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martes, 13 de febrero de 2018

LAS PUERTAS SOLSTICIALES



Las dos puertas zodiacales, que son respectivamente la entrada y la salida de la “caverna cósmica” y que ciertas tradiciones designan como “la puerta de los hombres” y la puerta de los dioses”, deben corresponder a los dos solsticios, la primera corresponde al solsticio de verano, es decir, al signo de Cáncer, y la segunda al solsticio de invierno, es decir, al signo de Capricornio.
 
Para comprender la razón, es menester referirse a la división del ciclo anual en dos mitades, una “ascendente” y otra “descendente”: la primera es el período del curso del sol hacia el norte (uttaràyana), que va del solsticio de invierno al de verano; la segunda es la del curso del sol hacia el sur (dakshinàyana), que va del solsticio de verano al de invierno[2].
 
En la tradición hindú, la fase “ascendente” está puesta en relación con el deva-yâna [‘vía de los dioses’], y la fase descendente con el pitr-yâna [‘vía de los padres (o antepasados)’][3], lo que coincide exactamente con las designaciones de las dos puertas que acabamos de recordar: la “puerta de los hombres” es la que da acceso al pitr-yâna, y la “puerta de los dioses” es la que da acceso al deva-yâna; deben, pues, situarse respectivamente en el inicio de las dos fases correspondientes, o sea la primera en el solsticio de verano y la segunda en el solsticio de invierno. Solo que, en este caso, no se trata propiamente de una entrada y una salida, sino de dos salidas diferentes: esto se debe a que el punto de vista es otro que el referente de modo especial al papel iniciático de la caverna, bien que en perfecta conciliación con éste.
 
En efecto, la “caverna cósmica” está considerada aquí como el lugar de manifestación del ser: después de haberse manifestado en ella en cierto estado, por ejemplo en el estado humano, dicho ser, según el grado espiritual al que haya llegado, saldrá por una u otra de las dos puertas; en un caso, el del pítr-yâna, deberá volver a otro estado de manifestación, lo que estará representado, naturalmente, por una nueva entrada en la “caverna cósmica” considerada así; al contrarío, en el otro caso, el del deva-yâna, no hay ya retorno al mundo manifestado. Así, una de las dos puertas es a la vez una entrada y una salida, mientras que la otra es una salida definitiva; pero, en lo que concierne a la iniciación, esta salida definitiva es precisamente la meta final, de modo que el ser, que ha entrado por la “puerta de los hombres”, debe salir, si ha alcanzado efectivamente esa meta, por la “puerta de los dioses”[4].

Hemos explicado anteriormente que el eje solsticial del Zodíaco, relativamente vertical con respecto al eje de los equinoccios, debe considerarse como la proyección, en el ciclo solar anual, del eje polar norte-sur; según la correspondencia del simbolismo temporal con el simbolismo espacial de los puntos cardinales, el solsticio de invierno es en cierto modo el polo norte del año y el solsticio de verano su polo sur, mientras que los dos equinoccios, el de primavera y el de otoño, corresponden respectivamente, y de modo análogo, al este y al oeste[5]. Empero, en el simbolismo védico, la puerta del deva-loka [‘mundo de los dioses’] está situada al noreste, y la del pitr-loka al sudoeste; pero esto debe considerarse solo como una indicación más explícita del sentido en que se efectúa la marcha del ciclo anual.
 
En efecto, conforme a la correspondencia recién mencionada, el período “ascendente” se desarrolla de norte a este y luego de este a sur; análogamente, el período “descendente” se desarrolla de sur a oeste y luego de oeste a norte[6]; podría decirse, pues, con mayor precisión aún, que la “puerta de los dioses” está situada al norte y vuelta hacia el este, que se considera siempre como el lado de la luz y de la vida, y que la “puerta de los hombres” está situada al sur y vuelta hacia el oeste, que, análogamente, se considera como el lado de la sombra y la muerte; y así quedan exactamente determinadas las dos vías permanentes, la una clara, la otra oscura, del mundo manifestado; por la una, no hay retorno (de lo no-manifestado a lo manifestado); por la otra, se vuelve atrás (a la manifestación)[7].

Falta aún, empero, resolver una apariencia de contradicción, a saber: el norte se designa como el punto más alto (úttara), y, por lo demás, hacia este punto se dirige el curso ascendente del sol, mientras que su curso descendente, se dirige hacia el sur, que aparece así como el punto más bajo; pero, por otra parte, el solsticio de invierno, que corresponde al norte en el año y señala el inicio del movimiento ascendente, es en cierto sentido el punto más bajo, y el solsticio de verano, que corresponde al sur, donde ese movimiento ascendente concluye, es, en el mismo respecto, el punto más alto, a partir del cual comenzará en seguida el movimiento descendente, que concluirá en el solsticio de invierno. La solución de esta dificultad reside en la distinción que cabe establecer entre el orden “celeste”, al cual pertenece el curso del sol, y el orden “terrestre”, al cual pertenece, al contrario, la sucesión de las estaciones; según la ley general de la analogía, ambos órdenes deben, en su correlación misma, ser mutuamente inversos, de modo que el más alto para un orden es el más bajo para el otro, y recíprocamente; así, según la expresión hermética de la Tabla de Esmeralda, “lo que está arriba (en el orden celeste) es como lo que está abajo (en el orden terrestre)”, o también, según las palabras evangélicas, “los primeros (en el orden principial) serán los postreros (en el orden manifestado)”[8].
 
No por eso es menos cierto, por lo demás, que en lo que concierne a los “influjos” vinculados a esos puntos siempre el norte permanece “benéfico”, ya se lo considere como el punto hacia el cual se dirige el curso ascendente del sol en el cielo o, con relación al mundo terrestre, como la entrada del deva-loka; y análogamente, el sur permanece siempre “maléfico”, ya se lo considere como el punto hacia el cual se dirige el curso descendente del sol en el cielo, o, con relación al mundo terrestre, como la entrada del pitr-loka[9]. Ha de agregarse que el mundo terrestre puede considerarse aquí, por transposición, como una representación del “cosmos” en conjunto, y que entonces el cielo, según la misma transposición, representará el dominio “extracósmico”; desde este punto de vista, la consideración del “sentido inverso” deberá aplicarse al orden “espiritual”, entendido en su acepción más elevada, con respecto no solamente al orden sensible sino a la totalidad del orden cósmico[10].

Notas:
 
[1] [Publicado en É. T., mayo de 1938].

[2] Cabe notar que el Zodiaco figurado frecuentemente en el portal de las iglesias medievales está dispuesto de modo de señalar netamente esta división del ciclo anual.

[3] Véase especialmente Bhágavad-Gîtâ, VIII, 23-26; cf. L’Homme et son devenir selon le Vêdânta, cap. XXI. Una correspondencia análoga se encuentra en el ciclo mensual, pues el período de la luna creciente está también en relación con el deva-yâna, y el de la luna menguante con el pitr-yâna; puede decirse que las cuatro fases lunares corresponden, en un ciclo más restringido, a las cuatro fases solares que son las cuatro estaciones del año.

[4] La “puerta de los dioses” no puede ser una entrada sino en el caso de descenso voluntario, al mundo manifestado, sea de un ser ya “liberado”, sea de un ser que representa la expresión directa de un principio “supracósmico”. [Sobre este punto, ver Initiation et réalisation spitituelle, cap. XXXII: “Réalisation ascendante et descendante”]. Pero es evidente que esos casos excepcionales no entran en los procesos “normales” que aquí encaramos. Haremos notar solo que se puede comprender fácilmente así la razón por la cual el nacimiento del Avatâra se considera como ocurrido en la época del solsticio de invierno, época que es la de la fiesta de Navidad en la tradición cristiana.

[5] En el día, la mitad ascendente es de medianoche a mediodía, la mitad descendente de mediodía a medianoche: medianoche corresponde al invierno y al norte, mediodía al verano y al sur; la mañana corresponde a la primavera y al este (lado de la salida del sol), la tarde al otoño y al oeste (lado de la puesta del sol). Así, las fases del día, como las del mes, pero en escala aún más reducida, representan analógicamente las del año; ocurre lo mismo, de modo más general, para un cielo cualquiera, que, cualquiera fuere su extensión, se divide siempre naturalmente según la misma ley cuaternaria. De acuerdo con el simbolismo cristiano, el nacimiento del Avatâra ocurre no solamente en el solsticio de invierno, sino también a medianoche; está así, pues, en doble correspondencia con la “puerta de los dioses”. Por otra parte, según el simbolismo masónico, el trabajo iniciático se cumple “de mediodía a medianoche”, lo que no es menos exacto si se considera el trabajo como una marcha efectuada de la “puerta de los hombres” a la “puerta de los dioses”; la objeción que se podría estar tentado de hacer, en razón del carácter “descendente” de este período, se resuelve por una aplicación del “sentido inverso” de la analogía, como se verá más adelante.

[6] Esto está en relación directa con la cuestión del sentido de las “circumambulaciones” rituales en las diferentes formas tradicionales: según la modalidad “solar” del simbolismo, ese sentido es el que indicamos aquí, y la “circumambulación” se cumple teniendo constantemente a la derecha el centro en torno del cual se gira; según la modalidad “polar”, se cumple en sentido opuesto al anterior, o sea teniendo el centro siempre a la izquierda. El primer caso es el de la pradákshinâ, tal como está en uso en las tradiciones hindú y tibetana; el segundo se encuentra particularmente en la tradición islámica; quizá no carezca de interés señalar que el sentido de esas “circumambulaciones”, respectivamente de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, corresponde igualmente a la dirección de la escritura en las lenguas sagradas de dichas formas tradicionales. En la masonería, en su forma actual, el sentido de las “circumambulaciones” es solar; pero parece, al contrario, haber sido “polar” en el antiguo ritual “operativo”, según el cual el “trono de Salomón” estaba además situado a occidente y no a oriente.

[7] Bhágavad-Gitâ, VIII, 26. Puede observarse que la “claridad” y la “oscuridad”, que caracterizan respectivamente a estas dos vías, corresponden exactamente a los dos principios complementarios, yang y yin, de la tradición extremo-oriental.

[8] A este doble punto de vista corresponde, entre otras aplicaciones, el hecho de que en figuraciones geográficas o de otro orden el punto situado arriba pueda ser el norte o el sur; en China es el sur, y en el mundo occidental ocurrió lo mismo entre los romanos y durante parte del Medioevo; este uso, en realidad, según lo que acabamos de decir, es el más correcto en lo que concierne a la representación de las cosas terrestres, mientras que al contrario, cuando se trata de las cosas celestes, el norte debe normalmente situarse arriba; pero va de suyo que el predominio de uno u otro de esos dos puntos de vista, según las formas tradicionales o según las épocas, puede determinar la adopción de una disposición única para todos los casos indistintamente; y, a este respecto, el hecho de situar el norte o el sur arriba aparece generalmente vinculado sobre todo con la distinción de las dos modalidades, “polar” y “solar”, siendo el punto que se sitúa en lo alto el que se tiene orientándose según una u otra de ellas, como lo explicaremos en la nota siguiente.

[9] Señalemos, incidentalmente, otro caso en que un mismo punto conserva también una significación constante a través de ciertos cambios que constituyen aparentes inversiones: la orientación puede tomarse según una u otra de las dos modalidades, “polar” y “solar’, del simbolismo; en la primera, mirando hacia la estrella polar, o sea volviéndose hacia el norte, se tiene el este a la derecha; en la segunda, mirando el sol sobre el meridiano, o sea, volviéndose al sur, se tiene el este a la izquierda; las dos modalidades han estado en uso, particularmente, en China en épocas diferentes; así, el lado al cual se dio la preeminencia fue a veces la derecha y a veces la izquierda, pero, de hecho, fue siempre el este, o sea el “lado de la luz”. Agreguemos que existen además otros modos de orientación, por ejemplo volviéndose hacia el sol levante; a éste se refiere la designación sánscrita del sur como dákshina o ‘lado de la derecha’; y es también el que, en Occidente, fue utilizado por los constructores de la Edad Media para la orientación de las iglesias. [Sobre todas las cuestiones de orientación de que se trata en este capítulo, se remite a La Grande Triade, cap. VII].

[10] Para dar un ejemplo de esta aplicación, por lo demás en relación estrecha con aquello de que aquí se trata, si la “culminación” del sol visible ocurre a mediodía, la del “sol espiritual” podrá considerarse simbólicamente como ubicada a medianoche; por eso se dice de los iniciados en los “grandes misterios” de la Antigüedad que “contemplaban el sol a medianoche”; desde este punto de vista, la noche no representa ya la ausencia o privación de la luz, sino su estado principal de no-manifestación, lo que por lo demás corresponde estrictamente a la significación superior de las tinieblas o del color negro como símbolo de lo no-manifestado; y también en este sentido deben entenderse ciertas enseñanzas del esoterismo islámico según las cuales “la noche es mejor que el día”. Se puede notar además que, si el simbolismo “solar” tiene una relación evidente con el día, el simbolismo “polar”, en cambio, tiene cierta relación con la noche; y es también muy significativo a este respecto que el “sol de medianoche” tenga literalmente, en el orden de los fenómenos sensibles, su representación en las regiones hiperbóreas, es decir, allí mismo donde se sitúa el origen de la tradición primordial.
 
 
 


lunes, 8 de enero de 2018

SIMBOLISMO DE LAS FIESTAS SOLSTICIALES DE JANO Y LOS DOS SAN JUAN


El simbolismo de las dos puertas solsticiales, en Occidente, existía entre los griegos y más en particular entre los pitagóricos; se encuentra igualmente entre los latinos, donde está esencialmente vinculado con el simbolismo de Jano.

Jano, en el aspecto de que ahora se trata, es propiamente el ianitor [‘portero’] que abre y cierra las puertas (ianuae) del ciclo anual, con las llaves que son uno de sus principales atributos; y recordaremos a este respecto que la llave es un símbolo “axial”. Esto se refiere, naturalmente, al aspecto “temporal’ del simbolismo de Jano: sus dos rostros, según la interpretación más habitual, se consideran como representación respectiva del pasado y el porvenir; ahora bien: tal consideración del pasado y el porvenir se encuentra también, como es evidente, para un ciclo cualquiera, por ejemplo el ciclo anual, cuando se le encara desde una u otra de sus extremidades. Desde este punto de vista, por lo demás, importa agregar, para completar la noción del “triple tiempo”, que entre el pasado que ya no es y el porvenir que no es aún, el verdadero rostro de Jano, aquel que mira el presente, no es, se dice, ninguno de los dos visibles. Ese tercer rostro, en efecto, es invisible porque el presente, en la manifestación temporal, no constituye sino un inaprehensible instante; pero, cuando el ser se eleva por sobre las condiciones de esta manifestación transitoria y contingente, el presente contiene, al contrario, toda realidad.
 
El tercer rostro de Jano corresponde, en otro simbolismo, el de la tradición hindú, al ojo frontal de Shiva, invisible también, puesto que no representado por órgano corporal alguno, ojo que figura el “sentido de la eternidad”; una mirada de ese tercer ojo lo reduce todo a cenizas, es decir, destruye toda manifestación; pero, cuando la sucesión se transmuta en simultaneidad, lo temporal en intemporal, todas las cosas vuelven a encontrarse y moran en el “eterno presente”, de modo que la destrucción aparente no es en verdad sino una “transformación”.

Volvamos a lo que concierne más particularmente al ciclo anual: sus puertas, que Jano tiene por función abrir y cerrar, no son sino las puertas solsticiales a que ya nos hemos referido. No cabe duda alguna a este respecto: en efecto, Jano [Ianus] ha dado su nombre al mes de enero (ianuarius), que es el primero, aquel por el cual se abre el año cuando comienza, normalmente, en el solsticio de invierno; además, cosa aún más neta, la fiesta de Jano, en Roma, era celebrada en los dos solsticios por los Collegia Fabrorum; tendremos inmediata oportunidad de insistir sobre este punto. Como las puertas solsticiales dan acceso, según lo hemos dicho anteriormente, a las dos mitades, ascendente y descendente, del ciclo zodiacal, que en ellas tienen sus puntos de partida respectivos, Jano, a quien ya hemos visto aparecer como el “Señor del triple tiempo” (designación que se aplica también a Shiva en la tradición hindú), es también, por lo dicho, el “Señor de las dos vías”, esas dos vías, de derecha y de izquierda, que los pitagóricos representaban con la letra Y, y que son, en el fondo, idénticas al deva-yána y al pitr-yâna respectivamente.

Es fácil comprender, entonces, que las llaves de Jano son en realidad aquellas mismas que, según la tradición cristiana, abren y cierran el “Reino de los cielos” (correspondiendo en este sentido al deva-yâna la vía por la cual se alcanza aquél), y ello tanto más cuanto que, en otro respecto, esas dos llaves, una de oro y otra de plata, eran también, respectivamente, la de los “grandes misterios” y la de los “pequeños misterios”.

En efecto, Jano era el dios de la iniciación, y esta atribución es de las más importantes, no solo en sí misma sino además desde el punto de vista en que ahora nos situamos, porque existe una conexión manifiesta con lo que decíamos sobre la función propiamente iniciática de la caverna y de las otras “imágenes del mundo” equivalentes de ella, función que nos ha llevado precisamente a considerar el asunto de las puertas solsticiales.

A ese título, por lo demás, Jano presidía los Collegia Fabrorum, depositarios de las iniciaciones que, como en todas las civilizaciones tradicionales, estaban vinculadas con el ejercicio de las artesanías; y es muy notable que esto, lejos de desaparecer con la antigua civilización romana, se haya continuado sin interrupción en el propio cristianismo, y que de ello, por extraño que parezca a quienes ignoran ciertas “transmisiones”, pueden aún encontrarse vestigios en nuestros mismos días.

En el cristianismo, las fiestas solsticiales de Jano se han convertido en las de los dos San Juan, y éstas se celebran siempre en las mismas épocas, es decir en los alrededores inmediatos de los solsticios de invierno y verano; y es también muy significativo que el aspecto esotérico de la tradición cristiana haya sido considerado siempre como “johannita”, lo cual confiere a ese hecho un sentido que sobrepasa netamente, cualesquiera fueren las apariencias exteriores, el dominio simplemente religioso y exotérico.

La sucesión de los antiguos Collegia Fabrorum, por lo demás, se transmitió regularmente a las corporaciones que, a través de todo el Medioevo, mantuvieron el mismo carácter iniciático, y en especial a la de los constructores; ésta, pues, tuvo naturalmente por patronos a los dos San Juan, de donde proviene la conocida expresión de “Logia de San Juan” que se ha conservado en la masonería, pues ésta no es sino la continuación, por filiación directa, de las organizaciones a que acabamos de referirnos.

Aún en su forma especulativa moderna, la masonería ha conservado siempre también, como uno de los testimonios más explícitos de su origen, las fiestas solsticiales, consagradas a los dos San Juan después de haberlo estado a los dos rostros de Jano; y así la doctrina tradicional de las dos puertas solsticiales, con sus conexiones iniciáticas, se ha mantenido viva aún, por mucho que sea generalmente incomprendida, hasta en el mundo occidental actual.



miércoles, 20 de diciembre de 2017

EL SIGNIFICADO DE LA NAVIDAD


Una vez más estamos en vísperas de Navidad. La opinión que cada uno de nosotros se forma de esta festividad es diferente a la de todos los demás. Para el devoto religioso es una fecha santificada, consagrada y llena de misterio, pero no menos sublime porque no la comprenda. Para el ateo es una torpe superstición. Para el mero intelectual es un enigma, puesto que está fuera de la razón.

En las iglesias se enseña como, en esta noche, la más santa del año, nuestro Señor y Salvador, inmaculadamente concebido, nació de una virgen. No se da ninguna otra explicación y el asunto se deja al asentimiento o rechazo del oyente, de acuerdo con su temperamento. Si la mente y la razón dominan en él, con exclusión de la fe, si nada puede creer de aquello que no puede ser demostrado a sus sentidos en un instante determinado, se ve forzado a rechazar el relato como absurdo y fuera de consonancia con las diferentes inmutables leyes de la Naturaleza.

Se han dado diversas explicaciones para satisfacer la imaginación, especialmente de naturaleza astronómica. Se ha demostrado por ellas cómo, en la noche del 24 al 25 de diciembre, el Sol comienza su ruta del Sur al Norte. Él es la “Luz del Mundo”. El frío y el hambre exterminarían inevitablemente a la raza humana si el Sol permaneciese constantemente en el Sur. No es de extrañar, pues, que sea una causa de alegría cuando comienza su jornada hacia el Norte.

Se le aclama entonces como el “salvador”, pues viene para “salvar al mundo”,  para darle el “pan de la vida”, toda vez que él hace madurar el grano y la uva. De este modo “da su vida sobre la cruz (al cruzar el ecuador) en el equinoccio de primavera”, comenzando entonces su ascensión al cielo boreal. En la noche en que principia su viaje al Norte el signo zodiacal Virgo, la virgen celestial, la “Reina de los Cielos”, está en el horizonte oriental a medianoche, y es, por consiguiente, astrológicamente hablando, su “signo saliente”. Así, pues, “nace de una virgen”, sin otro intermediario y, por lo tanto, “inmaculadamente concebido”.

Esta explicación puede satisfacer la mente acerca del origen de la supuesta superstición, pero la voz “achacosa” que se encierra en el corazón de todo escéptico, se dé o no se dé cuenta él de este hecho, permanecerá allá dentro hasta obtener la iluminación espiritual que le proporcionará una explicación que sea aceptable por su corazón y por su mente.
 
Arrojar esta luz sobre este sublime misterio será el objetivo que nos guiará a continuación.

 Vamos a esforzarnos en demostrar de qué manera las fuerzas materiales y espirituales fluyen y refluyen alternativamente en el transcurso del año y por qué Navidad es ciertamente “un día santo”.

Demos como válida la interpretación astronómica bajo su punto de vista, así como lo que sigue lo consideraremos también como verdad al contemplar el misterio del nacimiento desde otro ángulo. El Sol nace, año tras año, en la noche más oscura. Los Cristos Salvadores del mundo nacen igualmente cuando la oscuridad espiritual del género humano es más profunda.
 
Un tercer aspecto existe, y de suprema importancia, es decir, que no es una suposición gratuita de Pablo cuando dice aquello de “Cristo formado en vosotros”. Es un hecho sublime que todos somos Cristos en formación y cuanto más pronto nos convenzamos de que podemos cultivar a Cristo en nuestro interior antes que de podamos percibirle externamente, tanto más apresuraremos el día de nuestra iluminación espiritual. A este respecto citaremos nuevamente nuestro aforismo favorito de Ángel Silesius, cuya sublime percepción espiritual le hizo decir:

“Aunque Cristo nazca en Belén mil veces,
y no dentro de ti, tu alma se verá desamparada.

Es en vano que mires a la Cruz del Gólgota,
si en tu propio interior no se levanta”.


En el Solsticio de Verano, en junio, la Tierra está en su mayor apartamiento del Sol, pero los rayos solares la hieren casi en ángulos rectos con relación a sus ejes, en el hemisferio boreal, de donde se deriva el alto grado de actividad física resultante; entonces las radiaciones espirituales del Sol son oblicuas para esta parte de la Tierra y son tan débiles como los rayos físicos cuando son oblicuos.

En el Solsticio de Invierno, por otra parte, es cuando la Tierra está más próxima al Sol. Los rayos espirituales llegan entonces a la superficie de la Tierra en ángulos rectos, en el hemisferio nórdico, estimulando la espiritualidad, mientras que las actividades físicas permanecen adormecidas a causa del ángulo oblicuo que forman los rayos solares al batir sobre la Tierra. Debido a este principio, las actividades físicas están en su reflujo mayor y las fuerzas espirituales en su flujo superior en la noche del 24 al 25 de diciembre, por lo que ésta es “la noche más santa del año”.
 
Por otra parte el verano es el tiempo del esparcimiento de los duendes y trasgos y demás entidades semejantes a quienes están encomendado el desarrollo material de nuestro planeta, como lo ha demostrado Shakespeare en su “Sueño de una noche de verano”.

Si nadamos a favor de la corriente, cuanto más fuerte sea ésta cubriremos una mayor distancia con menos esfuerzos de que cualquier otra manera. Es, por lo tanto, de capital importancia para el estudiante esotérico saber y comprender lo que tienen de particularmente favorables las condiciones que prevalecen por la Pascua de Navidad.
 
Sigamos la exhortación de Pablo, en su capítulo II a los hebreos, y arrojemos lejos de nosotros la carga inútil como hacen los que quieren emprender una carrera.

Hay que machacar mientras está caliente el hierro; y por lo tanto, dediquemos especialmente todas nuestras energías en estos días al progreso espiritual para que podamos recoger una gran recompensa como no la recogeríamos en ninguna otra época del año.

Tengamos igualmente presente que el propio avance no ha de ser nuestro objetivo primordial. Somos discípulos de Cristo y si aspiramos a que se nos distinga, recordemos que Él dijo:
 
Dejad que el que sea más grande entre vosotros, sea el sirviente de todos”.
 
Existe mucho dolor y mucho sufrimiento a nuestro alrededor; incontables son los corazones que sufren calladamente muy cerca de nosotros; busquémoslos uno a uno de la manera oportuna, pues en ningún momento del año serán más eficaces nuestras insinuaciones que en tales días. Esforcémonos en llevarles un destello del Sol a sus vidas y de este modo recogeremos sus bendiciones y las de nuestros Hermanos Mayores. Las vibraciones que resulten de ello, propulsarán nuestro desarrollo espiritual de una manera difícil de conseguir por otros procedimientos.



NAVIDAD - EL CRISTO RECIÉN NACIDO

 
Se ha dicho a menudo en nuestra literatura que el sacrificio de Cristo no fue un suceso que empezó en el Gólgota y que fue realizado en unas cuantas horas y de una vez para siempre, sino que los nacimientos y muertes místicos del Redentor son ocurrencias cósmicas continuas. Podemos, pues, convenir que este sacrificio es necesario para nuestra evolución física y espiritual durante la actual fase de nuestro desarrollo.
 
Como quiera que el nacimiento del Niño Cristo se está acercando, nos ofrece otra vez un tema siempre nuevo y siempre oportuno de meditación, por el cual podamos aprovecharnos ponderándolo con ánimo de devoción y de oración, para que pueda crear en nuestros corazones una nueva luz que nos guíe sobre el sendero de la regeneración.

El apóstol nos dio una definición maravillosa de la Deidad cuando dijo que “Dios es luz” y, por lo tanto, la Luz ha venido siendo empleada para ilustrar la naturaleza de la divinidad, especialmente del misterio de la Trinidad en la Unidad.
 
Se enseña claramente en las Sagradas Escrituras de todos los tiempos que Dios es uno e indivisible. Al mismo tiempo vemos que como la luz blanca que es una, está refractada en los tres colores primarios, rojo, amarillo y azul, así Dios aparece en un aspecto triple durante la manifestación, por el ejercicio de las tres divinas funciones de Creación, Preservación y Disolución.

Cuando Dios ejerce el atributo de la Creación, Dios se nos aparece como Jehová, el Espíritu Santo; entonces es el Señor de la ley y de la generación y proyecta la fecundidad solar indirectamente a través de los satélites lunares de todos los planetas, donde es necesario el facilitar cuerpos para los seres evolucionantes en ellos.

Cuando Dios ejerce el atributo de la Preservación, con el propósito de sustentar los cuerpos generados por Jehová bajo las leyes de la naturaleza, Dios se nos aparece como el Redentor, Cristo, e irradia los principios de Amor y de generación directamente sobre cualquier planeta donde las criaturas de Jehová requieren esta ayuda para desenmarañarse de las mallas de la mortalidad y del egoísmo, con objeto de alcanzar el altruismo y una vida sin fin.

Cuando Dios ejerce la actitud divina de la Disolución, se nos aparece como el Padre que nos llama hacia nuestro hogar celestial para asimilar los frutos de la experiencia y del desarrollo del alma almacenados por nosotros durante el día de manifestación. Este Solvente Universal, el rayo del Padre, emana entonces desde el Sol Espiritual invisible.

Estos procesos divinos de creación y nacimiento, de preservación y de vida y de disolución, de muerte y de retorno hacia el autor de nuestro ser, nosotros podemos verlo por todas partes a nuestro alrededor y podemos reconocer el hecho de que todo ello son actividades del Dios Triuno en manifestación. ¿Pero hemos comprendido alguna vez que en el mundo espiritual no hay acontecimientos definidos ni condiciones estáticas, sino que el principio y el fin de todas las aventuras y de todas las edades están presentes en un eterno ahora?

Desde el regazo del Padre hay una eterna irradiación de las semillas de las cosas y de los acontecimientos que penetran en el plano del “tiempo” y del “espacio”.

Aquí se cristaliza gradualmente y se hace inerte, necesitándose la disolución para que pueda haber espacio para otras cosas y otros acontecimientos.

No existe escapatoria para esta ley cósmica, y se aplica a todas las cosas en el reino del “tiempo” y del “espacio”; el rayo de Cristo inclusive. Así como el lago se vacía en el océano por la evaporación y se vuelve a llenar cuando el agua que lo ha abandonado se condensa volviendo a él en forma de lluvia, para fluir otra vez incesantemente hacia el mar, así el Espíritu del Amor nace eternamente del Padre, días tras días, horas tras horas, fluyendo eternamente en el Universo Solar para redimirnos del mundo de la materia que nos aherroja con su cepo mortal. Ola sobre ola es impelido externamente desde el Sol hacia todos los planetas, dando un anhelo rítmico a las criaturas que en ellos evolucionan.

Y de este modo, esto es, en el sentido más exacto y literal de la palabra, un Cristo recién nacido que nosotros aclamamos al acercarse la fiesta de Nochebuena, y, por lo tanto, Navidad es el acontecimiento más vital del año para toda la humanidad, tanto si nosotros lo comprendemos y concebimos, como si no.

Esta fiesta no es meramente una conmemoración del nacimiento de nuestro amantísimo Hermano Mayor, Jesús, sino que es el advenimiento del rejuvenecimiento del Amor y Vida de nuestro Padre Celestial enviado por Él para redimir al mundo del helado invierno. Sin esta nueva infusión de la Vida y energía divinas nosotros pronto pereceríamos físicamente y se frustraría nuestro progreso sucesivo, por lo menos en lo que respecta a nuestras líneas actuales de desarrollo. Éste es un punto que nosotros nos debemos esforzar en comprender completamente con objeto de que podamos apreciar debidamente el significado de Navidad, y nosotros podemos aprender una lección en este respecto así como en otros muchos por nuestros hijos o por reminiscencias de nuestra propia infancia.

¡Cuán vehementes eran nuestros sueños y nuestros anhelos al aproximarse esta fiesta! ¡Cuán ardientemente nosotros aguardábamos la hora en la que debíamos recibir los regalos que sabíamos nos traerían los Reyes Magos, estos misteriosos bienhechores universales que traen los juguetes a los niños todos los años! ¿Qué hubiera pasado por nosotros si nuestros padres nos hubieran vuelto a dar las muñecas desmembradas y los tambores destemplados del año anterior?.

Seguramente que hubiera caído sobre nosotros una sensación dominadora de desgracia y desconsuelo, que hubiera dejado en nuestros corazones un sentido profundo de desconfianza en nuestros padres, el cual, ni aún el tiempo, hubiera podido cicatrizar. Sin embargo, todo esto no tendría ninguna comparación con la calamidad cósmica que caería sobre la humanidad si nuestro Padre Celestial dejase de concedernos el nacimiento de un nuevo Cristo regalo cósmico de Navidad. El Cristo del año que entonces termina no nos podría salvar del hambre física, así como tampoco la lluvia del año pasado no podría remojar el suelo otra vez y fecundar los millones de semillas enterradas en la Tierra y despertar las actividades germinales de la vida del Padre para empezar su crecimiento; el Cristo del año que termina no podría tampoco encender de nuevo en nuestros corazones las aspiraciones espirituales que nos impelen hacia delante en nuestra encuesta, así como tampoco el calor del último verano nos podría volver a calentar.
 
El Cristo del año que termina nos dio Su Amor y Su Vida hasta el último suspiro sin medida ni límite; cuando nació en la Tierra por la Navidad anterior infundió la vida a las semillas durmientes que crecieron y llenaron nuestros graneros con abundancia para poder sacar de ellas la nutrición física; Cristo difundió sobre nosotros el Amor que Él recibió del Padre, y cuando una vez hubo agotado toda su vida murió en la época de la Pascua de Resurrección para ascender de nuevo al Padre, así como el río, por evaporación, se eleva al cielo.

Pero eternamente y sin fin mana y se exterioriza el Amor divino, y así como nosotros compadecemos a nuestros hijos, asimismo nuestro Padre celestial se compadece de nosotros, porque Él sabe y conoce nuestra fragilidad física y espiritual. Por lo tanto, nosotros aguardamos confiadamente el nacimiento mística de Cristo todos los años cargado con nueva Vida y Amor que el Padre nos envía, para socorrernos del hambre y necesidad física y espiritual que acabaría con nosotros sino fuera por este ofrecimiento de Amor anual.

Las almas jóvenes encuentran generalmente difícil el separar en sus mentes la personalidad de Dios, de la de Cristo y de la del Espíritu Santo, y algunos pueden amar únicamente a Jesús, el hombre. De este modo olvidan a Cristo, el Gran Espíritu, que nos dio una nueva era en la cual las naciones establecidas bajo el régimen de Jehová se romperán en pedazos para que esa sublime manifestación de la Fraternidad Universal pueda asentarse y construirse sobre sus ruinas. Con el tiempo todo el mundo concebirá que “Dios” es un espíritu y que debe ser adorado en Espíritu y en Verdad. Está bien que amemos a Jesús y que le imitemos; nosotros no conocemos ideal más noble, y ninguno es de más valor.
 
Si hubiera sido posible hallar un ser más noble, Jesús no hubiese sido elegido para ser el vehículo de Aquél gran ser, Cristo, en quien mora la Cabeza Divina. Por lo tanto, nosotros haremos muy bien en seguir sus pasos. Al mismo tiempo debemos exaltar a Dios en nuestras propias conciencias, creyendo la palabra de la Biblia que nos dice que Él es un Espíritu y que no debemos hacer ninguna imagen suya ni en estatua ni en cuadro, porque Él no tiene figura parecida ni en los Cielos ni en la Tierra.

Nosotros podemos ver los vehículos físico de Jehová circulando como satélites alrededor de los planetas; nosotros podemos ver también el Sol, el cual es el vehículo visible del Cristo, pero el Sol invisible, el cual es el vehículo del Padre y el origen de todo, aparece y se representa a los videntes humanos de mayor evolución, como la octava superior de la fotosfera del Sol, un anillo de luminosidad azul violácea detrás del Sol. Pero nosotros no necesitamos ver; nosotros podemos sentir Su Amor y este sentimiento nunca es tan grande como en la época de Navidad, cuando Él nos da el mayor de todos los regalos: el Cristo del Nuevo Año. 



 

viernes, 17 de noviembre de 2017

SIMBOLOGÍA SOBRE LAS COLUMNAS J Y B

 
La riqueza simbólica de los dos solsticios es verdaderamente in­agotable y nos ofrece siempre diferentes niveles de lectura, todos ellos perfectamente coherentes entre sí.
 
Quiero señalar de forma muy breve uno de los aspectos de esa simbólica, aquella que se re­fiere a las letras J y B, que como sabemos son las iniciales de las dos columnas que enmarcan la entrada de nuestro templo, y también del templo de Salomón, su prototipo y modelo.
 
Estas dos iniciales se corresponden con las de Juan Bautista y Juan Evangelista, tam­bién llamado Juan Boanergés, nombre que significa "Hijo del True­no", referido tanto al Evangelista como a su hermano Santiago, que es el patrón de los alquimistas como todos sabéis.
 
Que las iniciales de los nombres de los dos patrones de la Masonería (Juan Bautista y Juan Boanergés = J y B) sean las mismas que las de las dos Co­lumnas no ha de deberse a una simple "coincidencia" o "azar", que no existen para la Ciencia Simbólica, sino que ha de responder a algo mucho más profundo relacionado con la enseñanza cosmogónica e iniciática de nuestra Orden.

Tengamos en cuenta que las dos columnas son una sola en su realidad arquetípica, pues ambas están situadas en los extremos de un mismo eje, el eje de los solsticios, significando la palabra sols­ticio "el sol se detiene", que es lo mismo que decir que el tiempo simbólicamente no transcurre, esto es, que no existe, y que por tanto la idea de dualidad, movimiento y sucesión propia del transcurrir temporal ha sido reintegrada en la Unidad de su origen eterno.
 
Asimismo los dos solsticios ocurren simultáneamente, pues cuando en el hemisferio norte es el solsticio de invierno, en el hemisferio sur es el solsticio de verano, y viceversa, de ahí que se diga que cuando la "puerta de los dioses" se abre (en el solsticio de invier­no), también lo hace simultáneamente la "puerta de los hombres" (en el solsticio de verano).

Por otro lado, las letras J y B son también las iniciales de Jerusalén y Belén, que como sabemos son las dos ciudades, o los dos extremos en el espacio y el tiempo, entre los que transcurre la vida de Cristo, que no es otro que esa realidad arquetípica en la que se unen los contrarios aparentes representados por los dos San Juan o los dos solsticios.
 
El mismo Cristo, en cuanto a su condición humana es salido del tronco de David y por tanto de la tribu real de Judá, que junto a la de Benjamín (B), fueron las dos tribus que constituyeron el reino de Judá.

Toda esta simbólica, que nos describe una historia y una geogra­fía sagradas, adquiere un sentido nuevo cuando advertimos que las mismas iniciales J y B son también las de las letras hebreas Iod y Beth (la J es idéntica a la I), y cuyos valores numéricos son 10 y 2 respectivamente. Atendiendo a esos valores numéricos, el primero (10) expresa la idea de ciclo completo y acabado, en tanto que el se­gundo (2), indica más bien la idea de comienzo y principio, pues Beth es asimismo la inicial de Bereshit, la primera palabra con la que se inicia el Génesis y el Prólogo del Evangelio de San Juan:
 
"En el Co­mienzo", o "En el Principio".
 
En relación con el tiempo esos valores numéricos se están refiriendo al comienzo y al fin de la manifesta­ción, o de cualquier ciclo, como por ejemplo la vida de Cristo "encuadrada" entre Belén y Jerusalén. Pero si sumamos, es decir si unimos, 10 y 2 el resultado es 12, que en este contexto se correspon­den con las 12 puertas de la Jerusalén Celeste, o con los "doce soles" que aparecen simultáneamente en el centro de ella como los doce frutos del Árbol de la Vida, cuando todo el ciclo de la humanidad (el Manvántará) haya sido consumado en la Unidad, dentro de la cual "no hay acepción de personas", o de individualidades.


lunes, 13 de noviembre de 2017

LOS SOLSTICIOS: FIESTAS DE LOS DOS SAN JUAN


No nos es ajena la enorme importancia que revisten para la Masonería las fiestas solsticiales de los dos San Juan. Todos sabernos que la importancia que nuestra Orden concede al Bautista y al Evangelista obedece, entre otras razones, al hecho de que ambos santos representan, por la extraordinaria riqueza espiritual que sus mensajes contienen, la espina dorsal y el eje invariable que sostiene nuestro edificio.
 
En esta plancha intentaremos señalar algunos aspectos del complejo simbolismo solsticial, ligándolo, en cuanto nos sea posible, a determinados aspectos de la enseñanza iniciática y cosmológica de nuestros dos santos patrones.
 
En primer lugar, hemos de tener en cuenta que los fenómenos astronómicos y naturales, en una sociedad tradicional, o en una organización iniciática como es nuestra Orden, siempre han sido considerados como los símbolos de las realidades invisibles y espirituales, que por tener tal naturaleza no podrían ser aprehendidos por nuestra inteligencia si no fuera por aquello que las sugiere y las expresa, es decir las simboliza. Idéntico punto de vista podríamos deducir de las imágenes y símbolos específicamente iniciáticos y sagrados (como, sin ir más lejos, aquellos que decoran y hacen significativa la Logia), y que fueron diseñados por nuestros antepasados con el único fin de servir de soporte, de estudio y de meditación para conocer la verdad que se oculta tras su apariencia.
 
En su sentido más auténtico los símbolos iniciáticos no son sino las expresiones de los arquetipos universales, de las causas originarias, de las que emanan, como el manantial de su fuente, todas las cosas, siendo este punto de vista, a diferencia de lo que hoy se cree, una constante en el pensamiento de los hombres y de los pueblos a lo largo de la historia. Todo ser tiene un origen temporal, tanto como atemporal y trascendente. Por un lado, un nacimiento físico, condicionado; por otro, la posibilidad de renacer, de volver a nacer a la esfera de lo espiritual, por un acto de su voluntad más íntima y profunda, gracias al conocimiento del lenguaje revelador, evocador y regenerativo de los símbolos sagrados.
 
Las representaciones rituálicas cumplen el mismo objetivo. En su desarrollo gestual, en la propia dinámica de su ritmo, el rito (que es el símbolo en movimiento) produce determinadas vibraciones armónicas que actúan como un detonador en la conciencia, despertándola a la realidad que el gesto ritual simboliza. Por tomar un ejemplo entre muchos, las circumambulaciones alrededor de los tres Pilares que el masón ejecuta en Logia no hacen sino representar simbólicamente el ritmo circular del sol y de las estrellas en su curso aparente por el cielo alrededor de la estrella polar. 
 
Las fiestas solsticiales de los dos San Juan se adornan con los atributos propios de toda celebración litúrgica en la que el sol, el astro de la luz, es el protagonista principal. Sin ir más lejos, el carácter solar de ambas festividades está netamente señalado por las fechas que ocupan en el calendario, es decir el 24 de junio para San Juan Bautista y el 27 de diciembre para el Evangelista, días que como todos sabemos corresponden al solsticio de verano y al solsticio de invierno, respectivamente. Para no alargarme demasiado en estas consideraciones indicaré solamente que la circunferencia o círculo que dibuja la órbita solar al pasar de un solsticio a otro, pasando por los dos equinoccios de primavera y otoño, deviene el esquema simbólico y tradicional del ciclo del año. Y si tenemos "en cuenta las relaciones, correspondencias y analogías que se dan entre el espacio y el tiempo, deberíamos deducir que si el movimiento aparente del sol, así como el de los planetas y restantes cuerpos celestes es circular, el tiempo tiene que serlo también, lo que vale decir que es por naturaleza cíclico. Esto lo podemos advertir igualmente cuando constatamos que a cada punto cardinal, norte, sur, este y oeste, le corresponde una estación temporal invierno, verano, primavera y otoño en un constante reciclaje que hace posible la regeneración permanente del propio tiempo y espacio, tanto terrestre como celeste o cósmico.
 
Las fiestas rituálicas de los dos San Juan, como en cierto modo toda celebración litúrgica reposan pues, sobre este postulado el tiempo cósmico y humano está sujeto a la regeneración perenne, siendo este vaivén rítmico de los solsticios como una imagen y un reflejo sensible y natural de esta ley universal. Ya los antiguos romanos celebraban anualmente las fiestas solsticiales dedicadas al dios Jano, en el que podemos encontrar las mismas significaciones simbólicas que se atribuyen a los dos San Juan. Como ellos, Jano presidía las fases ascendentes y descendentes del ciclo anual, y era considerado como el "portero" (ianitor), que con sus dos llaves, una de plata y otra de oro, abría y cenaba las épocas. Por esto mismo se le denominaba también el «Señor del tiempo», el creador del mundo y padre de los dioses. Jano poseía las claves (de (l'avis, llave) de los misterios ligados a la iniciación.

Las dos llaves estaban relacionadas con los dos rostros que poseía (de ahí también el calificativo de Jano Bifronte). Uno de ellos miraba a la izquierda y estaba relacionado con el pasado, con lo que fuimos, y que como tal condiciona inevitablemente nuestro presente. Al rostro de la izquierda se le adjudicaba la llave de plata, llave (o clave) que abría la puerta de acceso a los misterios ligados a la primera fase de la iniciación, donde el recipiendario tiene que tomar conciencia de si mismo, esfuerzo que necesariamente implica la regeneración total de la psiqué o del alma, elevándola a un plano superior que por su naturaleza le pertenece. A su vez, la llave de oro estaba en posesión del rostro que mira a la derecha y al porvenir. Podríamos decir que el porvenir -donde el tiempo todavía no es- se relaciona simbólicamente con el mundo celeste y uránico (solar), y cuyos misterios están ligados a la segunda fase de la iniciación.
 
Y es precisamente en su papel de «iniciador en el Conocimiento», como fue venerado por los Collegia Fabrorum de la Roma Imperial, antecesores directos de los gremios iniciáticos de constructores y artesanos que florecieron en la Edad Media, periodo histórico donde precisamente Jano fue reabsorbido en la forma cristianizada de San Juan Bautista y San Juan Evangelista, de los que se ha dicho que representan las dos modalidades o aspectos de un solo y mismo ser.
 
Aquí existe una interesantísima correspondencia entre las puertas solsticiales y el dominio propio de la iniciación en los misterios, que no hace sino confirmar el valor simbólico del mundo natural con respecto al espiritual y sagrado. Iniciación que a su vez se desarrolla en dos fases, descendente y ascendente, o concentrativa y expansiva, y que la antigüedad grecolatina hizo corresponder respectivamente a los «pequeños viajes» y a los «grandes viajes», terrestres los unos y celestes los otros, los que conducen al conocimiento integral de la cosmogonía y del verdadero orden del mundo. Estas mismas fases de un solo y único proceso se encuentran claramente expresadas en la iniciación, elevación y exaltación característica de los tres primeros grados masónicos de Aprendiz, Compañero y Maestro, a los que no son ajenos las figuras y atributos del Bautista y del Evangelista.
 
Es bien cierto que como su propio nombre indica, la misión de Juan Bautista es precisamente la de bautizar con agua, simbolizando dicho bautismo la regeneración y el nacimiento a una «nueva vida», aquélla que se nos promete cuando somos recibidos francmasones. A partir de ese momento crucial, que es un comienzo y una entrada, se nos abre una puerta, la que los pitagóricos designaban como la «puerta de los hombres», representada en nuestro ritual por esa matriz cósmica que es la Cámara de Reflexión, donde simbólicamente también descendemos en el fondo de lo humano para reconocer nuestra verdadera identidad en consonancia con nuestro destino. Esto es lo que designan las siglas herméticas V.I.T.R.I.O.L. grabadas en dicha Cámara: Visita el Interior de la Tierra (de ti mismo) y Rectificando Encontrarás la Piedra Oculta.
 
Según el símbolo, descendiendo en el centro tenebroso de la tierra reconocemos el valor supremo de la muerte, de la vacuidad, de lo más pequeño, imprescindible para que una nueva forma de vida, un orden nuevo, reflejo de lo universal, alumbre en nuestra alma. A este respecto, en la rueda astrológica, la «puerta de los hombres» está situada en el signo de Cáncer, que por sus vinculaciones con la luna y el agua (la cual genera al mismo tiempo que corrompe), rige tanto los nacimientos como las muertes. Con el mismo significado la cosmología hindú menciona «la vía de los antepasados» (pirt-yana), por donde el ser que la recorre nace a la generación y a la vida. En el dominio de la realización espiritual esta generación es un nacimiento al cosmos, al orden, una entrada en el templo sagrado, donde los planetas junto con los doce signos del zodiaco marcan los ciclos y los ritmos del universo y del hombre. Hemos de recordar que en el templo de la Logia los doce signos son las doce columnas o pilares que la enmarcan, estando expresados los planetas por los oficiales que rituálica y armónicamente circulan por su interior. Este descenso podría verse también como una paulatina disminución de la naturaleza humana, fácilmente accesible a cualquier tipo de contagio profano. Esto lo anuncia claramente el Bautista cuando exclama: «El, Cristo, conviene que crezca, y yo que disminuya», clara alusión, por otro lado, al trayecto solsticial, descendente-ascendente de la órbita solar. Por otro lado en nuestra tradición, Cristo no es sino el Gran Arquitecto, el Maestro interno de cada uno que desde lo secreto dirige la edificación del Templo de la Sabiduría.

En el solsticio de Invierno el descenso alcanza su máxima declinación, lo que se traduce como el aparente triunfo de las tinieblas nocturnas sobre la claridad diurna. Pero lo que ha alcanzado su mínimo no puede sino crecer, motivo por el cual el solsticio invernal marca también el ascenso de la luz solar; el nacimiento de Cristo (Sol de Justicia) se produce en Navidad, solsticio de invierno.
 
Añadamos que este descenso es una interiorización y concentración en el objeto de nuestra búsqueda, que nos conducirá finalmente al recinto sagrado, iluminado desde su interior y «a cubierto» de cualquier interferencia profana. Para ello, toda aspereza y arista de la piedra bruta tienen que ser trabajadas pacientemente, tomando como ejemplo la propia misión del Bautista, que ya profetizó Isaías con estas palabras: «Aplanad los caminos del Señor, toda montaña y colina serán allanadas». Mensaje de equilibrio, de paciencia y de amor ferviente hacia la Verdad sin mácula que también anuncia el Precursor, hijo de Zacarías.
 
Por esta razón, a Juan Bautista se le atribuye en la Masonería la ciencia de la escuadra y el nivel, útiles imprescindibles para que la base del edificio a construir se encuentre perfectamente allanada y encuadrada, simbolismo que se refiere claramente al trabajo de rectificación que cada uno debe ejercer consigo mismo.
 
Si a la función del Bautista le conviene la escuadra y los misterios terrestres de lo humano, ligados al bautismo de agua, a Juan Evangelista «el águila de Dios» y «el discípulo bien amado», se le considera el apóstol que da testimonio de la luz divina, siéndole encomendado bautizar con el fuego del Espíritu. Porque su Evangelio representa sin duda alguna el aspecto interior y esotérico de la tradición cristiana, la Masonería le asigna la perpendicular y el compás, instrumentos que sirven para trazar el eje vertical que va del centro de la base del edificio hasta su sumidad más alta, donde reside la clave de bóveda.
 
Según una aplicación particular del simbolismo cosmológico a las puertas solsticiales, ese eje vertical o esa plomada indicará el camino ascendente que se abre, según los pitagóricos, con la «puerta de los dioses», la que da acceso a los «grandes viajes», donde el masón, maestro de sí mismo por la muerte y resurrección del maestro Hiram, irá en busca de su verdadero origen y patria que es celeste (el Oriente Eterno), donde podrá encontrar finalmente la reconstitución de la «Palabra Perdida» que compone el Nombre Inefable del Gran Arquitecto, Sol Espiritual y eje polar y central del Universo.
 


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