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jueves, 5 de abril de 2018

LA INICIACIÓN MASÓNICA, UN VIAJE HACIA ADENTRO

 
Se dice que es mediante la reiteración incesante del Nombre Divino (o sea la Unidad) como ese Nombre impronunciable finalmente se rea­liza en el interior de la conciencia de quien se abre a Él por la  Voluntad del Gran Arquitecto del Universo. (Cosmogonía Masónica: Símbolo, Rito, Iniciación, pág. 96.)

Para el aprendiz, la Iniciación es la penetración en el misterio más profundo. ¿Quién soy, de dónde vengo, a dónde voy?

Son pregun­tas que se hace todo aprendiz al comienzo del viaje por el laberinto de las transmutaciones materiales y psíquicas en búsqueda de su Origen e Identidad verdadera.

Es un viaje hacia adentro, hacia lo oculto y escondido bajo todo el ropaje de la apariencia y la forma. Es la penetración en otra realidad, divina y sagrada, la toma de conciencia de su verdadera naturaleza; es la penetración en los misterios del No-Ser y del Ser, de la Sabiduría e Inteligencia Divi­nas, rayo fecundador del Espíritu, transmitiendo el Orden, por me­dio del Verbo divino, la Palabra a aquel o aquella que con amor y pasión se abre a que se Haga en él, y así, retornar a su morada di­vina, a su estado primordial recobrando la Memoria, en el Centro, imagen del Eje por donde ascenderá a la cima de la montaña Polar (lugar mítico y simbólico donde se produce la verdadera transformación) para morir a la plenitud del Ser, y no siendo, fundirse en la No Dualidad o Suprema Identidad. Estados todos de la concien­cia.

Y ¿cómo se opera esta realidad, esta toma de conciencia?

Muy por encima del adepto mismo, pues es la Voluntad divina actuando en él. Se dice que la "palabra perdida" la tiene que descubrir cada quien en sí mismo y por sí mismo.

Entrando en el "no tiempo" po­drá escuchar el lenguaje silencioso que emana desde lo más pro­fundo de su ser desplegándose y dándose a conocer, manifestándo­se a sí mismo.

Es la Unidad que habita en el centro del corazón, el Alma, que inmanente se vuelve Presencia real dándose a conocer y conociéndose a través del hombre; la total identidad entre el sujeto y el objeto de conocimiento, revelándose a sí mismo en las múlti­ples formas simbólicas y niveles jerárquicos. Por eso se dice que esta vía es la Vía Simbólica, pues todo es un símbolo de otra cosa.

El símbolo es fundamental, siendo el intermediario o mensajero, el vínculo o puente que transmite aquella realidad incomunicable por su propia naturaleza. El Conocimiento: la realidad sagrada, con­céntrico y sintético, en sí mismo e instantáneo. Esencia donde resi­de la luz increada y de donde todo emana conformando las Ideas Arquetípicas que rigen el cosmos y el hombre, generando la Ima­gen y la Forma. El silencio sonoro que se expande emitiendo el sonido, la música, la palabra, a todos los confines de la creación, conformando un ritmo que obedece a esas leyes arquetípicas que rigen el cosmos en el tiempo y el espacio cíclico produciendo la Armonía Universal: el Rito ejemplar por excelencia.

Esto le sucede siempre al adepto en lo más íntimo de su conciencia, pues está contenido dentro del Universo, es uno con Él y en Él, y por eso es que se reconoce a sí mismo.

 
El hombre no puede conocer lo que le trasciende si no es gracias a eso que le trasciende, transmitido por la influencia espiritual que ilumina su inteligencia haciendo inteligible el Plan del Gran Arquitecto del Universo. Y por eso es uno con su respiración, uno con su ritmo, con su sonido y silencio, con su expansión y contracción, y uno en esa Unidad de donde nunca ha salido más que ilusoriamente.
 
¿Quién es quien co­noce? Extraordinaria función la que le toca al hombre, ser centro del Universo y a su vez el sujeto a través del cual Él se conoce.

Las ideas dan forma al adepto, fijan el orden y la ley. Y el hom­bre se reconoce en ese orden, que es ciertamente el Recuerdo, ya que no le es ajeno y sabe que eso es así por la intuición intelectual, cayéndose la venda que le impedía ver y descubriendo lo que es­taba tapado, aquella "sorpresa" que yacía escondida bajo el velo, si­tuada en el centro. La verdadera Naturaleza en todo su esplendor.
 
Poderosas son las ideas-fuerza conducentes a las transmutaciones materiales y psíquicas que el adepto sufre, a tal punto que puede experimentar dolores físicos afectando la salud. Templar el fuego de la pasión es labor de alquimistas. Mantener el fuego en el justo equilibrio, ni tan fuerte que queme el recipiente ni tan suave que no disuelva lo denso de la materia a transformar.

Por eso la importancia del descanso y la respiración: inhalar y exhalar, concentrar y disolver, contener y soltar. Los dioses se ali­mentan de la sangre del adepto que se sacrifica a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo, según nos lo enseñan los mitos y es descuartizado, para luego reunificarse, reintegrarse en lo verda­dero y eterno. La consagración de la vida es un acto creativo.

¡Qué ignorantes somos los humanos, y qué alejados estamos de la Esencia verdadera!

Gracias a la guía de la Doctrina, a la Enseñanza conservada en la Tradición Unánime y Primordial y vehiculada por el símbolo y el rito, y a los trabajos realizados en nuestros talleres, a la transmi­sión oral, la palabra fecunda, y a la vehiculación del libro, textos sagrados donde sabios, iniciados y comentaristas de todos los tiempos han legado a la humanidad la revelación del Verbo que a su vez les fue transmitida, convirtiéndose su lectura concentrada en un auténtico rito iniciático, es que el aprendiz va leyendo en el "libro de la Vida" y puede, así, construir su cuerpo luminoso des­pertando todas las potencialidades inherentes a sí.




 
 

martes, 13 de febrero de 2018

SIMBOLISMO DEL CÁLIZ DE LA AMARGURA

 
 
Una vez superadas las pruebas de iniciación, el candidato se encontrará armado para enfrentarse con la realidad exterior, siempre amarga con relación a la interior, al plano en el que vive el alma.
 
Es por ello que el candidato, a la vuelta de sus viajes, se encuentra con que sus hermanos le ofrecen, para que beba, el cáliz de la amargura, esa agua avinagrada que ya Jesucristo bebiera en el Gólgota en el momento de la coronación de su obra (en algunos rituales el candidato debe tomarlo antes de iniciar los viajes).

Ese cáliz le estará anunciando:

«Atento, peregrino, resultará erróneo que esperes que tu acción reciba una recompensa por parte de la sociedad a la que sirves. El precio de tu esfuerzo será la incomprensión del vulgo, la crítica de la sociedad, el sarcasmo de los poderosos. Sólo tú, en tu fuero interno, sabrás que has triunfado y la certeza de esa victoria endulzará el brebaje».

Por lo tanto, cuando el neófito apura el cáliz amargo que le tienden sus compañeros se da cuenta de que su sabor es dulce como la miel.

El cáliz de la amargura simboliza los momentos amargos a que nos lleva toda nueva realidad, pero al mismo tiempo también representa la dulzura de las experiencias cuando se llega hasta las últimas consecuencias.
 


jueves, 1 de febrero de 2018

EL ACCESO A LOS TRES GRADOS SIMBÓLICOS MASONES


Para acceder a estos grados había y hay que pasar por la "iniciación" correspondiente. Y de la misma manera que fuera de la masonería tiene cada iniciación sus formas particulares, la iniciación masónica, derivada de las iniciaciones gremiales operativas y de las de los Compañeros todavía hoy existentes en Francia, se refiere, por una parte, al arte de la construcción y, por otra, a ciertos misterios o tradiciones antiguas, relacionadas con el mito de Hiram.

La Masonería se propone el "Arte de construir" el Templo ideal. Este Templo es el Hombre en primer lugar, y la Sociedad después. En la iniciación masónica, el profano, al "recibir la luz" se convierte en aprendiz masón; su trabajo esencial consiste en "desbastar la piedra bruta" y para ello le son suficientes dos instrumentos: el cincel y el martillo. Cuando su habilidad se haya desarrollado se transformará en compañero y aprenderá el uso de nuevos instrumentos de trabajo. Más tarde accederá a la maestría que le dará el derecho y el deber de enseñar la ciencia masónica a los aprendices y a los compañeros.

En los dos primeros grados el masón trabaja sobre sí mismo: de "Piedra bruta" debe llegar a "Piedra cúbica", y entonces se puede integrar en su lugar en el edificio, o si se prefiere en el Templo ideal. Este trabajo es más o menos largo de conseguir; algunos tal vez jamás llegan a "desbastar la Piedra bruta", no por falta de capacidad, sino porque no sienten la necesidad.

En la ceremonia de iniciación masónica en el grado de aprendiz el profano es introducido en el templo con los ojos vendados, símbolo de la ignorancia y del no-conocimiento, desprovisto de metales pues la logia es lugar de paz y concordia, y bajo la forma de un mendigo, con el pecho y pie izquierdos descubiertos, en señal de pobreza y humildad; así sufre las pruebas de la tierra, el aire, el agua y el fuego. Solamente entonces, según el rito, se le quita la venda, y simbólicamente, se manifiesta ante sus ojos la luz del conocimiento.

La segunda iniciación masónica, la del compañero, evoca simbólicamente el viaje de la tradición de los compañeros; una larga peregrinación en la que el nuevo obrero se ponía en camino para adquirir aquí y allá nuevos conocimientos. Es el grado de la búsqueda del saber y del descubrimiento del mundo. El texto del ritual exige de los compañeros firmeza para caminar por el sendero de la prudencia, y valor para acercarse a la verdadera luz: "Sólo el hombre audaz podrá llegar a la triple Luz".
 
El simbolismo del 2º grado de la masonería es el viaje y la revelación de la estrella flamígera, el centro de donde parte la verdadera luz. Pues la estrella flamígera representa la luz iluminando el discípulo de los maestros, al obrero capaz de servirlos útilmente; es, pues, el signo de la Inteligencia y de la Ciencia.

El grado de maestro está centrado en la idea de la muerte y de la resurrección. Desarrolla la leyenda de Hiram, personaje del que se ocupa la Biblia.
 
En el libro I de los Reyes [5, 15-32; 9, 10-14 y 22-23] se habla extensamente de Hiram, rey de Tiro, a quien acudió Salomón a fin de que le proporcionara cedros del Líbano para la construcción del Templo de Jerusalén. Pero el Hiram del que se trata en los rituales masones no es, ni mucho menos, el rey de Tiro. Era un obrero cualificado en la manipulación de los metales, en especial el oro, plata y cobre. Su descripción nos la hace también el autor del primer libro de los Reyes [7, 13-48].
 
Hijo de un tirio, obrero del bronce, y de una viuda de la tribu de Nephtalé. "Poseía gran habilidad, destreza y sabiduría para ejecutar toda clase de trabajos del bronce"... Salomón le hizo venir de Tiro para trabajar en la ornamentación del Templo y ejecutó todos sus trabajos.
 
En el primer libro de los Reyes se puede apreciar el detalle de las obras que hizo para el embellecimiento del templo de Jerusalén. Entre otras obras se mencionan en la Sagrada Escritura dos columnas de cobre que tenían cada una diez y ocho codos de altura, rematadas por unos capiteles en forma de flores. Hiram colocó las columnas delante del vestíbulo del santuario y a la de la derecha le puso por nombre Yakin y a la de la izquierda Boaz [1, Reyes, 7, 21-22].
 
Según la leyenda el arquitecto Hiram tenía a sus órdenes numerosos obreros que los distribuyó en tres clases, cada una de las cuales recibía el salario proporcionado el grado de habilidad que le distinguía. Estas tres clases eran las de aprendiz, compañero y maestro, tenían cada una sus misterios especiales, y se reconocían entre sí por medio de palabras, signos y gestos que les eran peculiares.
 
El hecho de su asesinato, obra de tres de sus discípulos a quienes no quiso darles a conocer su secreto de maestro, sirvió a la masonería ritual y simbólica para la ceremonia de iniciación del grado de maestro.

Desesperados de haber cometido un crimen inútil escondieron su cuerpo de noche, lejos de la ciudad, en un pequeño bosque y plantaron sobre su tumba una acacia. Los maestros constructores, después de manifestar su dolor, salieron en número de nueve en su búsqueda, divididos en grupos sucesivos de tres. Habiendo descubierto la acacia recién plantada, la arrancaron, abrieron la tumba y el maestro Hiram entonces resucitó.

El compañero que va a convertirse en maestro debe reproducir simbólicamente en su iniciación la muerte y la resurrección espiritual de Hiram, constructor del templo de Salomón.
 
Condenado a muerte por la ignorancia, el fanatismo y la ambición, es devuelto a la vida por el saber, la tolerancia y la generosidad. Al mismo tiempo, golpeado tres veces, muere para los aspectos "material, psíquico y mental" del "hombre antiguo", y renace a una vida nueva y en cierto sentido espiritualizada. El sentimiento que anima esta iniciación es la voluntad de convertirse en un hombre nuevo para ayudar a construir mejor el Templo, es decir: trabajar para transformar la humanidad y hacerla más fraternal.



viernes, 26 de enero de 2018

OBJETO MORAL DE LAS INICIACIONES

L
a iniciación es una educación misteriosa que tiene por objeto descubrir las condiciones morales y las aptitudes del hombre, acrecentar sus fuerzas y su valor, afirmar su fe y su consecuencia, y unirle por el secreto y por el juramento a un principio fijo e inmutable.

Hemos hecho ya algunos extractos históricos de las antiguas iniciaciones, y hemos descrito sus prácticas y las de los ritos religiosos, por lo que nos limitaremos aquí a tratar del objeto moral que se proponían y los benéficos efectos que producían en el espíritu de los pueblos, valiéndonos para ello de los notables estudios de los hermanos Dareres, Bazot, Marconais y otros ilustrados y concienzudos escritores masónicos que se han dedicado preferentemente a esta importante materia.

Mientras la ciencia de los sabios que dirigían las razas primitivas se concretó a los simples elementos de un orden social prescrito por solo el instinto de la razón, no se sintió la necesidad de establecer ninguna excepción ni preferencia dentro del dominio de los conocimientos humanos; y débiles y fuertes pudieron aproximarse sin peligro al hogar de la luz que la naturaleza todavía salvaje había encendido.

Pero cuando algunos hombres privilegiados, a fuerza de estudio y de trabajo llegaron a descubrir las misteriosas profundidades en las que el Gr.·. A.·. D.·. U.·. oculta su voluntad eterna; cuando hubieron reconocido que la vida del mundo era obra de su amor y la verdad la hija predilecta de su pensamiento íntimo, entonces hicieron de esta ciencia la religión de la inteligencia y del genio y le tributaron un culto de respeto y de admiración.

Los fundadores de las naciones hicieron del santuario de los dioses un centro de verdadera luz, y sometieron a pruebas misteriosas a aquellos que la querían conocer, no para sujetar nuestra débil humanidad al yugo de una larga y funesta ignorancia, ni para privar á la sociedad de los medios que necesitaba para asentar su independencia moral y la fuerza de su principio organizador, como han tratado de sostener algunos detractores de los usos religiosos de la antigüedad, sino que lo hicieron así, para santificar su origen y revestirle de un carácter sagrado. Jamás el camino de la iniciación fue cerrado al hombre sabio y concienzudo que unía a la pureza de costumbres, el amor a la ciencia y el deseo de propagarla entre sus semejantes; jamás se vio que se establecieran excepciones ni categorías, excepto las de incapacidad moral; ni el rango ni las dignidades obtuvieron nunca la menor preferencia; solo el mérito personal pudo prevalecer. Una alma noble y generosa y una afección pura para la humanidad, tales eran las circunstancias que exigían de aquellos que querían participar de los beneficios de la iniciación. Los sacerdotes de Júpiter Amón se hicieron sordos a la voz de Alejandro, y los de Ceres de Eleusis, a la de Nerón; pero en cambio las puertas del santuario de sus templos se abrieron de par en par a Orfeo, a Minos, a Pitágoras, y a tantos otros filósofos de todas las escuelas y creencias y de todos los países.

Sin embargo, podrá preguntarse ¿a qué ese aparato tenebroso a la puerta del Templo? ¿a qué esas experiencias físicas y morales, esa investigación acerca de la vida, ese estudio minucioso del carácter y de las costumbres del neófito antes de proceder a su consagración? Arrojando una mirada escrutadora sobre la sociedad tal como era en aquellos tiempos y tal como es aun en el día, será muy fácil de comprender y de justificar estos actos de prudencia.

La ciencia tenia su asilo en la parte interior de los templos reservada al sacerdocio: en aquel misterioso recinto era donde la razón, sostenida por el trabajo y la experiencia, alimentaba el elemento civilizador y preparaba los primeros sedimentos a la vida intelectual. Los sacerdotes de aquellos templos, desligados por completo de toda pasión terrestre, solo aspiraban a encontrar obreros dignos y dispuestos a cooperar á la edificación del templo simbólico, es decir, a la obra de la perfectibilidad del espíritu humano; pero querían hombres para formar al hombre; naturalezas fuertemente constituidas, de aquellas que salen al encuentro de los obstáculos para dominarlos y vencerlos, y que nunca se encuentran mejor que cuando se hallan rodeados de las dificultades que presentan las creaciones del genio.
 
El mundo profano encierra tantas perversidades ocultas, tantas y tan criminales ambiciones y un número tan considerable de espíritus frívolos y ligeros, que para librarse de la intrusión de los hipócritas y de los renegados en su comunión, era esencialmente necesario cerciorarse bien antes de la fuerza moral y del valor de los neófitos; estudiar sus inclinaciones, saber si podrían hacerse superiores a las debilidades inherentes á la humana naturaleza y despojarse del cúmulo de errores y de supersticiones que forman los hábitos mundanos.

Las iniciaciones tenían, por tanto, por objeto, unir a los hijos de la verdadera luz por un pensamiento social; establecer entre, ellos un lazo de fraternidad fundado sobre una misma fe y una misma ley, y sobre una homogeneidad perfecta de sentimientos y de lenguaje, a fin de que de un extremo al otro del mundo pudiesen hablarse y entenderse, obligándose a vivir en tranquila y dulce cordialidad.

Rechazar el uso religioso de las iniciaciones como contrario a la razón; relegarle al rango de esas truhanerías deslumbradoras de que se sirve el charlatanismo sacerdotal para entretener la credulidad del pueblo, es pecar por sobra de ignorancia o por falta de buena fe.

En las ciencias positivas, en aquellas cuyo progreso depende del cálculo o de la meditación, las pruebas preparatorias son inútiles, porque su estudio no exige ningún sacrificio de sí mismo. Pero cuando se trata de una doctrina fundada sobre la unidad moral, de la que emanan todos los principios de moralidad necesarios a la unión fraternal de los hombres, entonces ya no sucede otro tanto. Cuando esta doctrina sirve de base al contrato de alianza de una sociedad religiosa o filosófica, si se la quiere profesar bajo el patronato de la comunidad, es necesario poner previamente a prueba la fuerza y el temple del alma, porque una vez salidos del templo en el que se consagra el juramento y se somete la voluntad, ya no se pertenece uno a sí mismo.

Mucho se ha escrito sobre las iniciaciones del paganismo, pero muy poco lo que. se ha dicho que sea digno de crédito. Estos actos religiosos, los mas graves e importantes de todos, tenían lugar en la parte mas oculta del templo, no lejos del santuario, y algunas veces en subterráneos, como el antro de Trofonio, tomándose las precauciones mas cautelosas á fin de evitar toda investigación profana.

Por otro lado, la educación religiosa del neófito había terminado, y sus convicciones estaban ya formadas cuando le ceñían las sienes con el mirto y se le lavaba con el agua lustral; de manera que su obra iniciadora no podía ser mas que la impresión de su fe. Los iniciados hacían de su iniciación un objeto de alianza íntima, y del secreto una ley religiosa, y se creían en medio de su pueblo, como un elemento separado de él por las conveniencias del culto.

La violación del juramento era a sus ojos como una especie de deicidio, y como un crimen del que ninguna pena ni tormento les podía redimir.

Los pueblos sometidos a la influencia del Santuario, participaban de los mismos sentimientos. Los griegos tenían una veneración tan grande por las iniciaciones, que el solo hecho de hablar con indiferencia de los misterios, o de manifestar una creencia contraria a sus prácticas, bastaba para excitar la animadversión pública. Diágoras osó declamar contra los misterios, y fue maldecido de toda la Grecia; el poeta Esquilo corrió inminente peligro de ser inmolado por el pueblo enfurecido, por haber tratado los misterios de Ceres con alguna ligereza, en una de sus producciones dramáticas, y Alcibíades fue condenado a muerte como contumaz, por haberse permitido una representación simulada de los honores que se rendían a esta diosa.

Si a todo esto se agrega el rigor de las leyes contra los sacrílegos, el carácter sagrado impreso por la opinión general a la iniciación, y la inviolabilidad del juramento guardada por lo que iniciados de todos los países, nos convenceremos con la mayoría de los autores que han escrito sobre esta materia, que el tipo sagrado, la esencia real de los misterios, no son conocidos todavía del mundo profano.

Entre todos los santuarios en los que se confería la consagración iniciadora, los mas antiguos de que, se tiene noticia, son los de Tracia o de la Samotracia y los de Egipto, que tenían su asiento en Menfis, Tebas y Sais. Tanto en unos como en los otros, se ponía especial cuidado en no admitir mas que neófitos originarios; de escoger aquellos que ya se habían distinguido por su inteligencia y por sus virtudes, y aun solo después de pruebas largas y crueles, se completa su educación sagrada con el conocimiento de los misterios. Con el transcurso del tiempo, los egipcios llegaron a conceder la iniciación a neófitos extranjeros: Orfeo, Lino, Homero, Hesíodo, Moisés, Pitágoras, Platón y otras lumbreras del saber humano, merecieron que los Jerofantes les otorgaran este favor.

No cabe dudar, que todos los pueblos de la antigüedad, los Persas, los Asirios, los Indos, etc., tuvieron su santuario: pero el mas célebre entre todos ellos fue el de Ceres, en Elcusis, pequeña ciudad marítima de las cercanías de Atenas.

No existe conformidad acerca del nombre del fundador de este establecimiento religioso; pues mientras que algunos quieren que sea Orfeo, pretenden otros que fue Erecteo, y otros hay que sostienen que fue un tributo de reconocimiento de los atenienses hacia Ceres, por haberles librado esta diosa de los estragos de una hambre asoladora.

Sea como quiera, es lo cierto que la iniciación tenia lugar durante el período de las fiestas Eulesianas o de Ceres.

Estas fiestas se dividían en grandes y pequeñas: las primeras se celebran durante el mes bcedromion (Agosto), y las segundas establecidas en honor de Hércules, en el mes de anthisterion (Enero).

Marcio escribió sobre estas fiestas una obra muy interesante, cuya lectura recomendamos a aquellos que deseen instruirse en esta materia. Como nuestro objeto se reduce a tratar tan solo del efecto moral de las iniciaciones, nos hemos dé limitar al efecto maravilloso que producía este acto religioso, en el ánimo de aquellos que tenían la dicha de ser objeto del mismo. Se hubiera dicho que el periodo de las pruebas era para los neófitos una época de muda, durante el cual se verificaba en ellos una completa metamorfosis moral. A la salida del templo, los iniciados apenas conservaban el recuerdo de su vida profana. La inteligencia, el corazón, los sentimientos, todas las facultades inteligentes del hombre, todo había cambiado y seguía una dirección conforme a la voz de la naturaleza y al instinto de la razón.

No se veían entre los iniciados egoístas, ni avaros, ni ambiciosos de esos que monopolizan la fortuna y centralizan en torno suyo todas las ventajas sociales; eran todos amigos sinceros y desinteresados de la gran familia humana, que se dedicaban a trabajos útiles, a estudios serios y a todo lo que tendía a engrandecer la ciencia social.

No nos detendremos a señalar esa pléyade de grandes ciudadanos, gloria de su siglo y honra de su patria, porque su nombre y sus hechos, fueron escritos en letras de oro en las páginas de la historia; pero sí debemos decir que casi todos los iniciados de las primeras épocas fueron hombres ilustrados, sabios y concienzudos, para quienes el bien público era el bien supremo, y la consideración de sus conciudadanos, la mas dulce recompensa de su celo. Ante semejantes modelos, el pueblo se inclinaba y tendia a imitarlos.

Sus costumbres austeras, su noble y generosa actividad en la obra de perfeccionamiento, le servían de ejemplo, y se acostumbraba a amar la virtud desde el momento que la veían reverenciada por hombres tan eminentes, y perdían sus instintos feroces y salvajes con solo oírles hablar de la humanidad con el santo fervor que lo hacían.

Así fueron formándose aquellas costumbres sociales que tenían por móviles el amor del bien público y el gusto por todo lo bello. Jamás experimentaron los pueblos de manera tan vehemente la necesidad de vivir en comunidad de intereses y de sentimientos, como aquellos que debieron su educación a los sabios que habían recibido la suya en el santuario de los dioses: y gracias a este beneficio, los Egipcios, los Persas, los Indios y los Griegos, sufrieron la conquista y la devastación sin que se rompiera la cadena mutua que les había unido formando su nacionalidad.

Sin embargo, la práctica de las iniciaciones debía experimentar la suerte de las cosas humanas; tenia que debilitarse, tenia que corromperse y que sufrir la funesta influencia de un egoísmo brutal y salvaje. El sacerdote, que en su origen era un sabio sencillo y modesto, el intérprete de las leyes de la naturaleza y el consagrador del culto que se rinde a su autor, se apasionó por los bienes de la tierra, dejóse dominar por la avaricia, dio oídos a los deseos de la carne con preferencia al espíritu, y para alimentar su concupiscencia se hizo artero, hipócrita y embustero; introdujo la perturbación en las ideas religiosas que mantienen los sentimientos de estima y de amor entre los hombres, y desnaturalizó la creencia universal que da un Dios á la naturaleza y un padre a la humanidad. Esta bastarda ambición, acarreó a las iniciaciones la pérdida de la sublime y majestuosa autoridad moral de que gozaban; dejaron de ser la vía intermediaria por la cual el hombre de genio se dirigía al santuario a depurar su corazón, y en cuyo fondo bebía el sabio su ciencia, y degeneraron, en fin, en esas ceremonias venales que alimentan la credulidad del pueblo y la pasión que. siente por lo maravilloso, sin hacerle ni mas religioso, ni mas sabio.

Al caer los altares del paganismo ante la voz potente del cristianismo, los hombres del renacimiento social y fraternal conservaron en sus ritos religiosos todo lo que tenían las iniciaciones de moral y de filosófico. Los primeros cristianos se sirvieron de ellas para alejar de su culto á los débiles y a los tímidos.

Por último, el uso de las iniciaciones pasó con el cristianismo de Oriente al Occidente; las órdenes monásticas, filantrópicas y caballerescas establecieron su noviciado, sus pruebas, sus secretos y sus misterios; las corporaciones de la Edad Media crearon también una especie de iniciación, y la sociedad de Juan, llamada de los Hermanos Masones, adoptó desde su origen las fórmulas iniciadoras de los tres grados simbólicos establecidos por Zoroastro para la recepción de los Magos, por considerarlas las mas dignas entre todas, y por ser las que se hallaban mas en armonía con el espíritu de su institución.

Las iniciaciones masónicas operaron en Europa la misma transformación que habían producido en Asia, formando hombres de fe, de sólidos principios, de valor probado y de adhesión sin límites, que trabajaron sin descanso por el bienestar de la humanidad.

Desde el sabio Manes hasta Bacon, y desde éste a D'Alambert, transcurrieron nuevo siglos de tinieblas, producidas por el fanatismo y la superstición. Las tiranías feudales y sacerdotales pulverizadas por el ariete de la razón; las libertades del hombre reconocidas como principios de derecho político, en fin, ese manantial de gloria y de prosperidad abierto a todas las inteligencias por aquellos que aprendieron en sus templos a amar la verdad y a cultivar la virtud, dan a conocer suficientemente el objeto moral y filosófico de las iniciaciones, y la necesidad de conservar religiosamente sus sagradas prácticas.

Sin embargo, no sallemos si por la ceguedad o si por la ignorancia, o porque aun las cosas mas venerandas y mas útiles tienen su periodo de decadencia y de caducidad, es lo cierto, que no se tiene por las iniciaciones aquel respeto y aquella veneración que inspiraba una santa confianza a los neófitos; se desconoce su importancia moral; la severidad de sus prácticas ha caído en desuso, y parece que no se las considera mas que como uno de esos preámbulos que no dicen nada, y que solo sirven de pretexto para empezar alguna cosa. Y es porque se ha olvidado que ellas fueron y serán siempre la clave de la bóveda del Templo, y el fundamento sobre que descansa el porvenir de la Francmasonería.

El bautismo de la iniciación, se da hoy día, como llegó a darse en otros tiempos, cuando los sacerdotes de Ceres las convirtieron en un objeto de especulación. Los neófitos llegan en tropel a las puertas del templo, sin tener ninguna idea del sacrificio que van a imponerse, ni de las formales obligaciones que deben contraer. Algún simulacro pálido y descuidado de las pruebas, y una pequeña lección del catecismo, son lo que se considera en general, lo bastante para iniciar á un profano a los misterios de la Gran Obra. ¡Y habrá todavía quién se admire que haya tantos obreros inhábiles, tantos compañeros ignorantes, y un número tan considerable de Maestros, que abandonan la escuadra y el compás como instrumentos gastados ó inútiles, para volver a entregarse con toda preferencia a sus costumbres profanas!

El hombre que hace abnegación de sí mismo para trabajar por el bienestar de sus semejantes, pasa ya por se un ejemplar tan raro, que es preciso buscarle con empeño durante largo tiempo en el seno de la multitud, entre que casi siempre permanece oscurecido e ignorado para poderlo encontrar.

Si los hipócritas y los avaros se han introducido en el templo; si se ve a tantos renegados violar un juramento sagrado y abandonar una causa santa, se deben tan tristes y perniciosos ejemplos, al poco cuidado que se pone en estudiar a los hombres, y en el olvido de los sabios medios que deberían emplearse para conocerlos bien antes de proceder a su admisión.

Para que la Francmasonería recobre la alta consideración de que es merecedora por los grandes principios sociales que mantiene, es necesario enseñar a los neófitos, que la fraternidad no es solo la simple expresión de algunos sentimientos humanitarios, y la fórmula de algunos actos de simpatía y de mutualidad recíprocas, sino que es la beneficencia puesta en principio como ciencia universal de la humana sociedad; es necesario despertar el sentimiento de la propia dignidad, vigorizar el carácter y excitar los grandes sentimientos que inspiran la virtud y el honor.


jueves, 14 de diciembre de 2017

EL RITO DE DESCENDER AL INTERIOR DE LA TIERRA


Al comienzo mismo del rito de nuestra iniciación somos conducidos por el Hermano Experto a una pequeña y oscura estancia llamada la Cámara, o Gabinete, de Reflexión, dentro de la cual permanecemos encerrados durante un período de tiempo indeterminado, y antes de entrar por primera vez en el Templo.
 
Al introducirnos en ella dicho Hermano nos dirige las siguientes palabras:

«Caballero, aquí es donde Vd. va a sufrir la primera prueba, que los antiguos iniciados llamaban la "prueba de la Tierra". A tal fin, es indispensable que se deshaga de toda ilusión y, para hacerse sensible materialmente a lo que debe ejecutar dentro de Vd. espiritualmente, le ruego me dé lo que lleva de valioso y, particularmente, todos los objetos de metal, que simbolizan lo que reluce con brillo engañoso...
 
Ahora, Caballero, vais a ser abandonados a Vd. mismo, en la soledad, el silencio, y con esta débil luz. Los objetos y las imágenes que se ofrecen a su vista tienen un sentido simbólico y deben incitaros a la meditación».

Estas palabras son sumamente reveladoras acerca del significado de ese momento solemne de nuestra recepción. Ellas nos advierten de la necesidad de purificarnos de todas las ilusiones, egos y vicios que conforman nuestra errónea «personalidad», y que hemos ido adquiriendo en nuestro contacto con las «tinieblas exteriores» del mundo profano. Sin ese previo «despojamiento de los metales» (que crean una dura y gruesa costra alrededor de nuestro verdadero ser impidiendo que se manifieste) jamás podríamos recibir la influencia espiritual vehiculada por el rito y los símbolos de la iniciación, impidiendo así la posibilidad salvífica del renacimiento, de volver a nacer en un mundo nuevo bañado por una luz mucho más transparente y sutil: el mundo de las ideas y arquetipos emanados del Gran Arquitecto del Universo.

Pero, lógicamente, nadie podrá hacer ese trabajo por nosotros, razón por la cual somos abandonados a nuestra suerte, recogidos en la soledad y el silencio, encerrados en fin, en nuestra particular Cámara de Reflexión, y una vez allí morir a la condición profana. Ese acto o gesto interno de negación y muerte a un mundo y a una personalidad ficticia se vive simbólicamente (lo que por cierto hace válida y real esa experiencia) como un «regreso al útero» materno, o a la matriz de la tierra nutricia, es decir a un plano de concentración extrema donde «reflexionamos» sobre el sentido de nuestra existencia, sobre quién somos en verdad.

En realidad, la Cámara de Reflexión es lo mismo que el athanor, «huevo filosófico» u horno alquímico, símbolos todos ellos de la conciencia herméticamente cerrada a las influencias externas, y en donde, amparados en la íntima y generativa oscuridad, se lleva a cabo un proceso de cocción, fermentación, destilación, sublimación y finalmente transmutación de lo espeso en lo sutil, de lo terrestre en lo celeste. Este proceso, como sabemos, es el vivido por la semilla en su eclosión vertical hacia los espacios aéreos, o por el gusano de seda, que después de un tiempo encerrado en el capullo sale de él transmutado en mariposa, en un ser completamente otro, pasando de lo que repta a lo que vuela.

Esto que decimos está claramente ejemplificado por los diversos objetos, inscripciones e imágenes simbólicas presentes en la Cámara. Allí, depositados sobre una mesa, encontramos tres pequeños recipientes conteniendo azufre, mercurio y sal, los tres principios herméticos que simbolizan el espíritu, el alma y el cuerpo, respectivamente, lo cual nos sugiere la idea de que la Gran Obra iniciática incumbe al ser humano considerado en su totalidad, y no tan sólo en un aspecto o modalidad de ésta; una jarra con agua y al lado un trozo de pan, símbolos del agua de vida y del alimento espiritual que restituyen el «recuerdo» y fortalecen al candidato después de sufrir la primera muerte iniciática, expresada a su vez por el cráneo y las tibias cruzadas. Este es el estado que la Alquimia denomina nigredo, o «negro más negro que el negro» que señala la descomposición de la personalidad egótica. Pero esa descomposición o putrefacción contiene ya el germen del nuevo nacimiento, anunciado por el gallo, ave emblemática del dios Hermes, y cuyo canto proferido en lo más profundo de la noche avisa sin embargo de la proximidad del día y de la luz del Sol nacida en el Oriente. En este sentido, nos dice la Tradición que «cuando todo parece perdido, es cuando todo será salvado», pues después de descender, como Dante, a las profundidades del Infierno, no queda más remedio que ascender por el eje que une la Tierra y el Cielo. Y precisamente ese descenso y ese ascenso están sugeridos por las siglas V.I.T.R.I.O.L. que aparecen grabadas en una de las negras paredes de la Cámara. El significado de estas siglas alquímicas es bastante elocuente al respecto: «Visita el Interior de la Tierra y Rectificando Encontrarás la Piedra Oculta». La rectificación de que se trata tiene que ver con el cambio de «orientación» que se va produciendo en nosotros conforme progresamos «...por las vías que nos han sido trazadas», es decir, por la vía sagrada de la iniciación, lo que es simultáneo al despertar de nuestras potencialidades internas que nos conducirán a la obtención del Conocimiento, simbolizado por la Piedra Oculta (Filosofal) o Piedra Cúbica en punta del maestro masón.

Así, pues, sólo cuando el postulante sepa comprender –o asimilar en sí mismo– el mensaje de todos estos símbolos que se ofrecen a su meditación, habrá «superado satisfactoriamente la prueba de la Tierra, a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo», y estará, por tanto, preparado para llamar a las «puertas del Templo», lo que hace una vez ha sido reducido a pura posibilidad de ser presta a recibir los efluvios emanados del resto de los elementos purificadores que determinarán su desarrollo y crecimiento interior: el Aire, el Agua y el Fuego.



 

lunes, 4 de diciembre de 2017

SOBRE LA CEREMONIA DE INICIACIÓN

 
En algunas Logias se utiliza este texto en forma de lectura al nuevo iniciado a continuación de la ceremonia. Como no forma parte de los textos primitivos del Rito, su uso en las Logias es facultativo, pero es un documento cuya lectura es útil para la instrucción de los nuevos Hermanos y la comprensión de las enseñanzas espirituales del Rito.

Querido Hermano:

Este nuevo título que os damos anuncia la cualidad que acabáis de adquirir y el lazo que se acaba de establecer entre vos y nosotros. Introducido en esta Logia como un profano, os habéis convertido en Francmasón y Hermano de todos los Francmasones extendidos sobre la superficie de la Tierra.

El núcleo de la ceremonia que ha producido en vos este cambio está constituido por el juramento que habéis prestado de guardar los secretos de la Francmasonería y por la comunicación que luego se os ha hecho de estos secretos. Estos dos actos esenciales han sido precedidos por una preparación y diversas pruebas, desarrolladas según ciertas formas rituales. Ahora se os dan algunas explicaciones sobre el conjunto de estas ceremonias, que os ayudarán a extraer las principales enseñanzas.

Se os ha situado en un lugar solitario y oscuro donde se os han presentado emblemas fúnebres, frases austeras y advertencias temibles. A través de todo ello se os ha querido hacer sentir la gravedad del paso que ibais a dar y daros a entender cuánto coraje y renuncia de sí mismo exige para llevarse a término.

Se os ha preguntado sobre los principales deberes del hombre para persuadiros de que el Masón debe esforzarse más que otros en cumplirlos fielmente en todas las circunstancias de su vida.

Se os ha retirado vuestra espada para que entendáis que debéis renunciar a toda voluntad de poder y a la ilusoria confianza que el hombre pone orgullosamente en sus propias fuerzas.

Se os ha despojado de vuestros metales para que aprendáis que debéis renunciar a la codicia y a la búsqueda de placeres y bienes materiales.

Se os ha desnudado parcialmente para recordaros la igualdad originaria entre todos los hombres y poneros en guardia contra la vanidad que, a menudo, les inspiran ornamentos que no deberían significar para ellos más que el símbolo de su deber.

Se os han vendado los ojos para enseñaros, privándoos de la luz física, que la verdadera luz no es de este mundo.

Se ha descalzado vuestro pie derecho en recuerdo de cuando Moisés se descalzó para hollar el suelo santificado por la presencia del Señor en la brasa ardiente (Éxodo, 3-5); en esto debéis comprender que nuestras Logias son lugares sagrados cuando los trabajos están regularmente abiertos, y que debéis conduciros adecuadamente.

Habéis sido introducido en Logia por tres grandes golpes. Ellos nos recuerdan tres frases del Evangelio (Mateo, 7-7; Lucas, 1 1-9): "Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá". Os enseñan que no se niega jamás el socorro de lo Alto al que busca y persevera con confianza.

Tras asegurarse de vuestras intenciones y disposición mediante un severo interrogatorio, el Venerable os ha sometido a pruebas simbólicas que contienen importantes enseñanzas. El primer viaje, que habéis hecho con grandes penalidades entre estruendos, simboliza esta existencia caótica y en manos de los ciegos impulsos del azar en la que cayó el hombre desde que, movido por el orgullo, se separó de la fuente de toda luz y vida, y de la que sólo puede esperar liberarse con el socorro que le proporciona la misericordia divina. También os enseña la interpretación que se os ha dado de la palabra sagrada de vuestro grado: mi fuerza está en Dios.

Según la tradición judeocristiana en la que se formó la Francmasonería, y en la que permanece impregnada y donde continúa transmitiendo sus enseñanzas, este socorro divino nos es dado en el Volumen de la Ley Sagrada, donde al Señor le plació revelarse. Es en las páginas de este Santo Libro donde debéis buscar el sentido de las purificaciones por las que habéis pasado en vuestros dos últimos viajes.

La purificación por el agua fue instituida en la Antigua Alianza como un rito mediante el cual eran borradas las impurezas legales. Los sacerdotes debían purificarse mediante abluciones antes de tomar parte en el culto del templo. Pero, con el paso del tiempo, este rito legalista se convirtió en el símbolo de la purificación interior que limpia las manchas del vicio.

Así es, sin duda, como lo entendían los maestros en Israel al final de los tiempos de la Antigua Ley; así es como lo entendía Juan, ese santo profeta venerado por los masones, que bautizaba en la orilla del Jordán llamando a la metanoia, al cambio interior.

Acordaos, Hermano mío, que debéis hacer todo el esfuerzo para poder presentaros puro en nuestras Logias, y que, como lo escucharéis en la posterior instrucción, habéis venido a vencer vuestras pasiones y a someter vuestra voluntad. Vigilad especialmente para sólo entrar en Logia con sentimientos acordes con la concordia fraternal que debe reinar entre todos nosotros.

En la Nueva Alianza, tal y como Juan lo había anunciado, el bautismo de agua ha sido completado con un bautismo en fuego y en el espíritu. En relación con este segundo bautismo se os ha hecho pasar por las llamas, de lo cual el Venerable os ha explicado el sentido. Es el fuego de la caridad, del amor fraternal que debería abrazar a todos los hombres, al menos a todos los Masones, como hijos de un mismo Dios que es Dios de amor. Este es el mensaje de amor que el otro Juan, el Evangelista, recogió en ese libro particularmente querido a los Masones sobre el que habéis hecho vuestra obligación.

Esforzaos, Hermano mío, en comprender este mensaje y ponerlo en práctica. No perdáis de vista que este amor fraternal es mucho más que una simple amistad humana, aunque no la excluye sino más bien la transfigura. No olvidéis jamás que esto no es una idea abstracta, sino un estado interior del cual debe estar impregnado todo vuestro comportamiento hacia vuestros Hermanos.

Tradicionalmente, la Francmasonería celebra, de forma indivisible aunque en fechas diferentes, el recuerdo de ambos Santos Juanes, de los cuales, por otra parte, todas las Logias llevan el nombre. Esto os da a entender que las dos Alianzas son para ella dos caras inseparables de una misma tradición. En la Edad Media, esta complementariedad de ambas Alianzas era la clave principal de la interpretación de la Biblia, elaborada por los clérigos pero traducida a la piedra por los Masones operativos, y sigue siendo para nosotros la clave principal para interpretar su obra.

Recordad así, Hermano mío, que al igual que, históricamente, la Antigua Alianza fue necesaria para preparar el advenimiento de la Nueva, la purificación de vuestro corazón mediante la práctica de la virtud es necesaria para preparar su iluminación por el amor. Por otra parte, es sólo en esta iluminación donde vuestros esfuerzos hallarán su culminación.

La prueba de la sangre os ha mostrado hasta dónde debe llegar vuestro desvelo por vuestros Hermanos si lo exigiera una situación excepcional.

La prueba del cáliz de amargor os ha devuelto a las dificultades cotidianas. Si llegaseis a sufrir a causa de algún Hermano, pensad que el ideal masónico es suficientemente elevado para que no sea difícil estar siempre presto a perdonar. No venguéis las ofensas que os hagan por vuestro celo para permanecer en el camino recto, sea quien sea el provocador.

Tras haber triunfado simbólicamente en todas estas pruebas, habéis hecho vuestra Obligación o Juramento. Este es el momento más importante de vuestra iniciación, porque es cuando os habéis comprometido voluntariamente con nuestra Orden. El Venerable ha puesto cuidado en solicitaros vuestro libre consentimiento y, si lo hubierais rechazado, la Logia os habría dejado marchar sin haberos comunicado aun ninguno de los secretos que este juramento tiene la obligación de proteger. Quizás os haya sorprendido la fórmula tradicional del juramento. Es cierto que si lo violáis no debéis temer la ejecución literal de las penalizaciones. Pero incurriréis en el castigo del deshonor y el menosprecio de todos los Masones.

Habéis prestado este juramento sobre el Evangelio de San Juan, con la rodilla en escuadra y la punta del compás sobre el corazón. La Biblia, la escuadra y el compás han estado asociados siempre al juramento de los Masones. El valor de la Biblia, que no es un símbolo sino la expresión de la Revelación divina, os ha sido explicado ya. La escuadra es el símbolo del Oficio en su plenitud. Unida a la horizontalidad del nivel que lleva el primer Vigilante y la verticalidad de la plomada que lleva el segundo Vigilante, es portada por el Venerable, que gobierna la Logia.

Como herramienta que sirve para verificar los ángulos rectos de las piedras, ella es símbolo del modelo perfecto que la ley divina nos propone a cada uno de nosotros, para que ajustándonos a ella seamos capaces de participar en la construcción de un templo espiritual. En el momento de vuestra obligación, manifestaba la rectitud de intenciones que os debiera animar. Respecto al compás, herramienta que circunscribe lo indeterminado para instituir un orden, es el símbolo de la Sabiduría creadora del Gran Arquitecto del Universo.

Porque es ante el Gran Arquitecto del Universo ante quien habéis prestado vuestro juramento. Este es el nombre que los Masones damos a Dios. Este nombre, Hermano mío, es el resultado de una larga tradición. Dios no aparece en la Biblia como un Arquitecto hasta que comunica en el Sinaí a Moisés la estructura y dimensiones del tabernáculo, sobre cuyo modelo debería construirse más tarde el templo de Salomón. ¿No hizo saber también a Ezequiel, a través de su ángel, la estructura y dimensiones del templo a reconstruir después de que el primero hubiera sido destruido? El Libro de los Proverbios (8,27) nos dice que Dios, al comienzo, "trazó un círculo sobre la faz del abismo". Por esto, en la Edad Media se representaba al Creador bajo el aspecto del Cristo en majestad teniendo en la mano un compás para trazar el orbe del mundo. Es este compás divino, Hermano mío, el que recordaba ese cuya punta ha sido puesta sobre vuestro corazón.

Que él se abra a esta Sabiduría "que el Señor creó antes que sus obras más antiguas", y que al comienzo "estaba a su lado como el maestro de obras"; que se abra a esa Palabra de la que San Juan nos dice que "todo fue hecho por ella", y en la que proclama San Pablo "todo tiene su consistencia" (Col.-1 17). Sí, es en el Gran Arquitecto del Universo, en su Sabiduría, en su Palabra, en lo que nos sostenemos todos juntos como las piedras de un mismo edificio. Aquí está el cimiento primordial y la significación última de la fraternidad masónica en la que acabáis de entrar por el compromiso que habéis adquirido. Aquí se halla también la base de esa virtud, la Caridad, que os ha sido tan justamente recomendada, porque todos los hombres están unidos en el amor divino, aunque no todos sean conscientes como nosotros los Masones lo somos, o deberíamos serlo.

Cuando habéis tomado vuestra obligación, se os ha dado la luz. La llama que ha fulgurado en vuestros ojos para luego extinguirse os enseña el carácter precario y transitorio que es muy a menudo el de las luces humanas. Usadlas sólo con prudencia y discernimiento, y nunca os dejéis deslumbrar. Poned vuestra confianza sólo en la luz que dura eternamente.

Las espadas apuntándoos manifiestan la unión indefectible de los Masones y la fuerza que ella consigue, fuerza protectora para el que observa todos sus deberes, pero temible para el que yerra.

Habiendo recuperado la postura de vuestra obligación, habéis confirmado a la luz los compromisos que habíais adquirido en tinieblas. Luego, el Venerable os ha recibido y constituido Aprendiz Francmasón por la batería del grado dada sobre el compás apoyado en vuestro corazón y sobre la espada apoyada en vuestra frente. El símbolo del compás os ha sido explicado ya. La espada, símbolo del honor que involucráis en vuestra obligación, es aquí la marca de la autoridad de que está investido el Venerable como Maestro de una Logia regularmente constituida en Rito Francés, y por la libre elección de sus Hermanos. Manifiesta también la fuerza victoriosa con la que la Palabra divina ilumina la inteligencia de todo hombre que la acoge con fe y humildad.

A continuación habéis sido trasladado hacia el Oriente por la marcha de vuestro grado. El Oriente es la fuente de la luz, esta fuente de la que os hemos dicho que el hombre se aleja por su orgullo. Esta marcha significa que habéis emprendido esta noche un viaje que debe reconduciros. La posición de vuestros pies os indica que es la escuadra, cuyo significado os ha sido explicado, la que debe dirigir vuestros pasos en este camino, si esperáis llegar un día a su término. La forma peculiar de ejecutar esta marcha es el primero de los secretos que os permitirán haceros reconocer como Aprendiz Francmasón y que habéis jurado no difundir jamás. Tras haberos revestido con el hábito característico de los Masones, el Venerable os ha comunicado el complemento de estos secretos. Esta comunicación es la respuesta de la Orden al compromiso que habéis contraído con ella.

La originaria razón de ser de estos secretos era permitir a los Masones operativos que los poseían encontrar trabajo más fácilmente cuando se presentaban en una construcción. Hoy ya no tienen para nosotros este valor profesional. Pero continúan como señal del lazo que nos une y de nuestra pertenencia a una sociedad de hombres que han sido separados del mundo profano, de su ciega agitación y de sus vanidades, aunque deben continuar viviendo y actuando; una sociedad de hombres de la que se puede decir, según la palabra evangélica, que están en el mundo pero que no son del mundo.

Creed, Hermano mío, que esta pertenencia os impone grandes deberes. No voy a volver sobre los deberes sociales, morales y espirituales, de los que ya se os ha hablado ampliamente. Me ceñiré a precisaros algunos de los deberes prácticos que os incumben como aprendiz de esta Logia.

Debéis ser asiduo a los trabajos de la Logia, es decir, debéis atender a toda convocatoria que os sea dirigida por orden del Venerable, a menos que os lo impidan la enfermedad o imperiosas obligaciones profesionales o familiares.

En Logia debéis observar la disciplina masónica. Para vos, durante el tiempo de vuestro aprendizaje, esta disciplina toma la forma de la ley del silencio, a la que os debéis atener estrictamente. Esta saludable ley es una gran lección de humildad y de maestría de uno mismo.

Debéis instruiros con celo en los conocimientos masónicos de vuestro grado. En particular, debéis conocer perfectamente los secretos que os han sido confiados y saber ejecutar correctamente la marcha, el signo y el toque, así como dar la palabra sagrada de la forma que os ha sido enseñada. Debéis estudiar seriamente las instrucciones que se os den y estar atento al desarrollo de los trabajos en Logia a fin de grabar el ritual en vuestra memoria. Para vuestra instrucción dependéis particularmente del Hermano Segundo Vigilante quien, en algún plazo y de acuerdo con el Venerable y el Hermano Orador, os encargará un trabajo a presentar en Logia, por el cual vuestros Maestros puedan juzgar la forma en que asimiláis las enseñanzas que os dan.

De forma inmediata, deberéis presentar durante la próxima tenida vuestras impresiones de la iniciación. Preparadlo lo antes posible, mientras los sucesos de esta jornada están aun vivamente impresos en vuestra memoria. Este trabajo debe ser breve y ausente de todo ejercicio de erudición. No debe ser más que la expresión, todo lo directa y sincera que podáis, de lo que habéis experimentado esta noche.

Meditad constantemente, Hermano mío, sobre las enseñanzas de vuestra iniciación. Esclarecerán toda vuestra vida y os conducirán infaliblemente hacia la verdad y la luz.


sábado, 11 de junio de 2016

SOBRE LOS SÍMBOLOS Y LA INICIACIÓN MASÓNICA


Penetrar en el mundo de los símbolos es en verdad penetrar en el mundo, porque el símbolo, en su acepción más amplia, o la simbólica, que es justamente la ciencia que investiga los símbolos de todas las culturas y civilizaciones que se han sucedido a lo largo de la historia, es una ciencia multidisciplinar que busca interpretar la realidad del cosmos y del hombre de acuerdo a los principios y leyes universales.
 
Hablamos del estudio de las Artes Liberales, de las tradiciones y religiones comparadas, de la antropología, de la historia y la geografía sagradas, de la ciclología, etc. En realidad toda investigación, toda ciencia y todo arte que estudia finalmente la razón de ser de las culturas, y en definitiva del hombre, de nosotros mismos, está integrada en esa Ciencia Simbólica o Ciencia de Ciencias.
 
Naturalmente los símbolos masónicos pertenecen a dicha Ciencia, como es el caso de los que decoran la Logia, empezando por las dos columnas J y B, que como se relata en los antiguos documentos de la Orden fueron descubiertas (o descifrados los signos en ellas grabados) por Hermes la una y por Pitágoras la otra, los cuales son también los dos grandes patrones de la Masonería. Es decir, y como nos recuerda Federico González en Hermetismo y Masonería, Hermes, el dios Hermes, dona a la Masonería su sabiduría, o sea la Sabiduría, y Pitágoras la gnosis, es decir el Conocimiento, expresado a través de la Geometría y la Aritmética, que son las ciencias propias de la Tradición Pitagórica. Estas dos ramas de la Tradición Unánime se fusionan en la Masonería, conformando su ser y su esencia.
 
La Logia es una imagen simbólica del Cosmos, y en ella se plasma toda osa sabiduría y esa gnosis; empezando por la "cadena de unión" que son los 12 signos del zodíaco y que constituye el marco que rodea la Logia y la protege, cubriéndola y encuadrándola por arriba, estableciendo así sus límites espacio-temporales. Ese enmarque o zodíaco es para aprender a interpretar y conocer la máquina celeste, y puesto que estamos hechos a imagen del Cosmos nosotros también somos el zodíaco.

Dentro de ese marco o encuadre se "encierran" una serie de elementos que son todos los símbolos que están presentes en la Logia, empezando por el principal de todos ellos, que no es otro que el Delta Luminoso, el símbolo del Gran Arquitecto del Universo. Es decir, que esa sabiduría y ese conocimiento representados por las dos columnas, por Hermes y Pitágoras, se concentran y sintetizan en el Delta Luminoso. En verdad la Logia no está tan sólo iluminada por las luces físicas que se distribuyen en diferentes lugares en número de 3, 9, 12, o las que sean, dependiendo del Rito o del Grado en que se trabaje, sino que es por la luz inteligible que emana del Delta por la que la Logia está en realidad iluminada.
 
Para algunos autores el Delta masónico es de origen pitagórico pues es idéntico en cuanto a su significado iniciático a la Tetraktys, la cual constituía el símbolo de aquello que los masones llamamos el Gran Arquitecto, aunque los pitagóricos se referían a él con el nombre de Mónada o Unidad. En la Masonería el Delta Luminoso es el símbolo de esa Unidad, la cual no puede ser representada, pues se trata de una idea que no tiene ninguna forma. Es el tres, es decir el Ternario, o el triángulo, el símbolo de esa Unidad. O sea, la Unidad más el Binario en que esta se expresa. En efecto, el triángulo es la primera forma, la primera representación que se puede tener de la Unidad. Por eso el Delta Luminoso es un triángulo.
 
Como decimos el Delta era venerado por los pitagóricos en la forma de la Tetraktys, la cual tiene también una forma triangular, y era considerada como el símbolo de la Mónada y del Universo al mismo tiempo, pues esa forma triangular está constituida por diez puntos dispuestos a cuatro niveles: 1, 2, 3, 4, cuya suma da efectivamente diez. Esos cuatro niveles están indicando la idea del Cuaternario, del número cuatro1, y no deja de ser interesante observar que en el alfabeto griego la letra delta ocupa el cuarto lugar. Esos diez puntos o diez números, que repetimos constituyen la suma de los cuatro primeros dígitos, son el símbolo de la Manifestación Universal, del discurso cósmico en el despliegue indefinido de todas sus posibilidades. El mismo simbolismo está sugerido, bajo una forma geométrica distinta, por el círculo y la cruz inscrita en su interior, es decir por el símbolo universal de la Rueda, siendo esa cruz la expresión misma del Cuaternario, que es el que hace posible conectar el centro a la circunferencia, y por tanto la Unidad a la multiplicidad, y viceversa. En realidad la Tetraktys reúne, como el Delta masónico, o la Rueda, los símbolos geométricos y numéricos que mejor explican el acto misterioso de la Creación, y más allá de ella nos enseña a concebir en nuestro interior la idea misma de la Unidad o Gran Arquitecto, didáctica que no sólo va dirigida a la mente racional (a la que ordena), sino sobre todo a despertar la "intuición intelectual" que reside en el corazón y que es la que verdaderamente nos conduce en el camino del Conocimiento. De ahí que para la Masonería sea tan importante el Delta Luminoso como representación simbólica del Gran Arquitecto. Y subrayamos lo de "representación simbólica" porque evidentemente los símbolos, aunque manifiesten fielmente la idea que quieren expresar, no son esa idea, o mejor dicho, son la forma, la piel, que recubre la idea, el espíritu de la cosa representada. Por eso mismo ni los masones, ni nadie que se dedique al estudio de la Ciencia Simbólica, deben confundir el símbolo con lo simbolizado.
 
En el caso del Delta Luminoso la idea que representa no es otra que el Gran Arquitecto, y son los iniciados que investigan en ese símbolo los que con su trabajo de meditación en él pueden llegar a descubrir en sí mismos y para sí mismos qué significa el Gran Arquitecto, puesto que éste no es un dogma. En este sentido, hemos de tener en cuenta que la Masonería no es una religión y por tanto no tiene dogmas. Están sus símbolos, sus ritos y sus mitos, y cada cual los interpreta según sus propias posibilidades, nacidas como consecuencia de una sincera reflexión y meditación en ellos. Como decimos la Masonería carece de dogmas, pero sí tiene principios. Los símbolos que decoran la Logia son los principios que están expresando las distintas modalidades de la Inteligencia del Gran Arquitecto; pues finalmente la Logia como imagen del Cosmos no es sino una representación del cuerpo del Gran Arquitecto.
 
El Cosmos, en realidad, es el símbolo mismo del Gran Arquitecto y todos los elementos que están dentro de la Logia representan lógicamente distintos aspectos de su Inteligencia y su Sabiduría. Y la investigación en todos esos símbolos, en su significado, va dándole al masón la síntesis de la idea que todos ellos están revelando, operación relacionada directamente con aquella expresión masónica que dice que la labor del masón es "difundir la luz y reunir lo disperso. 1 También el tetragramma hebreo está formado por cuatro letras. Esa luz a difundir es la Luz que emana del Delta Luminoso y que nos permite reunir el significado profundo de los distintos elementos simbólicos que decoran la Logia, porque en esa reunión no sólo estamos concibiendo ideas, sino que fundamentalmente nos estamos reuniendo y concibiendo a nosotros mismos, es decir nos estamos encontrando, descubriendo nuestro auténtico ser y esencia, pues en realidad se trata de una reintegración interior, y para eso precisamente es para lo que sirve el símbolo, porque no es la forma de éste la que ilumina la inteligencia, sino justamente la idea que está plasmada en él. Y eso es muy importante a tener en cuenta, porque así evitaremos confundir el símbolo con lo simbolizado. El símbolo tampoco es una alegoría, y eso también es muy importante tenerlo en cuenta, pues muchos creen que los símbolos lo son. Es decir, "lo que yo me puedo imaginar o suponer que es el símbolo".
 
No, el símbolo no es el producto de la imaginación ni de ninguna suposición humana. Él es de origen suprahumano, de ahí su sacralidad, su sabiduría y belleza implícitas, su fuerza y su energía capaz de transformarnos y hacer de nosotros verdaderamente "hombres libres". El símbolo constituye una revelación, y su esencia sólo puede ser conocida mediante la "intuición intelectual", a la que él mismo despierta. Lejos de ser una alegoría, el símbolo expresa netamente la idea que quiere manifestar. Te está comunicando aquello que en verdad son las cosas, lo que es la realidad en sus diferentes aspectos. Por eso el interés del masón por reunir tojos esos símbolos en una síntesis, y no hay mayor síntesis que la del Delta Luminoso el cual revela verdaderamente la idea que está queriendo expresar y uno se identifica con esa idea, puesto que uno es una sola cosa con ella. Si las ideas que los símbolos están revelando no estuvieran ya en nosotros previamente, ¿cómo podríamos comprender el símbolo?
 
Nosotros comprendemos lo que somos y tenemos dentro. Dicho de otra manera, lo que la iniciación, en este caso masónica, o cualquier iniciación en la vía del Conocimiento te da, es lo que tú ya posees, es decir te despierta lo que tú ya tienes, no te añade nada. O sea, no viene nadie a imponerte las manos sobre la cabeza y te da algo que te falta, sino que lo que hace el símbolo es despertar lo que tú eres, lo que tienes en ti mismo. Por eso decía antes que el mayor desconocido es uno mismo; uno no se conoce hasta que empieza a darse cuenta realmente de que no sabe nada. No es que lo advierta sólo mentalmente, sino que todo su ser vibra, por decirlo de alguna manera, con ese descubrimiento. Ese no saber es el impulso para conocer. Ahora bien, para el que piensa que ya lo sabe todo, no es posible la iniciación, no es un iniciable, es decir no tiene posibilidad de conocer. Por eso se dice que hay que dejar los metales en la puerta del templo, porque esos metales son los conceptos, ideas falsas e identificaciones de todo tipo que mantenemos con el mundo profano, y la Logia, es decir la Masonería, nos ofrece una vida nueva, y eso es precisamente lo que nos da la iniciación.
 
La palabra iniciación viene de la raíz latina in ire que significa ir hacia, emprender un camino. Así pues se trata de la posibilidad de emprender un camino nuevo. Ahora bien, si aquella persona que quiere entrar en nuestra Orden viene con la idea de que ya lo sabe todo, de que ya está de vuelta de todo, que no puede enseñársele nada, pues entonces no sabe uno qué viene a hacer a la Masonería. Por ello es que en la iniciación masónica, como todos sabéis, la “desnudez" está representando justamente eso. Es decir, la idea de que uno está despojado completamente de todo, de aquello que no le sirve en verdad; porque en lo que la investigación en los símbolos (en este caso los masónicos) te hace caer en cuenta es en que todo lo que sabes lo tienes que deponer, pues si no dejas un espació en ti mismo, cómo vas a poder conocer algo nuevo. Hay un dicho que afirma:
 
"El que está lleno de sí mismo no tiene lugar para Dios".
 
Es decir, el ególatra que está lleno de sí mismo no tiene lugar para nada más. De alguna manera todo el que llega del mundo profano viene lleno de sí mismo, por lo que debe vaciarse para poder llenarse con otras ideas y otras imágenes acordes con su verdadera naturaleza, a la que va descubriendo. El símbolo de la copa está expresando esa idea, y es un símbolo muy universal, presente también en la Masonería, como todos sabemos. Pues en realidad se llega con mucha información pero ningún conocimiento verdadero, por eso debes aprender a desprenderte de esa vana información, de esa vana erudición. Pero claro, la copa vacía no se llena con más erudición.
 
Lo que se recibe es otro tipo de enseñanza. Lo que te enseñan los símbolos masónicos es justamente a ser un hombre nuevo. En este sentido los Evangelios son muy claros cuando hablan del hombre viejo que ha de morir para que pueda nacer el adepto, pero ese hombre nuevo somos nosotros mismos. Morir para nacer, y nacer y conocer son lo mismo. Conocer es conacer. Pero si no se muere no se puede nacer, si la semilla no muere no puede surgir el árbol: la semilla ha de morir, pero antes ha de ser semilla, o sea antes tenemos que ser reducidos a pura virtualidad, a la única posibilidad que en realidad somos, porque en verdad uno es una semilla. En este sentido dicen los textos alquímicos que el hombre tiene que volver nuevamente al seno de la madre; es el "regreso al útero" de que se habla en esos mismos textos: morir dentro de ese útero para renacer. Por eso es que el ingreso en la Cámara de Reflexión, en la caverna iniciática, representa el ingreso en la matriz de la Madre Tierra. La Tierra como representación de la matriz universal, es decir del seno de la Gran Madre, es tu alma en verdad. Uno ingresa en su propia alma, en su propia Cámara de Reflexión, que es como el atanor alquímico, y ahí se despoja de todo.
 
Además en el rito de la iniciación masónica justamente se está representando eso cuando ingresamos en la Cámara de Reflexión, es decir te quitan los metales y simbólicamente te desnudan, porque no puedes ingresar en esa caverna, en esa matriz, con todo lo que tú traes desde fuera; y sólo después de esa muerte simbólica, es decir de morir verdaderamente al hombre viejo, es que se puede entrar en el Templo, que puedes llamar a las puertas del Templo. Claro está que has de ser guiado porque en esos momentos de transición entre lo profano y lo sagrado estás muerto simbólicamente y para nacer tienes que nacer dentro del Templo. Es por eso que te acompañan hasta la puerta del mismo, y una vez allí llaman y te abren e ingresas.
 
Recordemos que durante nuestra iniciación nos hicieron arrastrar prácticamente por el suelo, como diciendo que entras por una puerta muy estrecha, por una puerta por donde sólo pasa una semilla, lo más pequeño. Entonces se entra en la Logia como germen, como pura virtualidad, pero esa semilla necesita de los distintos elementos, es decir del agua, del aire y del fuego, puesto que si no recibe aire, agua y calor (y luz) no puede crecer. Ese es el significado de dichas pruebas, las cuales están presentes en las iniciaciones de todas las tradiciones, pues como bien sabéis no son exclusivas de la Masonería. La Masonería en verdad es una tradición, una organización iniciática que justamente hereda sus símbolos, ritos y mitos de los Antiguos Misterios. Por eso en el mundo moderno, en nuestro tiempo, tenemos la gran suerte de que todavía exista una tradición como la masónica que conserve la estructura de la iniciación.
 
Por ello la Masonería es hoy en día verdaderamente un lujo, y muchas veces nos olvidamos de esta circunstancia, de la gran fortuna que tenemos de haber ingresado en la Masonería, o de estar a punto de ingresar en ella, naturalmente si uno siente la vocación de conocerse a sí mismo. Si no es así, por muchos ritos en que participes, por muchos grados que poseas, por mucha información que obtengas, si no tienes voluntad de ser, aquello no va a prosperar, si la semilla no muere nada va a fecundar y nada va a nacer. Por eso cuando durante el rito de iniciación el candidato entra en la Logia lo hace por entre las dos columnas, las columnas J y B, que son como las dos piernas de la madre parturienta. Además va Con los ojos vendados, o sea que va a ciegas completamente. La Logia es como su madre, pues en verdad está siendo parido y ese nacimiento se produce dentro de la Logia, pero como está privado de la vista, no aprecia nada de lo que hay en ella.
 
Para ver de nuevo, para nacer nuevamente, antes ha de ser purificado por los elementos. Precisamente la palabra elemento quiere decir "simple". En realidad esas pruebas por los elementos lo que en verdad están produciendo en uno es un estado, no de simplonería, sino de simplicidad. Y no hay nada más simple que la Unidad. La Unidad es lo único que no está compuesto, todo lo demás lo está, de dos, de tres, de cuatro, de cinco, en fin de varios, de múltiples, pero la unidad no está compuesta de nada, es ella misma. Si uno no es sí mismo qué va a ser entonces.
 
Esto es justamente lo que realiza en ti el rito de la iniciación y concretamente el rito de purificación por los elementos, los viajes por los elementos, pues justamente se llaman viajes, y en sí mismos constituyen una enseñanza, porque son una representación simbólica de los que se realizan en la vida, que es en verdad un viaje hacia el Conocimiento, y para ello el hombre nace en este mundo, aunque la inmensa mayoría lo haya olvidado en este tiempo de tinieblas. En realidad la Masonería, como toda organización iniciática, lo que hace es darte todo lo necesario para que puedas manejarte en la vida de acuerdo a los principios e ideas que derivan del modelo cósmico. Y en uno mismo está el aplicarlas en sus actos y pensamientos, de los que somos enteramente responsables.
 
"Un masón libre en una Logia libre" dicen nuestros textos, y esa Logia es el mundo.
 
Todo el rito de iniciación, y no sólo el de iniciación, sino cualquier tenida, es en realidad una representación de la vida misma, puesto que uno viaja y se traslada de Oriente a Occidente y de Mediodía a Septentrión. Por ello la Logia es una representación del mundo y uno encuentra su orden y su ubicación, su destino, en ese mundo, en el cosmos, en la vida, pues decir cosmos, decir mundo o decir vida es exactamente lo mismo. Por eso se dice macrocosmos y microcosmos, y la Tabla de Esmeralda Hermética nos enseña: que "lo de arriba es igual a lo de abajo y lo de abajo igual a lo de arriba". No hay diferencia ninguna, es decir el macrocosmos, el gran cosmos, es idéntico o está en el microcosmos, está en el hombre, por eso la Logia es justamente una representación del cosmos, y por eso el hombre reconoce su lugar en él, se siente en su casa. Ya no se siente un extranjero en el mundo, ya no es un peregrino perdido, ya ha encontrado realmente lo que quería, pero encontrarlo no es suficiente, ha de saber estar en él.
 
Cuando ingresamos en la Orden Masónica y nos retiran la venda que cubre nuestros ojos nos encontramos en la Cadena de Unión, unidos a todos los hermanos. Y una cosa muy importante de observar es que no hay Masonería sin Logia, es decir que la Masonería no existe sin la Logia, y ésta no es solamente el recinto físico y concreto, sino fundamentalmente los hermanos que la integran.
 
En la iniciación masónica recibes también las luces de tus hermanos. Como digo, la Logia no es sólo el templo físico, la Logia son los hermanos. Por eso se afirma que una Logia es justa y perfecta cuando se reúnen siete masones, sólo cuando se reúnen siete hermanos se considera que la Logia está constituida como tal, y eso tiene que ver con lo que decíamos anteriormente de que tú no te inicias sólo, sino que son los hermanos los que te inician; claro que tú lo vives solo, que la iniciación es una experiencia personal, pero con la ayuda de los hermanos. Tus luces no son suficientes, y es por eso que necesitas las de los demás durante todo el tiempo que dura el proceso masónico, que es gradual, porque aunque comprendas lo que significa el Delta Luminoso, o cualquier otro símbolo, esa comprensión se va entendiendo también gracias a las propias experiencias de los que te acompañan en el camino del Conocimiento.
 
La comunicación de esas experiencias constituye la base del "trabajo colectivo" tal cual se entiende éste en la Masonería, y ese trabajo es una forma de la invocación al Gran Arquitecto, de la permanente reiteración de Su Nombre vivida por cada uno de los hermanos como una regeneración permanente y fecunda que desemboca finalmente en un estado de ser que supera la mera individualidad (y lo "colectivo") por asunción en lo universal y en la Unidad. Bueno, pues eso es "reunir lo disperso" justamente. Pero antes de "reunir lo disperso" hemos de recibir la luz, que es la que emana del Delta y que simboliza la influencia espiritual.
 
Recordemos que cuando nos quitan la venda que cubre nuestros ojos lo primero que vemos es el Delta Luminoso, y ello se produce estando en la cadena de unión. Es decir que recibes la luz del Gran Arquitecto, la luz celeste, cenital, integrado en la comunidad humana. La vertical y la horizontal reunidas en el acto supremo del rito iniciático tal cual se realiza en la Masonería. En realidad la iniciación masónica como símbolo de todas las iniciaciones o de la iniciación en sí, es realmente un misterio, y por mucho que podamos decir, la experiencia de vivir todo eso no está circunscrita a las palabras. Las palabras como los símbolos mismos, te pueden indicar, te pueden sugerir, te pueden expresar, pero eso es un descubrimiento también, es decir que tú desvelas, descubres, rasgas el velo que cubre las apariencias de las cosas, y puedes ir más allá de esas apariencias.
 
En el Zohar, o Libro del Esplendor de la Cábala hebrea, hay un pasaje que se refiere a esto que estamos diciendo. Allí se habla del buscador de la Sabiduría, la cual está simbolizada en esa tradición, tan próxima a la Masonería, por la Torá celeste. Dice ese texto: En efecto, la Torá deja salir una palabra de su cofre, y ésta aparece por un momento y se oculta enseguida. Y en cualquier momento y lugar en que salga de su cofre y se vuelva a esconder con rapidez, lo hace tan sólo para aquellos que la conocen y están habituados a ella. Porque la Torá es como una amada hermosa y bien proporcionada que se oculta en un recóndito aposento de su pala-cio. Tiene un único amante -cuya existencia todo el mundo ignora- que permanece escondido. Por amor a ella merodea el amante continuamente ante la puerta de su morada y deja vagar sus ojos buscándola en todas direcciones. Ella sabe que el amado está constantemente alrededor de la puerta de su morada. ¿Qué hace? Entreabre ligeramente la puerta en el escondido aposento donde se encuentra, desvela por un instante su rostro al amado e inmediatamente lo oculta otra vez. Todos los que quizá pudieran estar junto al amado nada verían ni percibirían.
 
Únicamente él lo ve, y su interior, su corazón y su alma van en pos de ella, y sabe que por su amor la amada se ha manifestado un instante y ha ardido en su amor. Lo mismo ocurre con la palabra de la Torá. Sólo se revela a quien la ama. EI buscador, el amante de la Sabiduría, descubre que ese es su verdadero tesoro, y la busca constantemente, en silencio, pues sabe que en la unión con ella está su verdadera identidad. Para el masón ocurre exactamente lo mismo. Una vez que ha recibido el influjo espiritual de la iniciación, que siempre ocurre en lo más secreto de la cámara de su corazón, descubre que en realidad la Masonería, como la Sabiduría, sólo se revela y entrega su tesoro a quien la ama.
 
- ¿Qué hay entre tú y yo?
- Un secreto.
- ¿Cuál es ese secreto?
- La Masonería.
 
 

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