viernes, 22 de diciembre de 2017

ARCANO II - LA PAPISA O SUMA SACERDOTISA



Cuando levanté el primer velo
y entré en el patio externo del Templo de la Iniciación,
vi en semioscuridad la figura de una mujer,
sentada en un trono alto
entre los dos pilares del templo,
uno blanco, y uno negro.
 
El misterio emanaba de ella
y estaba a su alrededor.
 
Los símbolos sagrados brillaron en su verde vestido;
en su cabeza estaba una tiara de oro
sobremontada por una luna con dos cuernos;
sobre sus rodillas sostenía
dos llaves cruzadas y un libro abierto.
 
Entre los dos pilares detrás de la mujer
colgaba otro velo todo bordado
con verdes hojas y frutos de la granada.
Y una voz dijo:

"Para entrar en el templo
uno debe levantar el segundo velo
y pasar entre los dos pilares.
Y para así pasar,
uno debe obtener la posesión de las llaves,
leer el libro y entender los símbolos.
 
¿Es usted capaz de hacer esto?"

"Quisiera ser capaz," dije.

 
Luego la mujer dio vuelta su cara hacia mí
y me miró en los ojos sin hablar.
 
Y a través de mí pasó un estremecimiento,
misterioso y penetrante como una onda de oro;
los tonos vibrados en mi cerebro,
una llama estaba en mi corazón,
y entendí que ella me hablaba,
sin pronunciar palabras:

"Este es el Pasillo de la Sabiduría.
Nadie puede revelarlo,
ni uno puede ocultarlo.
 
Como una flor debe crecer
y florecer en vuestra alma.
 
Si usted plantara
la semilla de esta flor en vuestro suelo
aprendería a discernir lo verdadero de lo falso.
Escucharía solamente la voz que es insonora...
Miraría solamente en lo que está invisible,
y recuerde eso está en usted mismo,
es el templo y la puerta a esto,
y el misterio, y la iniciación."
 
II - La Papisa, Gestación, acumulación.

La Papisa tiene el número II, que en las numerologías corrientes se asocia a la dualidad. Pero, en el Tarot, 2 no es 1 + 1; es un valor puro, en sí, que significa acumulación.
 
La Papisa incuba.
 
La primera mujer de los arcanos mayores aparece enclaustrada, sentada junto a un huevo tan blanco como su rostro ovalado. Está doblemente en gestación: de este huevo y de sí misma.
 
Símbolo de pureza total, La Papisa revela en nosotros la parte intacta que nunca ha sido herida ni tocada, ese testigo virginal que llevamos dentro, a veces sin saberlo, y que representa, para cada uno de nosotros, un pozo de purificación y de confianza, un bosque virgen, por explotar, fuente de potencialidades. El encierro en el templo, convento o claustro lo simboliza la cortina que pende del cielo y se enrolla hacia el interior.
 
La Papisa ha sido vista a menudo como una iniciadora, una maga. Puede remitir a dos grandes figuras principales: la Virgen María, Inmaculada Concepción destinada a llevar a Dios en su seno, y la diosa Isis, fuente mágica de toda fecundidad y de toda transformación. Sobre su mitra, cuatro puntas indican el Norte, el Sur, el Este y el Oeste: situada en el centro de los puntos cardinales, su conciencia está ligada a la materia: la toma de conciencia se efectúa a través del cuerpo.
 
Su mitra se sale ligeramente del marco, concentrándose en un punto naranja. La Papisa viene hacia nosotros para hablar a la vez de nuestra vida material y del espíritu puro.
 
Desde un punto de vista negativo, se puede leer su blancura como frigidez, rigidez normativa, obsesión por la virginidad que conduce a la castración, prohibición de vivir. Como mujer, puede ser una madre nefasta que nunca permite que el huevo eclosione y que lo incuba con gélida autoridad.
 
El libro que tiene entre las manos la destina al estudio y al conocimiento. De color carne, nos indica que La Papisa estudia las leyes de la encarnación humana. También se puede pensar, puesto que no está leyéndolo, que ese volumen abierto no es sino ella misma, esperando que vengan a descifrarla, que la despierten. Remite también a las Santas Escrituras: La Papisa acumula el lenguaje de Dios padre, el lenguaje vivo.
 
Por último, las diecisiete líneas señalan su relación con La Estrella: la acumulación de La Papisa tiene por horizonte la acción del Arcano XVII. En el sentido positivo e iniciático, La Papisa prepara una eclosión. Espera que Dios venga a inseminarla.
 
Las tres cruces que adornan su pecho significan que, pese a estar enclaustrada en la materia, pertenece a lo espiritual. Representa el espíritu que habita en cada uno de nosotros y nos llama a comunicarnos con esa fuerza divina incorruptible. Fuera de la acción, en plena recepción acumulativa, depura con intransigencia todo lo que pudiera impedir el paso a la energía divina.

En una lectura

La Papisa se refiere a menudo a un personaje femenino, la madre o la abuela, que ha transmitido un ideal de pureza o una frialdad normativa. Suele encarnar a la madre fría, a la mujer sin sexualidad, que encuentra su justificación en una moral o un ideal religioso, que no sabe ser tierna. Pero su exigencia de pureza también nos puede indicar una mujer de elevada talla espiritual, una sacerdotisa, una terapeuta, una guía, sea cual sea su edad.
 
En amor, La papisa está dispuesta a formar una pareja basada en la unión de las almas.
 
El libro que tiene entre las manos puede orientarnos asimismo hacia preocupaciones del consultante relacionadas con el estudio o la escritura: la Papisa se convierte entonces en un escritor, un proyecto de libro o de cualquier otra obra, la gestación necesaria de una acción, incluso una actriz que tiene que estudiar un papel, una contable, una lectora asidua... O incluso la Virgen María en persona.
 
Enclaustrada, la Papisa sugiere aislamiento, espera, soledad elegida o padecida. Su color blanco puede indicar un deseo de que le dé calor una pasión amorosa, espiritual o creativa. Sexualmente, en el mejor de los casos vive en la sublimación; en el peor, en la frustración.
 
El misterio de La Papisa encuentra quizá su respuesta en su actitud frente al huevo que la acompaña: si lo incuba con gran exigencia y en alta soledad, puede salir de él un dios vivo. ¿No es el huevo de avestruz, en la religión católica, uno de los símbolos del nacimiento de Cristo?

Y si La Papisa hablara...

«He hecho una alianza con el misterio que llamo Dios. Desde entonces, en el mundo material no veo más que Su manifestación. Cuando contemplo mi propia carne, o la madera, o la piedra, descubro en ella la presencia del Creador. Cada matiz, cada tejido, cada variación de la realidad es una de Sus apariencias manifestándose en su infinita variedad. Vivo en el mundo de la energía divina. Palpito con toda la materia.
 
Bajo mis pies, todo el planeta se estremece: también es una manifestación Suya, sólo que más amplia. Vibro al compás del universo, con el fuego, los océanos, las tempestades, las estrellas...
 
La energía de toda la creación viene a mí. Sin embargo, soy un ser virgen. Nada ha entrado en mí más que el impensable Dios, no conozco la impureza. Sólo puedo tomar contacto con vosotros en esta dimensión intacta y sagrada de vuestro ser, vuestra esencia virginal. Si venís a hablarme de pasión, de sexualidad, de emoción, no os entenderé. Estoy mucho más allá de todo eso, más allá de la angustia, e incluso de la muerte. Pues si Dios está en la materia, ésta es inmortal, y ya no tengo miedo ni deseo alguno. Os ofrezco pues que os reunáis conmigo en lo que hay de divino en vosotros...
 
Si os volvéis como yo, podréis entrar en mí. Vuestro sufrimiento es impuro, vuestro pasado es impuro, no vengáis a mí con lo que está poluto, salid de ese estado. Porque la impureza es una ilusión, así como la culpabilidad.
 
¡Aceptad el esplendor virginal de vuestro ser! Hay en todos vosotros, los seres humanos, un estado que sólo se da a Dios, que sólo puede ser poseído por Él y que está en constante relación con Él. Lo mismo sucede en todo el mundo vivo: en cada planta hay un centro intacto. En toda lengua, lo que os habla es lo que las palabras contienen de inefable. Comprended que nada es vuestro, que no poseéis ese cuerpo, esos deseos, esas emociones, esos pensamientos. Todo eso es de Él, del desconocido eterno e infinito que os habita. Daos a Él. Recibidlo.
 
Soy despiadada, exijo que hagáis esta labor y que abandonéis, para uniros a mí, todo lo que no es digno de convertirse en el cáliz donde la divinidad pueda alojarse. Soy como esos templos en los que se practica el exorcismo, en los que hay que descalzarse para entrar, en las que se purifica el aire con incienso, en los que se lava a los creyentes con agua bendita.
 
En unión con la potencia que percibo en todo, mis debilidades y mis dudas se desvanecen. Habito mi cuerpo como un lugar sagrado, puedo en cada instante darle el lugar que me corresponde. Estoy inmersa en mi obra, y nadie me desvía de ella. Nadie puede tomarme o sujetarme con sus sentimientos, sus deseos, sus proyecciones mentales. No se me distrae. Nadie puede desviarme de lo que quiero. Yo misma no quiero nada, obedezco a la Voluntad divina. No soy indulgente, soy inflexible. No poseo ningún secreto, pues estoy vacía. Me doy a Dios, que es el único secreto.»

Entre las interpretaciones tradicionales de esta carta:
 
Acumulación - Preparación - Estudio - Virginidad - Escritura de un libro - Contabilidad - Espera - Constancia - Retiro - Mujer fría - Perdón - Actriz aprendiendo su papel - Monja - Madre severa - Obstinación - Peso de la religión - Aislamiento - Frigidez - Persona de gran calidad moral - Educación estricta - Gestación - Necesidad de calor - Ideal de pureza - Soledad - Silencio - Meditación - Sabiduría en femenino - Figura carismática femenina - La Virgen María - Lectura de textos sagrados.
 
Palabras clave:
 
Fe - Conocimiento - Paciencia - Santuario - Fidelidad - Pureza - Soledad - Silencio - Severidad - Matriarcado -Rigor - Gestación - virginidad - Frio - Resignación...
 
 

 

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