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lunes, 29 de octubre de 2018

INTERPRETACION ASTROLOGICA DE LA LEYENDA DE HIRAM


 
Doce, corresponde a la división más antigua y más natural del círculo, dado por dos diámetros que se cortan a ángulos rectos, y por cuatro arcos del mismo radio que la circunferencia, trazados, tomando como centros, las extremidades de la cruz.

Esta división ha sido aplicada al cielo, es decir, y hablando más exactamente, al zodiaco, determinando en él, doce espacios iguales que el Sol recorre con regularidad en su curso anual aparente alrededor de la Tierra. A las constelaciones que coincidían con estos espacios, les han dado sus nombres, tomados de los animales o de seres animados. Así se formó el duodenario zodiacal, cuyo simbolismo es de extrema importancia; porque el año viene a ser así, el prototipo de todos los ciclos, alegorizando tanto las fases de la vida humana, como las de la iniciación.
 
En los misterios de Ceres, el iniciado compartía, en efecto, los destinos del grano confiado al suelo. Como este grano, debía sufrir la influencia solar para desarrollarse y fructificar, y pasar por esa concatenación de metamorfosis, de la que resulta la revolución circular de la vida; cada signo del zodiaco, toma, desde este punto de vista, una significación particular, que nos esforzaremos en fijar, después de haber dado algunas indicaciones generales sobre el simbolismo de los doce signos.

Cada signo queda caracterizado por un planeta y por un elemento. Veamos qué resulta de ahí, respecto a la iniciación.


ARIES. Fuego. Marte. Es el Azufre de los alquimistas. Fuego constructor interno, estimulante de todo crecimiento y de todo desarrollo. Aletargado durante el invierno, despierta en la primavera, hace germinar el grano y provoca la eclosión de las yemas. Representa la iniciativa individual, que se desprende bajo el impulso de una influencia exterior general, como la energía aprisionada en el germen, entra en obra a la señal del Sol. El ardor iniciático conduce a buscar la iniciación.

TAURO. Tierra. Venus. La Sal, materia receptiva en la cual la fecundación se efectúa. La elaboración interior. Cuidadosamente preparado, el recipiendario es admitido a las pruebas iniciáticas.

GEMINIS. Aire. Mercurio. Los hijos de la tierra fecundada por el Fuego. El doble mercurio de los alquimistas simbolizado por dos serpientes o por una serpiente de dos cabezas. La vitalidad constructiva y organizante. La sublimación de la materia en la flor que se abre. El neófito recibe la Luz.

CANCER. Agua. Luna. La savia llena las formas que alcanzan su plenitud. La vegetación es lujuriosa. Es la estación de las hojas, de la hierba y de las legumbres; pero los granos y los frutos aún están verdes. Los días son largos y la luz abunda. El iniciado se instruye asimilándose la enseñanza iniciática.

LEO. Fuego. Sol. Habiéndose terminado la obra constructiva del ardor sulfuroso e interno de Aries, el fuego externo interviene para sacar y matar todo cuanto sea construcción acuosa, para cocer y madurar la cubierta de los granos maduros. La razón implacable, ejerce su crítica rigurosa sobre todas las nociones recibidas. El iniciado, controla por sí mismo, con severidad, las ideas que han podido seducirle.

VIRGO. Tierra. Mercurio. La sustancia fecunda, esposa virginal del fuego fecunda, después del parto vuelve a ser virgen. La cosecha está madura y el calor menos tórrido. Habiendo ya elegido sus materias de construcción, el iniciado, los reúne para desbastarlos y tallarlos, según el destino que piensa darles.

LIBRA. Aire. Venus. Equilibrio de las fuerzas constructoras y destructoras. Madurez: el fruto en todo su sabor. El compañero en condición de desplegar su máximo de actividad últimamente aplicada.

ESCORPIO. Agua. Marte. La masa acuosa fermenta. Los elementos de la construcción vital se disocian, atraídos por nuevas combinaciones. Desorganización revolucionaria. El sol precipita su caída hacia el hemisferio austral. Complot de los malos compañeros. Hiram es herido de muerte.


SAGITARIO. Fuego. Júpiter. El espíritu animador se desprende del cadáver y se eleva en las alturas. La naturaleza toma un aspecto desolador. Los obreros abandonados, sin dirección, se lamentan y se dispersan para buscar el cuerpo del maestro asesinado.

CAPRICORNIO. Tierra. Saturno. Nada vive ya: sustancia terrestre está inerte, pasiva; pero fecundable. La tumba de Hiram es descubierta, gracias a la rama de acacia, único vestigio de la vida desaparecida.

ACUARIO. Aire. Saturno. Los elementos constructores se reconstituyen en la tierra reposada, que se prepara a nuevos esfuerzos generadores. Se satura de dinamismo vitalizante. Se exhuma el cadáver del arquitecto y se forma la cadena para resucitarlo.

PISCIS. Agua. Júpiter. El hielo se rompe; las nieves se funden, y el suelo abreva los fluidos propios para ser vitalizados. Se alargan los días rápidamente y el reino de la luz se afirma. Hiram ha resucitado y vuelve a tener conciencia: Se ha encontrado la palabra perdida.



 

martes, 26 de junio de 2018

LA ASTROLOGÍA Y LOS FALSOS ORÁCULOS


No hemos de caer en la vulgaridad ni incurrir en la injusticia de tildar de supersticiosos o de impostores a cuantos se consagraron al cultivo de la magia en las remotas edades. La ciencia, aun la verdadera, la única digna de este nombre, ha sido oculta, o como diríamos ahora monopolizada, mientras la división de castas ha levantado infranqueables barreras entre las clases sabias y ese vulgo ignorante del cual nos habla Quinto Curcio con tan notable desenfado.
 
Explicarle a esta muchedumbre indocta las causas y la trascendencia de los fenómenos que le llenaban de admiración, sin sentirse capaz de comprender su índole y genuina significación, habría sido para los privilegiados de la ciencia un verdadero sacrilegio. Hoy que esta es patrimonio de todos y fruto del esfuerzo individual unido a la libre y colectiva actividad de las generaciones, nos cuesta mucho trabajo comprender que hayan podido existir semejantes misterios en mengua de la humana dignidad y del progreso de los pueblos; pero este asombro, sin duda muy justificado, no puede ser parte a impedir que sea este un hecho rigurosamente histórico, reproducido en varias civilizaciones por espacio de muchos siglos.

Hay más aun: en aquellos climas espléndidos de Oriente en cuya tibia atmósfera se desarrollan con tan prodigiosa fecundidad los más copudos árboles, los más frondosos arbustos, las más aromáticas flores de la tierra; en donde las aves ostentan más vistoso plumaje y las selvas están pobladas de los más arrogantes y majestuosos modelos del reino zoológico, el hombre exclusivamente consagrado  a la meditación ha de sentir por necesidad subyugada su mente por la irresistible influencia de aquella poesía incomparable que de todas partes hace brotar la pródiga naturaleza.
 
Es este un fenómeno que se revela en todas las obras de la imaginación oriental. Ahora bien: ¿seria absurdo suponer que el sacerdote convencido de hallarse en posesión de las grandes verdades religiosas y científicas, cuyo conocimiento estaba vedado al común de los mortales, sintiese vacilar su buen sentido en sus noches de solitaria contemplación, y que al escudriñar los infinitos espacios de aquel firmamento purísimo, llegase a figurarse que el mismo Creador se dignaba revelar a tan privilegiada criatura los arcanos de lo por venir? ¿Seria absurdo suponer que en esas horas de indecible arrobamiento llegase a confundir la austera embriaguez que es la preciada recompensa del estudioso, con la engañosa ilusión del visionario hasta el punto de creerse en relación directa e inmediata con el Alina del Universo, madre de todas las manifestaciones de la vida? Por nuestra parte creemos que no.

Sea como fuere, conviene no echar en olvido al tratar de la ciencia astronómica de los egipcios, que si bien ellos comunicaron a Grecia y a Roma las teorías astrológicas, créese fundadamente que no llegaron a cultivar con éxito completo la astronomía hasta que llegó a su mayor desenvolvimiento la escuela de Alejandría.
 
Esta aserción se apoya en dos razones que no dejan de tener mucho peso: es la primera la de que son griegas las figuras de las constelaciones y no tienen la menor analogía con los bajos-relieves del antiguo Egipto, y la segunda el hecho tan elocuente de no tener sino once signos el Zodíaco entre los griegos hasta el siglo III antes de J. C, lo cual no deja de quitar una gran parte de su prestigio de antigüedad al horóscopo que anteriormente describimos.

También conocieron los egipcios la superstición de los oráculos, siendo celebérrimo el de Buto, diosa antiquísima en la cual vieron los griegos una representación de la Noche, el Caos y las Tinieblas.

En la villa que llevaba el nombre de esta deidad, le edificaron un grandioso templo cuyos pórticos tenían diez brazas de altura. Cerca de este templo había un lago muy extenso y profundo, y en él una isla que decían ser flotante, en la cual crecían sin cultivo muchísimas palmeras y otros árboles frutales. Buto escondió allí a Horus cuando lo buscaba Set para matarlo y no sabia Isis cómo preservarlo de su saña. Como se ve, la diosa Buto representaba un importantísimo papel en la leyenda principal de la mitología egipcia. Herodoto confunde, al tratar de este oráculo, a Isis y Horus con Deméter y Apolo.

No era este el único oráculo que se conocía y veneraba en Egipto, y lo prueba una tradición referente al rey Amasis:
 
Era este soberano de extirpe plebeya y al principio de su reinado dieron sus súbditos en despreciarle por la humildad de su origen; pero él, que tenia el entendimiento agudo y el genio perseverante, apeló a un ingenioso ardid para granjearse su estima. Entre otros objetos de gran precio, se veía en su palacio un gran lebrillo de oro, en el cual solían lavarse los pies el monarca y los magnates que comían a su mesa. Lo hizo fundir y lo trasformó en la estatua de un dios que mandó colocar en el sitio más visible de la ciudad. Se juntó al punto el gentío para admirarla y todos le tributaron culto.

No bien lo supo Amasis, cuando mandó que compareciesen a su presencia los murmuradores, y después de haberles declarado la procedencia del ídolo, les dijo:

- Lo mismo me pasa a mí: yo antes era plebeyo; pero ahora soy vuestro rey y os invito a tributarme el honor y el respeto que me debéis.

Ante la fuerza de tan sutil argumento, cesaron desde aquel día las murmuraciones.

Tenia este monarca la costumbre de chancearse con sus cortesanos y dedicar a frívolos pasatiempos los ratos que le dejaban libres las tareas de la gobernación del Estado, y como se atreviesen algunos de sus amigos a reprocharle esta conducta como indigna de un gran rey, les replicó:

- ¿No sabéis que el arco no se tiende sino cuando es preciso, porque de otro modo se rompería? Lo mismo es el hombre: si se aplicase constantemente a cosas serías sin tomar ningún descanso ni consagrar ningún rato al esparcimiento del ánimo, acabaría por volverse loco o idiota. Por esto me place repartir el tiempo entre los negocios serios y los placeres.

Estas dos anécdotas parecen demostrar que el tal Amasis tenia un carácter eminentemente filosófico; mas la Historia nos lo pinta como un rematado calavera.

Parece ser que cuando Amasis no era más que un simple particular, huía sistemáticamente de toda ocupación seria y nada le gustaba tanto como beber y holgar y derrochar el tiempo en francachelas y jolgorios. Como esto le salía muy caro y no siempre se hallaba en disposición de pagar sus placeres al contado y él no tenia bastante fuerza de voluntad para privarse de ellos, robaba cuanto podía. Alguna vez hubieron de quejarse los perjudicados y negando él descaradamente el delito, le llevaron ante el oráculo del lugar, el cual unas veces lo condenó y otras lo absolvió, declarándolo puro de toda mancha.
 
En cuanto se hubo sentado en el trono, despreció a los dioses que le hablan declarado inocente, descuidó sus templos y no quiso ofrecerles ningún sacrificio, juzgándolos indignos de todo culto porque eran falsos oráculos; pero tuvo por buenos y veneró muchísimo a los que le habían condenado.
 
 
 

sábado, 23 de junio de 2018

LOS COMIENZOS DE LA ASTROLOGÍA


En Babilonia los astrólogos gozaban de un crédito muy especial entre los Magos, así por sus conocimientos verdaderamente científicos, como por el ostentoso aparato con que habían sabido revestir sus teorías acerca de la relación misteriosa que suponían existir entre los astros y los fenómenos acaecidos en nuestro suelo.
 
Se ha dicho que ellos hablan inventado el Zodíaco, cuyos doce signos eran regidos por otras tantas divinidades que presidian respectivamente los doce meses del año; que cada uno de estos meses los dividieron en tres partes, presididos por otras tantas estrellas.
 
Había divinidades encargadas de la dirección de los sucesos que acontecían sobre la superficie de la tierra y otras que velaban por lo que pasaba debajo de ella. El planeta más venerado por la excelencia de sus revelaciones, era Saturno, según Diodoro de Sicilia.

Según la relativa posición de los planetas con respecto a las constelaciones del Zodíaco, predecían los astrólogos los futuros destinos de las personas que iban a consultarles para conocer la suerte que les esperaba en este valle de lágrimas.

Todo esto es ya muy conocido. Tampoco diremos nada nuevo al recordar que los caldeos, como los hindús y en general todos los pueblos orientales, creían hallar la profética revelación de lo venidero, no solo en los incidentes acaecidos en los sacrificios, sino hasta en los más insignificantes sucesos, que por interesada superchería y aun a veces por verdadera superstición consideraban como agüeros favorables o adversos que el cielo enviaba a los mortales.

En Egipto se consagraron los hombres ilustrados con tanto entusiasmo a la astrología, que merced a las muchas analogías que tuvo entre ellos esta ciencia con la de los caldeos, llegó a discutirse con mucho empeño a cuál de estos pueblos debía atribuirse tan maravilloso descubrimiento.

Habían los egipcios consagrado los días y los meses del año a diversas divinidades y se reputaron sobresalientes en el arte de sacar el horóscopo de los hombres por la observación de las conjunciones de los astros, prediciendo la suerte de los que les consultaban y la clase de muerte que les esperaba. Fueron también muy diligentes en la observación de los prodigios y llevados de un inmoderado afán de generalizar anotaban los acontecimientos que en pos de ellos sucedían, convencidos de que en iguales circunstancias hablan de reproducirse puntualmente los mismos fenómenos.

Sin embargo, en Egipto no había adivinos inspirados y de oficio como entre los griegos, sino que se reservaba este cometido a la casta sacerdotal, intérprete de los dioses.

Como quiera que sea, ello es positivo que el nombre más ilustre que puede citarse en la materia, es el del famosísimo Hermes, al cual llamaron los antiguos Trismegisto, que quiere decir tres veces grande. A él atribulan los egipcios la invención de la astronomía y las ciencias ocultas y muy especialmente le veneraron en todos tiempos los alquimistas como en su lugar lo veremos. Se le ha considerado generalmente como la verdadera personificación del sacerdocio egipcio y aunque se tienen por apócrifos los libros a él atribuidos, no dejan por esto de ser una preciosa recopilación de las teorías admitidas por el sacerdocio del antiguo Egipto.

Ya hemos visto el extraordinario prestigio de que disfrutaban estos entre todas las clases de la sociedad. Con todo, nada puede dar a nuestro juicio una idea más justa de la consideración que disfrutaban en la antigua edad, que la curiosa anécdota que refiere Quinto Curcio en el libro IV de su Vida de Alejandro.

Dice de este modo el gran historiador:

«Después de haber acampado el rey dos días en aquel lugar mandó que anunciasen su marcha para el día siguiente. Pero al llegar la noche, estando claro y sereno el firmamento vio apagándose la luz de la luna, apareciendo por momentos este astro como manchado y tinto en sangre. Como esto acontecía precisamente la víspera de librarse una gran batalla, cuyo éxito era objeto de general preocupación, todo el ejército se sintió profundamente turbado por un religioso sentimiento que no tardó en convertirse en verdadero espanto.


Clamaban todos a porfía que el cielo hacia aparecer visiblemente las señales de su cólera, que contra la voluntad de los dioses se les llevaba a las extremidades de la tierra; que los ríos se oponían a su paso y los astros les negaban su ordinaria claridad; que no encontraban más que desiertos y espantosas soledades y que era insensato que para satisfacer la vanidad de un solo hombre tantos millares de hombres hubiesen de prodigar su sangre, y que esto era aun mucho más desagradable tratándose de un caudillo que menospreciaba su patria, que renegaba de su padre y pretendía pasar por un Dios.

Estos murmullos habrían sin duda terminado convirtiéndose en una verdadera sedición; pero Alejandro, que era hombre a quien nada de este mundo podía admirar, hizo llamar a su tienda a los jefes principales del ejército y ordenó a los adivinos egipcios a quienes creía más versados en la ciencia de los astros que le manifestasen su parecer acerca de aquel suceso.

Ellos, que sabían muy bien que los cuerpos celestes tienen sus revoluciones y sus periodos y que el eclipse de luna se realiza cuando la oscurece la sombra de la tierra, no explican al vulgo el secreto de su arte y se contentaron con afirmar categóricamente que el sol era favorable a los griegos y la luna propicia a los persas y que esta no se eclipsaba jamás sin amenazar a estos pueblos con una terrible calamidad; lo que apoyaron con muchos ejemplos tomados de la historia de los reyes de Persia, de los cuales dijeron que los eclipses de luna hablan sido siempre para ellos mensajeros de sangrientas derrotas. 


No hay nada tan poderoso como la superstición para enfrentar al populacho. Por inconstante y furioso que sea, basta que turbe su ánimo una vana imagen de religión para que obedezca mucho mejor a los adivinos que a sus caudillos. No bien se hubo divulgado entre las tropas esta respuesta de los egipcios, cuando de improviso renacieron las esperanzas y se reanimó el valor en todos los corazones.»

 

jueves, 21 de junio de 2018

LAS CONSTELACIONES DEL ZODÍACO Y EL DESTINO DE LOS HOMBRES



El nombre más ilustre que puede citarse en materia astrológica, es el del famosísimo Hermes, al cual llamaron los antiguos Trismegisto, que quiere decir tres veces grande. A él atribulan los egipcios la invención de la astronomía y las ciencias ocultas y muy especialmente le veneraron en todos tiempos los alquimistas como en su lugar lo veremos. Se le ha considerado generalmente como la verdadera personificación del sacerdocio egipcio y aunque se tienen por apócrifos los libros a él atribuidos, no dejan por esto de ser una preciosa recopilación de las teorías admitidas y explotadas por el sacerdocio del antiguo Egipto.
 
No hay duda que los sacerdotes egipcios conservaron su extraordinario ascendiente sobre la sociedad con el prestigio maravilloso de sus adivinaciones y el imponente aparato que empleaban para iniciar en los misterios sagrados a las pocas personas a las cuales juzgaban dignas de tan insigne distinción.

El erudito autor de la Historia de la Magia,  nos ha dado noticias muy concretas y precisas acerca de la disposición del zodíaco como libro profético y respecto a la teoría del horóscopo, que él define diciendo que es el cuadro figurativo de los signos y radiaciones misteriosas, cuyas combinaciones explicadas por una doctrina general y tradicional permiten presentir desde el nacimiento de un niño los bienes y los males de que se compondrá su existencia.

Para mayor claridad de su descripción la hace ir acompañada de extensas explicaciones acerca del que se llamó con toda propiedad el planisferio del cielo fatídico, haciendo notar que presenta la zona circular del zodíaco dividida en sus doce partes iguales o Casas, cada una de las cuales contiene un signo y su número correspondiente, desde Aries que es el primero, hasta Piscis que es el último.

Esta zona se subdivide por una cruz, cuya extremidad superior, que corresponde al número X, señala el centro del cielo o sea el zenit. La extremidad inferior, que corresponde al número IV, señala el fondo del cielo, el hipogeo, el nadir. Los brazos de la cruz, señalan a la izquierda el oriente, que corresponde al número I y a la derecha el occidente que corresponde al número VII.

Los arcanos de la Casa I, Punto cardinal de oriente, contienen, según nos explica el mismo autor, las probabilidades de longevidad, el misterio del temperamento físico y de las aptitudes intelectuales y morales.

La Casa II recibe los arcanos del bien material de la riqueza en numerario de las ganancias producidas por el trabajo, la industria o el juego.

En la Casa III se encuentra todo lo concerniente a las relaciones entre hermanos, hermanas y próximos parientes; las relaciones contraídas a poca distancia y los pequeños viajes.

La Casa IV, en el fondo del cielo, punto cardinal del Septentrión, recoge cuanto hace relación al padre, a la madre, los antepasados, las cosas ignoradas u ocultas y la propiedad del suelo.

La Casa V pertenece a los presagios de buena fortuna venidera, a las ligeras satisfacciones de la existencia y a la procreación de los hijos.

La Casa VI contiene el pronóstico de las enfermedades más o menos graves, de las tribulaciones más o menos serias que puede encontrar el hombre según su condición social en sus relaciones con los subalternos, súbditos, servidores o vecinos.

La Casa VII, punto cardinal de occidente, abraza todo lo relativo a las alianzas en general y al matrimonio en particular, encontrándose en ella, por la analogía de los contrarios, todo lo referente a las contestaciones, los procesos, las enemistades declaradas y la guerra.

En la Casa VIII, se encuentra la respuesta a las preguntas relativas a la muerte natural o violenta y a las esperanzas de heredar o de recibir imprevistas donaciones.

En la Casa IX, se hallan respuestas correspondientes a las cuestiones religiosas y a los viajes remotos por mar y tierra.

La Casa X, punto culminante del horóscopo, revela el destino ascendente o precipitado; todo lo relativo a los honores y dignidades, las probabilidades de elevación y de estabilidad y las de decadencia y ruina.

En la Casa XI, se agrupan las relaciones de amistad, de benevolencia, de favor o de apoyo.

Por último, en la Casa XII se encuentran las persecuciones, las prescripciones, el cautiverio, el destierro, los grandes infortunios de toda especie, los enemigos ocultos y sus asechanzas.

Hay en este dibujo una estrella de doce puntas trazada por cuatro triángulos equiláteros y concéntricos, cuyos vértices corresponden a las casas y a los números I, IV, VII y X, esto es, a los cuatro puntos cardinales indicados por la cruz central.

Estos triángulos tienen por objeto las Triplicidades, es decir, las tres fases generales y sucesivas de la vida: la infancia, la juventud, la edad madura y la vejez, puntos cardinales de la existencia humana.


Es fácil observar que siguiendo las Casas por el orden indicado, se encuentran clasificadas en ellas como en una serie rigurosamente lógica, los fenómenos que suelen acompañar al hombre desde la cuna al sepulcro, todas las satisfacciones que embelesan su corazón, todas las luchas y contrariedades que amargan su espíritu en su azarosa peregrinación sobre la tierra.




viernes, 1 de diciembre de 2017

EL SIMBOLISMO DE LOS 12 APÓSTOLES Y LOS SIGNOS DEL ZODIACO


En las Homilías sobre los Salmos de Asterio el Sofista, recientemente editadas por Marcel Richard, encontramos un curioso pasaje sobre la traición de Judas.

Se trata de un comentario al Salmo II, 2: «El justo ha fallado. Ha acortado el reloj (úqoXóyiov) de los Apóstoles. Del día de doce horas (SuSexáwgoi') de los discípulos ha hecho un día de once horas. Ha privado de un mes al año (évíavTov) del Señor. Y por eso es en el Salmo undécimo donde se cuenta la lamentación de los Once sobre el Duodécimo » (Hom. Salm., XX, 14, p. 157). Y más adelante, a propósito del abandono de Cristo por los Apóstoles: «Con las tres, todas las demás horas de los Apóstoles huyeron del día. Las horas del día se convirtieron en horas de la noche durante la Pasión, cuando el propio día, que es imagen de los Apóstoles, fue cambiado».

Nos encontramos en presencia de una alegoría en la que se compara a los doce Apóstoles, ya sea a las doce horas del día, ya sea a los doce meses del año. Esto no es una invención de Asterio, sino que se encuentra también en otros autores del siglo IV. Por ejemplo en San Ambrosio: "Si toda la duración del mundo es como un solo día, sus horas hay que contarlas por siglos".

Puesto que el día tiene doce horas, en un sentido místico, Cristo es el verdadero Día. Tiene sus doce Apóstoles, que han resplandecido con la luz celestial, en quienes la gracia tiene sus diferentes fases» (Exp. Luc., VII, 222; S.C., p. 92). Lo curioso de este texto es que el tema de los Apóstoles, simbolizados por las doce horas, se relaciona con el de Cristo, considerado como el día. Este último símbolo es muy arcaico y se remonta al judeocristianismo.

Nos preguntamos si sucede lo mismo con el de las doce horas.

En San Agustín encontramos el mismo simbolismo: «No han podido entrar en pleno día, cuyas doce horas resplandecientes son los Apóstoles». Pero ya antes se encuentra en Zenón de Verana, quien compara a los doce Apóstoles con los doce rayos del sol, es decir con los doce meses (Tract., II, 9, 2). Más explícito aún es otro pasaje: «Cristo es el día verdaderamente eterno y sin fin, que tiene a su servicio a las doce horas en los Apóstoles, a los doce meses en los Profetas» {Tract., II, 45). Franz-Joseph Dolger, quien ha estudiado estos textos de Zenón, recuerda las representaciones grecorromanas del sol con doce rayos, que simbolizan los doce meses.

En el siglo III aparecía ya el mismo simbolismo, tanto en territorio griego como en el latino. Metodio de Olimpo escribe que «el conjunto de los Apóstoles, que corresponde a las horas del día, recibe el nombre de día espiritual, que es lo mismo que la Iglesia» (De Sanguisuga, IX, 3; G.C.S., 487). La única diferencia es que el día simboliza a la Iglesia, en vez de a Cristo. Orígenes, por su parte, alude a este simbolismo: «Se puede probar que las neomenias, es decir los nuevos meses, están cumplidos en Cristo, sol de justicia, y en los Apóstoles» (Com. Rom., V, I). Por parte latina, el De Paschae cumputus, atribuido a San Cipriano, desarrolla también esta comparación: las doce horas y los doce meses simbolizan a los doce Apóstoles; las cuatro divisiones del día y las cuatro estaciones del año simbolizan a los cuatro evangelios (19; C.S.E.L., 23-26). La representación de las cuatro estaciones alrededor del sol también era familiar al arte helenístico, como recuerda Dólger (Op. cit., pp. 54 y sig.)

Si nos remontamos al pasado, encontramos de nuevo este simbolismo en un autor muy influido por el judeocristianismo.

Se trata de Hipólito, quien escribe: «El (el Salvador), Sol, una vez que se levantó del seno de la tierra, mostró a los doce Apóstoles como doce horas; porque por medio de ellas se manifestará el Día, como dice el profeta: «Este es el Día que hizo el Señor (Sal.,CXVII, 24). Y en cuanto a lo que dice: «A lo largo de los meses que se van añadiendo (Deut., XXXIII, 14), significa que una vez reunidos, los Doce Apóstoles, como doce meses, han anunciado el Año perfecto, que es Cristo. El profeta dice también: Anuncia un año de gracia del Señor (Isaías, LXI, 2). Y puesto que Día, Sol y Año eran Cristo, hay que llamar Horas y Meses a los Apóstoles» (Ben. Moisés; P.O., XXVII, 171).

Este texto no podría ser más explícito. Por una parte reúne la doble simbología de las doce horas y los doce meses. Además designa explícitamente a los Apóstoles como horas y meses. Y, por fin, relaciona esta simbología con la designación de Cristo como día. Y, además, con la de Cristo como año. Los textos citados son principalmente el Salmo CXVII, 24, para la simbología del día, e Isaías, LXI, 2, para la del año. San Ambrosio se refería a Génesis, II, 4: «Es el día del nacimiento del cielo y la tierra».

Ahora bien, todos estos textos forman parte del conjunto tradicional de la simbología de Cristo como día. El hecho de que Hipólito y Ambrosio relacionen un tema con otro sugiere que el primero ha influido sobre el segundo, aunque esto no pueda afirmarse tajantemente.

Hay otro grupo de textos que nos ofrece el tema de los doce meses. Son los escritos pseudo clementinos cuyo origen judeocristiano es bien conocido. Se trata de pasajes que provienen de la capa más antigua, de una polémica contra Juan Bautista: «Del mismo modo que el Señor tuvo doce Apóstoles, de acuerdo con el número de los doce meses del sol, también Juan tuvo treinta discípulos principales, de acuerdo con el cómputo mensual de la luna. Entre estos discípulos había una mujer, Elena. Esto mismo no es debido al azar, ya que, no siendo la mujer más que la mitad de un hombre, el número de treinta queda incompleto, como sucede con la luna, cuya rotación deja incompleto el curso del mes» (Hom., II, 23)5. Este extraño pasaje tiende a probar que Juan Bautista es el antepasado del gnosticismo de Simón. Pero no es éste el aspecto que nos interesa ahora. Los Reconocimientos clementinos vuelven sobre el mismo tema. Por una parte, los treinta discípulos se asimilan otra vez al mes lunar: «Después de la muerte de Juan Bautista, Dositeo puso los fundamentos de una secta, con otros treinta discípulos (de Juan) y una mujer llamada Luna —por esta razón los treinta parecen representar el curso de la luna» (Rec., II, 8). Pero el tema de los doce Apóstoles también aparece: «Hay un solo profeta verdadero, cuya palabra anunciamos nosotros, los doce Apóstoles.

El es el año aceptable (Isaías, LXI, 2), cuyos doce meses somos nosotros, Apóstoles» (Rec., IV, 37). El parentesco con Hipólito es particularmente chocante, con la misma alusión a Isaías, LXI, 2.

Estos últimos textos nos colocan en presencia de un sincretismo judeocristiano, donde se conjugan el simbolismo astral y el dato evangélico, y que parece ser el ambiente común a la gnosis simoniana, por una parte, y al ebionismo, por otra. Así que ya no podemos sorprendernos de volver a encontrar estos temas simbólicos en el gnosticismo, si bien trasladados a su propia visión, es decir que los doce meses, por una parte y los doce Apóstoles, por otra, se convierten en símbolos de la Dodécada de los Eones. Esto se ve sobre todo en Marcos el Mago. Por una parte, «la luna, que recorre el cielo en treinta días, representa el número de los treinta eones. Y el sol, que lo recorre y lleva a término su ciclo en doce meses, manifiesta la Dodécada (de los eones) por medio de los doce meses». Lo mismo sucede con las doce horas del día. Los doce Apóstoles, por su parte, representan también los doce eones.

Aún aparecen rasgos más precisos. «La Pasión sufrida por el duodécimo eón está representada por la apostasía de Judas, que es duodécimo Apóstol, y por el hecho de que tuvo lugar el duodécimo mes. Se supone, en efecto, que, después de su bautismo, Cristo predicó durante un año» (I, 3, 3. Ver también II, 20, 1-5). Volvemos a encontrar aquí la relación con Judas, que veíamos en Asterio. También encontramos una antigua interpretación de Isaías, LXI, 2 (II, 22, 1) sobre «el año aceptable», donde se ve una predicción del hecho de que el ministerio de Cristo durara solamente un año. Esta es una interpretación literal, que aparece también en Clemente de Alejandría.

Ireneo, por el contrario, ve en este año el tiempo de la Iglesia (II, 22, 2), lleno por la predicación. Los elementos simbólicos son los mismos, pero las interpretaciones divergentes.

Aún encontraremos en los gnósticos algunos paralelismos, más decisivos todavía, con los ebionitas y los católicos en la cuestión que nos interesa. Clemente de Alejandría, al transmitirnos las enseñanzas de Teodoto, escribe: «Los Apóstoles han sido sustituidos (por él) por los doce signos del Zodíaco, ya que, igual que la generación está regulada por ellos, la regeneración está dirigida por los Apóstoles» (Except., 25, 2). El P. Sagnard remite, con razón, en una nota —con un error de referencia: 23, en vez de II, 23— a las Homilías Clementinas. Y es que nos encontramos, en efecto, en el mismo contexto. La sustitución de los Apóstoles por los Cosmociatores, de la libertad evangélica por la cautividad del destino está admirablemente expresada aquí, sea cual sea el sustrato del autor. Y además se menciona explícitamente los doce signos del Zodíaco.

Volvemos a encontrar estas especulaciones en los tratados gnósticos posteriores. La Pistis Sophia está llena de ellas. Los doce eones forman el día; la hora del medio día es Adamas, el duodécimo eón (67; Schmidt, 107). Se trata de una alusión al Salmo 90, 6. Es un rasgo notable la oposición entre las doce regiones de los eones y la decimotercera, que es superior a ellos (50; Schmidt, 69). Hasta ahora no habíamos encontrado este tipo de oposición, aunque también aparece en San Esteban, con una perspectiva ortodoxa: los Apóstoles son los doce días, Cristo es el decimotercero (Himn. Epifam., I, 11). Este tipo de oposición parece puramente oriental, lo que nos prueba que la simbología que estamos estudiando no es específicamente grecorromana.

Hay otro pasaje de la Pistis Sophia que merece nuestra atención. Se trata de un comentario sobre Lucas, XXII, 28-30: «Os sentaréis sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel».

Nuestro autor ve en este pasaje la restauración de los doce salvadores en las regiones celestes de cada uno de ellos, y el papel de los doce apóstoles en esta restauración (hiroxaiábíaois) (50; Schmidt, 68). En Orígenes encontramos una exégesis muy semejante (Com. Mat., XV, 24), inspirada a la vez en Génesis, XLIX, 27 y en Lucas, XXII, 30. Las doce tribus representan a los pueblos celestes, los padres de las doce tribus son doce astros; los pueblos celestes serán juzgados por los doce Apóstoles. Las dos exégesis son exactamente paralelas. Orígenes es aún más preciso que la Pistis Sophia al asimilar a los doce patriarcas con los doce astros, que presiden las doce regiones celestes; esto es evidentemente una alusión al Zodíaco.

Otra obra gnóstica tardía, publicada por Cari Schmidt, nos da también una pista interesante. Un Unigénito está presente en ella manteniendo en la mano derecha las doce paternidades, representadas en los doce Apóstoles, y en la izquierda las treinta potencias (Svmfieis). Todas estas potencias rodean al Unigénito como una corona, según la palabra de David: «Alabaré la corona del año con tu bondad» (Sal, LXJV, 12). Y la multiplicación de los doce Apóstoles por las treinta Potencias corresponde a los doce meses de treinta días que forman el año. Está claro que aquí también, debajo de la especulación del autor, tenemos un paralelismo de los doce Apóstoles con los doce meses, correspondiente a una simbología del Unigénito como el año perfecto. La cita del Salmo LXVI, 12 es aquí particularmente interesante porque sin duda forma parte del tema de Verbo como año perfecto.

También nos lo confirma un grupo de textos relacionados con el epíteto éviaúoios, «de un año de edad», que se aplica en Exodo, XII, 3 al cordero pascual. Gregorio Nacianceno comenta el epíteto de este modo: «Se dice que tiene un año de edad como el sol de justicia, llegado de Arriba, como circunscrito en su ser visible y volviendo sobre sí mismo, como corona bendita de bondad (Sal.,LXIV, 12) y en todo igual y semejante a sí mismo». Algunos autores latinos relacionan este epíteto con la duración de un año del ministerio de Cristo. Como Gregorio de Elvira: «Se le llama anniculus, porque desde que fue bautizado por Juan en el Jordán, habiéndose cumplido el tiempo de su predicación, Cristo sufrió, según la profecía de David: Bendecirás la corona del año con tu bondad».

Gaudencio de Brescia desarrolla con más amplitud el tema:

«Es anniculus porque, desde el bautismo que recibió por nosotros en el Jordán hasta el día de su Pasión, hay un año cumplido... Es el año aceptable del Señor (Isaías, LXI, 2), del cual Jesús, leyendo en la sinagoga, atestigua que ha sido escrito sobre su persona en el Libro de Isaías (Lucas, IV, 21). Este hecho es el que el profeta bondad (Sal., LXIV, 12): éste es el círculo victorioso bendito por las obras de la bondad de Cristo» (Serm., 3; P.L. XX, 865 B-866 B). Estamos ante una tradición occidental sobre la duración de un año de la vida de Cristo que se encontraba en Tertuliano y durará hasta San Agustín. Es paralela a la que encontramos en Alejandría, en Clemente y en los gnósticos. Pero el interés del pasaje consiste en que es el primero en que encontramos agrupados el Salmo LXIV, 12 e Isaías, LXI, 2, que son los dos textos mayores para el tema de Cristo como año.

Volvamos al punto de partida de esta breve investigación, para sacar una conclusión. Tanto en los escritos pseudo clementinos, como en el gnóstico Teodoto y en Hipólito de Roma encontramos una simbología de los doce Apóstoles como las doce horas, los doce meses, los doce signos del Zodíaco. Nd se puede pensar que estos diferentes autores dependan unos de otros. Sino que todos parecen orientamos hacia un entorno judeocristiano.

¿Podemos explicamos la génesis de esta simbología a partir de dicho entorno? Esto nos permitiría considerar que se trata de una simbología muy primitiva, que habría sobrevivido en cierto número de autores cristianos.

Parece que esto es así. Nuestra simbología parece descansar sobre algunos datos judíos pertenecientes al medio en que apareció el cristianismo. Notemos, en primer lugar, que los signos del Zodíaco eran representaciones familiares en el judaísmo helenístico, pero parece que sucedía lo mismo con el judaísmo palestino.

Goodenough constata que las figuras del Zodíaco estaban representadas en las sinagogas palestinas desde el siglo I antes de nuestra era. Más tarde, en la sinagoga de Bet Alfa, aparecen acompañados por sus nombres en hebreo. Epifanio nos dice que los «Fariseos habían traducido al hebreo los nombres de los doce signos». Y Josefo, al describir el velo del Templo, explica que en él estaba representado todo el cielo, salvo los signos del Zodíaco, lo que demuestra que esto hubiera podido ser normal. Era tentador establecer una relación entre esta simbología de los doce signos del Zodíaco y la de los doce Patriarcas judíos.

De hecho, en Filón, es decir, en la época de Cristo, vemos, en algunos empleos de la cifra doce, tan pronto una referencia cósmica a los doce signos del Zodíaco11, como una referencia histórica a los doce Patriarcas. Estas dos simbologías debían converger, sin duda. Y eso es lo que encontramos, de hecho. Para Filón, las dos gemas de esmeralda, colocadas sobre los hombros del gran sacerdote y en cada una de las cuales están escritos los nombres de seis Patriarcas, simbolizan los signos del Zodíaco (Quaest. Ex., II, 109). Y no sólo eso, sino que, al explicar el simbolismo de las doce piedras que se encuentran en la placa de metal que el gran sacerdote lleva colgada sobre su pecho, establece un paralelismo entre los Patriarcas y los signos del Zodíaco.

Citemos este texto: «Las doce gemas son figura de los doce animales del Zodíaco. Es el símbolo de los doce Patriarcas, puesto que sus nombres están grabados en ella, como si fueran estrellas y de este modo se atribuyera a cada uno su constelación (fóobiov). En realidad, cada Patriarca se convierte en una constelación, como una imagen celeste, como si los jefes de pueblos y los Patriarcas no estuvieran ya en la tierra, como simples mortales, sino que se hubieran convertido en plantas celestes, que circulan por el cielo, en el que están plantados» (Quaest. Ex, II, 114). Y Filón continúa haciendo ver en ello una especie de ideas permanentes, cuyo sello sería susceptible de reproducir innumerables ejemplares, hechos a su imagen.

Este extraordinario texto ofrece una doctrina específicamente filoniana sobre la inmortalidad estelar de los Patriarcas, que nos recuerda lo que Tatiano echaba en cara a los paganos, diciendo que transportaban al cielo a los animales que eran objeto de su adoración. Pero, al mismo tiempo, Filón aparece aquí como testigo de un simbolismo que no le es propio. Esta analogía entre los Patriarcas y los animales del Zodíaco podía apoyarse en el hecho de que en la célebre profecía de Gen., XLIX, 27, se compara a Judá con un león, a Isacar con un asno, a Dan con una serpiente, a Neftalí con una cierva y a Benjamín con un lobo.

Y, de hecho, el Libro de los Jubileos (XXV, 6) asimila a los doce Patriarcas con los doce meses. Hartvig Thyen ha hecho notar, además, las relaciones entre la homilética judía contemporánea de Cristo y el arte de las sinagogas. Y también menciona el Zodíaco. Por otra parte, la tradición rabínica ha conservado este simbolismo. Y no parece que lo haya tomado de Filón. Es más, da la impresión de que este simbolismo se haya aplicado no sólo a los doce meses, sino también a las doce horas: «Doce príncipes serán engendrados. Las tribus están determinadas siguiendo el orden del mundo: el día tiene doce horas, el año doce meses, el Zodíaco doce signos. Por eso se ha dicho: Todas estas cosas son las tribus de Israel».

A partir de ahí era muy fácil transportar este simbolismo zodiacal de los doce Patriarcas a los doce Apóstoles. Tenemos la suerte de poseer un texto donde se capta este paso. Es un pasaje de Clemente de Alejandría, que aún no hemos mencionado.

Se habla en él del simbolismo de las vestiduras del gran sacerdote. Y Clemente tiene que depender aquí de Filón: «Las doce piedras ordenadas en filas de cuatro sobre el pecho nos describen el ciclo del Zodíaco con los cuatro cambios de estación. También se puede ver... a los profetas que designan a los justos de cada alianza. Si decimos que los Apóstoles son a la vez profetas y justos, no nos equivocaremos» (Sírom., V, 6, 38, 4-5). El paso de los Patriarcas a los Apóstoles aparece aquí retratado en vivo.

Esta es la historia de nuestro simbolismo, tal como nos aparece. Al principio tenemos la utilización de los signos del Zodíaco como motivo decorativo en el arte judeohelenístico. Lo cual lleva a los rabinos a comentarlo simbólicamente, viendo en él la imagen de los doce Patriarcas. En Filón, este simbolismo se convierte casi en una mística cósmica. Los judeocristianos se apropiarán de este simbolismo para aplicarlo a los doce Apóstoles.

Se asociará con el de Cristo, considerado como día y año. Aparecerá, tanto entre los miembros de la gran Iglesia como entre los ebionitas y los gnósticos. Se pueden observar, de hecho, influencias recíprocas. Asterio, por ejemplo, parece depender de ciertos datos tomados de los gnósticos. Al lado de la simbología de los doce Apóstoles podrían aparecer algunas más, como la curiosa aplicación del Zodíaco a los nuevos bautizados que hace Zenón de Verona.

 

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