sábado, 15 de diciembre de 2018

ARQUITECTURA Y MASONERÍA

 
Si Arquitectura y Masonería figuran parejas en el titulo de este trazado ello es debido a que, en otros tiempos, eran una, y ésta lo era por la Geometría.

Dios geometriza siempre, mide todo en todo momento, tanto lo visible como lo invisible. Su Fiat Lux saca el orden del caos esta­bleciendo la manifestación, el cosmos, donde todo ser está forzosa­mente en alguna parte, en un determinado lugar, ocupa un deter­minado sitio, y lo que no está ni en la Tierra ni en parte alguna del Cielo no es absolutamente nada.


 
Todo ser ha sido medido, deter­minado en sus condiciones de existencia, ha sido hecho lo que es, pues la medida de una cosa es la razón de ser de dicha cosa.
 
La Geometría, contemplada en un sentido más interior que el que le confiere externamente su etimología, puede entenderse como la ciencia por la que se mide toda la manifestación. Desde el cuerpo y la extensión, pasando por el alma y lo sutil, hasta el espíritu y lo universal, todo tiene medida, todo su límite. Sólo el Principio Ab­soluto, el Infinito, escapa a toda medida y geometría. Él es el único que mide y no puede ser medido, que traza y no puede traza algu­na alcanzarle.
 
La Arquitectura, por su parte, es una ciencia adornada de otras muchas disciplinas y conocimientos... las Bellas Letras, Dibujo, Geometría, Óptica, Aritmética, Historia, Filosofía, Medicina, Música, Astrología... Es práctica y teórica. La práctica es una continua y expedita frecuentación del uso, ejecutada con las manos, sobre la materia correspondiente a lo que se desea formar. La teórica es la que sabe explicar y demostrar con la sutileza y leyes de la proporción las obras ejecutadas.
 
Así pues, según dice Vitruvio, la Arquitectura es una ciencia o, lo que es lo mismo, un arte, en cuanto que está estrechamente vinculada con la Geometría y la Aritmética que pertenecen al conjunto de las artes o ciencias liberales, aquellas que son libres y nobles por sí mismas.
 
Además, en la Arquitectura, como en la producción de cualquier cosa hecha con arte, o en el ejercicio de cualquier arte, están implicadas simultáneamente dos facultades respectivamente imaginativa y operativa, libre y servil.
 
La primera consiste en la concepción de alguna idea en una forma imitable, y la segunda, en la imitación (mimesis) de ese modelo invisible (paradeigma) en un material determinado, que es, así, informado. La imitación, el carácter distintivo de todas las artes, tiene, por consi­guiente, un doble aspecto: por una parte, el trabajo del intelecto (nous) y, por otra, el de las manos (cheir).
 
Estos dos aspectos de la actividad creadora corresponden a los "dos en nosotros", esto es, nuestro Sí espiritual, o intelectual, y nuestro Ego sensitivo y psicofísico trabajando juntos (synergoi)... La obra de arte es, pues, un producto a la vez de la sabiduría y el método, o la razón y el arte (sophia 0 logos, y techne)... estas ideas encuentran expresión mitológica en terminos de la relación entre Atenea y Hefesto, siendo la primera la diosa de la Sabiduría que surgió de la cabeza de su padre Zeus, y el segundo el titán herrero cuyas maravillosas obras son producidas con ayuda de Atenea como coadjutora (syntechnos).
 
Atenea y Hefesto "comparten una naturaleza común al haber nacido del mismo padre, y viven juntos en un santuario (hieron) común... ella es "la mente de Dios" (he theou noesis, o nous)... y él es "el noble vástago de la luz"... "Hefesto, famoso por su arte (klytometis), ayudado por Atenea de los ojos brillantes, enseñó obras gloriosas a los hombres de la tierra"; o fue Prometeo quien... robó "la sabiduría artística inma­nente (entechnon sophian) y el fuego" y los dio a los hombres "como dote divina" (moira)... Aquí, las palabras entechnos y moira signifi­can que el "artista humano que está en posesión de su arte" (entech­nos demiourgos) es tal por participación (methexis, metalepsis) en el poder creador del Maestro Arquitecto.

Los artistas siempre han sido conscientes de que el acto de crear ha de ser instigado por algo que no está en la mano del hombre.

El fenómeno creativo ha de dar cuenta de sí mismo. Y este testimo­nio no puede significar sino que el espíritu humano no crea única­mente a partir de sus propias fuerzas, ni siquiera en las condiciones más favorables, sino que necesita el roce y la inspiración de un fa­buloso Otro, y que la eficacia de ese Otro, sea cual fuere el talento humano, constituye la parte más importante del proceso creador en su globalidad. Eso es lo que han proclamado siempre los creadores de todos los tiempos, al declararse inspirados por un ser más alto.
 
 
Cuando Hornero apela a su musa para que lo instruya, cuando Hesíodo cuenta que ha escuchado el canto de las Musas y que ha sido ungido poeta por ellas, estamos acostumbrados a no ver en ello más que la consecuencia necesaria de una fe en los dioses que a nuestros ojos carece de toda validez. Pero, si atendemos a Goethe cuando afirma muy serio que los pensamientos más sublimes no están en manos de los hombres, sino que éstos han de recibirlos con temeroso agradecimiento en su calidad de dones y de obsequios, entonces podemos considerar las confesiones de un Hornero, de un Hesíodo, y de muchos otros, bajo una nueva luz. Ya creamos en Apolo y en las Musas, o no, debemos reconocer que los actos creadores de gran envergadura requieren necesariamente la conciencia viva de la presencia de un ser superior y que nuestro juicio del fenóme­no que entraña dicha creación jamás podrá ser justo si no acepta este hecho.

En cuanto a la Arquitectura, este doble aspecto que acabamos de ver, y que es tal por participación en el poder creador del Maestro Arquitecto (el Gran Arquitecto del Universo), consiste en una manera de construir (techne) y en el modo de concebir (logos) esa manera de construir.

El (Moisés) vio con el ojo del alma las formas inmateriales (ideai) de las cosas materiales que había que hacer, y estas formas tenían que ser reproducidas como imitaciones sensibles, por decirlo así, del gráfico arquetípico y de los modelos inteligibles...

Contemplamos aquí, bajo las expresiones formas inmateriales, gráfico arquetípico, modelos inteligibles, lo que señalábamos más arriba, esa Geometría cuyas trazas alcanzan el mundo de las ideas, esa “Cosmometría", valga la palabra, que debe ser reproducida por la Geometría que la imita en los modelos sensibles y cuyas trazas visibles (formas, figuras) son imágenes de las trazas inteligibles (ideas, números) de aquella otra. Todas las cosas reciben sus formas por medio de las ideas y los números. Lo que el hombre construye no son sino imitaciones sensibles de los modelos inteligibles que ve con el ojo del alma, es decir que concibe con el intelecto (nous).

Sin las formas inmateriales (ideai), y sin el gráfico arquetípico y los modelos inteligibles (el número), las artes, y por tanto la Arquitectura y la Masonería, no serían tales, ya que careciendo de modelos que reproducir serían estériles; y los artesanos, si todavía se podría llamarles así en este caso, se verían igualmente impotentes de realizar algo con arte, pues, hicieran lo que hiciesen, su labor quedaría reducida a algo así como una mera operación servil, y ellos reducidos a la condición de simple "mano". Sin número, peso y medida, las artes serían relativamente sin valor... "y una cuestión de mera práctica y trabajo".

Mediante la Arquitectura y la Masonería, el hombre de las cultu­ras tradicionales, consciente de su participación en el poder creador del Maestro Arquitecto, concibió y construyó edificios y ciudades siguiendo los modelos inteligibles. Y lo hizo
... con atención a la firmeza, utilidad y hermosura.

O, lo que es lo mismo, con arreglo a los arquetipos universales, Sa­biduría, Fuerza y Belleza, los tres pilares que sostienen el cosmos; pues todo edificio, ya sea templo, o casa (templo igualmente), de cualquier cultura tradicional, imita ese otro gran edificio que es el cosmos, y el arquitecto y el masón de esas culturas siguen el para­digma del Gran Arquitecto del Universo, el Maestro Arquitecto, creando el Mundo mediante el número, peso y medida.

La Arquitectura y la Masonería se conciben pues en base al nú­mero y la medida, en cuanto ideas o formas inmateriales, y se cons­truye concretando el número y la medida en formas materiales; por esto están íntimamente vinculadas con el doble aspecto de la Geo­metría que hemos señalado antes.
 
Los antiguos constructores cono­cían, por la Tradición, el significado interno del número y de la me­dida, y su manifestación externa en las artes; conocían que no hay forma sin idea ni número, ni idea ni número sin una inteligencia y voluntad que la conciba y realice al mismo tiempo, y reconocían su participación en esta inteligencia y voluntad del Maestro Arquitec­to al verse capaces de imitar su obra.

Pero, ¿qué necesidad impulsa al hombre de las culturas tradicionales, al arquitecto o al masón, a imitar en sus obras el poder creador del Maestro Arquitecto? Lo impulsa una necesidad interior que responde a las necesidades del "hombre completo", que no solo vive de pan, sino de aquello que el hombre es realmente más allá de lo contingente e individual del estado en el que se encuen­tra ahora transitoriamente, esa necesidad que una vez cumplida le hace tomar conciencia de lo que él es realmente, de lo que es, de un modo permanente e inmutable, fuera de toda sucesión temporal u otra, pues todos los estados del ser, considera­dos en su principio, están en perfecta simultaneidad en el eterno presente.

Este es, en el fondo, el fin y verdadera utilidad de la imitación que hace el arquitecto y el masón de la obra del Maestro Arquitecto y lo es también de las ciencias y artes tradicionales. Esto es lo que el hombre de las culturas tradicionales conoce.

En toda civilización de carácter estrictamente tradicional, todas las cosas comienzan necesariamente por el Principio o por lo que es más próximo a él, para descender luego a aplicaciones cada vez más contingentes; y, además, inclusive estas últimas no se encaran jamás desde un punto de vista profano, que no es, según lo hemos explicado a menudo, sino el resultado de una degradación por la cual se ha perdido la conciencia de la vinculación de estas aplicaciones al Principio.
 
Pero hay más todavía: la fundación de las ciudades, la elección de su sitio y el plan según el cual se las construía se hallaban sometidas a reglas pertenecientes esencialmente a la “ciencia sagrada" y, por consiguiente, estaban lejos de responder solo a fines "utilitarios", por lo menos en el sentido exclusivamente material que se da actualmente a esa palabra; por completamente extrañas que sean estas cosas a la mentalidad de nuestros contem­poráneos, es preciso sin embargo tomarlas en cuenta, sin lo cual aquellos que estudian los vestigios de las civilizaciones antiguas jamás podrán comprender el verdadero sentido y la razón de ser de lo que observan, aún en lo que corresponde simplemente a lo que se ha convenido en llamar hoy el dominio de la "vida cotidiana", pero que entonces tenía también, en realidad, un carácter propia­mente ritual y tradicional.

No ocurre así en nuestra sociedad actual, la cual no solamente está alejada en extremo de lo que es una sociedad tradicional sino que es verdaderamente su inversa, hasta el punto de que constitu­ye realmente una sociedad anti tradicional en el pleno sentido de la palabra. Aquí las necesidades del hombre, y del arte y la ciencia, están igualmente invertidas, como no puede ser de otro modo, con respecto a las de la sociedad tradicional, y sólo responden ya a condicionantes económicos, sociales, utilitarios, en suma, de inte­rés y utilidad exclusivamente material e individual por los que se rige esta sociedad que parece como si quisiera vivir sólo de pan.

Para las civilizaciones tradicionales o culturas arcaicas, es decir para aquellas que vivían el Conocimiento y que nos lo legaron como la expresión suprema de su propia esencia, el esquema so­cial no era arbitrario ni casual, ni todo el aparato cultural, su Tradi­ción, una mera suma de convenciones cualesquiera, sino que sim­bolizaban otras realidades que se manifestaban por su intermedio a los efectos de establecer un enmarque, apto para vivenciar diversos niveles de conocimiento y para efectuar diferentes maneras de existencia; por ello es que se dice que los orígenes de cualquier cultura son sagrados.
 
 
De más está subrayar que esta frase en nada se refie­re a la concepción de lo sagrado que en general posee el hombre contemporáneo. El cual, por otra parte, no es enteramente respon­sable, ni culpable de sus propias concepciones. Heredero de una Tradición degradada, habitante de una ciudad profana, que ha per­dido la memoria de todas las cosas, teniéndose que identificar con ella para poder subsistir, es inevitable que el sello de la ignorancia (y por lo tanto del sufrimiento) se halle marcado sobre su frente.

Desde luego que estas voces, y otras que suenan en armonía con ellas, no llegan a la mayoría de los ciudadanos de hoy día, pero hay algo que, en mayor o menor medida, les llega: su asomb­ro al contemplar las ciudades y los edificios de las culturas antiguas que responden a las necesidades del "hombre completo"; pues, como no puede ser de otro modo, en el fondo de su ser, sin ellos saberlo, subyace esa necesidad. Su asombro responde a que estas obras expresan y reflejan la participación consciente, a todos los niveles de los antiguos constructores en la obra del Gran Arquitecto del Universo, el único que construye iluminando y dando vida a toda obra. Y su asombro se vuelve confusión cuando perciben, del modo que sea y sin saber muy bien cómo, que sus actuales ciudades y edificios carecen de luz y vida, pues, retomando el ejemplo la mitología griega que hemos visto más arriba, en la sociedad comtemporánea, Atenea no inspira hoy ya las obras que Hefesto realiza, y que, por consiguiente, nacen muertas.

Pero si esto es lo que sucede en gran parte de nuestra sociedad, no por ello ha dejado de existir en su seno agrupaciones, la Masonería es una de ellas, que, remontándose ininterrumpidamente a tiempos de las sociedades tradicionales y a sus gremios de constructores, guardan y transmiten el carácter de éstas, y, con él, la enseñanza de las artes y ciencias tradicionales, es decir de la "Ciencia Sagrada".
 
Las antiguas cartas de la Franc-Masonería, que se remontan a los siglos XIV y XV, y que se las conoce actualmente con el nombre de Antiguos Deberes (Old Charges), testimonian esta transmisión. En ellas está recogido, con más o menos detalle y extensión relato histórico del digno oficio de la Masonería, y los Deberes propios por los que se regía el oficio; el relato histórico, que constituye la memoria viva del oficio y de sus dignos oficiales a través de los tiempos, se remonta a su origen mítico enlazando así con la Tradición primordial; y los Deberes mantienen viva la regla (Usos y Costumbres) del hacer diario de este oficio.
 
Antiguos Deberes, herramientas (la totalidad de sus símbolos) del oficio, y ritos constituyen hoy, en la Masonería, un todo donde está deposi­tada la enseñanza de la "Ciencia Sagrada", y, con ella, la posibili­dad que tiene hoy el hombre de vivir participando conscientemen­te en la obra del Gran Arquitecto del Universo, es decir tomando conciencia de lo que realmente es.

 
 

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