nombre de "Francmasones viajeros", fueran substanciales y corpóreas, ni menos aún que las catedrales, abadías y palacios, cuyas ruinas causan la admiración de quienes las contemplan, sean un testimonio fehaciente de que la existencia de estos francmasones no es un mito y que sus obras no son apócrifas.

Estos Francmasones viajeros, creían que Salomón era el fundador de su Orden, sea por haber interpretado en forma errónea la historia, o por reverenciar supersticiosamente la tradición. De manera que los primeros datos absolutamente históricos existentes sobre la institución masónica, tienen que ver con la idea del templo.

Esta es la idea que nosotros sostenemos, porque con ella se demuestra que los primeros francmasones de que tenemos conocimiento auténtico suponían que la edificación del templo era especialidad peculiar a su Oficio, y que su trabajo consistía antiguamente en construir templos, catedrales e iglesias, dándonos lo mismo que florecieran mil años antes que mil después de Cristo.

De modo que volvemos al mismo tema con que comenzamos, es decir, que la ocupación original de nuestros antiguos hermanos era construir templos, y, además, que, después de un gran lapso de siglos, se encuentra en la Edad Media una corporación humana cuyos miembros eran reconocidos universalmente como francmasones, quienes concentraban su atención e industria en los mismos fines, construyendo catedrales, abadías y otros sagrados edificios, siendo los substitutos cristianos de los judíos del templo.

Por tanto, aceptando que éste es el origen y el objeto histórico de la Orden, se ha de admitir también que sus miembros han sido siempre trabajadores, cuyo trabajo consiste en edificar templos.

Pero nuestros antiguos hermanos trabajaban en la Francmasonería especulativa y en la operativa, mientras que nosotros sólo lo hacemos en la primera. Ellos laboraban con las manos; nosotros, con el cerebro; ellos se ocupaban de cosas materiales; nosotros, de las espirituales; ellos empleaban madera y piedras; nosotros, pensamientos, sentimientos y efectos. Ambos nos dedicamos a trabajar, si bien diferimos en cuanto al objeto y forma de hacerlo.

Los rituales franceses nos proporcionan la clave explicativa de la labor masónica, cuando dicen que "los francmasones erigen templos para la virtud y calabozos para el vicio".

Los francmasones modernos construyen, cual los de antaño, un templo, con la diferencia de que el de éstos era material y el de aquellos, espiritual. Cuando el arte operativo constituía la característica predominante de la Orden, los francmasones se ocupaban en construir templos materiales para la tierra; pero cuando cesó el arte operativo, siendo substituido por la ciencia especulativa, entonces los francmasones simbolizaron el trabajo de sus predecesores, dedicándose a construir un templo espiritual en sus corazones, templo tan puro que pudiera llegar a ser la morada de Quien es todo pureza. Tenía que ser una casa "no hecha con las manos cuyas piedras simbólicas fueron corazones purificados.

La representación simbólica del hombre como templo, casa o sagrado edificio en donde mora Dios, no es nueva, ni peculiar de la ciencia masónica. Los judíos y los cristianos la emplean. Según los Talmudistas la triple repetición de las palabras "Templo de Jehová", que se hace en el capítulo séptimo, versículo cuarto del libro de Jeremías, alude a la existencia de tres templos. Y, uno de sus tratados, dice: "Dos templos se han destruido; pero el tercero durará toda la eternidad", con lo cual quieren dar a entender que se refieren al templo inmortal del hombre.

Cristo declara en una alusión, tergiversada de propósito por los judíos: “Destruíd este templo y lo reconstruiré en tres días." El discípulo que tomó estas palabras no nos deja lugar a duda sobre el verdadero significado de las palabras del Salvador, pues a continuación escribe:

"Entonces dijeron los judíos: En cuarenta y seis años fue este templo edificado, ¿y tú en tres días lo levantarás?"

"Mas él hablaba del templo de su cuerpo".

El apóstol Pablo emplea esta metáfora con alguna frecuencia. Así, por ejemplo, dice a los Corintios que ellos son "templo de Dios" y se denomina a sí mismo “perito arquitecto” que tenía que poner el fundamento de su doctrina verdadera, sobre la cual había de erigirse el edificio. E inmediatamente después les dice:

"¿ No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?"

A consecuencia de estas enseñanzas apostólicas, la idea de que el cuerpo es un templo ha perdurado en el simbolismo teológico cristiano, si bien, a veces, se ha llegado a extremos demasiado imaginativos. Por ejemplo, Samuel Lee se explaya en la siguiente forma sobre el simbolismo del templo en su obra The Temple of Solomon, Portrayed by Scripture Light:

"El fundamento de este templo debe ser la humildad y contrición de espíritu, para que pueda morar en él dichosamente el habitante de la eternidad; el pórtico representa la boca de los santos, donde todos los Jacob erigen pilares en loor de Dios, bendiciendo su nombre, agradecidos a las mercedes que reciben; las puertas de sus labios entonan cánticos de liberación. El santo lugar es el alma regeneradora, y las ventanas, representan la divina iluminación del cielo, que previene a los santos contra la tenebrosa humareda de la cólera, la niebla del pesar, la polvareda de la gloria vana, y las ciénagas de la vida mundanal. Los candelabros de oro son los hábitos de la sabiduría divina infusos en el alma; los panes de propiciación, la palabra de gracia expuesta en las promesas de perduración de la vida y gloria cristiana; el altar de los perfumes, el ansia, la sed de Dios, los velos, la justicia de Cristo y el santo de los santos, puede relacionarse con la conciencia purificada de las obras de los muertos puestas en forma celestial."

Y así continúa simbolizando cada parte y utensilio del templo por una emoción o afecto humano, con un lenguaje tan tedioso que nos resistimos a citarlo.

Con igual vena, el célebre autor del Pilgrim's Progress, Juan Bunyan, refiere en su Temple of Solomon Spiritualized, cada parte del edificio a un significado simbólico, si bien toma por objeto de su simbolismo a la iglesia, o congregación humana, y no al hombre individual.

Parece ser que los herméticos de la Edad Media dieron la misma interpretación al templo, cuya idea adopta Swedenborg en sus obras místicas.

Hitchcock, autor que ha escrito una admirable obra tratando de Swedenborg considerado como filósofo hermético, alude a este tema en la siguiente forma:

"Para la mayoría de los lectores el tabernáculo de Moisés y el templo de Salomón no serán sino simples edificios construidos para rendir culto a Dios. Sin embargo, a a1gunos les extraña que ciertos detalles que se dan en la historia de su construcción admitan una interpretación moral; y, mientras admiten que el edificio era un objeto visible, se deleitan buscando datos en la historia del templo para apoyar la idea de que Moisés y Salomón eran doctos en el conocimiento de Dios v del hombre. Y desde este punto de vista no es difícil pasar a la significación moral, y afirmar que el edificio que se erigió "sin ruido de martillo, ni de hacha, ni de cualquier instrumento de hierro" era un edificio moral, una casa de Dios, no hecha con las manos: en una palabra, muchos ven en la historia del templo de Salomón, la representación simbólica del HOMBRE como templo de Dios, con su santo de los santos, profundamente cimentado en el centro del corazón humano".

Los francmasones franceses no se han olvidado tampoco de este simbolismo, como claramente se ve por la frase "los francmasones erigen templos a la virtud, y calabozos para el vicio" y por las obras de sus más célebres escritores.

Ragón, el francés que con mayor erudición historia la Francmasonería, dice, en una conferencia sobre los Aprendices, que los fundadores de nuestra Orden “se llamaban a sí mismos francmasones y proclamaban que estaban construyendo un templo a la verdad y a la virtud".

Y, más adelante, se dirige al candidato que ha recibido el grado de Maestro Masón con estas palabras:

"Que todo cuanto se os ha revelado os sea de provecho. Perfeccionad vuestra alma y vuestro corazón. Encaminad vuestras pasiones al bien general; combatid vuestros prejuicios; vigilad vuestros pensamientos y actos; amad, instruid y ayudad a vuestros hermanos; porque, haciéndolo, habréis perfeccionado el templo, del que sois, al mismo tiempo, arquitecto, material y operario".

Rebold, otro historiador francés de gran erudición dice que "si la Francmasonería ha dejado de erigir templos y de elevar el corazón a Dios y las esperanzas al cielo con ayuda de sus planos arquitectónicos, no ha desistido, sin embargo, de levantar un edificio moral e intelectual"; y cree que el éxito de la institución ha justificado este cambio de objeto y la separación del carácter operativo del especulativo de la Orden.

Eliphas Levi, autor que ha escrito abstrusa y místicamente sobre la Francmasonería y sus ciencias colaterales, ve en esta institución un objeto alegórico y otro real, siendo el primero la reconstrucción del templo de Salomón y el segundo, el mejoramiento de la raza humana por medio de la reconstrucción de sus elementos sociales y religiosos.

Los francmasones alemanes han estudiado esta idea hasta agotarla, cualidad característica del alma germana. La literatura masónica de este país abunda en ensayos, conferencias, tratados, cuyo tópico principal es la construcción del templo salomónico, relacionándolo con la edificación de un templo moral.

El Hno. Rhode, de Berlín, escribe lo siguiente: "Tan pronto como alguien entra en nuestra Orden, le decimos que estamos construyendo un templo místico", y añade que: "El templo que construimos los francmasones no es otro que el que ha de llevar a la humanidad a la mayor felicidad posible".

Otro autor alemán, Von Wedekínd, dice que "nosotros sólo trabajamos en nuestro templo cuando hacemos del hombre nuestro objeto fundamental, cuando unimos a la bondad de corazón las corteses costumbres, a la verdad la belleza, y a la virtud la gracia".

Y Reinhold nos dice a su vez, dejándose llevar de su imaginación teutónica que "el templo místico de Salomón es para nosotros el elevado ideal o arquetipo de la humanidad llevada al límite de perfección social; donde se vencen todas las propensiones al mal, se resuelven todas las pasiones en el espíritu del amor, y donde todos se esfuerzan en trabajar para los demás”.

De modo que los francmasones alemanes llaman trabajar en el templo a la labor milenaria que se ha de realizar en él.

Aunque los francmasones ingleses no han tratado del simbolismo de la Orden tan obscuro abstrusamente como sus hermanos de Francia y Alemania, no han sido insensibles a la idea de que la construcción del templo salomónico representa el cultivo del carácter humano.



Hutchinson, que fue uno de los que primero trataron en Inglaterra del simbolismo, tiene un concepto bastante competente, para la época en que vivió, del significado simbólico del templo. Los autores posteriores han mejorado sus crudos puntos de vista.

Sin embargo, debemos reconocer que ni Hutchinson ni Oliver, ni ninguno de los distinguidos autores masónicos de Inglaterra, han tratado del simbolismo de un templo moral con tanto fervor como los franceses y alemanes. No obstante, aunque sólo se hacen a él alusiones casuales e incidentales, se acepta la teoría simbólica.

Por ejemplo, cuando el Dr. Oliver trata de la relación entre el templo y la Logia, alude lacónicamente a este símbolo importante diciendo que: "Así como nuestros antiguos hermanos erigieron un templo material sin usar el hacha, el martillo, ni ningún instrumento de metal, nosotros edificamos igualmente nuestro templo moral".

Nuestro propio país ha producido muchos estudiantes del simbolismo mas6nico que han comprendido enteramente este noble pensamiento y han tratado sobre él con elocuencia y erudición.

Hace ya muchos años Salem Towne escribía lo siguiente:

"La Francmasonería especulativa, según la acepción actual, va íntimamente ligada a esa construcción espiritual que erige la virtud en el corazón. Esto exige que se sitúen sus sublimes principios de tal forma en el alma que parezcan un templo inmortal digno de Dios".

Carlos Scott ha dedicado una de las conferencias de su Analogy of Ancient Craft Masonry to Natural and Revealed Religion a estudiar a fondo este tema. Su lenguaje es demasiado ampuloso para que podamos citarlo, pero él interpretó debidamente el símbolo.

El Hno. Juan A. Lodor ha tratado de este tópico en un ensayo, que es lástima que no esté más difundido. Bastará citar unos párrafos de él, para percatarse del espíritu de su obra y de cómo sostiene la idea de este simbolismo: "Ya podemos desfigurarlo cuanto queramos", dice el hermano Lodor, "y evadir su escudriñamiento; pero nuestro carácter, tal como es, con sus faltas y defectos, sus debilidades y flaquezas sus vicios y máculas, junto con lo mejor que en él existe, es nuestro templo especulativo”.

Y continúa extendiéndose sobre la idea simbólica:

"Debería guardarse como el templo ejemplar del Monte Moria, como si fuera un santuario, vigilándolo con igual interés. Debería ser nuestra perla valiosa, rodeada de muros y cercas, como lo estaba el templo de Jerusalén, desterrando de su recinto y hasta de sus patios exteriores a los impuros, los viciosos, los delincuentes y los profanos. En cada puerta debería colocarse un centinela fiel, y, en cada muro, un vigilante, para cortar el paso a los curiosos y a los profanos."

Tan vulgarizadas están estas enseñanzas, que todo francmasón americano que haya estudiado el simbolismo de su Orden cree, con Carlyle, que "en el mundo no hay más que un solo templo: el del corazón del hombre".

De este estudio del significado y objeto del trabajo, como símbolo masónico, sacarnos las siguientes conclusiones:

1. Que nuestros hermanos de la antigüedad, se dedicaron, mientras predominó en la institución el arte operativo, a construir templos materiales, de los cuales el más célebre es el de Salomón.

2. Que los francmasones modernos, dejaron de trabajar en la construcción de templos materiales cuando la ciencia especulativa substituyó al arte operativo; pero conservaron el pensamiento sagrado, la idea reverente de un templo santo dedicado al Señor, y empezaron a laborar en templos vivientes, y a hacer del hombre la verdadera casa del Señor, el tabernáculo para el Espíritu Santo

3. El trabajo de todo francmasón que comprende debidamente su arte estriba en construir un templo viviente.

"Trabajo", dice Gadicke, el masón lexicógrafo, es una palabra importantísima en Francmasonería, quizás la más importante, porque únicamente trabajando es como el hombre se convierte en francmasón. Todos los demás objetos son secundarios. La obra que realizan todas las logias en sus reuniones es el trabajo. 1: Pero ¿esas reuniones de las logias dan pruebas de su labor?

"El trabajo que verifica el albañil es visible, y ha de tener su recompensa, aunque a la hora siguiente una tempestad lo derruya."

"Lo mismo debe ocurrir con el trabajo del Francmasón.
 
Su labor debe ser visible para él y sus hermanos, o, por lo menos, debe producirle cierta satisfacción interna.

Como nosotros no edificamos un templo salomónico visible, ni una pirámide egipcia, nuestro trabajo debe hacerse visible en obras imperecederas, de modo que, cuando dejemos de existir, se diga que estaba bien hecho. "

Recordando las palabras del apóstol de que somos templo de Dios y el Espíritu de Dios mora en nosotros, sabemos que nuestro trabajo ha de consistir en construir un templo digno de su divino morador.

Así es como comprenderemos debidamente el precepto de los antiguos monjes de que "trabajar es orar".

Como francmasones trabajamos en nuestras logias, trabajamos para convertirnos en perfectas construcciones, sin falta alguna, esperando alegremente que se termine cuando se muera nuestro tabernáculo de tierra, cuando se descubra por fin la PALABRA PERDIDA, y cuando hayamos realizado la obra de Dios en nuestros esfuerzos por ser perfectos. Pues ese es el verdadero significado de  las palabras: "TRABAJAR ES ORAR".

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