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sábado, 24 de marzo de 2018

FILOSOFÍA HERMÉTICA Y RITOS ANTIGUOS


Nada indica que los iniciados en los Misterios Antiguos tuvieran durante el transcurso de la historia, los mismos rituales exactos, que se habrían transmitido a través de los cultos esotéricos, hasta las corporaciones de oficios, para llegar por fin hasta los Masones. Más probablemente, utilizamos hoy una amalgama simbólica que, bajo ciertas influencias, se ha constituido poco a poco en un sistema coherente y estructurado que llamamos francmasonería.
 
Es sin embargo fácil mostrar que filosóficamente, que la francmasonería está mucho más próxima a las escuelas de Misterios de la antigüedad, que de la tradición bíblica o judeocristiana. Para poner sólo un ejemplo, la noción de la Verdad es muy diferente si se coloca sobre el plano religioso, o sobre el de la iniciación masónica. En el cristianismo, la Verdad procede de la Revelación y desemboca en la formulación de un dogma que funda la fe del creyente.
 
La razón aparece y se desarrolla sólo a partir de los principios admitidos por la fe. Se expresará en las disciplinas que son la teología o la filosofía cristiana. La vía iniciática al contrario, es múltiple y variada en su interpretación de la verdad y el modo de acceder a ella. Por cierto se trata a veces de un tipo de revelación divina, pero la multiplicidad y la diversidad de estas revelaciones es la misma fuente de su relatividad.
 
En cuanto a la filosofía de los antiguos griegos, se articula más o menos estrechamente con este paso espiritual. Pero una de las constantes de estos ritos antiguos es la posibilidad de acercarnos hacia la luz de la verdad por la práctica de los ritos de la iniciación, la virtud personal atada a nuestros actos y nuestros pensamientos, así como el estudio y la reflexión.
 
En esta perspectiva, manifestada en la tradición neoplatónica, la razón y la meditación filosófica nos eleva hacia la Verdad. No esperamos que una gracia descienda del cielo, sino que consideramos que sólo nuestra virtud moral y nuestros esfuerzos intelectuales nos permiten engrandecernos, volvernos continuamente más responsables de lo que somos. Esta idea no es nueva ya que está íntimamente al hermetismo y a la tradición.
 
Así podemos leer en el Cuerpo Hermeticum: «no queda pues más que hacer, lo que tú mismo emprendiste: hacer bien a todos e imitar divina natural que es en el hombre. » Pero si nos limitábamos a lo que acabamos de decir, daríamos sólo una visión demasiado fragmentaria de esta vía. En efecto, como también dice el texto del Cuerpo Hermeticum citado más anteriormente, « el que conoce es bueno y ya divino. »
 
Por naturaleza reconocemos la existencia de una dimensión sagrada y espiritual, inherente al ser y al mundo. La tradición masónica tal como se vive en los ritos egipcios, no es una filosofía simple y moral. Es una vía verdadera y iniciática que implica una relación con lo sagrado a la vez en ella y fuera de ella. El mito y el rito tienen entonces para función de servir de guías a la conciencia del que recorre esta vía.
 
Declarar que el ejercicio de la razón, asociada con la virtud permiten adelantarse hacia el mundo espiritual, es una condición necesaria, pero no suficiente. Esta ascensión del espíritu hacia la Belleza y el Bien del que habla Platon es ley en la francmasonería, y de modo explícito en el Rito de Memphis y Misraïm, a la evocación del sagrado a través de la activación simbólica y ritual del mito.
 
Los símbolos utilizados en el curso de los rituales son la representación de las Ideas del mundo inteligible o ideal. Las ceremonias rituales asociadas con la práctica de la razón y de la virtud permiten pues al espíritu purificarse y desprenderse de pasiones, para desarrollar las cualidades nobles del ser que son la fraternidad, el amor, el coraje, el honor, etc.
 
Los métodos fueron evidentemente diferentes según las escuelas y de ellas los heredamos indirectamente. No olvidemos que las iniciaciones de los misterios desaparecieron hasta que ciertos aspectos rituales fueron practicados de nuevo al Renacimiento. Cuando la francmasonería apareció bajo la forma que la conocemos hoy, fue impregnado valores religiosos y espirituales propios de su época. Los nuevos elementos rituales y simbólicos fueron introducidos en estos y se mezclaron en el seno de los ritos hermetistas egipcios.
 
La intuición notable de los hermanos que adaptaron los ritos masónicos fue reponerlos en lo que les parecía ser su fuente original, es decir lo que se podría llamar al sentido ancho, el egypto-helenismo. Aunque pocos conocimientos históricos y arqueológicos eran accesibles en aquella época, el sentimiento de un parentesco espiritual se reveló como el más fuerte y a menudo compensó las debilidades documentales.
 
Los ritos egipcios de Cagliostro, de Misraim, de Memphis, de Nápoles, etc. aparecieron y se desarrollaron hasta hoy. Entonces, aunque la intuición de salida fue completamente coherente, el desconocimiento de los cuerpos filosóficos, hermétistas, así como datos arqueológicos realmente no permitieron a lo que se podía llamar la masonería egipcia, encontrar su vía y su expresión plena.
 
El hermetismo implica un desarrollo paralelo entre la razón y la espiritualidad. De la misma manera, la francmasonería especulativa procura asociar la reflexión intelectual, en una palabra el ejercicio de la razón, con la iniciación, el paso verdadero y espiritual. Considerar o practicar una sin la otra podía ser, según nuestros antepasados, fuente de error, de orgullo, vanidad, es decir la puerta abierta a las pasiones. Pero el estudio intelectual se tiene que comprender de dos maneras.
 
En primer lugar como el ejercicio constante de la razón crítica, con la presencia de un cierto escepticismo metódico al que ayudamos nosotros al conservar y aumentar nuestra libertad de pensamiento. Este es primordial, porque sabemos que siempre no es fácil formar espíritus libres y respetuosos con los demás.
 
El segundo aspecto es el estudio verdadero y intelectual de las obras del pasado. Así como ampliamente tuvimos la oportunidad de mostrarlo, nosotros todos vivimos sobre los hombros de nuestros predecesores y es fundamental conocer su herencia. Desconocerlo nos conduce  a no percibir la profundidad de nuestros ritos y no adquirir las indicaciones necesarias para nuestra vida. En efecto, los antiguos textos de la tradición hermética no invitan a una sumisión ciega a un principio, tan divino sea. La iniciación tal como la definíamos no es este influjo que desciende a través de tal o tal hiérophante. Es al contrario la expresión de la virtud y de la inteligencia del hombre, manifestación de esta determinación que le permitió sobrepasar el estatuto de animal.
 
Verdaderamente aquí se encuentra el corazón de la tradición masónica, que la hace más rica y más noble. Las antiguas instrucciones masónicas dicen: « estamos aquí para cavar tumbas para los vicios y ascender tus templos a la virtud; » y leemos en el Tratado X-9 del Cuerpo Hermeticum: « Entonces el vicio del alma, es la ignorancia». En efecto cuando una alma no adquirió ningún conocimiento de los antiguos, de su naturaleza, ni del Bien, sino cuando es totalmente ciega, sufre las conmociones violentas de las pasiones corporales. Entonces por haberse ignorado esto, nos hacemos esclavos de un cuerpo monstruoso y depravado, llevamos el cuerpo como una carga, en el que no mandamos sino que nos manda. Tal es el vicio para con alma.
 
"Al contrario la virtud del alma es el conocimiento, porque el que conoce, es bueno y piadoso y ya divino. [] también, cuando das gracias a dios, debes rogar que obtenerse un buen "intelecto". [] el hombre es un ser viviente divino, [] es un dios mortal."
 
Platón explica repetidas veces en sus diálogos que las pasiones encarcelan el alma, la parte espiritual del cuerpo. Naturalmente no puede entonces elevarse hacia el mundo de las Ideas. La virtud moral va, por el contrario, a permitirnos desarrollar en nosotros lo que es esencial y empezar esta ascensión hacia la Luz. Observemos que es cultivando el conocimiento y la inteligencia, diríamos hoy la razón, por lo que nos desprendemos de pasiones y que plenamente manifestamos nuestra humanidad, nuestra naturaleza de "dios mortal". No tenemos que esperar una revelación cualquiera, una salvación que venga del exterior. Ya poseemos las cualidades necesarias y nos incumbe expresarlas, cultivarlas por nuestro trabajo constante y determinado. «Gloria en el trabajo» diría la francmasonería…
 

jueves, 14 de diciembre de 2017

ALQUIMIA Y HERMETISMO EN LA MASONERÍA


La alquimia, ha sido fuente de inspiración del simbolismo masónico. De hecho, históricamente ha habido una mutua influencia en la medida en que ambas corrientes iniciáticas se han servido de las herramientas de un oficio para articular un método de trabajo espiritual hacia un mismo fin. Así, el «gabinete de reflexión» es el Athanor o Huevo filosofal, habitáculo sobre cuya mesa se depositan la Sal y Azufre como representación de ciertos estados del hombre.

Igualmente, la inscripción mural «V.I.T.R.I.O.L.V.M» (Visita interiora terrae. Rectificando, invenies Occultam Lapidem Veram  Medicina) es integrada para describir el proceso de transformación o viaje interior.
 
La experiencia de la cámara de reflexión se asimila a la prueba del elemento tierra, al que siguen los ritos de purificación por el Aire, el Agua y el Fuego de los «elementos» herméticos. También tiene un sentido alquimista el rito del despojamiento de los metales, etc.
 
Por otra parte, es incierto que la cámara de reflexión fuera una aportación de la masonería francesa moderna, pues ya aparece en las iniciaciones monástico-militares medievales como capilla o recinto oscuro solo iluminado por la luz de una vela en la que el candidato había de permanecer en meditación una o varias noches velando sus armas. Y en el texto inglés “La recepción de un francmason” de 1737 se dice que “el recipiendario es conducido por el proponente a una de las habitaciones de la Logia, donde no hay luz”.
 
En este sentido, una de las aportaciones más explícitas fue la del Barón de Tschoudy, masón de diversos grados y sistemas, y autor de una obra titulada “La estrella flamígera” (1766) en la que incorporaba el universo alquímico al ritual masónico.
 
La influencia del hermetismo y la alquimia en los rituales masónicos es innegable aunque en algunos casos esté especialmente encubierta. Nos referimos concretamente a ciertos elementos de la leyenda de la muerte del maestro Hiran Abí que sirvieron para configurar el rito de elevación al grado de maestro y cuya similitud con el mito del asesinato y resurrección de Osiris procede de los textos herméticos y alquimistas, por ejemplo la Pretiosa Margarita de Ianum Lacinium, publicada en Venecia en 1546 que tuvo varias ediciones, una de ellas en 1702, o la Atalanta Fugiens del consejero de Rodolfo II, Michael Maier, publicada en 1617, en los que tal mito egipcio sirve para explicar las fases de la Gran Obra y que los alquimistas masones retomaron en clave masónica para dar cuerpo a la leyenda de Hiram.
 
Para ello, acudieron a la tradición masónica operativa que hacía a Noé custodio de la "palabra perdida" (por ejemplo, el manuscrito Grahan de 1726) hasta que se perdió tras su muerte, de modo que sus tres hijos Shem, Cam y Japheth, intentarán recomponer el cadáver descompuesto, aunque:
 
"Cuando cogieron un dedo, éste se desprendió falange por falange, y lo mismo ocurrió con el puño y con el codo. Entonces levantaron el cadáver y lo sostuvieron, poniendo un pie contra su pie, una rodilla contra su rodilla, el pecho contra su pecho, una mejilla contra su mejilla, y una mano en su espalda, y se pusieron a gritar: Ayuda, oh Padre".
 
Así, de la osirización de Noé, surgió la leyenda de la muerte de Hiram y los tres malos compañeros.

Con todo, a mediados de siglo XX afirmaba René Guénon que “de todas las organizaciones con pretensiones iniciáticas que están actualmente extendidas en el mundo occidental, no hay más que dos que, por decaídas que estén una y otra a consecuencia de la ignorancia y de la incomprehensión de la inmensa mayoría de sus miembros, pueden reivindicar un origen tradicional auténtico y una transmisión iniciática real; estas dos organizaciones, que, a decir verdad, no fueron primitivamente más que una sola, aunque con ramas múltiples, son el Compañerazgo y la Masonería”.
 
Igualmente, para Mircea Eliade “el único movimiento secreto que exhibe una cierta consistencia ideológica, que ya cuenta con una historia y que disfruta de prestigio social y político es la francmasonería.

El resto de las supuestas organizaciones son, en su mayor parte, recientes e improvisaciones híbridas” (Iniciaciones Místicas, conclusión). Hasta un masón tan peculiar como Ragón, reconocía que “ningún grado conocido enseña ni desvela la verdad. Solamente aligerará el velo... Los grados que se practican hasta hoy produjeron masones y no iniciados”.
 
Y en efecto, es un hecho indubitable que la masonería contemporánea se encuentra más preocupada por su proyección social exterior que del progreso interior de sus miembros, el cual, además, concibe como una evolución prácticamente, por no decir exclusivamente, de orden moral o filosófico. Con ello, la masonería ha ido perdiendo paulatinamente su carácter verdaderamente iniciático.

Los intentos de la propia Masonería por descubrir sus orígenes se explican precisamente por la necesidad de entroncar con una tradición iniciática o mistérica auténtica. Esa fue la finalidad de la Asamblea General de los masones de la Estricta Observancia celebrada en Wilhelmsbad en 1782, o de la investigación que, sobre el particular, llevó a Joseph De Maistre a afirmar que; “Ciertamente, la Orden no pudo haber comenzado por lo que vemos ahora. Todo indica que la Francmasonería vulgar es una rama desprendida, y posiblemente corrompida, de un tronco antiguo y respetable”.
 
Aunque son numerosos los investigadores que se han afanado por descubrir las auténticas raíces de la Masonería, lo cierto es que no hay unanimidad en las conclusiones. Se acepta mayoritariamente que la Masonería moderna procede de las corporaciones de oficios medievales y éstas con los colegios de artesanos de la antigua Roma. Desde el punto de vista de la transmisión de una tradición iniciática hay varios argumentos que avalan esta idea.
 
En efecto, el hecho de que el dios romano Jano bifronte presidiera la iniciación a los Misterios y, paralelamente fuera el dios de las corporaciones de artesanos (Collegia fabrorum) se debe a que estas organizaciones estaban en posesión de una tradición "iniciática". Estos antiguos Collegia fabrorum transmitieron regularmente dicho carácter mistérico a las corporaciones medievales, especialmente a la de los constructores, lo que explica que tales corporaciones tuvieran por patronos a los dos san Juan, o que se autodenominaran “Logias de san Juan” (lo cual se ha conservado en la masonería moderna).
 
Igualmente, las dos llaves de Jano, una de oro y otra de plata, que simbolizaban respectivamente los “grandes misterios” (el acceso al “Paraíso celeste”) y los “pequeños misterios” (la entrada al “Paraíso terrestre”), serán más tarde símbolo del Papado y, concretamente, del poder de atar o liberar.
 
Los Collegia fabrorum celebraban en honor del dios Jano las dos fiestas solsticiales, correspondientes a la apertura de las dos mitades ascendente y descendente del ciclo zodiacal, es decir a las puertas de las dos vías celestial e infernal (Janua Coeli y Janua Inferni). Con el Cristianismo, estas fiestas fueron identificadas con los dos san Juan, de invierno y de verano porque se celebran siempre en los alrededores inmediatos de los solsticios de invierno y verano.

En el orden espacial, los solsticios de invierno y verano son los dos puntos que corresponden respectivamente al norte y al sur, mientras que los equinoccios de primavera y otoño corresponden a oriente y occidente. En este sentido, los solsticios son los polos del eje vertical del ciclo anual. Por eso, en el simbolismo masónico, dos tangentes paralelas a un círculo se consideran una representación de los dos san Juan, siendo los puntos de contacto de las dos tangentes los puntos solsticiales.

Esta tradición cardinal de los antiguos constructores, con sus complejos simbolismos, fue transmitida directamente a los constructores medievales, que la desarrollaron y aplicaron de diversas maneras (la planta y alzado de los edificios, el diseño de los pórticos de las catedrales, etc.) para proporcionar a la obra un carácter “pantacular” y hacer de ellas un compendio sintético del Universo. Así, por ejemplo, la idea del ciclo anual o de la vida y de la muerte es evocada en el pórtico de las iglesias a través del Zodíaco o las representaciones del Juicio Final en las que aparecen los elegidos y los condenados que acceden por las puertas del cielos o de los infiernos, es decir, del lado de la derecha o de la izquierda, etc.

La continuidad de los Collegia fabrorum en el occidente medieval es una tesis que cobra fuerza si se tiene en cuenta que aquellas corporaciones romanas subsistieron mientras existió el Imperio romano; es decir, no solo hasta la caída de Roma el año 476, sino hasta el año 1453 con la toma de Constantinopla por los turcos. Durante ese amplio periodo, el sur de Italia, las comarcas balcánicas o la cuenca del Danubio formaban parte del Imperio Romano de Oriente. Bizancio, además, ejercía una muy amplia influencia en el resto de Europa.

Por tal motivo, la leyenda masónica de que el “Arte constructivo” habría venido primero de Oriente a Italia y Francia a través de arquitectos bizantinos y, más concretamente, la mención de un arquitecto denominado significativamente Naymus Grecus (teniendo en cuenta que, en esa época, lo griego representaba genéricamente a todo lo oriental) en antiguas copias de los Old Charges que habría introducido la Masonería en Francia en la época de Carlos Martel, cobra un valor histórico indudable.

Por su parte, desde hacia siglos ya venían ejerciendo su benéfica influencia ciertas Órdenes monásticas poseedoras de una enseñanza auténticamente iniciática, singularmente las de tradición benedictina más pura.
 
Recordemos el importante programa de regeneración espiritual llevado a cabo por la Orden del Cister, liderada por Bernardo de Claraval. A la sombra del Temple se desenvolvieron cofradías como la Massenie del Santo Grial y otro tipo de organizaciones iniciáticas como la Fede Santa, los “Fieles de Amor”, etc. Con todo, no debe confundirse el esoterismo cristiano con un cristianismo esotérico, pues no se trata de una forma especial de cristianismo, sino del lado interior de la doctrina. En toda tradición religiosa conviven las jerarquías esotérica y exotérica de modo que ésta no tiene por qué tener conocimiento “oficial” de la jerarquía esotérica.
 
En la tradición cristiana, el punto de vista esotérico o metafísico se personifica en san Juan, mientras que san Pedro representaría el exoterismo de la religión (Santiago representaría el punto de vista de las ciencias tradicionales, hipostasiado en la masonería bajo la figura del Maître Jacques). En este sentido, el esoterismo cristiano en general y la tradición masónica en particular, sitúa el origen de esta doble vertiente interna/externa en el Evangelio de san Juan. En concreto, tras la resurrección, Jesucristo se encuentra con sus discípulos en las orillas de lago Tiberiades. En un momento determinado Jesucristo se retira del grupo y le dice a Pedro «sígueme». Este observa que Juan les sigue y pregunta «Señor, y éste qué», a lo que Jesús responde «si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa» (Juan 21, 22-23).

Un autor tan poco sospechoso de condescender con el cristianismo, Guénon, afirmaba que en la Edad Media había un esoterismo cristiano que se apoyaba en los símbolos y ritos religiosos sin oponerse en modo alguno a la doctrina; “no es dudoso que ciertas Ordenes religiosas estuvieron muy lejos de ser extrañas a ese esoterismo”… “no es en absoluto dudoso que haya existido un esoterismo específicamente cristiano durante toda la Edad Media (es posible que existan algunos vestigios, sobre todo en las Iglesias orientales)”, citando el caso del maestro dominico Eckhart a los que cabría añadir numerosos personajes poseedores del “gran secreto de reconciliación” entre el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam.

En esta tradición “iniciática” habría que incluir también, entre otros, a Gregorio de Nisa, Evagrio, Casiano o el enigmático Dionisio Areopagita. Los escritos de éste último fueron muy apreciados por Gregorio Magno, Juan Escoto Eriúgena, Buenaventura o Hugo de san Víctor (1095-1141) sirviendo, durante los siglo XIII y XIV, de base al pensamiento neoplatónico occidental. También Ricardo de san Víctor (muerto en el 1176) y discípulo de Hugo, se inspira en la agnosia del pseudo-Dionisio para explicar el éxtasis o rapto. También Alberto Magno (1206-1280) cita a Dionisio 1.200 veces porque lo consideraba un auténtico inspirado. Y Tomás de Aquino (1221- 1274) hace públicamente profesión de seguir su enseñanza y le cita explícitamente más de 1.700 veces.

Conocedores de la tradición contemplativa fueron Anselmo de Canterbury, Bernardo de Claraval, Guillermo de Champeaux Dante (Convivium (III, 15), Pedro Olivi, Tomás Gallus de Verceli, Eckhart, Tauler, Ruysbroeck, Hendrick Herp (1420-1477), Nicolás de Cusa, Giordano Bruno, Francisco de Sales, Fenelón... o los españoles Pedro Hispano, Francisco de Osuna, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Miguel de Molinos, etc...

Igualmente, el desconocido monje inglés, autor de la obras tituladas La nube del no saber (The Cloud of Unknowing) y El libro de la orientación particular (The Epistle of Privy Council), explica magistral y minuciosamente el método de la meditación pura seguido en el siglo XIV. Su doctrina y técnica enlazan con la tradición contemplativa representada por Hugo y Ricardo de san Víctor, san Buenaventura, Tomás de Aquino, etc... De hecho, la expresión Cloud of Unknowing está tomada de la obra De mystica teología de Dionisio Areopagita (I, 3) a cuya tradición se acoge explícitamente.
 
Como es sabido, Dionisio Areopagita se inspiró en diversos pasajes bíblicos alusivos a la tiniebla mística para describir un estado espiritual. En efecto, «En torno al Señor hay una nube oscura» (Sal. 97, 2); «Por el gran esplendor de su presencia se interpusieron nubes » (Sal. 18, 13), o en la consagración del templo de Salomón descrita en el libro I de los Reyes:
 
“la nube había llenado el templo de Yahweh...
pues la gloria de Yahweh llenaba el templo.

Entonces Salomón dijo: Yahweh puso el sol en los cielos,
pero ha decidido habitar en densa nube” (I Reyes 8, 10-12).

Sabemos que las doctrinas de Pitágoras, invocados en los manuscritos masónicos medievales antes citados, siguieron enseñándose en la antigua escuela de Platón, en la Academia de Atenas o en Alejandría hasta muy entrado el siglo VI d. C.

La actitud universalista del neopitagorismo puede ser personificada en el filósofo alejandrino Numenio de Apamea (120-180), uno de los maestros de Plotino, que afirmaba que «Conviene combinar a Pitágoras y a Platón, añadiendo los Misterios y las creencias populares, sobre todo las doctrinas de los brahmanes, de los judíos, de los magos y de los egipcios».
 
Fue precisamente en Alejandría donde el neopitagorismo alcanzó su mayor esplendor. Allí se publicarían las cartas y los famosos versos Aureos atribuidos a Pitágoras. Y aunque el emperador Justiniano cerró la Academia y prohibió la enseñanza de la filosofía pagana obligando a muchos neoplatónicos a exiliarse en Persia, poco después el cambió en la política bizantina hacia una mayor tolerancia, permitió que el pitagorismo, disfrazado de neoplatonismo, fuera enseñado libremente al menos durante 1.200 años, desde el siglo VI a. C. hasta el VI d. C. e incluso después.
 
Hay motivos para sospechar que fueron pitagóricos y neoplatónicos muchos de los sabios que, durante el declive y definitiva caída de Constantinopla a manos de los turcos en 1543, huyeron a Italia (y otras partes de Europa) contribuyendo al surgimiento del Renacimiento. A esta influencia “cultural” oriental que llegará a Occidente se refieren los textos masónicos cuando menciona al maestro masón “Naymus Graecus”, es decir, “el de origen griego-oriental”.

Respecto al neoplatonismo cabe recordar que constituyó uno de los movimientos más fecundos y difundidos durante la antigüedad tardía. Su máximo representante, Plotino, nació el año 204 en Egipto en la ciudad de Licópolis, la actual Assiut.

La influencia de las corrientes budistas, hinduistas y, en general, las doctrinas orientales que circulaban por Alejandría a través de los shakyas viajeros, le despertó “un vivo deseo de conocer experimentalmente las prácticas ascéticas de las filosofías persa e india”. Por tal motivo, en el año 242, cumplidos ya los treinta y ocho años, se unió al séquito del emperador Marco Antonio Gordiano III en su expedición a Persia.

Durante toda su vida Plotino fue modelo de ascetismo, celibato y de entrega generosa a sus discípulos, tan servicial con todos que «estaba a la vez consigo mismo y con los demás». Su biógrafo y discípulo Porfirio asegura que, durante los años en que convivió con él, fue testigo de varios éxtasis de Plotino; “Durante el tiempo que yo estuve con él, cuatro veces le sucedió llegar a ese estado no de forma virtual, sino efectivamente y de manera indecible”. De la escuela de Roma fundada por Plotino destacó su discípulo Porfirio, como en la escuela de Alejandría, encrucijada de culturas, destacaron Amonio Sakkas, Herenio y Orígenes.
 
Pero existieron otros focos notables como la escuela Siria representada por Jámblico, la escuela de Atenas con Proclo, Damascio y Simplicio o la escuela de Pérgamo con Eresio (discípulo de Jámblico), Eusebio, Máximo y Juliano (injustamente llamado el Apóstata)...
 
La influencia del neoplatonismo en el cristianismo oriental se dejó sentir en las obras de Justino, Clemente y Orígenes, pero sobre todo a partir del siglo IV en la escuela formada por san Basilio, Gregorio de Nazianzo y Gregorio de Nisa. En el siglo VI pueden datarse las obras atribuidas a Dionisio el Areopagita, tan fieles a Plotino y a Proclo que algún investigador actual ha llegado a afirmar que el corpus dionisiaco tenía por finalidad acercar el cristianismo al neoplatonismo. Por su parte, en el mundo occidental, el pensamiento neoplatónico se prolonga en autores como Porfirio, Calcidio, Macrobio, Mario Victorino o el propio Agustín de Hipona, que «llegó al cristianismo a través de una interpretación neoplatónica». También en Boecio y Escoto Eriúgena.
 
La derrota del movimiento iconoclasta en el II Concilio de Nicea provocó un éxodo de sabios hacia Occidente, lo que permitió no solo la entrada del corpus dionisíaco sino además un mayor influjo de las corrientes neoplatónicas. Sin embargo, el gran florecimiento del neoplatonismo en Occidente tendrá lugar durante el Renacimiento a consecuencia de un nuevo éxodo de sabios a Italia tras la constante presión turca sobre Bizancio que culminará en la toma de Constantinopla en 1453. Además de la Academia Platónica fundada en Florencia, podemos citar la pléyade de autores que se inspiran en buena medida en el pensamiento clásico en general, y en el neoplatonismo en particular; Gemistos Plethon, el cardenal Bessarión, Crisaloras, los Láscaris, Demetrio Calcóndilas, Marsilio Ficino, Nicolás de Cusa, Pico della Mirándola, Giordano Bruno, etc.
 
Dicho lo anterior, ¿poseía la Masonería de fines del siglo XVIII el “hilo de Ariadna” que le permitía guiarse en el laberinto de las innumerables formas que velan la Tradición única y rencontrar la “Palabra perdida” para hacer surgir “la Luz de las Tinieblas, el Orden del Caos”?
 
A pesar de los masones que se empeñan en utilizar la Orden para sus empresas políticas y sociales, conviene recordar que por muy decaída que esté una organización iniciática como la Masonería, ello no cambia su naturaleza esencial bastando con que se presenten determinadas circunstancias favorables para que tenga lugar una restauración o retorno al estado «operativo» entendiendo por ello no la práctica de un oficio artesanal sino la práctica de un método de realización espiritual que facilite paso de la iniciación virtual a la iniciación efectiva, es decir, la comunicación con estados superiores del Ser.
 
Durante décadas los masones conscientes de esa desviación han planteado que la única manera posible de restaurar el primitivo carácter operativo de la Masonería consistía en reencontrar la “Palabra Perdida”, es decir, vivificar el antiguo método masónico de realización espiritual arrostrando las limitaciones y resistencias que imponen los signos adversos de los tiempos.
 
 
 

miércoles, 6 de diciembre de 2017

SOBRE LA TRADICIÓN HERMÉTICA


Es bien sabido y profundamente explicado por los autores más reconocidos, que la Masonería es, dentro de las órdenes iniciáticas que han subsistido hasta nuestros días, la que recibe de una manera más directa la herencia metafísica y simbólica de la llamada “tradición hermética”.

El hermetismo deriva su nombre de Hermes Trismegisto, el Tres Veces Grande, personaje legendario que los egipcios llamaron Toth, que fue quien transmitió la filosofía perenne y la ciencia esotérica al Occidente. Los griegos lo asimilaron al dios Hermes, el Mercurio romano, mensajero de los dioses y transmisor de la enseñanza primordial, que se ha mantenido intacta hasta nuestros días gracias a las escuelas de iniciación en los misterios de las que deriva nuestra Orden.

 
 Se dice que estos profundos conocimientos habían sido depositados en los antiguos hierofantes, sacerdotes egipcios que en el interior de la caverna iniciaban, mediante ritos similares a los nuestros, a los faraones y a los sabios que debían ser los guardianes y transmisores de esta sabiduría.

Es de suponer que José, el hijo de Jacob que logró ganar el aprecio del faraón por sus conocimientos esotéricos, los sabios y sacerdotes de las doce tribus de Israel antes de la servidumbre, y posteriormente Moisés, bebieron de la ciencia sagrada de los sacerdotes egipcios, engrandeciendo y complementando de esta manera la tradición hebrea. También se sabe que Pitágoras, así como otros sabios que construyeron el llamado Siglo de Oro de los griegos, fueron iniciados por estos hierofantes que formaban la casta sacerdotal egipcia. Y, aunque fuera simbólicamente, el mismo Maestro Jesús fue llevado de niño hacia Egipto, y algunos autores llegan a afirmar que regresó durante su vida oculta y que parte de su formación la recibió de manos de aquellos sacerdotes.
 
Este conocimiento fue también recibido y expresado por los pitagóricos posteriores, como Timeo, Sócrates, Platón y Apolonio de Tiana, constituyendo así la base misma de la cultura y tradición occidentales. Por lo tanto, podemos ver que esta tradición no se limita al Egipto, sino que se expresa en todas las culturas verdaderas, y podemos afirmar que en todas estas culturas existen personajes que pueden ser asimilados al mismo Hermes, y los libros que se atribuyen a estos personajes mitológicos forman parte de los llamados libros herméticos.
 
En efecto, el Emperador Fo-Hi de la China, el planeta mercurio llamado “Budha” por los hindúes, lo mismo que el Odin, Woden o Wotan escandinavo tienen atributos similares a los de Hermes. También en la tradición islámica, el profeta Idris es comparado tanto con Hermes, como con Enoch y Elías, ambos llevados a los cielos sin pasar por la muerte. Y pueden hacerse comparaciones igualmente interesantes, como las que se logran relacionando el nombre de Hiram, que en su raíz es idéntico al de Hermes (HRM), así como con los arcángeles Rafael y Miguel, que la cábala judía asimila también a Mercurio y al Sol. Resulta particularmente notable el hecho de que también en la simbología mexicana pueda ser comparable el Quetzalcohuatl, serpiente emplumada, con el símbolo del caduceo de Mercurio compuesto también por una serpiente con alas.

También el escudo de México, con el águila devorando a la serpiente, puede ser comparado con el Toth egipcio, al cual relacionan con el Ibis, destructor de reptiles.

Todas estas comparaciones no pueden ser meras coincidencias, sino que por el contrario constituyen una prueba más de que todas las culturas toman sus símbolos de la Tradición Primordial, tronco común de todas ellas. Y todos estos conocimientos habían sido ya manifestados, tomando a veces otros ropajes, tanto en las antiguas civilizaciones orientales, como en aquellas culturas del norte y del sur de las que por los cataclismos cíclicos ya no quedan vestigios, y de las que probablemente sean también herederos nuestros pueblos precolombinos de América. Pero es importante hacer notar que este conocimiento también se manifiesta en Occidente durante la última y cuarta partes del ciclo; y la ciencia expresada a través de los mitos y símbolos egipcios, judíos, griegos, romanos, cristianos y árabes, constituyen una unidad, de la que deriva propiamente la llamada tradición hermética y que es la forma que toma la tradición unánime y primaria en esos momentos históricos y lugares geográficos que podríamos definir como occidentales, de los que recibimos de forma directa nuestra cultura, que en sus aspectos más internos o esotéricos fue transmitida a través de los ritos y enseñanzas dadas en las escuelas de iniciación precursoras de la Masonería.

Aunque este pequeño trabajo no se propone hacer una detallada narración histórica, obra que ya han realizado verdaderos especialistas, es sin embargo necesario hacer mención de ciertos acontecimientos básicos íntimamente relacionados con la historia de nuestra institución y de la tradición hermética en particular.
 
En primer lugar, nos referimos a lo ocurrido en la Alexandría del siglo III de nuestra era, lugar donde se produce una verdadera síntesis de este conocimiento: allí confluyen de manera asombrosa, ideas y personajes provenientes de diversos tiempos y lugares; allí conviven los primeros cristianos con los gnósticos, los pensadores griegos neoplatónicos, mezclándose a su vez con la tradición judía, caldea, etc., y hasta con el hinduismo, el budismo y el taoísmo chino. Esta afortunada confluencia hace posible que se conforme una verdadera doctrina sintética que se expandirá en diversas direcciones.
 
También debemos mencionar el descenso coránico en la persona de Mahoma, y la extraordinaria expansión del imperio islámico, que habrá de influir de manera determinante en el pensamiento, la ciencia y el arte de la Edad Media, durante la cual alcanza su mayor esplendor la Tradición Hermética, que se expresa en este momento a través de las órdenes de caballería (en especial cabe mencionar la de los Templarios) y también a través de los bardos y los constructores del arte y la arquitectura gótica. Es durante este período que se desarrollan de manera notable las ciencias herméticas y esotéricas, tales como la numerología, la geometría y la arquitectura (ciencias de la escuadra y el compás), así como la cábala, la alquimia y la astrología, todas ellas intermediarias entre la tierra y el cielo, vehículos de conocimiento o Arte Real y cosmológico, que si conducimos adecuadamente nos llevará a los principios de lo supra-cósmico, expresados por el arte sacerdotal.

Cuando la Edad Media entra en su decadencia y los caballeros y sabios son torturados y quemados, confundidos con los brujos, estas ciencias se ocultan nuevamente en las órdenes iniciáticas, tales como la de los Místicos de Munich y la de los Fieles de Amor (a las que pertenecieron el Maestro Eckhart y el Dante, entre otros).
 
En el Renacimiento, también nuestras ciencias ‘renacen’, tomando nuevas formas; pero a partir de allí, cuando se siembra la semilla del racionalismo posterior y del materialismo actual, todas estas ciencias son paulatinamente olvidadas y sustituidas por las ciencias técnicas y empíricas, aunque sin embargo son conservadas intactas en esos centros de iniciación, que a partir del siglo XVIII toman el nombre de “Masonería”.

Creemos que para comprender el sentido de la Tradición Hermética y la razón de ser de nuestra Orden, es necesario superar los prejuicios de la mentalidad moderna. “La tradición hermético-alquímica forma parte del ciclo de la civilización premoderna, tradicional.

Para comprender su espíritu hay que trasladarse interiormente de un mundo a otro… Y sólo entonces surgirá en ciertas expresiones una luz inesperada, ciertos símbolos se convertirán en medios para un despertar interior, se admitirán nuevos vértices de realización humana, y se comprenderá cómo es posible que ciertos “ritos” puedan adquirir un poder “mágico” y operativo y constituirse en una Ciencia que por lo demás, no tiene nada que ver con lo que hoy corre bajo este nombre”. Se sabe que en sus orígenes la Masonería fue fundamentalmente “operativa”, dándole la mayor importancia al estudio y la vivencia de estos conocimientos herméticos, lo que constituía su razón de ser y le dio la fuerza necesaria para cumplir su objetivo.

El mismo Oswald Wirth nos dice que la verdadera iniciación masónica es activa. “Nos hace copartícipes en una obra, la Obra por excelencia, la Magna Obra de los hermetistas. La iniciación no se busca para saber, sino para obrar, para aprender a trabajar. Según el lenguaje simbólico empleado por cada escuela de iniciación, el trabajo tiene por objeto la transmutación del plomo en oro (Alquimia) o la construcción del Templo de la Concordia Universal (Francmasonería)”.

Desgraciadamente, nuestra Orden no ha podido escapar a la corriente de decadencia que priva en el mundo moderno. Cuando se dan los primeros síntomas de esta decadencia y crisis, las logias comienzan a tonarse cada vez más especulativas y menos operativas; y modernamente, la gran mayoría de los integrantes de sus cuadros ignora su verdadera razón de ser, dando más importancia a la influencia social, política y económica que a la iniciación efectiva e individual de sus miembros y al conocimiento de las ciencias que la hicieron nacer y que le dan su verdadera razón de ser.

Si esta actitud se generalizara, probablemente la Orden desaparecería como tal, o a lo sumo se convertiría en una especie de club social más o en un simple grupo de influencia política.

Dichosamente, todavía se mantienen también dentro de los cuadros, verdaderos masones estudiosos de los principios metafísicos y de los símbolos herméticos; son numerosos los autores masónicos que se han ocupado de preservar la doctrina y explicar su profunda simbología; y, lo que quizá es más importante de todo, se mantienen los ritos y la transmisión iniciática, a través de los cuales se conserva ese profundo influjo espiritual que hará que nuestra Orden cumpla la noble y divina misión para la cual fue creada, de conformidad con la voluntad del Gran Arquitecto del Universo.

 
 
 
 

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