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sábado, 16 de diciembre de 2017

LOS FRANCMASONES VIAJEROS DE LA EDAD MEDIA


El primero de estos puntos es la constitución de un cuerpo de arquitectos, que se diseminó ampliamente por Europa durante la Edad Media bajo el nombre de “Francmasones viajeros”. Esta asociación que se decía descendiente de los Francmasones del Templo, se remonta, a juzgar por los macizos monumentos debidos a su industria, al siglo noveno o décimo; si bien, según Hope, que ha estudiado minuciosamente el asunto, algunos historiadores han encontrado pruebas evidentes de su existencia en el siglo séptimo y han hallado el lenguaje característico de los masones en el reinado de Carlomagno de Francia y de Alfredo de Inglaterra.
 
El mundo debe a la extraordinaria habilidad arquitectónica y al bien organizado sistema en clases de trabajadores de los francmasones viajeros esos magníficos edificios erigidos en la Edad Media sobre principios invariables. “Siempre que llegaban”, dice Hope, “siguiendo a los misioneros, o llamados por los aborígenes o por propia voluntad en busca de empleo, aparecían dirigidos por un jefe superintendente que gobernaba toda la tropa, y designaba un hombre de cada diez, con el nombre de Vigilante, para que dirigiera a los otros nueve. Ellos construían chozas provisionales en torno del lugar en que se debía levantar la obra, organizaban regularmente sus diferentes departamentos, se ponían a trabajar, enviaban por nuevos hermanos cuando la cosa lo requería; y, cuando habían terminado, levantaban el campamento y se marchaban a trabajar a otra parte.
 
Esta sociedad continuó conservando la unión de la Francmasonería especulativa con la operativa, practicada en el templo de Salomón. La admisión en la comunidad no se limitaba a los artesanos profesionales sino que también contaba entre sus miembros hombres eminentes, particularmente eclesiásticos que ocupaban elevados cargos en la Iglesia. Dice Hope, que “deseosos éstos últimos de dirigir por sí mismos la reforma y construcción de sus iglesias y monasterios y de manejar el capital dedicado a las obras, se hicieron miembros de la institución, cuya misión era tan sagrada y sublime que estaba exenta por completo de toda jurisdicción local y civil, reconocía como único jefe directo al Papa y trabajaba solamente bajo su autoridad inmediata. De aquí que muchos prelados de elevado rango –abades y obispos- diesen mayor importancia y respetabilidad a la Orden de la Francmasonería cuando se hicieron miembros de ella, haciendo ellos mismos los planos y dirigiendo la construcción de sus iglesias, para la cual emplearon la labor manual de sus propios monjes”.

Así, por ejemplo, en Inglaterra, dícese que los Francmasones fueron protegidos en el siglo décimo por el rey Athelstan: en el undécimo, Eduardo el Confesor se proclamó su patrocinador, y en el duodécimo, Enrique I les concedió su protección. Los Francmasones entraron en Escocia a principios del siglo doce y edificaron la Abadía de Kilwinning, que después vino a ser la cuna de la Francmasonería escocesa, durante el reinado del rey Roberto Bruce. No creemos necesario dar minuciosos detalles de los magníficos edificios que construyeron a las órdenes de patronos laicos y eclesiásticos. Baste decir que en toda Europa se encuentran pruebas evidentes de la existencia de la Francmasonería, practicada por un cuerpo organizado de trabajadores, con quienes se asociaban hombres de estudio, es decir, que era una institución operativa y especulativa al mismo tiempo.

Puede verse cuál fue la naturaleza de esta ciencia especulativa en un documento que si no es auténtico, por lo menos es curioso, fechado en Colonia en el año, 1535 y llamado “Carta de Colonia” . En este documento, que se debe a los jefes de la Orden pertenecientes a diez y nueve diferentes e importantes ciudades europeas, y que está dirigido a sus hermanos en defensa contra las calumnias de sus enemigos, se anuncia que la Orden nació en una época “en que unos cuantos adeptos, célebres por su vida, doctrina moral y sagrada interpretación de las verdades arcánicas, se separaron de la multitud con objeto de conservar sin contaminación alguna los preceptos morales de la religión implantados en el alma humana”.

Tenemos, pues, a la vista un aspecto de la Francmasonería, tal como existió en la Edad Media, donde tenía el carácter doble de operativa y especulativa. El elemento operativo, infundido en la Orden por los Artífices Dionisíacos de Tiro durante la construcción del templo de Salomón, no se había separado todavía del puro y especulativo que prevaleció anteriormente a este período.
 
Autor:
ALBERT G. MACKEY
 
 


sábado, 11 de noviembre de 2017

LAS DOS DOCTRINAS DE LOS NOAQUITAS

 
Pasando por encima de todo cuanto se encuentra en la historia antediluviana que no influyó para nada en el nuevo mundo surgido de las ruinas del viejo, nos encontramos con que, poco después del gran cataclismo, los inmediatos descendientes de Noé poseían por lo menos dos verdades religiosas recibidas de su padre común, quien las había aprendido a su vez de los patriarcas que le precedieron. Estas verdades eran: la doctrina de la existencia de una Inteligencia Suprema, Creadora, Conservadora y Gobernadora del Universo, y, como consecuencia necesaria, la creencia en la inmortalidad del alma, la cual por ser emanación de la causa primera debla distinguirse del polvo perecedero y vil, su tabernáculo terrenal, por poseer vida futura y eterna.
 
"La doctrina de la inmortalidad del alma, es consecuencia inevitable de la idea de Dios. El Ser mejor de los Seres, debe querer lo mejor para todas las cosas; el más sabio, debe, hacer planes para que así sea; el más poderoso, debe realizarlos. Nadie se atreverá a negar esto".
 
La teoría de que Noé conoció y reconoció estas doctrinas, no puede parecer mera suposición a quien crea en la revelación divina; pero nosotros creemos que los filósofos pueden llegar a idénticas conclusiones sin necesidad de basarse en otra autoridad que la de la razón, El sentimiento religioso, en cuanto atañe a la creencia en la existencia de Dios, es instintivo, innato y, por lo tanto, universal en el alma humana.
 
"La institución religiosa, al igual que de la sociedad, el matrimonio y la amistad, se basa en un fundamento profundo y permanente del corazón humano: así como las instituciones humildes, transitorias y parciales proceden de necesidades humildes, transitorias y parciales, y tienen su origen en los sentidos y los fenómenos de la vida, la de esta útil, permanente y sublime institución, es producto de necesidades universales, sublimes y permanentes, relacionadas con el alma y las invariables realidades de la vida.
 
No hay historia de que ninguna nación, por degradada intelectual y moralmente que sea, que no tenga pruebas evidentes de su tendencia hacia semejante creencia. El sentimiento puede pervertirse, la idea corromperse groseramente, pero, de todos modos, continúa existiendo y es prueba del manantial de que brotó. "Los sabios de todas las naciones, épocas y religiones tenían alguna idea de estas sublimes doctrinas, más o menos degradadas, adulteradas u obscurecidas. Estos vislumbres y vestigios de las verdades más sagradas y exaltadas emanaron de tradiciones primitivas, que se transmitieron de generación en generación a toda la humanidad, desde el principio del mundo, o por lo menos, desde la caída del hombre".
 
Hasta en las formas más degradadas del fetichismo (Culto rendido por los salvajes a objetos materiales, que representan espíritus) en que los negros se prosternan con reverente terror ante el altar de un tosco y deforme ídolo quizás fabricado por sus mismas manos, el acto de adoración es el reconocimiento del ansia que siente todo adorador de aferrarse a un poder desconocido, superior a su propia esfera. Este poder desconocido, sea cual fuere, es Dios para él.
 
"De esta forma, no sólo los objetos enumerados anteriormente, sino hasta las gemas, metales. aerolitos, imágenes, trozos de madera labrados, pieles de animales rellenas y sacos curativos como los de los indios norteamericanos, son adorados como divinidades y se convierten en objetos de adoración. Pero en este caso, se idealiza el objeto visible, y no se le adora como cosa, sino como tipo o símbolo de Dios".
 
La creencia en la inmortalidad del alma, es tan universal como la de la existencia de Dios. Aquélla brotó del mismo anhelo humano por lo infinito y, aunque la doctrina primitiva se ha ido corrompiendo, todas las naciones tienen tendencia a reconocerla, Todos los pueblos han soñado desde la más remota antigüedad en el ideal de, otro mundo, y han buscado el lugar en donde se encontraban los espíritus de los muertos. La deificación de los muertos, el culto a los héroes o al hombre, desarrollo inmediato de la idea religiosa fetichista, no es más que el reconocimiento de la vida futura; puesto que no se habría deificado a los muertos si no hubiera continuado existiendo algo de ellos después de su muerte. La adoración del cadáver pútrido, hubiera sido un fetichismo más degradante que cualquiera de los descubiertos hasta hoy día; pero el culto del hombre siguió al fetichismo. Era ya un grado más elevado del sentimiento religioso, en el que se anidaba la esperanza en la posibilidad de una vida futura, y quizás la creencia positiva en ella.
 
Así pues, la razón nos lleva, corno la revelación, a la conclusión de que estas dos doctrinas prevalecieron entre los descendientes de Noé, después del Diluvio. Ellos las sentían con toda su pureza e integridad, porque habían emanado de la fuente más pura y elevada. Tales son las doctrinas que constituyen el credo de la Francmasonería; de ahí que el nombre de Noaquitas, es decir, descendientes de Noé y transmisores de sus dogmas religiosos, sea uno de los que se han aplicado a los Francmasones.
 
 
 

viernes, 10 de noviembre de 2017

ORIGEN Y EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE LA FRANCMASONERÍA


Todo examen del simbolismo y de la filosofía francmasónica debe ir necesariamente precedido de una breve investigación sobre los orígenes e historia de la institución.

¿En dónde nació esta Orden tan antigua y universal? ¿Cuáles fueron los accidentes relacionados con su fundación? ¿De qué institución similar o pareja se derivó? ¿Fueron, por el contrario, sus comienzos originales y autóctonos, independientes de toda clase de influencias externas y sin relación alguna con otra institución?

Estas preguntas son las que debe hacerse todo investigador inteligente en los comienzos de su estudio. Y debe contestarlas categóricamente, antes de que pueda esperarse que comprenda su verdadero carácter de institución simbólica, porque, para apreciar su carácter, es preciso conocer antes sus antecedentes. Pero quien espere llegar a una solución satisfactoria de este examen tiene que sustraerse a la influencia de un error en que suelen incurrir los novicios en filosofía masónica; no confundir la doctrina francmasónica con su forma externa y extrínseca. No debe presuponer que la suma y sustancia de la Francmasonería está constituida por ciertas costumbres y ceremonias que existen actualmente, pero que, aun hoy día, están sujetas a extensas variaciones en diferentes países.

"La antigüedad prudente", dice Lord Coke, “expresó las substancias por medio de ceremonias, para dar mayor solemnidad, a lo que debía hacerse y recordarlo y observarlo mejor". Sin embargo, debe tenerse siempre presente que la ceremonia no es sustancia, sino la vestidura externa con que ella se cubre y hasta se adorna, a la manera que cubre el vestido a la figura humana. Desnudad al hombre de su cubierta externa y todavía tendréis el microcosmos (Palabra griega que significa “un mundo en miniatura”), la maravillosa creación, con todos sus nervios, huesos y músculos, y, sobre todo, con su cerebro, ideas y sentimientos. Si separásemos de la Francmasonería sus ceremonias externas, todavía nos quedarla su filosofía y su ciencia, las cuales han sido siempre las mismas, mientras que las ceremonias han variado según las épocas y países. Tantas veces se ha definido la Francmasonería diciendo que "es una ciencia de moral, velada en alegorías y esclarecida por medio de símbolos" que si no fuera por la belleza de esta definición, sería hasta enojoso repetirla; pero ella expresa el principio exacto que acabábamos de anunciar.

La Francmasonería es una ciencia, una filosofía, un sistema de doctrinas que se enseña de un modo peculiar por alegorías y símbolos. Este es su carácter interno, pues las ceremonias son adiciones externas que no afectan a su sustancia. Por eso vamos a examinar en nuestro estudio sobre los orígenes de la Francmasonería, este sistema peculiar de filosofía y no sus ceremonias.

Para investigar el origen de la filosofía masónica, hay que remontarse hasta la más remota antigüedad, en donde se encontrarán sus principios latiendo en el seno de asociaciones parejas, en que se mantenía y enseñaba la misma filosofía. Pero si se confunden las ceremonias francmasónicas con su filosofía y se buscan los orígenes de la asociación en formas externas semejantes a las actuales, bastará con retroceder tan sólo hasta principios del siglo XVIII, pues en esta época se introdujeron grandes modificaciones en su ritual. Habiendo llegado ya a la conclusión de que no debemos investigar el origen del ritual, sino el de la filosofía masónica, nos resta por ver cual es la naturaleza característica de esta filosofía.

Nosotros creemos que la filosofía de la Francmasonería tiene por objeto la contemplación del carácter divino y del humano. Nuestra filosofía considera a Dios como un solo ser eterno, existente per se, en contraposición a la mitología de los pueblos antiguos sobrecargada de multitud de dioses y diosas, de semidioses y héroes; y al HOMBRE como ser inmortal, que se prepara en esta vida para otra eterna y futura, en idéntica contraposición con la filosofía de la antigüedad que circunscribía la existencia humana a la vida presente. Por lo tanto, estas dos doctrinas - la de la unidad de Dios y la de la inmortalidad del alma,- constituyen la filosofía de la Francmasonería. Por eso, cuando queremos definirla sucintamente, decimos que es un antiguo sistema filosófico que enseña estos dos dogmas. De ahí que, al encontrar en todas las épocas ciertas asociaciones e instituciones que enseñaron estas verdades de un modo alegórico y simbólico particulares, a pesar de desarrollarse en un ambiente en que predominaban el oscurantismo intelectual y la degradación de las antiguas religiones politeístas, creamos tener derecho a sostener que esas asociaciones fueron la incunabula -los predecesores- de la institución masónica, tal como, hoy día existe.

Comprendidas ya estas observaciones preliminares, creemos que el lector se encuentra capacitado ya para considerar la teoría del origen de la Francmasonería que exponemos en las siguientes proposiciones:

1. En primer lugar creemos que en los mismísimos comienzos del mundo existieron ciertas verdades de gran importancia para el bienestar de la humanidad, que fueron comunicadas probablemente al hombre por directa inspiración divina.

2. Estas verdades consistían principalmente en las proposiciones abstractas de la unidad de Dios y de la inmortalidad del alma, de cuya verdad no se puede dudar de un modo racional. La creencia en estas verdades no es más que una consecuencia necesaria del sentimiento religioso, rasgo perenne de la naturaleza humana. El hombre es, enfáticamente y por distinguirse de todas las otras criaturas, un animal religioso. Gross comienza su interesante trabajo sobre The Heathen Religión in its Popular and Symbolical Development, afirmando que "La existencia universal de ideas religiosas, la creencia en algo sobrenatural y divino y el culto que al mismo se le rinde, es uno de los fenómenos característicos de la raza humana." Y si la naturaleza ha implantado el sentimiento religioso, también debe haberlo encauzado por un canal adecuado. La creencia y el culto debieron haber sido en sus comienzos tan puros como la fuente de que brotaron, aunque en épocas subsiguientes y anteriores al cristianismo, se corrompieran, debido a la influencia ejercida por los sacerdotes y los poetas sobre el pueblo ignorante y supersticioso. Las dos primeras proposiciones de nuestras teorías se refieren únicamente a este período primitivo anterior a las corrupciones de que acabamos de hablar.

3. Estas verdades de Dios y de la inmortalidad fueron probablemente transmitidas por los patriarcas del linaje de Set. Noé las conoció sin duda alguna, y las comunicó a sus descendientes inmediatos.

4. A consecuencia de esta comunicación, el verdadero culto de Dios continuó existiendo algún tiempo después del Diluvio, siendo cultivado por los noaquitas o descendientes de Noé.

5. En un período siguiente (cuya fecha no tiene importancia, si bien la Biblia la fija en la erección de la torre de Babel) gran parte de la raza humana se separó de los noaquitas.

6. Estos separatistas perdieron rápidamente de vista las verdades divinas que les habían revelado sus antecesores, y cayeron en los más vergonzosos errores teológicos, corrompiendo la pureza del culto y la ortodoxia de la doctrina religiosa que se les había confiado.

7. Un reducido número de miembros perteneciente al linaje patriarcal conservó estas verdades en toda su integridad, y sólo a muy pocos permitieron conocer vagas y difusas porciones de la verdadera luz.

8. El conocimiento íntegro se reservó únicamente para los descendientes directos de Noé; el parcial, se dio a los sacerdotes y filósofos, y más tarde, a los poetas de las naciones paganas, a quienes iniciaron en los secretos de estas verdades. De la persistencia de estas verdades religiosas entre los patriarcales descendientes de Noé, hay pruebas evidentes . en la historia sagrada. Y, en cuanto a su existencia en las corporaciones de gentiles cultos, nos quedan los testimonios de muchos escritores inteligentes que han dedicado sus energías al estudio de este problema. Por ejemplo, Grote dice en su Historia de Grecia que: "Algunos sabios investigadores, especialmente Creuzer, han relacionado la interpretación alegórica de los mitos con la hipótesis de que existió un antiguo cuerpo de sacerdotes muy instruidos, que tuvo su origen en Egipto u Oriente y que enseñó a los rudos y bárbaros griegos la ciencia física, histórica y religiosa, bajo el velo de los símbolos. Esto mismo podría decirse de las demás naciones intelectuales de la antigüedad.

9. Los autores masónicos han denominado a la primera clase de doctrina o sistema, es decir a la enseñanza íntegra, "la Francmasonería primitiva y pura de la antigüedad", mientras que a la parcial, le han aplicado el nombre de "Francmasonería espúrea". Estos términos fueron aplicados por primera vez, si no estamos mal informados, por el Doctor Oliver, y se aplican de la siguiente manera: la palabra puras, a las doctrinas enseñadas por los descendientes de Noé, y la palabra espúreas, a las de sus descendientes de linaje gentil o pagano.

10. Las masas populares -principalmente las gentiles- desconocían por completo esta verdad divina, piedra fundamental de ambos géneros de Francmasonería, la pura y la espúrea, y estaban profundamente sumergidas en los errores y falsedades del culto y de la religión pagana.

11. Los errores de las religiones gentílicas no eran invenciones voluntarias de quienes las cultivaban, sino corrupciones graduales y casi inevitables de las verdades que Noé les enseñara por primera vez. Tan palpables son estas corrupciones que puede seguirse su proceso de formación desde la forma original de que se fueron desviando. Por ejemplo, la vida y hazañas de Baco o Dionisos, no es más que una parodia de la de Moisés; y en el nombre de Vulcano, el dios forjador, puede observarse una evidente corrupción etimológica del nombre de Tubal Caín, el primer artífice en metales, pues Vulcano, no es más que una forma modificada de Baal-Caín, el dios Caín.

12. Los individuos pertenecientes a la masa (existieron algunos de ellos que conocieron la verdad) recibieron su doctrina por medio de una iniciación en ciertos sagrados Misterios, en el seno de los cuales se conservaba, ocultándola al pueblo.

13. Estos Misterios existieron en todos los países paganos, con nombre distinto en cada uno y hasta tomando diferentes formas, si bien tuvieron siempre el idéntico objeto de enseñar por medio de doctrinas alegóricas y simbólicas las grandes enseñanzas masónicas de la unidad de Dios y de la inmortalidad del alma. Esta es una proposición importantísima que no debe perderse de vista al investigar los orígenes de la Francmasonería, pues los misterios paganos fueron a la Francmasonería espúrea de la antigüedad, lo que las Logias de Maestros a la Francmasonería actual. Creemos innecesario demostrar la existencia de los misterios, puesto que todos los autores antiguos y modernos la admiten. El estudiar minuciosamente su carácter y organización ocuparía todo un volumen. El Barón de Sainte-Croix ha escrito dos grandes tomos que tratan de este tema, sin lograr agotarlo.

14. Las dos divisiones de la Institución Masónica definidas en el párrafo noveno, es decir, la Francmasonería primitiva y pura de los descendientes judíos de los patriarcas, llamados para distinguirlos, los noaquitas o descendientes de Noé, porque no habían olvidado ni abandonado las enseñanzas de su gran antecesor, y la Francmasonería espúrea, practicada en las naciones paganas, siguieron en el curso del tiempo corrientes paralelas, a veces, muy próximas, pero nunca unidas.

15. Pero estas dos corrientes no podían permanecer siempre separadas. Brotaron en remotos tiempos de una fuente común - la del antiguo sacerdocio de que ya hemos hablado en la proposición octava, - y se dividieron en Francmasonería pura y espúrea, manteniéndose separadas durante muchos siglos; pero, por fin, se encontraron y unieron en la erección del templo de Jerusalén, siguiendo los israelitas el ejemplo del rey Salomón, y los tirios el de Hiram, rey de Tiro, e Hiram Abif. Es cierto que la Francmasonería espúrea no dejó entonces de existir, pues, por el contrario, perduró muchos siglos después de este periodo, hasta que los Misterios paganos fueron abolidos durante el reinado del emperador Teodosio. Pero con la unión de los francmasones judíos o puros, con los espúreos o tirios verificada en Jerusalén, empezaron a infundirse sus doctrinas y ceremonias respectivas, lo cual terminó con la abolición de los dos sistemas y la fundación de uno nuevo, que puede considerarse como el prototipo inmediato de la institución existente en nuestros días. Por eso muchos estudiantes masónicos no remontan sus investigaciones más que hasta los hechos enunciados en la proposición quince, y se contentan con encontrar los orígenes de la Francmasonería en el templo de Salomón. Pero, si nuestra teoría es cierta, la verdad es que entonces no nació, sino que sufrió una modificación de su carácter. La leyenda del tercer grado la leyenda áurea fue adoptada entonces por la Francmasonería pura, tomándola de la espúrea; pero la leyenda había existido con otros nombres y formas en todos los Misterios de las épocas anteriores. La doctrina de la inmortalidad, que hasta entonces habían enseñado los noaquitas en forma de abstracta proposición, se inculcó desde aquel momento por medio de una lección simbólica: el símbolo de Hiram el Arquitecto acabó por ser el rasgo distintivo de la Francmasonería.

16. Pero el sistema masónico tenía que sufrir otra importante modificación durante la construcción del templo, porque antes de que se verificara la unión, la Francmasonería pura de los noaquitas habla sido siempre especulativa, y no se parecía a la organización actual más que en que rendía culto a los mismos principios abstractos de la verdad divina.

17. Por el contrario, los tirios eran arquitectos de profesión. Sus jefes pertenecían a la escuela de la Francmasonería espúrea, y al unirse en el templo de Salomón con sus contemporáneos judíos infundieron los elementos del arte operativo en la ciencia especulativa practicada por los últimos.

18. Desde entonces el sistema presentó unidos los elementos de las masonerías especulativa y operativa. Esto puede observarse ya en los Collegia Fabrorum, o Colegios de Artífices, fundados en Roma por Numa, que, indudablemente, estaban organizados masónicamente; en la secta judía de los esenios, quienes trabajaban al mismo tiempo que oraban y se decían descendientes de los constructores del Templo, y también, aunque de un modo más destacado, en los Francmasones viajeros de la Edad Media, que se identifican por su nombre con sus sucesores modernos, y cuyas sociedades estaban constituidas por hombres sabios dedicados a escribir y estudiar, y por artesanos, que trabajaban y construían. Durante tan largo periodo de tiempo la Francmasonería continuó siendo a la par operativa y especulativa.

19. Pero la institución habla de sufrir otro cambio que la transformara en lo que actualmente es. Por eso no hace mucho tiempo (comparativamente hablando) que la forma operativa se abandonó llegando a ser la Francmasonería enteramente especulativa. La fecha exacta de tal acontecimiento no se fija en este caso por conjeturas, ya que sabemos que aconteció a principios del siglo XVIII durante el reinado de la reina Ana de Inglaterra. Preston cita las mismas palabras del decreto que estableció este cambio: " Los privilegios de la masonería no se limitarán tan sólo a los masones operativos, sino que se concederán a hombres pertenecientes a diversas profesiones, con tal de que sean regularmente aprobados e iniciados en la Orden."

Las diez y nueve proposiciones que acabamos de exponer contienen una breve pero sucinta perspectiva de la evolución de la Francmasonería, desde sus orígenes en las primitivas épocas del mundo como sistema de filosofía religiosa, pasando por todas las modificaciones que introdujeron las razas judía y gentiles, hasta que tomó la forma actual. Durante todo este tiempo conservó ciertos rasgos inmutables que pueden considerase desde ahora como específicos de ella, y por medio de los cuales se ha distinguido de otras asociaciones contemporáneas, por semejantes que hayan sido en su organización externa. Estas características son: en primer término las doctrinas que enseñó constantemente, es decir, las de la unidad de Dios y la inmortalidad del alma, y en segundo término, la forma de enseñarlas, a saber, por medio de símbolos y alegorías. Considerando estas características como exponentes de lo que es la Francmasonería, es inevitable llegar a la conclusión de que la especulativa actual abunda en evidentes pruebas demostrativas de la identidad de su origen con la Francmasonería espúrea del período presalomónico. Ambos sistemas proceden de una fuente pura común; pero, mientras uno de ellos conserva la pureza original, el otro la corrompe continuamente. Tal es la conclusión a que ha de llegarse necesariamente, como corolario de las proposiciones recién expuestas en este ensayo. En la historia se encuentran numerosas pruebas evidentes, (de las cuales estas proposiciones no son más  que un ligero bosquejo), de que la rama tiria del sistema espúreo influyó de modo manifiesto en la Francmasonería primitiva de los noaquitas, por medio de los símbolos, mitos y leyendas que ésta recibió de aquélla, si bien modificándolos de forma que estuvieran de acuerdo con su sistema. Hay una cosa irrefutable: la de que debemos a los Francmasones tirios la introducción del símbolo de Hiram Abif. La idea de este símbolo, aunque modificada por los Francmasones judíos, no es de procedencia judía, pues fue, evidentemente, tomada de los misterios paganos, en que Baco, Adonis, Proserpina y otros seres deificados representaban el mismo papel que Hiram en los misterios masónicos.

Por último, en los términos técnicos de la Francmasonería, en sus instrumentos de trabajo, en los nombres de sus grados y en la mayor parte de sus símbolos se encuentra un testimonio fehaciente de la gran infiltración de los elementos pertenecientes al arte operativo en su filosofía religiosa. La Historia explica este hecho diciendo que se debió a la afinidad de esta institución con la Fraternidad de artífices dionisíacos constructora del templo de Jerusalén, con los Colegios de Artesanos de Numa, y con los Francmasones viajeros de la Edad Media, que edificaron todos los grandes edificios de su época. Las diez y nueve proposiciones expuestas en este ensayo forman un breve bosquejo de la teoría del verdadero origen de la Francmasonería, que hemos adoptado, después de largas y pacientes investigaciones. Si quisiéramos demostrar lógicamente o con pruebas históricas la evidencia de estas proposiciones, nos veríamos obligados a escribir un enorme volumen; por eso nos limitaremos a presentarlas como sugerencias que el estudiante masónico ha de ponderar por sí mismo. No son más que postes indicadores que han de guiarle en la difícil y bella tarea de investigar el origen y la evolución de la Francmasonería, desde su nacimiento hasta el actual estado de potente madurez. Pero, a pesar de que las hemos expuesto lacónicamente, creemos que son necesarias, como preliminar para comprender debidamente el simbolismo de la Francmasonería.


 

lunes, 13 de junio de 2016

EL ASESINATO DE HIRAM ABIFF

 
Hiram había edificado el templo de acuerdo con las medidas que Salomón había recibido del Gran Arquitecto del Universo. Pero siendo un creador nato, necesitaba emplearse en algo más que elaborar una copia de encargo y quiso añadir al templo algo de su propia cosecha: un receptáculo que contenía «un mar de metales en fusión», o sea, quería trabajar directamente con el elemento Fuego, que en el ámbito simbólico representa la espiritualidad.
 
Con este fin mandó traer los más preciosos minerales de la tierra, que sus obreros fundieron para esta obra magna. Ese mar simbólico debía servir para la purificación de los sacerdotes del templo, para una mejor conexión con el Gran Arquitecto.
 
Hiram finalizó esta obra con la presteza y la perfección que le caracterizaban. Pero al poner tanta atención en los aspectos sublimes de su tarea descuidó los elementos puramente emocionales y surgieron a su alrededor tres traidores. Eran tres Compañeros que querían que los elevaran al supremo conocimiento (a la maestría) sin estar preparados y, al serles negado el pase, concibieron la idea de un desquite. Para ello contaron con la complicidad de Salomón, celoso y enfadado por haber perdido los favores de la reina de Saba.
 
La venganza de los Compañeros consistía en mezclar agua en los conductos que debían llevar los metales de fusión (el Fuego y el Agua siempre se repelen, aunque están condenados a trabajar juntos). El día de la inauguración de la obra, cuando los metales fluyeron hacia el recipiente, la mezcla de magma ardiente con el agua produjo una explosión que estuvo a punto de destruir el templo. En medio de la catástrofe, Hiram oyó la voz de su antepasado Tubal-Caín que le ordenaba que se sumergiera en el recipiente ahora sin fondo para ir a su encuentro. Obedeció, y así Hiram se vio transportado al centro de la tierra, donde el fundador de su estirpe, Caín, le reveló el secreto que permite reunir, en un combinado armónico, el Agua con el Fuego.
 
Las dos tendencias, hasta entonces enemigas, iban por fin a poder conciliarse, aunque Caín le anunció al mismo tiempo que moriría sin poder ver realizado este ideal. En efecto. Al volver a la superficie, los tres traidores aguardaban a Hiram y le solicitaron la palabra de pase; él respondió que para que les aumentara el salario (que en simbología masónica significa elevarse de grado) debían seguir trabajando en el perfeccionamiento de la obra (de su propia construcción interna).
 
Los Compañeros se enfadaron y, después de haberle solicitado infructuosamente el pase por tres veces al Maestro, cada uno descargó sobre él un golpe (uno con una regla, el otro con una escuadra y el tercero con un martillo). El maestro Hiram encontraría la muerte. Pero antes de expirar pudo enterrar al pie de una acacia el disco que le entregara Caín y que llevaba grabada la fórmula que permitía combinar el Agua con el Fuego, así como el martillo que serviría para llamar a los obreros al templo.

Cuenta la crónica hermética que cuando Lázaro (el hijo de la viuda) fue resucitado por Cristo, se dirigió al lugar en que Hiram Abiff enterrara el disco y el martillo. Al pie de aquella acacia encontró lo que buscaba, pero el disco se había transformado en una rosa y el martillo en una cruz. Así la Rosa y la Cruz serían el signo de llamada de los obreros al templo psíquico, inacabado, que sin ruido de martillos va construyendo el ser humano.
 
Este relato ofrece a la meditación amplias perspectivas. Por un lado, vemos que cuando alguien trata de trabajar solamente el aspecto espiritual le acaban invadiendo las emociones, porque son demasiado importantes para que podamos dejarlas fuera de nuestra gran obra. Es necesario proporcionarles un espacio.
 
Por otro lado, la traición de los Compañeros nos ilumina sobre la realidad de que todo conocimiento que trate de obtenerse por anticipado, fuera de su tiempo ordinario, conduce a la muerte del maestro que ha de facilitarlo. Anticiparnos al final de un proyecto, desvelar las claves de un trabajo antes de tiempo, mostrar nuestras cartas antes de que se acabe la partida... siempre nos perjudicará.
 
Acabamos de ver cómo tres miserables, poseyendo ya un cierto grado de conocimiento, puesto que pertenecen a la clase de los Compañeros, han utilizado la fuerza para obtener la suprema iluminación y con ello sólo han conseguido dar muerte al Maestro que podía iluminarlos.
 
Tres son los traidores, como tres son los pasos con los que el Aprendiz se acerca al Este, como tres son las luces, tres los oficiales que ponen en movimiento la logia. Ese número 3, que tan frecuentemente aparece en los rituales, es el símbolo de las tres fuerzas integradas en nuestra naturaleza humana: la mental, la emotiva y la física.
 
Cuando las tres se conjuran para obtener algo, sea sublime o perverso, ninguna fuerza del universo puede oponerse a esa resolución. La empresa que los tres Compañeros habían abordado en el Templo de Salomón consistía en obtener la clave, la fórmula que les permitirla acceder a un linaje superior. El Maestro les hace observar que la única fórmula posible es la del trabajo, el trabajo humano constante, para pasar de un nivel evolutivo al inmediato superior.
 
En nuestra sociedad, son muchas las personas que piden «la fórmula» para ejercer una función sin realizar el trabajo humano que la justificaría. Cuando esto sucede, el Maestro tiene que morir, porque si esos aspirantes ya son aquello que pretendían ser (o ellos lo creen) es inútil la figura del instructor que debía ayudarles a realizar los trabajos de acceso a la suprema dignidad. Así, vemos a menudo que el mundo, en lugar de estar regido por los Maestros con capacidad de ordenar las cosas según las reglas del real arte, se rige por los Compañeros traidores que han dado muerte al Maestro.
 
Pero antes de que esto suceda en la dinámica social, ocurre en nuestro interior. Un día decimos que ya somos suficientemente sabios, justos, perfectos y, cortando las amarras que nos ataban a nuestra conciencia, que es el trono en que se sienta el Venerable Maestro (el que dirige la logia), instalarnos a nuestras tendencias inmaduras en el puesto de mando. Entonces el desorden aparece en nuestras vidas, y lo blanco empieza a parecernos gris y lo negro menos negro, y acabamos aceptando como plausible lo que el auténtico Maestro rechazaría por falso. Si esa tendencia prospera, si nos sentimos cómodos en el reino de lo injusto, lo que hasta determinado momento ha sido vida interior se derramará en nuestro entorno humano y nos convertiremos en exportadores de lo injusto, y seremos tan inconscientemente ciegos en lo que respecta a nuestra auténtica naturaleza que el día que se presente un tirano, nos sorprenderemos como si fuéramos criaturas inocentes. Pero la verdad es que ese tirano lo habremos estado fabricando en nuestro fuero interno, ya que en esa dinámica interna el personaje habrá encontrado la fuerza necesaria para existir.
 
La enseñanza que deberíamos sacar del drama escenificado por Hiram Abiff en el templo del rey Salomón sería, en primer lugar, nunca matar al Maestro, dejando que todo en nosotros alcance su plenitud por los procesos naturales de maduración. Si ya hemos matado al Maestro, el ritual nos señala que debemos buscar su tumba y resucitarlo, porque el Maestro puede yacer sepultado y como muerto, pero su cadáver está en nosotros, siempre dispuesto a resucitar. Su tumba, ya lo hemos dicho, es la conciencia. Es allí donde el Maestro mora, junto a la acacia, ese árbol inmortal, cuyas hojas permanecen frescas tanto en invierno como en verano, símbolo por excelencia de lo que permanece, de lo que nunca se altera.
 
En la conciencia está la voz de Hiram, dispuesta a reanudar los trabajos de construcción del templo. Así termina ese primer intento de reconciliación entre las tendencias enemigas. Cain (el conocimiento) mató a Abel (la fe) y ahora eran los descendientes de Abel los que daban muerte a Caín-Hiram. Los caínes se conocen actualmente bajo el nombre de franc-masones y los abeles siguen siendo los miembros de la iglesia. Así podemos entender que los masones por su talante, por su espíritu, por su vocación están empeñados en la obra de transformación del mundo, ya sea a través de las artes, de las ciencias o de la técnica. Buscan alcanzar el conocimiento por la vía de la razón. Pero la fe debe desembocar finalmente en el conocimiento, de igual modo que la razón conduce al descubrimiento de la trascendencia.
 
Es por ello que esos hermanos enemigos están destinados a reencontrarse y a trabajar juntos en la gran obra del mundo.

Los grandes Maestros enseñaron a sus discípulos una serie de reglas muy sencillas. La simplicidad siempre es compañera de la verdad. Allí donde se vea una complicación, un razonamiento confuso que sólo los peritos pueden entender, podemos pensar que la verdad brilla por su ausencia.
 
Para comprender la obra de la creación nunca ha sido preciso ser matemático, ni ingeniero, ni filósofo licenciado, ni profesor, ni tener diplomas. La verdad trascendente está al alcance de la mentalidad de un niño. Así, pues, los constructores de catedrales enseñaron a sus discípulos que para edificar una sociedad justa sirven las mismas reglas que se utilizan para erigir un edificio sólido. Sin embargo, la construcción de la sociedad, dijeron los Maestros, empieza por la del propio edificio interior. Si el edificio de nuestra personalidad es poco sólido, si cojea, si está agrietado, si los techos se hunden, si está desnivelado, mal podremos construir en el exterior lo que tanto nos cuesta edificar en nuestro propio espacio físico.
 
Si tenemos problemas de convivencia con el cónyuge, con los hijos, con los padres, con los amigos, en el trabajo, mal podremos contribuir a que se establezca una perfecta convivencia social. De acuerdo con estas premisas los constructores dejaron a sus sucesores, los masones, una serie de utensilios que les permitían la edificación de una sociedad justa:
 
la Escuadra, el Compás, el Mallete, el Cincel, el Nivel, la Plomada, la Llana.

 
 
 

EL TEMPLO DEL REY SALOMÓN


Los descendientes de Abel construyeron poco, desde el punto de vista tecnológico, y las ciudades que fueron levantadas durante su reinado las erigían los arquitectos de la raza de Cam, el hijo de Noé, en el cual se encontraba viva la tendencia cainesca aunque subordinada a los Abel-Noé, que eran quienes dominaban.

Los Abel-Noé eran religiosos por naturaleza; pero su religiosidad era pasiva, sin contribuir a que progresase la obra del mundo a través de la acción, sino más bien por medio de la contemplación. Ellos sabían que existía una raza de creadores y buscaban, invocándolos, que les dictaran sus líneas de actuación. Si las voces de los dioses les ordenaban que cogieran a su primogénito y lo sacrificaran, ellos lo hacían, sin discusión, sin oponer a esa «voz» un criterio propio. Sin embargo, el objetivo principal de la creación era conseguir que el ser humano se formara con su propio criterio. La virtud de la obediencia es propia de la etapa infantil y, por sí sola, es difícil que conduzca a la madurez.

Durante un largo período Dios se comunicaba con sus siervos en el desierto. Más tarde se construyó el tabernáculo, la morada de la divinidad, emplazado también en el desierto. Allí se encerraban los sacerdotes en fechas determinadas con el fin de recibir las órdenes del creador.


El «desierto», en el lenguaje simbólico, significa la parte de la psique que permanece sin colonizar todavía por la conciencia. Es por excelencia el dominio del inconsciente, de aquello a lo cual el ser humano tiene todavía barrado el acceso. Era preciso que esa comunicación con la trascendencia «en el desierto» tuviera lugar «en el templo», es decir, en el propio interior del edificio psíquico humano y que de esta forma fuera realizada a conciencia, lo cual permitiría al ser humano avanzar mucho más deprisa, al poder tomar las riendas de su crecimiento espiritual.

Con tal fin Jehová concibió el plan de levantar esa obra arquitectónica que conocemos con el nombre de El Templo de Salomón. Salomón era el más insigne representante de la tendencia Abel-Noé; hombre hábil en todos los exorcismos del agua (que representa en el ámbito simbólico los sentimientos, las emociones), conocía con una perfección nunca igualada el nombre, el género y el poder de todas las fuerzas de la naturaleza. El sello de Salomón tiene la virtud de captar las fuerzas de la naturaleza que circulan en un instante preciso y todos los grimorios para conjurar a los espíritus se basan en la obra de Salomón. Era un auténtico mago y su poder psíquico era inigualable. Nadie mejor que él para que el creador le confiara una tarea.

Y fue así como Jehová le encargó que edificara un templo en el que el tabernáculo sería instalado de una manera permanente. En ese templo el ser humano podría dialogar a todas horas con el creador. Dicho de otro modo, esa comunicación con un Dios exterior se convertiría en comunicación con un Dios interior, ya que ese templo es la imagen de nuestro propio edificio espiritual, que cada uno de nosotros debe levantar y en el cual la fuerza divina interiorizada se expresa de una manera dinámica para acabar convirtiéndonos en seres superiores. Pero el rey sabio, que conocía todos los secretos del conjuro de los espíritus, que manejaba con destreza los elementos, que llamaba al trabajo a las Salamandras (espíritus del fuego), a las Ondinas (del agua), a las Sílfides (del aire) y a los Gnomos (espíritus de la tierra), ignoraba por completo el arte de construir.

El Gran Arquitecto del Universo le facilitó todas las medidas que debería tener ese templo, pero ningún hombre de su estirpe estaba en condiciones de convertir esas medidas en piedra viva y darles la forma necesaria. Para poder edificar esta obra, Salomón tuvo que pedir ayuda a su amigo Hiram, el rey de Tiro, quien le facilitó los servicios de un arquitecto conocido con el nombre de Hiram Abiff, el hijo de la viuda.

Hiram Abiff era un representante de la línea de Caín-Cam, es decir, un hombre hábil en el arte de las construcciones y en el dominio de la piedra. Por primera vez, Abel-Salomón y Caín-Hiram iban a colaborar en la realización de una obra.

La Biblia nos cuenta cómo, para dar forma a esta obra colosal, Hiram reunió materiales que provenían de los más lejanos países de la tierra. Cada región, cada pueblo, tenía algo que le era propio en ese templo. Es decir, todas las partículas que forman parte de nuestra individualidad, todas las tendencias que conforman la personalidad (las que representan el amor, el perdón, la superación, el empuje...) deben aportar algo a esa edificación, que es la obra magna del ser humano: el edificio que ha de alojar su trascendencia.

Hiram reunió bajo su obediencia a una legión de Maestros constructores, al mando de toda una armada de Compañeros y Aprendices, edificando la obra con tal arte que el templo se iba construyendo sin ruido de martillos, indicando con ello que ese templo psíquico interior debe ser levantado en un ambiente de silencio y meditación, sin el ruido que pueden representar las críticas, los prejuicios, la incomprensión exterior, razón por la cual la obra de los francmasones es discreta y sus miembros prometen guardar silencio sobre los trabajos realizados. La obra de Hiram adquirió tal renombre en toda la tierra que soberanos de otros reinos acudían desde muy lejos para visitarla.

Fue así como apareció Balkis, la reina de Saba. Salomón tenía proyectado su matrimonio con la reina de Saba, la más bella criatura que existía en el mundo, y la recibió con ricos presentes, asombrándola con conjuraciones y ritos mágicos en los que era consumado maestro. La reina estaba rendida de admiración, pero antes de dar su «si» definitivo quiso que Salomón le enseñara el templo que se estaba edificando a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo.

El rey, tras oponer toda la resistencia que pudo, la llevó allí, pero la reina sólo pudo contemplar una edificación en obras y sin los obreros. Balkis quiso ver a los peones a pie de obra y le pidió al rey que los llamara al trabajo. Sin embargo, por más que Salomón se esforzó, dando palmadas y voces, tratando de reactivar el trabajo, ningún obrero acudió al templo, que siguió en el más absoluto silencio. La reina quedó decepcionada al ver que, a pesar de todos sus poderes y riqueza, Salomón era incapaz de mandar a los obreros al trabajo y pensó que existía alguien más poderoso que él, que tenía la potestad de llamarlos a la obra. Balkis quiso conocer a Hiram Abiff.

A regañadientes, Salomón se lo presentó y tan pronto como conoció a Hiram la reina quedó fascinada. El arquitecto le explicó la función de cada elemento del templo y cómo las piedras encajaban de forma justa y perfecta; a una palabra suya, y a un signo, acudieron las legiones de obreros que se pusieron a trabajar sin ruido de martillos. Al contemplar la maravilla, a reina de Saba se enamoró de Hiram y rompió su compromiso con Salomón.

La reina de Saba representa el alma de la humanidad dividida entre dos tendencias, la creadora de Caín y la contempladora de Abel. Si esa alma se hubiera casado con Salomón, hubiera expresado la renuncia y el rechazo de la tendencia creadora, desembocando, a corto o largo plazo, en una nueva catástrofe semejante al diluvio. Pero ante la belleza de la obra, el alma de la humanidad quiso quedarse libre de compromiso, y hubiera acabado ungida al arquitecto de haber escapado éste a la traición de los Compañeros, que contaron con el beneplácito de Salomón, cegado por los celos.

El dilema de Balkis se repite en nosotros de forma constante cuando elegimos entre trabajar más para aumentar los ingresos o pasar más tiempo con la familia; cuando nos gusta una pareja y debemos decidir si nos conviene por su estatus social; cuando debemos decidir entre comer un trozo de chocolate y saciar nuestro apetito goloso o reprimirnos y mantener la línea; cuando se contraponen la fe y el conocimiento.

 

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