sábado, 23 de junio de 2018

LOS COMIENZOS DE LA ASTROLOGÍA


En Babilonia los astrólogos gozaban de un crédito muy especial entre los Magos, así por sus conocimientos verdaderamente científicos, como por el ostentoso aparato con que habían sabido revestir sus teorías acerca de la relación misteriosa que suponían existir entre los astros y los fenómenos acaecidos en nuestro suelo.
 
Se ha dicho que ellos hablan inventado el Zodíaco, cuyos doce signos eran regidos por otras tantas divinidades que presidian respectivamente los doce meses del año; que cada uno de estos meses los dividieron en tres partes, presididos por otras tantas estrellas.
 
Había divinidades encargadas de la dirección de los sucesos que acontecían sobre la superficie de la tierra y otras que velaban por lo que pasaba debajo de ella. El planeta más venerado por la excelencia de sus revelaciones, era Saturno, según Diodoro de Sicilia.

Según la relativa posición de los planetas con respecto a las constelaciones del Zodíaco, predecían los astrólogos los futuros destinos de las personas que iban a consultarles para conocer la suerte que les esperaba en este valle de lágrimas.

Todo esto es ya muy conocido. Tampoco diremos nada nuevo al recordar que los caldeos, como los hindús y en general todos los pueblos orientales, creían hallar la profética revelación de lo venidero, no solo en los incidentes acaecidos en los sacrificios, sino hasta en los más insignificantes sucesos, que por interesada superchería y aun a veces por verdadera superstición consideraban como agüeros favorables o adversos que el cielo enviaba a los mortales.

En Egipto se consagraron los hombres ilustrados con tanto entusiasmo a la astrología, que merced a las muchas analogías que tuvo entre ellos esta ciencia con la de los caldeos, llegó a discutirse con mucho empeño a cuál de estos pueblos debía atribuirse tan maravilloso descubrimiento.

Habían los egipcios consagrado los días y los meses del año a diversas divinidades y se reputaron sobresalientes en el arte de sacar el horóscopo de los hombres por la observación de las conjunciones de los astros, prediciendo la suerte de los que les consultaban y la clase de muerte que les esperaba. Fueron también muy diligentes en la observación de los prodigios y llevados de un inmoderado afán de generalizar anotaban los acontecimientos que en pos de ellos sucedían, convencidos de que en iguales circunstancias hablan de reproducirse puntualmente los mismos fenómenos.

Sin embargo, en Egipto no había adivinos inspirados y de oficio como entre los griegos, sino que se reservaba este cometido a la casta sacerdotal, intérprete de los dioses.

Como quiera que sea, ello es positivo que el nombre más ilustre que puede citarse en la materia, es el del famosísimo Hermes, al cual llamaron los antiguos Trismegisto, que quiere decir tres veces grande. A él atribulan los egipcios la invención de la astronomía y las ciencias ocultas y muy especialmente le veneraron en todos tiempos los alquimistas como en su lugar lo veremos. Se le ha considerado generalmente como la verdadera personificación del sacerdocio egipcio y aunque se tienen por apócrifos los libros a él atribuidos, no dejan por esto de ser una preciosa recopilación de las teorías admitidas por el sacerdocio del antiguo Egipto.

Ya hemos visto el extraordinario prestigio de que disfrutaban estos entre todas las clases de la sociedad. Con todo, nada puede dar a nuestro juicio una idea más justa de la consideración que disfrutaban en la antigua edad, que la curiosa anécdota que refiere Quinto Curcio en el libro IV de su Vida de Alejandro.

Dice de este modo el gran historiador:

«Después de haber acampado el rey dos días en aquel lugar mandó que anunciasen su marcha para el día siguiente. Pero al llegar la noche, estando claro y sereno el firmamento vio apagándose la luz de la luna, apareciendo por momentos este astro como manchado y tinto en sangre. Como esto acontecía precisamente la víspera de librarse una gran batalla, cuyo éxito era objeto de general preocupación, todo el ejército se sintió profundamente turbado por un religioso sentimiento que no tardó en convertirse en verdadero espanto.


Clamaban todos a porfía que el cielo hacia aparecer visiblemente las señales de su cólera, que contra la voluntad de los dioses se les llevaba a las extremidades de la tierra; que los ríos se oponían a su paso y los astros les negaban su ordinaria claridad; que no encontraban más que desiertos y espantosas soledades y que era insensato que para satisfacer la vanidad de un solo hombre tantos millares de hombres hubiesen de prodigar su sangre, y que esto era aun mucho más desagradable tratándose de un caudillo que menospreciaba su patria, que renegaba de su padre y pretendía pasar por un Dios.

Estos murmullos habrían sin duda terminado convirtiéndose en una verdadera sedición; pero Alejandro, que era hombre a quien nada de este mundo podía admirar, hizo llamar a su tienda a los jefes principales del ejército y ordenó a los adivinos egipcios a quienes creía más versados en la ciencia de los astros que le manifestasen su parecer acerca de aquel suceso.

Ellos, que sabían muy bien que los cuerpos celestes tienen sus revoluciones y sus periodos y que el eclipse de luna se realiza cuando la oscurece la sombra de la tierra, no explican al vulgo el secreto de su arte y se contentaron con afirmar categóricamente que el sol era favorable a los griegos y la luna propicia a los persas y que esta no se eclipsaba jamás sin amenazar a estos pueblos con una terrible calamidad; lo que apoyaron con muchos ejemplos tomados de la historia de los reyes de Persia, de los cuales dijeron que los eclipses de luna hablan sido siempre para ellos mensajeros de sangrientas derrotas. 


No hay nada tan poderoso como la superstición para enfrentar al populacho. Por inconstante y furioso que sea, basta que turbe su ánimo una vana imagen de religión para que obedezca mucho mejor a los adivinos que a sus caudillos. No bien se hubo divulgado entre las tropas esta respuesta de los egipcios, cuando de improviso renacieron las esperanzas y se reanimó el valor en todos los corazones.»

 

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