miércoles, 11 de abril de 2018

LA MASONERÍA PRECURSORA DE LA PAZ Y LA LIBERTAD DE TODOS LOS PUEBLOS


Sostenidos los constructores por el espíritu de innovación, los talleres toman nueva vida y en ellos comienzan a formarse los nuevos hombres. La primera de todas las ciencias, la Geometría, recorre en breve tiempo la escala del progreso, y el operario se llama entonces masón, y el taller Logia, inaugurándose así un período trascendental para la humanidad.

La gramática, la retórica, la aritmética, la música, la astronomía unidas a la geometría, forman la base de la educación y de la civilización de la sociedad. El hombre es libre; el arca de hierro que encerraba su pensamiento, que lo mantenía subyugado a una servidumbre ignominiosa, se había hecho pedazos; el dogma que absorbía su libertad, que oprimía su conciencia, quedaba destruido para siempre, porque se había posesionado de la Ciencia, y esto rasgaba el velo de su ignorancia y ponía ante su vista la grandeza y sabiduría del Dios omnipotente, del Dios justicia, del Dios amor, todo misericordia, todo bondad.

Congregados y unidos por la esencia y la forma de una doctrina sapientísima dictada por la Ley natural a la conciencia del hombre, el constructor la ponía en práctica con inflexible rigor; su vida, jamás volvería a  torcerla, primero la muerte antes que dejar de cumplir una sola frase del precepto.  Y, estos preceptos, que han llegado hasta nosotros, están contenidos en el decálogo de Moisés.

Examinados con atención y escrupulosidad esos preceptos, puede decirse que son la base donde descansa toda la Ley antigua y moderna. Su religiosidad constituye el sistema más grande de doctrina que puede haber. En su esencia se encuentra la libertad sin límites para el hombre y para la sociedad.

Después que la humanidad lleve a la práctica esos preceptos de una manera concienzuda y enérgica, la autoridad exclusiva del gobierno de uno o de varios hombres sobre el común de las gentes no tendrá razón de ser, porque entonces la fraternidad universalmente sentida y practicada, habrá sellado con su amor la santa unión de todos los hombres en una sola familia.

He ahí en resumen las tendencias y fines que se prepone la masonería: buscando la verdad en todas las cosas, logra hacer al hombre tanto más independiente cuanto necesario sea para el logro de su felicidad.

El hombre esclavo sólo se debe a si mismo: moviéndose bien, esto es, teniendo cuidado de ejecutar fielmente las órdenes de su señor le habrá satisfecho, nada más resta que hacer.

Por el contrario: el hombre libre se debe a su prójimo más que a si mismo. Girando dentro de una órbita sumamente extensa, debe comprender que sus intereses están unidos a los de aquellos con quienes está llamado a compartir sus gustos, placeres y comodidades. Su respeto, atenciones y deberes, deben amoldarse al respeto, atenciones y deberes que los demás le guarden: su solicitud, por hermanar sus sentimientos al sentimiento colectivo, debe ir hasta el sacrificio, pues cualquier motivo que tienda a perturbar el conjunto armónico que allí debe reinar, afecta al conjunto social, y muy principalmente a cada uno en particular. Comprendiéndolo así, todos se apresurarán a ser modelos de virtud para evitar los abusos o inmoralidades consiguientes, cuando algunos individuos procuran singularizarse, creyendo que para vivir bien bástales tener fortuna o talento.

Error lamentable de donde nace ese egoísmo brutal que aniquila a la sociedad, convirtiéndola en un carnaval imprudente, donde cada máscara procura hacer su papel lo mejor posible.

Siendo, como lo es, la masonería una escuela de reciproca enseñanza donde el individuo, además de instruir su inteligencia con los preciosos tesoros de la ciencia, aspira al goce supremo del sentimiento religioso depurado de todo error y de todo sofisma, motivos suficientes tiene para inclinar las almas al ejercicio de la beneficencia, elevándose de un modo sublime en medio de sus grandes concepciones, de lo material a lo espiritual, de lo imperfecto a lo bello. Por tanto, su caridad, aunque a veces circunscrita, es grande y noble, porque ocultando su mano aparece pródiga cuando llega el momento de cumplir uno de sus principales deberes. Recapacitando en esto resulta que la institución masónica, tantas veces calumniada, es la que precisamente mayores servicios ha prestado a la humanidad.

Su obra ha necesitado la lentitud de los siglos, es verdad, pero en su hoja de servicios no se halla una sola mancha que pueda empañarla. Su propaganda activa ha hecho cambiar la faz del mundo, introduciendo en el seno de las naciones más belicosas el orden, la armonía y la paz.

Gran Bretaña, siendo aún una potencia regida por un gobierno monárquico, donde la aristocracia conserva su abolengo odioso e irritante, puede servir de modelo a otras cuyo gobierno constitucional es origen de la mayor inmoralidad: Y es porque Inglaterra tiene al frente de su administración hombres morales y religiosos; hombres probos, amantes sinceros de su patria más que de sus propios intereses, y por ella, por su bienestar, por su prosperidad y adelanto están dispuestos a sacrificarse.

Ellos comprenden, porque los principios de la masonería se lo han hecho comprender, que el ciudadano que descuida sus deberes para con la patria, además de ofenderla y degradarla, la pone en los mayores peligros; que así como no puede haber patria sin ciudadanos, estos no pueden existir sin aquella; que todo lo que a ella atañe, es a ellos a quienes puede ofender o agradar; por eso las leyes de Gran Bretaña, si bien tienen lunares que afectan su belleza, puede asegurarse que, dada su condición y carácter, son las mejores conocidas y las mejor practicadas.

Los Estados Unidos de América y la gran República de Suiza son modelos de paz y concordia humanas; y creemos que muy pocas naciones podrán imitarlas, pues en ellas domina el más puro sentimiento de moralidad, ciencia y doctrina de la masonería, demostrándose sintéticamente la grandeza y perfección de esa institución, así como el valor objetivo de la misión que está llamada a desempeñar en el mundo.

Demasiado sabias para comprender las necesidades de las grandes naciones habiendo aprendido en las escuelas de la masonería ese noble principio de desinterés y abnegación; sabiendo cada ciudadano sentir un amor profundo por la patria, centro de las más grandes virtudes, y religiosamente puro, ha sabido distribuir la justicia equitativamente entre todos. Las discordias intestinas no tienen razón de ser en ellas.

Dentro de una Logia, en esos talleres donde las ideas cobran un poderoso vuelo; en donde se rinde culto a la paz y concordia del género humano; en donde el hombre solo se prosterna ante la ciencia y sabiduría del inefable Gran Arquitecto del Universo; en donde la unión más pura santifica a todos los seres, no se ha oído, ni se oirá jamás, una palabra sobre política ni sobre religión. Para el masón los hombres son todos hermanos, el mundo es la patria común, y las creencias particulares tesoro valiosísimo que cada cual guarda en lo más íntimo del corazón al penetrar en el sagrado recinto.

La imponderable influencia que la masonería ejerce en el gobierno de los pueblos libres, se debe a sus principios de moralidad, a la ilustración de sus miembros, a la exquisita prudencia con que reviste todos sus actos. Dentro de su amor no cabe el egoísmo: dentro de su abnegación no puede caber la ambición.

Al proponerse educar al hombre se ha dirigido a su inteligencia, a su corazón y a su conciencia, después se ha elevado a su Espíritu y lo ha perfeccionado obligándolo a que se despoje de las materialidades groseras de la forma, y lo ha envuelto en el purísimo ropaje del sentimiento.

El masón que comprende, que siente y lleva a la práctica los principios de su institución, puede asegurarse que vive más en la vida de lo infinito que en ésta, asiento de todo lo material y deleznable, concordato de veleidosas imposturas, de crímenes y desórdenes.

Bajo el punto de vista que hemos bosquejado, se comprenderán fácilmente los inmensos beneficios que la masonería ha proporcionado al mundo. En primer lugar ha redimido al hombre del fanatismo; pues, aunque las escuelas racionalistas, positivistas y materialistas han tenido por ideal esa cuestión importante, y sin cuya realización imposible hubiera sido la civilización de los pueblos, esas escuelas sólo han seguido la estela o el desenvolvimiento que la masonería había impreso de antemano a esa cuestión.

El profano, al penetrar por las puertas del Templo, siente desde los primeros instantes algo que se escapa a su sensación, y vislumbra en medio de la oscuridad de la noche que lo rodea, algo también que se asemeja a la dudosa claridad de la aurora de un nuevo día.

El pensamiento acostumbrado a la inacción, a no ver en los templos religiosos más que los móviles de una ambición desmedida, de una vanidad fastuosa, queda al penetrar en las Logias bastante sorprendido. Esperaba encontrar allí la continuación de otro sistema religioso igual a los demás, con alguna que otra variante; pero al detenerse y observar, sus ideas cambian, cada símbolo le produce una extraña emoción. Al ídolo de piedra ha sustituido un objeto de ciencia; al creyente compungido y extático ha sucedido el hombre lleno de formalidad que, atento a su conciencia, medita la profundidad de ese algo incognoscible que tan sólo se presiente en las interioridades del alma, cuando ésta, empujada por las fuerzas de la ciencia y de la filosofía, se remonta en alas de las ideas al mundo exterior.


Desde ese instante el error que le dio culto al fanatismo, pierde todo su interés; el culto idolátrico ya no habla a los sentidos; hay otra cosa más grande que nos interesa más, el horizonte de nuestra vida se extiende más allá de los cielos que absortos contemplábamos en los días de nuestra infancia, el corazón siente nuevas esperanzas: en una palabra, el hombre viejo que penetró por aquella puerta, hastiado de sí mismo, con el corazón vacío de toda fe, sale del sagrado recinto con la frente erguida, y nuevas ideas acariciando su corazón, lo hacen revivir. Desde ese momento sus sentimientos se ennoblecen; ama a su semejante porque necesita del amor de los demás, ampara al huérfano y a la viuda, no con la mezquina y estrecha idea de hacer un servicio a Dios, sino porque comprende su deber y se apresura a cumplirlo, se ejercita en la caridad sin esperar de ella la salvación de su alma, porque su alma es inmortal y sobrevivirá al cuerpo obedeciendo a las leyes sapientísimas del Creador; se aleja de los vicios y guarda la Ley para no subordinar su libertad al juicio de la Justicia; respeta y acata la voluntad del Gobierno bajo cuyo amparo vive, porque considera que el orden y la paz son la mejor garantía para el ciudadano; y que cuando se tuercen, el desequilibrio social perjudica los intereses particulares de cada uno de sus miembros, y todo sin resultado alguno de importancia trascendental, porque, cuando una Nación ha de cambiar de ideas, cuando tiene que salir del ostracismo, las corrientes del progreso se le imponen, y entonces sin necesidad de trastornos lamentables, se ve surgir lo necesario de la misma fuerza de la necesidad.

En la sociedad lo mismo que en las leyes a que está sometido el engranage sublime del Universo, los cambios bruscos, lejos de producir un bien, dan por resultado daños inmensos.

En la naturaleza todo se sucede con dulce y plácida armonía, así también en la sociedad. Quizás la impaciencia del hombre a veces precipita los acontecimientos, pero esas precipitaciones no siempre producen resultados felices.

El árbol madura el fruto a su tiempo. La flor en capullo que se troncha, queda cerrada sin belleza y sin perfume.

Las consideraciones antes expuestas las hace el masón que ha comprendido la grandeza de la doctrina filosófica que su institución predica, y las lleva al terreno de la práctica, porque en medio del simbolismo de que se halla rodeado toca de cerca la verdad de las cosas; su Espíritu percibe clara y distintamente la realidad de lo bueno y desechando escrupulosamente las prematuras ilusiones de esa felicidad que, como nube de verano, se asoma de instante a instante en los horizontes de nuestra vida, volviéndose a ocultar en los abismos insondables del destino, sin haber servido más que para estimular nuestra mal entendida impaciencia.

Así es como la masonería desde los primeros tiempos enseñó al hombre a medir sus esfuerzos, a encaminar sus pasos por, el sendero del bien y a regular sus operaciones.

Con exquisita prudencia hizo del hombre un espíritu práctico; combatió su ignorancia y sus errores, y lo puso en condición de poder ser completamente libre aún en medio de la misma esclavitud.

Estos señalados servicios ofreció al mundo, el mundo los aceptó, y de su bondad, constancia y sabiduría los espera aún mayores.



 

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