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sábado, 24 de marzo de 2018

FILOSOFÍA HERMÉTICA Y RITOS ANTIGUOS


Nada indica que los iniciados en los Misterios Antiguos tuvieran durante el transcurso de la historia, los mismos rituales exactos, que se habrían transmitido a través de los cultos esotéricos, hasta las corporaciones de oficios, para llegar por fin hasta los Masones. Más probablemente, utilizamos hoy una amalgama simbólica que, bajo ciertas influencias, se ha constituido poco a poco en un sistema coherente y estructurado que llamamos francmasonería.
 
Es sin embargo fácil mostrar que filosóficamente, que la francmasonería está mucho más próxima a las escuelas de Misterios de la antigüedad, que de la tradición bíblica o judeocristiana. Para poner sólo un ejemplo, la noción de la Verdad es muy diferente si se coloca sobre el plano religioso, o sobre el de la iniciación masónica. En el cristianismo, la Verdad procede de la Revelación y desemboca en la formulación de un dogma que funda la fe del creyente.
 
La razón aparece y se desarrolla sólo a partir de los principios admitidos por la fe. Se expresará en las disciplinas que son la teología o la filosofía cristiana. La vía iniciática al contrario, es múltiple y variada en su interpretación de la verdad y el modo de acceder a ella. Por cierto se trata a veces de un tipo de revelación divina, pero la multiplicidad y la diversidad de estas revelaciones es la misma fuente de su relatividad.
 
En cuanto a la filosofía de los antiguos griegos, se articula más o menos estrechamente con este paso espiritual. Pero una de las constantes de estos ritos antiguos es la posibilidad de acercarnos hacia la luz de la verdad por la práctica de los ritos de la iniciación, la virtud personal atada a nuestros actos y nuestros pensamientos, así como el estudio y la reflexión.
 
En esta perspectiva, manifestada en la tradición neoplatónica, la razón y la meditación filosófica nos eleva hacia la Verdad. No esperamos que una gracia descienda del cielo, sino que consideramos que sólo nuestra virtud moral y nuestros esfuerzos intelectuales nos permiten engrandecernos, volvernos continuamente más responsables de lo que somos. Esta idea no es nueva ya que está íntimamente al hermetismo y a la tradición.
 
Así podemos leer en el Cuerpo Hermeticum: «no queda pues más que hacer, lo que tú mismo emprendiste: hacer bien a todos e imitar divina natural que es en el hombre. » Pero si nos limitábamos a lo que acabamos de decir, daríamos sólo una visión demasiado fragmentaria de esta vía. En efecto, como también dice el texto del Cuerpo Hermeticum citado más anteriormente, « el que conoce es bueno y ya divino. »
 
Por naturaleza reconocemos la existencia de una dimensión sagrada y espiritual, inherente al ser y al mundo. La tradición masónica tal como se vive en los ritos egipcios, no es una filosofía simple y moral. Es una vía verdadera y iniciática que implica una relación con lo sagrado a la vez en ella y fuera de ella. El mito y el rito tienen entonces para función de servir de guías a la conciencia del que recorre esta vía.
 
Declarar que el ejercicio de la razón, asociada con la virtud permiten adelantarse hacia el mundo espiritual, es una condición necesaria, pero no suficiente. Esta ascensión del espíritu hacia la Belleza y el Bien del que habla Platon es ley en la francmasonería, y de modo explícito en el Rito de Memphis y Misraïm, a la evocación del sagrado a través de la activación simbólica y ritual del mito.
 
Los símbolos utilizados en el curso de los rituales son la representación de las Ideas del mundo inteligible o ideal. Las ceremonias rituales asociadas con la práctica de la razón y de la virtud permiten pues al espíritu purificarse y desprenderse de pasiones, para desarrollar las cualidades nobles del ser que son la fraternidad, el amor, el coraje, el honor, etc.
 
Los métodos fueron evidentemente diferentes según las escuelas y de ellas los heredamos indirectamente. No olvidemos que las iniciaciones de los misterios desaparecieron hasta que ciertos aspectos rituales fueron practicados de nuevo al Renacimiento. Cuando la francmasonería apareció bajo la forma que la conocemos hoy, fue impregnado valores religiosos y espirituales propios de su época. Los nuevos elementos rituales y simbólicos fueron introducidos en estos y se mezclaron en el seno de los ritos hermetistas egipcios.
 
La intuición notable de los hermanos que adaptaron los ritos masónicos fue reponerlos en lo que les parecía ser su fuente original, es decir lo que se podría llamar al sentido ancho, el egypto-helenismo. Aunque pocos conocimientos históricos y arqueológicos eran accesibles en aquella época, el sentimiento de un parentesco espiritual se reveló como el más fuerte y a menudo compensó las debilidades documentales.
 
Los ritos egipcios de Cagliostro, de Misraim, de Memphis, de Nápoles, etc. aparecieron y se desarrollaron hasta hoy. Entonces, aunque la intuición de salida fue completamente coherente, el desconocimiento de los cuerpos filosóficos, hermétistas, así como datos arqueológicos realmente no permitieron a lo que se podía llamar la masonería egipcia, encontrar su vía y su expresión plena.
 
El hermetismo implica un desarrollo paralelo entre la razón y la espiritualidad. De la misma manera, la francmasonería especulativa procura asociar la reflexión intelectual, en una palabra el ejercicio de la razón, con la iniciación, el paso verdadero y espiritual. Considerar o practicar una sin la otra podía ser, según nuestros antepasados, fuente de error, de orgullo, vanidad, es decir la puerta abierta a las pasiones. Pero el estudio intelectual se tiene que comprender de dos maneras.
 
En primer lugar como el ejercicio constante de la razón crítica, con la presencia de un cierto escepticismo metódico al que ayudamos nosotros al conservar y aumentar nuestra libertad de pensamiento. Este es primordial, porque sabemos que siempre no es fácil formar espíritus libres y respetuosos con los demás.
 
El segundo aspecto es el estudio verdadero y intelectual de las obras del pasado. Así como ampliamente tuvimos la oportunidad de mostrarlo, nosotros todos vivimos sobre los hombros de nuestros predecesores y es fundamental conocer su herencia. Desconocerlo nos conduce  a no percibir la profundidad de nuestros ritos y no adquirir las indicaciones necesarias para nuestra vida. En efecto, los antiguos textos de la tradición hermética no invitan a una sumisión ciega a un principio, tan divino sea. La iniciación tal como la definíamos no es este influjo que desciende a través de tal o tal hiérophante. Es al contrario la expresión de la virtud y de la inteligencia del hombre, manifestación de esta determinación que le permitió sobrepasar el estatuto de animal.
 
Verdaderamente aquí se encuentra el corazón de la tradición masónica, que la hace más rica y más noble. Las antiguas instrucciones masónicas dicen: « estamos aquí para cavar tumbas para los vicios y ascender tus templos a la virtud; » y leemos en el Tratado X-9 del Cuerpo Hermeticum: « Entonces el vicio del alma, es la ignorancia». En efecto cuando una alma no adquirió ningún conocimiento de los antiguos, de su naturaleza, ni del Bien, sino cuando es totalmente ciega, sufre las conmociones violentas de las pasiones corporales. Entonces por haberse ignorado esto, nos hacemos esclavos de un cuerpo monstruoso y depravado, llevamos el cuerpo como una carga, en el que no mandamos sino que nos manda. Tal es el vicio para con alma.
 
"Al contrario la virtud del alma es el conocimiento, porque el que conoce, es bueno y piadoso y ya divino. [] también, cuando das gracias a dios, debes rogar que obtenerse un buen "intelecto". [] el hombre es un ser viviente divino, [] es un dios mortal."
 
Platón explica repetidas veces en sus diálogos que las pasiones encarcelan el alma, la parte espiritual del cuerpo. Naturalmente no puede entonces elevarse hacia el mundo de las Ideas. La virtud moral va, por el contrario, a permitirnos desarrollar en nosotros lo que es esencial y empezar esta ascensión hacia la Luz. Observemos que es cultivando el conocimiento y la inteligencia, diríamos hoy la razón, por lo que nos desprendemos de pasiones y que plenamente manifestamos nuestra humanidad, nuestra naturaleza de "dios mortal". No tenemos que esperar una revelación cualquiera, una salvación que venga del exterior. Ya poseemos las cualidades necesarias y nos incumbe expresarlas, cultivarlas por nuestro trabajo constante y determinado. «Gloria en el trabajo» diría la francmasonería…
 

lunes, 19 de marzo de 2018

LOS RITOS SAGRADOS DIONISIACOS


Examinaremos ahora, detalladamente los misterios que están más íntimamente relacionados con la historia de la francmasonería, y cuya influencia se siente con mayor fuerza en su organización actual.

La pluma satírica de Aristófanes no ha perdonado ni los festivales dionisiacos; pero la burla y el sarcasmo de un autor cómico se pueden escuchar siempre con cierta condescendencia, pues por lo menos, ha tenido la candidez de confesar que nadie podía iniciarse si era culpable de un crimen contra su país o contra la seguridad pública.

Eurípides hace proclamar al coro en su BACCHAE que los misterios se practicaban únicamente con propósitos virtuosos. Sin embargo, las iniciaciones llegaron con el tiempo a tener cierto carácter licencioso en Roma; pues ya dice Sainte Croix: "no se puede dudar de que la introducción de las fiestas de Baco en Italia aceleró los progresos del libertinaje y de la intemperancia en éste país".
 
San Agustín prorrumpe en invectivas contra la pureza de las ceremonias correspondientes a los ritos sagrados de Baco, practicadas en Italia; pero, no niega que fueron practicadas con carácter religioso, o por lo menos supersticioso: "Sic videlicet liber deus placandus fuerat". La propiciación ofrecida a la divinidad era en realidad un acto religioso.

De todos los misterios paganos instituidos por los antiguos no hubo ningunos más difundidos que los del Dios griego Dionisios, los cuales se establecieron en Grecia, Roma, Siria y Asia Menor. Entre los griegos y sobre todo entre los romanos, los ritos celebrados en los festivales dionisiacos eran de carácter licencioso; pero en Asia adoptaron una forma diferente. Allí, como en todas partes, la leyenda (ya hemos dicho que cada misterio tenía su leyenda), relataba el asesinato de Dionisios por los titanes. En las ceremonias se representaba lo que decía la leyenda.
 
La doctrina secreta no era tampoco diferente en Asia que en las naciones occidentales; pero había algo peculiar en su sistema. Especialmente los misterios de Dionisios celebrados en Siria, no tenían solamente carácter teológico, pues, además de aceptar las opiniones secretas de la unidad de Dios y de la inmortalidad del alma, comunes a todos los misterios, practicaban sus discípulos el arte arquitectónico dedicándose a construir templos y edificios públicos, mientras buscaban la verdad divina. Sólo se puede explicar la gran pureza de estos ritos sirios adoptando la ingeniosa teoría de Thirwall, según la cual "todos los misterios eran restos de un culto anterior a la mitología helénica. Sus ritos auxiliares se basaban en una idea menos fantástica y más real adecuada de la naturaleza con objeto de despertar el pensamiento filosófico y el sentimiento religioso".
 
Thirwall supone además, que como los asiáticos, debido a su situación geográfica, no incurrieron tan pronto como los griegos en los errores del helenismo, pudieron conservar mejor la pureza y la filosofía de la doctrina pelástica, que indudablemente había emanado directamente de la religión patriarcal, o sea, de la francmasonería pura del mundo autediluviano. Sea como fuere, nosotros sabemos que "los dionisiacos de Asia Menor constituían una sociedad de arquitectos e ingenieros que gozaban del exclusivo privilegio de construir templos, estadios y teatros, bajo la misteriosa tutela de Baco, y se distinguían de los habitantes no iniciados o profanos por la ciencia que poseían y por los signos y toques privados con los que se reconocían entre sí".
 
Esta sociedad especulativa y operativa, especulativa por las lecciones teológicas y esotéricas que se enseñaban en sus iniciaciones, y operativa por el trabajo arquitectónico a que se dedicaban sus miembros, se distinguía por muchas características que la asimilan a la institución francmasónica.
 
En la práctica de la caridad, los hermanos más opulentos debían subvenir a las necesidades y contribuir al sustento de los más pobres. Por convenir así al trabajo y a su dirección, se dividían en organismos más pequeños, los cuales estaban dirigidos, como nuestras logias, por oficiales superintendentes. Empleaban en sus ceremonias los instrumentos de la albañilería, y tenían, como los francmasones, un lenguaje universal de signos convencionales para reconocerse, con los cuales los hermanos podían conocerse tanto en la luz como en las tinieblas, sirviendo para unir a todo el organismo en una fraternidad común, en cualquier parte en que se encontraran sus miembros dispersos.
 
En las obras de los autores antiguos se encuentran pruebas evidentes de la existencia de estos signos y palabras de paso empleadas en los misterios. Por ejemplo, Apuleyo dice en su Apología: "Si qui forteadest corundem Solemnium mehi particep, signum dato", etc., lo cual quiere decir que "si entre los presentes hay alguien que haya sido iniciado en los mismos ritos que yo, estará en libertad de escuchar lo que yo guardo con tanto secreto, si me da el signo".
 
Plauto alude también a esta costumbre, cuando hace que Milfidipa diga a Pirogopolónices, en su miles Clóriosus, act. IV, sc. 2: "Cedo signum, si harunc Baccharum es", o sea, "Dadme el signo si sois uno de los báquicos" o iniciados en los misterios de Baco.
 
Clemente de Alejandría llama a estas maneras de reconocerse es decir, medios de salvación. En otra parte, Apuleyo emplea la palabra memoracula, para denotar la palabra de paso, cuando dice "snctíssime sacrorum signa et memoracula custodire", que debe traducirse "conservar escrupulosamente los signos y palabras de paso de los ritos y símbolos sagrados".
 
Ya hemos dicho que la leyenda de los misterios de Dionisios relataba la muerte de este héroe-dios y el descubrimiento de su cadáver. Pero, para apreciar debidamente los hechos, es preciso dar más detalles sobre la naturaleza del ritual dionisiaco. En estos ritos místicos, el aspirante representaba de un modo simbólico y dramático los acontecimientos relacionados con la muerte del Dios de que derivaban su nombre los misterios.
 
Después de una serie de ceremonias preparatorias, en las que ponían a prueba su fortaleza y valor, se procedía a figurar el afanismo o muerte mística de Dionisios; y el griterío y las lamentaciones de los iniciados, con el entierro del candidato en el pastos, cofre o ataúd, constituía la primera parte de la ceremonia iniciática. Después empezábase a buscar los restos de Dionisios, lo cual se hacía en medio de la mayor confusión y de gran tumulto. Por fin, se encontraba al Dios; la tristeza se transformaba en alegría, la luz sucedía a las tinieblas, y se investía al candidato con el conocimiento de la doctrina secreta de los misterios: la creencia en la existencia de un solo Dios y un futuro estado de recompensas y castigos.

Tales fueron los misterios practicados por los arquitectos (mejor dicho por los francmasones), de Asia Menor. En Tiro, la ciudad más rica e importante de esta región, memorable por el esplendor y magnificencia de sus edificios, existieron colonias o Logias de estos arquitectos místicos. Este hecho debe tenerse presente siempre, pues constituye un importante eslabón de la cadena que posteriormente une a los Dionisios con los francmasones.

Pero, para completar los eslabones de la cadena, es necesario demostrar que los artistas místicos de Tiro, fueron por lo menos contemporáneos de la construcción del templo de Salomón. Tal es lo que vamos a intentar a continuación.

Lawrie, cuyas minuciosas investigaciones sobre este asunto han dejado poco ya por descubrir, sitúa en la época de la emigración jónica, la llegada de los Dionisios al Asia Menor cuando "los habitantes del Atica, descontentos de la pequeñez de su territorio y de la pobreza del suelo, salieron en busca de tierras más extensas y fértiles. Habiéndoseles unido algunos habitantes de las provincias limítrofes, embarcaron para Asia Menor, de donde expulsaron a los aborígenes, apoderándose de las mejores posiciones y uniéndose bajo el nombre de Jonia, por ser la mayor parte de los refugiados procedentes de esa provincia griega".

Valiéndose de sus conocimientos en las artes escultórica y arquitectónica, en las cuales habían ya los griegos hecho grandes progresos, llevaron los emigrantes a las nuevas tierras sus costumbres religiosas, e introdujeron en Asia los misterios de Atenea y Dionisios, mucho tiempo antes de que el libertinaje del país paterno los corrompiera.
 
Ahora bien, Playfair sitúa la emigración jónica en el año 1044 antes de Cristo; Gilles, en el 1055, y el Abate Barthelemy, en el 1076. La última de estas fechas es anterior en cuarenta y cuatro años al comienzo de la construcción del templo de Salomón, y da un margen de tiempo suficiente para que se pudiera establecer en la ciudad de Tiro la fraternidad dionisiaca e iniciarse "Hiram el Constructor" en sus misterios.

Sigamos ahora el eslabonamiento de los acontecimientos históricos que, finalmente, unieron esta purísima rama de la francmasonería espúrea de las naciones paganas con la francmasonería primitiva de los judíos de Jerusalén.
 
Cuando Salomón, rey de Israel, iba a empezar, de acuerde, con los propósitos de su padre "una casa dedicada al nombre de Jehová su Dios", quiso hacer sabedor de su deseo a Hiram, rey de Tiro, pues sabía cuán diestros eran los arquitectos dionisiacos de su país, y rogó a este monarca que le prestara su colaboración con el fin de llevar a feliz término su piadoso propósito. Cuentan las escrituras que Hiram satisfizo los ruegos de Salomón y le envió trabajadores para que le ayudaran en su gloriosa empresa. Entre los enviados estaba un arquitecto, a quien describe brevemente el primer libro de los Reyes, como "hijo de una viuda de la tribu de Neftalí, y su padre había salido de Tiro: trabajaba él en bronce, lleno de sabiduría, inteligencia y saber en toda obra de metal", y con más detalle en el segundo libro de las crónicas, donde se dice:
 
"Yo, pues, te he enviado un hombre hábil y entendido, que fue de Hiram mi padre. Hijo de una mujer de las hijas de Dan, mas su padre fue de Tiro, el cual sabe trabajar en oro, plata y metal, en hierro, en piedra y en madera, en púrpura y en cárdeno, en lino y en carmesí; asimismo para esculpir todas figuras, y sacar toda suerte de diseño que se le propusiere".
 
A este hombre (a este hijo de viuda, como dice la sagrada escritura y refiere la tradición masónica), le confió el rey Salomón un importante cargo entre los trabajadores del sagrado edificio que se erigía sobre el Monte Moria. Sus conocimientos y experiencias de artífice y sobresaliente pericia en todo género de "primorosas y sabias manufacturas" pronto le colocaron al frente de los trabajadores judíos y tinos, como arquitecto jefe y director principal de las obras.
 
A él es a quien atribuimos la unión de dos pueblos tan antagónicos por sus razas, tan desemejantes en costumbres y tan opuestos en religión, como el judío y el tirio, en una fraternidad común, que vino a convertirse en la institución francmasónica. Para conseguirlo debió de servirse de la influencia que le daba su elevada posición. Hiram, como tirio y como artífice, debió estar en relación con la fraterniad dionisiaca y no fue un humilde miembro a juzgar por la elevada posición de sus afectos en la corte del Rey de Tiro.
 
Por tanto, debió de conocer todas las costumbres ceremoniales de los artífices dionisiacos, y gozar una larga experiencia de las ventajas de la disciplina y del gobierno por ellos practicados en la construcción de los numerosos edificios sagrados en que trabajaban. No cabe duda de que él introduciría algunas de las costumbres del ceremonial y de la disciplina entre los trabajadores de Jerusalén. Para ello les unió en una sociedad, parecida en muchos de sus aspectos a la de los artífices dionisiacos; enseñó lecciones de caridad y de amor fraternal; estableció una ceremonia de iniciación para poner a prueba experimental la fortaleza y valía de los candidatos; adoptó modos de reconocimiento, e inculcó las obligaciones del deber y los principios de la moral, valiéndose de símbolos y alegorías.
 
A los peones y cargadores, los Ish Sabal, así como a los albañiles, correspondientes al primero y segundo grados de la Francmasonería más moderna, se les confiaban pocos secretos. Sus instrucciones, semejantes a la de los aspirantes a los misterios menores, consistían simplemente en purificar y preparar para pruebas más solemnes y para el conocimiento de verdades más sublimes, que se aprendían en el grado de maestros, a imitación de los grandes misterios, en el que se descubrían, exponían y corroboraban las grandes doctrinas de la unidad de Dios y de la inmortalidad del alma.
 
Pero aquí es donde al parecer se levanta un obstáculo infranqueable que impide continuar la semejanza de la francmasonería con los misterios dionisiacos. Ya hemos dicho que en los misterios paganos estas lecciones se enseñaban alegóricamente por medio de una leyenda. Ahora bien, en los misterios de Dionisios esta leyenda era la de la muerte y resurrección del Dios Dionisios; pero hubiera sido completamente imposible enseñar a los candidatos esta leyenda como base de las instrucciones que debían de recibir; porque cualquiera alusión a las fábulas mitológicas de sus colindantes los gentiles cualquiera celebración de los mitos teológicos paganos, hubiera sido igualmente ofensiva a las inclinaciones y repugnante a los prejuicios religiosos de la nación judía educada de generación en generación en el culto a un ser divino, celoso de sus prerrogativas, que se había dado a conocer a su pueblo con el nombre de Jehová, el Dios del tiempo presente, pretérito y futuro.
 
No sabemos de qué modo habría podido saltar este obstáculo el fundador israelita de la orden. No cabe duda de que habría tenido que inventar un sustituto en el que se comprendieran todos los requisitos simbólicos de la leyenda de los misterios, o sea, de la francmasonería espuria, sin violar los principios religiosos de la francmasonería primitiva judía. Pero no fue preciso recurrir a invención semejante, porque dícese que antes de la terminación del templo, ocurrió un triste suceso, que sirvió para cortar el nudo gordiano: la muerte del arquitecto jefe, que ha proporcionado a la francmasonería su leyenda, leyenda, que, como la de todos los misterios, sirven para testimoniar nuestra fe en la resurrección del cuerpo y la inmortalidad del alma.
 
Antes de concluir este tema, vamos a decir algo sobre la autenticidad de la leyenda del tercer grado. Algunos francmasones distinguidos creen que es un hecho histórico, mientras que otros lo consideran bella alegoría, lo cual no tiene importancia alguna en lo atañente al simbolismo de la francmasonería. Quienes defienden su carácter histórico, se fundan en lo siguiente:
 
Primero.
 
Porque el carácter de la leyenda cumple todos los requisitos del bien conocido axioma de Vicentius Lirinenses sobre lo que debe creerse de la tradición: "Quodd semper, quod ubique, quod ab omnibus traditum est".

O sea, que debe creerse todo aquello que se ha trasmitido por tradición y por todas las personas en todos los tiempos y lugares. Opinan que la leyenda de Hiram Abif está completamente de acuerdo con esta regla, pues ha sido universalmente admitida y abonada casi en su integridad por los francmasones, desde los tiempos más antiguos. No hay prueba histórica de que la francmasonería existiera sin esta leyenda desde la época del templo de Salomón en adelante. Está ella tan íntimamente ligada al sistema general, formando su parte esencial, y dándole su más definido carácter, que es evidente que la institución no podría existir sin la leyenda.
 
Quienes abogan por el carácter histórico de la leyenda creen que esto es por lo menos una probabilidad de la verdad.

Segundo.
 
La historia contenida en las segundas escrituras sobre la construcción del templo, no contradicen esta leyenda. Y, por tanto, en ausencia de la única autoridad escrita sobre este tema, quedamos en libertad de depender de la tradición, con tal de que ésta sea razonable y se apoye en una sucesión ininterrumpida, como en este caso ocurre.

Tercero.
 
Se pretende que este mismo silencio de las escrituras sobre la muerte de Hiram el Constructor es un argumento en favor de la misteriosa naturaleza de su muerte. Es dificil que a un hombre que llegó a ser el favorito de dos reyes (enviado por uno y recibido por el otro como don inapreciable y digno de historiarse) se le dejara en olvido una vez terminado su trabajo, sin dedicarle tan siquiera unas lineas de recuerdo, a menos que su muerte hubiera acontecido en circunstancias tales que fuera impropio darlas a la publicidad. Esto es precisamente lo que se cree que debió ocurrir. Ella se convirtió en leyenda de los nuevos misterios, que, al igual que las de los más antiguos, sólo se podía divulgar cuando se acompañaba de instrucciones simbólicas que se trataban de inculcar en las almas de los aspirantes.

Además, aun admitiendo que la leyenda del tercer grado sea mera ficción, que todo el relato masónico y extraescritural de la vida de Hiram Abif sea simplemente un mito, esto no afectaría en lo más mínimo a la teoría que tratamos de demostrar. Ya observó el sabio Müller que en el relato mítico van íntimamente unidos el hecho y la imaginación, lo real y lo irreal. Puesto que, según la opinión de este mismo autor, el mito nace siempre de una necesidad inconsciente por parte de sus creadores y por principios que actúan del mismo modo en todos, debemos remontarnos hacia la francmasonería de los dionisiacos en busca del principio que condujo a la formación involuntaria de este mito hirámico.

Así, pues, llegarnos al mismo resultado que el indicado antes, es decir, que la necesidad del sentimiento religioso en el alma judía, que hubiera rechazado la introducción de la leyenda de Dionisios, llevó a la sustitución de ésta por la de Hiram, en la cual las partes ideales de lo narrativo van íntimamente ligadas a las transacciones reales.

De modo que la existencia de Hiram Abif, arquitecto-jefe del templo de Jerusalem y amigo confidencial de los reyes de Israel y de Tiro, como indica su título de Ab, o padre, y el hecho de que no se vuelva a oír nada sobre él después de terminado el templo son hechos rigurosamente históricos. Su muerte violenta descrita por la leyenda masónica, puede ser cierta o, también, un elemento mítico incorporado a la narración histórica.

Pero sea o no cierto esto (que la leyenda es hecho o ficción, historia o mito) lo indudable es que los francmasones salomónicos la adoptaron como sustituta de la leyenda idolátrica de la muerte de Dionisios, perteneciente a los misterios dionisiacos de los trabajadores tirios.
 
 
 

sábado, 17 de marzo de 2018

LA VIDA COMO RITO EN LA MASONERÍA


Repetidamente hemos hablado en nuestras tenidas de la necesi­dad de vivir la vida como un rito. Rito y orden son equivalentes, es pues un orden lo que se impone; claro está, pero este no es el se­guimiento de un horario establecido de antemano que nos limita­mos a cumplir mejor o peor, con más o menos alegría. El rito supo­ne estar en un tiempo presente y cualquier corsé que le apliquemos será más en contra que a favor.

Literalidad, normas, estrechez de miras, tontera, deseos de cum­plir ¿ante quién?, búsqueda de aceptación y reconocimiento, bús­queda de méritos, miedo a abandonarse a la Providencia, pereza, flojera, poner condiciones; nada de eso tiene que ver, como sabe­mos, con vivir la vida como un rito.
 
El presente está más allá de la dualidad, por tanto toda pregunta del tipo ¿lo habré hecho bien?, ¿lo habré hecho mal?, está de más; el juicio debe cesar para que la justicia impere. Esta, la Justicia, no se inclina hacia derecha ni izquierda, el fiel de la balanza, su eje, es uno con la vertical.

El rito diario requiere mantener una visión sagrada del tiempo, vivir el día como lo que es: una nueva jornada en la que todo pue­de suceder, por otro lado cualquier actividad nos puede ayudar a pulir nuestra Piedra Bruta.

En la naturaleza los seres desarrollan sus posibilidades espontá­neamente. Reconozcamos nuestra posición en ella. Sólo el hombre, en la creación, está dejado a su libre albedrío; el hombre tiene la posibilidad de conocer su función; ésa es la manera en que puede traspasar los límites de su individualidad, sumándose a la obra del Creador haciendo de Su Voluntad su voluntad, diciendo, como nos dice la oración enseñada por Jesús a sus discípulos:

"Hágase tu voluntad aquí en la tierra como en el cielo".

(Entendiendo también esa tierra como la materia de nuestra obra, es decir la Piedra Bruta que somos), lo cual tiene que ver con la expresión masónica de "estar al orden".

De todos modos queremos recordar que, finalmente, todos los seres colaboran en la obra del Creador, unos lo hacen consciente y voluntariamente, otros inconscientemente. En la cadena de unión se pregunta "¿por qué está rota la cadena?", la respuesta es: por nuestras imperfecciones.
 
Podemos aplicar esto al tema que estamos tratando, el vínculo que une al ser con el Principio ha de permanecer consciente, y esto, dependerá de que las imperfecciones de uno, sus egos, no lo impidan, en cuyo caso se debilita, pudiendo llegar a estar prácticamente roto.

El triple gesto simbolizado por las tres Gracias: dar, recibir y devolver, es un gesto Prototípico; símbolo del ser del hombre en el mundo y de su salida del mismo. El hombre, dándose recibe la gracia divina, sus dones, que él, a su vez, devolverá al Padre a través de sus hermanos.

Dice el I Ching:

"Lo importante es que las cosas sean hechas, el mérito de hacerlas bien puede dejársele a  otro".

Dice también:

"Toda labor debe realizarse por ella misma, tal como el tiempo y el lugar lo requieran y sin codiciar de reojo un posible éxito, pues de ese modo dará su fruto y lo que se emprenda tendrá éxito".
Todo nos es dado, no hay mérito en las obras del hombre; sin embargo, éste se hace merecedor de ello y su receptáculo, por una economía divina que nunca llegará a conocer completamente.

En este triple gesto que las tres Gracias simbolizan, tal vez lo más difícil sea comprender el último de ellos: DEVOLVER.
 
El hom­bre devuelve lo recibido renunciando a los frutos de su trabajo. No hay otra manera. Con este gesto, por otro lado, queda liberado de la acción; es por el desapego a las obras que el hombre renuncia a sus frutos sean los que sean, cosa, por otro lado, que a él no le importa ya.
 
La no identificación con el sujeto que actúa es un primer paso hacia el desapego de los resultados de la acción. Es asumir que uno es colaborador en una obra que no le pertenece; que es instrumento en manos de Aquel que la lleva a cabo; y en esto, al hombre, le cabe la posibilidad de comprender ese gesto, sumarse a él, conocer la Obra y hacerla suya sabiendo, sin embargo, que no lo es.

El gesto de devolver no es ad-extra como el de dar, ni ad-intra como el de recibir; es uno y otro, el gesto es doble y el acto de dar y recibir se produce simultáneamente.

La vida entera es un rito; la obra, la acción de la naturaleza un gesto ritual permanente al que el hombre puede sumarse sacrifi­cando (de sacrum facere: hacer sagrado) así su vida.
 
El despertar al conocimiento, a la comprensión de los ritos transmitidos por una u otra forma tradicional, requiere de un amor, un respeto, una voca­ción por el cumplimiento de aquel gesto Prototípico y ordenador del G.·. A.·. D.·. U.·. que la Naturaleza nos muestra, y que, por ana­logía, el hombre traslada a su quehacer diario.

 
 
 
 
 

jueves, 11 de enero de 2018

RITOS DE APERTURA Y CIERRE DE LOS TRABAJOS


El ritual masónico informa de que los trabajos se inician a mediodía y se cierran a medianoche, marcando así el período en el cual debemos mantenernos activos para la mejora de nuestra personalidad profunda.

En la antigüedad los libros relacionados con órdenes iniciáticas solían escribirse con claves o con erratas para que sólo pudieran beneficiarse de sus conocimientos los iniciados. De este modo, solían utilizar la palabra «mediodía» para referirse a la salida del Sol y «medianoche», para su puesta.
Si aplicamos este conocimiento a nuestra vida mundana, la salida del Sol debería marcar el inicio de nuestros proyectos y la puesta, su cierre.

En el ciclo mensual, la Luna nueva marca el momento en que la energía de expansión inicia su fase de máximo esplendor, hasta llegar a la Luna llena (pasando por el cuarto creciente). Éste será el período propicio para arrancar cualquier negocio o actividad que deba dar frutos visibles. En cambio, de la Luna llena a la Luna nueva (pasando por el cuarto menguante), será el momento de vender nuestras acciones, de terminar tareas, de dar por acabado un proyecto, una relación, de despedirse de un trabajo.

ENCENDIDO DE LUCES, LA CONEXIÓN

El encendido de las luces representa uno de los momentos álgidos del rito de apertura, ya que simboliza la conexión con el Gran Arquitecto del Universo.


La Luz es símbolo de conocimiento y al encenderlas estamos solicitando la asistencia de fuerzas superiores para la realización de los trabajos.

Terminada la ceremonia de apertura, los miembros se sientan y el Venerable Maestro solicita que durante unos minutos eleven sus pensamientos hacia el GADU, para que la obra fructifique y para que los trabajos de construcción se lleven a cabo de forma justa y perfecta, además de para que la energía del lugar se eleve.

 

lunes, 25 de diciembre de 2017

MASONERÍA, LA BÚSQUEDA DE LA LUZ

 
" - ¿Sois masón?
- Mis hermanos me reconocen como tal."
 
Esta es la primera frase que se pronuncia en el ritual de apertura de los trabajos en una logia masónica y una de las que mas me han impactado a lo largo de mi trayectoria como masón. El hecho de que mis hermanos me reconozcan significa que las virtudes que he adquirido ya se han hecho visibles, han salido al exterior. He conseguido así pulir mi piedra bruta y modificar mi personalidad de manera que se perciba mi avance mas allá de mis fronteras personales.
 
Creo que este es uno de los mayores logros a los que puede aspirar un masón o cualquiera que se encuentre en el camino del conocimiento, cualquiera que este dispuesto a descifrar El camino de la Luz.
 
El germen de la masonería arranca en la noche de los tiempos, data del principio de nuestra era. La leyenda esotérica cuenta que los hijos de la viuda (nombre con el que se conoce a los masones) somos descendientes de Caín, que en el relato Bíblico (escrito en lenguaje simbólico) encabezaba la rama del conocimiento, la cual se asocia a la masonería y a las corrientes esotéricas y que en tiempos pasados se entendía como la rama del conocimiento reservada a algunos eruditos, a los que se apartan de la creencia oficial, a los que buscan vías distintas de evolución.
 
En cambio, Abel representaba la fe, la que se asocia a las iglesias exotéricas (lo que va al pueblo, a todo el mundo). Pero la poca preparación existente en aquellos tiempos para comprender la información dispensada por los descendientes de Caín y el que a menudo fueran perseguidos por su interpretación de las escrituras (aún hoy existen lugares en que la palabra «libertad» es delito) propicio la creación de grupos de iniciados que conservarían y transmitirían ese saber.
 
Una de las fraternidades que tuvo acceso a este conocimiento fue la masonería. Los masones descifraron la noticia explicatoria para conocer el funcionamiento de nuestro universo, las leyes básicas para conseguir un equilibrio y a través de ellas la felicidad. Utilizaron el lenguaje de grabar los símbolos en la piedra, que si bien resultaba complejo para sus coetáneos perduraría eternamente. Ellos fueron los constructores de catedrales en la Edad Media. Utilizaron el estilo gótico, también llamado «argotico» o «argot», el idioma de los iniciados. Marcaron sus construcciones con una serie de signos (los cuales todavía hoy podemos encontrar) que después serian descifrados por los iniciados.
 
Hoy la masonería ha dejado de ser operativa para ser simbólica, y esos signos y símbolos se transmiten a través de un ritual que se realiza en un espacio cerrado, al que se denomina «logia».
 
La masonería es pues,  un camino iniciatico que debe acercarnos a un mundo de valores nuevos, a través de los cuales seamos capaces de comprender un poco mas lo que sucede en nuestra vida y a nuestro alrededor. A diario vivimos inmersos en un mar de símbolos que aparecen en los sueños (cuando dormimos) o en las circunstancias anecdóticas que vivimos a diario (cuando estamos despiertos). La búsqueda, los signos, los códigos nos permitirán descifrar esas imágenes y comprender así cual es la actuación correcta para estar en consonancia con nuestra línea de evolución. La masonería marca, en cierto modo, la evolución personal de cada ser humano en su camino hacia la conciencia superior de su propia identidad.

Para convertirse en masón es necesario desear la luz, que se traduce como conocimiento y tendencia a desear aquello que nos falta, es, pues, necesario encontrarse en las tinieblas, vivir situaciones difíciles para experimentar el deseo de salir de ellas. La iniciación en los misterios de la masonería se dirige a los espíritus inquietos, a las almas que han sentido desasosiego o que se han despertado del letargo de la rutina.
 
El ritual masónico es uno de los códigos escritos mas antiguos que se conocen. Un ritual consiste en la repetici6n sistemática de movimientos, gestos y palabras recubiertos de un significado simbólico y que deben acercamos a la comprensión de una realidad para después poderla aplicar en nuestra vida cotidiana. Por ejemplo, una plegaria consiste en repetir unas palabras que tienen que elevar nuestro espíritu y cuyo objetivo es entrar en contacto con una entidad superior: los Ángeles, Dios. Esa conexión activa los resortes de nuestra espiritualidad y debe ayudarnos, día a día, a ser mejores personas.
 
Los ritos representan la forma física de aproximarse al Creador. Podemos acercarnos a El mediante el pensamiento y ello dará lugar al estudio y a la meditación, que nos llevara a la comprensión de las leyes divinas. Podemos acercarnos a El por el sentimiento, amándolo, venerándolo, dirigiéndole palabras de amor, plegarias, esa es la vía de la fe, de la iglesia. El rito es la única manera de llegar físicamente al creador, ya que implica trabajo corporal, en el curso del cual nos desplazamos, gesticulamos, movemos energía, objetos y herramientas con el propósito de construir en nosotros y en la sociedad el mundo espiritual.
 
La enseñanza ritual es inseparable de la simbólica puesto que se manejan objetos que tienen un significado oculto, de modo que esa enseñanza moviliza la inteligencia del neófito hacia la comprensión del símbolo que aparece de una manera tangible ante el. Cada persona tiene un ritmo de aprendizaje distinto, algunas necesitan que les digan las cosas cien veces para asimilarlas, a otras les bastará con diez. El ritual permite las repeticiones que sean necesarias para llegar a su completa comprensión. Es importante conocer las peripecias del iniciado para descifrar El código de la Luz, empezando por escarbar en las profundidades de su gruta, de su personalidad interna, para alcanzar la máxima altura del templo.
 
Cuando el ser humano se aproxima a su trascendencia, lo hace siempre a tientas, disparado por una sensación de descontento con la vida que esta llevando; movido por un Pepito Grillo interno que le hace preguntas, que le empuja a ir mas lejos; alentado por un impulso interior que le dice que mas allá de si mismo hallará otro mundo, otra dimensión, respuestas. Luego, cuando los primeros pasos han sido dados, cuando ha entrevisto la luz, puede contemplar ese soberbio paisaje que intuía.
 
El primer viaje, por ejemplo, que se realiza en el ritual de iniciación masónica (denominado «Prueba de Tierra») conduce a un cuarto llamado «Gabinete de Reflexión», que intenta representar ese antro oscuro construido a la imagen y semejanza de nuestro fuero interno. Allí nos encontramos con objetos simbólicos, inscripciones poco tranquilizadoras, exactamente igual que si pudiéramos sumergirnos en nuestro subconsciente. ¿Quién de nosotros puede presumir que, de poder hacerlo, hallaría allí la paz y la tranquilidad? Algo tenebroso duerme en nuestras almas y el que penetra en su recinto interno se enfrenta con esa realidad. Pero en ese fondo humano se encuentran igualmente los elementos que permiten encontrar el camino de la Ley y será reflexionando sobre ellos, penetrando en su significado, como encontraremos el hilo de Ariadna que nos conducirá a la luz.
 
Enfrentarse consigo mismo, con su propia realidad humana sin contemplaciones, es la primera tarea del aspirante a masón, mediante el cual espera descifrar su propio código de la luz. «Enfrentarse» quiere decir retar su realidad mundana, librar contra ella un singular combate que le conducirá a una muerte segura para que la personalidad sagrada pueda nacer.
 
La palabra «francmasón» deriva de los vocablos egipcios "Phree messen", «hijos de la luz». La masonería se basa en la creencia de que un ser superior ha elaborado los planos de nuestro universo. Ese Dios es conocido como el Gran Arquitecto del Universo. "Arche" es una palabra griega que significa «sustancia primordial» o «primaria». "Tekton" significa «constructor». Todo masón verdadero es un hijo de la luz, un constructor, que está esforzándose por construir el templo de su personalidad, con arreglo a las medidas, a los parámetros que marca el GADU (Gran Arquitecto del Universo).
 
El aspirante masón, el buscador de luz, se compara con la piedra en bruto, que tomara su forma definitiva bajo la acción del cincel y del martillo, del discernimiento y de la voluntad. Debe perfeccionarse hasta llegar a ser la piedra cúbica que representa al iniciado. Esta piedra cúbica apta para unirse a las otras que servirán para construir el edificio social le recuerda al masón que debe formar parte de la vida realizar una obra útil e incorporarse, con los demás masones, a la edificación y el desarrollo de una sociedad estable.
 
Los ritos masónicos son, de esta manera, ritos del sendero de prueba que intentan ser una preparación para la verdadera iniciación y una escuela para el entrenamiento de los seres humanos en la conquista de la senda del conocimiento. La representación del ritual en cada uno de los grados (la masonería simbólica tiene tres, Aprendiz, Compañero y Maestro) se propone ayudar a que se activen ciertas energías para que la persona a quien se le ha concedido el grado despierte dentro de si misma ese aspecto de conciencia que corresponde al simbolismo del grado, lo cual ayudará a su evolución y a la de sus compañeros de ruta.
 
Si volvemos la vista atrás, encontramos numerosos ejemplos de fraternidades que, como la masonería, buscaban un crecimiento equilibrado del ser humano. Las escuelas pitagóricas trabajaron en intima asociación con las enseñanzas de los misterios, pero sin las ceremonias, a través de una exposici6n filosófica de los simbolismos. En esas escuelas los alumnos eran divididos en tres grados que se correspondían con los de la masonería simbólica y los llamaron etapas de Purificación, Iluminación y Perfección, respectivamente. En el programa pitagórico el primer grado era el de los "akoustikoi" u oyentes, quienes casi nunca tomaban parte en las discusiones o conferencias durante el primer año, sino que guardaban silencio para escuchar y aprender (como los Aprendices). Al final de este lapso, si eran considerados satisfactorios, los estudiantes eran aptos para el segundo grado, el de los "mathematikoi".
 
Las matemáticas eran estimadas como una preparación para algo de mayor alcance, mas elevado y mas práctico. En este grado se coordinaba el estudio de la geometría, las matemáticas y la música. El tercer grado de los pitagóricos era el de los "Phisykoi", estudiantes de la verdadera vida interna. Para alcanzarlo se les exigía a los alumnos una gran pureza.
 
C. W. Leadwater, en su libro La vida oculta en la masonería, nos explica como trabajaban los masones egipcios. He recogido aquí un texto significativo:

"Había en Egipto tres grandes logias, cada una de las cuales estaba estrictamente limitada a cuarenta miembros, todos ellos como partes igualmente necesarias del mecanismo. Incluso los oficiales encargados del rezo del oficio y de la magnetización de la logia; cada miembro representaba una particular cualidad. A uno se le llamaba el Caballero del Amor; a otro, el Caballero de la Verdad; a otro, el de la Perseverancia, y así sucesivamente, de modo que a cada uno de ellos se le suponía capaz de ser en pensamiento, palabra y obra una perfecta expresión de la cualidad representada. La idea consistía en que cuarenta cualidades, así manifestadas en el conjunto de la logia, formaban el carácter del hombre perfecto, una especie de hombre celeste mediante el cual podría derramarse la energía divina por todo el país.
 
Como todos los participantes habían de contribuir a la construcción de la forma, eran absolutamente necesarias la exacta cooperación y la perfecta armonía. Solo a los capaces de olvidarse por completo de si mismos en la magna obra se los elegía de entre el cuadro de las logias para formar parte de una de las tres grandes logias, cuyo poder era tal que invadían con su influencia todo el país. La mas leve tacha en el carácter de uno de los cuarenta miembros hubiera debilitado considerablemente la obra. Tal vez una reminiscencia de esta suprema necesidad es la regla actual de que si dos hermanos están enemistados deberán esperar a ceñirse el mandil hasta que hayan zanjado amistosamente sus diferencias.
 
Como ejemplo transcribo una lista de las cualidades positivas o virtudes representadas en una gran logia, aunque a veces resulta difícil encontrar en nuestros modernos idiomas palabras que expresen exactamente las ideas de los antiguos egipcios:

1. Amor y sabiduría 2. Fortaleza 3. El poder de descubrir y apreciar la belleza 4. Discernimiento 5. Elocuencia 6. Veracidad y exactitud 7. Habilidad 8. Eficiencia 9. Sentimiento de unidad 10. Cortesía 11. Tacto 12. Decisión 13. Valor 14. Jovialidad 15. Confianza 16. Calma 17. Equilibrio 18. Perseverancia 19. Reverencia 20. Devoción 21. Previsión 22. Rectitud 23. Sentimiento de honor 24. Imparcialidad 25. Justicia 26. Indecisión 27. Dominio mental 28. Dominio emocional 29. Dominio físico 30. Prudencia 31. Dominio de la memoria 32. Meditación 33. Pureza 34. Paciencia y afabilidad 35. Persuasión 36. Adaptabilidad 37. Tolerancia 38. Humildad 39. Estudio 40. Perspicacia.

Cada hermano tenia el deber de manifestar en su conducta la cualidad que representaba. También en las logias ordinarias tomaban todos los miembros parte en la obra, y el trabajo de los que ocupaban las columnas, en ocasiones, se consideraba mas arduo que el de los oficiales, pues mientras estos tenían que efectuar con suma exactitud especiales acciones físicas, aquellos habían de valerse siempre del poder de su pensamiento y reunirse en ciertos puntos del ritual para emitir corrientes mentales de índole mas parecida a la de la fuerza de voluntad que a la de meditación, a fin de construir con el mancomunado esfuerzo por encima y alrededor de la logia una magnifica y radiante forma mental de perfectas proporciones, de manera que sirviese del modo mas efectivo de conducto transmisor a la energía espiritual atraída por su devoción. 
Resulta útil y esclarecedor ver como se trabajaba en el antiguo Egipto, porque aquellos masones practicaban las ceremonias con completo conocimiento de su significado, lo cual daba mayor fuerza al ritual. Consideraban su templo lo mismo que el mas fervoroso cristiano considera su iglesia parroquial, aunque su actitud derivaba del conocimiento científico más que del emotivo. Sabían que el templo estaba vigorosamente magnetizado y que era preciso estar bien concentrado para conservar el pleno vigor de ese magnetismo. Hablar en el templo de cosas profanas hubiera sido considerado sacrilegio, pues seguro que acarrearía perturbadoras consecuencias, ya que se perdería la concentración.
 
Trabajar como en el antiguo Egipto es un objetivo de la masonería actual. Tenemos en nuestras logias masónicas un hermoso ceremonial, revestido de un profundo significado simbólico, que cuando se comprende despierta el espíritu investigador y pone en marcha los procesos alquímicos internos. La alquimia masónica tiene por objeto principal la transformación del plomo de la personalidad en el oro del espíritu. Una de las actitudes que más llaman la atención en el mundo profano sobre los misterios de la masonería es su secretismo y lo enigmático de sus rituales, pero tiene una sencilla explicación. Toda empresa que se precie guardará el secreto sobre sus estrategias de marketing. Además, ante cualquier cambio en la vida, en el ámbito que sea, una persona debe mantener un cierto nivel de discreción.
 
La masonería preconiza la necesidad de un cambio interno que produzca a su vez una transformación en el exterior y que acabe por modificar la sociedad. Durante los años de dictadura en España (y lo mismo sucede en todos los países con un régimen totalitario, ya que la orden proclama la libertad como premisa fundamental) los masones eran perseguidos por su condición de hombres libres.
 
Lo desconocido suele generar miedo, incomprensión, porque basamos nuestra seguridad en aquello que dominamos. La masonería, por mucho que explique sus «secretos», siempre será una orden discreta, porque el crecimiento de sus miembros es personal e intransferible y, aunque traduzcamos el simbolismo, existirá el factor humano, el elemento de transformación alquímica que tendrá lugar en el interior de todos los que pasen por una iniciación. Nada extraño tiene pues que, ante la imposibilidad de explicar los procesos personales internos, un masón opte por el silencio.
 
Será de gran ayuda conocer el simbolismo de las pruebas iniciáticas de Tierra, Aire, Agua y Fuego, las cuales todo ser humano debe franquear en el camino de la ascensión hacia el conocimiento. La masonería es un camino de luz. Desde nuestra situación de aprendiz en la vida, debemos activar en nosotros el impulso que nos lleve a desvelar y caminar por el sendero de la Luz.

jueves, 14 de diciembre de 2017

EL RITO DE DESCENDER AL INTERIOR DE LA TIERRA


Al comienzo mismo del rito de nuestra iniciación somos conducidos por el Hermano Experto a una pequeña y oscura estancia llamada la Cámara, o Gabinete, de Reflexión, dentro de la cual permanecemos encerrados durante un período de tiempo indeterminado, y antes de entrar por primera vez en el Templo.
 
Al introducirnos en ella dicho Hermano nos dirige las siguientes palabras:

«Caballero, aquí es donde Vd. va a sufrir la primera prueba, que los antiguos iniciados llamaban la "prueba de la Tierra". A tal fin, es indispensable que se deshaga de toda ilusión y, para hacerse sensible materialmente a lo que debe ejecutar dentro de Vd. espiritualmente, le ruego me dé lo que lleva de valioso y, particularmente, todos los objetos de metal, que simbolizan lo que reluce con brillo engañoso...
 
Ahora, Caballero, vais a ser abandonados a Vd. mismo, en la soledad, el silencio, y con esta débil luz. Los objetos y las imágenes que se ofrecen a su vista tienen un sentido simbólico y deben incitaros a la meditación».

Estas palabras son sumamente reveladoras acerca del significado de ese momento solemne de nuestra recepción. Ellas nos advierten de la necesidad de purificarnos de todas las ilusiones, egos y vicios que conforman nuestra errónea «personalidad», y que hemos ido adquiriendo en nuestro contacto con las «tinieblas exteriores» del mundo profano. Sin ese previo «despojamiento de los metales» (que crean una dura y gruesa costra alrededor de nuestro verdadero ser impidiendo que se manifieste) jamás podríamos recibir la influencia espiritual vehiculada por el rito y los símbolos de la iniciación, impidiendo así la posibilidad salvífica del renacimiento, de volver a nacer en un mundo nuevo bañado por una luz mucho más transparente y sutil: el mundo de las ideas y arquetipos emanados del Gran Arquitecto del Universo.

Pero, lógicamente, nadie podrá hacer ese trabajo por nosotros, razón por la cual somos abandonados a nuestra suerte, recogidos en la soledad y el silencio, encerrados en fin, en nuestra particular Cámara de Reflexión, y una vez allí morir a la condición profana. Ese acto o gesto interno de negación y muerte a un mundo y a una personalidad ficticia se vive simbólicamente (lo que por cierto hace válida y real esa experiencia) como un «regreso al útero» materno, o a la matriz de la tierra nutricia, es decir a un plano de concentración extrema donde «reflexionamos» sobre el sentido de nuestra existencia, sobre quién somos en verdad.

En realidad, la Cámara de Reflexión es lo mismo que el athanor, «huevo filosófico» u horno alquímico, símbolos todos ellos de la conciencia herméticamente cerrada a las influencias externas, y en donde, amparados en la íntima y generativa oscuridad, se lleva a cabo un proceso de cocción, fermentación, destilación, sublimación y finalmente transmutación de lo espeso en lo sutil, de lo terrestre en lo celeste. Este proceso, como sabemos, es el vivido por la semilla en su eclosión vertical hacia los espacios aéreos, o por el gusano de seda, que después de un tiempo encerrado en el capullo sale de él transmutado en mariposa, en un ser completamente otro, pasando de lo que repta a lo que vuela.

Esto que decimos está claramente ejemplificado por los diversos objetos, inscripciones e imágenes simbólicas presentes en la Cámara. Allí, depositados sobre una mesa, encontramos tres pequeños recipientes conteniendo azufre, mercurio y sal, los tres principios herméticos que simbolizan el espíritu, el alma y el cuerpo, respectivamente, lo cual nos sugiere la idea de que la Gran Obra iniciática incumbe al ser humano considerado en su totalidad, y no tan sólo en un aspecto o modalidad de ésta; una jarra con agua y al lado un trozo de pan, símbolos del agua de vida y del alimento espiritual que restituyen el «recuerdo» y fortalecen al candidato después de sufrir la primera muerte iniciática, expresada a su vez por el cráneo y las tibias cruzadas. Este es el estado que la Alquimia denomina nigredo, o «negro más negro que el negro» que señala la descomposición de la personalidad egótica. Pero esa descomposición o putrefacción contiene ya el germen del nuevo nacimiento, anunciado por el gallo, ave emblemática del dios Hermes, y cuyo canto proferido en lo más profundo de la noche avisa sin embargo de la proximidad del día y de la luz del Sol nacida en el Oriente. En este sentido, nos dice la Tradición que «cuando todo parece perdido, es cuando todo será salvado», pues después de descender, como Dante, a las profundidades del Infierno, no queda más remedio que ascender por el eje que une la Tierra y el Cielo. Y precisamente ese descenso y ese ascenso están sugeridos por las siglas V.I.T.R.I.O.L. que aparecen grabadas en una de las negras paredes de la Cámara. El significado de estas siglas alquímicas es bastante elocuente al respecto: «Visita el Interior de la Tierra y Rectificando Encontrarás la Piedra Oculta». La rectificación de que se trata tiene que ver con el cambio de «orientación» que se va produciendo en nosotros conforme progresamos «...por las vías que nos han sido trazadas», es decir, por la vía sagrada de la iniciación, lo que es simultáneo al despertar de nuestras potencialidades internas que nos conducirán a la obtención del Conocimiento, simbolizado por la Piedra Oculta (Filosofal) o Piedra Cúbica en punta del maestro masón.

Así, pues, sólo cuando el postulante sepa comprender –o asimilar en sí mismo– el mensaje de todos estos símbolos que se ofrecen a su meditación, habrá «superado satisfactoriamente la prueba de la Tierra, a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo», y estará, por tanto, preparado para llamar a las «puertas del Templo», lo que hace una vez ha sido reducido a pura posibilidad de ser presta a recibir los efluvios emanados del resto de los elementos purificadores que determinarán su desarrollo y crecimiento interior: el Aire, el Agua y el Fuego.



 

RITO DE LA INVESTIDURA


El rito de la investidura es un simbolismo ritualista que tiene mayor importancia todavía que el anterior. Este rito nos induce a tratar del conocidísimo símbolo de la Francmasonería: el mandil de piel de cordero.
 
El rito de la investidura, o sea, el de poner al aspirante algún ropaje con objeto de indicar que está suficientemente preparado para asistir a las ceremonias que han de celebrarse más tarde, existió en toda las iniciaciones antiguas. Vamos a citar unas cuantas:
 
Así por ejemplo, en la economía levítica de los israelitas los sacerdotes llevaban siempre puesto el abnet, o delantal blanco, el cual formaba parte de las vestiduras sacerdotales. Este y otros ropajes se usaban, según dice el texto, "para gloria y belleza", o como opina un sabio comentarista "como emblema de la santidad y pureza siempre caracterizada en la divina naturaleza y en el culto digno de Dios".
 
En los misterios persas de Mitra se investía el candidato con un cíngulo, una corona o mitra, una túnica de púrpura y, por último, un mandil blanco, en cuanto había recibido la luz.
 
En las ceremonias iniciáticas practicadas en la India, se investía a los candidatos con el sash o zenaar sagrado, compuesto de nueve hilos que terminaban en un nudo, y que pendía desde el hombro izquierdo a la cadera derecha.
 
Este es quizás el tipo o modelo de la banda masónica que se lleva o debe llevarse en la misma forma.
 
La secta judía de los esenios, que por su organización es la institución secreta de la antigüedad más inmediata a la Francmasonería, investía siempre a sus candidatos con un ropaje blanco.
 
Por último, en los ritos escandinavos, en que el genio militar de este pueblo creó una iniciación guerrera, se entregaba al candidato un escudo blanco en vez del mandil, cuya ceremonia iba acompañada de ciertas enseñanzas, no muy diferentes de las que se dan al entregar el mandil masónico.
 
En todas estas clases de investiduras e independientemente del material y de su forma, se trataba de expresar la idea de pureza.
 
De ahí que en Francmasonería se aplique el mismo símbolo al mandil que, por ser el primer don que se hace al aspirante (el primer símbolo en que se le instruye) se conoce con el nombre de "distintivo del masón". Y no cabe mayor acierto, porque, sea cual fuere el progreso que consiga el candidato en el "Arte Real" y los arcanos a que le atraigan su sed de conocimiento y su devoción a la mística institución, nunca partirá sin el mandil, su primera investidura. Quizás cambie de forma, de decoración, teniendo en cada etapa una bella alusión distinta, pero siempre es el mismo; siempre proclama el honroso título que se le dio a conocer en la primera noche iniciática.
 
El significado del mandil, como símbolo de pureza, procede de dos fuentes: de su color y de su material. Por lo cual deben estudiarse estos dos puntos de vista antes de poder apreciarlo debidamente.
 
El mandil debe ser de color blanco inmaculado, color que en todos los tiempos ha representado la inocencia y la pureza. Gran parte de las vestiduras sacerdotales de los judíos eran blancos para representar este simbolismo. Por eso, se ordenó a Aarón que, cuando entrara en el Santo de los Santos a expiar los pecados del pueblo, se vistiera con ropa blanca y llevase un albo mandil o cinturón alrededor de los lomos.
 
Es cosa digna de tener en cuenta que la palabra hebrea Laban, que significa emblanquecer, denote también purificar; por eso se encuentran en las Sagradas Escrituras numerosas alusiones a este color como emblema de pureza. "Aunque tus pecados sean rojos, deben hacerse blancos como la nieve", dice Isaías; y jeremías exclama cuando describe la condición inocente de la antigua Sión:

"Sus nazaritas eran más puros que la nieve; más blancos que la leche."
 
En el Apocalipsis el Espíritu promete recompensar a los vencedores con una piedra blanca; y en el mismo libro místico, se ordena al apóstol que diga que la justicia de los santos es una hermosa ropa limpia y blanca.
 
En los primeros tiempos del cristianismo se vestía a los catecúmenos con vestiduras blancas, significando con ello que se habían limpiado de los pecados pasados y que, desde entonces, debían llevar vida de inocencia y pureza.
 
Por eso se les hacía la siguiente recomendación: "Recibe la vestidura blanca y limpia, y consérvala inmaculada ante el tribunal de nuestro Señor Jesucristo, para que puedas tener vida eterna."
 
El alba blanca se emplea todavía en la Iglesia romana. Según el obispo England, su color "excita la piedad, enseñándonos la pureza de corazón y de cuerpo que debemos poseer para presenciar los santos misterios".
 
Los gentiles rendían el mismo culto a la significación simbólica de este color. Los egipcios, por ejemplo, decoraban la cabeza de su divinidad principal, Osiris, con una blanca tiara, y sus sacerdotes usaban ropas del más blanco lino.
 
Los discípulos de Pitágoras cantaban los himnos sagrados cubiertos de ropajes blancos.
 
Los druidas daban vestiduras blancas a los iniciados que habían alcanzado el último grado, o sea el de perfección, para enseñar al aspirante que únicamente se concedía semejante honor a quienes se habían limpiado de todas las impurezas del cuerpo y del alma.

En todos los Misterios y ritos religiosos de las demás naciones antiguas se observa la misma costumbre de llevar vestidos blancos.
 
Portal, dice en su Tratado sobre los Colores simbólicos que el "blanco” símbolo de la divinidad y del sacerdocio, representa la sabiduría divina; aplicado a -una joven virgen, denota Virginidad; a una persona acusada, inocencia, y a un juez, justicia", y añade que, "como signo característico de pureza, es una promesa de esperanza después de la muerte", lo cual es apropiadísimo al empleo que de él se hace en la Francmasonería. Por todo cuánto hemos dicho se verá cuán acertadamente se adoptó este color en el sistema masónico para simbolizar la pureza, simbolismo que se encuentra en todos los grados del ritual, siempre que se empleen vestiduras o insignias blancas.
 
En cuanto al material con que se hace el mandil es preciso que sea de piel de cordero, pues no puede sustituirse por ninguna otra sustancia, como por ejemplo la seda, el lino o el satén, sin destruir por completo el simbolismo de la investidura. Sabido es que el cordero "se ha considerado en todas las épocas como emblema de inocencia", como dice el ritual, particularmente en las iglesias cristianas y judías. No sería difícil dar numerosas citas sobre el particular, pues las hay abundantísimas en el Antiguo Testamento, en donde se dice que los israelitas elegían corderos para sus ofrendas de pecado y de fuego, y en el Nuevo, donde la palabra cordero se emplea continuamente para simbolizar inocencia.
 
"El cordero pascual", dice Didron "que comieron los israelitas la víspera de su partida; es el tipo de ese otro Cordero divino, de quien participan en Pascua de Resurrección los cristianos para librarse de las cadenas que les aferran al vicio". Los cristianos pintaron siempre al cordero pascual, con una cruz, para simbolizar a Cristo crucificado, "ese inmaculado Cordero de Dios, que fue muerto desde la creación del mundo".
 
Por eso se une el material del mandil a su color para dar a la vestidura francmasónica la significación simbólica de pureza. Esto, añadido al hecho que ya hemos expuesto, de que la ceremonia de investidura era común a todos los ritos religiosos de la antigüedad, es otra prueba más de la identidad de origen de estos ritos con la institución masónica.
 
También indica este simbolismo el carácter religioso y sagrado que trataron de imprimir a la Francmasonería sus fundadores relacionado con las cualidades morales y físicas exigidas a nuestros candidatos, puesto que en las Logias masónicas ocurre lo propio que en la Iglesia Judía, que no permitía que "ningún hombre imperfecto se acercara al altar".
 
Lo mismo ocurría en el sacerdocio pagano, el que consideraba deshonroso que sirvieran a los dioses los lisiados, cojos e imperfectos.
 
El sacerdocio judío y el pagano no permitían que se aproximasen a las cosas sagradas los impuros y pervertidos.
 
El mandil puro e inmaculado de piel de cordero, simboliza, pues, en Francmasonería esa perfección de cuerpo y pureza de alma que son cualidades esenciales de quien desea participar en sus sagrados misterios.
 
 

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