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martes, 8 de mayo de 2018

ORIGEN Y PROGRESOS DE LA MASONERÍA EN GENERAL


La Masonería y la Filosofía, sin ser la misma cosa tienen el mismo intento y caminan a un mismo fin.

El culto del G.·. A.·. del Universo, el conocimiento de las maravillas de la naturaleza, y la dicha de la humanidad por la práctica constante de todas las virtudes: estos son sus principales objetos.

Un Francmasón es un filósofo práctico, que bajo emblemas religiosos adoptados en todos tiempos por los sabios, construye sobre planos trazados por la naturaleza y la razón el edificio moral de sus conocimientos.

El Masón debe encontrar en la producción simétrica, todas las partes de este edificio racional, el principio y la regla de sus deberes, y la fuente de todos sus placeres. En el ejercicio de sus mismos deberes perfecciona su moral, se hace mejor, y halla en esta asamblea de hombres virtuosos, con los sentimientos mas puros, los medios de multiplicar los actos de beneficencia.


La quintaesencia filosófica, es el néctar con el cual los Hermanos Masones se embriagan, y la ambrosia con que se alimentan. La escala misteriosa de las criaturas, cuyo pie está enterrado, y cuya cabeza elevándose hacia el cielo se pierde en la inmensidad de los aires, les sirve de escalón y de grado para salir desde el lodo donde se arrastran las otras criaturas, hasta la esfera Superior donde brilla el triángulo luminoso cuya imagen decora nuestros templos.

Los símbolos de la sabiduría adornan los mismos templos donde todo es alegórico y relativo al intento secreto de la Masonería.

Es solo para la sabiduría el incienso que arde sobre nuestros altares, y así debe arder en nuestros corazones el fuego sagrado de la verdad.

Han nacido los hombres para vivir en sociedad: si la intención del G.·. A.·. D.·. U.·.  hubiera sido que este viviera aislado y separado de los demás individuos de su especie, cada uno de ellos tendría las calidades propias a este genero de vida, pero no es así, la mayor parte de las facultades físicas y morales del hombre, sus inclinaciones naturales, su flaqueza, sus necesidades, en fin, todo, sirve a manifestar las intenciones del gran principio de los seres, que es, el que todo concurra a acercar el hombre, al hombre, abandonado sobre la tierra, desnudo, débil y desarmado; el interés y la necesidad le obliga a unirse con otros, para defenderse, conservarse y mejorar su existencia.

Como si no hubieran sido suficiente, todo esto ordenó Dios a los hombres, el precepto de amarse, de socorrerse, y de ayudarse mutualmente.

"Ama a tu prójimo como a ti mismo. No le hagas a los otros lo que no quieras que te hagan a ti. Eres hombre, y con esta calidad nada de lo que puede interesar a los demás te debe ser extraño."

De aquí, aquella santa y antigua ley de la hospitalidad; ley que desde el origen del mundo era religiosamente observada en todo él: entre los Hebreos Dios mismo se presentaba a sus servidores bajo la apariencia de un caminante. En tiempos posteriores los mitologistas para dar mas sanción a esta ley, fingieron que Júpiter, Mercurio y los demás Dioses viajaban cubiertos de andrajos, porque querían con esto probar la humanidad de los hombres. La observación de esta ley se recompensaba con magnificencia y su infracción se castigaba con severidad.

De estas relaciones generales que unen todos los hombres y que hace de ellos como una sola e inmensa familia, derivaron después las sociedades particulares. Unos que estudiaban con atención la sabiduría, y otros cuyos corazones estaban acalorados, y cuyas cabezas se exaltaban con el sublime entusiasmo de la virtud, se asociaron y se ligaron para resistir al choque de los vicios que empezaban a corromper el fundamento de las virtudes primitivas. Esos mortales generosos y respetables, se dedicaron al bien de la humanidad haciendo con valor la guerra al vicio, esforzándose para restablecer entre los hombres, la caridad fraternal casi borrada de la memoria y del corazón; defendiendo los derechos del débil y oprimido, contra las injustas usurpaciones y asechanzas del ambicioso poderoso.

Pero como la ejecución de un proyecto tan vasto y grande exigia almas libres, animosas, constantes, desinteresadas, e inflamadas del noble deseo de ser útiles, los fundadores de las primeras sociedades particulares, cuidaron de separar toda alma débil que estuviera entregada al vicio y  a la malicia, que cubriéndose con la máscara de la hipocresía deseara participar de las asociaciones, y gozar de las ventajas que procuran, sin contribuir en nada al bien común, al mismo tiempo que las corromperían con la depravación de sus costumbres; imaginaron signos, y palabras, símbolos misteriosos para el vulgo, los que se usaban para reconocerse en todas las partes del universo. Solían someter a los candidatos a rigorosas pruebas para asegurarse de su firmeza y constancia, y para conocer si tendrían bastante poder sobre sí para conservar inviolable el secreto de los misterios que les iban a ser confiados.


A esta época, comenzó el espíritu Masón a sujetarse a reglas particulares pues aunque supongan que el nombre de Masón es moderno, y aunque los detractores de la Masonería hayan dicho para envilecerla que había sido instituida por un tirano cruel, el espíritu Masón tan antiguo como el mundo, fue constantemente el alma de aquellas graves sociedades que bajo diferentes denominaciones se formaron sucesivamente en todas las partes de él.

En Egipto apareció en todo su lustre: aquel suelo hermoso, propio para cultivar las ciencias y las artes, vio salir de su seno una multitud de genios superiores, que se pueden considerar como los reparados, y los bienhechores de la humanidad degradada. Menfis fue el hogar de donde surgió la luz que en poco tiempo disipó las tinieblas de la ignorancia y de la barbarie que obscurecían las facultades intelectuales del espíritu humano.

El origen de la Masonería marcha de frente con la filosofía religiosa porque le debe su nacimiento y es su hija amada. Se vio desaparecer de la tierra en siglos bárbaros y llenos de falsa filosofía y cuando un ateísmo estúpido arrojó de sí la madre y la hija, y con ellas las ciencias, las artes y las virtudes.

El restablecimiento de la Masonería se debe al Mercurio de Egipto, mas conocido bajo el nombre de Trismegisto, que quiere decir, tres veces grande. Este antiguo soberano de Tebas, que ha dado su nombre a la filosofía Hermética, fue al mismo tiempo gran filósofo, gran sacerdote y gran político. Este hombre que debió su deificación al reconocimiento, era de la familia de los Atlantes que trajeron a los países meridionales del Asia y a las riberas del Nilo las reliquias de las artes y ciencias, de un mundo sumergido por las aguas, y que yacían en un profundo olvido.

Este Hermes fue el institutor de la sabiduría Egipcia famosa en otro tiempo; es él en fin el verdadero restaurador de la Masonería y de la antigua ciencia de los sabios.

Hermes cuyos doctos escritos están mirados por la antigüedad como el origen primitivo donde todos los sabios se ilustraron en las ciencias y artes, fundó una sociedad de magos, palabra que significa arquitecto. Estos trabajaban sobre los planos que el Gran Arquitecto del Universo ha señalado y los hizo depositarios de varios principios de la Masonería y de sus conocimientos, sublimes escritos en caracteres sagrados, de los cuales ellos debían ser los únicos interpretes.

Les obligó a reunir en masa todos sus bienes, a vivir como Hermanos, y a prometerse y jurarse que no confiarían la explicación e inteligencia de los misterios M.·. sino a los que mereciesen este favor, después de haberse asegurado, con el tiempo y las pruebas, de la fidelidad y constancia de ellos.

Tubo la fortuna de poseer una de las columnas que habían erigido los hijos de Enoc inventor de las artes antes del diluvio; este hombre deseando conservar sus invenciones para el bien de la posteridad grabó sobre monumentos de aquella especie los principios de las artes que había inventado, los nombres de los inventores y la fecha de la invención. Pero para la inteligencia de esta historia es menester volver a tiempos mas remotos:

Enoc era el sexto de la generación de Adán, vivía en el temor de Dios y Dios se le apareció un día en un sueño y le habló de esta manera:

"Pues que tu deseas saber mi nombre, según parece, sígueme que yo te lo daré á conocer."

Le pareció al mismo tiempo a Enoc que se hallaba sobre una alta montaña y que Dios le mostraba una lámina de oro de forma triangular muy resplandeciente, con los caracteres que declaraban su verdadero nombre, y que Dios le prohibía que lo profiriese jamás. Luego se halló Enoc como transportado a un lugar subterráneo donde tuvo que bajar por nueve arcos, y en el noveno que era el mas profundo, vio brillar la misma lámina de oro.

Enoc convencido de la voluntad de Dios, fabricó un Templo subterráneo compuesto de nueve arcos los unos bajo de los otros, como lo había visto en su sueño. Matusalem su hijo dirigía esta obra sin saber los designios de su padre; este edificio fue fabricado en la tierra de Canaán, que fue después la de promisión, luego Jerusalén, y ahora la tierra santa. (Estas circunstancias son pruebas bien claras que éste debía ser el lugar donde había de imprimirse el sello de la santa alianza.)

Enoc hizo construir una lámina de oro de forma triangular de un codo de alto en cada ángulo, la enriqueció con las piedras mas preciosas, la embutió sobre un ágata de forma cúbica, y habiéndola llevado al noveno arco grabó sobre ella los mismos caracteres que Dios le había mostrado, colocando todo sobre un pedestal de mármol blanco.

Dios le dijo hiciese la entrada de los arcos con una gran piedra, con una abrazadera de hierro, y que su trabajo serviría un día para indicar a los hombres más sabios el lugar mas sagrado de la tierra; que este tiempo llegaría después de un diluvio universal con el cual debía castigar sus crímenes e impiedades.

Así fueron cerrados los nueve arcos y ninguna criatura podía penetrar en ellos. Enoc solo sabía el tesoro precioso que contenían y la pronunciación del nombre sagrado.

La depravación de los hombres aumentaba todos los días, y Dios amenazó el mundo entero de una ruina próxima e inevitable.


Enoc, temiendo que el conocimiento de las artes fuese destruido por un diluvio universal quiso conservar los principios de ellas a la posteridad, de los que Dios por su bondad perdonase, y salvase, con este intento mandó construir dos grandes columnas sobre la mas alta montaña de la tierra que habitaba, la una de bronce para resistir al agua, y la otra de piedra para resistir al fuego; dejó grabado con jeroglíficos sobre la columna de piedra que en los arcos subterráneos del Templo que había erigido al Señor, que allí estaba un tesoro muy precioso, y sobre la de bronce grabó los principios de las artes liberales y particularmente los de la Masonería.

Matusalem fue padre de Lamet que fue el de Noé, a quien Dios habló de esta manera:

"Quiero castigar a los hombres con un diluvio universal, te ordeno que construyas una arca, que pueda contener a ti y a tu familia, porque quiero salvaros de este diluvio."

Y dios le mostró el lugar donde quería que se fabricase el arca. Noé estuvo un año construyendo dicha arca, su edad entonces era de 600 años, la de su hijo Sem de 99, y hacía poco tiempo que su padre, Lamet, había muerto en la de 777.

De todos los patriarcas que habían vivido después de Adán, Matusalem abuelo de Noé era el solo que quedaba: tenía entonces 969 años, no se hace mención de él, después de este tiempo, por lo que se cree que pereció en el diluvio.

Dios mandó a Noé que entrase con toda su familia en el arca que había construido e inmediatamente principió el diluvio, cuyo acontecimiento sucedió en el año 1656 de la creación del mundo.

Todo fue destruido por las aguas, los más soberbios monumentos desaparecieron, la columna de piedra que Enoc había erigido no se pudo conservar; pero la de bronce resistió a las aguas: por este medio las artes liberales han llegado a nosotros, y la Masonería le debe el título de su antigüedad.

Esta columna que se encontró en el año 2076 de nuestra era, fue para el grande Hermes, un hallazgo que le procuró una multitud de conocimientos y de combinaciones científicas; halló medio de observar las maravillas de la naturaleza con el arte de la astronomía; hizo ver con el resultado de sus combinaciones que solo había un Dios. Dividió los días en doce horas, y el zodiaco en 12 signos; e inventó la escritura jeroglífica tal cual la hemos conservado.

Esta Masonería, como se deja ver, era el deposito de los conocimientos del mundo antes del diluvio, y escrita en las lenguas primitivas; unida a la arquitectura moral, se conservó por los patriarcas, que la restablecieron en su primera pureza.

Fue en aquellos siglos de paz y de inocencia cuando la Masonería tomó una forma constante y determinada: aquellos patriarcas o magos, aquellos antiguos filósofos religiosos que el vulgo consideraba como adoradores del fuego celeste, porque adoraban al autor del universo, bajo este brillante emblema, ellos, y ninguna otra persona, eran los depositarios de las ciencias divinas y humanas, y los únicos que poseían el conocimiento de los símbolos y de la lengua sagrada, en la cual estaban escritas.

Los magos establecieron la Masonería en Egipto; estos con los sacerdotes y los filósofos formaban una sola comunidad, vivían como HH.·. y solo admitían a algunos en sus misterios después de una larga y penosa prueba. Ellos solos estaban encargados de la educación de los hombres destinados a gobernar, porque eran los que conocían las ciencias, las artes y la naturaleza.

La doctrina de estos hombres era una teología natural, fundada sobre el culto y la adoración de una divinidad suprema. Las historias de Abraham, de Jacob, de Joseph, y particularmente la de Moisés, prueban que estos patriarcas debían muchas de sus luces a los magos.

La magia degeneró poco a poco por el olvido de los símbolos jeroglíficos de la lengua sagrada, y de las grandes verdades contenidas en los emblemas. Los errores que arrastra la ignorancia, cubrieron el mundo; pero en medio de este desorden, algunos colegios de sacerdotes, y principalmente los de Menfis y Heliópolis conservaron la magia y la franca Masonería en todo su esplendor.

En aquellos tiempos tan remotos, cuando la mayor parte de los hombres vivía errante y sin leyes, el que se sentía con bastante valor para ser útil a sus hermanos, iba a instruirse a Egipto, y a hacerse iniciar en los misterios de Menfis. Volvía después lleno de todas aquellas sabias instituciones que civilizan las comarcas mas salvajes, persuadía a los hombres a que se juntaran y erigieran ciudades y les enseñaba el arte de prevenirse contra las invasiones de un vecino ambicioso. También les invitaba y persuadía a que rindiesen al G.·. A.·. del U.·. el mas profundo homenaje, tributo de reconocimiento que le deben todas las criaturas. En fin, no formaban estas asociaciones otra cosa que un conjunto de sistemas filosóficos, militares y religiosos.

Allí dicen que fue Orfeo a aprender los medios de formar una patria; allí sacó Licurgo la severidad de costumbres y disciplina que hizo de los Espartanos una nación de guerreros valerosos, llenos de virtud heroica.

Solón sacó de allí mismo, las leyes que publicó en Atenas, y Pitágoras penetró el dogma de la inmortalidad del alma bajo el ingenioso emblema de la metempsicosis. El conocimiento de todos estos misterios, inspiró al genio de Platón aquellas sublimes ideas de la divinidad que le valieron el sobrenombre de divino; en fin, Tales, Solón y los demás sabios de Grecia fueron a Egipto a buscar las luces y conocimientos filosóficos con que instruyeron entonces a sus conciudadanos, y le han servido de antorcha para la ilustración presente.

Esos misterios no tardaron mucho en pasar a Grecia, y se establecieron en Eleusis, bajo el nombre de misterios de Ceres. Poetas, filósofos, guerreros, todos procuraron ser iniciados en ellos, pero los grandes principios de moralidad sacados de Egipto mudaron de naturaleza al instante, que pasaron por la imaginación brillante de los Griegos: de símbolos, hicieron divinidades; los vicios, los seres metafísicos, tomaron un cuerpo y de allí nació el politeísmo, así las ideas mas sanas, las mejores instituciones, vienen a quedar regularmente alteradas y corrompidas.

Salomón, aquel rey filosófico, tan instruido en todos los secretos de la naturaleza, fue el restaurador de la antigua ciencia de los sabios; la simbolizó en los grados que componían el primer templo; y habiéndole Dios reservado, la gloria de hallar en las entrañas de la tierra, el tesoro precioso que Enoc había ocultado, supo el verdadero nombre del Eterno, y se lo comunicó a los Masones a quienes condecoró con el grado de la Sublime perfección Masónica. Luego, esta asociación, que en su principio había sido de tanta utilidad a la humanidad, fue dividida en diferentes ramos, y se formaron sociedades religiosas, militares, y filosóficas.

Las religiosas se ocupaban en arreglar lo que tocaba al culto de la divinidad. Las guerreras se consagraban a la defensa de la patria, o iban de una parte a otra de la tierra, para destruir tiranos y bandidos; así el reconocimiento de los mortales no tardó en erigirles estatuas que la superstición comenzó luego a incensar.

Las filosóficas instruían el mundo, desplegando los grandes principios de la moral, enseñando a los hombres a arreglar sus costumbres, a buscar la felicidad en la práctica y en el amor de su prójimo; pesaron en la balanza de la equidad y la justicia, los derechos de las naciones y los de cada hombre en particular; en fin hicieron lo posible para hacer concurrir a un mismo fin, el interés particular con el bien general.

En el tiempo en que las herejías se multiplicaban en todas partes, la Masonería, como la religión, tuvo sus revoluciones. Los Masones viendo con dolor que los infieles habían invadido los lugares en donde los más grandes misterios se habían practicado, erigieron los grados contenidos en la M.·. conocidos con el nombre de renovados. Estos grados son alegóricos a los sucesos que acaecieron para restablecer el culto.

En tiempo de las cruzadas, los cristianos mezclados con los infieles, se vieron forzados a reunirse en secreto para poder celebrar sus misterios bajo emblemas. Cada secta religiosa juzgó serle conveniente establecer una compatibilidad entre su opinión religiosa y Masónica.

Corrían los fines del siglo XIII, cuando Godofredo de Bouillon conducía los Cruzados a la conquista de la Tierra Santa. Para ocultar y cubrir los misterios de la religión cristiana bajo figuras alegóricas, instituyó el Subgrado de la R.·. +.·. e hizo de él, el punto perfecto de la Masonería, que nombró M.·. cristiana. Allí establecieron los diversos ritos bajo la denominación de la M.·. general de Heredon, Cristiana, Escocesa, Adoniramita, de San Andrés, de York, Prusiana y filosófica.

Dichosamente en medio de estos desordenes algunos H.·. M.·. de los primeros siglos, siempre habían conservado algunas partículas del fuego sagrado de la primera M.·. unos de estos, cerca del año 926 recibieron de Adelstan rey de Inglaterra, el derecho de tener en su reino asambleas para celebrar sus misterios y para iniciar a aquellas personas que les pareciesen dignas; también les concedió algunas franquicias y el derecho de jurisdicción.

La G.·. L.·. de los verdaderos F.·. M.·. fue establecida en York, donde se mantuvo hasta 1422 que Jacob I, G.·. M.·. entonces de todas las LL.·., la hizo transferir a Heredom, que distaba seis millas de Edimburgo; de este lugar principal ha vuelto a salir toda la dependencia directa y absoluta del cuerpo M.·.

Consideremos ahora nuestra antigua caballería, cuyo carácter y distintivo era la integridad, el valor, la franqueza y la lealtad.

Este espíritu de constancia, de firmeza en los peligros, este espíritu de afición a su patria, de fidelidad en guardar inviolablemente la palabra dada aunque fuera a un enemigo perjuro, este espíritu de liberalidad, de fraternidad, les hizo héroes amables en la paz, terribles en la guerra, y el objeto de la admiración del universo. Eran al mismo tiempo, la defensa de Europa, los protectores de la inocencia, los defensores del oprimido y los bienhechores de la humanidad, sin distinguir país ni religión.

Echemos la vista atrás sobre un campo de batalla: se verán soberanos mezclados entre el horror y encarnizamiento de la pelea, levantan su espada, y ya pronta a atravesar el corazón de su adversario, reconocerlo por H.·. dejarla caer de repente de su mano, correr hacia él, deponer todo orgullo, olvidarse de la distancia que hay de una diadema a un simple caballero, abrazarle, regarle con sus lágrimas, y formar con su pecho un antemural que le defienda.

De los Caballeros Templarios, cuya existencia fue tan ilustre como su fin desgraciado (la causa de su destrucción será siempre un problema) ¿cuál era el objeto de su establecimiento y cuales eran sus institutos?

Escoltar a los peregrinos que iban de todas las partes del mundo cristiano a visitar los lugares santos, protegerlos, defenderlos contra los ataques, vejaciones e insultos de los Musulmanes; y derramar hasta la ultima gota de su sangre por mantener la religión de su país; haciendo una guerra leal a los enemigos de este y de aquella, y guardando fiel y religiosamente sus tratados hasta con los detractores de su fe.

Este sublime motivo fue también el que animó a los valientes caballeros de Malta, sacrificaban sus fortunas y vidas peleando contra infieles, ellos eran un baluarte insuperable entre Europa y sus enemigos, limpiaban los mares de ladrones y piratas, y por este medio aseguraban la libertad del comercio.

Sus piadosos trabajos eran tan necesarios en aquel tiempo a los imperios como a la religión.

Los de los verdaderos Mas.·., aunque sean menos brillantes, no son menos útiles. Los medios de que se han valido otros para hacer obrar las diferentes sociedades que se han formado en el universo, están unidas en sí para dirigir las acciones de los verdaderos Mas.·.

Constantes y firmes en toda circunstancia no encuentran dificultad cuando hay que arrostrar los mayores peligros para salvar a sus HH.·.

Tan fieles a su palabra como firmes en su creencia, nada puede hacerles olvidar intereses tan caros. Aunque sean amigos de todos los hombres y ciudadanos del mundo entero, su patria siempre posee el primer lugar en su corazón. Se creen obligados a ser afables y benéficos, para con todos los hombres, modestos y corteses en el comercio de la vida, y procuran hacer el bien sin aspirar a la gloria de haberlo hecho.

Semejante a la naturaleza que nos oculta sus operaciones, el Mas.·., rompe (sin darse a conocer) las cadenas de los encarcelados y alivia la indigencia. Insensible al placer de asistir a la humanidad doliente ¿sería posible que pudiese vivir en una tranquila indiferencia? ¿podría estar satisfecho con deplorar las miserias del género humano? ¿Podría entregarse a aquella austera filosofía, a aquel orgulloso egoísmo que endurece el corazón e impide el trabajar al bien de sus semejantes y a los intereses de la sociedad? al contrario, el espíritu Mas.·. que le anima, le hace tener una satisfacción muy dulce en ser el bienhechor de los miserables, en consolar las almas afligidas, en animar a el que ha caído en alguna falta para que vuelva a la virtud y en corregirle con indulgencia y sin severidad.

Cuan suprema es la dicha del que puede triunfar a la vez de la miseria y del vicio, aliviando e instruyendo a criaturas semejantes a nosotros, inclinándolas al bien con sabias lecciones y buenos ejemplos que son mas eficaces que aquellas.

Dichoso el mortal que posee las virtudes M.·., siempre está contento de sí mismo, de la pureza de sus costumbres, y su vida inocente. Hacen callar la maledicencia que quisiera dar que sospechar en contra de una sociedad cuyo objeto es la práctica de las virtudes y el bien de la humanidad; inspira la paz y el gozo a todos los corazones, todos aman y desean su sociedad, porque guiada a la caridad fraternal, nunca ofende el amor propio de persona alguna.

En fin, estrechamente unidos por los vínculos de la franqueza, de la cordialidad y de la igualdad mas perfecta, los verdaderos Masones traen a la memoria en sus reuniones ocultas a los ojos del vulgo profano la imagen de aquella edad de oro tantas veces cantada por los poetas; cuando todos los hombres iguales en derechos y prerrogativas no conocían ni a grandes ni a pequeños, ni ricos ni pobres y cuando en fin las virtudes Masónicas, hacían de ellos una familia fraternal dichosa con la dicha de sus HH.·.


lunes, 16 de abril de 2018

SOBRE LA MASONERÍA Y LOS TEMPLARIOS

 
Son muchas las opiniones sobre el origen de la Francmasonería. No tenemos pretensión en pronunciarnos absolutamente sobre este asunto; pero creemos necesario satisfacer la justa curiosidad de los jóvenes mas.·. en este punto; hemos querido presentarles un resumen histórico que les diese una idea de la antigüedad, de la universalidad y de la importancia filosófica de la institución, preocupándonos lo menos posible del espíritu sistemático que ha guiado a la mayor parte de los autores, y siguiendo tanto como nos sea dado las antiguas tradiciones que la historia de los pueblos y el establecimiento de las religiones y de la filosofía parecen apoyar y confirmar.

Entre todas las opiniones de la masonería,  la más importante de combatir, aunque haya sido adoptada ligeramente por algunos autores masones, es aquella que hace descender a nuestra institución de los Templarios, porque es muy importante advertir a los adeptos contra un error que puede tener las mas graves consecuencias, cuando se reflexiona que este origen es justamente aquel que todos los enemigos de la Francmasonería han pretendido atribuirle, con el objeto de excitar el fanatismo religioso de los pueblos ignorantes o crédulos e irritar las susceptibilidades de los gobiernos contra una institución inocente, que trataron de presentar entonces como enemiga de la religión, de las leyes y de los soberanos.



Los autores que hacen descender la masonería de los Templarios, le dan por fundadores a los caballeros que habiendo logrado salvarse de Francia en 1307, se refugiaron en Escocia, en donde fueron bien acogidos por el rey, y recibidos con todas las consideraciones que merece la desgracia por los hh.·. mas.·. organizados ya en la capilla de Santa María, desde el año 1298.

Este hecho no prueba más que una cosa, y es que, antes de la llegada de las templarios a Escocia, había francmasones organizados en corporación o en sociedad, desde hacía ya varios años. Será suficiente consultar la organización de esas corporaciones de hh.·. mas.·. en Escocia, para convencerse de que ella era absolutamente la misma que la de la cofradía de los mas.·. de York, de la cual, en la carta del año 926, con sus leyes y reglamentos, se hace un relato incontestable e histórico.

Podremos hacer una objeción: que la introducción de los Templarios entre los mas.·. de Escocia ha podido contribuir a alterar profundamente los dogmas y prácticas de los mas.·.

Pero la observación de los hechos viene, por el contrario, a destruir victoriosamente esta objeción, pues es probado que esas corporaciones han conservado intacta su organización primitiva y sus leyes hasta el  año de 1649, época en que Elias Ashmole reedificó sus rituales, hasta en el año 1717, época en que la francmasonería filosófica moderna fue definitivamente constituida en Inglaterra.





 
Si fuese verdad que el sistema templario hubiera invadido a la masonería y a la vez fuesen verídicas las épocas designadas por los autores, partidarios de esta afiliación, es evidente que las alteraciones o modificaciones sensibles se hubieran manifestado entre las corporaciones de este modo transformadas; pero nada de esto ha tenido lugar, y no se encuentran más señales que las que existen en la imaginación de aquellos que, al principio del siglo XVII, tuvieron la vanidad de prestar a nuestra institución un origen noble y caballeresco, idea de la cual se ampararon de pronto los Jesuitas, que pensaron poder alcanzar, por este medio, el dirigir la Orden Masónica, o el desacreditarla, así como lo demuestran muy claramente los h.·. Fessler y Bonneville.

No podemos menos de reconocer aquí, que es verdad, que varios altos grados presentan, en ciertos puntos, alguna apariencia templaría, pero no debemos por esto concluir que la masonería sea templaría; pues ciertas formas en los grados simbólicos nos autorizan a llamarla judía. Además, no debemos perder de vista que todos los altos grados son de creación puramente moderna, y que sin embargo de su denominación de Gr.·. Escoceses, ellos no han sido conocidos ni practicados en Escocia sino mucho tiempo después de haber sido conocidos y practicados en la América del Norte, en Francia y en Alemania, así como lo prueba la declaración solemne de la Gran Logia de Edimburgo, que, respondiendo a la circular del Nuevo S.·. C. Charlestown, decía, en 1803:

 
"Un número igual de gr.·. no puede inspirar sino el más profundo desprecio por la m.·. esc.·. que no los reconoce, queriendo sólo conservar siempre su rito según su simplicidad primitiva."
 
También en 1836 la G.·. L.·. Escocesa declaró formalmente, en sus Reglamentos : "que ella no practica ningún otro grado de mas.·. sino los de Ap.·. Comp.·. y M.·., llamada masonería de San Juan."

En resumen, querer establecer comunicaciones entre un orden militar y religioso, como el de los templarios, y una institución pacífica como la mas.·. es el cúmulo del ridículo si los templarios u otra Orden caballeresca parecida viniera a presentarse de nuevo sobre la escena pública, es cierto o seguro que la mirarían como a los exhumadores del último caballero errante cantado por Cervantes, ese inmortal genio que, en el siglo XVI, supo pintar una época que concluía.

Los hh.·. mas.·. no descienden, pues, de los Templarios, pues no tienen nada de común con ellos, y si los primeros les dieron hospitalidad a los segundos en la época en que fueron tan cruel y tan injustamente perseguidos, si ellos los han recibido, aceptado o afiliado en su seno, hicieron lo mismo que hacen hoy en día los hh.·. mas.·. modernos, recibiendo o iniciando en sus misterios a los Judíos, a los musulmanes, etc., sin que por esto admitan sus dogmas religiosos, ni alteren ni modifiquen en nada las doctrinas de la Orden.
 
El artículo tres de las leyes fundamentales de la Carta de York, del año 926, había ya concedido en principio lo que sigue: "debéis ser servibles, hacia todos los hombres, y ligaos en amistad fiel con ellos todo lo que podáis, sin inquietaros a qué, religión u opinión ellos pueden pertenecer", acogiendo a los Templarios perseguidos en el año 1307, ellos no han hecho más sino poner sus preceptos en práctica.

La razón de esta conducta, inspirada por la tolerancia, es bien simple; si la mas.·. profesa una moral religiosa, ella no es por esto ni jamás ha sido considerada como una institución religiosa. Las logias no son iglesias, los masones no son ni curas, ni frailes, ni teólogos, es, pues, un absurdo el hacerlos herejes ni impíos, sobre todo cuando saben bien que la orden masónica lejos de buscar el entrar en lucha con los Estados, y la Religión, prohíbe, por el contrario, todas las discusiones políticas y religiosas asambleas de sus LL.·.

No nos revelamos aquí contra los diversos sistemas históricos en mas.·. pero podemos con toda seguridad decir, con el h.·. Bonnevillo, "que la relación inmediata de los masonería fr.·. y acc.·. con el orden antiguo de los Templarios no es más que una quimera."
 
Y si hemos insistido sobre este punto, es porque nos parece que debemos evitar servir, aunque indiferentemente, a favorecer las miras de nuestros adversarios, dándoles motivos a los pretextos de crítica para la propagación de opiniones vagas y erróneas sobre nuestro origen y nuestra historia, porque esto es proveer un alimento mayor al fuego del error y de la mentira.

Que las doctrinas de los filósofos y de los antiguos iniciados hayan sido esparcidas en Europa por algunas de las cruzadas a su vuelta del Oriente, es lo que no se puede poner en duda, puesto que la influencia de ese gran hecho histórico se hizo sentir por todas partes, en las ciencias como en las artes, en la filosofía y en la poesía; siendo tal vez en esos manantiales de donde Dante parece haber sacado sus sublimes inspiraciones, y en donde los arquitectos de la edad media parecían haberse inspirado; pero no pueden atribuirle, como lo hacen algunos autores, el origen de la masonería, que existía antes de esa época y que no parece haberse revestido de un carácter distinto de aquel que ella tenía antes, puesto que en el siglo XVIII tomó el carácter filosófico, espiritualista y verdaderamente universal que la distingue eminentemente hoy en día de todas las instituciones o sociedades secretas.

En nuestra opinión las mas.·. es la humanidad creciente, desarrollándose y progresando libremente a través de los siglos, sin otros medios que aquellos que saca de los lazos de amor y de moral universal, que la ley natural impone a todos los seres racionales como un deber. Y considerando de este modo a la masonería es, como hemos podido estudiar todos los sistemas históricos, y darnos cuenta de las diversas transformaciones que ella ha sufrido, sin detenernos en una época determinada, ni admitir en su marcha los tiempos de interrupción que no nos parecen conciliables con su objeto.
 
Tal es la regla que hemos seguido en el corto resumen histórico contenido en los Estudios que anteceden.
   
 
 

sábado, 7 de abril de 2018

ORÍGENES HISTÓRICOS DE LA FRANCMASONERIA


La francmasonería nos viene de los antiguos misterios cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos fabulosos.
 
Los francmasones son, pues, los sucesores, o más bien, los continuadores de los iniciados de la India, de Persia, de Egipto, de Grecia y de Roma.
 
Todos los antiguos legisladores o reformadores, desde Buda, Zoroastro y Moisés hasta Licurgo y Numa Pompilio, todos los sabios y filósofos, desde Thales y Confucio hasta Cicerón y Plutarco, todos han sido iniciados en los misterios que, en esas épocas, se practicaban en el más profundo secreto. En fin, si debemos creer a Eusebio, obispo de Cesárea, llamado el padre de la historia eclesiástica, Cristo también fue iniciado en los misterios de los Esenios.


 
Ya tenéis bastante para convenceros de que  a nuestros antiguos Maestros no les faltaban ni las virtudes que hacen respetar al hombre, ni los conocimientos que le hacen venerarlo. Esto es sin duda lo que le hizo decir a Epícteto que "los misterios habían sido instituidos para instruir a los hombres y mejorar sus costumbres.
 
En nuestros días también los hombres más célebres han sido iniciados en los misterios de la francmasonería, tales como Dante, Rafael, Bacon, Locke, Muratori, Francklin, Condorcet, Washington, Federico el Grande, Lafayette, Riego, Kraun, Hegel y mil hombres ilustres, falanges brillantes de las artes, de las ciencias, de la filosofía y del más puro patriotismo.
 
No encontramos ninguna reseña positiva sobre el establecimiento de los antiguos misterios, pero lo poco que nos han enseñado algunos célebres iniciados, prueba que sus primeros jefes, sacerdotes o fundadores, han sido los verdaderos civilizadores del género humano; la religión o la moral, las ciencias, las artes y la filosofía han salido de los templos de la India, así como lo atestiguan sus monumentos de un arte admirable, a los que Platón daba más de diez mil años de existencia; todos esos conocimientos se esparcieron en Persia, en Etiopia y en Egipto, para pasar después por toda Grecia y propagarse en el resto de la Europa.
 
Las ciencias útiles, como la agricultura y la arquitectura, eran enseñadas en el secreto de los templos, foco de todos los conocimientos humanos, y comunicadas después al pueblo ignorante y supersticioso, como dones emanados directamente de los dioses. Europa, en los tiempos primitivos (así como ha sucedido en América) se encontró desprovista de animales y vegetales necesarios para calmar las necesidades de la vida, tal como las comprendemos hoy en día. La bellota de las encinas, con algunas frutas y plantas silvestres, la leche y la carne de algunos animales formaban entonces la base de sus alimentos. Fue de Asia de donde Europa recibió casi todos los animales útiles, como América los recibió de Europa; el trigo proviene de Egipto, la viña, de Asia Menor, la mayor parte de las frutas, de Persia y de  Capadocia, el moral, de la India.
 
Las ciencias, cuya aplicación a la agricultura y a las artes es tan necesaria para su desarrollo, provienen de las mismas comarcas: la Astronomía nos viene de los Caldeos y de los Persas, la Geometría y la Aritmética de Egipto, así como el arte de curar y tantos otros conocimientos, de los que encontramos vestigios en los antiguos misterios, tanto en los de Isis como en los de Samotracia y en los de Eleusis.
 
No podemos, pues, poner en duda que la primera era de la civilización cuenta desde la época en que la agricultura es decir, el trabajo, el arte de fabricar, la inteligencia ha tenido principio y desarrollo entre esos pueblos.
 
Grecia estaba en estado de barbarie cuando sus habitantes no tenían otros alimentos que aquellos que les procuraban sin arte ni trabajo los robles y las encinas de los bosques y los animales salvajes de las montañas, la aurora de su civilización aparece en los tiempos de Orfeo y de Amfion, es decir, en la época en que los sacerdotes iniciados propagaron en ese país los conocimientos y doctrinas que ellos habían traído del Egipto.
 
El dichoso resultado obtenido por esos grandes civilizadores y fundadores de los misterios en Grecia, dio lugar más tarde a las fábulas en que presentan a Orfeo domesticando a los animales feroces, y a Amfion fabricando la villa de Thebas, con el sólo auxiliar de la música y el canto, es decir, de la armonía y de la enseñanza: fábulas alegóricas que no son otra cosa sino la tradición poetizada de la civilización y del primer establecimiento de un pueblo semi-bárbaro.

Nos es, pues, permitido el adelantar la opinión de que los misterios han sido la primera forma de la asociación de los hombres, no esa asociación que tiene el interés particular y la explotación por objeto, porque esta es muy moderna, pero sí esa gran asociación moral que, con la ciencia, la justicia y la virtud por base, busca en la reunión de todos los elementos del bien un poder bastante fuerte para resistir al mal, para combatirlo y para destruirlo. Y el poder de esa unión tan estrecha entre todos los hombres despejados, inteligentes y buenos no pudo escapar desapercibido ante el ojo penetrante de los sacerdotes y de los sabios o legisladores de la antigüedad.


 
En todos los países del mundo, los sacerdotes han sido los primeros que han ordenado, dirigido y hasta trazado los planos de los grandes trabajos de construcción, y los primeros edificios que han sido presentados a la admiración de los pueblos son los templos. En la India se encuentran tallados en la roca viva con un arte y un atrevimiento que nos sorprenden aún todavía en nuestros días; mucho más si observamos que esos edificios gigantescos se encuentran en parajes, en cuyos alrededores no existe ningún vestigio del menor paso de las piedras y materiales, como en Chillenbrun, provincia de Pondichery.
 
En Egipto, los templos majestuosos, las pirámides colosales, el famoso laberinto y el lago Moeris son quizás las obras de arte más grandes que el hombre haya jamás visto, pues ellas causan todavía nuestra admiración después de treinta o cuarenta siglos de existencia.
 
Cuando Salomón quiso fabricar su templo en Jerusalén, se dirigió al rey de Tyr, en Fenicia, para pedir los artistas y obreros de que él tenia necesidad; y después de su construcción, la guardia y administración del templo fueron confiadas al Gran Sacerdote.
 
En Grecia también los sacerdotes dirigían la construcción de los templos, y cuando salieron de sus bosques, pensaron colocar sus dioses en palacios y santuarios dignos; y las columnas con que adornaban esos edificios eran todavía para ellos un recuerdo de sus bosques sagrados, como los altares erigidos en los templos no eran otra cosa sino la representación de la cima glorificada de las altas montañas en donde sacrificaban antes al Dios de la naturaleza y del cielo. Según la Biblia, el pueblo no sacrificaba sino sobre las alturas, porque hasta entonces no se había alzado ningún templo a la gloria del Eterno Dios.
 
La manifestación del culto, rendido a la naturaleza o al autor de todas las cosas, cambiando de carácter en las diferentes edades de la humanidad, no se ha separado jamás del sentimiento primitivo conservado por la tradición, así como lo atestiguan las representaciones alegóricas o simbólicas que encontramos en los templos sagrados de todos los países.
 
Los pueblos semi-bárbaros sacrificaban y hacían sus ofrendas a Dios sobre las alturas, y cuando ellos se civilizaron y fabricaron los templos, tuvieron cuidado de fabricar todavía en el lugar más aparente una especie de altura, para servir a la celebración de los santos sacrificios, y por esta razón lo llamaron altar. Las familias y las tribus se agruparon muy pronto alrededor de esos templos, y formaron de este modo las pequeñas villas, los barrios, y más tarde las asociaciones de las villas ligadas entre sí por esa simpatía de ideas y esas conformidades de intereses que son el verdadero fundamento de las nacionalidades.
 
En esos templos, los sacerdotes enseñaban, al mismo tiempo que sus doctrinas, las ciencias y artes, aplicadas al desarrollo de los conocimientos útiles a la vida, y enseñaban a los hombres escogidos con discernimiento entre los más inteligentes y más sabios, dejando a la vulgaridad en la ignorancia de las verdades que ellos habían conocido, pensando sin duda, que debían limitarse a hablar sólo a la imaginación del pueblo, antes que hacerles las revelaciones que sus débiles inteligencias no habían podido comprender; o más bien, ellos quisieron reservarse exclusivamente los conocimientos que les aseguraban la dominación sobre una multitud ignorante y supersticiosa, lo que la forma teocrática de los primearos gobiernos en todos los pueblos parecía indicarles.
 
El arte de fabricar, generalizándose, se propagaba en el exterior de los templos, en razón de las diversas aplicaciones que recibió para responder a las necesidades de las poblaciones; los sacerdotes se reservaron solamente la dirección de la arquitectura sagrada. En Atenas, como en Roma, se formaron diversas asociaciones, o  corporaciones de obreros, y principalmente de arquitectos y albañiles constructores.

Numa Pompilio, gran sacerdote y rey de Roma, estableció las primeras Escuelas de artes y oficios (Collegia artiñcum), de donde salieron más tarde esos grandes arquitectos y constructores que cubrieron el suelo de Italia con monumentos magníficos, y dotaron lo demás de Europa de templos, palacios, circos, acueductos y carreteras que son todavía la admiración del mundo.

La antigua institución de los misterios cayó en decadencia por razones que sería prolijo y demasiado largo explicar aquí; esos principios y esas doctrinas pasaron en parte a las asociaciones de constructores que, celosos de conservar los secretos de su arte, adoptaron las formas y prácticas misteriosas de los templos para asegurar sus privilegios, y reconocerse entre ellos.


Esta opinión que emitimos aquí, lejos de ser una pura hipótesis filosófica, es una deducción lógica de ciertos hechos históricos, que tiene su fundamento; y Plutarco no nos deja duda alguna sobre este asunto cuando nos dice en la vida de Numa Pompilio:

"El reunió en un solo cuerpo a todos los artistas de un solo oficio, e instituyó las fiestas y las ceremonias de la religión convenientes de cada uno de los cuerpos. Por este lado, él fue el primero que desterró de Roma ese espíritu de partido que hacía pensar y decir a los unos que eran Sabinos, y a los otros que eran Romanos. De este modo, esta nueva división proporcionó realmente la mezcla, y, por decirlo así, la amalgama de todos los ciudadanos juntos".

Esas asociaciones se esparcieron bajo diferentes formas y diversos ritos por toda Europa, y sirvieron de fundamento y ejemplo a las cofradías o corporaciones de constructores y de Francmasones que se formaron por todas partes. Esta transformación, en la marcha de los antiguos misterios, era lógica y natural, pues la misma institución que había admirablemente servido al desarrollo de la civilización de los pueblos por la propagación y enseñanza de la agricultura, debía necesariamente continuar su obra favoreciendo y esparciendo la arquitectura, la industria y todas las artes de utilidad pública.

No hay duda que las instituciones efímeras o sin porvenir ni cambian, ni se transforman jamás; esas transformaciones son casi siempre un signo de progreso, pues el movimiento es la vida. Esas asociaciones misteriosas de constructores se pasaron con las armadas romanas a los Galos, y desde el siglo tercero de nuestra era, la historia las presenta en Inglaterra, bajo el reinado del emperador Galo Carausins que les donó diversos privilegios.

Como si el sacerdote no debiera jamás abandonar la alta dirección de los trabajos de arquitectura, vemos también en el siglo IV a muchos abades y obispos, ocupándose en trazar los planos de sus iglesias o de sus conventos, y dirigiendo ellos mismos la construcción.

San Martin, San Benito, San Albán y San Dunstan figuran en primera línea en el número de esos padres arquitectos, lo mismo que mas tarde, el célebre Hildebrando, convertido en Papa bajo, el nombre de Gregorio VII; parece, en fin, muy probable que fue al obispo San Bernardo de Habertstald a quien debernos la invención del estilo admirable llamado gótico, en arquitectura.

En esos tiempos en que todo estaba por hacer, la iglesia católica, lejos de perseguir á los Francmasones los protegía y sostenía, y los progresos de su asociación, durante la edad media, son debidos en gran parte al Papa Bonifacio IV, el cual publicó en el año 614, una bula, concediéndoles prerrogativas y privilegios que la hicieron ser una de las más independientes y de las más numerosas corporaciones del mundo.

Cerca de 660 años más tarde, otro Papa, Nicolás III, renovó también esos mismos privilegios en su favor. Los Francmasones modernos pueden, pues, exponer hoy en día esas bulas a los anatemas que más tarde, han sido dirigidos contra ellos por los mismos sucesores de esos primeros propagadores de la francmasonería.

El establecimiento de esas asociaciones entre los Galos, bajo la administración romana, lo mismo que bajo los reinados tan agitados de los primeros reyes francos, es probado por la historia; por todas partes, a través de los siglos, se encuentran señales del camino andado por ellos. Es probado también que los miembros de esas corporaciones, siguiendo el ejemplo de lo que se practicaba en los antiguos colegios romanos de constructores, tenían signos y aproximamientos misteriosos para reconocerse, que estaban unidos en conjunto por lazos muy estrechos, tales como aquellos que resultan de la fraternidad, de la solidaridad y hasta de la comunidad; además, sus símbolos, que nos son conocidos, debían estar necesariamente en comunicación con sus dogmas.

Han supuesto con razón, que esos signos y aproximamientos, y esos lazos fraternales y simbólicos eran los mismos que los adoptados por los masones modernos; y que a falta de documentos escritos, diversos monumentos fabricados por los miembros de esas asociaciones prueban la exactitud de esta afirmación con la representación inequívoca de un gran número de emblemas y de figuras simbólicas conocidas de los Francmasones.

Casi todas las catedrales de la edad media podrán presentar ejemplos; nos limitaremos a citar una sola. La catedral de Wurzburgo en Baviera, posee una magnífica sala para depositar los muertos; a cada lado de la puerta a la entrada está decorada con un grupo de columnas; sobre los chapiteles del grupo de la derecha, se lee con todas sus letras la inscripción misteriosa J .·. y sobre el grupo de la izquierda, al inscripción B.·.

Estos nombres son los mismos que designan las columnas de nuestros templos; y si se reflexiona que las puertas de estos no se abren para los profanos sino por la iniciación, y que iniciación quiere decir muerto, o sea renacimiento a otra vida, comprenderán fácilmente por que los masones constructores de Wurzburgo han colocado las inscripciones J .·. y B.·. sobre las columnas del vestíbulo que conduce al templo de los muertos, es decir, los iniciados a otra vida.

Los documentos escritos sobre los primeros tiempos a de esas sociedades o cofradías faltan en absoluto, y no es posible, sino por inducción, el seguir sus pasos en la historia.


Después de las leyes de Numa, y aquellas de las doce tablas que las reglamentan en parte, encontramos que en el siglo VII no recibían mas que a los hombres libres y de buenas costumbres de ahí probablemente viene la costumbre, conservada entre los francmasones, de preguntar todavía a los profanos que se presentan a la iniciación, si ellos son libres y de buenas costumbres.

Después, aquel que quería pasar a Maestro, debía probar que había viajado durante tres años, y que se había perfeccionado durante ese mismo tiempo en su arte; esta obligación recuerda los tres viajes que imponemos todavía a los profanos; viajes que son relativos a la vida del hombre, y se hacen progresivamente más fáciles como ya lo habéis visto, pero no son más que emblemáticos.

Los privilegios concedidos por los papas, emperadores y reyes de la cristiandad a esas sociedades o cofradías de constructores, les hicieron probablemente dar o tomar el título de Francmasones, pues esta calificación de franco es tomada en el sentido que ella había tenido en la edad media, de libre e independiente.


El H. Revold, en su historia de la Francmasonería, hace juiciosamente fijarse, que muchas veces esos hermanos masones se reunían en las iglesias, en los conventos y asilos, únicos lugares entonces en donde las ciencias y las artes podían refugiarse con toda seguridad y que sus reuniones se encontraban casi siempre presididas por un abad o un sacerdote, lo que motivó sin duda la costumbre de llamar al Presidente de los Francmasones Venerable Hermano o sea Venerable Maestro, costumbre que se ha conservado entre los Francmasones modernos.

Los primeros documentos que tenemos sobre la organización de esa sociedad, es la famosa carta de York, sancionada en el año 926 bajo la presidencia del Príncipe Edwyn, descendiente del Rey de Inglaterra Athestan, y en la cual están expuestos la mayor parte de los principios que nos sirven todavía de ley; ella hace mención igualmente del envío de un gran número de masones de Francia a Inglaterra hacia el año de 720 a 735, bajo el reinado de Carlos Martel.

Después, el primer monarca que parece haber protegido a las asociaciones de masones constructores en Escocia, fue el Rey David I, siendo bajo el reinado de su sucesor cuando se fabricó la famosa torre de Kilwining, tan célebre en los ritos escoceses.

En el año de 1314, la cofradía de los masones de Heredon recibió del Rey Roberto Bruce una gran prueba de estimación honorífica, y en el año de 1358, el Rey de Inglaterra Eduardo III confirmó y extendió los mismos privilegios concedidos a las asociaciones de constructores por los reyes anteriores.

En la edad media los masones constructores tenían por todas partes la misma organización y los mismos reglamentos. En el año 1292 había en Sienna, Italia, una Logia importante, de la que han dicho que la constitución existe todavía; en el siglo XIII, el célebre arquitecto Erwyn, de Steinbach era el Maestro de la de Strasburgo; en el año 1402, había en Orvietto una logia, de la cual el famoso Juan de Friburgo fue el Maestro; y en el año de 1459, la dieta de Colonia acordó que existían cuatro Logias Capitulares para toda Alemania.

Cuando pensamos que, en el tiempo de la ignorancia y de la barbarie en la edad media, el arte de la arquitectura es el único que se ha elevado, perfeccionado y conservado eminentemente, no podemos dejar de creer, que ese hecho singular ha debido ser producido por causas y medios extraordinarios; pues las obras más admirables han sido ejecutadas por artistas, casi todos desconocidos, en diferentes países y alejados los unos de los otros, en medio de guerras, continuas y de persecuciones de todo género y en una época en donde las ciencias y las artes estaban, todavía en las tinieblas; esas causas y esos medios no se pueden atribuir sino al poder del lazo de asociación que animaba a todos los masones constructores, artistas y arquitectos, a la excelencia de los principios, y de las doctrinas que ellos practicaban desde la antigüedad, y a los cuales ellos debían sus virtudes y la conservación de los secretos de su arte, en fin, a los beneficios de una institución liberal y respetada que poniéndolos por todas partes en relación de comunidad y de fraternidad, desarrollaba en ellos los sentimientos y las ideas que formularon caprichosamente en una especie de jeroglíficos arquitectónicos, que más tarde los pensadores y los filósofos vinieron a traducir para el pueblo en lengua vulgar.

Siempre y por todas partes el arte o la forma, la poesía y la imaginación caprichosa, parecía haber adelantado el pensamiento escrito, o indicar el fondo de la idea. De otro modo, esta, conformidad de ejecución, este orden y esta unidad en la dirección de los trabajos, ese respeto tradicional para el arte y las ciencias, no podrían ni explicarse, pero ni mucho menos comprenderse.

Los masones constructores, conservando el fuego sagrado del amor a las artes, a las ciencias y a la virtud, practicando ese espíritu de fraternidad y de solidaridad que los sostiene mutuamente y los protege hacia y contra todo, han continuado hasta el último siglo la tarea emprendida con tanta fe y ardor por los iniciados de la antigüedad; ellos han pues construido, por decirlo así, el puente misterioso que une a los antiguos misterios con la masonería moderna, el pasado con el porvenir.

Seríamos injustos al no reconocerlo. La franqueza y privilegios de que las corporaciones masónicas gozaban, en esos tiempos en que la seguridad individual, la propiedad y la libertad no tenían ninguna garantía, les dieron tanta importancia, que muchas personas enteramente extrañas al arte de la arquitectura solicitaron, y concluyeron por obtener a diferentes títulos, la afiliación entre esas sociedades; pero para distinguirlos de los miembros efectivos se les calificó con los nombres de miembros aceptados, es decir de miembros agregados a la corporación, sea como protectores, o sea para ya gozar de las ventajas unidas a ellos, y esta denominación fue la que el rito escocés antiguo y aceptado ha conservado en su título distintivo.

Poco a poco el arte de fabricar y las ciencias relativas a la arquitectura dejaron de ser objeto principal de esas corporaciones, porque la marcha de esa civilización, la paz y los progresos del espíritu humano, asegurando el libre ejercicio de las artes y de los oficios, vulgarizaron e hicieron inútiles todos los secretos que habían creído deber ocultar para conservarlos.

Desde que los Masones no constructores se encontraron en mayoría entre esas asociaciones, comprendieron el partido que podían sacar de una institución tan fecunda en lo bueno y en útiles resultados, y, para continuar la obra de los siglos en su desarrollo y sus consecuencias, ellos le hicieron sufrir una nueva transformación sin que por esto se alterasen en nada las tradiciones simbólicas de los antiguos misterios, tan fielmente conservados por los masones constructores, transformación idéntica a aquella que se había producido veinticinco siglos antes, cuando los símbolos de la agricultura fueron reemplazados por los de la arquitectura.

Fue este pensamiento puesto en obra por Bacon, ese genio del siglo XVI, y manifestado por primera vez bajo la forma de ritual masónico en el año de 1646, por Elias Ashmole, que sirvió de base a la francmasonería filosófica que practicamos hoy en día, y dio principio al rito moderno o Francés.

Una nueva era se abrió desde entonces para la francmasonería transformándose en una institución puramente filosófica, respondiendo de este modo a las necesidades de una época fértil en concesiones nuevas y fecundas, y en apreciaciones atrevidas y elevadas.

La sociedad entera iba a cambiar también, pues humanizando las leyes (por decirlo así ), o generalizándolas el arte se purifica y se vulgariza por todas partes, el hombre empieza a valer alguna cosa, las ciencias esparcen sus rayos por todo el mundo, la verdad se muestra menos tímida, la fuerza menos brutal, y en fin la vieja sociedad ignorante, absoluta, egoísta, esclava y bárbara expira y muere, y la nueva sociedad aparece en su cuna brillante de esperanza, de expansión y de amor.

La francmasonería, los constructores habían cumplido su tarea, ella no tenía nada más que hacer después de haber formado los arquitectos, los obreros, los artistas, los artesanos y los trabajadores. Los masones de práctica habían constituido los pueblos en hombres libres, fuertes y virtuosos, ellos no tenían nada que temer de que volviesen esclavos como en la antigüedad, pues enseñándoles el trabajo, los habían definitivamente hecho libres: el trabajo es lo que constituye sólidamente la verdadera independencia, al mismo tiempo que la más segura, y la más moral de las libertades.

La masonería entra pues, como lo ha dicho el ilustre H.·. Ragon, "en la era de la renovación ostensible de la filosofía de los antiguos misterios" ésta es la que nosotros recorremos, y los masones modernos sabrán ampliar su tarea, como los antiguos, no obstante los disgustos, obstáculos y persecuciones de que estamos rodeados todavía hoy en día.

Los masones de práctica, separándose de los francmasones, formaron entonces nuevas corporaciones de obreros, tales coma la de los compañeros del deber etc.,  corporaciones especiales, sociedades de socorros mutuos, que tienen también su objeto de utilidad y de beneficencia, pero no abrazan el horizonte inmenso que nuestra orden puede concebir.

Francmason quiere decir trabajador o sea libre pensador, y es en recuerdo de su origen el porque han conservado esta denominación; siendo por el mismo motivo el porque ellos han adoptado los útiles y emblemas característicos de los masones constructores; siguiendo en esto el ejemplo de los antiguos iniciados, cuyos emblemas eran el lenguaje, las alegorías, el pensamiento, y los símbolos su doctrina.

Me resta hacer mención aquí, para completar este resumen histórico, de la opinión fabulosa de algunos autores que hacen descender la francmasonería directamente de los Templarios; opinión de que quizás la vanidad de los hombres de esta época se ha servido más bien para propagar la idea que para establecer un hecho histórico; y que dejando de lado a las grandes asociaciones de quienes las huellas en la historia no dejan alguna duda, han solicitado el representar a, la francmasonería como una orden caballeresca, en lugar de presentarla bajo su verdadero carácter de colegio práctico de las ciencias y de las artes; escuela, universal de filosofía y de moral.



 

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