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lunes, 8 de enero de 2018

SIMBOLISMO DE LAS FIESTAS SOLSTICIALES DE JANO Y LOS DOS SAN JUAN


El simbolismo de las dos puertas solsticiales, en Occidente, existía entre los griegos y más en particular entre los pitagóricos; se encuentra igualmente entre los latinos, donde está esencialmente vinculado con el simbolismo de Jano.

Jano, en el aspecto de que ahora se trata, es propiamente el ianitor [‘portero’] que abre y cierra las puertas (ianuae) del ciclo anual, con las llaves que son uno de sus principales atributos; y recordaremos a este respecto que la llave es un símbolo “axial”. Esto se refiere, naturalmente, al aspecto “temporal’ del simbolismo de Jano: sus dos rostros, según la interpretación más habitual, se consideran como representación respectiva del pasado y el porvenir; ahora bien: tal consideración del pasado y el porvenir se encuentra también, como es evidente, para un ciclo cualquiera, por ejemplo el ciclo anual, cuando se le encara desde una u otra de sus extremidades. Desde este punto de vista, por lo demás, importa agregar, para completar la noción del “triple tiempo”, que entre el pasado que ya no es y el porvenir que no es aún, el verdadero rostro de Jano, aquel que mira el presente, no es, se dice, ninguno de los dos visibles. Ese tercer rostro, en efecto, es invisible porque el presente, en la manifestación temporal, no constituye sino un inaprehensible instante; pero, cuando el ser se eleva por sobre las condiciones de esta manifestación transitoria y contingente, el presente contiene, al contrario, toda realidad.
 
El tercer rostro de Jano corresponde, en otro simbolismo, el de la tradición hindú, al ojo frontal de Shiva, invisible también, puesto que no representado por órgano corporal alguno, ojo que figura el “sentido de la eternidad”; una mirada de ese tercer ojo lo reduce todo a cenizas, es decir, destruye toda manifestación; pero, cuando la sucesión se transmuta en simultaneidad, lo temporal en intemporal, todas las cosas vuelven a encontrarse y moran en el “eterno presente”, de modo que la destrucción aparente no es en verdad sino una “transformación”.

Volvamos a lo que concierne más particularmente al ciclo anual: sus puertas, que Jano tiene por función abrir y cerrar, no son sino las puertas solsticiales a que ya nos hemos referido. No cabe duda alguna a este respecto: en efecto, Jano [Ianus] ha dado su nombre al mes de enero (ianuarius), que es el primero, aquel por el cual se abre el año cuando comienza, normalmente, en el solsticio de invierno; además, cosa aún más neta, la fiesta de Jano, en Roma, era celebrada en los dos solsticios por los Collegia Fabrorum; tendremos inmediata oportunidad de insistir sobre este punto. Como las puertas solsticiales dan acceso, según lo hemos dicho anteriormente, a las dos mitades, ascendente y descendente, del ciclo zodiacal, que en ellas tienen sus puntos de partida respectivos, Jano, a quien ya hemos visto aparecer como el “Señor del triple tiempo” (designación que se aplica también a Shiva en la tradición hindú), es también, por lo dicho, el “Señor de las dos vías”, esas dos vías, de derecha y de izquierda, que los pitagóricos representaban con la letra Y, y que son, en el fondo, idénticas al deva-yána y al pitr-yâna respectivamente.

Es fácil comprender, entonces, que las llaves de Jano son en realidad aquellas mismas que, según la tradición cristiana, abren y cierran el “Reino de los cielos” (correspondiendo en este sentido al deva-yâna la vía por la cual se alcanza aquél), y ello tanto más cuanto que, en otro respecto, esas dos llaves, una de oro y otra de plata, eran también, respectivamente, la de los “grandes misterios” y la de los “pequeños misterios”.

En efecto, Jano era el dios de la iniciación, y esta atribución es de las más importantes, no solo en sí misma sino además desde el punto de vista en que ahora nos situamos, porque existe una conexión manifiesta con lo que decíamos sobre la función propiamente iniciática de la caverna y de las otras “imágenes del mundo” equivalentes de ella, función que nos ha llevado precisamente a considerar el asunto de las puertas solsticiales.

A ese título, por lo demás, Jano presidía los Collegia Fabrorum, depositarios de las iniciaciones que, como en todas las civilizaciones tradicionales, estaban vinculadas con el ejercicio de las artesanías; y es muy notable que esto, lejos de desaparecer con la antigua civilización romana, se haya continuado sin interrupción en el propio cristianismo, y que de ello, por extraño que parezca a quienes ignoran ciertas “transmisiones”, pueden aún encontrarse vestigios en nuestros mismos días.

En el cristianismo, las fiestas solsticiales de Jano se han convertido en las de los dos San Juan, y éstas se celebran siempre en las mismas épocas, es decir en los alrededores inmediatos de los solsticios de invierno y verano; y es también muy significativo que el aspecto esotérico de la tradición cristiana haya sido considerado siempre como “johannita”, lo cual confiere a ese hecho un sentido que sobrepasa netamente, cualesquiera fueren las apariencias exteriores, el dominio simplemente religioso y exotérico.

La sucesión de los antiguos Collegia Fabrorum, por lo demás, se transmitió regularmente a las corporaciones que, a través de todo el Medioevo, mantuvieron el mismo carácter iniciático, y en especial a la de los constructores; ésta, pues, tuvo naturalmente por patronos a los dos San Juan, de donde proviene la conocida expresión de “Logia de San Juan” que se ha conservado en la masonería, pues ésta no es sino la continuación, por filiación directa, de las organizaciones a que acabamos de referirnos.

Aún en su forma especulativa moderna, la masonería ha conservado siempre también, como uno de los testimonios más explícitos de su origen, las fiestas solsticiales, consagradas a los dos San Juan después de haberlo estado a los dos rostros de Jano; y así la doctrina tradicional de las dos puertas solsticiales, con sus conexiones iniciáticas, se ha mantenido viva aún, por mucho que sea generalmente incomprendida, hasta en el mundo occidental actual.



sábado, 9 de diciembre de 2017

SIMBOLISMO DEL PUNTO DENTRO DEL CIRCULO


El punto dentro del circulo es un símbolo importantísimo en francmasonería, por su relación con el antiguo simbolismo del universo y del orbe solar. Posiblemente el manual de una interpretación corriente de este símbolo.
 
El punto representa al individuo, al hermano, mientras que el circulo muestra el limite de su deber con Dios y con los hombres; las dos líneas perpendiculares y paralelas simbolizan los santos patronos de la orden, san Juan evangelista y san Juan bautista.
 
En la antigüedad la representación estaba dada a Moisés por el dador de la fe y regenerador de las tablas de la ley y la Salomón por la construcción del templo o el receptáculo de la sabiduría divina.
 
La definición del manual llega a ser pobre y trivial, no está mal como enseñanza exotérica de la orden; no obstante es necesario mas investigación para poder develar que interpretación daban los antiguos a este símbolo y de que modo debe leerse como sagrado jeroglífico referente al verdadero sistema filosófico, esencia y carácter reales de la francmasonería.
 
Para comprender bien este símbolo es preciso estudiar el culto del Falo, modificación peculiar del culto solar que prevaleció grandemente en las naciones de la antigüedad, El falo era la representación escultórica del miembro viril órgano masculino de reproducción. Se dice que el culto fálico nació en Egipto, en donde, después de haber sido asesinado Osiris por tifón, lo cual representa la privación o destrucción de la luz solar hecha por la noche, Isis su esposa, símbolo de la naturaleza encontró todos los pedazos del cuerpo despedazados del Dios excepto los órganos de generación cuyo mito simboliza simplemente que el poder fecundador y vitalizaste del sol cesa al ponerse este astro.
 
Era cosa corriente representar estas imágenes en forma gigantesca ante las puertas de los templos antiguos. Luciano habla de dos falos colosales, cada uno de los cuales tenia ciento ochenta pies (85 m.) de altura, existentes en el antepatio del templo de Hierápolis.
 
Tan universal era este culto, que hasta se ha encontrado el falo entre los salvajes americanos. El doctor Arthaut descubrió en 1790 una imagen fálica de mármol en una caverna de la isla de Santo Domingo.

Por lo tanto, el culto fálico era universal entre los antiguos, como símbolo del principio masculino de la naturaleza, y como rito religioso, sin darle ninguna significación lasciva o impura.
 
Algunos comentaristas suponen que el falo es el Dios llamado con el nombre de Baal-peor en el libro de los números, al que rendían culto los mohabitas ( Números XXV  1-3).
 
Este mismo símbolo era común en las naciones de la India y recibía el nombre de “Lingam”. Pero el falo o Linganm no era mas que una representación del principio masculino. Para completar el circulo de la generación es necesario dar un paso más. De este modo encontramos en el Cteis de los griegos y el Yonni de los indios un símbolo del principio femenino de generación, cuyo culto estaba tan extendido como el del falo. El Cteis era un pedestal o receptáculo circular y cóncavo, sobre el cual descansaba el falo o columna surgiendo del centro.
 
La forma mas corriente de representación era la unión del falo del Cteis, o del lingam y del Yonni, lo cual esta completamente de acuerdo con todo el sistema de la antigua mitología, fundada en el culto rendido a las fuerzas prolíficas de la naturaleza.
 
Todos los numerosos dioses del paganismo pueden reducirse siempre en las dos diferentes formas del principio reproductor: la activa, masculina, las pasiva o femenina. Por lo que los dioses se clasificaban a pares, como por ejemplo Júpiter y Juno, Baco y Venus, Osiris y Isis.
 
Pero los antiguos iban todavía mas lejos, creyendo que las fuerzas productiva y procreativa de la naturaleza se podían concebir existiendo en un mismo individuo, hicieron hermafroditas a sus dioses mas antiguos y emplearon la palabra hombre–virgen para significar la unión de los dos sexos en una misma persona divina; el siguiente párrafo de la Biblia se refiere indudablemente a esta concepción del divino hermafroditismo:
 
“Y crió Dios al hombre a su imagen y semejanza a imagen de dios lo creo macho y hembra los crió”
 
Y habiendo siendo creados “macho y hembra lo fueron" a imagen de Dios”.
 
Por ejemplo en un himno órfico se encuentra la siguiente línea:
 
 “Jove fue creado hombre y virgen inmaculado”
 
Y Plutarco dice en el discurso sobre Isis y Osiris que:
 
“Dios que es una inteligencia masculina y femenina, siendo a la vez vida y luz creo otra inteligencia, el creador del universo”.
 
Ahora bien, los antiguos suponían que el sol (energía fecundante masculina), y la naturaleza o universo (prolífico principio femenino) representaban también este hermafroditismo de la divinidad suprema.
 
Al ser animado el mundo por Dios, dice Creuzer en su obra Symbolism, recibió de el los dos sexos, representados por el cielo y la tierra. El cielo, como principio fecundante era masculino y manantial del fuego; la tierra como fecundada, era femenina y de ella salía la humedad. Todas las cosas procedían de la unión de estos dos principios. Las energías vivificantes de los cielos se concentraban en el sol; y la tierra eternamente fija en el lugar que ocupa recibía las emanaciones de este astro, por medio de la luna, que siembra en la tierra los gérmenes depositados por el sol en sus seno fértil. El Lingam es a la vez el símbolo y el misterio de esta idea religiosa.
 
Esta idea se simboliza de diferentes modos, siendo la principal el punto dentro del circulo. El punto representaba al sol y el circulo al universo vigorizado y fertilizado por sus fecundantes rayos. En algunas cavernas-templos de la india, esta alusión es manifiesta, pues se encuentran los signos del zodiaco dibujados en el circulo.

Hasta aquí hemos llegado en la verdadera interpretación del simbolismo masónico del punto situado dentro del circulo el cual es lo mismo que el Maestro y los vigilantes de la logia, aunque con diferente forma. El Maestro y los vigilantes son símbolos del sol; la logia, del universo del mismo modo que el punto lo es del astro rey, y el circulo, del universo.
 
Pero todavía no hemos explicado las dos líneas perpendiculares y paralelas. Todo el mundo conoce la reciente interpretación de que esas líneas representan los dos santos juanes el Bautista y el Evangelista lo cual que debemos dejar a un lado si queremos conocer otra significación.
 
En primer lugar debemos tener presente que el sol pasa al describir su órbita por los signos zodiacales de Cáncer y Capricornio cuyos puntos se distinguen en la astronomía con los nombres de solsticios de verano y de invierno. Cuando el sol se encuentra en ellos, llega a la mayor declinación septentrional y meridional, produce el efecto mas evidente en la temperatura de la estaciones y en la duración de los días y de las noches.
 
Si suponemos que el circulo representa el curso aparente del sol, los paralelos significaran los limites sur y norte de la declinación solar, cuando este astro llegue a los puntos solsticiales de cáncer y de Capricornio.
 
Los días en que el sol llega a esos puntos son el 21 de junio y el 22 de diciembre, lo cual explicara fácilmente que se hayan dedicado a los santos juanes, cuyos aniversarios celebra la iglesia en esos días.
 
 
 

domingo, 19 de noviembre de 2017

RITOS Y FIESTAS MASÓNICAS EN EL TIEMPO Y EL ESPACIO


Uno de los temas a que más importancia ha concedido la Tradición Masónica es el del rito, como la forma transmitida desde la antigüedad de sacralizar al tiempo y al espacio. Para el mundo moderno, carente de comprensión acerca de lo sagrado, lo espacio-temporal resulta siempre uniforme, insignificante y totalmente profano. Pero para el masón, heredero de la Antigua Tradición, hay puntos significativos en el tiempo, determinados por los movimientos de la tierra y las revoluciones del sol y los planetas, que observa cuidadosamente por el estudio de la Astrología y que celebra y sacraliza, permitiéndose de esa manera conocer otras dimensiones del mismo y emprender el viaje iniciático que lo conducirá hacia el Eterno Oriente, donde finalmente el tiempo se detiene.

Las dos fiestas más importantes que se celebran en nuestra Orden (y que por cierto han celebrado todos los pueblos) son las de los dos solsticios, de verano y de invierno —eje vertical de la rueda—, que corresponden respectivamente al Sur y al Norte, al mediodía y a la medianoche y a los signos zodiacales de Cáncer y de Capricornio. Estos dos puntos del tiempo eran llamados por los griegos «puerta de los hombres» y «puerta de los dioses», y la tradición hindú los identificaba como el pitr-loka y el deva-loka, y estando relacionados con los dos perfiles del Jano de los romanos y con los dos Juan (Bautista y Evangelista) de la tradición cristiana.
 
Se dice que por la primera de las puertas salen las almas de los no iniciados que después de la muerte habrán de retornar a otro estado de manifestación; y por la segunda la de los que, gracias a la muerte y el proceso iniciático, han conocido los estados múltiples del ser y las diversas dimensiones del tiempo y el espacio, logrando de este modo realizar el retorno a la Unidad, de se recupera la inmovilidad del Origen y se obtiene la Gran Luz oculta en la inmanifestación. Es ese el sentido esotérico de que nuestros trabajos se realicen del mediodía a la medianoche; pues si bien es cierto que para el profano la mayor luz se halla en el mediodía y en el solsticio de verano (el día más largo del año), el iniciado por el contrario encuentra la Gran Luz en el solsticio de invierno, pues en su búsqueda interna se ha dirigido hacia el conocimiento del Sol de Medianoche. Y también es ese el sentido simbólico de que el Cristo nazca justamente a las cero horas y en el solsticio invernal de Capricornio, y que a partir de ese nacimiento el tiempo comience a contarse de nuevo.
 
Las otras dos fiestas que hemos de celebrar con plena conciencia de lo que significan, son las de los dos equinoccios, de primavera y otoño, que corresponden a los signos de Aries y Libra y que son equidistantes de las dos primeras. Se simbolizan en estas cuatro fechas también a los cuatro elementos, pues Capricornio corresponde a la Tierra, Aries al Fuego, Cáncer al Agua y Libra al Aire; nos permiten observar las transformaciones que ocurren en la tierra en armonía con las leyes del cielo; nos recuerdan a su vez los grandes ciclos cósmicos determinados también por la ley del cuaternario y por los movimientos de los astros, y evocamos con ellas las cuatro edades (de Oro, Plata, Bronce y Hierro) en que se divide todo ciclo. Aparte de estos cuatro, todos los pueblos encontraron puntos en el tiempo, que celebraban de acuerdo a sus calendarios rituales (los cuales encontramos en todas las culturas). Eran en esos puntos significativos cuando se realizaban los ritos, vivificando con ellos los mitos y trayendo al presente aquel tiempo perdido o Edad de Oro en que los dioses habitaban la tierra y ésta se regia en forma total por las leyes del cielo.
 
Nosotros celebramos estas fiestas, pero también sacralizamos el tiempo en todas nuestras tenidas, pues durante el lapso en que éstas transcurren (que simbólicamente es, como dijimos, del mediodía a la medianoche), realizamos nuestro ritual, nos salimos del tiempo uniforme del mundo profano e ingresamos a otro tiempo en el que todo se hace simbólico. Con el espacio sucede lo mismo, y en nuestro caso es el templo (y sobre todo su espacio vacío), el que viene a representar el lugar donde habita el espíritu, que por cierto no es otro que nuestra propia interioridad.
 
Los antiguos nos enseñaron a reconocer los puntos espaciales que se salen de lo amorfo y de lo profano. Ellos sacralizaron esos puntos y construyeron en los mismos sus templos y ciudades; para esto se da fundamental importancia a los cuatro puntos cardinales, marcados también por las leyes del cielo y en armonía con las cuatro estaciones del tiempo, y esa es la razón de que nuestras construcciones se orienten de acuerdo a tales leyes. Ese es el caso de la ciudad de la antigua Tenochtitlan, México.
 
Los sabios y reyes, guiados por los designios de los dioses y por las órdenes de sus antepasados, supieron reconocer (después de la peregrinación y en un tiempo determinado) aquel lugar que habría de ser su centro. Donde el águila devoraba a la semiente, donde lo sutil de lo volátil había dominado a la densidad de lo que repta, donde el espíritu había penetrado a la materia, allí habría de erigirse el Templo Mayor, centro simbólico de la ciudad y el imperio que se desarrollaría a su alrededor. También en este caso, a partir de ese momento, el tiempo habría de comenzar a correr de nuevo. Esto era posible gracias al Conocimiento que de la cosmogonía tenían sus sabios, sacerdotes y señores. Y no es excepción en la historia de la humanidad, sino que por el contrario es la regla, pues por procedimientos y símbolos similares fueron fundados todos los centros espirituales de la antigüedad que escribieron la historia del hombre y de los cuales recibirnos la herencia y el influjo espiritual.
 
En el caso de la ciudad de Jerusalén y el Templo de Salomón ocurre lo mismo. El pueblo judío, después de un largo peregrinaje por el desierto, y de haber atravesado por en medio de las aguas, encuentra la Tierra Prometida. Luego que David (con una honda, símbolo de lo sutil y lo volátil) mata al gigante Goliath (que representa a la materia densa), es erigido en ese lugar el Centro. Allí se construirá el templo y la ciudad de Jerusalén, tomando como modelo a la Jerusalén Celeste, cuyas leyes eran también conocidas por el sabio Salomón y el arquitecto Hiram.
 
Sabernos que nuestro Templo es una réplica de aquél y que nuestro ritual ha sido tomado de los ritos iniciáticos que se practicaron desde la más remota antigüedad en el interior de las cavernas y los templos en los que, tal como debemos hacer nosotros, se da vida al tiempo y el espacio verdaderos. El ritual es para nosotros el vehículo que nos conducirá a la realización del Arte Real y al cumplimiento de la Gran Obra.
 
Junto con el significado esotérico de los símbolos constructivos y guerreros, es la herencia más preciada que hemos recibido de los antepasados. He ahí la importancia trascendental que tienen para los masones. Y es por eso que una de las obligaciones fundamentales que tenemos es la de realizar el rito en forma perfecta y con un conocimiento cabal de lo que significa. Es esta una gran responsabilidad, pues de lo contrario nuestra Orden podría desaparecer en la multiplicidad de lo profano.

 
 

lunes, 13 de noviembre de 2017

LOS SOLSTICIOS: FIESTAS DE LOS DOS SAN JUAN


No nos es ajena la enorme importancia que revisten para la Masonería las fiestas solsticiales de los dos San Juan. Todos sabernos que la importancia que nuestra Orden concede al Bautista y al Evangelista obedece, entre otras razones, al hecho de que ambos santos representan, por la extraordinaria riqueza espiritual que sus mensajes contienen, la espina dorsal y el eje invariable que sostiene nuestro edificio.
 
En esta plancha intentaremos señalar algunos aspectos del complejo simbolismo solsticial, ligándolo, en cuanto nos sea posible, a determinados aspectos de la enseñanza iniciática y cosmológica de nuestros dos santos patrones.
 
En primer lugar, hemos de tener en cuenta que los fenómenos astronómicos y naturales, en una sociedad tradicional, o en una organización iniciática como es nuestra Orden, siempre han sido considerados como los símbolos de las realidades invisibles y espirituales, que por tener tal naturaleza no podrían ser aprehendidos por nuestra inteligencia si no fuera por aquello que las sugiere y las expresa, es decir las simboliza. Idéntico punto de vista podríamos deducir de las imágenes y símbolos específicamente iniciáticos y sagrados (como, sin ir más lejos, aquellos que decoran y hacen significativa la Logia), y que fueron diseñados por nuestros antepasados con el único fin de servir de soporte, de estudio y de meditación para conocer la verdad que se oculta tras su apariencia.
 
En su sentido más auténtico los símbolos iniciáticos no son sino las expresiones de los arquetipos universales, de las causas originarias, de las que emanan, como el manantial de su fuente, todas las cosas, siendo este punto de vista, a diferencia de lo que hoy se cree, una constante en el pensamiento de los hombres y de los pueblos a lo largo de la historia. Todo ser tiene un origen temporal, tanto como atemporal y trascendente. Por un lado, un nacimiento físico, condicionado; por otro, la posibilidad de renacer, de volver a nacer a la esfera de lo espiritual, por un acto de su voluntad más íntima y profunda, gracias al conocimiento del lenguaje revelador, evocador y regenerativo de los símbolos sagrados.
 
Las representaciones rituálicas cumplen el mismo objetivo. En su desarrollo gestual, en la propia dinámica de su ritmo, el rito (que es el símbolo en movimiento) produce determinadas vibraciones armónicas que actúan como un detonador en la conciencia, despertándola a la realidad que el gesto ritual simboliza. Por tomar un ejemplo entre muchos, las circumambulaciones alrededor de los tres Pilares que el masón ejecuta en Logia no hacen sino representar simbólicamente el ritmo circular del sol y de las estrellas en su curso aparente por el cielo alrededor de la estrella polar. 
 
Las fiestas solsticiales de los dos San Juan se adornan con los atributos propios de toda celebración litúrgica en la que el sol, el astro de la luz, es el protagonista principal. Sin ir más lejos, el carácter solar de ambas festividades está netamente señalado por las fechas que ocupan en el calendario, es decir el 24 de junio para San Juan Bautista y el 27 de diciembre para el Evangelista, días que como todos sabemos corresponden al solsticio de verano y al solsticio de invierno, respectivamente. Para no alargarme demasiado en estas consideraciones indicaré solamente que la circunferencia o círculo que dibuja la órbita solar al pasar de un solsticio a otro, pasando por los dos equinoccios de primavera y otoño, deviene el esquema simbólico y tradicional del ciclo del año. Y si tenemos "en cuenta las relaciones, correspondencias y analogías que se dan entre el espacio y el tiempo, deberíamos deducir que si el movimiento aparente del sol, así como el de los planetas y restantes cuerpos celestes es circular, el tiempo tiene que serlo también, lo que vale decir que es por naturaleza cíclico. Esto lo podemos advertir igualmente cuando constatamos que a cada punto cardinal, norte, sur, este y oeste, le corresponde una estación temporal invierno, verano, primavera y otoño en un constante reciclaje que hace posible la regeneración permanente del propio tiempo y espacio, tanto terrestre como celeste o cósmico.
 
Las fiestas rituálicas de los dos San Juan, como en cierto modo toda celebración litúrgica reposan pues, sobre este postulado el tiempo cósmico y humano está sujeto a la regeneración perenne, siendo este vaivén rítmico de los solsticios como una imagen y un reflejo sensible y natural de esta ley universal. Ya los antiguos romanos celebraban anualmente las fiestas solsticiales dedicadas al dios Jano, en el que podemos encontrar las mismas significaciones simbólicas que se atribuyen a los dos San Juan. Como ellos, Jano presidía las fases ascendentes y descendentes del ciclo anual, y era considerado como el "portero" (ianitor), que con sus dos llaves, una de plata y otra de oro, abría y cenaba las épocas. Por esto mismo se le denominaba también el «Señor del tiempo», el creador del mundo y padre de los dioses. Jano poseía las claves (de (l'avis, llave) de los misterios ligados a la iniciación.

Las dos llaves estaban relacionadas con los dos rostros que poseía (de ahí también el calificativo de Jano Bifronte). Uno de ellos miraba a la izquierda y estaba relacionado con el pasado, con lo que fuimos, y que como tal condiciona inevitablemente nuestro presente. Al rostro de la izquierda se le adjudicaba la llave de plata, llave (o clave) que abría la puerta de acceso a los misterios ligados a la primera fase de la iniciación, donde el recipiendario tiene que tomar conciencia de si mismo, esfuerzo que necesariamente implica la regeneración total de la psiqué o del alma, elevándola a un plano superior que por su naturaleza le pertenece. A su vez, la llave de oro estaba en posesión del rostro que mira a la derecha y al porvenir. Podríamos decir que el porvenir -donde el tiempo todavía no es- se relaciona simbólicamente con el mundo celeste y uránico (solar), y cuyos misterios están ligados a la segunda fase de la iniciación.
 
Y es precisamente en su papel de «iniciador en el Conocimiento», como fue venerado por los Collegia Fabrorum de la Roma Imperial, antecesores directos de los gremios iniciáticos de constructores y artesanos que florecieron en la Edad Media, periodo histórico donde precisamente Jano fue reabsorbido en la forma cristianizada de San Juan Bautista y San Juan Evangelista, de los que se ha dicho que representan las dos modalidades o aspectos de un solo y mismo ser.
 
Aquí existe una interesantísima correspondencia entre las puertas solsticiales y el dominio propio de la iniciación en los misterios, que no hace sino confirmar el valor simbólico del mundo natural con respecto al espiritual y sagrado. Iniciación que a su vez se desarrolla en dos fases, descendente y ascendente, o concentrativa y expansiva, y que la antigüedad grecolatina hizo corresponder respectivamente a los «pequeños viajes» y a los «grandes viajes», terrestres los unos y celestes los otros, los que conducen al conocimiento integral de la cosmogonía y del verdadero orden del mundo. Estas mismas fases de un solo y único proceso se encuentran claramente expresadas en la iniciación, elevación y exaltación característica de los tres primeros grados masónicos de Aprendiz, Compañero y Maestro, a los que no son ajenos las figuras y atributos del Bautista y del Evangelista.
 
Es bien cierto que como su propio nombre indica, la misión de Juan Bautista es precisamente la de bautizar con agua, simbolizando dicho bautismo la regeneración y el nacimiento a una «nueva vida», aquélla que se nos promete cuando somos recibidos francmasones. A partir de ese momento crucial, que es un comienzo y una entrada, se nos abre una puerta, la que los pitagóricos designaban como la «puerta de los hombres», representada en nuestro ritual por esa matriz cósmica que es la Cámara de Reflexión, donde simbólicamente también descendemos en el fondo de lo humano para reconocer nuestra verdadera identidad en consonancia con nuestro destino. Esto es lo que designan las siglas herméticas V.I.T.R.I.O.L. grabadas en dicha Cámara: Visita el Interior de la Tierra (de ti mismo) y Rectificando Encontrarás la Piedra Oculta.
 
Según el símbolo, descendiendo en el centro tenebroso de la tierra reconocemos el valor supremo de la muerte, de la vacuidad, de lo más pequeño, imprescindible para que una nueva forma de vida, un orden nuevo, reflejo de lo universal, alumbre en nuestra alma. A este respecto, en la rueda astrológica, la «puerta de los hombres» está situada en el signo de Cáncer, que por sus vinculaciones con la luna y el agua (la cual genera al mismo tiempo que corrompe), rige tanto los nacimientos como las muertes. Con el mismo significado la cosmología hindú menciona «la vía de los antepasados» (pirt-yana), por donde el ser que la recorre nace a la generación y a la vida. En el dominio de la realización espiritual esta generación es un nacimiento al cosmos, al orden, una entrada en el templo sagrado, donde los planetas junto con los doce signos del zodiaco marcan los ciclos y los ritmos del universo y del hombre. Hemos de recordar que en el templo de la Logia los doce signos son las doce columnas o pilares que la enmarcan, estando expresados los planetas por los oficiales que rituálica y armónicamente circulan por su interior. Este descenso podría verse también como una paulatina disminución de la naturaleza humana, fácilmente accesible a cualquier tipo de contagio profano. Esto lo anuncia claramente el Bautista cuando exclama: «El, Cristo, conviene que crezca, y yo que disminuya», clara alusión, por otro lado, al trayecto solsticial, descendente-ascendente de la órbita solar. Por otro lado en nuestra tradición, Cristo no es sino el Gran Arquitecto, el Maestro interno de cada uno que desde lo secreto dirige la edificación del Templo de la Sabiduría.

En el solsticio de Invierno el descenso alcanza su máxima declinación, lo que se traduce como el aparente triunfo de las tinieblas nocturnas sobre la claridad diurna. Pero lo que ha alcanzado su mínimo no puede sino crecer, motivo por el cual el solsticio invernal marca también el ascenso de la luz solar; el nacimiento de Cristo (Sol de Justicia) se produce en Navidad, solsticio de invierno.
 
Añadamos que este descenso es una interiorización y concentración en el objeto de nuestra búsqueda, que nos conducirá finalmente al recinto sagrado, iluminado desde su interior y «a cubierto» de cualquier interferencia profana. Para ello, toda aspereza y arista de la piedra bruta tienen que ser trabajadas pacientemente, tomando como ejemplo la propia misión del Bautista, que ya profetizó Isaías con estas palabras: «Aplanad los caminos del Señor, toda montaña y colina serán allanadas». Mensaje de equilibrio, de paciencia y de amor ferviente hacia la Verdad sin mácula que también anuncia el Precursor, hijo de Zacarías.
 
Por esta razón, a Juan Bautista se le atribuye en la Masonería la ciencia de la escuadra y el nivel, útiles imprescindibles para que la base del edificio a construir se encuentre perfectamente allanada y encuadrada, simbolismo que se refiere claramente al trabajo de rectificación que cada uno debe ejercer consigo mismo.
 
Si a la función del Bautista le conviene la escuadra y los misterios terrestres de lo humano, ligados al bautismo de agua, a Juan Evangelista «el águila de Dios» y «el discípulo bien amado», se le considera el apóstol que da testimonio de la luz divina, siéndole encomendado bautizar con el fuego del Espíritu. Porque su Evangelio representa sin duda alguna el aspecto interior y esotérico de la tradición cristiana, la Masonería le asigna la perpendicular y el compás, instrumentos que sirven para trazar el eje vertical que va del centro de la base del edificio hasta su sumidad más alta, donde reside la clave de bóveda.
 
Según una aplicación particular del simbolismo cosmológico a las puertas solsticiales, ese eje vertical o esa plomada indicará el camino ascendente que se abre, según los pitagóricos, con la «puerta de los dioses», la que da acceso a los «grandes viajes», donde el masón, maestro de sí mismo por la muerte y resurrección del maestro Hiram, irá en busca de su verdadero origen y patria que es celeste (el Oriente Eterno), donde podrá encontrar finalmente la reconstitución de la «Palabra Perdida» que compone el Nombre Inefable del Gran Arquitecto, Sol Espiritual y eje polar y central del Universo.
 


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