sábado, 30 de diciembre de 2017

INTRODUCCIÓN A LA CÁBALA

 
Cábala significa tradición; más concretamente tradición oral, entendiendo por ello esa parte de las enseñanzas tradicionales que nos vienen de Moisés, recogidas  en la Biblia.
 
Moisés, en el Sinaí, recibió una revelación procedente de Jehová y la escribió en una serie de libros que figuran en cabeza de la Biblia. Éstos contienen la descripción de cómo el mundo fue creado por un grupo de obreros llamados Elohims, obreros que poseían una mente, pero sin corporeidad física, y nos dice después de qué forma, bajo qué reglas, el mundo funciona.
 
Si ese relato de Moisés es auténtico, tendríamos ahí una pieza de incalculable valor, ya que sería la noticia explicativa del funcionamiento de la máquina del mundo, o de sus "instrucciones". Pero los libros de Moisés son difíciles de entender por una razón: porque nuestro organismo psíquico está poco preparado para su comprensión y somos como un párvulo al que se le diera un libro de fórmulas matemáticas.
 
En el primer capítulo del Génesis, Moisés nos dice que el mundo fue creado en siete días. Esto está claro y lo entendemos perfectamente, pero si lo razonamos, nos damos cuenta de que es imposible que un artefacto tan complejo como nuestro mundo haya podido ser elaborado en siete días tal como hoy los conocemos. Nos decimos que los días de entonces debían de ser distintos a los de ahora, y que Moisés se refiere a épocas, a períodos y que cada día de la creación constituye un proceso generativo que quizá haya durado millones y millones de años nuestros.
 
Por otra parte, para entender a Moisés, además de saber la lengua hebraica convencional, es preciso conocer el significado de cada letra en particular. Ese código hebraico primitivo está formado por 22 letras, que van del Aleph al Tau. Cada una de estas letras representa un estado de las energías primordiales, y al constituir con ellos una palabra, se expresa un modo de ser, una cualidad compleja, que puede ser positiva, negativa, neutra o las tres cosas sucesivamente, de acuerdo con el período de regencia de cada una de las letras.
 
El que esta palabra, traducida convencionalmente, signifique caballo o cedro, tiene poca importancia. Lo importante son las fuerzas que actúan en las distintas letras que la componen.
 
La Cábala es una reflexión profunda, inacabable, sobre el significado de cada una de las letras que componen el relato de Moisés. Este relato empieza con la palabra Bereschit, compuesta por las letras Beith-Reish-Aleph-Shin-Yod-Tau, y ahí empieza la Cábala, preguntándose qué puede significar ese conjunto de letras. Entonces aparece un cabalista y dice: en esas seis letras se encuentra la explicación del misterio de los seis días de la creación, puesto que en el séptimo Dios descansó y, por consiguiente, ninguna fuerza está activa en este día. De esta forma el cabalista va meditando, letra por letra, sobre el relato bíblico y comunica a sus discípulos el resultado de sus meditaciones, aportando su grano de arena a la comprensión del gran misterio del mundo.
 
La Cábala, o sea el conjunto de esas meditaciones, se transmitió oralmente durante siglos, hasta que un día los rabinos, al verse constantemente expulsados de sus países de origen y dispersados, temiendo que la tradición se perdiera, decidieron consignarla por escrito y ello dio lugar al libro que conocemos con el nombre de «Zohar» o «libro del Esplendor». Y sobre este libro, que es un comentario de la Biblia, se han escrito centenares que son a su vez reflexiones sobre el significado de las letras del relato bíblico.
 
Sin embargo, todos los cabalistas están de acuerdo en estimar que la enseñanza oral es superior a la enseñanza escrita, porque lo escrito es algo cristalizado, sin posibilidad de cambio, mientras que la verdad es un valor permanente, en constante evolución, y la enseñanza oral incorpora a la doctrina los nuevos valores que van apareciendo.
 
Dicho esto, debemos preguntarnos si tantos siglos de reflexión han dado un resultado concreto en lo que se refiere a la comprensión de las leyes del mundo. El estudio de la Cábala ¿nos permite movernos mejor en el universo en que vivimos? La respuesta a esta pregunta es afirmativa.
 
La ciencia cabalística ha puesto en pie un sistema lógico que permite ir descubriendo la dinámica de la creación, de tal forma que los errores van auto eliminándose al evidenciarse que difícilmente encajan dentro del edificio levantado por el pensamiento.
 
La Cábala explica la creación a través de un esquema llamado «el Árbol Cabalístico», en el que figuran diez Séfiras (Sefirot) o centros de vida, cada uno de ellos ligado al otro por un sendero. Esos diez Séfiras son centros transformadores de las energías primordiales y pueden ser comparados a nuestras modernas fábricas donde las materias primas son elaboradas y convertidas en objetos concretos.

El Árbol está formado por tres columnas, la de la derecha, llamada de la misericordia o de la tolerancia; la de la izquierda, que es la de las normas o el rigor, y la del centro, que es la del equilibrio. El primero de sus centros, situado en lo alto de la columna del centro, se llama «Kether». Kether es el Séfira de la voluntad, ya que, nos revela la Cábala, la voluntad es la que lo mueve todo. El primer acto de creación divino es un acto de voluntad que puso en marcha todo el proceso de creaciones ulteriores.
 
La particularidad de la Cábala y su superioridad sobre los demás sistemas filosóficos es que contempla la creación más allá de un hecho histórico, como algo actual que está sucediendo en cada uno de nosotros constantemente. Por lo tanto, dice la Cábala, si Dios creó el mundo mediante un acto de voluntad ese procedimiento quedó interiorizado en la dinámica del universo de tal manera que, para crear cualquier cosa, grande o pequeña, será preciso que el hombre movilice en él la voluntad.
 
La voluntad es el atributo de Kether y Kether se encuentra interiorizado en todos los niveles de la creación: o sea, Kether está en cada uno de nosotros, como lo están los demás centros del Árbol, y desde nuestro Kether particular debe salir la voluntad que pondrá en marcha el engranaje de los demás centros.
 
El segundo Séfira, situado en lo alto de la columna de la derecha, se llama «Hochmah», y es la fábrica especializada en amor-sabiduría, de modo que el amor es el segundo ingrediente que apareció en el proceso creativo, y ese amor primordial se define como la fuerza capaz de unir todo aquello que, por su naturaleza, puede ser unido. Es el ingrediente que lo unifica todo. A nivel individual, ese amor de Hochmah se manifiesta en nuestras vidas bajo la forma de circunstancias favorables a la realización de aquello que la voluntad ha programado, es lo que llamamos comúnmente suerte. De modo que la Cábala viene a decirnos: desplegad la voluntad con extremo vigor y veréis cómo os vienen del mundo las circunstancias que permitirán realizar aquello que la voluntad ha puesto en marcha. Es una ley que siempre se ve refrendada por la realidad y cada uno de nosotros puede comprobarlo con sus propias experiencias.
 
El tercer Séfira, situado en lo alto de la columna de la izquierda, se llama «Binah», y su atributo es la inteligencia activa. Es un centro especializado en la construcción de la idea-marco en el que el propósito de la voluntad ha de realizarse. Toda experiencia en curso necesita un marco legal en el que poder ser realizada, una estructura y unas normas. La cosmogonía de Moisés relata que, al iniciar su obra, Dios trazó un círculo para delimitar en ese espacio su creación. Ese círculo es el zodíaco. Del mismo modo, al disponernos a realizar una experiencia cualquiera, debemos definir un marco. Esa delimitación de un espacio aparece en las antiguas ciudades, que se construían dentro de un recinto amurallado, y esa necesidad de definir un espacio se expresa en nuestras logias con el compás, instrumento primordial al comienzo de la obra.
 
Esos tres primeros Séfiras se sitúan en un plano llamado por los cabalistas «Mundo de Emanaciones» (se corresponde al elemento Fuego), de modo que al comenzar cualquier experiencia, la parte más elevada de nosotros mismos la emana, en vistas a su proyección en el mundo material en que nos movemos.
 
El cuarto Séfira se denomina «Hesed», y su atributo es la expansión y el poder. Está situado por debajo de Hochmah en la columna de la derecha. Cuando Binah ha trazado el marco en que se desarrollará la experiencia y ha establecido las leyes que han de observarse necesariamente, dadas las condiciones de ese marco, entonces Hesed construye en él todo lo que ese espacio pueda abarcar.
 
Hesed es el primer Séfira del denominado «Mundo de Creaciones» (se corresponde con el elemento Agua), en el que actúan los sentimientos humanos, de modo que cuando la personalidad divina que hay en nosotros ha elaborado un programa de acción, lo transmite a nuestra personalidad emotiva para que le dé una forma que resulte complaciente para nuestras emociones. Cuando Hesed ha edificado su mundo con criterios sentimentales, entra en funciones el quinto Séfira, llamado «Gueburah, que es el rectificador, el que utiliza ese liquido que nosotros llamamos «Vitriol» para corregir el trazado, si es que Hesed ha vulnerado las leyes dictadas por Binah.
 
Después de haber actuado Gueburah, el deseo de la experiencia a realizar es más equilibrado y puede inscribirse en el programa del centro ejecutivo, representado por Tiphereth, el sexto Séfira, segundo de la columna del centro.
 
Aparecen luego los tres Séfiras inferiores, los cuales se encargan de la elaboración mental del doble propósito que les viene de nuestra personalidad espiritual y emotiva. Netzah, situado en la columna de la derecha, por debajo de Hesed, representa la armonía y la belleza.
 
Después de haberse equilibrado en Tiphereth, la experiencia debe ser recubierta de un bonito embalaje para que resulte más sencillo venderla. Hod, que se sitúa a la izquierda, por debajo de Gueburah, aportará a la experiencia el punto de raciocinio necesario, le ayudará a encajar dentro de una línea lógica. Y Yesod, el Séfira situado en la columna del centro, por debajo de Tiphereth, es el contacto con la realidad, el que le ofrece a la experiencia el último toque, la postrera instrucción antes de salir al mundo y desarrollarse. Los tres forman el Mundo de Formación (corresponde al elemento Aire).
 
Malkuth, situado al final de la columna central, es el Séfira número 10, que representa el mundo material en que vivimos. Forma el Mundo de Acción (corresponde al elemento Tierra).
 
La Cábala nos da un conjunto de reglas prácticas sobre la manera en que debemos conducir nuestra vida y sobre la forma correcta de crear nuestro mundo.
 
Las logias masónicas son la escenificación de la dinámica creadora; son los templos cabalísticos. En ellas aparecen las tres columnas del Árbol Cabalístico y podemos reconocer perfectamente en el Venerable Maestro a Kether, dispensador de la voluntad. En el Orador encontramos la figura de Hochmah, el que une todo lo que puede ser unido y rechaza aquello que es disconforme a nuestra organización. En el Secretario encontramos a Binah, el institutor de la reglas. En el Tesorero vemos a Hesed, el que posee los medios, el poder de realizar. En el Experto vemos a Gueburah, el que tiene atributos para rectificar lo incorrecto. En el Primer Vigilante vemos a Tiphereth, el que transmite la voluntad del Venerable Maestro. En el Maestro de Ceremonias vemos a Netzah, encargado de que la voluntad de arriba se ejecute en el mundo de abajo. En el Guarda Templo vemos a Hod, encargado de la comunicación con el exterior. Y en el Segundo Vigilante encontramos a Yesod, el que contacta con el mundo de formación (se encarga de la formación de los aprendices).
 
El Árbol Cabalístico tiene 32 senderos, de igual modo que en la masonería hay 32 grados, más el 33 que es la culminación de un recorrido que conduce a la suma perfección. La Cábala nos dice que nuestra obra humana consiste en bajar los peldaños que van de nuestro ser espiritual a la realidad material, para luego subir las experiencias realizadas en el mundo de abajo hasta nuestro yo-eterno para enriquecerlo con ellas. Esta subida es la descrita por los alquimistas mediante ese proceso de purificación de los metales, y la que tiene lugar en nuestras logias a medida que ascendemos hacia ese mítico grado 33.
 
A cada paso que damos, debemos pronunciar una palabra de pase, una palabra compuesta de letras hebraicas que, como hemos dicho al principio, son fuerzas que describen un determinado estado espiritual. Al pronunciar la palabra, queremos decir que hemos alcanzado ese estado, que somos aquello y que, por consiguiente, tenemos derecho a que la puerta se abra.
 
Resulta complejo, en tan poco espacio, dar una idea del perfecto encadenamiento lógico del pensamiento cabalístico.
 
Eliphas Levi, uno de los hombres más eminentes que ha tenido la Cábala, dijo de ella que eran las matemáticas del espíritu, y es una justa apreciación.
 
La Cábala es la vía occidental por excelencia hacia el conocimiento trascendente, y en los próximos años ha de conocer un sorprendente desarrollo. Y la masonería está llamada sin duda a ser el vehículo material de instauración de las doctrinas cabalísticas.


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