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martes, 9 de enero de 2018

HISTORIA DE LA CÁBALA Y LA FRANCMASONERÍA


Conviene brindar algunas precisiones susceptibles de aclarar una visión de la Cábala que con frecuencia es confusa en sus relaciones con el sincretismo místico-filosófico que, sobre todo a partir del siglo XVIII, constituye una parte importante del "Tesoro" espiritual de la Francmasonería. Me parece que este tema debe abordarse en la perspectiva de la historia de las ideas.

El área que debería cubrir este estudio comprende la historia y la definición de la Cábala misma, su influencia en el Medioevo cristiano, en el Renacimiento, en los siglos XVII y XVIII y, a partir de entonces, la formación de la Cábala cristiana, desde las especulaciones cristológicas de Abner de Burgos, la Academia platónica de los Medici en donde se ilustró Pico della Mirandola, el pensamiento de Reuchlin, el de Cornelius Agrippa y luego los de Jacob Boehme, Khunrath, Robert Fludd, Georges Von Welling, Octinger, Blaise Vigenère; las relaciones e influencias recíprocas con las tradiciones que se basan en el Hermetismo, la gnosis, el neoplatonismo y los vínculos con los sistemas filosóficos enseñados en aquella época.

Habría que mirar cómo, en el siglo XVIII, los francmasones "místicos" retomaron por su cuenta, asimilaron, transformaron y manipularon las enseñanzas de los Cabalistas cristianos e introdujeron nociones Cabalísticas en los rituales a partir de sus propias interpretaciones, lo cual ocurrió particularmente en los casos de los Elegidos Cohen y de los Réaux-Croix, por iniciativa del grupo de Martines de Pasqually, Louis Claude Saint Martin y Willermoz. Habría que estudiar también la manera en que se produjo una influencia recíproca de los rituales de los altos grados y, cómo, a través de esta dinámica de influencias cruzadas, se encuentran elementos cabalísticos en el sistema de Clermont, en el Rito Escocés Antiguo Aceptado, en el Rito Escocés Rectificado y más tarde en el sistema de Menfis y en el de Misraim y en otros más, particularmente en el sistema sueco. Habría que analizar la utilización de elementos de la Cábala cristiana por parte de las tradiciones rosacruz, por parte del pietismo alemán que jugó un papel considerable en las orientaciones de la Francmasonería, y hacer referencias a Leibniz y a Descartes; estudiar las especulaciones cabalísticas de los iluminados, tanto los iluminados de Aviñón, como los alemanes; mirar la Pansofía y la Teosofía, y luego el enfoque del siglo XIX en el cual, dentro del contexto romántico, las confusiones esbozadas en los siglos anteriores entre ocultismo, esoterismo, misticismo, magia y espiritualismo adquieren proporciones delirantes y grandiosas en autores como Stanislas de Guaita y Papus, Bedarride, Marconis de Nègre y Leadbeater, para citar los casos más notables.

Finalmente, habría que observar los rastros de estas enseñanzas en el pensamiento simbólico del siglo XX en comentaristas y exégetas masones como Preuss, Knoop y Jones, Posner y en Francia Wirth, Lepage, Boucher, Bayard y Ambelain, especialmente en lo concerniente a las relaciones entre el sistema sefirótico y la disposición física de la Logia.

Por otra parte, habría que mirar los rastros cabalísticos en las palabras de los diversos grados de los diferentes ritos y en algunos comentarios y catecismos.

Es, entonces, de este modo que habría que tratar el tema y ello sobrepasa claramente el marco del presente escrito. Nos limitaremos, por consiguiente, a un rápido sobrevuelo del área de este tema, en espera de desarrollar ulteriormente algunos de sus aspectos.

La Cábala es un conjunto de escritos redactados por Moisés de León y Salomón Ibn Gabirol en la España de finales del siglo XIV, siguiendo una tradición transmitida en parte de manera oral y en parte de manera escrita y que se remonta al siglo primero y cuyas fuentes iniciales son egipcias y persas. La palabra Cábala viene del término hebreo Kabaláh, que es la substantivación del verbo lekabel, recibir. La traducción más cercana al texto es, por consiguiente, el don, lo que es recibido. La Cábala es un comentario esotérico de la Biblia cuya originalidad consiste en lo siguiente: asocia la vía mística a la vía gnóstica (gnóstica en el sentido etimológico del término: que privilegia al conocimiento).
 
Se conocen dos escuelas aparentemente inconciliables y que han hecho la travesía de los siglos ilustrándose una y otra con los aportes de hombres excepcionales. Una de ellas pretende que la santidad puede alcanzarse mediante el estudio y la meditación, en tanto que la otra pretende que sólo el éxtasis provocado por la mortificación y la plegaria permite alcanzar las cumbres en las cuales la verdad, la sabiduría, los secretos y la divinidad aparecen y deslumbran. La Cábala tradicional no privilegia ninguna de estas vías; pero exige de parte del estudiante tanto el trabajo denodado y paciente, como el abandono inmediato y total; exige a la vez el uso de la inteligencia racional y crítica como el impulso místico.

Las primeras expresiones conocidas de la doctrina cabalística se manifestaron en el círculo de Johanán Ben Zakkai (finales del siglo primero de nuestra era) pero las fuentes son más antiguas. Se sabe que existía una enseñanza esotérica entre los fariseos. Al comienzo, la enseñanza de la Cábala se desarrolló alrededor de dos temas: la Merkaváh (el carro, el carro divino descrito en la visión del profeta Ezekiel consignada en la Biblia) y la Maasé Bereshit (la obra en el comienzo) que es un comentario del Génesis. El Séfer Yetsiráh (el libro de la formación) y el Séfer Ha Zoar, el libro del resplandor, constituyen las dos obras esenciales de la Cábala en su expresión más elaborada.

Los deseosos de profundizar en la visión general del mundo cabalístico pueden leer las obras de Serouya y de Gershom Scholem que son los mejores "vulgarizadores" de esta corriente de pensamiento. En el marco de nuestro tema, y para mantener la claridad de la exposición, nos limitaremos a decir que el pensamiento cabalístico es inmanentista, ajustándose en ello a la auténtica Tradición Hermética.

Todo está en todo y todo está interrelacionado. No existe causa trascendental a la creación del mundo. Es una visión panteísta, aunque los cabalistas rechazan el panteísmo porque no quieren confundir a Dios y al Universo. El universo emana de Dios, el cual en los libros cabalísticos es llamado Ein Sof, el infinito, o Ha Macom, el Lugar. La tradición esotérica está atada a esta visión inmanentista del mundo. ¿No es finalmente la Tabla de Esmeralda la Carta Constitutiva, por decirlo así, del inmanentismo con su profesión de fe: "Como es arriba es abajo"?

Si bien en el pensamiento cabalístico se encuentran elementos esenciales del pensamiento gnóstico neoplatónico fundamentados en la teoría del Logos, dicho pensamiento se desarrolló en el medio judaico en forma completamente independiente de las reflexiones que ella provocó en el medio cristiano. Hay que distinguir, por consiguiente la Cábala cristiana de la tradición cabalística judía.

La Cábala cristiana tiene dos fuentes:

1. Las especulaciones cristológicas de un cierto número de judíos convertidos al cristianismo desde finales del siglo XIII hasta el período de la expulsión de España (1492), como Abner de Burgos y Pablo de Heredia.

2. La Academia Platónica creada y animada por los Medici de Florencia. Es en esta academia que se distinguió ese hombre sorprendente y prodigioso que era Giovanni Pico della Mirandola (1463 - 1494).

Es a partir de estas dos fuentes que la Cábala cristiana tomó impulso luego del contacto de los pensadores cristianos con la Cábala judía. Esta última ha evolucionado desde entonces de manera totalmente independiente de los trabajos realizados en el medio cristiano. El soporte de ambas vertientes es totalmente diferente. Los cabalistas judíos trabajan en hebreo, idioma que es considerado sagrado de origen divino. Es necesario conocer a fondo dicha lengua para poder percibir los matices de los escritos cabalísticos fundamentales y para practicar la Gematría, es decir el arte de lograr aproximaciones entre el sentido de las palabras y el valor numérico de las letras que las conforman. Por su parte, los cabalistas cristianos trabajaron en latín, lengua litúrgica de la Iglesia y lengua erudita. Puesto que la Francmasonería mística del siglo XVIII desarrolló la herencia de la Cábala cristiana, no nos extenderemos sobre el tema de la Cábala judía que ha evolucionado hasta nuestros días en un medio cerrado.

Pico della Mirandola, retomando las proposiciones de Abner de Burgos afirma el origen divino de la Cábala. Su sentido podría ser olvidado, pero se puede reencontrar en el estudio de Pitágoras y de Platón, así como de los secretos de la fe católica.

La originalidad de los medios centrados en la Academia Platónica de Florencia consiste en anexar a Pitágoras y a Platón y a rendirles un culto particular. El aporte personal de Pico della Mirandola en la elaboración del pensamiento cristiano sobre la Cábala consiste en asociar el pensamiento platónico y el pensamiento pitagórico en la búsqueda de una "palabra perdida" que brindaría la clave de la Cábala.

Es bajo la influencia de Pico della Mirandola que Reuchlin (1455 - 1522) escribe "De Arte Cabalistica" (1517), en el mismo año en que en el castillo de Wartburg un monje llamado Martín Lutero termina la traducción de la Biblia al Alemán. Es también a la sombra de Pico della Mirandola que trabaja Paul Ricius, el químico privado del emperador Maximiliano. Este último da a conocer el pensamiento de Reuchlin y el de Pico. Reuchlin explica el dogma mediante una serie de especulaciones sobre el nombre de Dios y ve en Jesús la tercera y última Revelación, luego del Shaddai - correspondiente a la época patriarcal - y del tetragrama sagrado (Iod, He, Vav, He) - correspondiente a la época de Moisés. Puesto que la palabra Jesús tiene 5 letras, el tetragrama 4 y Shaddai 3 (en el original hebreo), la progresión 3, 4, 5 traduce el plan divino. El pensamiento pitagórico logra así una entrada notable en el esoterismo cristiano. Sin embargo, otra preocupación se abre camino entre los cabalistas cristianos: la preocupación mágica. Se trata de conocer mejor las leyes de la vida para aumentar los poderes propios del individuo. Esta preocupación da origen a lo que se conoce comúnmente como la "Cábala práctica". El lugar de honor en este campo le corresponde al autor del libro "De occulta Filosofia", Cornelius Agrippa de Nettesheim.

A este respecto, me parece importante afirmar que la preocupación mágica puede considerarse como el primer signo de la "vía substituida". La "vía substituida" es la substitución de la búsqueda del conocimiento por la búsqueda de poderes. Pienso que solamente la vía del conocimiento desinteresada y espiritual puede transfigurar al ser humano o, cuando menos, hacerlo avanzar. La búsqueda de poderes desemboca ineluctablemente en una regresión y un empobrecimiento espiritual, intelectual y moral y, en última instancia, en la neurosis. Sostengo, por el contrario, que quien ya está adelantado en el camino del conocimiento obtiene poderes por añadidura y sin haberlos solicitado. Pero en esta vía solamente los obtiene realmente después de haber comprendido que no debe utilizarlos.

Cornelius Agrippa es el gran responsable de la confusión que se establece en el mundo cristiano entre la Cábala, la numerología, la magia y la hechicería.

Este desarrollo de los estudios sobre la Cábala entre los cristianos coincide con la extensión de la Reforma. Los católicos utilizan la Cábala como arma contra los reformados. Es dentro de esta perspectiva "militante" que se inscriben las obras del Cardenal Eugenio de Viterbo (1465 - 1532) acerca de "la Shejiná" y del franciscano Giorgio de Venecia (1460 - 1540) acerca de "De Harmonia Mundi" (1525).

La primera traducción latina del Zohar y del Séfer Yetsiráh se le debe a Guillaume Postel (1510 - 1581).

En el siglo XVII aparecen los escritos teosóficos de Jacob Boehme. Se desarrolla el interés por la alquimia. La Cábala comienza a concebirse cada vez más como un sistema general del mundo que contendría todas las ciencias secretas. Esta mezcla de elementos diversos aparece en la obra de Heinrich Khunrat titulada "Amphiteatrum Sapientiae Aeternae" (1609), en el Tratado del Fuego (1617) de Blaise de Vigenère y en los escritos de Abraham van Frankenberg, Robert Fludd y Thomas Vaughan. Esta tendencia alquímico-cabalística alcanza su apogeo con el "Opus Mago-Cabbalisticum" (1735) de Georges von Welling y los escritos de F.L. Octinger (1702 - 1782) cuya influencia en filósofos como Schelling y Hegel es evidente.

Esa es la base bibliográfica sobre la Cábala de que dispondrán los masones místicos del siglo XVIII cuando traten de darle substancia a su enseñanza y de justificar el florecimiento de los altos grados. Sin entrar en detalles que sobrepasarían el marco de este libro y para los cuales hay que referirse a las historias y especialmente a los excelentes historiadores del rito escocés rectificado, el difunto Le Forestier y en la actualidad Antoine Faivre, digamos que en la época en que la Francmasonería desarrolló sistemas de altos grados en Francia y en Alemania, la Cábala era citada frecuentemente en las Logias. Los Hermanos se referían a ella con frecuencia; pero hay que reconocer que, también con frecuencia, era con el propósito de aparentar que estaban al tanto de las "ciencias secretas", de brillar, e inclusive de explotar la credulidad de los demás miembros. Se la confundía mucho con magia y con teurgia.

Sin embargo no hay que detenerse en esta observación. La Cábala también es abundantemente citada como referencia para integrar en el sistema masónico un pensamiento tradicional que, sin el apoyo de las Logias, correría el riesgo de perderse en el olvido. Muchos Francmasones piensan que, mediante el estudio de la Cábala, podrán encontrar la palabra perdida. Lamentablemente se remiten demasiado a textos que no son más que compilaciones de compilaciones, a comentarios obtenidos mediante extrapolaciones dudosas, o bien a textos supuestamente "inspirados" en los cuales se encuentran reminiscencias mal digeridas de una enseñanza tradicional en medio de un revuelto oscuro e indigesto de ineptitudes.

Sin embargo, algunos textos se deslindan de este conjunto y adquieren una merecida importancia en masonería. Así ocurre con el "Tratado de Reintegración" de Martines de Pasqually, obra que lamentablemente está mal escrita y es muy difícil de leer debido a su estilo pesado y torpe; pero que le plantea a los iniciados un verdadero programa de regeneración, de "reintegración" en el mundo espiritual que los seres humanos abandonaron desde Adán. El programa de reintegración de los seres es una reminiscencia cabalística que se asocia a toda visión auténticamente espiritualista y a toda iniciativa que se dé por tarea separar lo sutil de lo espeso.

La influencia de este texto que se halla en la bibliografía de base del rito escocés rectificado y del martinismo es muy importante. El espíritu de la Cábala hace entonces su ingreso en la masonería por intermedio de escritores nutridos en la Cábala cristiana. El martinismo, fundado por Papus, que quiso asociar las doctrinas de Martines de Pasqually y de su discípulo Louis Claude de Saint-Martin, reviste, por ello, un matiz de Cábala cristiana. Sin embargo, cabe plantear muchas reservas sobre los textos de Papus acerca de la Cábala a la cual consagró un volumen muy extenso. Stanislas de Guaita, que ejerció una gran influencia sobre Papus, también confundió la magia y la Cábala, la búsqueda de poderes y la del conocimiento. En sus escritos comete a veces errores burdos, especialmente cuando practica la Gematría. Así, por ejemplo, hace un comentario sobre la palabra Adán (Adam, con sonido m final en el original) y la asocia con diversos símbolos en función de su valor numérico. ¡Sin embargo, olvida simplemente que la M tiene un valor numérico completamente diferente cuando se encuentra al final y cuando se encuentra al principio o en el medio de una palabra!

Vemos entonces que la Cábala le sirve mucho a los masones llamados "místicos" que se distinguen de los masones llamados "racionalistas". Estas dos corrientes, que en mi opinión deberían complementarse, en los hechos se oponen y eso es lamentable pues su hostilidad recíproca las hace degenerar, tanto a la una como a la otra. El racionalismo degenera en un positivismo estrecho, limitado y sectario. Por su parte, el impulso místico mal dirigido conduce a un esoterismo de pacotilla.

 
 

viernes, 29 de diciembre de 2017

LA PALABRA SAGRADA: YOD-HE-VAV-HE



En toda multitud hay seres
a los que nunca se distingue,
pero portadores de mensajes prodigiosos.
Y sin saberlo ellos mismos.

ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY

Las letras Yod-He-Vav-He son las que conforman el nombre de Jehová. Forman parte del código hebraico y los masones las consideran sus palabras sagradas (las tres primeras, puesto que la cuarta es una repetición de la segunda), y cada una de las iniciaciones se relaciona con cada uno de los tres grados simbólicos.
 
La primera le será comunicada al Aprendiz; la segunda, al Compañero, y la tercera, al Maestro. Este modo de proceder, lejos de ser arbitrario o caprichoso, esconde un significado profundo, ya que estas letras contienen una gran fuerza que es preciso domesticar, volver dócil y utilizable, y es natural que para conseguirlo se necesite un lapso de tiempo.
 
Yod-He-Vav-He son las cuatro letras que empleó Moisés para escribir el nombre de la divinidad. Traducido al lenguaje convencional, la palabra suena Jehová, y su traducción esotérica es la de: «ser que fue, que es y que será», o sea, la imagen de lo permanente.

Pero esa palabra que describe la divinidad define al mismo tiempo el proceso de la creación, por lo que estaríamos hablando del macrocosmos y del microcosmos. Conocer ese proceso, como dato histórico, ya es interesante de por sí, pero lo es aún más cuando se nos dice que ese proceso de creación tiene lugar cada vez que nosotros hacemos algo. Es decir, cuando nos disponemos a emprender cualquier obra, un negocio, una creación artística, una conquista sentimental, debemos pasar por las cuatro fases que representan las cuatro letras. Así se cumple la ley hermética que reza: «lo de arriba es igual a lo de abajo, y viceversa».

 
El GADU creó por el mismo procedimiento que nosotros utilizamos, y si nos alejamos de él las cosas fallan, la obra se hunde. Es natural que una sociedad de constructores, como la masonería, ponga gran cuidado en otorgar el título de constructor de la sociedad (con las claves que conlleva) sólo a aquellos que están preparados para trabajar con las herramientas correspondientes a su grado, en cada una de las fases necesarias para la edificación: albañil (Aprendiz); aparejador (Compañero); arquitecto (Maestro).
 
 
 
 

viernes, 15 de diciembre de 2017

LA CÁBALA EN LA MASONERÍA


La cábala es otro de los puntales doctrinales de la masonería.
 
Etimológicamente, la palabra Kabbala viene del verbo Kabbal que significa “recibir”. Por tanto, se refiere a la “tradición”, a aquello que se “recibe” (kibbel), es decir, a una «enseñanza que pasa de la boca al oído» y que se remonta a los profetas del Antiguo Testamento. Pero como en toda transmisión o tradición espiritual, el núcleo interno de la Cábala no puede enseñarse intelectualmente porque sólo cabe interiorizarla, experimentarla y hacer de ello una forma de vida. De hecho, muchos cabalistas explican que la Cábala no se aprende sino que se recuerda dado que, en esencia, se trata de recuperar el estado de intimidad con Dios que poseía la Humanidad o el Hombre arquetípico (Adán) en el Paraíso antes de la Caída.
 
El núcleo más interno de la enseñanza se simboliza en la transmisión del Nombre secreto de Dios como la más alta y comprensible manifestación de la divinidad. Más allá de ello, la experiencia es inefable, no verbal, y no puede ser comunicada o enseñada sino vivida y experimentada. De ahí que los maestros de Cábala digan a sus discípulos que “no puedo decir más”, “ya lo he explicado por la palabra de la boca”, “esto es un secreto…”.

Al contrario de lo que muchos aficionados suponen, incluidos algunos masones, la Cábala, en última instancia, no trata de operaciones mágicas ni numéricas. Su finalidad consiste en proporcionar la enseñanza teórica y práctica para alcanzar la paz interior, estado edénico y, si es posible, obtener la “visión” de Dios. A estos efectos, las visiones obtenidas por Moisés, Jacob, Elías y, especialmente, por Ezequiel han sido consideradas por la tradición talmúdica como descripciones de la hoja de ruta del meditador.
 
Cuando el profeta Ezequiel dice “Miré y vi un viento huracanado del norte, una gran nube y un fuego destellante, con resplandores en torno, y la visión del Chashmal, en el centro del fuego” (Ezequiel 1:4), los maestros de la cábala han identificado esas experiencias con determinados itinerarios del místico. Así, el Zohar enseña que el “viento huracanado”, la “gran nube”, y el “fuego destellante” se refieren a los tres niveles de las quelipot o “cáscaras” que aturden la mente y sirven de obstáculo con el fin de probar la determinación del aspirante que desea ascender. Según el Zohar, esas son también las tres barreras visualizadas por el profeta Elías: “Un viento fuerte e impetuoso…un terremoto… un fuego… y después del fuego, una tranquila vocecilla” (1 Reyes 19: 11,12). También el Midrash relaciona este fuego con la escalera del sueño de Jacob por la que subían y bajaban ángeles.

Según Ezequiel, la experiencia profética comienza con un “viento huracanado” (Ruach Saarah) en alusión a las “perturbaciones mentales” que obstaculizan la concentración del meditador (recuérdese el atronador ruido de trompetas que escucha Moisés conforme subía el monte Sinaí).
 
Después la mente topa con una “gran nube” (el segundo qelipah), es decir, un estado cognitivo en donde la mente no puede ver ni experimentar nada. Por su parte, como la experiencia profética de Elías fue auditiva en vez de visual, describe esta segunda barrera como un “fuerte ruido” (Raash).
 
La tercera barrera aparece como un fuego aterrador, que cabe identificar con ciertas sensaciones como el mareo, taquicardia, vértigo o sudoración, etc. ante el abandono momentáneo de la consciencia física y mental. Si se mantiene ese estado de concentración, se alcanza el nivel de Nogah, el “resplandor”, una luz que brilla en la oscuridad, o de Chashmal, en el que la sensación de individualidad queda totalmente anulada. La palabra Chashmal procede de: Chash (silencio) y Mal (habla) que describe el estado de “silencio elocuente” en el que se puede oír la palabra de Dios y se produce la visión divina. Equivale a la escucha de la “suave vocecilla” del profeta Elías.

Podría considerarse que la Cábala cristiana se inicia con los textos redactados por judíos conversos en España a partir de finales del siglo XIII (Abner de Burgos, Pablo de Heredia, etc.). Sin embargo, esta corriente apenas tuvo repercusión. El desarrollo de las especulaciones cristianas sobre la Cábala se inicia realmente en torno al ambiente creado por la Academia platónica de los Médicis en Florencia.
 
Bajo la supervisión y estudios de Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494), conversos como Raymond Moncada (Flavius Mithridates) comenzaron a traducir al latín textos cabalistas. Esta extraordinaria difusión de la literatura cabalística se debe a que los místicos y filósofos renacentistas creían haber descubierto en ella la revelación original hecha por Dios a Moisés y a los profetas que se habría conservado gracias a una transmisión oral y escrita ininterrumpida custodiada por los cabalistas. Con esta doctrina no sólo se podía entender mejor la filosofía de Pitágoras, Platón o el orfismo, sino que también se podría obtener la confirmación de algunos aspectos de la fe católica como por ejemplo la divinidad de Jesucristo, los dogmas de la Trinidad o de la Encarnación, etc.
 
Aunque la Iglesia rechazó estas ideas, lo cierto es que la Cábala irrumpió con vigor en los círculos de los platónicos cristianos y, en general, en los ambientes intelectuales renacentistas europeos.
 
Siguiendo la labor de Pico de la Mirandola, el hebraista cristiano Johannes Reuchlin (1455-1522) publicó en latín los primeros textos de Cábala escritos por un no judío; De Verbo mirífico (Del Nombre del obrador de milagros) en 1494 y De arte cabbalistica en 1517. La labor de estos dos autores sirvió para que en 1516 Paolo Ricci, médico privado del emperador Maximiliano, tradujera al latín Las puertas de la Luz (Shaarey Orah) de José Gikatalia (1248-1323), un cabalista nacido en Medinaceli (Valladolid) discípulo de Abulafia, que desarrollaba la técnica de meditación en los diez nombres de Dios asociados a las diez sefirot. Poco tiempo después Cornelius Agrippa de Nettesheim publicaba De occulta philosophia (1531) dando paso a la tendencia mágico-práctica de la cábala.

De esta manera, en la primera mitad de siglo XVI, filósofos neoplatónicos, teólogos cristianos, alquimistas y astrólogos, deslumbrados por el supuesto descubrimiento de una tradición bíblica primigenia o por la expectativa de manipular la naturaleza por medio del poder de las letras hebreas y de los números, se embarcaron en una vasta operación hermenéutica para adaptar las categorías y conceptos cabalistas a la dogmática cristiana. Por ejemplo, las tres primeras sefirot recibieron una interpretación trinitaria, la Shejinah o aspecto femenino de Dios se identificó con la Virgen María, y Jesucristo con el Hombre primodial o Adan Kadmón, etc. En esta labor destacó el cardenal Egidio de Viterbo (1465-1532) o el franciscano Francesco Giorgio de Venecia (1460-1541), que publicó Die Harmonia mundi (1525) y Problemata (1536). Entre los jesuitas, destacó sin duda Athanasius Kircher y su Oedipus Aegyptiacus.

Las fuentes de la Cábala eran ahora traducidas del hebreo al latín. El místico cristiano Guillaume Postel (1510-1581) publicaba en Paris el Sefer Yetzirah (1552) y el Zohar antes de que se imprimiera por primera vez en lengua hebrea en Mantua en 1562.

En este clima propicio a la meditación pura y la especulación teosófica, Jacob Boehme redactará sus escritos teosóficos integradores de diversas corrientes esotéricas y místicas al igual que años antes habían sido publicados por Heinrich Khunrat en su Amphiteatrum Sapientiae Aeternae (1609) que se prolongaron en una potente corriente publicista frecuentada después por masones. Citemos a Abrahán von Frankenberg (1593-1652), Robert Fludd (1574-1637), Thomas Vaughan (1622-1666), Georg von Welling y su Opus mago-cabbalisticum (1735).
 
Christian von Rosenroth publicará su Cábala denudata a lo largo de los años 1677 y 1684. A Franciscus Mercurius van Helmot (1614-1699) debemos una obra con el significativo título de Adumbratio Cabalae Christianae que tuvo una notable influencia en los círculos platónicos de Inglaterra. Otras importantes obras de sincretismo judeocristiano fueron el Traité de la réintégrations del êtres, de Martines de Pasqually (1727-1774), discípulo de Louis Claude de St. Martin o la Philosophie der Geschichte oder Über die Tradition, de Franz Josef Molitor (1779- 1861) que entronca ya con las tendencias más recientes de los siglos XIX y XX.
 
 
 


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