miércoles, 3 de enero de 2018

JERARQUÍA EN EL PROCESO DE LA INICIACIÓN

 
Aunque el propósito de la presente plancha no es más que el de presentar una breve "apreciación" de lo que ha significado para un Aprendiz el proceso iniciático bajo el influjo de la Masonería Universal, dado el estrecho vínculo de esta con la Tradición Hermética y las diversas disciplinas y corrientes de pensamiento que en ella se depositan a lo largo del ciclo histórico, así como las características particulares y verdaderamente excepcionales de este fin de ciclo que estamos viviendo, donde el acceso a la información se ha visto tan enormemente facilitado, sería casi imposible y hasta ne­gligente no acudir a una o más de esas formas para cumplir con este cometido.
 
Sólo agregaremos a este respecto que si bien la apreciación que sigue a continuación es una individual, sin embargo no se olvida, ni por un instante, que el proceso de que se trata es el de la Iniciación en los Misterios, un proceso de orden fundamentalmente universal que por eso mismo trasciende necesariamente cualquier noción de individualidad y de forma, universalizando la conciencia.
 
Por todo ello, y en vista de que el tema de la Iniciación es uno tan amplio y profundo, susceptible de considerarse desde innumerables perspectivas, como de hecho sucede con todas y cada una de las cosas y los seres de la Creación, quizá no haríamos mal en asegurar que de las cosas más importantes de aprehender ha sido justamente la idea de jerarquía, e implícita en ella, natural­mente, la de proceso mismo, recordando en efecto que la iniciación no es otra cosa en verdad que el recorrido ascendente de la jerar­quía de los mundos que conforma el mosaico cósmico de la Manifestación.

Así pues, quisiéramos comenzar señalando, a propósito de ese recorrido vertical pero que también aplica al horizontal que le pre­cede y hace posible, que el proceso iniciático es uno de desarrollo gradual y escalonado, sintetizado, según las características inhe­rentes a cada tradición, en distintos grados o estaciones de conoci­miento que pueden verse como dispuestos escalonadamente en forma de espiral. De hecho, esta idea de jerarquía, que por cierto es una palabra que proviene del griego hieras, que tiene que ver con lo sagrado y archéin que se refiere a la idea de un orden u ordena­miento de cosas, se encuentra expresada, como acabamos de decir, en la arquitectura misma del Universo, que según se nos dice ha sido creado a partir de la Sabiduría, la Fuerza y la Belleza del Gran Arquitecto, pero también en la naturaleza, en el hombre y la vida misma, y así se lo constata en las cosmogonías de todos y cada uno de los distintos pueblos de la humanidad y sus respectivos pantáculos o modelos simbólicos del todo, como es el caso entre los ca­balistas del Árbol Sefirótico, donde esa jerarquía no sólo se mani­fiesta en sus tres mundos, planos o niveles (el superior, los dos del medio y el inferior), sino también en la triple indefinitud (estados, modalidades y condiciones) que a cada uno de ellos afecta.

Del mismo modo, en Masonería esta Verdad universal se simbo­liza normalmente por sus tres grados de Aprendiz, Compañero y Maestro, los que bien podría decirse que se refieren a otros tantos estados simultáneos de la conciencia en correspondencia con los distintos grados de la Existencia, así como con los tres niveles de lectura (al menos) de que son susceptibles las cosas todas, habien­do un cuarto que por ser el más alto y profundo, identificado con la realidad incognoscible del Espíritu, nada es posible decir de él. A este respecto sólo advertiremos de pasada la diferencia cualitativa entre un grado virtual de conocimiento y uno efectivo, o mejor dicho, entre uno y otro aspecto de un mismo grado, y que es la misma que existe entre el dicho y el hecho, correspondiendo la efectividad del grado en cuestión al recorrido de ese largo trecho que separa a la potencia del acto, y que no constituye otra cosa que el carácter verdaderamente operativo del proceso.

Por otra parte, esta idea de jerarquía que hemos visto presente de manera tripartita en el Árbol Sefirótico y en los grados de la llamada Masonería azul, así como se la encuentra también en los de la obra alquímica (colores negro, rojo y blanco), no sólo se manifiesta de distintas maneras en distintas tradiciones sino incluso en una misma tradición, como es el caso del Árbol mismo que también se puede ver dividido en cua­tro, en siete y en diez niveles; lo mismo que en la Masonería, por un lado desde el punto de vista del simbolismo de la escala de sie­te peldaños y su relación con las siete artes liberales, las que según nos enseña Rene Guénon corresponden efectivamente a siete esta­dos del ser y grados de iniciación, como en los misterios de Mitra, y por el otro desde el punto de vista de sus altos grados, que son en total 33.
 
Asimismo en la tradición del Tarot, con su división en tres grupos de arcanos (mayores, menores y los de la Corte), y donde cada uno de ellos (78 en total) equivale a un mundo, a un orden o a una armonía que reflejan el Todo.

En fin, lo cierto es que es así como el Misterio de misterios, en su manifestación originalmente ternaria, se revela, siendo tres en apariencia pero uno sólo en esencia, revelación que por lo demás se produce de manera plena y efectiva en el acto de conocerse a Sí mismo directamente, auto-conocimiento a partir del cual el hombre adquiere la capacidad para restituir a las cosas su verdadero significado original y justo lugar en esa jerarquía, la que no por ser en principio total y universal deja por ello mismo de ser interna, recalcando que se trata en cualquier caso de una capacidad inherente únicamente al grado maestral de Conocimiento.

En todo caso, resulta interesante que también esta idea de jerarquía se observa en el axioma masónico sobre el Libro de la Vida, en el cual el Aprendiz aprende a deletrear, el Compañero a leer y el maestro a escribir, todo ello relacionado a la comprensión y transmisión del conocimiento adquirido, ya sea de manera efectiva o virtual, lo que poco importa desde el punto de vista del receptor, siempre y cuando lo que se transmita sea en todo momento la Tradición.
 
En este sentido diremos que la maestría doctrinal que simboliza ese tercer grado de Masonería no podría ser tal si no fuera por el re-establecimiento por parte del masón de la conexión perdi­da con los estados superiores, lo cual sólo puede ser llevado a cabo por un hombre que por su facultad para "ver" no puede sino aten­der el llamado a escribir sobre lo que "ve", sobre lo que sabe "de co­razón" y no por la razón, y por lo tanto sobre aquello que ha cono­cido y vivenciado realmente en su interior, y que a su vez le ha sido dicho por otro delante suyo en la cadena áurea.

Por lo demás, se comprende fácilmente por qué la Iniciación debe verse en primera instancia como la restauración de ese estado humano primordial de conciencia en comunicación con los estados verdaderamente superiores y universales del ser, aquél mismo que en la tradición extremo-oriental se representa por el Sabio Perfecto, en la islámica por el Hombre verdadero y en la cristiana por el es­tado crístico o estado edénico, y que sin embargo no constituye sino apenas una primera fase del proceso, preambular y en cierto modo preparatoria al Conocimiento.
 
Asimismo, se vislumbra la idea de que esa conversión en verdad no es sino un acto que se da por un breve instante fuera del tiempo, a modo de "una breve co­nexión con la eternidad" (por decirlo de alguna manera) luego de la cual, sin embargo, el hombre tiende a recaer en su marco habi­tual y caído de percepción, limitado como está por todo tipo de condicionamientos, comenzando por su identidad con el nombre profano y el cuerpo, pasando por el encuadre familiar, socio-eco­nómico y cultural, hasta determinantes de tiempo y espacio que sobrepasan la concepción lineal que de ellos tenemos de ordinario.

Lo cierto es que esos estados superiores de conciencia se insinúan y se revelan al principio de manera fugaz e intermitente, y además cuando así el Espíritu lo desea, porque ya también sabe­mos que sopla donde quiere y cuando quiere, y que es también por lo que siempre se habla de que la labor del iniciado consiste en ha­cer esos estados permanentes, justamente a través de la reiteración y la perseverancia, recordando que no en balde se consideran estos trabajos como "trabajos de héroes", precisamente porque implican la superación de la realidad individual que constituye nuestro es­tado caído, y porque ese trecho a recorrer ha sido especialmente diseñado para que el hombre que no está realmente cualificado fracase y abandone tan digna empresa.

Dichosamente, como sabemos, en todo ciclo de la humanidad y desde el inicio mismo de la caída del hombre ha existido siempre y existe actualmente una restringida élite intelectual o iniciática, o por lo menos un solo hombre sobre la tierra en plena posesión del conocimiento.

Gracias a esta transmisión ininterrumpida del influjo espiritual, dice la Tradición, el mundo y el universo entero se mantienen, aún en esta fase final del ciclo en la que actualmente nos encontramos, en la que las concepciones y actividades modernas rayan en el absurdo y el sin sentido, pues como nos dice el hermano Guénon, la sociedad moderna es la primera sociedad en la historia de la humanidad en la que el Principio se encuentra totalmente ausente.
 
Con la humanidad inmersa en una desviación de esta magnitud, uno de los principales deberes de esta élite será apuntalar, de manera rigurosa y precisa, por no decir infalible, los principios de orden metafísico, ontológico y cosmogónico, y sus múltiples relaciones y aplicaciones en los diversos órdenes de la realidad.
 
Por otra parte, en lo que respecta al neófito o postulante sin embargo, y como es natural en un proceso de aprendizaje de esta naturaleza, éste aún se encuentra en vías de desarrollo, por lo que no podría considerarse más que un miembro potencial de dicha élite, teniendo aún por recorrer prácticamente todo el camino hacia lo que constituye ese vasto y misterioso dominio de lo total y universal al que necesariamente deben remitirse las cosas todas.

Ciertamente algunos podrán considerar atrevido, vano y hasta ridículo que un neófito se proponga remitirse a aquello que no sólo aún no es en sí mismo, sino que por los "escombros" a partir de los cuales se ha erigido, inclusive hasta se resiste a ser; y es que en efecto aunque considerado diferente de los hombres ordinarios, como dice el mítico don Juan:

       "Por el simple acto de haber sido seleccionado por un poder supe­rior a él...,"

Se debe comprender que el iniciado es mixto por definición, y que por una parte podrá carecer del dominio de sí mismo, pero por la otra, y a pesar de su estado caído, puede igualmente participar de la divinidad y hasta dar forma al pensamiento tradicional. La pro­fundidad de su caída no será, entonces, la misma que la del hom­bre moderno, encadenado indefinidamente al error y a la ilusión, aunque desde cierto punto de vista, su condición puede aún ser peor, pues el rayo divino le habrá tocado y despertado a la gran mentira, al torpe amalgamamiento de certezas que no son tales y que no son suyas, y que además, extrañamente, no quiere abandonar, pues conforma su descripción ordinaria y cotidiana de la reali­dad.
 
Así, en la vía intelectual de conocimiento, la correcta comprensión y expresión de los Principios universales y sus múltiples aplicaciones en los diversos órdenes constituye para el iniciado un medio más de la reiteración y transmisión de la descripción sagra­da de la Realidad, que para él representa todo un arduo proceso de pulimiento y armonización.

En contacto directo con el Principio, la actividad de esta élite in­telectual en el mundo es de una evidente importancia fundamen­tal, pues el Misterio, dicen los Cabalistas, oculto en el grado del Ser puro, indescriptible e incognoscible, y por ello mismo más allá de todo modo de intelección (en particular aquel que utiliza como so­porte la palabra o el pensamiento, y que es propio de la mentali­dad ordinaria), deviene esencialmente inalcanzable excepto por fusión esencial. Por ello, precisamente, observamos la gran maes­tría y el profundo rigor intelectual que caracterizan los grandes es­critos de la antigüedad, así como la infalibilidad doctrinal en ellos implícita.

Aprender a deletrear en el Libro de la Vida significa el paso por un estadio de intentos (muchas veces fracasa­dos) por desprenderse, primero que todo de un dominio personal constantemente al acecho, y luego del propio universal en que los egos son aún más grandes, más sutiles y por eso mismo más peli­grosos. Por ello, todo esfuerzo de perseverancia nos posibilita paulatinamente una mayor comprensión de la profundidad tanto de nuestra caída como de nuestra naturaleza espiritual, lo que necesariamente da los elementos para que tomemos el lugar y el sitio que nos corresponde en el gran esquema de las cosas.
 
Llegar a saber con el corazón que no se sabe nada es, aunque un largo y "desgarrante" proceso, "la buena semilla en buena tierra", como dicen los sabios, es decir, el verdadero y único punto de partida de la cons­trucción.
 
 


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