sábado, 7 de abril de 2018

ORÍGENES HISTÓRICOS DE LA FRANCMASONERIA


La francmasonería nos viene de los antiguos misterios cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos fabulosos.
 
Los francmasones son, pues, los sucesores, o más bien, los continuadores de los iniciados de la India, de Persia, de Egipto, de Grecia y de Roma.
 
Todos los antiguos legisladores o reformadores, desde Buda, Zoroastro y Moisés hasta Licurgo y Numa Pompilio, todos los sabios y filósofos, desde Thales y Confucio hasta Cicerón y Plutarco, todos han sido iniciados en los misterios que, en esas épocas, se practicaban en el más profundo secreto. En fin, si debemos creer a Eusebio, obispo de Cesárea, llamado el padre de la historia eclesiástica, Cristo también fue iniciado en los misterios de los Esenios.


 
Ya tenéis bastante para convenceros de que  a nuestros antiguos Maestros no les faltaban ni las virtudes que hacen respetar al hombre, ni los conocimientos que le hacen venerarlo. Esto es sin duda lo que le hizo decir a Epícteto que "los misterios habían sido instituidos para instruir a los hombres y mejorar sus costumbres.
 
En nuestros días también los hombres más célebres han sido iniciados en los misterios de la francmasonería, tales como Dante, Rafael, Bacon, Locke, Muratori, Francklin, Condorcet, Washington, Federico el Grande, Lafayette, Riego, Kraun, Hegel y mil hombres ilustres, falanges brillantes de las artes, de las ciencias, de la filosofía y del más puro patriotismo.
 
No encontramos ninguna reseña positiva sobre el establecimiento de los antiguos misterios, pero lo poco que nos han enseñado algunos célebres iniciados, prueba que sus primeros jefes, sacerdotes o fundadores, han sido los verdaderos civilizadores del género humano; la religión o la moral, las ciencias, las artes y la filosofía han salido de los templos de la India, así como lo atestiguan sus monumentos de un arte admirable, a los que Platón daba más de diez mil años de existencia; todos esos conocimientos se esparcieron en Persia, en Etiopia y en Egipto, para pasar después por toda Grecia y propagarse en el resto de la Europa.
 
Las ciencias útiles, como la agricultura y la arquitectura, eran enseñadas en el secreto de los templos, foco de todos los conocimientos humanos, y comunicadas después al pueblo ignorante y supersticioso, como dones emanados directamente de los dioses. Europa, en los tiempos primitivos (así como ha sucedido en América) se encontró desprovista de animales y vegetales necesarios para calmar las necesidades de la vida, tal como las comprendemos hoy en día. La bellota de las encinas, con algunas frutas y plantas silvestres, la leche y la carne de algunos animales formaban entonces la base de sus alimentos. Fue de Asia de donde Europa recibió casi todos los animales útiles, como América los recibió de Europa; el trigo proviene de Egipto, la viña, de Asia Menor, la mayor parte de las frutas, de Persia y de  Capadocia, el moral, de la India.
 
Las ciencias, cuya aplicación a la agricultura y a las artes es tan necesaria para su desarrollo, provienen de las mismas comarcas: la Astronomía nos viene de los Caldeos y de los Persas, la Geometría y la Aritmética de Egipto, así como el arte de curar y tantos otros conocimientos, de los que encontramos vestigios en los antiguos misterios, tanto en los de Isis como en los de Samotracia y en los de Eleusis.
 
No podemos, pues, poner en duda que la primera era de la civilización cuenta desde la época en que la agricultura es decir, el trabajo, el arte de fabricar, la inteligencia ha tenido principio y desarrollo entre esos pueblos.
 
Grecia estaba en estado de barbarie cuando sus habitantes no tenían otros alimentos que aquellos que les procuraban sin arte ni trabajo los robles y las encinas de los bosques y los animales salvajes de las montañas, la aurora de su civilización aparece en los tiempos de Orfeo y de Amfion, es decir, en la época en que los sacerdotes iniciados propagaron en ese país los conocimientos y doctrinas que ellos habían traído del Egipto.
 
El dichoso resultado obtenido por esos grandes civilizadores y fundadores de los misterios en Grecia, dio lugar más tarde a las fábulas en que presentan a Orfeo domesticando a los animales feroces, y a Amfion fabricando la villa de Thebas, con el sólo auxiliar de la música y el canto, es decir, de la armonía y de la enseñanza: fábulas alegóricas que no son otra cosa sino la tradición poetizada de la civilización y del primer establecimiento de un pueblo semi-bárbaro.

Nos es, pues, permitido el adelantar la opinión de que los misterios han sido la primera forma de la asociación de los hombres, no esa asociación que tiene el interés particular y la explotación por objeto, porque esta es muy moderna, pero sí esa gran asociación moral que, con la ciencia, la justicia y la virtud por base, busca en la reunión de todos los elementos del bien un poder bastante fuerte para resistir al mal, para combatirlo y para destruirlo. Y el poder de esa unión tan estrecha entre todos los hombres despejados, inteligentes y buenos no pudo escapar desapercibido ante el ojo penetrante de los sacerdotes y de los sabios o legisladores de la antigüedad.


 
En todos los países del mundo, los sacerdotes han sido los primeros que han ordenado, dirigido y hasta trazado los planos de los grandes trabajos de construcción, y los primeros edificios que han sido presentados a la admiración de los pueblos son los templos. En la India se encuentran tallados en la roca viva con un arte y un atrevimiento que nos sorprenden aún todavía en nuestros días; mucho más si observamos que esos edificios gigantescos se encuentran en parajes, en cuyos alrededores no existe ningún vestigio del menor paso de las piedras y materiales, como en Chillenbrun, provincia de Pondichery.
 
En Egipto, los templos majestuosos, las pirámides colosales, el famoso laberinto y el lago Moeris son quizás las obras de arte más grandes que el hombre haya jamás visto, pues ellas causan todavía nuestra admiración después de treinta o cuarenta siglos de existencia.
 
Cuando Salomón quiso fabricar su templo en Jerusalén, se dirigió al rey de Tyr, en Fenicia, para pedir los artistas y obreros de que él tenia necesidad; y después de su construcción, la guardia y administración del templo fueron confiadas al Gran Sacerdote.
 
En Grecia también los sacerdotes dirigían la construcción de los templos, y cuando salieron de sus bosques, pensaron colocar sus dioses en palacios y santuarios dignos; y las columnas con que adornaban esos edificios eran todavía para ellos un recuerdo de sus bosques sagrados, como los altares erigidos en los templos no eran otra cosa sino la representación de la cima glorificada de las altas montañas en donde sacrificaban antes al Dios de la naturaleza y del cielo. Según la Biblia, el pueblo no sacrificaba sino sobre las alturas, porque hasta entonces no se había alzado ningún templo a la gloria del Eterno Dios.
 
La manifestación del culto, rendido a la naturaleza o al autor de todas las cosas, cambiando de carácter en las diferentes edades de la humanidad, no se ha separado jamás del sentimiento primitivo conservado por la tradición, así como lo atestiguan las representaciones alegóricas o simbólicas que encontramos en los templos sagrados de todos los países.
 
Los pueblos semi-bárbaros sacrificaban y hacían sus ofrendas a Dios sobre las alturas, y cuando ellos se civilizaron y fabricaron los templos, tuvieron cuidado de fabricar todavía en el lugar más aparente una especie de altura, para servir a la celebración de los santos sacrificios, y por esta razón lo llamaron altar. Las familias y las tribus se agruparon muy pronto alrededor de esos templos, y formaron de este modo las pequeñas villas, los barrios, y más tarde las asociaciones de las villas ligadas entre sí por esa simpatía de ideas y esas conformidades de intereses que son el verdadero fundamento de las nacionalidades.
 
En esos templos, los sacerdotes enseñaban, al mismo tiempo que sus doctrinas, las ciencias y artes, aplicadas al desarrollo de los conocimientos útiles a la vida, y enseñaban a los hombres escogidos con discernimiento entre los más inteligentes y más sabios, dejando a la vulgaridad en la ignorancia de las verdades que ellos habían conocido, pensando sin duda, que debían limitarse a hablar sólo a la imaginación del pueblo, antes que hacerles las revelaciones que sus débiles inteligencias no habían podido comprender; o más bien, ellos quisieron reservarse exclusivamente los conocimientos que les aseguraban la dominación sobre una multitud ignorante y supersticiosa, lo que la forma teocrática de los primearos gobiernos en todos los pueblos parecía indicarles.
 
El arte de fabricar, generalizándose, se propagaba en el exterior de los templos, en razón de las diversas aplicaciones que recibió para responder a las necesidades de las poblaciones; los sacerdotes se reservaron solamente la dirección de la arquitectura sagrada. En Atenas, como en Roma, se formaron diversas asociaciones, o  corporaciones de obreros, y principalmente de arquitectos y albañiles constructores.

Numa Pompilio, gran sacerdote y rey de Roma, estableció las primeras Escuelas de artes y oficios (Collegia artiñcum), de donde salieron más tarde esos grandes arquitectos y constructores que cubrieron el suelo de Italia con monumentos magníficos, y dotaron lo demás de Europa de templos, palacios, circos, acueductos y carreteras que son todavía la admiración del mundo.

La antigua institución de los misterios cayó en decadencia por razones que sería prolijo y demasiado largo explicar aquí; esos principios y esas doctrinas pasaron en parte a las asociaciones de constructores que, celosos de conservar los secretos de su arte, adoptaron las formas y prácticas misteriosas de los templos para asegurar sus privilegios, y reconocerse entre ellos.


Esta opinión que emitimos aquí, lejos de ser una pura hipótesis filosófica, es una deducción lógica de ciertos hechos históricos, que tiene su fundamento; y Plutarco no nos deja duda alguna sobre este asunto cuando nos dice en la vida de Numa Pompilio:

"El reunió en un solo cuerpo a todos los artistas de un solo oficio, e instituyó las fiestas y las ceremonias de la religión convenientes de cada uno de los cuerpos. Por este lado, él fue el primero que desterró de Roma ese espíritu de partido que hacía pensar y decir a los unos que eran Sabinos, y a los otros que eran Romanos. De este modo, esta nueva división proporcionó realmente la mezcla, y, por decirlo así, la amalgama de todos los ciudadanos juntos".

Esas asociaciones se esparcieron bajo diferentes formas y diversos ritos por toda Europa, y sirvieron de fundamento y ejemplo a las cofradías o corporaciones de constructores y de Francmasones que se formaron por todas partes. Esta transformación, en la marcha de los antiguos misterios, era lógica y natural, pues la misma institución que había admirablemente servido al desarrollo de la civilización de los pueblos por la propagación y enseñanza de la agricultura, debía necesariamente continuar su obra favoreciendo y esparciendo la arquitectura, la industria y todas las artes de utilidad pública.

No hay duda que las instituciones efímeras o sin porvenir ni cambian, ni se transforman jamás; esas transformaciones son casi siempre un signo de progreso, pues el movimiento es la vida. Esas asociaciones misteriosas de constructores se pasaron con las armadas romanas a los Galos, y desde el siglo tercero de nuestra era, la historia las presenta en Inglaterra, bajo el reinado del emperador Galo Carausins que les donó diversos privilegios.

Como si el sacerdote no debiera jamás abandonar la alta dirección de los trabajos de arquitectura, vemos también en el siglo IV a muchos abades y obispos, ocupándose en trazar los planos de sus iglesias o de sus conventos, y dirigiendo ellos mismos la construcción.

San Martin, San Benito, San Albán y San Dunstan figuran en primera línea en el número de esos padres arquitectos, lo mismo que mas tarde, el célebre Hildebrando, convertido en Papa bajo, el nombre de Gregorio VII; parece, en fin, muy probable que fue al obispo San Bernardo de Habertstald a quien debernos la invención del estilo admirable llamado gótico, en arquitectura.

En esos tiempos en que todo estaba por hacer, la iglesia católica, lejos de perseguir á los Francmasones los protegía y sostenía, y los progresos de su asociación, durante la edad media, son debidos en gran parte al Papa Bonifacio IV, el cual publicó en el año 614, una bula, concediéndoles prerrogativas y privilegios que la hicieron ser una de las más independientes y de las más numerosas corporaciones del mundo.

Cerca de 660 años más tarde, otro Papa, Nicolás III, renovó también esos mismos privilegios en su favor. Los Francmasones modernos pueden, pues, exponer hoy en día esas bulas a los anatemas que más tarde, han sido dirigidos contra ellos por los mismos sucesores de esos primeros propagadores de la francmasonería.

El establecimiento de esas asociaciones entre los Galos, bajo la administración romana, lo mismo que bajo los reinados tan agitados de los primeros reyes francos, es probado por la historia; por todas partes, a través de los siglos, se encuentran señales del camino andado por ellos. Es probado también que los miembros de esas corporaciones, siguiendo el ejemplo de lo que se practicaba en los antiguos colegios romanos de constructores, tenían signos y aproximamientos misteriosos para reconocerse, que estaban unidos en conjunto por lazos muy estrechos, tales como aquellos que resultan de la fraternidad, de la solidaridad y hasta de la comunidad; además, sus símbolos, que nos son conocidos, debían estar necesariamente en comunicación con sus dogmas.

Han supuesto con razón, que esos signos y aproximamientos, y esos lazos fraternales y simbólicos eran los mismos que los adoptados por los masones modernos; y que a falta de documentos escritos, diversos monumentos fabricados por los miembros de esas asociaciones prueban la exactitud de esta afirmación con la representación inequívoca de un gran número de emblemas y de figuras simbólicas conocidas de los Francmasones.

Casi todas las catedrales de la edad media podrán presentar ejemplos; nos limitaremos a citar una sola. La catedral de Wurzburgo en Baviera, posee una magnífica sala para depositar los muertos; a cada lado de la puerta a la entrada está decorada con un grupo de columnas; sobre los chapiteles del grupo de la derecha, se lee con todas sus letras la inscripción misteriosa J .·. y sobre el grupo de la izquierda, al inscripción B.·.

Estos nombres son los mismos que designan las columnas de nuestros templos; y si se reflexiona que las puertas de estos no se abren para los profanos sino por la iniciación, y que iniciación quiere decir muerto, o sea renacimiento a otra vida, comprenderán fácilmente por que los masones constructores de Wurzburgo han colocado las inscripciones J .·. y B.·. sobre las columnas del vestíbulo que conduce al templo de los muertos, es decir, los iniciados a otra vida.

Los documentos escritos sobre los primeros tiempos a de esas sociedades o cofradías faltan en absoluto, y no es posible, sino por inducción, el seguir sus pasos en la historia.


Después de las leyes de Numa, y aquellas de las doce tablas que las reglamentan en parte, encontramos que en el siglo VII no recibían mas que a los hombres libres y de buenas costumbres de ahí probablemente viene la costumbre, conservada entre los francmasones, de preguntar todavía a los profanos que se presentan a la iniciación, si ellos son libres y de buenas costumbres.

Después, aquel que quería pasar a Maestro, debía probar que había viajado durante tres años, y que se había perfeccionado durante ese mismo tiempo en su arte; esta obligación recuerda los tres viajes que imponemos todavía a los profanos; viajes que son relativos a la vida del hombre, y se hacen progresivamente más fáciles como ya lo habéis visto, pero no son más que emblemáticos.

Los privilegios concedidos por los papas, emperadores y reyes de la cristiandad a esas sociedades o cofradías de constructores, les hicieron probablemente dar o tomar el título de Francmasones, pues esta calificación de franco es tomada en el sentido que ella había tenido en la edad media, de libre e independiente.


El H. Revold, en su historia de la Francmasonería, hace juiciosamente fijarse, que muchas veces esos hermanos masones se reunían en las iglesias, en los conventos y asilos, únicos lugares entonces en donde las ciencias y las artes podían refugiarse con toda seguridad y que sus reuniones se encontraban casi siempre presididas por un abad o un sacerdote, lo que motivó sin duda la costumbre de llamar al Presidente de los Francmasones Venerable Hermano o sea Venerable Maestro, costumbre que se ha conservado entre los Francmasones modernos.

Los primeros documentos que tenemos sobre la organización de esa sociedad, es la famosa carta de York, sancionada en el año 926 bajo la presidencia del Príncipe Edwyn, descendiente del Rey de Inglaterra Athestan, y en la cual están expuestos la mayor parte de los principios que nos sirven todavía de ley; ella hace mención igualmente del envío de un gran número de masones de Francia a Inglaterra hacia el año de 720 a 735, bajo el reinado de Carlos Martel.

Después, el primer monarca que parece haber protegido a las asociaciones de masones constructores en Escocia, fue el Rey David I, siendo bajo el reinado de su sucesor cuando se fabricó la famosa torre de Kilwining, tan célebre en los ritos escoceses.

En el año de 1314, la cofradía de los masones de Heredon recibió del Rey Roberto Bruce una gran prueba de estimación honorífica, y en el año de 1358, el Rey de Inglaterra Eduardo III confirmó y extendió los mismos privilegios concedidos a las asociaciones de constructores por los reyes anteriores.

En la edad media los masones constructores tenían por todas partes la misma organización y los mismos reglamentos. En el año 1292 había en Sienna, Italia, una Logia importante, de la que han dicho que la constitución existe todavía; en el siglo XIII, el célebre arquitecto Erwyn, de Steinbach era el Maestro de la de Strasburgo; en el año 1402, había en Orvietto una logia, de la cual el famoso Juan de Friburgo fue el Maestro; y en el año de 1459, la dieta de Colonia acordó que existían cuatro Logias Capitulares para toda Alemania.

Cuando pensamos que, en el tiempo de la ignorancia y de la barbarie en la edad media, el arte de la arquitectura es el único que se ha elevado, perfeccionado y conservado eminentemente, no podemos dejar de creer, que ese hecho singular ha debido ser producido por causas y medios extraordinarios; pues las obras más admirables han sido ejecutadas por artistas, casi todos desconocidos, en diferentes países y alejados los unos de los otros, en medio de guerras, continuas y de persecuciones de todo género y en una época en donde las ciencias y las artes estaban, todavía en las tinieblas; esas causas y esos medios no se pueden atribuir sino al poder del lazo de asociación que animaba a todos los masones constructores, artistas y arquitectos, a la excelencia de los principios, y de las doctrinas que ellos practicaban desde la antigüedad, y a los cuales ellos debían sus virtudes y la conservación de los secretos de su arte, en fin, a los beneficios de una institución liberal y respetada que poniéndolos por todas partes en relación de comunidad y de fraternidad, desarrollaba en ellos los sentimientos y las ideas que formularon caprichosamente en una especie de jeroglíficos arquitectónicos, que más tarde los pensadores y los filósofos vinieron a traducir para el pueblo en lengua vulgar.

Siempre y por todas partes el arte o la forma, la poesía y la imaginación caprichosa, parecía haber adelantado el pensamiento escrito, o indicar el fondo de la idea. De otro modo, esta, conformidad de ejecución, este orden y esta unidad en la dirección de los trabajos, ese respeto tradicional para el arte y las ciencias, no podrían ni explicarse, pero ni mucho menos comprenderse.

Los masones constructores, conservando el fuego sagrado del amor a las artes, a las ciencias y a la virtud, practicando ese espíritu de fraternidad y de solidaridad que los sostiene mutuamente y los protege hacia y contra todo, han continuado hasta el último siglo la tarea emprendida con tanta fe y ardor por los iniciados de la antigüedad; ellos han pues construido, por decirlo así, el puente misterioso que une a los antiguos misterios con la masonería moderna, el pasado con el porvenir.

Seríamos injustos al no reconocerlo. La franqueza y privilegios de que las corporaciones masónicas gozaban, en esos tiempos en que la seguridad individual, la propiedad y la libertad no tenían ninguna garantía, les dieron tanta importancia, que muchas personas enteramente extrañas al arte de la arquitectura solicitaron, y concluyeron por obtener a diferentes títulos, la afiliación entre esas sociedades; pero para distinguirlos de los miembros efectivos se les calificó con los nombres de miembros aceptados, es decir de miembros agregados a la corporación, sea como protectores, o sea para ya gozar de las ventajas unidas a ellos, y esta denominación fue la que el rito escocés antiguo y aceptado ha conservado en su título distintivo.

Poco a poco el arte de fabricar y las ciencias relativas a la arquitectura dejaron de ser objeto principal de esas corporaciones, porque la marcha de esa civilización, la paz y los progresos del espíritu humano, asegurando el libre ejercicio de las artes y de los oficios, vulgarizaron e hicieron inútiles todos los secretos que habían creído deber ocultar para conservarlos.

Desde que los Masones no constructores se encontraron en mayoría entre esas asociaciones, comprendieron el partido que podían sacar de una institución tan fecunda en lo bueno y en útiles resultados, y, para continuar la obra de los siglos en su desarrollo y sus consecuencias, ellos le hicieron sufrir una nueva transformación sin que por esto se alterasen en nada las tradiciones simbólicas de los antiguos misterios, tan fielmente conservados por los masones constructores, transformación idéntica a aquella que se había producido veinticinco siglos antes, cuando los símbolos de la agricultura fueron reemplazados por los de la arquitectura.

Fue este pensamiento puesto en obra por Bacon, ese genio del siglo XVI, y manifestado por primera vez bajo la forma de ritual masónico en el año de 1646, por Elias Ashmole, que sirvió de base a la francmasonería filosófica que practicamos hoy en día, y dio principio al rito moderno o Francés.

Una nueva era se abrió desde entonces para la francmasonería transformándose en una institución puramente filosófica, respondiendo de este modo a las necesidades de una época fértil en concesiones nuevas y fecundas, y en apreciaciones atrevidas y elevadas.

La sociedad entera iba a cambiar también, pues humanizando las leyes (por decirlo así ), o generalizándolas el arte se purifica y se vulgariza por todas partes, el hombre empieza a valer alguna cosa, las ciencias esparcen sus rayos por todo el mundo, la verdad se muestra menos tímida, la fuerza menos brutal, y en fin la vieja sociedad ignorante, absoluta, egoísta, esclava y bárbara expira y muere, y la nueva sociedad aparece en su cuna brillante de esperanza, de expansión y de amor.

La francmasonería, los constructores habían cumplido su tarea, ella no tenía nada más que hacer después de haber formado los arquitectos, los obreros, los artistas, los artesanos y los trabajadores. Los masones de práctica habían constituido los pueblos en hombres libres, fuertes y virtuosos, ellos no tenían nada que temer de que volviesen esclavos como en la antigüedad, pues enseñándoles el trabajo, los habían definitivamente hecho libres: el trabajo es lo que constituye sólidamente la verdadera independencia, al mismo tiempo que la más segura, y la más moral de las libertades.

La masonería entra pues, como lo ha dicho el ilustre H.·. Ragon, "en la era de la renovación ostensible de la filosofía de los antiguos misterios" ésta es la que nosotros recorremos, y los masones modernos sabrán ampliar su tarea, como los antiguos, no obstante los disgustos, obstáculos y persecuciones de que estamos rodeados todavía hoy en día.

Los masones de práctica, separándose de los francmasones, formaron entonces nuevas corporaciones de obreros, tales coma la de los compañeros del deber etc.,  corporaciones especiales, sociedades de socorros mutuos, que tienen también su objeto de utilidad y de beneficencia, pero no abrazan el horizonte inmenso que nuestra orden puede concebir.

Francmason quiere decir trabajador o sea libre pensador, y es en recuerdo de su origen el porque han conservado esta denominación; siendo por el mismo motivo el porque ellos han adoptado los útiles y emblemas característicos de los masones constructores; siguiendo en esto el ejemplo de los antiguos iniciados, cuyos emblemas eran el lenguaje, las alegorías, el pensamiento, y los símbolos su doctrina.

Me resta hacer mención aquí, para completar este resumen histórico, de la opinión fabulosa de algunos autores que hacen descender la francmasonería directamente de los Templarios; opinión de que quizás la vanidad de los hombres de esta época se ha servido más bien para propagar la idea que para establecer un hecho histórico; y que dejando de lado a las grandes asociaciones de quienes las huellas en la historia no dejan alguna duda, han solicitado el representar a, la francmasonería como una orden caballeresca, en lugar de presentarla bajo su verdadero carácter de colegio práctico de las ciencias y de las artes; escuela, universal de filosofía y de moral.



 

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