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lunes, 1 de enero de 2018

LAS HERRAMIENTAS DE LOS PRIMEROS VIAJES

 
¡Al Gran Hermes Trismegisto, el tres veces Grande, transmisor de La Sabiduría Divina; a las Musas, inspiradoras de las Ciencias y las Artes Sagradas, acójanme en su enthousiasmós divino para así poder escuchar la Música Celeste y unirme en esa música a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo!

No cabe la menor duda en el corazón de aquel que ha sido ini­ciado en la Masonería, heredera en Occidente de la Tradición, Uná­nime y Primordial, de que ha recibido una inmensa gracia que le sobrepasa y trasciende. Le ha sido transmitida la Luz, la influencia espiritual que ha despertado en él la conciencia del mundo Divino, Sagrado, misterioso y oculto, pero verdadero, perceptible, inteligible (real) que es su origen y verdadera identidad.
 
No es la luz bri­llante que distrae y deleita los sentidos, sino aquella que al cerrar los ojos, absorbe el recuerdo del presente eterno, el silencio, lo que siempre es, centro de donde todo emana y a donde todo vuelve. Brillo interior que reconoce el Cielo y la Tierra como la totalidad de una sola cosa, que todo lo abarca y que el hombre sintetiza y une, el cual tomando conciencia de su función unificadora logra que re­suene en él la Belleza de una única Realidad; el Principio en cuyo pensamiento todo es eternamente, el Principio de la luz infinita no manifestada. Luz que desciende por el Verbo y el soplo del espíritu fecundando toda la creación, manifestándose así el Principio, el Uno, en Todo.

Así ha sido penetrada, fecundada, el alma del recipiendario que se ha abierto a recibir la Luz de la Inteligencia, la gracia del Espíri­tu que sopla donde quiere y cuando quiere. Pero para que la Luz, el sonido inaudible, que yace inmanente en el hombre pueda des­plegarse, él deberá antes morir a todo lo aprehendido del medio profano que niega lo sagrado e impide que el alma pueda empren­der el viaje de las tinieblas: "A la luz, del caos al orden, de la potencia al acto" como dicen los Siete Maestros Masones.
 
El aprendiz ha pasado por su primera muerte simbólica, pero debe, a través de un proceso, morir verdaderamente al hombre viejo, ignorante, ilusorio, inexis­tente. Sumergido, se arrastra entre nubarrones, en la sombra, domi­nado por sus más obscuros instintos y lucubraciones, en su "protagonismo", en el error, a falta de una inteligencia ordenadora que lo acerque a su verdadera esencia.
 
En el rito de iniciación, el Ven.·. Maestro le dice al recién iniciado al término de su primer viaje:

- Caballero, el viaje simbólico que acaba de hacer es la imagen de la vida humana. Los ruidos que ha escuchado simbolizan las pasiones que la agitan; los obstáculos que ha encontrado significan las difi­cultades que le hombre sufre y que no puede vencer ni rebasar mientras no adquiera la fuerza espiritual y los conocimientos que le permitan luchar contra la adversidad, gracias también a la ayuda que pueda recibir de sus semejantes. Estas dificultades son mayo­res para los que no poseen la Luz, y que por ello ignoran las leyes profundas del Cosmos y obran muchas veces contra estas leyes.

La ascensión que Ud. ha intentado en estas circunstancias debía ser, fatalmente, seguida de una caída, que hubiera podido ser mortal, sin la ayuda de manos fraternas que le han sostenido en el momen­to más crítico.

Esta experiencia simbólica debe incitarle a la moderación en sus de­seos, a la prudencia en sus ímpetus; constituye "La prueba del Aire" de los antiguos Misterios que viene después de la “Prueba de la Tie­rra" que ha sufrido durante su estancia en la "Cámara de Reflexión".


Por eso se le dice al aprendiz que lo primero que debe hacer es pulir la Piedra Bruta, símbolo de su naturaleza grosera e imperfec­ta, con gran rigor y amor, ayudado por el Mazo, el Cincel y la Re­gla de 24 pulgadas, herramientas que le han sido dadas para estas primeras pruebas y que posibilitarán buscar dentro de sí, oculto en esa Piedra, su verdadero ser. La mente no puede con ella misma; no puede dominar sus pasiones, sus impulsos, las ilusiones, sus pensamientos automáticos aprehendidos del medio profano. Pero gracias a la influencia espiritual que ha recibido mediante el rito iniciático y la Inteligencia iluminadora que ha fecundado su alma, es que puede observar "un plano desde otro". Observa sus densidades, las pasiones, los "enemigos internos" que aparecen nomás pueden; se los aguanta y frenándolos, "poniéndose al orden", los disuelve en el fuego del amor, en la unión que se ha producido en el corazón por el rigor de la inteligencia que discierne y separa, pule y conduce a lo esencial y verdadero. Es la "recta intención", ese amor por la verdad, que hace posible que la fuerza de la voluntad pueda ejercer una acción real destruyendo todo lo superfluo, las adherencias que cubren lo esencial creando un espacio para que aflore la "presencia real" que yace inmanente en su seno. Así podrá emprender su viaje, primero separando y luego reuniendo lo disperso, hacia la reintegración de sí mismo y cumplir con su verdadero destino completando la obra inacabada de su Padre, como verdadero intermediario uniendo lo que no puede unirle si no es por mediación del hombre regenerado.

Sólo por la Gracia y la invocación desde lo más profundo del corazón es que puede verse desnudo, sin apariencia, en todo el do­lor de su imperfección y estupidez, pero también sólo por la gracia es que puede reconocerse en lo verdadero, mediante la inteligen­cia, el pensamiento, la meditación en el orden que le ha sido trans­mitido por la Iniciación, la Enseñanza y la Doctrina, conservadas en la tradición Hermética, Pitagórica y Masónica de modo perma­nente hasta nuestros días, revelada "más allá del tiempo". Esto es decir, en términos de la Tradición Masónica (Arca, Templo y modelo arquetípico), que el trabajo por el cual debe empezar todo aprendiz en la construcción de sí mismo, es pulir su Piedra Bruta, símbolo de la naturaleza deforme, imperfecta, inacabada y tam­bién caótica del hombre profano y del mundo que lo ha conforma­do.
 
Para poder darle forma acorde a su destino, debe ser tallada y pulida, simultánea y conjuntamente por el Cincel, que simboliza el rigor de la Inteligencia, rayo fecundador y ordenador, y el Mazo que simboliza la fuerza necesaria de la voluntad, que tiene que ejercer para golpear con firmeza las irregularidades, templando el carácter, separando lo sutil de lo grosero y denso, discerniendo lo sagrado de lo profano, lo falso de lo verdadero y eterno dando lu­gar al nacimiento del hijo del Cielo y la Tierra.

Es pues, en el dolor y el llanto, en el sacrificio, en el sufrimiento de desbastar la Piedra, el "hacer sagrado", en la realización de que no somos nada y la gran carcajada que esto también produce, en el reconocimiento de nuestra naturaleza grosera e imperfecta y su posibilidad de transformación, que se puede querer (que es una ac­ción de la voluntad) remontar a la plenitud del Padre; darse a luz a sí mismo, por sí mismo, en sí mismo.

Invocando constantemente ser guiado y protegido en todo mo­mento por los dioses, por Hermes, guía divino, desde las profundidades del infierno (lo inferior) a lo más alto de los cielos (los esta­dos superiores de ser), el aprendiz masón emprende la tarea de construir su templo interno a imagen del Orden Divino concebido en el pensamiento del Gran Arquitecto del Universo, y conociendo ose Orden, haciéndolo en sí a la Gloria de su Creador es que se re­conoce en su verdadera esencia, según lo revela la tradición.

Pero para que esta transformación, este orden, pueda operarse haciéndose real y las posibilidades inherentes al ser puedan des­plegarse y encarnarse, el aprendiz deberá mantener vivo el fuego interno, la pasión y el amor por el Conocimiento, penetrando en el rito, en el pensamiento de Aquel que todo lo concibe, en la recrea­ción constante del orden de la creación, de los atributos divinos, la meditación creativa y la invocación del corazón, el estudio y el descanso. Así como la Creación se manifiesta en el tiempo, ordena­do por las leyes y ciclos cósmicos, y en el siempre presente, así también el aprendiz deberá ordenar su tiempo y trabajar ardua­mente, día a día, momento a momento, ya que la construcción se hace en el tiempo, cíclico, con pautas e intervalos, y en el eterno presente. Este orden diario está simbolizado por la Regla de 24 pulgadas o divisiones que, como lo apunta el ritual de instrucción de Primer Grado:

... simboliza el día del masón, para quien todas las horas deben ser empleadas útilmente.

La Regla también es símbolo de la rectitud como el eje que porta el Maestro de Ceremonias en forma de bastón en las circunvalacio­nes alrededor del Ara o centro de la Logia, simbolizando la ley, la medida y por lo tanto el tiempo y los ciclos, las revoluciones de los planetas creando escalas, pautas, intervalos, términos que se manifiestan el plano horizontal por el movimiento aparente del sol en el día y en el año marcando las estaciones, el ritmo y el orden.

En la instrucción del Primer Grado le es preguntado al aprendiz:

- ¿En qué consiste el trabajo del aprendiz?

- En desbastar lo Piedra Bruta, a fin de despojarla de sus asperezas y acercarla a una forma en consonancia con su destino.

- ¿Cuál es la Piedra Bruta?

- Es el profano, producto grosero de la naturaleza, que el arte de la Masonería debe pulir y transformar.

- ¿Cuáles son las Herramientas del aprendiz?

- La Regla de 24 pulgadas, el Mazo y el Cincel.

- ¿Qué representan?

- La Regla de 24 divisiones recuerda la alegoría egipcia de las 24 puertas atravesadas por el sol en su marcha aparente, y simboliza el día del masón para quien todas las horas deben ser empleadas útilmente; el Mazo representa la Voluntad, normalmente aplicada a la transformación del Profano en Iniciado; el Cincel representa la inteligencia que perfecciona esta Gran Obra.


Entonces, acallando el ruido interno, los demonios, podrá entrar en el verdadero Silencio donde se une al Pensamiento Divino, a lo Verdadero, en el ahora y siempre donde todo es Uno. Sólo allí se puede pensar que la Piedra se pule de verdad en unión a la Vo­luntad Divina, según lo atestiguan unánimemente los textos sagra­dos, comenzando por el Corpus Hermeticum.
 
Este trazado pertenece al volumen de arquitectura:
La Logia Viva, Simbolismo y Masonería.
Publicado por Ed. Obelisco, Barcelona, julio 2006.




viernes, 1 de diciembre de 2017

EL SIGNIFICADO DE SER MASÓN


¿De dónde vengo? ¿Quién soy? y ¿A dónde voy?...

Preguntas que se plantea todo masón en cada etapa de su proceso iniciático, y que invocan a Mnemosine, diosa Memoria, indispensable para que devuelva el recuerdo, olvidado, de la Verdadera Identidad.

Conócete a ti mismo, dice la máxima hermética, origen y razón de todos nuestros traba­jos, sacrificios, búsquedas, estudios y más altos propósitos, que, de llevarlos a término, nos convierten en verdaderos héroes por las di­ficultades que este proceso implica, sobre todo el combate a muerte propiciado por Marte, dios de la guerra y el rigor intelectual, contra la falsa identidad, la ignorancia, los falsos egos, la inercia, la grave­dad, la ilusión; permitiendo que la Luz de la Inteligencia nos fecun­de haciendo inteligibles los Misterios del Ser, penetrando en el tiempo mítico, y fundiéndonos así en el fuego de la Unidad.

Primero habrá que remontarse al Origen, Divino, no profano, o sea, al Artífice, al G.-. A.-. D.-. U.-. cuyo Pensamiento todo ha conce­bido y concibe eternamente y que a través de su Sabiduría, el Verbo o la Palabra, produce el Fiat Lux fecundando con sus Chispas Divi­nas, en su Inteligencia Receptiva, la Potencia de Crear, dando ésta a su vez un Orden a toda la creación que se despliega por medio del movimiento, manifestando así sus atributos. Es decir, habremos de remontarnos a los Principios, a la Ontología, a la Tri-Unidad del Ser de donde emanan los tres principios: el activo, el receptivo y la unidad que los genera, une y conjuga, imprimiendo el Orden y las ideas Arquetípicas en cada uno de los tres planos o mundos jerarquizados en los que se manifiesta el tiempo como una imagen mó­vil de lo Eterno, dividiendo el espacio que es uno solo, dando forma a todos los seres y las cosas, concretándolos en la materia.

Este discurso, es posible gracias a una Doctrina, una Enseñanza y una Iniciación verdadera en los Misterios del Ser, que Isis vela y revela, y que por la Gracia del Espíritu, el soplo Divino, anima la materia muerta, fecundándola y haciendo posible que esa Luz que yace oculta dentro de la nuez o semilla, en las profundidades de la tierra, bote su cáscara y germine "dándose a luz" a sí misma, iluminando esa alma que habrá de volver a su origen atraída por aquello que reconoce como semejante, devolviéndole la Memoria de su Origen Divino; fecundándole con el ardor o amor por su verdadero Padre, olvidado en el descenso a lo múltiple y fragmentado, uniendo la Tierra, que le ha nutrido, al Cielo, por la atracción ejercida por el Principio de donde nunca se ha salido más que ilusoriamente.

La unidad se manifiesta a través de números, pues está escrito que:

"Dios hizo todas las cosas con número, peso y medida".

Este movimiento, a manera de una escala descendente por medio de la cual se manifiesta la unidad, también se puede ver en la serie numérica. Esta fragmentación de la unidad en lo múltiple la podemos observar claramente en el desarrollo de los primeros nueve números que manifiestan todo lo creado.

Los números son portadores de ideas-fuerza que permiten comprender la estructura y orden cósmico; nos indican cualidades del ser, medidas y proporciones que nos describen el desarrollo del discurso del Creador y la ruta de retorno a la unidad que todo lo contiene y que a su vez es inmóvil pues no hay nada fuera de ella. Es la primera determinación que al manifestarse lo hace polarizadamente en dos opuestos, o sea por una vertical que se refleja en la horizontal cruzándose en el centro formando una cruz, los que se conjugan y unen en este último siendo esa la dinámica de todo lo creado.

El número cinco es por excelencia el número del compañero.

El cinco está ubicado en el centro de los primeros nueve números lo cual lo signa como un intermediario entre la unidad o punto, y el nueve, circunferencia o periferia de la rueda, o sea, que viene a ser un número central donde se conjugan las dos polaridades: espíritu y materia, sintetizándose en perfecta unión; razón por la cual es el número con el que se identifica al hombre, siendo a éste a quien le toca unir Cielo y Tierra, arriba y abajo, en el centro de su ser. Visto bajo esta perspectiva podríamos decir que el cinco resulta de la suma del primer número par o sea el dos, femenino, y el tres, primer número impar, masculino, debido a lo cual es llamado "nupcial" por los pitagóricos, ya que efectivamente une y conjuga en sí estos dos principios.

Desde otro aspecto más elevado el cinco también nace de la suma de la unidad con el cuaternario o sea como la Quintaesencia o Eter que reúne en sí a los cuatro elementos desde donde emanan hacia afuera retornando a él, y a los cuatro mundos o planos que coexisten en el hombre; punto central, axial y polar de donde todo emana y a donde todo vuelve, sede o habitáculo de la unidad en el hombre, la Ciudad Celeste donde habitan los inmortales, los dioses y donde se sintetizan en Uno solo. También se puede ver a la Quintaesencia como la proyección vertical del punto desde el centro del cuadrado hacia el cenit, y polarizándose en dos opuestos desde esa sumidad hacia la base formando un triángulo que en el plano vendría a ser un cuadrado con un triángulo superior, imagen del Templo; en lo volumétrico, podría verse como un cubo con un triángulo equilátero con base cuadrada a modo de una pirámide superior formando una Piedra cúbica en punta, símbolo de la Perfección de la Obra.

El hombre, al poder ser inscrito dentro de una estrella de cinco puntas, y ésta a su vez dentro de un círculo, nos señala la analogía entre macro y microcosmos, o sea, que el hombre no sólo está contenido dentro de la totalidad simbolizada por el círculo, marcando sus límites que son análogos a los del macrocosmos, sino que siendo un espacio análogo, abarca todas las posibilidades en él contenidas. En otras palabras, podemos decir que el hombre está creado a imagen y semejanza del cosmos entero. Si buscamos con el compás el centro de esta figura veremos que éste se ubica en los genitales señalando de esta manera su potencia generativa y creadora, capaz de reproducir en sí mismo todo el orden cósmico. Esto nos conduce a considerar el lugar central que ocupa el hombre en el cosmos sintetizándolo todo en el centro de su corazón.

Podemos decir que aquel iniciado que ha logrado, a través de múltiples pruebas, estudios y trabajos pulir su Piedra bruta haciéndola poco a poco cúbica perfecta, ha comprendido que su verdadera función es restituir en sí mismo el lugar central que le ha sido dado y que le corresponde según el plan del G.·. A.·. D.·. U.·.. Su verdadero propósito es retornar a su origen divino y tomar conciencia de la divinidad en él y así poder unir la Tierra –todo ese mundo según lo perciben los sentidos, transformándolos,– al Cielo, a la realidad verdadera, divina y eterna en el centro de su ser donde el tiempo se detiene y asiste a las nupcias reales, simbolizadas por el resultado de la suma de los dos primeros números par e impar (2 y 3). Nupcias propiciadas por Venus y Amor generando un nuevo mundo análogo a aquel del Creador; o sea que no sólo une en su centro las dos energías cósmicas, positiva y negativa, sino también lo alto y lo bajo y lo de atrás y adelante, es decir, el pasado y futuro en el siempre presente donde el tiempo no es más que espacio único.

Como masones hemos recibido un legado revelado desde tiempos inmemoriales continuando así la cadena invisible de la Tradición de todos los tiempos –transmisión de la Sabiduría Perenne– resguardada en Occidente en la Masonería, recipiendaria de este tesoro del cual somos, a su vez, guardianes, receptores, conservadores y transmisores. De aquí la responsabilidad que nos toca conservando la Doctrina en toda su verdad y transmitiéndola a aquellos que aún tienen oídos para escuchar.

Al compañero le toca una función intermediaria, esto es, ayudando a aquellos aprendices que precisan de su apoyo y ánimo para continuar labrando su Piedra bruta dentro del orden que su grado precisa. Por otro lado, el compañero ayuda en todo lo posible al maestro haciendo cualquier trabajo que le sea requerido de buena gana y con amor. Sabemos que el trabajo por el trabajo mismo es un sinsentido, pero el trabajo encaminado al conocimiento de sí mismo y a la Gloria del G.·. A.·. D.·. U.·., glorifica al masón. Así lee el Recipiendario al final de su Quinto Viaje:

¡Gloria al Trabajo!

Con ese ánimo debemos emprender nuestras labores, aunque sabemos que las circunstancias de la vida muchas veces se nos presentan adversas.

Gracias a las herramientas que el Recipiendario recibió en sus Cuatro Viajes, dado que el Quinto y último lo efectuó con las manos vacías, ha podido seguir el camino vertical emprendido como aprendiz. Con la ayuda del Mazo y el Cincel, herramientas con las que hasta entonces había pulido su Piedra bruta, ahora rectifica, confirma y hace suyo lo aprendido y siendo uno con ello se encamina a transformarse en Piedra cúbica Perfecta. Nos recuerda el Muy Ven.·. Maestro:

Aprended a conocer bien vuestra profunda naturaleza, para no mentiros nunca a Vos mismo… deberéis des-arrollar vuestros cinco sentidos, porque constituyen el medio indispensable de control para esta búsqueda, como también son los útiles necesarios para la toma de contacto con el exterior.

Con la ayuda de la Palanca, en la que puede apoyarse con las dos manos, el ahora compañero multiplica su fuerza que hará posible se establezca y fije lo logrado hasta entonces, elevándose a lo más alto moviendo aquellos obstáculos de una vez por todas, ya que como dice el Ritual:

"… una voluntad inquebrantable, inteligente y desinteresada triunfa de todos los obstáculos".

Esta voluntad guiada por la Regla que recuerda la ley, la norma y direccionalidad a seguir, nos muestra la manera como hemos de emprender nuestra construcción:

"… sed una Columna viva que se eleve hacia lo alto, sin dejar de apoyarse en la Tierra que os ha dado la vida. Seréis así uno de los pilares inquebrantables de nuestro Templo".

La Plomada y el Nivel nos recuerdan que la verdad es vertical y que para que este edificio pueda elevarse, el terreno deberá estar perfectamente nivelado, o sea, que la tierra deberá estar a plomo con el Cielo para que la elevación del templo sea perfecta. Estas herramientas nos recuerdan las Artes Liberales de las cuales debe hacer uso el compañero en la penetración del Conocimiento del Ser, ya que estas artes y ciencias nos enseñan a conocer en profundidad el significado de la Palabra y del Logos espermático, el ritmo y la metría del cielo y la tierra, el movimiento de los astros, sus cualidades y los efectos que ejercen sobre los seres y las cosas, el devenir y todo el orden de lo creado, o sea las ideas y las formas por medio de las cuales se manifiesta el G.·. A.·. D.·. U.·., sin olvidar que siempre debe proceder con prudencia y modestia. Con la Escuadra, símbolo de rectitud e instrumento de arquitectura por el cual somos probados, podremos rectificar todos los ángulos de nuestra Piedra para que sea un cubo perfecto apto para ser colocado a la par de otras Piedras igualmente cúbicas, elevando así el Templo Universal a la Gloria del Gran Arquitecto.

Finalmente, la vista puesta en la misteriosa Letra G que resplandece en el centro de la Estrella Flamígera nos remite a considerar no sólo su ubicación central sino polar. Colocada, en el grado de compañero, en el lugar más elevado de Oriente entre el Sol y la Luna nos da a entender que esta Letra situada en el interior de la Estrella está simbolizando algo mucho más profundo y misterioso que lo que podría simbolizar cualquier palabra que empiece con la letra G latina, letra perteneciente a una lengua moderna. Recordando lo que nos dijo el Muy Venerable M.·. al ser esta Estrella desvelada:

"Hermano Recipiendario, considerad atentamente la Estrella Misteriosa cuyos rayos luminosos llaman por primera vez vuestra mirada. En su centro resplandece la Letra "G". Es el gran símbolo del Compañero y, como todos los símbolos, puede ser interpretado de diversas maneras. Mencionamos, en primer lugar, la interpretación tradicional dada por los antiguos manuales: "El Gran Arquitecto, creador del Mundo entero, o bien el que ha sido elevado hasta lo más alto del Templo sagrado".

A nuestro entender, este símbolo podría considerarse como el Principio Supremo, la Luz Divina o el Sol oculto en el Universo, la Estrella Polar de la cual pende la Plomada de la Deidad hasta el centro solar, o corazón del Hombre regenerado, de donde emana la revelación, la voz interior que guía al Compañero masón en los más profundos secretos, elevándolo por el eje hasta el Polo, a lo más alto del Templo, a la cúspide donde se funde en el fuego de la Unidad.

NOTA


Este trazado pertenece al volumen de arquitectura: "La Logia Viva, Simbolismo y Masonería", publicado por Ed. Obelisco, Barcelona



 

lunes, 20 de noviembre de 2017

SOBRE EL NOMBRE SIMBÓLICO

 
En el momento del nacimiento, y antes incluso, nuestros proge­nitores nos imponen un nombre, el cual servirá desde entonces para identificarnos, aportando además información sobre aspectos de nuestra naturaleza física y anímica. Este nombre es una de nuestras primeras señas de identidad, la cobertura más externa de nuestro ser y uno de los puntos de partida del autoconocimiento.
 
Con la Iniciación a los Misterios, que supone una primera muerte simbólica, y por tanto real, y un renacimiento simultáneo, el se­gundo nacimiento o la apertura a la sacralidad de la vida y de no­sotros mismos, se hace necesario descubrir el nuevo nombre que corresponde a una modalidad diferente del ser. A diferencia del primero, éste solamente puede designárselo uno mismo, lo cual da idea del proceso totalmente interior y esotérico que supone la Ini­ciación.

Después de la muerte iniciática supe que me llamaba María Magdalena, apelativo que sintetiza el error y el sin sentido en el que había vivido hasta entonces, entregada siempre a mil empre­sas exteriores, complacida en los egos, deseos y pasiones aunque siempre insatisfecha, y al mismo tiempo representa el descubri­miento de la posibilidad de empezar una vida nueva, real y con sentido vehiculada por los símbolos y ritos iniciáticos.

Más allá de una lectura puramente literal, descubrimos en Mag­dalena la mujer prostituta, el símbolo de ese aspecto femenino de cada ser humano que se libra a innumerables amantes, represen­tantes de los falsos masculinos con los que deseamos desposarnos, y que la hacen permanecer apegada al error, ignorancia y al olvido del Sí mismo. Así son las cosas cuando uno se aferra a la dimen­sión profana de su ser y del mundo. Pero Magdalena se arrepiente, en el sentido de reconocimiento de su error, y al derramar el perfu­me de nardo sobre la cabeza de Cristo, besar sus pies y enjugarlos con sus lágrimas y cabellos, representa a la humanidad entera re­gresando a su verdadero Esposo.

La feminidad inconsciente, que se traduce en un afán de gene­ración indefinido, insaciable y sin rumbo, se orienta hacia una actividad totalmente receptiva, hacia un desapego de todo lo superficial e ilusorio (ya sean prejuicios, egos, estereotipos, moralinas, etc.), y hacia una apertura a la dimensión sagrada de su ser. Magdalena es la que reconoce en Cristo el masculino con el que realizar las nupcias interiores y más allá de eso, el origen y destino, el principio y el fin de toda su labor.

Con Magdalena puede empezar la obra alquímica de transmu­tación, que simbólicamente se traduce en la realización de su primer nombre: María. Esta es el arquetipo de la Virgen-Madre-Esposa, el símbolo del alma individual y universal que debe someterse a un proceso de regeneración integral para poder ir siendo desposada por el Espíritu en los sucesivos matrimonios que pueblan el camino hacia la Liberación total de toda contingencia, y la consecución de lo que en el hinduismo se denomina la Identidad Suprema.

Después del aumento de salario a compañera reconocí un nue­vo nombre en mi interior: Estrella, como símbolo de una realidad más profunda de mi individualidad, y con tal nombre os ruego que me llaméis. R. Guénon, en el capítulo dedicado a los nombres profanos y simbólicos del libro Apreciaciones sobre la iniciación, dice así:

"Podemos ir aún más lejos: a cada grado de iniciación efectiva co­rresponde todavía otra modalidad del ser; aquel [refiriéndose al Iniciado] deberá pues recibir un nuevo nombre por cada uno de es­tos grados... Un nombre será tanto más verdadero cuando corres­pondo a una modalidad de orden más profundo ya que, por ello mismo, expresará alguna cosa que estará más próxima a la verdadera esencia del ser".
 
La Estrella Pentagramática es uno de los símbolos fundamenta­les del compañero masón. Situada sobre el sitial de la Ven.-. Maes­tra, entre el Sol radiante y la Luna espejante, decora el cielo del Oriente y es nuestra guía y esencia como compañeras.
 
Recordemos la carta XVII del Tarot que lleva dicho nombre, y en la que aparece una mujer desnuda, cubierta todavía de una túnica de piel, libe­rándose de toda atadura y prejuicio, abierta a los efluvios celestes simbolizados por las ocho estrellas que bañan su cabeza. Imagen arquetípica del hombre nuevo, regenerado por el mensaje univer­sal de la Tradición, ésta no opone ninguna resistencia a la llamada del Espíritu, tan es así que su vacuidad le permite oír nuevas voces y mensajes representados por el pájaro negro, mensajero de los dioses y memoria de todo lo que aún debe ir muriendo. Esta carta es un canto a la poética, al arte de conocerse a sí mismo, a la natu­raleza como vehículo de dicho conocimiento, a la belleza del uni­verso como expresión de la Verdad inexpresable, a la fluidez de todo cuanto se sabe que parte de un todo indivisible.

Y en medio de este cántico el ser humano deviene un interme­diario entre lo alto y lo bajo, que recibe y da y nada guarda para sí, ni su propio paso por este estado del ser universal, hecho que que­da reflejado en las dos vasijas que sostiene la mujer cuyo contenido acuoso es derramado al caudal de la vida. La larga cabellera azul que cubre su cabeza a modo de cascada nos sugiere que el dominio que se nos brinda como soporte, estudio y meditación es el del alma, individual y universal, mas recordando que es el Espíritu el que alumbra todo conocimiento. El suelo sobre el que se apoya es dorado, presagio de la tierra prometida, de las delicias que aguar­dan a todo ser que decide entregarse a la aventura de conocerse a Sí mismo y encarnar y ser uno con el Misterio insondable.

Para terminar recordaremos un nuevo fragmento del capítulo del hermano R. Guénon citado anteriormente:

"Ahora bien, todo lo que hemos dicho hasta aquí de esta multiplici­dad de nombres que representan otras tantas modalidades del ser, se relaciona únicamente con extensiones de la individualidad hu­mana comprendidas en su realización integral, es decir, iniciáticamente, con el dominio de los "misterios menores", tal como lo explicaremos a continuación de una manera más precisa. Cuando el sol pasa a los "misterios mayores", es decir, a la realización de esta­dos supraindividuales, pasa por ello mismo más allá del nombre y de la forma, ya que, como enseña la doctrina hindú, éstos (nâma-rûpa) son las expresiones respectivas de la esencia y de la substancia de la individualidad. Tal ser, en verdad, ya no tiene nombre, ya que éste es una limitación de la cual está liberado en lo sucesivo; él podrá, si ha lugar, adoptar cualquier nombre para manifestarse en el dominio individual, pero ese nombre no le afectará de ninguna manera y le será tan "accidental" como una simple vestidura que se puedo quitar o cambiar a voluntad.

Así pues, estos nombres simbólicos son el revestimiento, el ropaje con el que se cubre el ser, que a lo largo del camino iniciático debe ir siendo desenmascarado, para dar nacimiento a ese verdadero NOMBRE que somos y que en sí es impronunciable, sin atributo, sin medida, que todo lo es y no lo es.
 
 
Este trazado pertenece al volumen de arquitectura:
La Logia Viva, Simbolismo y Masonería, publicado por Ed. Obelisco.
Barcelona, julio 2006.




domingo, 19 de noviembre de 2017

¡HUZEI, HUZEI, HUZEI!


Es de la expresión Huzei, que está relacionada con la Fuerza que emana del Gran Arquitecto del Universo, de donde el masón extrae su fuerza, y es por eso que los hermanos la repetimos con gran energía, tanto durante el rito de apertura de la Logia como en el de su clausura, y en esta alocución participan todos los miembros del taller.
 
Concretamente la "aclamación escocesa" ¡Huzei, Huzei, Huzei! se pronuncia justo después de haberse consagrado el Templo a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo y a petición del Venerable Maestro que pide a todos que le asistan con fuerza y júbilo en la ofrenda de los trabajos que acaban de iniciarse. Lo cual indica que estos deben ser emprendidos con energía, y vividos como un res­cate de la luz oculta entre las tinieblas que supone el mundo profa­no, equivalente a un viaje simbólico en busca del conocimiento que se opone a la ignorancia.

Nuevamente, y a petición del Venerable Maestro, la expresión se repite en el momento en que los trabajos se cierran y los herma­nos están prontos a separarse y por tanto necesitados de ánimo para mantener despierta y en alerta la conciencia una vez clausura­da la hora de la reunión.

La aclamación ¡Huzei, Huzei, Huzei!, va seguida de la divisa "Li­bertad, Igualdad, Fraternidad" y es, además, la proclama con la cual todos los asistentes a una tenida celebran unánimemente con alegría, algún acontecimiento que tenga que ver con el bien gene­ral de la Orden, de la Logia o de algún hermano en particular.

Pero sobre todo la aclamación escocesa, como la divisa "Liber­tad, Igualdad, Fraternidad", o también el "¡Viva, Viva, Siempre Viva!" que se emplea en otros Ritos, es una exclamación de poder tal cual son todas las palabras de invocación al ánimo y al valor con el cual deben acometerse las grandes empresas, aquellas don­de es de vital importancia para asegurarse la victoria, mantener la unidad de las voluntades, pues ya se sabe que es en la unión don­de está la fuerza. Por eso, esa arenga, es un grito que proclama la imperiosa necesidad que hay en el Mundo de alcanzar la unidad entre los hombres y como mínimo, entre todos los masones, pues aunque participemos de Ritos diferentes lo que cuenta, al fin y al cabo, es que todos juntos conformemos la Gran Logia de la Maso­nería, representada por cada una de sus Obediencias y talleres donde se repite con el ánimo adecuado ese grito de invocación uní­sono de glorificación a una idea, la Unidad del Ser, simbolizada por la unión entre los hermanos de la Logia que hacen la proclama.

En verdad, sólo después de esta aclamación unánime, ¡todos a una!, comienzan verdaderamente a ejecutarse los trabajos de una logia, pues si la primera parte del ritual de una tenida tiene que ver con los símbolos y los ritos de fundación y consagración del es­pacio, este clamor alienta a la acción, aunque no a cualquier acción, sino a un estado del alma similar a poseer una determinada ener­gía con la cual ayudarnos a lograr la unión perfecta entre los her­manos con el fin de que podamos, todos juntos, expandir la luz obtenida a través del rito regenerador, en todos los ámbitos de nuestra vida.

Sin embargo el poder de esta aclamación, que la Logia vive como acto expansivo, activo y yang, sólo es efectivo, no lo olvide­mos, si nace de una íntima concentración, de un silencio interno y de un corazón sincero por parte de cada uno de los miembros que la proclama, y cuya confianza la tenga depositada en el estudio y la meditación de los símbolos que la Masonería tiene a nuestro al­cance, de tal modo que sea de esa revelación directa, obtenida del esfuerzo del propio trabajo de donde cada uno de los hermanos extraiga la fuerza que finalmente ayude a construir la Logia. Ya que la alianza entre los hermanos es el símbolo de la Unidad del Gran Arquitecto que desdoblándose en miríadas de seres produce la manifestación, siendo esta la verdad que protegemos en nues­tros corazones, la que nos une a todos los verdaderos iniciados y es por cierto, y valga la paradoja, el secreto masónico que con mayor ardor se grita y símbolo del misterio de la confraternidad.
 
Porque el masón, el verdadero masón, no trabaja con hipótesis, ni especulaciones, ni está interesado en las luchas de poder tanto políticas como religiosas, negocios éstos abocados al fracaso por cuanto abonan las mentes de aquellos que las disputan haciendo nacer en ellos la discordia, camuflada en los separatismos, los fa­natismos, las injusticias y las corrupciones del planeta, todo lo cual es una ofensa a la Diosa Inteligencia, abanderada de la causa masónica. Nuestro objetivo es construir el Templo Universal, cuyos planos siguen las leyes de la Cosmogonía diseñadas por el G.·. A.·. D.·. U.·.
 
La Masonería es una escuela de aprendizaje, una vía hermética e intelectual de la doctrina tradicional transmisora, a través del rito y del simbolismo constructivo, de una enseñanza ancestral basada en la Ciencia de las analogías y las correspondencias, capaz de ayu­darnos a desentrañar el misterio del cosmos y de todos los seres que lo habitan. Es pues propio de la Vía Simbólica mediar entre los distintos niveles de la realidad empezando por el descubrimiento de la propia identidad, puente hacia el Conocimiento esencial.
 
Es mediante la Ciencia Simbólica, que nos enseña a descubrir el Or­den Universal, que podemos comprender lo absurdo de las discor­dancias entre los seres, lo cual es una ilusión burda nacida de la ignorancia y del fanatismo. La falta de conocimiento de ese Orden se traduce, entre otras cosas, en una total ausencia de valores que han abocado al fracaso a los hombres de hoy.

Por eso los grandes iniciados, y los auténticos maestros de todas las tradiciones siempre nos instan a que investiguemos los secretos de la Cosmogonía, a que conozcamos sus leyes, y a que construya­mos con conocimiento. Recordándonos que nuestros símbolos no son alegorías, son una ciencia hermética, tradicional, verdadera y muy efectiva. Alertándonos además que debemos mantenernos atentos, y no faltar al deber: expandir la luz en el Mundo.

Hay que imponerse a la estulticia y anunciar que sólo el Cono­cimiento hace libres a los hombres y nos da la medida de nuestra propia dimensión, clamar que el espíritu y la materia, que el cielo y la tierra, conforman un todo jerarquizado, y que es el hombre, el iniciado, el que establece la comunicación entre ambos.

Comprobemos cómo los masones, los verdaderos masones, los maestros herméticos, nunca se conformaron a la injusticia, a la fal­ta de escrúpulos, a la falta de libertad para el crecimiento de los pueblos, difundiendo en cambio la Cultura, difundiendo la Ciencia Sagrada. Nuestros útiles, nuestras herramientas, nuestros símbolos no dejan resquicio al equívoco. La construcción ha de ser siempre vertical, siempre ascendente, trabajando constantemente a la Glo­ria de Aquel que nos da la fuerza, el Gran Arquitecto del Universo, al que ofrecemos todos nuestros esfuerzos y en el que está perma­nentemente depositada nuestra esperanza.

Fuente:
La Logia Viva - Siete Maestros Masones
 
 
 
 

viernes, 24 de junio de 2016

LIBERTAD, IGUALDAD, FRATERNIDAD


"Libertad, Igualdad, Fraternidad", como todos sabemos, es una divisa de nuestra Orden. La Libertad está relacionada con la Sabiduría; "la verdad os hará libres" dice el Evangelio; también con la Escuadra de brazos desiguales, emblema del Ven.·. Maestro de la logia.
 
El hombre libre es aquel que permaneciendo en la horizon­tal es guiado por la vertical; en la Escuadra, horizontal y vertical se unen en un punto, ese punto común es el centro del que dimana la acción del hombre libre que, situado en la horizontal, esta abierto a los influjos liberadores del cielo.
 
Como el Loco del Tarot, camina sin mirar a derecha ni a izquierda. Así como el comodín reemplaza a cualquier carta, el Loco es el hombre que asumiendo su papel de intermediario entre el Cielo y la Tierra, está a la orden siendo así instrumento allí donde se le indique. No importa cómo ni cuándo estará dispuesto pues, liberado de todo deseo, o interés, puede asumir cualquier papel o función.
 
La Igualdad podemos relacionarla con el Nivel, con la Fuerza.

Saberse iguales a los demás, no en la forma, sino en la esencia, es reconocer un Origen común; Origen que a la vez es nuestro Destino. Esto lo ha olvidado la civilización occidental, que ha consegui­do en su carrera hacia el individualismo más atroz un anonimato liberal y social para la inmensa mayoría de sus miembros. Por una mal entendida igualdad está llegando a la uniformidad.
 
¿Cómo puede sentirse un miembro de una comunidad que sabe que no es necesario ni importante en ella?
 
¿Qué cualquier otro puede ocupar su lugar?
 
En lo laboral uno hace un trabajo como podría hacer otro, es una cosa u otra según lo hayan determinado las circunstancias; incluso aun cuando haya sido por propia elección, está igualmente mediatizada, pues en una sociedad como esta nada guía al individuo a conocer su verdadera naturaleza; y por tanto a saber cuál es su lugar, su función dentro del conjunto.

Las cosas están mucho mejor diseñadas de lo que el hombre cree; no hay en la creación piezas repetidas, inútiles o secundarias; por el contrario cada criatura tiene su lugar, su función única e in­transferible, pues su misma existencia responde a ella. Somos hijos únicos de un mismo Padre, ahí reside la maravilla de la igualdad de los hombres, de los seres.
 
La manifestación es la concreción, la multiplicación, el despliegue de una potencia generadora que en sí misma es una y que no sale de sí misma, de ahí se contempla como Una en la multiplicidad de sus hijos que sólo, aparentemente, dejan de estar en ella cuando miran egoístamente hacia sí mismos y desconociendo y profanando las leyes que rigen el Cosmos, del que forman parte, se consideran acabados y limitados por facultades que no van más allá de lo individual; con lo cual, ellos, en toda su ignorancia, dictan normas, establecen formas de vida, se preocu­pan desaforadamente en conseguir independencia, autonomía, etc. No es de extrañar que los miembros de esta sociedad busquen tan­to la libertad, la igualdad, pues verdaderamente la han perdido; pero la buscan, en una dirección equivocada, invertida podríamos decir.

El hombre alejándose de la Unidad se sumerge en la uniformi­dad, en el anonimato, en la soledad; no hay selva ni desierto peor que las grandes ciudades modernas.

Finalmente la Fraternidad podemos relacionarla con la Belleza y con el emblema del 2º Vig.·. de la Logia, es decir la Plomada.

Acaso la Fraternidad sea de las tres la más difícil de entender.
 
Hemos podido comprobar que muchas veces en las Logias la fra­ternidad es entendida en su sentido más chato y horizontal; no nos referimos a aquellas Logias donde en nombre de la fraternidad lo que se da es el amiguismo más burdo; si no que queremos señalar que la fraternidad, el afecto, cuando no está guiado por la Sabidu­ría, por el amor a ella, puede convertirse en un verdadero obstácu­lo; como un cemento que amalgama aquello que debería ser disuelto.

Cuando lo que reúne a los hermanos es la búsqueda de la Ver­dad, y el trabajo es a la A.·. L.·. G.·. D.·. G.·. A.·. D.·. U.·., el afecto entre ellos es algo espontáneo y natural, como no podría ser de otro modo. Ahora bien, cuando se busca el afecto (teñido de paternalismo o de cualquier otro ismo del tipo) olvidando así el trabajo, o invirtiendo el orden de prioridades los resultados no son sino problemas, choques, dependencias, presiones, pequeñeces, asuntos de poder.
 
Todo eso con la mejor voluntad de aquellos que entien­den la fraternidad como algo almibarado y se mueven en la horizontal, olvidando que es en la vertical, en la Plomada, donde hay que poner el acento para así verdaderamente ser, aunque eso le cueste a uno estar completamente solo.
 
Únicamente cuando uno renuncia a la compañía la encuentra verdaderamente:

“En la Unidad no hay soledad ni miedo.”

Como siempre en este trabajo la renuncia interna es necesaria para que se nos dé, sin peligro, aquello a lo que renunciamos. Es también por eso que cuanto uno da más, más recibe, cuanto más se entrega más dueño es de sí mismo, cuanto más sirve, mayor es su autonomía.

Queridos hermanos, quiera el G.·. A.·. D.·. U.·. que la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad sean una realidad en nosotros y en nuestro Taller.

 
 
 
 
 

lunes, 13 de junio de 2016

EL TRABAJO DEL APRENDIZ MASÓN

 
La Masonería proviene de una iniciación de oficio derivada de las corporaciones de constructores medievales, las que le han transmitido su estructura, grados iniciáticos y su simbólica relacio­nada con el Arte de Construir.
 
En toda Civilización tradicional cualquier actividad humana es considerada como derivada de los principios vigentes. Este vínculo provoca una "transformación" en la actividad humana que pasa a integrarse en la tradición, consti­tuyendo así, para aquel que la realiza, un medio de participación efectiva en ella, lo que significa que reviste un carácter estricta­mente "sagrado" y "ritual".

La Masonería trabaja, simbólica y ritualmente en la edificación del templo universal a la Gloria del Gran Arquitecto, principio es­piritual que dirige sus trabajos y cuya "influencia" es transmitida en la iniciación al neófito.

Esta construcción es simultáneamente interior y exterior; inte­rior en cuanto el masón es él mismo un templo en el que se mani­fiesta el espíritu, exterior en cuanto que es una piedra del templo que levanta junto a sus hermanos de todos los tiempos "extendidos sobre toda la superficie de la tierra".

Participar de esta Obra, ser obrero activo en esta construcción requiere un aprendizaje del oficio, lo que incluye el manejo de las herramientas y el conocimiento de las reglas correspondientes que rigen la edificación; este aprendizaje constituye la base del trabajo interior y supone una verdadera ascesis tendente a la obtención del Conocimiento.

Respecto al término "ascesis" y su verdadero significado citare­mos al hermano Rene Guénon:

La palabra ascesis designa propiamente un esfuerzo metódico para alcanzar un cierto objetivo, y más particularmente un objetivo de orden espiritual.

El catecismo del Aprendiz define claramente en qué consiste su trabajo que no es sino desbastar la Piedra Bruta, a fin de despojarla de sus asperezas y acercarla a una forma en consonancia con su destino. 


Esa Piedra Bruta es el símbolo del Aprendiz, la piedra que habiendo sido extraída de la cantera del mundo profano es traslada­da al Atrio del Templo, lugar donde trabajan los aprendices.

Desbastar la Piedra quiere decir despojarse de los prejuicios, creencias, opiniones y valores que han sido aprendidos y asumidos como propios a través de la educación, costumbres y ambiente profanos, mundo al que en su proceso iniciático el Aprendiz debe morir para renacer como Hombre Nuevo.

Para acometer semejante tarea, el Oficio proporciona al iniciado tres herramientas esenciales; el Mazo, el Cincel y la Regla de 24 pulgadas.

El Mazo simboliza la fuerza de la voluntad, es el impulso de querer despojar a la Piedra de sus imperfecciones, lo que implica que el Aprendiz debe reconocer y abandonar los múltiples egos que dan forma a su individualidad, tan irreales e impermanentes los unos como la otra.

Manejar el Mazo requiere destreza, hay que aprender a graduar la fuerza y la intensidad del golpe. Golpear con excesivo ardor puede hacer que la Piedra se rompa haciéndola inadecuada para su colocación en el Templo, por el contrario golpear sin la suficien­te fuerza puede hacer imposible su desbastado. De la misma ma­nera, golpear con mucha rapidez puede llegar a fatigar al Apren­diz y hacerle errar la precisión necesaria del golpe, realizarlo con lentitud puede hacerlo indolente y no digno de pertenecer al ofi­cio.

La segunda herramienta, complementaria del Mazo, es el Cin­cel, símbolo de la inteligencia y el discernimiento; dirige con preci­sión la fuerza del Mazo; relacionado con el rayo es la Luz que golpe a golpe va penetrando en el corazón, disipando las tinieblas de la ignorancia y ordenando el caos interior.

Para que el Cincel sea plenamente efectivo es necesario que se mantenga perfectamente afilado mediante la meditación y el estu­dio de los códigos simbólicos correspondientes.

El trabajo masónico requiere paciencia y perseverancia, es un Arte que se practica las 24 horas del día, no en vano se afirma que el masón lleva consigo su propia logia.

La Regla de 24 pulgadas, tercera de las herramientas, es el sím­bolo de la Ley y la rectitud, es la norma que permite al aprendiz realizar su trabajo "rectamente".

Guénon señala que la regla conlleva la noción de ritmo, pues si se divide la Regla de 24 pulgadas entre dos, obtenemos dos de 12 pulgadas cada una, de las cuales, 12 se corresponderían con el ciclo ascendente del día y doce con el ciclo descendente, por esténsión día y noche, inspiración y expiración... etc.

Todo Arte o Ciencia tradicional reviste un carácter sagrado y ritual; si efectivamente el trabajo del Apren­diz es fundamentalmente el realizado sobre la Piedra, este no puede ser cumplido de cualquier manera, antes bien debe estar signado por ese carácter sagrado y ritual, siendo la Plomada del Hermano Seg:. Vig:. quien le indica cómo hacerlo.

Por un lado simboliza la dirección y el sentido hacia donde debe dirigir su intención que no puede ser sino vertical y hacia lo Alto, y por otro lado y simultáneamente, al estar suspendida en lo alto y ser su sentido descendente simbolizando las influencias ce­lestes que fecundan las Tierras Vírgenes -el propio Aprendiz- le muestra la actitud de perfecta receptividad que debe presidir su actividad, no dando nada por sabido y estando abierto a toda posibilidad ofrecida por el propio proceso iniciático.

En cuanto a los trabajos del aprendiz lo primero es llevar la idea de rito a todos los ámbitos de la vida y su cotidianidad personal, y lo segundo es saber que esto no debe realizarse nunca de manera lite­ral, de una forma lineal, sino que más bien se trata de "vivir al ritmo del compás cósmico, advirtiendo la sacralidad del entorno físico-anímico derivado de un ser espiritual, tan invisible como inteligen­te".

 

 

EL APRENDIZ MASÓN


Situado, jerárquicamente hablando, en la base de la construcción sin ella nada se realizaría. Es el comienzo, y la parte necesaria­mente más sólida, no se permiten aquí filigranas ni arabescos; los cimientos se hunden en la tierra para que el edificio pueda elevar­se. La tarea del aprendiz, en cierto modo, como la construcción de los cimientos, es dura y oscura pero imprescindible.


Se dice que el recién iniciado es como un niño que acaba de na­cer y está, por lo que respecta a ese nuevo mundo o plano, en idén­tica situación. Conviene al aprendiz tener presente esta situación de precariedad al comenzar su trabajo en el tallado de la Piedra. Este, como dicen los alquimistas respecto al mantenimiento del fuego de la Obra, ha de ser constante, ni muy fuerte ni muy débil; en el primer caso se corre peligro de romper la Piedra, o sea, en tér­minos alquímicos, de quemar la cocción; en caso de ser débil, el fuego puede no lograr cocer nada y la Piedra no ser desbastada.

Para el trabajo el iniciado dispone de algunas herramientas; y, gracias a éste, va aprendiendo a utilizarlas; en un comienzo el Cincel y el Mazo, relacionados con la recta intención y la voluntad. Ambos, Mazo y Cincel, han de trabajar conjuntamente, sin violen­cia pero con la fuerza y la suficiente precisión para que la Piedra pueda ser liberada de sus aristas.
 
Añadiremos a estas herramientas otro compañero de viaje que no ha de faltar al aprendiz: el silencio, que le ayudará a recogerse, a retirarse hacia el centro para emerger desde allí.
 
En algunas Logias se recuerda a los hermanos que el aprendiz no tiene voz ni voto.

Después de un primer periodo llamado propiamente de apren­dizaje, uno puede empezar a trabajar pero le es imposible decir que ya terminó de aprender; así también, el verdadero masón se considerará siempre aprendiz, sea cual sea el grado que ostente y el salario que reciba, ya que la Enseñanza se irá haciendo en él, en la medida en que se vuelque en ella.
 
La Iniciación es la transmisión de una influencia espiritual; ésta, en principio virtual, se va actua­lizando en la medida que el iniciado, siempre A L:. G:. D:. G:. A:. D:. U:., se pone manos a la obra.

En el camino del conocimiento se impone un abandono de los egos que usurpan la identidad del Ser, hay que desenmascararlos, con paciencia y sin contemplaciones, sin apego ninguno a algo que realmente no es, lo cual, por cierto, nos lleva a la liberación progre­siva de nosotros mismos y por tanto a la Libertad.

Entre los números es el tres el relacionado con el grado de aprendiz: tres son los viajes en el rito de iniciación, tres años su edad, tres los pasos de su marcha con la que rompe el ritmo de su andar en el mundo profano y penetra en el templo.

Deshacerse de ese hombre viejo es trabajo del aprendiz quien, situado al norte, en el frío, donde apenas llega la luz del sol trabaja para alcanzar ese Sol, buscándolo en sí mismo.


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