lunes, 1 de enero de 2018

LAS HERRAMIENTAS DE LOS PRIMEROS VIAJES

 
¡Al Gran Hermes Trismegisto, el tres veces Grande, transmisor de La Sabiduría Divina; a las Musas, inspiradoras de las Ciencias y las Artes Sagradas, acójanme en su enthousiasmós divino para así poder escuchar la Música Celeste y unirme en esa música a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo!

No cabe la menor duda en el corazón de aquel que ha sido ini­ciado en la Masonería, heredera en Occidente de la Tradición, Uná­nime y Primordial, de que ha recibido una inmensa gracia que le sobrepasa y trasciende. Le ha sido transmitida la Luz, la influencia espiritual que ha despertado en él la conciencia del mundo Divino, Sagrado, misterioso y oculto, pero verdadero, perceptible, inteligible (real) que es su origen y verdadera identidad.
 
No es la luz bri­llante que distrae y deleita los sentidos, sino aquella que al cerrar los ojos, absorbe el recuerdo del presente eterno, el silencio, lo que siempre es, centro de donde todo emana y a donde todo vuelve. Brillo interior que reconoce el Cielo y la Tierra como la totalidad de una sola cosa, que todo lo abarca y que el hombre sintetiza y une, el cual tomando conciencia de su función unificadora logra que re­suene en él la Belleza de una única Realidad; el Principio en cuyo pensamiento todo es eternamente, el Principio de la luz infinita no manifestada. Luz que desciende por el Verbo y el soplo del espíritu fecundando toda la creación, manifestándose así el Principio, el Uno, en Todo.

Así ha sido penetrada, fecundada, el alma del recipiendario que se ha abierto a recibir la Luz de la Inteligencia, la gracia del Espíri­tu que sopla donde quiere y cuando quiere. Pero para que la Luz, el sonido inaudible, que yace inmanente en el hombre pueda des­plegarse, él deberá antes morir a todo lo aprehendido del medio profano que niega lo sagrado e impide que el alma pueda empren­der el viaje de las tinieblas: "A la luz, del caos al orden, de la potencia al acto" como dicen los Siete Maestros Masones.
 
El aprendiz ha pasado por su primera muerte simbólica, pero debe, a través de un proceso, morir verdaderamente al hombre viejo, ignorante, ilusorio, inexis­tente. Sumergido, se arrastra entre nubarrones, en la sombra, domi­nado por sus más obscuros instintos y lucubraciones, en su "protagonismo", en el error, a falta de una inteligencia ordenadora que lo acerque a su verdadera esencia.
 
En el rito de iniciación, el Ven.·. Maestro le dice al recién iniciado al término de su primer viaje:

- Caballero, el viaje simbólico que acaba de hacer es la imagen de la vida humana. Los ruidos que ha escuchado simbolizan las pasiones que la agitan; los obstáculos que ha encontrado significan las difi­cultades que le hombre sufre y que no puede vencer ni rebasar mientras no adquiera la fuerza espiritual y los conocimientos que le permitan luchar contra la adversidad, gracias también a la ayuda que pueda recibir de sus semejantes. Estas dificultades son mayo­res para los que no poseen la Luz, y que por ello ignoran las leyes profundas del Cosmos y obran muchas veces contra estas leyes.

La ascensión que Ud. ha intentado en estas circunstancias debía ser, fatalmente, seguida de una caída, que hubiera podido ser mortal, sin la ayuda de manos fraternas que le han sostenido en el momen­to más crítico.

Esta experiencia simbólica debe incitarle a la moderación en sus de­seos, a la prudencia en sus ímpetus; constituye "La prueba del Aire" de los antiguos Misterios que viene después de la “Prueba de la Tie­rra" que ha sufrido durante su estancia en la "Cámara de Reflexión".


Por eso se le dice al aprendiz que lo primero que debe hacer es pulir la Piedra Bruta, símbolo de su naturaleza grosera e imperfec­ta, con gran rigor y amor, ayudado por el Mazo, el Cincel y la Re­gla de 24 pulgadas, herramientas que le han sido dadas para estas primeras pruebas y que posibilitarán buscar dentro de sí, oculto en esa Piedra, su verdadero ser. La mente no puede con ella misma; no puede dominar sus pasiones, sus impulsos, las ilusiones, sus pensamientos automáticos aprehendidos del medio profano. Pero gracias a la influencia espiritual que ha recibido mediante el rito iniciático y la Inteligencia iluminadora que ha fecundado su alma, es que puede observar "un plano desde otro". Observa sus densidades, las pasiones, los "enemigos internos" que aparecen nomás pueden; se los aguanta y frenándolos, "poniéndose al orden", los disuelve en el fuego del amor, en la unión que se ha producido en el corazón por el rigor de la inteligencia que discierne y separa, pule y conduce a lo esencial y verdadero. Es la "recta intención", ese amor por la verdad, que hace posible que la fuerza de la voluntad pueda ejercer una acción real destruyendo todo lo superfluo, las adherencias que cubren lo esencial creando un espacio para que aflore la "presencia real" que yace inmanente en su seno. Así podrá emprender su viaje, primero separando y luego reuniendo lo disperso, hacia la reintegración de sí mismo y cumplir con su verdadero destino completando la obra inacabada de su Padre, como verdadero intermediario uniendo lo que no puede unirle si no es por mediación del hombre regenerado.

Sólo por la Gracia y la invocación desde lo más profundo del corazón es que puede verse desnudo, sin apariencia, en todo el do­lor de su imperfección y estupidez, pero también sólo por la gracia es que puede reconocerse en lo verdadero, mediante la inteligen­cia, el pensamiento, la meditación en el orden que le ha sido trans­mitido por la Iniciación, la Enseñanza y la Doctrina, conservadas en la tradición Hermética, Pitagórica y Masónica de modo perma­nente hasta nuestros días, revelada "más allá del tiempo". Esto es decir, en términos de la Tradición Masónica (Arca, Templo y modelo arquetípico), que el trabajo por el cual debe empezar todo aprendiz en la construcción de sí mismo, es pulir su Piedra Bruta, símbolo de la naturaleza deforme, imperfecta, inacabada y tam­bién caótica del hombre profano y del mundo que lo ha conforma­do.
 
Para poder darle forma acorde a su destino, debe ser tallada y pulida, simultánea y conjuntamente por el Cincel, que simboliza el rigor de la Inteligencia, rayo fecundador y ordenador, y el Mazo que simboliza la fuerza necesaria de la voluntad, que tiene que ejercer para golpear con firmeza las irregularidades, templando el carácter, separando lo sutil de lo grosero y denso, discerniendo lo sagrado de lo profano, lo falso de lo verdadero y eterno dando lu­gar al nacimiento del hijo del Cielo y la Tierra.

Es pues, en el dolor y el llanto, en el sacrificio, en el sufrimiento de desbastar la Piedra, el "hacer sagrado", en la realización de que no somos nada y la gran carcajada que esto también produce, en el reconocimiento de nuestra naturaleza grosera e imperfecta y su posibilidad de transformación, que se puede querer (que es una ac­ción de la voluntad) remontar a la plenitud del Padre; darse a luz a sí mismo, por sí mismo, en sí mismo.

Invocando constantemente ser guiado y protegido en todo mo­mento por los dioses, por Hermes, guía divino, desde las profundidades del infierno (lo inferior) a lo más alto de los cielos (los esta­dos superiores de ser), el aprendiz masón emprende la tarea de construir su templo interno a imagen del Orden Divino concebido en el pensamiento del Gran Arquitecto del Universo, y conociendo ose Orden, haciéndolo en sí a la Gloria de su Creador es que se re­conoce en su verdadera esencia, según lo revela la tradición.

Pero para que esta transformación, este orden, pueda operarse haciéndose real y las posibilidades inherentes al ser puedan des­plegarse y encarnarse, el aprendiz deberá mantener vivo el fuego interno, la pasión y el amor por el Conocimiento, penetrando en el rito, en el pensamiento de Aquel que todo lo concibe, en la recrea­ción constante del orden de la creación, de los atributos divinos, la meditación creativa y la invocación del corazón, el estudio y el descanso. Así como la Creación se manifiesta en el tiempo, ordena­do por las leyes y ciclos cósmicos, y en el siempre presente, así también el aprendiz deberá ordenar su tiempo y trabajar ardua­mente, día a día, momento a momento, ya que la construcción se hace en el tiempo, cíclico, con pautas e intervalos, y en el eterno presente. Este orden diario está simbolizado por la Regla de 24 pulgadas o divisiones que, como lo apunta el ritual de instrucción de Primer Grado:

... simboliza el día del masón, para quien todas las horas deben ser empleadas útilmente.

La Regla también es símbolo de la rectitud como el eje que porta el Maestro de Ceremonias en forma de bastón en las circunvalacio­nes alrededor del Ara o centro de la Logia, simbolizando la ley, la medida y por lo tanto el tiempo y los ciclos, las revoluciones de los planetas creando escalas, pautas, intervalos, términos que se manifiestan el plano horizontal por el movimiento aparente del sol en el día y en el año marcando las estaciones, el ritmo y el orden.

En la instrucción del Primer Grado le es preguntado al aprendiz:

- ¿En qué consiste el trabajo del aprendiz?

- En desbastar lo Piedra Bruta, a fin de despojarla de sus asperezas y acercarla a una forma en consonancia con su destino.

- ¿Cuál es la Piedra Bruta?

- Es el profano, producto grosero de la naturaleza, que el arte de la Masonería debe pulir y transformar.

- ¿Cuáles son las Herramientas del aprendiz?

- La Regla de 24 pulgadas, el Mazo y el Cincel.

- ¿Qué representan?

- La Regla de 24 divisiones recuerda la alegoría egipcia de las 24 puertas atravesadas por el sol en su marcha aparente, y simboliza el día del masón para quien todas las horas deben ser empleadas útilmente; el Mazo representa la Voluntad, normalmente aplicada a la transformación del Profano en Iniciado; el Cincel representa la inteligencia que perfecciona esta Gran Obra.


Entonces, acallando el ruido interno, los demonios, podrá entrar en el verdadero Silencio donde se une al Pensamiento Divino, a lo Verdadero, en el ahora y siempre donde todo es Uno. Sólo allí se puede pensar que la Piedra se pule de verdad en unión a la Vo­luntad Divina, según lo atestiguan unánimemente los textos sagra­dos, comenzando por el Corpus Hermeticum.
 
Este trazado pertenece al volumen de arquitectura:
La Logia Viva, Simbolismo y Masonería.
Publicado por Ed. Obelisco, Barcelona, julio 2006.




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