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martes, 27 de noviembre de 2018

SOBRE EL SIMBOLISMO ESOTÉRICO DEL MASÓN


La venda de los candidatos simboliza su ignorancia iniciática y en general, la ignorancia profana, tan dañosa a la felicidad que el ignorante no sólo es instrumento del que lo explota, sino que vive esclavo de sus propias pasiones.

En el Altar, el compás indica la moderación de nuestros deseos; la escuadra, la equidad que debe regular nuestras; acciones; el Libro Sagrado, la vida espiritual del Masón, y la espada es el símbolo del honor por el que juran todos los miembros de nuestra Augusta Orden. Las tres antorchas que arden simbolizan: La Ciencia, la Virtud y La Fraternidad.


Se llama Espada Flamígera la que usa el Ven.·. Maest.·. porque su hoja es ondeada, en forma de lengua de fuego; sobre ella prestan juramento los recipiendarios.
 
Esta espada entre los druidas era llamada de Belino, el Dios del Sol.
 
En la Biblia se dice que el Ángel que arrojó a Adán y a Eva del paraíso guardó Ias puertas con una espada flamígera o de fuego. Significa ésta espada el castigo del mal cuando sobre él triunfa el bien y, por consiguiente, también es símbolo masónico del honor, de la conciencia y de la protección.

Generalmente en lenguaje masónico a las espadas se les llama aceros.

Las luces en Masonería se designan con el nombre de estrellas. El Ven.·. Maest.·. lleva en el collarín que usa siete estrellas además de la joya de que ya se ha hablado; el Prim.·. Vig.·. cinco estrellas; el Seg.·. Vig.·. tres estrellas y los demás Ofíciales una estrella.

Un Masón debe ser igualmente amigo de los pobres que de los ricos, sí son virtuosos; el valor individual se aprecia en razón de las cualidades morales. La estimación debe otorgarse conforme a la constancia y la energía que el hombre aporta a la realización del bien.

Las palabras "no sé leer ni escribir, sólo sé deletrear", significan, en el lenguaje simbólico, que en la enseñanza progresiva de la Masonería, el Aprendiz va al principio de su carrera y son tan cortas sus luces iniciáticas que apenas deletrea con dificultad aquello mismo que más tarde estudiará bien y a fondo.

La manera de deletrear la palabra sagrada es un símbolo complementario del anterior. Es el método de la enseñanza, en nuestra Orden, que solicita los esfuerzos intelectuales de todos los HH.·. puesto que rechaza la enseñanza dogmática, en el sentido vulgar y religioso de esa palabra.

Entre nosotros, la palabra dogma no tiene más significado que enseñanza y se refiere a nuestras doctrinas eminentemente liberales. Se pone al neófito en la vía de la VERDAD (sendero) al darle simbólicamente la primera letra de la palabra sagrada; él debe buscar la segunda; lo ayudamos con la tercera, para rectificar su investigación, pero él debe buscar por sí mismo su última letra, es decir, por sí mismo debe buscar la verdad suprema del último ARCANO.

El salario es la recompensa simbólica del trabajo masónico. Antiguamente (Masonería operativa) era la paga en moneda corriente que se hacía a los obreros. Entre nosotros el "salario" se traduce por un perfeccionamiento gradual de nosotros mismos.

Los trabajos masónicos siempre se verifican a cubierto, no sólo por que así lo ordenan nuestros Landmarks, sino también porque todas las fuerzas latentes destinadas a florecer finalmente afuera, deben primeramente concentrarse en sí mismas a fin de que cuando ya estén bien preparadas por comprensión, adquieran el Summum de energía expansiva.
 
Una Logia regularmente cubierta puede compararse a la célula orgánica y más especialmente al huevo, que contiene un ser en potencia de devenir. Además, todo cerebro figura un taller cerrado; es una asamblea deliberante al abrigo de las excitaciones del exterior.


Cuando los trabajos no estén a cubierto debe decirse "llueve" para indicar a los masones que su conversación corre peligro de ser sorprendida por oídos profanos.

Ya hemos dicho que los Aprendices se sientan al Norte (Septentrión), que representa la región menos alumbrada, puesto que ellos aún no han recibido sino una instrucción muy elemental de Masonería y, por consiguiente, aún no pueden soportar la gran luz (iniciática) en todo su esplendor.

Alegóricamente los trabajos se abren al mediodía y se cierran a media noche, para indicar que el hombre llega a la mitad de su carrera, al mediodía de su vida, antes de poder ser útil a sus semejantes; pero que desde ese instante hasta su última hora debe trabajar sin descanso por la felicidad común; hay además, otras razones, una de las cuales en que Zoroastro o (Z.aratustra), uno de los fundadores de los misterios de la antigüedad en Persia, recibía a sus discípulos al mediodía y se despedía de ellos a media noche, después del ágape fraternal con que terminaban los trabajos.
 
 


viernes, 27 de julio de 2018

SIMBOLISMO DEL LABERINTO

 
El laberinto, como bien lo ha visto Jacksor Knight, tiene una doble razón de ser, en cuanto permite o veda, según los casos, el acceso a determinado lugar donde no todos pueden penetrar indistintamente; solo los que están "cualificados” podrán recorrerlo hasta el fin, mientras que los otros se verán impedidos de penetrar o extraviarán el camino.
 
Se ve inmediatamente que hay aquí la idea de una “selección”, en relación evidente con la admisión a la iniciación misma: el recorrido del laberinto no es propiamente, pues, a este respecto, sino una representación de las pruebas iniciáticas; y es fácil comprender que, cuando servía efectivamente como medio de acceso a ciertos santuarios, podía ser dispuesto de tal manera que los ritos correspondientes se cumplieran en ese trayecto mismo.


 
Por otra parte, se encuentra también la idea de “viaje”, en el aspecto en que esa idea se asimila a las pruebas mismas, como puede verificárselo aún hoy en ciertas formas iniciáticas, la masonería por ejemplo, donde cada una de las pruebas simbólicas se designa, precisamente, como un “viaje”.
 
Otro simbolismo equivalente es el de la “peregrinación” y recordaremos a este respecto los laberintos que se trazaban otrora en las lajas del piso de ciertas iglesias, cuyo recorrido se consideraba como un "sustituto" del peregrinaje a Tierra Santa; por lo demás, si el punto en el que termina ese recorrido representa un lugar reservado a los "elegidos”, ese lugar es real y verdaderamente una “Tierra Santa” en el sentido iniciático de la expresión: en otros términos, ese punto no es sino la imagen de un centro espiritual, como todo lugar de iniciación lo es igualmente.

Va de suyo, por otra parte, que el empleo del laberinto como medio de protección o defensa admite aplicaciones diversas, fuera del dominio iniciático; así, el autor señala particularmente su empleo "táctico” a la entrada de ciertas ciudades antiguas y otros lugares fortificados. Solo que es un error creer que en este caso se trate de un uso puramente profano, el cual incluso hubiera sido cronológicamente el primero, para sugerir luego la idea de una utilización ritual; hay en esta idea, propiamente, una inversión de las relaciones normales, conforme, por otra parte, a las concepciones modernas pero solo a ellas, y que por lo tanto es enteramente ilegítimo atribuir a las civilizaciones antiguas. De hecho, en toda civilización de carácter estrictamente tradicional, todas las cosas comienzan necesariamente por el principio o por lo que es más próximo a él, para descender luego a aplicaciones cada vez más contingentes; y, además, inclusive estas últimas no se encaran jamás desde un punto de vista profano, que no es, según lo hemos explicado a menudo, sino el resultado de una degradación por la cual se ha perdido la conciencia de la vinculación de esas aplicaciones con el principio.
 
En el caso de que se trata, podría fácilmente percibirse que hay algo distinto de lo que verían los “tácticos” modernos, por la simple observación de que ese modo de defensa, “laberíntico”, no se empleaba solamente contra los enemigos humanos sino también contra los influjos psíquicos hostiles, lo que indica a las claras que debía tener por sí mismo un valor ritual.


 
Pero hay más todavía: la fundación de las ciudades, la elección de su sitio y el plan según el cual se las construía se hallaban sometidos a reglas pertenecientes esencialmente a la “ciencia sagrada” y, por consiguiente, estaban lejos de responder solo a fines “utilitarios", por lo menos en el sentido exclusivamente material que se da actualmente a esa palabra; por completamente extrañas que sean estas cosas a la mentalidad de nuestros contemporáneos, es preciso sin embargo tomarlas en cuenta, sin lo cual quienes estudian los vestigios de las civilizaciones antiguas jamás podrán comprender el verdadero sentido y la razón de ser de lo que observan, aun en lo que corresponde simplemente a lo que se ha convenido en llamar hoy el dominio de la "vida cotidiana”, pero que entonces tenía también, era realidad, un carácter propiamente ritual y tradicional.

En cuanto al origen del nombre del “laberinto”, es bastante oscuro y ha dado lugar a muchas discusiones; parece que, al contrario de lo que algunos han creído, no se relaciona directamente con el nombre de la lábrys o doble hacha cretense, sino que ambas derivan igualmente de una misma palabra muy antigua que designaba la piedra (raíz la-, de donde lâos en griego, lapis en latín), de suerte que, etimológicamente, el laberinto podría no ser en suma otra cosa que una construcción de piedra, perteneciente al género de las construcciones llamadas “ciclópeas”.
 
Empero, no es ésa sino la significación más exterior de la palabra, que, en sentido más profundo, se vincula al conjunto del simbolismo de la piedra, al cual hubimos de referirnos en diversas oportunidades, sea con motivo de los “betilos”, sea con motivo de las “piedras del rayo” (identificadas, precisamente, con el hacha de piedra o Lábrys), y que presenta aún muchos otros aspectos. Jackson Knight lo ha entrevisto por lo menos, pues alude a los hombres “nacidos de la piedra” (lo que, señalémoslo de paso, da la explicación de la palabra griega laós ('pueblo, gente'), de lo cual la leyenda de Decaulión ofrece el ejemplo más conocido: esto se refiere a cierto período un estudio más preciso del cual, si fuera posible, permitiría seguramente dar a la llamada “edad de piedra” un sentido muy otro del que le atribuyen los prehistoriadores.
 
Por otra parte, esto nos reconduce al tema de la caverna, la cual, en cuanto excavada en la roca, natural o artificialmente, está también muy próxima a ese simbolismo; pero debemos agregar que ésta no es razón para suponer que el mismo laberinto haya debido también forzosamente ser excavado en la roca: aunque haya podido serlo en ciertos casos, ello no es sino un elemento accidental, podría decirse, y no entra en su definición, pues, cualesquiera sean las relaciones entre el laberinto y la caverna, importa no confundirlos, sobre todo cuando se trata de la caverna iniciática, que aquí consideramos más en particular.

Laberinto y caverna iniciática

En efecto, es muy evidente que, si la caverna es el lugar en que se cumple la iniciación misma, el laberinto, lugar de las pruebas previas, no puede ser sino el camino que conduce a ella, a la vez que el obstáculo que veda el acercamiento a los profanos "no cualificados”.
 
Recordaremos, por otra parte, que en Cumas el laberinto estaba representado en las puertas, como si, de alguna manera, esa figuración sustituyera al propio laberinto; y podría decirse que Eneas, mientras se detiene a la entrada para contemplarla, recorre en efecto el laberinto, mental ya que no corporalmente.
 
Por otra parte, no parece que ese modo de acceso haya sido siempre exclusivamente reservado para santuarios establecidos en cavernas o asimilados simbólicamente a ellas, pues, como lo hemos explicado ya, no se trata de un rasgo común a todas las formas tradicionales; y la razón de ser del laberinto, tal como la hemos definido antes, puede convenir igualmente a los aledaños de todo lugar de iniciación, de todo santuario destinado a los “misterios” y no a los ritos públicos. Formulada esta reserva, hay sin embargo una razón para suponer que, en el origen por lo menos, el empleo del laberinto -haya de haber estado más particularmente vinculado con la caverna iniciática: pues uno y otra parecen haber pertenecido al comienzo a las mismas formas tradicionales, las de esa época de los “hombres de piedra” a que aludíamos poco ha; habrían comenzado, pues, por estar estrechamente unidos, aunque no lo hayan quedado invariablemente en todas las formas ulteriores.

Si consideramos el caso en que el laberinto está en conexión con la caverna, ésta, a la cual rodea con sus repliegues y en la cual finalmente desemboca, ocupa entonces, en el conjunto así constituido, el punto más interno y central, lo que corresponde perfectamente a la idea de un centro espiritual, y concuerda además con el equivalente simbolismo del corazón, sobre el cual nos proponemos volver.
 
Ha de hacerse notar aún que, cuando la misma caverna es a la vez el lugar de la muerte iniciática y el del “segundo nacimiento”, debe entonces ser considerada como acceso no solo a los dominios subterráneos o “infernales", sino también a los dominios supraterrestres; esto también responde a la noción del punto central, que es, era el orden “macrocósmico", al igual que en el “microcósmico”, aquel donde se efectúa la comunicación con todos los estados superiores e inferiores; y solamente así la caverna puede ser, según lo hemos dicho, la imagen completa del mundo, en cuanto todos esos estados deben reflejarse igualmente en ella; de no ser así, la asimilación de su bóveda al cielo sería absolutamente incomprensible.
 
Pero, por otra parte, si el “descenso a los Infiernos” se cumple en la caverna misma, entre la muerte iniciática y el “segundo nacimiento”, se ve que no puede considerarse a ese descenso como representado por el recorrido del laberinto, y entonces cabe aún preguntarse a qué corresponde en realidad este último: son las “tinieblas exteriores”, a las cuales hemos aludido ya, y a las que se aplica perfectamente el estado de “errancia”, si es lícito usar este término, del cual tal recorrido es la exacta expresión.
 
Este asunto de las “tinieblas exteriores” podría dar lugar a otras precisiones, pero nos harían traspasar los límites del presente estudio; creemos, por lo demás, haber dicho bastante para mostrar, por una parte, el interés que presentan investigaciones como las expuestas en el libro de Jackson Knight, pero también, por otra, la necesidad, para dar precisión a los resultados y captar su verdadero alcance, de un conocimiento propiamente “técnico” de aquello de que se trata, conocimiento sin el cual no se llegará nunca sino a reconstrucciones hipotéticas e incompletas, que, aun en la medida en que no estén falseadas por alguna idea preconcebida, permanecerán tan “muertas” como los vestigios mismos que hayan sido su punto de partida.


(*) Fuente: Cap. XXIX de Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada, Eudeba-Colihue, Buenos Aires, 1988 (primera edición 1937).

EL LENGUAJE SIMBÓLICO


 
En un Instructivo del Aprendiz de nuestra Liturgia se nos pregunta:

"Pues, ¿no es la beneficencia mutua nuestro objeto?"

Y debemos responder:

"Seríamos ridículos si sólo para eso nos rodeáramos de símbolos y misterios".

Y se nos pregunta luego:

"¿Cuál es entonces nuestro secreto?"

Y debemos decir:

"Es inviolable por su naturaleza y se conserva hoy tan puro como cuando se encontraba en los Templos de la India, la Samotracia, del Egipto y de la Grecia. El que no estudia cada uno de nuestros tres grados, no comprende bien sus símbolos y explica su oculto significado, podrá vanagloriarse con los títulos pomposos de Maestro, hacer señas más o menos extravagantes y pronunciar palabras judio-bárbaro-helénicas; pero no será nada ni sabrá nada que ignore cualquiera de mediana educación".

Es decir, en otras palabras, que ese Instructivo nos hace ver claramente, desde el inicio mismo, que una de nuestras principales obligaciones como masones, quizá la más importante, es la de dedicarnos al estudio, la comprensión y la explicación del oculto significado de los símbolos que nos rodean, heredados desde la más remota Antigüedad. Que nuestra Institución encierra un secreto oculto detrás de esos símbolos, secreto que debemos llegar a conocer mediante el aprendizaje del idioma sagrado: el lenguaje simbólico.

Si observamos cuidadosamente lo que nos rodea, nos daremos cuenta de que todo lo que se manifiesta en el Universo es simbólico. La posición de las estrellas, la jerarquía y movimiento de los planetas, el sol y la luna, el día y la noche; la tierra, sus estaciones, los elementos que la componen, las variadas formas y cualidades de las piedras, los minerales y las plantas, así como el comportamiento y las funciones de las aves, los peces y todos los animales que la habitan, son símbolos diseñados por el Gran Arquitecto. También los colores, los sabores, los sonidos y, por supuesto, el hombre, que creado a imagen y semejanza de la creación entera, y del Creador mismo, es símbolo del Universo, de la misma manera que el Universo entero puede ser visualizado como un hombre grande, símbolo a su vez de un ser invisible que en él se expresa.

Si, por otra parte, observamos las manifestaciones culturales, nos daremos cuenta de que todas ellas son también simbólicas: los números y las letras, son símbolos de energías que se encuentran detrás de ellos; el arte en todas sus manifestaciones, cuyos orígenes son sagrados, es siempre expresión simbólica de ideas sutiles inspiradas al artista por las musas; y también los idiomas, pues cada palabra o conjunto de palabras son símbolos de alguna idea que ellas expresan. Además, para el hombre antiguo, tanto la agricultura como la artesanía y hasta el comercio y la guerra, así como la construcción de ciudades, templos, habitaciones, carruajes y naves, incluyendo también cada uno de los utensilios que usa para la realización de los oficios; todos los juegos que practica y, en fin, todo lo creado por Dios y por el hombre, es símbolo viviente de una realidad que lo trasciende. También los antiguos sabían que las verdades más altas llegan a nosotros a través de los símbolos y que los hombres podemos utilizarlos como vehículos de conocimiento, que si conducimos adecuadamente nos llevarán precisamente a la comprensión de esas verdades. Todos estos órdenes de la existencia son armónicos, y se dice que esta armonía, a la que nuestro símbolos masónicos nos habrán de llevar, es asimismo un símbolo de la unidad divina de la cual todos estos órdenes provienen, y a la que toda la creación finalmente retorna.

El hombre, desde su origen mismo, ha vivido en función de los símbolos que lo rodean. Pero a partir de la entronización del racionalismo durante esta época que algunos autores tradicionales llaman del "oscurecimiento creciente", el hombre occidental pareció olvidarlos casi por completo, y se abocó de lleno al desarrollo, la especialización y la multiplicación de las ciencias empíricas y técnicas, llevado por una ilusión de progreso indefinido, cuyas últimas consecuencias han sido la tremenda crisis que vive el mundo moderno.

Aunque la ciencia empírica y la psicología no es la materia que nos compete, resulta sin embargo interesante observar que aun esta ciencia moderna ha establecido con asombro que el hombre actual, en el estado ordinario de conciencia, escasamente utiliza, cuando mucho, un diez por ciento de sus potencialidades mentales y emotivas; y lo que es aun más asombroso, recientes investigaciones psicológicas han logrado demostrar que la educación moderna que en general todos hemos recibido, utilizando únicamente métodos racionales, analíticos y discursivos, no sólo no despierta aquellas potencialidades dormidas sino que, por el contrario, atrofia ciertas partes de nuestro cerebro que son precisamente aquellas que se activan cuando el hombre se pone en contacto con energías superiores, cuando se conecta con las musas que inspiran al artista o cuando comprende el lenguaje de los símbolos. Esas investigaciones psicológicas han llegado hasta a demostrar "empíricamente" que ciertas funciones del cerebro que se encuentran activas en los niños, se van atrofiando a medida que el niño va creciendo rodeado de los prejuicios y condicionamientos que le impone la educación oficial que hoy se imparte; y que únicamente se conservan estas facultades despiertas, en alguna medida, en aquéllos que mantienen contacto con el arte y con el símbolo.

También los psicólogos se han ocupado de observar, pretendiendo descubrir algo nuevo, que los mitos, los sueños y las leyendas afectan de modo sensible al psiquismo humano y que ciertos símbolos se repiten de tal manera en las experiencias de sus 'pacientes', que este hecho sólo puede ser explicable si se considera que éstos se encuentran en lo que ellos llaman el inconsciente o subconsciente colectivo, y que otros autores llaman con más propiedad la 'memoria colectiva' de la especie humana.

Hoy día, a nadie cabe duda de que los símbolos ejercen en el hombre un gran poder transformador. Basta observar, por ejemplo, la influencia determinante que ejercen en el hombre moderno los medios publicitarios y la propaganda, que operan fundamentalmente a través de sistemas simbólicos, para darnos cuenta de que el ser humano posee una naturaleza tal que es sensible a los símbolos; que éstos pueden actuar sobre nosotros y afectar de modo determinante nuestra conducta.

Es por eso que hoy día están resucitando ideas antiguas, y el hombre pensante de estos tiempos, abrumado y desilusionado por la evidente decadencia de la sociedad moderna materialista, está volviendo los ojos al pasado haciendo renacer disciplinas y corrientes de pensamiento de la antigüedad, íntimamente asociadas a la simbología.

Para adentrarnos en el lenguaje simbólico, en primer lugar es necesario distinguir dos clases de símbolos, que corresponden de manera precisa a dos aspectos de la realidad y a dos maneras de encarar la vida: lo sagrado y lo profano.

Los símbolos sagrados, según nos dicen expresamente aquéllos que nos los han heredado, han sido revelados al hombre; su explicación oculta fue transmitida por tradición (de boca a oído) a través de los siglos, y se dice que sus orígenes "se pierden en la noche de los tiempos"; los símbolos profanos, como los utilizados por la propaganda comercial y política, han sido por el contrario inventados por el hombre moderno; antiguamente no se conocían y modernamente se han generado y reproducido, convirtiéndose en un instrumento más que contribuye al adormecimiento de las gentes. Aquellos son manifestaciones de ideas-fuerza que ellos mismos sintetizan y concretan imprimiéndose en el interior de la conciencia de los que se abren a ellos; éstos influyen más bien en el psiquismo y no en la conciencia, evocando ideas e intenciones de un orden inferior.

Los símbolos sagrados son exactos y su contenido se encuentra expresado de una manera precisa en las distintas formas que adquieren; los profanos en cambio no tienen ningún contenido claro ni preciso y muchas veces son engañosos, pues exteriormente manifiestan cosas que interiormente no contienen. Nosotros nos manejamos únicamente con los primeros, pero no podemos dejar de observar los segundos, pues debemos aprender a distinguirlos claramente y también porque estos últimos nos ayudarán a desentrañar los signos de los tiempos que nos ha tocado vivir.

Por otra parte, es necesario distinguir en los símbolos dos aspectos opuestos y complementarios que también corresponden a dos maneras de encarar la realidad: lo exotérico y lo esotérico. El primero se refiere a lo externo, a la forma que el símbolo toma para expresarse sensiblemente; a su manifestación visible. El aspecto esotérico indica más bien lo interno; el contenido oculto en el símbolo mismo; la idea-fuerza o la energía inmanifestada e invisible que detrás del símbolo se encuentra. En el símbolo sagrado, el aspecto exotérico no es de ninguna manera arbitrario ni casual, por el contrario, obedece a ciertas leyes exactas y precisas, y es por esto que decimos que ambos aspectos se complementan: porque la manifestación externa del símbolo es la que trae al orden sensible aquello que pertenece a un orden superior a lo cual podremos llegar si logramos atravesar o traspasar el mero aspecto formal. Lo esotérico, pues, es anterior y por lo tanto jerárquicamente más alto que lo exotérico, y es a ello a lo que el lenguaje simbólico, bien entendido, nos debe conducir; pero el aspecto externo es también necesario para que el símbolo se exprese a nuestro orden sensible, velando su contenido a quienes no tienen ojos para ver lo interno de las cosas, pero más bien desvelándolo o revelándolo a los que sí están capacitados para ver.

De esta manera, lo exotérico puede variar, como de hecho varía, al expresarse en los diferentes órdenes de la existencia o en las distintas culturas; pero lo esotérico se mantiene invariable, de la misma forma en que una idea puede ser expresada en varios idiomas sin que su contenido se altere.

Si observamos los símbolos exclusivamente desde el punto de vista exotérico, encontraremos variadísimas formas de expresión simbólica en las distintas manifestaciones del universo y en los diversos pueblos; podremos, como lo hace la ciencia moderna, 'archivarlos' y exponerlos en museos y enciclopedias y hasta llegar a ser 'eruditos' conocedores de los mismos, pero no podremos llegar a su verdadero conocimiento y comprensión. Si, por el contrario, los abordamos desde el punto de vista esotérico, más bien nos daremos cuenta de la identidad de todas las culturas verdaderas; podremos observar cómo símbolos y sistemas simbólicos en apariencia muy diferentes pueden ser sin embargo idénticos en su contenido; y cómo la síntesis que se obtiene mediante las adecuadas relaciones entre los distintos órdenes de la existencia y entre los variados sistemas simbólicos de todos los pueblos, es lo que nos conduce a una verdadera comprensión y conocimiento de las energías secretas que detrás de los símbolos se ocultan.

Sin embargo, es necesario hacer la observación de que lo esotérico nada tiene que ver con el mal llamado 'ocultismo', ni mucho menos con las prácticas relacionadas con la hechicería y la superstición, como algunos modernos podrían estar tentados a creer, sino que por el contrario nos conduce más bien a lo más profundo de los misterios de la creación, ocultos en el interior de nuestra propia conciencia.

Debemos saber, de todas maneras, que modernamente han proliferado en el mundo corrientes de pensamiento que se hacen llamar esotéricas, provenientes de escuelas pseudo-iniciáticas, creadoras de falsos maestros y falsos profetas que no son otra cosa que simples profanadores de nuestros símbolos. Muchas veces con fines meramente comerciales, otras con el objeto de adquirir determinados "poderes" y algunas hasta con 'buena intención', han hecho aparecer cantidad de enseñanzas, literatura y hasta corrientes políticas que utilizan nuestros símbolos con otros fines, contribuyendo más bien a aumentar la confusión ya reinante. Con frecuencia es fácil distinguirlos, cuando son obras de meros charlatanes o fanáticos; pero debemos de cuidarnos en particular de aquellas falsificaciones que adquieren características de seriedad y hasta de cierta profundidad, muchas de las cuales ya han logrado incluso entrar en algunas de las logias.

Nuestra institución hace derivar sus orígenes de los centros iniciáticos de la antigüedad a través de los cuales se transmitió el lenguaje simbólico hasta nuestros días. A la masonería le ha correspondido durante los últimos siglos, la delicadísima función de ser, en Occidente, el guardián de estos símbolos y transmitir su profundo significado. Nuestra obligación, pues, es la de resguardar los símbolos y rescatar su sentido originario y primitivo, no con el objeto de aumentar simplemente nuestra erudición, sino más bien para aplicar este conocimiento a la vida.

El lenguaje simbólico tiene el poder de actuar en la vida cotidiana, y se dice que quienes se acercan a él de la manera adecuada podrán observar dentro de sí mismos la profunda acción transformadora ejercida por la energía que se encuentra detrás de nuestros símbolos tradicionales.

Nota
Este trabajo fue publicado en Símbolo, Rito, Iniciación. La Cosmogonía Masónica, de Siete Maestros Masones. Ed. Obelisco, Barcelona 1992.
 
 
 


miércoles, 7 de marzo de 2018

LA SIMBOLOGÍA Y LA MASONERÍA


Si nos paramos a pensar detenidamente en nuestra actividad diaria, vemos que la presencia de los símbolos es muy abundante: En química, matemáticas, informática o simplemente en la regula­ción del tráfico, los símbolos nos indican asociaciones convencio­nales, aceptadas universalmente para el mejor ordenamiento de nuestra actividad. Los logos de todo tipo, el argot de grupos, equi­pos, o el generacional, el lenguaje de los mensajes, los iconos y un largo etcétera son ejemplos de la presencia de los símbolos en nuestra vida.
 
También estamos familiarizados con el uso de palabras, gestos y objetos representando conceptos morales, afectivos, intelectuales o religiosos. El corazón como símbolo de amor, determinadas flo­res en determinadas circunstancias, banderas, animales, etc. Y por supuesto, conocemos historias, cuentos y fábulas, guiones de pelí­culas, argumentos de ficción, que simbolizan, representan, deter­minados tipos, estilos de pensamiento, acción o modelos de vida: la Cenicienta, el Don Juan, el Héroe, la madre sacrificada, el valor de la amistad, la honestidad, la maldad, entre otros.

En resumen, en un diccionario podemos encontrar los siguien­tes sinónimos de la palabra símbolo: signo, cifra, personificación, insignia, emblema, imagen, representación, efigie, fórmula, letra, ideograma, blasón, divisa, sigla, inicial. Vemos pues, que nuestra vida está llena de símbolos que ejercen una acción ordenadora de nuestra conducta, constituyendo una trama invisible conocida y aceptada por todos los miembros de una misma cultura que hace posible la comunicación, la relación social, el ejercicio de las profesiones, y, más aún, los símbolos son el tejido del que está hecha la misma cultura de cada grupo, tanto los pequeños núcleos de po­blación como los grandes movimientos culturales o religiosos. Es más, imaginemos por un momento qué sería de nuestra vida indi­vidual y grupal si desaparecieran los símbolos y nuestra memoria de ellos; sin signos, gestos, ni lenguaje. Seguramente podemos es­tar de acuerdo en que la resultante es sólo caos, en el que ninguna realización personal o grupal sería posible.

La mayoría de los símbolos a los que nos hemos referido son producidos, inventados, diseñados por el hombre, conduciéndonos a una especie de automatismo que, bajo la apariencia de facilitar nuestra vida, nos hacen vulnerables a influencias interesadas. La educación y la publicidad, de cualquier clase, están llenas de todo tipo de símbolos que despiertan en nosotros determinadas actitu­des con la intención de dirigir nuestra conducta hacia un objetivo prefijado: una forma en concreto de pensar, el consumo o el voto.

Todo este entramado simbólico sería innecesario para alguno en una isla desierta, que podría acceder a la comprensión directa de todo su entorno sin necesidad de la intermediación de símbolos. Pero el número de habitantes, la complejidad de la vida social y económica, la variedad y diversidad de todo tipo de cosas y opcio­nes, han hecho necesario que, poco a poco, el tejido simbólico haya ido creciendo, salvando así la distancia que separa al "diseñador de los símbolos" y aquel al que van destinados. Y si un visitante viene por primera vez a nuestro grupo cultural, será necesario que se le instruya acerca del código simbólico imperante a fin de que pueda entender nuestra forma de vida y ser uno más entre nosotros.

Podemos destacar de lo anteriormente expuesto que el símbolo ejerce un poder ordenador de la vida, sin el cual estaríamos inmer­sos en el caos. Y que, en la medida en que el hombre ha ido incre­mentando la complejidad de su cultura, se ha visto impelido a ordenar sus nuevas construcciones culturales con más códigos simbólicos. Desde luego, este orden actual al que nos referimos, como ya hemos dicho, ha sido puesto arbitrariamente por el hom­bre.
 
Partiendo de este plano conocido y accesible, pensemos ahora en otro tipo de símbolos, aquellos que representan una realidad in­accesible a la observación directa y a la comprensión de la razón. Pensemos en lo que el hombre ha encontrado ya hecho en la natu­raleza, en sí mismo, en el universo entero: el cielo con sus cuerpos celestes moviéndose sincrónicamente, la tierra y sus reinos y se­res que la pueblan, los elementos de los que todo está hecho, las estaciones y los ciclos, el día y la noche, las formas que se repiten en todos los seres, los colores, olores y sabores, en las leyes de atracción y repulsión por las que se produce todo movimiento, la polaridad y su alternancia..., en fin, en el orden y las leyes en base a las cuales se sostiene lo que llamamos el mundo, el universo y nosotros mismos. Cada una de estas manifestaciones es un SÍMBO­LO. Estudiar los símbolos es el objeto de la Ciencia Simbólica.

La Ciencia Simbólica nos enseña que todos los seres de la crea­ción son el cuerpo, la manifestación de una realidad oculta en ellos mismos, imperceptible por nuestros sentidos, y que pertenece a un orden superior. De la misma forma que una pintura es la materiali­zación de la idea del artista, la cual se oculta en su interior y se ma­nifiesta a través de la pintura misma, así las obras que nos presenta la naturaleza contienen y manifiestan la idea del Creador constitu­yéndose por ello en su símbolo.

Entonces, toda la creación puede ser comprendida como un có­digo simbólico armónico, en el que todo está interrelacionado: el cielo, la tierra, los diferentes reinos y los seres que la habitan, lo in­finitamente pequeño y lo infinitamente grande, separado en reinos y planos pero coordinado por las mismas leyes, animado y sosteni­do por el mismo Espíritu.

Y en esta inmensa sinfonía, el Hombre aparece en el centro de la creación, reflejo directo del Creador; microcosmos, capaz de repetir el gesto creacional a través de sus manifestaciones culturales: el lenguaje, las letras y las palabras; los números; las artes en todas sus formas: pintura, escultura, arquitectura, música, danza, atuen­dos, orna montos, tejidos; los oficios, las construcciones, los juegos, simbolizan ideas arquetípicas, que adquieren un carácter univer­sal, como demuestra el hecho de que se hayan repetido en diferen­tes lugares y épocas.

Podemos decir que el símbolo es el cuerpo de una idea ordena­dora. En la mente del Creador se diseñó la manifestación como un ingenio completo y armónico, que diera forma a las indefinidas posibilidades de expresión de sus propios atributos. Lo que vemos, y también lo que no vemos, pero está manifestado, es el cuerpo de esa idea creadora y cada una de las criaturas constituye la exteriorización de esas leyes, de esa intención ordenadora y expresiva.

El símbolo tiene una doble naturaleza: la de la materia de que está hecho, los cuatro elementos, y la de la Idea que expresa, sien­do realmente ambas cosas materia e Idea. La Idea adquiere así una dimensión activa, que suma a la potencia organizadora la potencia ejecutora, es decir, la idea creadora es una Idea-Energía. Por su do­ble naturaleza, partiendo de su parte material podemos acceder a ese plano superior del que el mismo símbolo participa, siendo con­ducidos por su mediación, como si de un vehículo se tratase, a la región de lo sobrenatural y suprahumano. Los símbolos, en primer lugar son percibidos por nuestros sentidos. A partir de ahí, tenemos la posibilidad de penetrar a través de esa apariencia y recorrer el camino que nos llevará hasta planos más sutiles, más allá del es­pacio, del tiempo y del movimiento incesante de este plano donde nada perdura. Es decir, el símbolo puede conducirnos desde el mundo material hasta el espiritual. Es, pues, un vehículo de ida y vuelta, mediante el cual las energías sutiles descienden y nosotros podemos ascender, constituyendo el único medio conocido de rea­lizar este viaje en el que el espíritu se materializa y la materia se espiritualiza.

La capacidad de diseñar y utilizar símbolos le ha sido dada al hombre desde el comienzo de los tiempos, o, dicho de otra forma, la naturaleza del hombre es sensible al influjo de los símbolos y él mismo es capaz de elaborarlos. Para que la influencia de los símbo­los pueda ejercerse en nosotros es necesario, primero que los reco­nozcamos como tales para después acercarnos a su estudio, con­templación y meditación en una disposición receptiva, abierta y confiada. El símbolo es enormemente generoso con quien lo atiende y respeta, abriendo poco a poco una suerte de inteligencia nueva en el hombre, no la lógica que nos desarrolla nuestra educación habi­tual, sino la Inteligencia del Corazón, la Intuición Superior median­te la cual el hombre puede alcanzar el conocimiento de sí mismo.

Los símbolos tienen la facultad de responder a nuestras pregun­tas, de abrirnos las puertas al conocimiento de la realidad que se oculta en el interior de nosotros mismos y de todo lo creado, reali­dad más real que aquella que perciben nuestros sentidos, que es anterior y es la causa del universo, como nuestra idea de un pro­yecto es anterior y es la causa de su realización.

El universo entero es un solo símbolo que debemos aprender a conocer primero en sus partes, de la misma forma que debemos leer cada una de las palabras de un libro para comprender la obra completa. En la lectura que podemos hacer de los símbolos vamos reconociendo poco a poco la Unidad inalterable e inmóvil que subyace a toda la manifestación. En el origen de los tiempos el hombre primordial sabía leer directamente estos símbolos en la naturaleza y en él mismo y poseía un conocimiento directo del Ser.
 
En la ac­tualidad el hombre necesita ser enseñado a distinguir estos símbo­los sagrados de los símbolos comunes elaborados por nuestra so­ciedad y posteriormente a acercarse a ellos, a conducirse con ellos y a través de ellos poder acceder al Conocimiento. Este es el senti­do y la razón de ser de la Tradición, tronco común del que brotan Tradiciones como la Hermética, la cual se concreta actualmente en nuestra Orden, la Masonería Universal, la que conserva no sólo el saber de la Ciencia Simbólica, sino la capacidad operativa de trans­formar a un hombre común, profano, en un hombre iniciado, rege­nerado en su seno, nacido de nuevo mediante la influencia de la Iniciación, quien podrá, con su trabajo, firme propósito y actitud receptiva CONOCER a través de los símbolos al SI MISMO, o, lo que es lo mismo, reintegrarse, desde este mundo plural, disperso y cambiante, en la unidad inmutable del SER.

La Masonería se expresa en un cuerpo simbólico constructivo que se concreta en símbolos visuales, sonoros y gestuales, a la vez que historias ejemplares, mitos, a través de los cuales podemos comprender la Cosmogonía y responder a las preguntas: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?
 
Los símbolos actúan así como puente que permite y facilita el desarrollo de las cualidades superiores del ser humano, aquellas que le otorgan realmente la realización de sus potencialidades, la mayor parte de ellas ni si­quiera esbozadas en el hombre común que sólo ha recibido la edu­cación ordinaria de su entorno cultural.

Siendo la construcción misma un símbolo de la Obra del Crea­dor, ningún símbolo le es ajeno a la Masonería, la cual, a través de sus grados, va penetrando en el conocimiento hasta que el masón es capaz de reconocerse a sí mismo como símbolo del ABSOLUTO y fundirse con Él, meta última de la Tradición.

Así, la Ciencia Simbólica conserva para el hombre actual la po­sibilidad de una realización humana que supera infinitamente cualquier oferta de realización prometida por no importa qué me­dio común y profano.
 
Los símbolos están siempre ahí. Sólo debe­mos acercarnos a ellos dejando de lado las enseñanzas recibidas por nuestra educación convencional, con una mente y un corazón abiertos y receptivos, aceptando los postulados básicos de que la Vida es algo más de lo que nuestros sentidos perciben y el Hombre algo más que el personaje puntual que cada uno de nosotros repre­sentamos en este plano. En cuanto se establece la primera relación amorosa entre nosotros y los símbolos, estos nos tenderán la mano y el hilo invisible de la Tradición nos sostendrá en una cadena que, en definitiva, es una cadena de Amor.




 

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