Mostrando entradas con la etiqueta San Juan Evangelista. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta San Juan Evangelista. Mostrar todas las entradas

sábado, 23 de diciembre de 2017

LA FRATERNIDAD MASÓNICA EN LA NOCHE DE SAN JUAN EVANGELISTA


En esta noche tan especial del 27 de Diciembre en que celebramos la festividad de San Juan Evangelista, y apelando una vez más a vuestra paciencia y comprensión, quisiera comunicaros algunos pensamientos que han surgido al reflexionar sobre la «fraternidad» masónica.
 
En primer lugar, pudiera suceder que debido al excesivo uso que se hace de ella, esta palabra acabe finalmente por convertirse en un tópico, como ocurre con tantas otras. Esto debe evitarse a toda costa, y tal vez una manera de hacerlo consista en recordar, cada vez que se pronuncia, el sentido verdadero y el significado profundo que encierra.
 
Fraternidad quiere decir 'hermandad', esto está claro. Pero en la Masonería la hermandad está ligada por lazos espirituales, ya que no se trata de una simple organización profana, sino que tiene un carácter eminentemente iniciático, y por lo tanto sagrado. Esto, se mire por donde se mire, es así: el dominio iniciático pertenece al ámbito espiritual, pues la raíz latina de iniciación (in ire) responde a la idea de comienzo, de entrada, de penetración, de vía o sendero por el camino del Conocimiento, con C mayúscula para distinguirlo del simple conocimiento racional y mental que sólo se refleja a sí mismo, incapaz de salir de sus propios límites discursivos.
 
Tal vez nos preguntemos en qué consiste dicho Conocimiento, y cómo podría ser definido, si es que esto último fuese posible. Sin necesidad de recurrir a largas explicaciones, diremos que el Conocimiento de que se trata no puede ser otro que el que nos reintegra a la auténtica identidad de nuestro ser, es decir, aquel que nos da la posibilidad de recordar (en el sentido de la "reminiscencia" platónica) qué o quiénes somos realmente, cuál es nuestro destino y la razón misma de nuestra existencia.
 
¿Para qué hemos recibido el beneplácito y el privilegio de la iniciación masónica sino para saber realmente quién somos? Si así no fuera ¿qué sentido tendrían todos estos símbolos y ritos cargados de significaciones cosmológicas y espirituales, y cuyo único fin es servir de soportes y vehículos en nuestro viaje hacia el Conocimiento, que ellos velan y revelan al mismo tiempo?
 
La estructura simbólica y ritual de nuestra Orden se remonta más allá de cualquier cronología, estando su origen en el tiempo mítico anterior a la propia historia. Tratándose de una herencia sagrada, ésta sólo puede proceder del Espíritu, que en la Masonería toma el nombre y la función ordenadora de Gran Arquitecto del Universo. Así, pues, siendo hasta en sus más mínimos detalles la inteligencia constructora del equilibrio y la armonía universal, el Arquitecto está incluido en su obra. Es más, él constituye en los seres ese principio inmutable que les da la vida y la posibilidad de ser. Por lo tanto, el masón no sólo debe conocerse a sí mismo sino también el mundo que le rodea, las leyes que lo rigen y lo moldean permanentemente, reconociendo en los seres y las cosas, que son como nosotros símbolos, un reflejo de la Sabiduría, la Fuerza y la Belleza del Gran Arquitecto.

Con lo que decimos no nos alejamos del tema que estamos tratando, pues esta solidaridad, esta comunión con el cosmos visible e invisible que nos rodea y del que formamos parte, es una muestra más de la fraternidad que debe presidir nuestra conducta, un ejemplo más del lazo indisoluble que liga entre sí a los diversos planos y niveles de la manifestación.
 
En este sentido, entre nosotros si realmente nos consideramos hermanos, y así es en efecto, debemos igualmente estar ligados por lazos de amor hacia el Conocimiento y la Verdad.
 
Pensamos que esta será nuestra marca o sello distintivo por el que nos podríamos reconocer como tales. Naturalmente, es obvio que cada cual puede y debe acometer la búsqueda del Conocimiento siguiendo la inclinación de su naturaleza, y encarnarlo a la luz de su íntima reflexión y con las armas de que disponga. Además, como dice el Volumen de la Ley Sagrada, «nadie puede añadir un solo codo a su estatura», llegando en esa búsqueda hasta donde le permitan sus posibilidades de comprensión.
 
Por otro lado, ya sabemos que la Masonería no es religiosa ni está supeditada a la estrechez del dogmatismo, cualquiera sea su signo. La verdad de las cosas es demasiado rica y generosa como para ponerle limites, manifestándose en cada uno de nosotros como una libertad sin trabas. El mismo Juan, recogiendo las palabras del Cristo, nos dice en su Evangelio: «La Verdad os hará libres».
 
La Masonería no es dogmática ni religiosa, pero si posee una doctrina y un método de trabajo, y nuestro deber es conocerlos, saber de qué se trata y llevarlos a cabo. Lo único que se nos exige es que nos desembaracemos de todo lo que nos es superfluo y añadido, y encerrarnos en nuestra particular cámara de re-Flexión; de «dejar los metales en la puerta del Templo», el cual no es otro que aquel que deseamos edificar en nuestro interior, pues éste que vemos es sólo el símbolo.

Fratenidad también sugiere la idea de nacer. Los hermanos son tales porque han nacido de los mismos progenitores. Debe haber, entonces, un padre y una madre común. En el caso del iniciado masón, ¿cuáles serían? Tratándose de paternidad y maternidad espirituales, esa progenitura debe proceder por un lado del Gran Arquitecto, nuestro Ancestro primordial, y por otro, de la propia Masonería.
 
Debemos considerar con esto la acción de dos energías complementarias, una vertical y otra horizontal. La primera, descendiendo directamente en plomada, fecunda e ilumina a la organización iniciática y tradicional, que representa el plano horizontal, el cual está compuesto por la substancia psicosomática y espiritual de los hermanos que la constituyen. Así, de la cópula producida por la acción de una energía celeste sobre otra terrestre, surge el «hijo de la luz», expresión ésta que se atribuye al iniciado masón.
 
Lo que decimos está ritualizado de una forma muy bella y clara durante la ceremonia de iniciación en el Rito Emulación. En el momento de «dar la luz» (o «dar a luz») al recipiendario, el Venerable da tres golpes con el mallete cuyos sonidos evocan la reverberación del trueno que anuncia la luminosidad del relámpago, símbolo de la Palabra fecundante del Todopoderoso Gran Arquitecto, Palabra dispensadora del re-nacimiento espiritual que virtualmente se comunica al nuevo iniciado. Y esa comunicación se realiza precisamente en la «cadena de unión» formada por todos los hermanos, y que no sólo se representan a ellos mismos, sino a «todos los masones esparcidos por la faz de la tierra», es decir a la Tradición misma.
 
«¿De dónde procedes, mi hermano?
 
De la Santa y Real Logia de San Juan, Venerable Maestro».

«En el Señor está toda nuestra confianza»
 
 
 

sábado, 16 de diciembre de 2017

ACERCA DE LOS DOS SAN JUAN - RENÉ GUÉNON


Aunque el verano sea considerado generalmente como una estación alegre y el invierno como una triste, por el hecho de que el primero representa en cierto modo el triunfo de la luz y el segundo el de la oscuridad, los dos solsticios correspondientes tienen sin embargo, en realidad, un carácter exactamente opuesto al indicado; puede parecer que hay en ello una paradoja harto extraña, y empero es muy fácil comprender que sea así desde que se posee algún conocimiento sobre los datos tradicionales acerca del curso del ciclo anual. En efecto, lo que ha alcanzado su máximo no puede ya sino decrecer, y lo que ha llegado a su mínimo no puede, al contrario, sino comenzar a crecer a continuación (1); por eso el solsticio de verano señala el comienzo de la mitad descendente del año, y el solsticio de invierno, inversamente, el de su mitad ascendente; y esto explica también, desde el punto de vista de su significación cósmica, estas palabras de San Juan Bautista, cuyo nacimiento coincide con el solsticio estival: "Él (Cristo, nacido en el solsticio de invierno) conviene que crezca, y yo que disminuya" (2). Sabido es que, en la tradición hindú, la fase ascendente se pone en relación con el deva-yâna, y la fase descendente con el pitr-yâna; por consiguiente, en el Zodíaco, el signo de Cáncer, correspondiente al solsticio de verano, es la "puerta de los hombres", que da acceso al pitr-yâna, y el signo de Capricornio, correspondiente al solsticio de invierno, es la "puerta de los dioses", que da acceso al deva-yâna. En realidad, el período "alegre", es decir, benéfico y favorable, es la mitad ascendente del ciclo anual, y su período "triste", es decir, maléfico o desfavorable, es su mitad descendente; y el mismo carácter pertenece, naturalmente, a la puerta solsticial que abre cada uno de los dos períodos en que se encuentra dividido el año por el sentido mismo del curso solar.
 
Sabido es, por lo demás, que en el Cristianismo las fiestas de los dos San Juan están en relación directa con los dos solsticios (3), y, cosa muy notable, aunque nunca la hayamos visto indicada en ninguna parte, lo que acabamos de recordar está expresado en cierta manera por el doble sentido del nombre mismo de "Juan" (4). En efecto, la palabra hebrea hanán tiene a la vez el sentido de "benevolencia" y "misericordia" y el de "alabanza" (es por lo menos curioso comprobar que, en nuestra misma lengua, palabras como "gracia (s)" tienen exactamente esa doble significación); por consiguiente, el nombre Yahanán [o, más bien, Yehohanán] puede significar "misericordia de Dios" y también "alabanza a Dios". Y es fácil advertir que el primero de estos dos sentidos parece convenir muy particularmente a San Juan Bautista, y el segundo a San Juan Evangelista; por lo demás, puede decirse que la misericordia es evidentemente "descendente" y la alabanza, "ascendente", lo que nos reconduce a su respectiva relación con las dos mitades del ciclo anual (5).

En relación con los dos San Juan y su simbolismo solsticial, es interesante también considerar un símbolo (6) que parece peculiar de la Masonería anglosajona, o que al menos no se ha conservado sino en ella: es un círculo con un punto en el centro, comprendido entre dos tangentes paralelas; y estas tangentes se dice que representan a los dos San Juan. En efecto, el círculo es aquí la figura del ciclo anual, y su significación solar se hace, por otra parte, más manifiesta por la presencia del punto en el centro, pues la misma figura es a la vez el signo astrológico del sol; y las dos rectas paralelas son las tangentes a ese círculo en los dos puntos solsticiales, señalando así su carácter de "puntos límite", ya que estos puntos son, en efecto, como los límites que el sol no puede jamás sobrepasar en el curso de su marcha; y porque esas líneas corresponden así a los dos solsticios puede decirse también que representan por eso mismo a los dos San Juan. Hay empero, en esta figuración una anomalía por lo menos aparente: el diámetro solsticial del cielo anual debe considerarse, según lo hemos explicado en otras ocasiones, como relativamente vertical con respecto al diámetro equinoccial, y sólo de esta manera, además, las dos mitades del ciclo, que van de un solsticio al otro, pueden aparecer real y respectivamente como ascendente y descendiente, pues entonces los puntos solsticiales constituyen el punto más alto y el punto más bajo del círculo; en tales condiciones, las tangentes a los extremos del diámetro solsticial, al ser perpendiculares a éste, serán necesariamente horizontales. Pero, en el símbolo que ahora consideramos, las dos tangentes, al contrario, están figuradas como verticales; hay, pues, en este caso especial, cierta modificación aportada al simbolismo general del ciclo anual, la que por lo demás se explica de modo bastante sencillo, pues es evidente que no ha podido producirse sino por una asimilación establecida entre esas dos paralelas y las dos columnas [masónicas]; éstas, que naturalmente no pueden ser sino verticales, tienen por lo demás, en virtud de su situación respectiva al norte y al mediodía, y al menos desde cierto punto de vista, una relación efectiva con el simbolismo solsticial.

Este aspecto de las dos columnas se ve claramente sobre todo en el caso del símbolo de las "columnas de Hércules" (7); el carácter de "héroe solar" de Hércules y la correspondencia zodiacal de sus doce trabajos son cosas demasiado conocidas para que sea necesario insistir en ellas; y es claro que precisamente ese carácter solar justifica la significación solsticial de las dos columnas a las cuales está vinculado su nombre. Siendo así, la divisa "non plus ultra", referida a esas columnas, aparece como dotada de doble significación: no solamente expresa, según la interpretación habitual, propia del punto de vista terrestre y, por lo demás, válida en su orden, que aquéllas señalan los límites del mundo "conocido", es decir, en realidad, que son los límites que, por razones cuya investigación podría resultar de interés, no era permitido sobrepasar a los viajeros; sino que indica al mismo tiempo -y sin duda debería decirse ante todo- que, desde el punto de vista celeste, son los límites que el sol no puede franquear y entre los cuales, como entre las dos tangentes de que tratábamos líneas antes, se cumple interiormente su curso anual (8). Estas últimas consideraciones pueden parecer bastante alejadas de nuestro punto de partida, pero, a decir verdad, no es así, pues contribuyen a la explicación de un símbolo expresamente referido a los dos San Juan; y, por otra parte, puede decirse que, en la forma cristiana de la tradición, todo lo que concierne al simbolismo solsticial está también, por eso mismo, en relación con ambos santos.

NOTAS:

1. Esta idea se encuentra, particularmente, expresada varias veces y en formas diversas en el Tao-te-King; se la refiere más en especial, en la tradición extremo-oriental, a las vicisitudes del yin y el yang.

2. San Juan, III, 30.

3. Esas fiestas se sitúan en realidad un poco después de la fecha exacta de los solsticios, lo que manifiesta de modo aún más nítido su carácter, ya que el descenso y el ascenso han comenzado ya efectivamente; a esto corresponde, en el simbolismo védico, el hecho de que las puertas del Pitri-loka y del Deva-loka se consideran situadas respectivamente, no exactamente al sur y al norte, sino hacia al sudoeste y el nordeste.

4. Queremos referirnos aquí al significado etimológico de ese nombre en hebreo; en cuanto a la vinculación entre Juan y Jano, aunque debe entenderse que es una asimilación fónica sin ninguna relación, evidentemente, con la etimología, no por eso es menos importante desde el punto de vista simbólico, ya que, en efecto, las fiestas de los dos San Juan han sustituido realmente a las de Jano, en los respectivos solsticios de verano e invierno.

5. Recordaremos también, vinculándola más especialmente a las ideas de "tristeza" y "alegría" que indicábamos en el texto, la figura "folklórica" francesa, tan conocida, pero sin duda generalmente no comprendida muy bien, de "Juan que llora y Juan que ríe", que es en el fondo una representación equivalente a la de los dos rostros de Jano; "Juan que llora" es el que implora la misericordia de Dios, es decir, San Juan Bautista; y "Juan que ríe" es el que le dirige alabanzas, es decir, San Juan Evangelista.

6. [Ya señalado en la última nota de un artículo anterior.]

7. En la representación geográfica que sitúa a esas columnas a una y otra parte del actual estrecho de Gibraltar, es evidente que la ubicada en Europa es la columna del norte y la ubicada en África es la de mediodía.

8. En antiguas monedas españolas se ve una figuración de las columnas de Hércules unidas por una suerte de banderola en la que está inscrita la divisa "non plus ultra"; ahora bien -cosa que parece bastante poco conocida y que señalaremos aquí a título de curiosidad-, de esa figuración deriva el signo usual del dólar norteamericano; pero toda la importancia fue dada a la banderola, que no era primitivamente sino un accesorio y que fue cambiada en una letra S, cuya forma aproximadamente tenía, mientras que las dos columnas, que constituían el elemento esencial, quedaron reducidas a dos trazos paralelos, verticales como las dos tangentes del círculo en el simbolismo masónico que acabamos de explicar; y la cosa no carece de cierta ironía, pues precisamente el "descubrimiento" de América anuló de hecho la antigua aplicación geográfica del non plus ultra.


Autor:
René Guénon

Artículo originalmente publicado en “Études Traditionnelles”, junio de 1949, e incluido en Symboles fondamentaux de la Science Sacrée, París, Gallimard, 1962 [Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada, Buenos Aires, Eudeba, 1969, y Barcelona, Paidós, 1996].
 
 
 

viernes, 17 de noviembre de 2017

SIMBOLOGÍA SOBRE LAS COLUMNAS J Y B

 
La riqueza simbólica de los dos solsticios es verdaderamente in­agotable y nos ofrece siempre diferentes niveles de lectura, todos ellos perfectamente coherentes entre sí.
 
Quiero señalar de forma muy breve uno de los aspectos de esa simbólica, aquella que se re­fiere a las letras J y B, que como sabemos son las iniciales de las dos columnas que enmarcan la entrada de nuestro templo, y también del templo de Salomón, su prototipo y modelo.
 
Estas dos iniciales se corresponden con las de Juan Bautista y Juan Evangelista, tam­bién llamado Juan Boanergés, nombre que significa "Hijo del True­no", referido tanto al Evangelista como a su hermano Santiago, que es el patrón de los alquimistas como todos sabéis.
 
Que las iniciales de los nombres de los dos patrones de la Masonería (Juan Bautista y Juan Boanergés = J y B) sean las mismas que las de las dos Co­lumnas no ha de deberse a una simple "coincidencia" o "azar", que no existen para la Ciencia Simbólica, sino que ha de responder a algo mucho más profundo relacionado con la enseñanza cosmogónica e iniciática de nuestra Orden.

Tengamos en cuenta que las dos columnas son una sola en su realidad arquetípica, pues ambas están situadas en los extremos de un mismo eje, el eje de los solsticios, significando la palabra sols­ticio "el sol se detiene", que es lo mismo que decir que el tiempo simbólicamente no transcurre, esto es, que no existe, y que por tanto la idea de dualidad, movimiento y sucesión propia del transcurrir temporal ha sido reintegrada en la Unidad de su origen eterno.
 
Asimismo los dos solsticios ocurren simultáneamente, pues cuando en el hemisferio norte es el solsticio de invierno, en el hemisferio sur es el solsticio de verano, y viceversa, de ahí que se diga que cuando la "puerta de los dioses" se abre (en el solsticio de invier­no), también lo hace simultáneamente la "puerta de los hombres" (en el solsticio de verano).

Por otro lado, las letras J y B son también las iniciales de Jerusalén y Belén, que como sabemos son las dos ciudades, o los dos extremos en el espacio y el tiempo, entre los que transcurre la vida de Cristo, que no es otro que esa realidad arquetípica en la que se unen los contrarios aparentes representados por los dos San Juan o los dos solsticios.
 
El mismo Cristo, en cuanto a su condición humana es salido del tronco de David y por tanto de la tribu real de Judá, que junto a la de Benjamín (B), fueron las dos tribus que constituyeron el reino de Judá.

Toda esta simbólica, que nos describe una historia y una geogra­fía sagradas, adquiere un sentido nuevo cuando advertimos que las mismas iniciales J y B son también las de las letras hebreas Iod y Beth (la J es idéntica a la I), y cuyos valores numéricos son 10 y 2 respectivamente. Atendiendo a esos valores numéricos, el primero (10) expresa la idea de ciclo completo y acabado, en tanto que el se­gundo (2), indica más bien la idea de comienzo y principio, pues Beth es asimismo la inicial de Bereshit, la primera palabra con la que se inicia el Génesis y el Prólogo del Evangelio de San Juan:
 
"En el Co­mienzo", o "En el Principio".
 
En relación con el tiempo esos valores numéricos se están refiriendo al comienzo y al fin de la manifesta­ción, o de cualquier ciclo, como por ejemplo la vida de Cristo "encuadrada" entre Belén y Jerusalén. Pero si sumamos, es decir si unimos, 10 y 2 el resultado es 12, que en este contexto se correspon­den con las 12 puertas de la Jerusalén Celeste, o con los "doce soles" que aparecen simultáneamente en el centro de ella como los doce frutos del Árbol de la Vida, cuando todo el ciclo de la humanidad (el Manvántará) haya sido consumado en la Unidad, dentro de la cual "no hay acepción de personas", o de individualidades.


lunes, 13 de noviembre de 2017

LOS SOLSTICIOS: FIESTAS DE LOS DOS SAN JUAN


No nos es ajena la enorme importancia que revisten para la Masonería las fiestas solsticiales de los dos San Juan. Todos sabernos que la importancia que nuestra Orden concede al Bautista y al Evangelista obedece, entre otras razones, al hecho de que ambos santos representan, por la extraordinaria riqueza espiritual que sus mensajes contienen, la espina dorsal y el eje invariable que sostiene nuestro edificio.
 
En esta plancha intentaremos señalar algunos aspectos del complejo simbolismo solsticial, ligándolo, en cuanto nos sea posible, a determinados aspectos de la enseñanza iniciática y cosmológica de nuestros dos santos patrones.
 
En primer lugar, hemos de tener en cuenta que los fenómenos astronómicos y naturales, en una sociedad tradicional, o en una organización iniciática como es nuestra Orden, siempre han sido considerados como los símbolos de las realidades invisibles y espirituales, que por tener tal naturaleza no podrían ser aprehendidos por nuestra inteligencia si no fuera por aquello que las sugiere y las expresa, es decir las simboliza. Idéntico punto de vista podríamos deducir de las imágenes y símbolos específicamente iniciáticos y sagrados (como, sin ir más lejos, aquellos que decoran y hacen significativa la Logia), y que fueron diseñados por nuestros antepasados con el único fin de servir de soporte, de estudio y de meditación para conocer la verdad que se oculta tras su apariencia.
 
En su sentido más auténtico los símbolos iniciáticos no son sino las expresiones de los arquetipos universales, de las causas originarias, de las que emanan, como el manantial de su fuente, todas las cosas, siendo este punto de vista, a diferencia de lo que hoy se cree, una constante en el pensamiento de los hombres y de los pueblos a lo largo de la historia. Todo ser tiene un origen temporal, tanto como atemporal y trascendente. Por un lado, un nacimiento físico, condicionado; por otro, la posibilidad de renacer, de volver a nacer a la esfera de lo espiritual, por un acto de su voluntad más íntima y profunda, gracias al conocimiento del lenguaje revelador, evocador y regenerativo de los símbolos sagrados.
 
Las representaciones rituálicas cumplen el mismo objetivo. En su desarrollo gestual, en la propia dinámica de su ritmo, el rito (que es el símbolo en movimiento) produce determinadas vibraciones armónicas que actúan como un detonador en la conciencia, despertándola a la realidad que el gesto ritual simboliza. Por tomar un ejemplo entre muchos, las circumambulaciones alrededor de los tres Pilares que el masón ejecuta en Logia no hacen sino representar simbólicamente el ritmo circular del sol y de las estrellas en su curso aparente por el cielo alrededor de la estrella polar. 
 
Las fiestas solsticiales de los dos San Juan se adornan con los atributos propios de toda celebración litúrgica en la que el sol, el astro de la luz, es el protagonista principal. Sin ir más lejos, el carácter solar de ambas festividades está netamente señalado por las fechas que ocupan en el calendario, es decir el 24 de junio para San Juan Bautista y el 27 de diciembre para el Evangelista, días que como todos sabemos corresponden al solsticio de verano y al solsticio de invierno, respectivamente. Para no alargarme demasiado en estas consideraciones indicaré solamente que la circunferencia o círculo que dibuja la órbita solar al pasar de un solsticio a otro, pasando por los dos equinoccios de primavera y otoño, deviene el esquema simbólico y tradicional del ciclo del año. Y si tenemos "en cuenta las relaciones, correspondencias y analogías que se dan entre el espacio y el tiempo, deberíamos deducir que si el movimiento aparente del sol, así como el de los planetas y restantes cuerpos celestes es circular, el tiempo tiene que serlo también, lo que vale decir que es por naturaleza cíclico. Esto lo podemos advertir igualmente cuando constatamos que a cada punto cardinal, norte, sur, este y oeste, le corresponde una estación temporal invierno, verano, primavera y otoño en un constante reciclaje que hace posible la regeneración permanente del propio tiempo y espacio, tanto terrestre como celeste o cósmico.
 
Las fiestas rituálicas de los dos San Juan, como en cierto modo toda celebración litúrgica reposan pues, sobre este postulado el tiempo cósmico y humano está sujeto a la regeneración perenne, siendo este vaivén rítmico de los solsticios como una imagen y un reflejo sensible y natural de esta ley universal. Ya los antiguos romanos celebraban anualmente las fiestas solsticiales dedicadas al dios Jano, en el que podemos encontrar las mismas significaciones simbólicas que se atribuyen a los dos San Juan. Como ellos, Jano presidía las fases ascendentes y descendentes del ciclo anual, y era considerado como el "portero" (ianitor), que con sus dos llaves, una de plata y otra de oro, abría y cenaba las épocas. Por esto mismo se le denominaba también el «Señor del tiempo», el creador del mundo y padre de los dioses. Jano poseía las claves (de (l'avis, llave) de los misterios ligados a la iniciación.

Las dos llaves estaban relacionadas con los dos rostros que poseía (de ahí también el calificativo de Jano Bifronte). Uno de ellos miraba a la izquierda y estaba relacionado con el pasado, con lo que fuimos, y que como tal condiciona inevitablemente nuestro presente. Al rostro de la izquierda se le adjudicaba la llave de plata, llave (o clave) que abría la puerta de acceso a los misterios ligados a la primera fase de la iniciación, donde el recipiendario tiene que tomar conciencia de si mismo, esfuerzo que necesariamente implica la regeneración total de la psiqué o del alma, elevándola a un plano superior que por su naturaleza le pertenece. A su vez, la llave de oro estaba en posesión del rostro que mira a la derecha y al porvenir. Podríamos decir que el porvenir -donde el tiempo todavía no es- se relaciona simbólicamente con el mundo celeste y uránico (solar), y cuyos misterios están ligados a la segunda fase de la iniciación.
 
Y es precisamente en su papel de «iniciador en el Conocimiento», como fue venerado por los Collegia Fabrorum de la Roma Imperial, antecesores directos de los gremios iniciáticos de constructores y artesanos que florecieron en la Edad Media, periodo histórico donde precisamente Jano fue reabsorbido en la forma cristianizada de San Juan Bautista y San Juan Evangelista, de los que se ha dicho que representan las dos modalidades o aspectos de un solo y mismo ser.
 
Aquí existe una interesantísima correspondencia entre las puertas solsticiales y el dominio propio de la iniciación en los misterios, que no hace sino confirmar el valor simbólico del mundo natural con respecto al espiritual y sagrado. Iniciación que a su vez se desarrolla en dos fases, descendente y ascendente, o concentrativa y expansiva, y que la antigüedad grecolatina hizo corresponder respectivamente a los «pequeños viajes» y a los «grandes viajes», terrestres los unos y celestes los otros, los que conducen al conocimiento integral de la cosmogonía y del verdadero orden del mundo. Estas mismas fases de un solo y único proceso se encuentran claramente expresadas en la iniciación, elevación y exaltación característica de los tres primeros grados masónicos de Aprendiz, Compañero y Maestro, a los que no son ajenos las figuras y atributos del Bautista y del Evangelista.
 
Es bien cierto que como su propio nombre indica, la misión de Juan Bautista es precisamente la de bautizar con agua, simbolizando dicho bautismo la regeneración y el nacimiento a una «nueva vida», aquélla que se nos promete cuando somos recibidos francmasones. A partir de ese momento crucial, que es un comienzo y una entrada, se nos abre una puerta, la que los pitagóricos designaban como la «puerta de los hombres», representada en nuestro ritual por esa matriz cósmica que es la Cámara de Reflexión, donde simbólicamente también descendemos en el fondo de lo humano para reconocer nuestra verdadera identidad en consonancia con nuestro destino. Esto es lo que designan las siglas herméticas V.I.T.R.I.O.L. grabadas en dicha Cámara: Visita el Interior de la Tierra (de ti mismo) y Rectificando Encontrarás la Piedra Oculta.
 
Según el símbolo, descendiendo en el centro tenebroso de la tierra reconocemos el valor supremo de la muerte, de la vacuidad, de lo más pequeño, imprescindible para que una nueva forma de vida, un orden nuevo, reflejo de lo universal, alumbre en nuestra alma. A este respecto, en la rueda astrológica, la «puerta de los hombres» está situada en el signo de Cáncer, que por sus vinculaciones con la luna y el agua (la cual genera al mismo tiempo que corrompe), rige tanto los nacimientos como las muertes. Con el mismo significado la cosmología hindú menciona «la vía de los antepasados» (pirt-yana), por donde el ser que la recorre nace a la generación y a la vida. En el dominio de la realización espiritual esta generación es un nacimiento al cosmos, al orden, una entrada en el templo sagrado, donde los planetas junto con los doce signos del zodiaco marcan los ciclos y los ritmos del universo y del hombre. Hemos de recordar que en el templo de la Logia los doce signos son las doce columnas o pilares que la enmarcan, estando expresados los planetas por los oficiales que rituálica y armónicamente circulan por su interior. Este descenso podría verse también como una paulatina disminución de la naturaleza humana, fácilmente accesible a cualquier tipo de contagio profano. Esto lo anuncia claramente el Bautista cuando exclama: «El, Cristo, conviene que crezca, y yo que disminuya», clara alusión, por otro lado, al trayecto solsticial, descendente-ascendente de la órbita solar. Por otro lado en nuestra tradición, Cristo no es sino el Gran Arquitecto, el Maestro interno de cada uno que desde lo secreto dirige la edificación del Templo de la Sabiduría.

En el solsticio de Invierno el descenso alcanza su máxima declinación, lo que se traduce como el aparente triunfo de las tinieblas nocturnas sobre la claridad diurna. Pero lo que ha alcanzado su mínimo no puede sino crecer, motivo por el cual el solsticio invernal marca también el ascenso de la luz solar; el nacimiento de Cristo (Sol de Justicia) se produce en Navidad, solsticio de invierno.
 
Añadamos que este descenso es una interiorización y concentración en el objeto de nuestra búsqueda, que nos conducirá finalmente al recinto sagrado, iluminado desde su interior y «a cubierto» de cualquier interferencia profana. Para ello, toda aspereza y arista de la piedra bruta tienen que ser trabajadas pacientemente, tomando como ejemplo la propia misión del Bautista, que ya profetizó Isaías con estas palabras: «Aplanad los caminos del Señor, toda montaña y colina serán allanadas». Mensaje de equilibrio, de paciencia y de amor ferviente hacia la Verdad sin mácula que también anuncia el Precursor, hijo de Zacarías.
 
Por esta razón, a Juan Bautista se le atribuye en la Masonería la ciencia de la escuadra y el nivel, útiles imprescindibles para que la base del edificio a construir se encuentre perfectamente allanada y encuadrada, simbolismo que se refiere claramente al trabajo de rectificación que cada uno debe ejercer consigo mismo.
 
Si a la función del Bautista le conviene la escuadra y los misterios terrestres de lo humano, ligados al bautismo de agua, a Juan Evangelista «el águila de Dios» y «el discípulo bien amado», se le considera el apóstol que da testimonio de la luz divina, siéndole encomendado bautizar con el fuego del Espíritu. Porque su Evangelio representa sin duda alguna el aspecto interior y esotérico de la tradición cristiana, la Masonería le asigna la perpendicular y el compás, instrumentos que sirven para trazar el eje vertical que va del centro de la base del edificio hasta su sumidad más alta, donde reside la clave de bóveda.
 
Según una aplicación particular del simbolismo cosmológico a las puertas solsticiales, ese eje vertical o esa plomada indicará el camino ascendente que se abre, según los pitagóricos, con la «puerta de los dioses», la que da acceso a los «grandes viajes», donde el masón, maestro de sí mismo por la muerte y resurrección del maestro Hiram, irá en busca de su verdadero origen y patria que es celeste (el Oriente Eterno), donde podrá encontrar finalmente la reconstitución de la «Palabra Perdida» que compone el Nombre Inefable del Gran Arquitecto, Sol Espiritual y eje polar y central del Universo.
 


LOS ALTOS GRADOS EN LA MASONERÍA

LOS ALTOS GRADOS EN LA MASONERÍA

Comienzos de la Masonería en los distintos países del mundo

ÉTICA Y CÓDIGO MORAL MASÓNICO

DICCIONARIO DE CONCEPTOS MASÓNICOS

MÚSICA MASÓNICA

ORACIONES PARA MASONES

TEXTOS, PLANCHAS, LITERATURA MASÓNICA

TEXTOS, PLANCHAS, LITERATURA MASÓNICA

INSTRUCCIONES, LITURGIAS, CATECISMOS, MANUALES...

INSTRUCCIONES, LITURGIAS, CATECISMOS, MANUALES...

VISITA MI CANAL EN YOUTUBE

VISITA MI CANAL EN YOUTUBE
ORACIONES DEL MUNDO EN VIDEO

SIGUE MIS PUBLICACIONES EN FACEBOOK