sábado, 23 de diciembre de 2017

LA FRATERNIDAD MASÓNICA EN LA NOCHE DE SAN JUAN EVANGELISTA


En esta noche tan especial del 27 de Diciembre en que celebramos la festividad de San Juan Evangelista, y apelando una vez más a vuestra paciencia y comprensión, quisiera comunicaros algunos pensamientos que han surgido al reflexionar sobre la «fraternidad» masónica.
 
En primer lugar, pudiera suceder que debido al excesivo uso que se hace de ella, esta palabra acabe finalmente por convertirse en un tópico, como ocurre con tantas otras. Esto debe evitarse a toda costa, y tal vez una manera de hacerlo consista en recordar, cada vez que se pronuncia, el sentido verdadero y el significado profundo que encierra.
 
Fraternidad quiere decir 'hermandad', esto está claro. Pero en la Masonería la hermandad está ligada por lazos espirituales, ya que no se trata de una simple organización profana, sino que tiene un carácter eminentemente iniciático, y por lo tanto sagrado. Esto, se mire por donde se mire, es así: el dominio iniciático pertenece al ámbito espiritual, pues la raíz latina de iniciación (in ire) responde a la idea de comienzo, de entrada, de penetración, de vía o sendero por el camino del Conocimiento, con C mayúscula para distinguirlo del simple conocimiento racional y mental que sólo se refleja a sí mismo, incapaz de salir de sus propios límites discursivos.
 
Tal vez nos preguntemos en qué consiste dicho Conocimiento, y cómo podría ser definido, si es que esto último fuese posible. Sin necesidad de recurrir a largas explicaciones, diremos que el Conocimiento de que se trata no puede ser otro que el que nos reintegra a la auténtica identidad de nuestro ser, es decir, aquel que nos da la posibilidad de recordar (en el sentido de la "reminiscencia" platónica) qué o quiénes somos realmente, cuál es nuestro destino y la razón misma de nuestra existencia.
 
¿Para qué hemos recibido el beneplácito y el privilegio de la iniciación masónica sino para saber realmente quién somos? Si así no fuera ¿qué sentido tendrían todos estos símbolos y ritos cargados de significaciones cosmológicas y espirituales, y cuyo único fin es servir de soportes y vehículos en nuestro viaje hacia el Conocimiento, que ellos velan y revelan al mismo tiempo?
 
La estructura simbólica y ritual de nuestra Orden se remonta más allá de cualquier cronología, estando su origen en el tiempo mítico anterior a la propia historia. Tratándose de una herencia sagrada, ésta sólo puede proceder del Espíritu, que en la Masonería toma el nombre y la función ordenadora de Gran Arquitecto del Universo. Así, pues, siendo hasta en sus más mínimos detalles la inteligencia constructora del equilibrio y la armonía universal, el Arquitecto está incluido en su obra. Es más, él constituye en los seres ese principio inmutable que les da la vida y la posibilidad de ser. Por lo tanto, el masón no sólo debe conocerse a sí mismo sino también el mundo que le rodea, las leyes que lo rigen y lo moldean permanentemente, reconociendo en los seres y las cosas, que son como nosotros símbolos, un reflejo de la Sabiduría, la Fuerza y la Belleza del Gran Arquitecto.

Con lo que decimos no nos alejamos del tema que estamos tratando, pues esta solidaridad, esta comunión con el cosmos visible e invisible que nos rodea y del que formamos parte, es una muestra más de la fraternidad que debe presidir nuestra conducta, un ejemplo más del lazo indisoluble que liga entre sí a los diversos planos y niveles de la manifestación.
 
En este sentido, entre nosotros si realmente nos consideramos hermanos, y así es en efecto, debemos igualmente estar ligados por lazos de amor hacia el Conocimiento y la Verdad.
 
Pensamos que esta será nuestra marca o sello distintivo por el que nos podríamos reconocer como tales. Naturalmente, es obvio que cada cual puede y debe acometer la búsqueda del Conocimiento siguiendo la inclinación de su naturaleza, y encarnarlo a la luz de su íntima reflexión y con las armas de que disponga. Además, como dice el Volumen de la Ley Sagrada, «nadie puede añadir un solo codo a su estatura», llegando en esa búsqueda hasta donde le permitan sus posibilidades de comprensión.
 
Por otro lado, ya sabemos que la Masonería no es religiosa ni está supeditada a la estrechez del dogmatismo, cualquiera sea su signo. La verdad de las cosas es demasiado rica y generosa como para ponerle limites, manifestándose en cada uno de nosotros como una libertad sin trabas. El mismo Juan, recogiendo las palabras del Cristo, nos dice en su Evangelio: «La Verdad os hará libres».
 
La Masonería no es dogmática ni religiosa, pero si posee una doctrina y un método de trabajo, y nuestro deber es conocerlos, saber de qué se trata y llevarlos a cabo. Lo único que se nos exige es que nos desembaracemos de todo lo que nos es superfluo y añadido, y encerrarnos en nuestra particular cámara de re-Flexión; de «dejar los metales en la puerta del Templo», el cual no es otro que aquel que deseamos edificar en nuestro interior, pues éste que vemos es sólo el símbolo.

Fratenidad también sugiere la idea de nacer. Los hermanos son tales porque han nacido de los mismos progenitores. Debe haber, entonces, un padre y una madre común. En el caso del iniciado masón, ¿cuáles serían? Tratándose de paternidad y maternidad espirituales, esa progenitura debe proceder por un lado del Gran Arquitecto, nuestro Ancestro primordial, y por otro, de la propia Masonería.
 
Debemos considerar con esto la acción de dos energías complementarias, una vertical y otra horizontal. La primera, descendiendo directamente en plomada, fecunda e ilumina a la organización iniciática y tradicional, que representa el plano horizontal, el cual está compuesto por la substancia psicosomática y espiritual de los hermanos que la constituyen. Así, de la cópula producida por la acción de una energía celeste sobre otra terrestre, surge el «hijo de la luz», expresión ésta que se atribuye al iniciado masón.
 
Lo que decimos está ritualizado de una forma muy bella y clara durante la ceremonia de iniciación en el Rito Emulación. En el momento de «dar la luz» (o «dar a luz») al recipiendario, el Venerable da tres golpes con el mallete cuyos sonidos evocan la reverberación del trueno que anuncia la luminosidad del relámpago, símbolo de la Palabra fecundante del Todopoderoso Gran Arquitecto, Palabra dispensadora del re-nacimiento espiritual que virtualmente se comunica al nuevo iniciado. Y esa comunicación se realiza precisamente en la «cadena de unión» formada por todos los hermanos, y que no sólo se representan a ellos mismos, sino a «todos los masones esparcidos por la faz de la tierra», es decir a la Tradición misma.
 
«¿De dónde procedes, mi hermano?
 
De la Santa y Real Logia de San Juan, Venerable Maestro».

«En el Señor está toda nuestra confianza»
 
 
 

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