lunes, 13 de noviembre de 2017

LOS SOLSTICIOS: FIESTAS DE LOS DOS SAN JUAN


No nos es ajena la enorme importancia que revisten para la Masonería las fiestas solsticiales de los dos San Juan. Todos sabernos que la importancia que nuestra Orden concede al Bautista y al Evangelista obedece, entre otras razones, al hecho de que ambos santos representan, por la extraordinaria riqueza espiritual que sus mensajes contienen, la espina dorsal y el eje invariable que sostiene nuestro edificio.
 
En esta plancha intentaremos señalar algunos aspectos del complejo simbolismo solsticial, ligándolo, en cuanto nos sea posible, a determinados aspectos de la enseñanza iniciática y cosmológica de nuestros dos santos patrones.
 
En primer lugar, hemos de tener en cuenta que los fenómenos astronómicos y naturales, en una sociedad tradicional, o en una organización iniciática como es nuestra Orden, siempre han sido considerados como los símbolos de las realidades invisibles y espirituales, que por tener tal naturaleza no podrían ser aprehendidos por nuestra inteligencia si no fuera por aquello que las sugiere y las expresa, es decir las simboliza. Idéntico punto de vista podríamos deducir de las imágenes y símbolos específicamente iniciáticos y sagrados (como, sin ir más lejos, aquellos que decoran y hacen significativa la Logia), y que fueron diseñados por nuestros antepasados con el único fin de servir de soporte, de estudio y de meditación para conocer la verdad que se oculta tras su apariencia.
 
En su sentido más auténtico los símbolos iniciáticos no son sino las expresiones de los arquetipos universales, de las causas originarias, de las que emanan, como el manantial de su fuente, todas las cosas, siendo este punto de vista, a diferencia de lo que hoy se cree, una constante en el pensamiento de los hombres y de los pueblos a lo largo de la historia. Todo ser tiene un origen temporal, tanto como atemporal y trascendente. Por un lado, un nacimiento físico, condicionado; por otro, la posibilidad de renacer, de volver a nacer a la esfera de lo espiritual, por un acto de su voluntad más íntima y profunda, gracias al conocimiento del lenguaje revelador, evocador y regenerativo de los símbolos sagrados.
 
Las representaciones rituálicas cumplen el mismo objetivo. En su desarrollo gestual, en la propia dinámica de su ritmo, el rito (que es el símbolo en movimiento) produce determinadas vibraciones armónicas que actúan como un detonador en la conciencia, despertándola a la realidad que el gesto ritual simboliza. Por tomar un ejemplo entre muchos, las circumambulaciones alrededor de los tres Pilares que el masón ejecuta en Logia no hacen sino representar simbólicamente el ritmo circular del sol y de las estrellas en su curso aparente por el cielo alrededor de la estrella polar. 
 
Las fiestas solsticiales de los dos San Juan se adornan con los atributos propios de toda celebración litúrgica en la que el sol, el astro de la luz, es el protagonista principal. Sin ir más lejos, el carácter solar de ambas festividades está netamente señalado por las fechas que ocupan en el calendario, es decir el 24 de junio para San Juan Bautista y el 27 de diciembre para el Evangelista, días que como todos sabemos corresponden al solsticio de verano y al solsticio de invierno, respectivamente. Para no alargarme demasiado en estas consideraciones indicaré solamente que la circunferencia o círculo que dibuja la órbita solar al pasar de un solsticio a otro, pasando por los dos equinoccios de primavera y otoño, deviene el esquema simbólico y tradicional del ciclo del año. Y si tenemos "en cuenta las relaciones, correspondencias y analogías que se dan entre el espacio y el tiempo, deberíamos deducir que si el movimiento aparente del sol, así como el de los planetas y restantes cuerpos celestes es circular, el tiempo tiene que serlo también, lo que vale decir que es por naturaleza cíclico. Esto lo podemos advertir igualmente cuando constatamos que a cada punto cardinal, norte, sur, este y oeste, le corresponde una estación temporal invierno, verano, primavera y otoño en un constante reciclaje que hace posible la regeneración permanente del propio tiempo y espacio, tanto terrestre como celeste o cósmico.
 
Las fiestas rituálicas de los dos San Juan, como en cierto modo toda celebración litúrgica reposan pues, sobre este postulado el tiempo cósmico y humano está sujeto a la regeneración perenne, siendo este vaivén rítmico de los solsticios como una imagen y un reflejo sensible y natural de esta ley universal. Ya los antiguos romanos celebraban anualmente las fiestas solsticiales dedicadas al dios Jano, en el que podemos encontrar las mismas significaciones simbólicas que se atribuyen a los dos San Juan. Como ellos, Jano presidía las fases ascendentes y descendentes del ciclo anual, y era considerado como el "portero" (ianitor), que con sus dos llaves, una de plata y otra de oro, abría y cenaba las épocas. Por esto mismo se le denominaba también el «Señor del tiempo», el creador del mundo y padre de los dioses. Jano poseía las claves (de (l'avis, llave) de los misterios ligados a la iniciación.

Las dos llaves estaban relacionadas con los dos rostros que poseía (de ahí también el calificativo de Jano Bifronte). Uno de ellos miraba a la izquierda y estaba relacionado con el pasado, con lo que fuimos, y que como tal condiciona inevitablemente nuestro presente. Al rostro de la izquierda se le adjudicaba la llave de plata, llave (o clave) que abría la puerta de acceso a los misterios ligados a la primera fase de la iniciación, donde el recipiendario tiene que tomar conciencia de si mismo, esfuerzo que necesariamente implica la regeneración total de la psiqué o del alma, elevándola a un plano superior que por su naturaleza le pertenece. A su vez, la llave de oro estaba en posesión del rostro que mira a la derecha y al porvenir. Podríamos decir que el porvenir -donde el tiempo todavía no es- se relaciona simbólicamente con el mundo celeste y uránico (solar), y cuyos misterios están ligados a la segunda fase de la iniciación.
 
Y es precisamente en su papel de «iniciador en el Conocimiento», como fue venerado por los Collegia Fabrorum de la Roma Imperial, antecesores directos de los gremios iniciáticos de constructores y artesanos que florecieron en la Edad Media, periodo histórico donde precisamente Jano fue reabsorbido en la forma cristianizada de San Juan Bautista y San Juan Evangelista, de los que se ha dicho que representan las dos modalidades o aspectos de un solo y mismo ser.
 
Aquí existe una interesantísima correspondencia entre las puertas solsticiales y el dominio propio de la iniciación en los misterios, que no hace sino confirmar el valor simbólico del mundo natural con respecto al espiritual y sagrado. Iniciación que a su vez se desarrolla en dos fases, descendente y ascendente, o concentrativa y expansiva, y que la antigüedad grecolatina hizo corresponder respectivamente a los «pequeños viajes» y a los «grandes viajes», terrestres los unos y celestes los otros, los que conducen al conocimiento integral de la cosmogonía y del verdadero orden del mundo. Estas mismas fases de un solo y único proceso se encuentran claramente expresadas en la iniciación, elevación y exaltación característica de los tres primeros grados masónicos de Aprendiz, Compañero y Maestro, a los que no son ajenos las figuras y atributos del Bautista y del Evangelista.
 
Es bien cierto que como su propio nombre indica, la misión de Juan Bautista es precisamente la de bautizar con agua, simbolizando dicho bautismo la regeneración y el nacimiento a una «nueva vida», aquélla que se nos promete cuando somos recibidos francmasones. A partir de ese momento crucial, que es un comienzo y una entrada, se nos abre una puerta, la que los pitagóricos designaban como la «puerta de los hombres», representada en nuestro ritual por esa matriz cósmica que es la Cámara de Reflexión, donde simbólicamente también descendemos en el fondo de lo humano para reconocer nuestra verdadera identidad en consonancia con nuestro destino. Esto es lo que designan las siglas herméticas V.I.T.R.I.O.L. grabadas en dicha Cámara: Visita el Interior de la Tierra (de ti mismo) y Rectificando Encontrarás la Piedra Oculta.
 
Según el símbolo, descendiendo en el centro tenebroso de la tierra reconocemos el valor supremo de la muerte, de la vacuidad, de lo más pequeño, imprescindible para que una nueva forma de vida, un orden nuevo, reflejo de lo universal, alumbre en nuestra alma. A este respecto, en la rueda astrológica, la «puerta de los hombres» está situada en el signo de Cáncer, que por sus vinculaciones con la luna y el agua (la cual genera al mismo tiempo que corrompe), rige tanto los nacimientos como las muertes. Con el mismo significado la cosmología hindú menciona «la vía de los antepasados» (pirt-yana), por donde el ser que la recorre nace a la generación y a la vida. En el dominio de la realización espiritual esta generación es un nacimiento al cosmos, al orden, una entrada en el templo sagrado, donde los planetas junto con los doce signos del zodiaco marcan los ciclos y los ritmos del universo y del hombre. Hemos de recordar que en el templo de la Logia los doce signos son las doce columnas o pilares que la enmarcan, estando expresados los planetas por los oficiales que rituálica y armónicamente circulan por su interior. Este descenso podría verse también como una paulatina disminución de la naturaleza humana, fácilmente accesible a cualquier tipo de contagio profano. Esto lo anuncia claramente el Bautista cuando exclama: «El, Cristo, conviene que crezca, y yo que disminuya», clara alusión, por otro lado, al trayecto solsticial, descendente-ascendente de la órbita solar. Por otro lado en nuestra tradición, Cristo no es sino el Gran Arquitecto, el Maestro interno de cada uno que desde lo secreto dirige la edificación del Templo de la Sabiduría.

En el solsticio de Invierno el descenso alcanza su máxima declinación, lo que se traduce como el aparente triunfo de las tinieblas nocturnas sobre la claridad diurna. Pero lo que ha alcanzado su mínimo no puede sino crecer, motivo por el cual el solsticio invernal marca también el ascenso de la luz solar; el nacimiento de Cristo (Sol de Justicia) se produce en Navidad, solsticio de invierno.
 
Añadamos que este descenso es una interiorización y concentración en el objeto de nuestra búsqueda, que nos conducirá finalmente al recinto sagrado, iluminado desde su interior y «a cubierto» de cualquier interferencia profana. Para ello, toda aspereza y arista de la piedra bruta tienen que ser trabajadas pacientemente, tomando como ejemplo la propia misión del Bautista, que ya profetizó Isaías con estas palabras: «Aplanad los caminos del Señor, toda montaña y colina serán allanadas». Mensaje de equilibrio, de paciencia y de amor ferviente hacia la Verdad sin mácula que también anuncia el Precursor, hijo de Zacarías.
 
Por esta razón, a Juan Bautista se le atribuye en la Masonería la ciencia de la escuadra y el nivel, útiles imprescindibles para que la base del edificio a construir se encuentre perfectamente allanada y encuadrada, simbolismo que se refiere claramente al trabajo de rectificación que cada uno debe ejercer consigo mismo.
 
Si a la función del Bautista le conviene la escuadra y los misterios terrestres de lo humano, ligados al bautismo de agua, a Juan Evangelista «el águila de Dios» y «el discípulo bien amado», se le considera el apóstol que da testimonio de la luz divina, siéndole encomendado bautizar con el fuego del Espíritu. Porque su Evangelio representa sin duda alguna el aspecto interior y esotérico de la tradición cristiana, la Masonería le asigna la perpendicular y el compás, instrumentos que sirven para trazar el eje vertical que va del centro de la base del edificio hasta su sumidad más alta, donde reside la clave de bóveda.
 
Según una aplicación particular del simbolismo cosmológico a las puertas solsticiales, ese eje vertical o esa plomada indicará el camino ascendente que se abre, según los pitagóricos, con la «puerta de los dioses», la que da acceso a los «grandes viajes», donde el masón, maestro de sí mismo por la muerte y resurrección del maestro Hiram, irá en busca de su verdadero origen y patria que es celeste (el Oriente Eterno), donde podrá encontrar finalmente la reconstitución de la «Palabra Perdida» que compone el Nombre Inefable del Gran Arquitecto, Sol Espiritual y eje polar y central del Universo.
 


domingo, 12 de noviembre de 2017

MÁXIMAS MASÓNICAS

 
* El primer deber de todo masón, es el mas absoluto silencio de todo cuanto de ella deba guardarse. De no cumplirse con el juramento deberá ser expulsado de la Orden.

* Compañero: el Aprendiz es nuestro hermano. Maestro: el compañero es vuestro discípulo; le debéis lealtad y cariño, pero recordad que no son vuestros confidentes. Sed discretos ante ellos.

* Virtud es el esfuerzo que domina las pasiones: dominad vuestra indiscreción y guardad los secretos masónicos pues así lo habéis jurado.
 
* Si sois masón, guardad silencio absoluto; no olvidéis que oídos profanos os escuchan. Acordaos de vuestro juramento.

* Habéis jurado silencio absoluto y no debe llamarse hombre quien no cumple con los juramentos.

* Cuando reveléis a un profano que vuestro hermano ha votado contra vuestros deseos, traicionas al hermano, a vuestra logia y a la institución. Al traidor se le aplican las penas más severas.

* Si no queréis sufrir las consecuencias, mantened el secreto de todo lo que ocurra en las logias. Vuestra indiscreción os haría aparecer indigno de pertenecer a una sociedad de hombres honrados.

* Las conversaciones, para ser discretas, deben ser propias del lugar, del momento y del medio. Los asuntos masónicos están reservados para la logia y en tenida abierta.

* Vicio es el hábito de contentar nuestros deseos; hábito que pervierte los instintos. La indiscreción es un vicio del que habéis abjurado ante el Ara: sed fiel a vuestros juramentos.

* Masón: el que te escucha te venderá. Guarda los secretos de la masonería para ti mismo.

* Masón: ¿Qué pides para el que te traiciona? Ese mismo castigo caerá sobre ti mismo si revelas lo que has oído en el templo.
 
 

LAS TRES GRANDES VERDADES


Existen tres grandes postulados, que fueron establecidos hace miles de años, en el antiguo Egipto, que hoy en día constituyen extraordinarias verdades, a tomar en cuenta por los Masones:

1.- El alma del hombre es inmortal y su porvenir es el destino de algo cuyo crecimiento y esplendor no tiene limites.

2.- El principio que da la vida mora en nosotros, es imperecedero y eternamente benéfico.
 

LOS 10 MANDAMIENTOS DE LA FRANCMASONERÍA

 
Mandamientos de la Francmasonería
 
1. Se justo, porque la equidad
es el sostén del genero humano.

2. Se bueno, porque la bondad
encadena todos los corazones.

3. Se indulgente, porque eres débil.
 

4. Se agradecido, porque el reconocimiento
alimenta y sostiene la bondad.

5. Se modesto porque el orgullo hace odiar
a los seres pagados de si mismo.

6. Haz bien al que te ultraje, a fin de mostrarte
más grande que él y convertirlo en un amigo.

7. Perdona las injurias,
porque la venganza eterniza los odios.

8. Se continente, temperante y casto, porque la voluptuosidad, la intemperancia y los excesos
destruyen tu ser y te hacen despreciable.
 
9. Oirás mucho: hablarás poco:
harás bien,  harás bien por mal.
 
10. Estudiarás para conocer a los hombres;
para que así aprendas a conocerte a ti mismo.
¡serás justo! ¡Evitarás la ociosidad!



sábado, 11 de noviembre de 2017

LA RAMA DE ACACIA: HISTORIA Y SIMBOLOGIA


La historia mítica de la Rama de Acacia está íntimamente relacionada con la leyenda del tercer grado.

No existe símbolo de mayor interés para el estudiante masón que el de la Rama de Acacia; no sólo por su significación peculiar, sino porque nos abre un campo extenso y bello de investigaciones: el que abraza el simbolismo de las plantas sagradas.

En todos los antiguos sistemas iniciáticos y religiosos, hubo siempre una planta sagrada que tuvo su simbolismo especial y fue venerada por los devotos como sagrado emblema. Así, por ejemplo, en los Misterios de Dionisos se empleaba la hiedra; en los de Ceres, el mirto; en los de Osiris, la erica y en los de Adonis, la lechuga; pero ya tendremos ocasión de tratar de este tema en otra parte de esta disertación.

Antes de examinar el simbolismo de la Acacia, será conveniente, quizás, identificar la verdadera planta que ocupa un lugar tan importante en el ritual francmasónico.

Hemos de decir, aunque sea de paso, que se incurre en gran error cuando se designa la simbólica planta de la Francmasonería con el nombre de "Casía", error que se explica por la costumbre que tiene la gente inculta de eludir la letra a en las palabras de que constituye sílaba inicial. La opinión de Oliver de que la palabra casia se corrompió desde 1730, transformándose en acacia, es contraria a toda experiencia etimológica. Las palabras al corromperse, no se alargan, sino que se reducen. La gente inculta y descuidada tiene tendencia a suprimir sílabas, pero no a añadirlas.

Por desgracia, esta corrupción de la palabra acacia no se ha limitado al círculo de los iletrados, sino que también algunos escritores la han empleado. Hasta el venerable Oliver, tan conocedor del simbolismo de la acacia, sobre la cual ha escrito bellas páginas, se permite emplear este barbarismo, influido quizás por la excesiva frecuencia con que se usaba en las Logias inglesas.

En América son pocos los Francmasones que caen en semejante error; pero quedé extrañado de haber visto que una o dos Logias habían adoptado el nombre de "Casia".

La casia de los antiguos era una planta innoble, sin significación mística, ni carácter sagrado, cuya misión más elevada estribaba en formar guirnaldas con otras olorosas plantas; según dice Virgilio:

... pálidas violetas, sonrojadas amapolas, eneldos que perfuman el viento, casias, jacintos y narcisos con amarillos clavelones la guirnalda llenan (“Egloga” II, 49).


Alston dice que la "Casia lignea de los antiguos eran las ramas más largas del cinamomo, que se cortaban con su corteza, y se enviaban a los fabricantes de drogas; la Casia fístula, o Syrinx, era el mismo Cinamomo con la corteza únicamente"; pero Ruaeus dice que, a veces, también denotaba el espliego o el romero.

En las Escrituras no se menciona la casia más que tres veces: dos para traducir la palabra hebrea kiddah, y una para verter la voz ketzioth; pero siempre se hace para referirse a una planta que forma parte de un perfume determinado. Tenemos suficientes razones para creer que la casia no es más que el nombre con que se conoce una preparación rudimentaria del cinamomo. También es un dato digno de tenerse en cuenta que no crecía en Palestina, sino que se importaba de Oriente.

Por el contrario, la acacia se estimaba como árbol sagrado. Es la acacia vera de Tournefort, y la mimosa nilotica de Linneo. Crecía abundantemente en las inmediaciones de Jerusalén donde todavía se puede encontrar, y todos sabemos que de ella se extrae la goma arábiga.

Es cierto que Olíver dice que "no existe el menor vestigio de que este árbol creciera tan al norte como en Jerusalén"; pero esta afirmación la refuta el teniente Lynch, que vio las plantas de este género en Jericó y aun más al norte.

El Rabi José Schwarz, que es una gran autoridad, dice: "Del árbol llamado Acacia (Sittim), Al Sunt, existen diferentes variedades en Palestina; se parece al moral, alcanza gran altura, y tiene una madera recia. La goma que de él se obtiene se conoce con el nombre de goma arábiga".

Schwarz residió durante diez y seis años en Palestina, y sus observaciones son directas. Por lo tanto, los testimonios de Lynch y Schwarz acaban de un modo terminante con la discusión sobre la existencia de la acacia en Palestina.

La acacia, que recibe en las Escrituras el nombre de shittah (Calmet, Parkhurst, Gesenius, Clarke, Shaw y todos los autores más notables están de acuerdo en que la otzi shittim o madera de shittim del Exodo, es la acacia común o mimosa nilotica de Linneo.) y en el plural shittim, era tenida por sagrada entre los hebreos. Moisés recibió orden de hacer el tabernáculo, el arca de la alianza, la mesa para colocar los panes de proposición y el resto del mobiliario sagrado con esta clase de madera. Isaías dice, cuando enumera las gracias que había de otorgar a los Israelitas al volver del cautiverio, que, entre otras cosas, él plantaría en el desierto, para su descanso y disfrute, el cedro, la acacia (o, como decimos en nuestra versión común, el shittah), el abeto y otros árboles.

Así, pues, la primera cosa que se observa cuando se estudia el símbolo de la acacia es que este árbol es el elegido entre los del bosque para fines sagrados. El árbol con que se habían construido el tabernáculo y el arca de la alianza, tuvo que ser considerado por los judíos como más sagrado que los demás. Por lo tanto los francmasones primitivos estuvieron acertados cuando eligieron esta planta consagrada, como símbolo que enseñara una importante verdad divina a los siglos futuros.

Hemos terminado ya la historia de esta planta, y ahora podemos proceder al examen de sus relaciones simbólicas:

Primera.
 

En el sistema mítico de la Francmasonería, la acacia es en grado superlativo el símbolo de la INMORTALIDAD DEL ALMA, importante doctrina, cuya enseñanza constituye el objeto fundamental de la institución.

Así como la naturaleza evanescente de las flores que "florecen y se marchitan" nos recuerda la transitoriedad de la vida humana; en cambio, la renovación perpetua de la planta perenne, que parece siempre joven y vigorosa, puede compararse a la vida espiritual, en la cual el alma goza de juventud inmortal y eterna primavera, una vez emancipada de la compañía corruptible del cuerpo.

En el solemne e impresionante servicio funerario de nuestra Orden decimos: "Esta planta perenne es el símbolo de nuestra creencia en la inmortalidad del alma. Ella nos recuerda que en nuestro interior existe una parte inmortal que ha de sobrevivir a la tumba y que nunca jamás ha de perecer." Y, asimismo, en las sentencias con que se cierran las lecturas del manual del tercer grado, se repite el mismo sentimiento, diciendo que con la rama perenne y siempre viva" el francmasón "tiene mayor confianza en la inmortalidad del alma".

Esta interpretación del símbolo es tan sencilla y natural que es la que se le ocurre a todo hombre pensador, por cuya razón se la encuentra en las naciones de todos los tiempos. Era costumbre antigua, que todavía no ha caído en completo desuso, el que, quienes asistían a los funerales, llevaran ramas de alguna planta perenne, en general del cedro o del ciprés y la depositaran en la tumba de la persona muerta. Según dice Dalcho, los hebreos plantaban siempre una rama de acacia en la cabecera de la tumba dedicada al amigo muerto.

"Esta costumbre se estableció debido a que los hebreos no enterraban a sus muertos en el recinto de la ciudad, por obedecer a sus leyes, y como se prohibía que los Cohens, o sacerdotes, cruzaran por encima de klas tumbas, era necesario poner o plantar señales para que pudieran evitarlas. La acacia se empleaba con este objeto".

De mi parte no estoy de acuerdo con las razones dadas por Dalcho, pero no puede dudarse de la existencia de la costumbre a pesar de las objeciones del doctor Oliver.

Blount dice hablando de las costumbres judías en los enterramientos que "quienes colocan una losa de mármol sobre las tumbas dejan un agujero de una vara de largo y, un pie de anchura en el cual plantan una siempreviva, que parece crecer del cuerpo y que se cuida esmeradamente". Hasselquist confirma sus palabras.

Según Potter, los griegos "tenían por costumbre adornar las tumbas con hierbas y flores". Toda suerte de plantas de los colores rojo y blanco eran gratas a los muertos, principalmente el amaranto y el mirto. El mismo nombre de la primera de estas plantas, que significa "jamás marchita", parece indicar la verdadera significación simbólica de la costumbre, aunque los arqueólogos han supuesto en general que con él se expresa simplemente el amor de los supervivientes por la persona fallecida.

Ragón dice que los antiguos substituyeron todas las plantas por la acacia, porque creían que era incorruptible e inatacable por los insectos y otros animales, simbolizando con ello la naturaleza incorruptible del alma.

De cuanto hemos dicho se verá cuán acertada es la colocación de la acacia entre los símbolos de este grado, cuyas ceremonias tienen por objeto la enseñanza de la gran verdad de que "la vida del hombre, regulada por la moral, la fe y la justicia, será recompensada a la hora de la muerte con la perspectiva de la bienaventuranza eterna". De modo que cuando el Maestro Masón exclama: "Mi nombre es Acacia", es como si dijera: "He yacido en la tumba, he triunfado de ella porque me he levantado de entre los muertos, y, como me he regenerado, tengo derecho a la vida eterna."

La significación vulgar de la rama de acacia presenta al Maestro masón un símbolo de la inmortalidad del alma, y su naturaleza inmutable y perenne, tiene por objeto recordarle esa parte espiritual existente en nosotros que nunca puede morir, por ser emanación del Gran Arquitecto del Universo.

Y esta significación, que es la más general y ordinariamente aceptada, es también la más importante; la acacia, por ser el símbolo peculiar de la inmortalidad, se ha convertido en el más apropiado de una Orden, que trata de enseñar en todas sus enseñanzas la sublime lección de la "vida que se levanta de la tumba". Pero existen dos interpretaciones incidentales de importancia que son también dignas de investigarse.

Segunda.

La acacia es símbolo de INOCENCIA.

Este simbolismo es de un carácter insólito, pues no depende de la analogía de la forma o empleo del símbolo con la idea

simbolizada, sino de la doble significación de la palabra.

Porque la voz griega aKaKia significa al mismo tiempo que la planta en cuestión, la cualidad moral de inocencia o pureza de vida. En este sentido el símbolo se refiere a aquel Hombre sobre cuya tumba se plantó la acacia y que por su conducta virtuosa, se ha convertido en modelo de masones, y, en consecuencia. alude también a todo Maestro masón, que ha de emular su ejemplo.

Hutchinson, prolonga la interpretación de este símbolo de la manera siguiente, incurriendo de nuevo en su teoría favorita de la Francmasonería cristianizada:

“Cuando los francmasones describimos el deplorable estado en que se encontraba la religión bajo la ley judía, hablamos siempre de modo figurado: Su tumba eran los escombros desechos del templo, y la Acacia tejía sus ramas sobre su monumento”; la palabra griega aKaKia significa inocencia, o estar libre de pecado. Con estas palabras queremos dar a entender que los pecados y depravación de la antigua ley y de los devotos del altar judío habían ocultado la religión a quienes la buscaban, la cual sólo se podía encontrar en donde sobrevivía la inocencia, bajo el pabellón del divino Cordero. Nosotros creemos que se nos debe distinguir por nuestra Acacia.. y como verdaderos acacianos en nuestra religión y doctrinas".

Los antiguos acostumbraban a simbolizar las virtudes y otras cualidades del alma con diversas plantas de conformidad con su naturaleza.

Estos simbolismos se han perdido actualmente en muchos casos, pero todavía se conservan bastantes, a los cuales damos hoy día interpretación acertada.

Por ejemplo, el olivo era el símbolo de la paz, porque, como dice Lee, "su aceite es utilísimo en todas las artes manuales que florecen, principalmente en tiempo de paz".

El membrillo era entre los griegos el símbolo de la felicidad y del amor, y por esta razón ordenaban las leyes de Solón que los novios comieran juntos un membrillo, en los matrimonios atenienses.

Es probable que el simbolismo del membrillo se derivara de su nombre, como en el caso de la acacia; porque parece existir cierto parecido entre la voz griega que quiere decir un membrillo, y el participio, que significa regocijo, alborozo; pero esta interpretación debió de ser tardía, puesto que el nombre se deriva de Cydon en Creta, de cuya isla procede el membrillo. Desprez dice al tratar de la palma, como emblema de victoria:


"Palma vero signum victoriae passim apud omnes
statuitur, ex Plutarcho, propterea quod ea est ejus natura
ligni, ut urgentibus apprimentibusque minime cedata
Unde est illud Alciati epigrama.
 
En el libro octavo de su Symposia habla Plutarco de la cualidad especial que tiene la palma de resistir cualquier peso y levantarse y erguirse a pesar de ello, por lo cual se adoptó por símbolo de victoria. También Cowley alude a ello en su obra llamada Davidesis, cuando dice:

Sabia que las palmas se enderezan cuando las oprimen, y que eran el galardón de victoria.

La palma era el símbolo de victoria; por eso se encuentra constantemente en las catacumbas de Roma, como emblema del triunfo cristiano sobre el pecado y la muerte.

El romero simbolizaba la memoria y el recuerdo, y por esa razón se empleaba en los matrimonios y funerales.

"Antiguamente se creía que el romero fortalecía la memoria, y no sólo se llevaba en los funerales, sino también en las bodas".

Douce cita la siguiente canción antigua:

Entre nosotros dos tenemos el romero noche y día para que no me olvide de que quisiera poder contemplarte siempre.

El perejil se consagraba al duelo, y por eso los griegos adornaban las tumbas con esta planta. También se usaba como corona de los vencedores en los Juegos Nemeos, que eran de carácter funerario.

Según dice Ste. Croix, estaba prohibido en los Misterios de Samotracia poner perejil en la mesa porque, según los mistagogos o intérpretes de los misterios, esta planta había nacido de la sangre de Camilo, asesinado por sus hermanos.

Cuando la Francmasonería adoptó la acacia como símbolo de inocencia, no hizo sino extender la antigua costumbre universal de consagrar determinadas plantas a ciertas virtudes particulares.

Y, por último, la acacia debe estudiarse también como símbolo de INICIACIÓN, que es la interpretación más interesante y, a nuestro parecer, la primaria y original, siendo las demás incidentales. Esto nos induce a investigar el hecho significativo a que ya aludimos antes, de que en todas las antiguas religiones y misterios existía una planta, consagrada por su significación esotérica, que jugaba un papel tan importante en la representación de los ritos; que terminaba por convertirse en símbolo de iniciación a fuerza de haberse empleado constantemente en ceremonias de este género.

En los misterios de Adonis oriundos de Fenicia, más tarde transferidos a Grecia, se representaba la muerte y resurrección de Adonis. En cierto pasaje de la leyenda de estos misterios se refería que, cuando Adonis fue muerto por el jabalí, Venus depositó su cadáver en un lecho de lechuga. Y para conmemorar este supuesto acontecimiento, los iniciados llevaban lechugas recién plantadas en macetas de tierra el primer día de la celebración, en el que se verificaban los ritos funerarios. Por eso la lechuga llegó a ser la planta sagrada de los Misterios Adonisíacos o Adonia.

El loto es la planta sagrada de los ritos brahmánicos de la India y simboliza la trinidad elemental - tierra, agua y aire - porque, como planta acuática, se nutre de todos estos elementos combinados, pues clava las raíces en tierra, el tallo está sumergido en agua y las hojas se encuentran expuestas al aire.

"Los hindúes representan el loto del mundo con cuatro hojas grandes y cuatro pequeñas colocadas alternativamente, mientras que del centro de la flor surge una protuberancia. Para ellos el cáliz circular formado por las ocho hojas simboliza la tierra, que flota en la superficie del océano y consta de cuatro grandes continentes y cuatro islas intermedias más pequeñas. La protuberancia central representa el sagrado Monte Merú".

Los egipcios que copiaron gran parte de sus ritos religiosos de Oriente, adoptaron el loto, también indígena en su país, como planta mística, para simbolizar la iniciación y el nacimiento en la luz celestial. Por eso, solían representar en sus monumentos al dios Phre, el sol, naciendo en el cáliz abierto de un loto, como observa Champollion.

La flor del loto es parecida a la amapola. Sus grandes hojas, en forma de lengua, flotan en la superficie del agua.

Los egipcios observaron que esta planta se abre cuando sale el sol y se cierra cuando llega el ocaso, y por esta razón la adoptaron para simbolizar al astro-rey. Como esta estrella era el objeto principal del culto popular, el loto llegó a ser una planta mística y sagrada en todos los ritos.

También los egipcios tenían por sagrada a la ERICA.

En el origen de la consagración de esta planta hay una coincidencia singular interesante para los estudiantes masónicos. Dice la leyenda osírica que Isis descubrió el cadáver de su esposo muerto, cerca de una erica, situada en la ceja de una colina, mientras la diosa vagaba en busca del dios; de ahí que ella adoptara la erica como sagrada, cuando instituyó los Misterios para conmemorar que esta planta señalaba el lugar en donde estaba oculto el cuerpo desgarrado de Osiris.

También es cosa significativa que la palabra eriko, del griego, de la que probablemente se deriva erica, quiera decir despedazar.

Ragon describe de la manera siguiente este místico acontecimiento: "Isis encontró el cuerpo de Osiris en las cercanías de Biblos, junto a una alta planta llamada erica.

Llena de dolor, sentóse al margen de una fuente, cuyas aguas brotaban de una roca. Esta roca es la pequeña colina de que habla el ritual; la erica se ha reemplazado por la acacia, y el dolor de Isis por el de los Compañeros masones".

La planta sagrada de druidismo es el muérdago. Su carácter sagrado procede de una leyenda de la mitología escandinava que relatan así los Eddas, o libros sagrados:

Habiendo soñado el dios Balder, hijo de Odín, que se encontraba en gran peligro su vida, su madre, Friga, obligó a que todos los seres pertenecientes a los reinos vegetal, animal y mineral le jurasen no hacer daño a su hijo.

Sólo se olvidó del muérdago, débil planta de pequeño tamaño. Enterado de ello Lok, el genio del mal o dios de las Tinieblas, entregó una flecha hecha de muérdago a Holder, el hermano ciego de Balder, cierto día en que los dioses se entretenían en arrojarle armas, maravillándose de que no pudieran hacerle daño con nada. Pero Holder disparó la flecha de muérdago y Balder cayó herido de muerte.

Desde entonces se reverenció el muérdago como planta sagrada, consagrándola a los poderes de las tinieblas.

Todos los años salían los druidas en procesión por el bosque en la busca del muérdago, que, al ser encontrado, cortaba el Archidruida y distribuía entre el pueblo, después de celebrar un solemne sacrificio.

Clavel observa con verdadero ingenio que es evidente que como Balder simboliza el dios-sol, y Lok, las tinieblas, la busca del muérdago se verificaba con objeto de privar al dios de las Tinieblas del poder de destruir al dios de la Luz. La distribución de los fragmentos del muérdago entre los piadosos adoradores, se hacía para cerciorarles de que, desde entonces, Lok no podría repetir su hazaña, por no tener medios para ello.

Según Toland el festival de la busca, corta y consagración del muérdago, se celebraba el día 10 de Marzo, o el de Año Nuevo. “Esta es la ceremonia que alude Virgilio con las palabras rama de oro en el Sexto Libro de la Eneida". Y tiene razón, porque todas estas plantas sagradas tuvieron un origen común en alguna idea simbólica general y antigua.

El mirto representaba el mismo papel en el simbolismo de los Misterios griegos que el Loto en los egipcios y el muérdago en los druídicos. En estas iniciaciones se coronaba al candidato con mirto, porque, según la teología popular, esta planta se consagraba a Proserpina, la diosa de la vida futura. Todo el que haya estudiado los clásicos recordará la dorada rama que la sibila entregó a Eneas (“Esta rama tenía la forma de una guirnalda de mirto, con la que se coronaba a los iniciados durante la celebración de los Misterios. Divine Legation, por Warburton, vol. I, pág. 299), antes de que éste continuara su viaje a las regiones infernales, viaje que según la opinión que prima actualmente, era la representación mítica de las ceremonias de la iniciación.

Mientras que la planta sagrada era en todos los misterios antiguos un símbolo iniciático, la iniciación simbolizaba, a su vez. la resurrección a una vida futura y la inmortalidad del alma. La Francmasonería representante hoy día de las iniciaciones antiguas, ha substituido el loto, la hiedra la erica, el muérdago y el mirto, por la acacia. La lección de sabiduría es idéntica; sólo ha cambiado la forma de enseñarla.

Y volviendo a la acacia, creemos que se pueden dar de ella tres explicaciones. Es el símbolo de la inmortalidad, de la inocencia y de la iniciación; pero estas tres interpretaciones van íntimamente unidas, lo cual puede observarse cuando se encuentra la verdadera interpretación del símbolo.

Este símbolo nos enseña que, en la iniciación de la vida, cuyo emblema es la iniciación en el tercer grado, la inocencia ha de yacer durante cierto tiempo en la tumba, hasta que, por fin, la palabra del Gran Maestro del Universo le llame a la inmortalidad bienaventurada.

Únase a esto el recuerdo del lugar en donde se plantó la acacia, o sea el Monte Calvario, donde fue sepultado "quien trajo la vida y la inmortalidad", cuyo personaje se conoce en Francmasonería cristiana con el nombre de "león de la tribu de Judá", y recuérdese, además, que la cruz de madera substituye a la acacia en el misterio de su muerte. Y se verá que en este pequeño símbolo, en apariencia tan insignificante, pero que, en realidad, es el más importante y significativo de la ciencia masónica, se halla una bella sugestión de todos los misterios de vida y muerte, de tiempo y eternidad, del presente y del futuro. Leída de esta forma (y nuestros símbolos deberían leerse también así) la Francmasonería demuestra a sus discípulos que es algo más que una entidad social o una asociación de caridad. Viene a ser a manera de "una lámpara colocada a nuestros pies", cuya luz espiritual brilla en la obscuridad del lecho mortuorio y disipa las tenebrosas sombras de la tumba.


 


LAS DOS DOCTRINAS DE LOS NOAQUITAS

 
Pasando por encima de todo cuanto se encuentra en la historia antediluviana que no influyó para nada en el nuevo mundo surgido de las ruinas del viejo, nos encontramos con que, poco después del gran cataclismo, los inmediatos descendientes de Noé poseían por lo menos dos verdades religiosas recibidas de su padre común, quien las había aprendido a su vez de los patriarcas que le precedieron. Estas verdades eran: la doctrina de la existencia de una Inteligencia Suprema, Creadora, Conservadora y Gobernadora del Universo, y, como consecuencia necesaria, la creencia en la inmortalidad del alma, la cual por ser emanación de la causa primera debla distinguirse del polvo perecedero y vil, su tabernáculo terrenal, por poseer vida futura y eterna.
 
"La doctrina de la inmortalidad del alma, es consecuencia inevitable de la idea de Dios. El Ser mejor de los Seres, debe querer lo mejor para todas las cosas; el más sabio, debe, hacer planes para que así sea; el más poderoso, debe realizarlos. Nadie se atreverá a negar esto".
 
La teoría de que Noé conoció y reconoció estas doctrinas, no puede parecer mera suposición a quien crea en la revelación divina; pero nosotros creemos que los filósofos pueden llegar a idénticas conclusiones sin necesidad de basarse en otra autoridad que la de la razón, El sentimiento religioso, en cuanto atañe a la creencia en la existencia de Dios, es instintivo, innato y, por lo tanto, universal en el alma humana.
 
"La institución religiosa, al igual que de la sociedad, el matrimonio y la amistad, se basa en un fundamento profundo y permanente del corazón humano: así como las instituciones humildes, transitorias y parciales proceden de necesidades humildes, transitorias y parciales, y tienen su origen en los sentidos y los fenómenos de la vida, la de esta útil, permanente y sublime institución, es producto de necesidades universales, sublimes y permanentes, relacionadas con el alma y las invariables realidades de la vida.
 
No hay historia de que ninguna nación, por degradada intelectual y moralmente que sea, que no tenga pruebas evidentes de su tendencia hacia semejante creencia. El sentimiento puede pervertirse, la idea corromperse groseramente, pero, de todos modos, continúa existiendo y es prueba del manantial de que brotó. "Los sabios de todas las naciones, épocas y religiones tenían alguna idea de estas sublimes doctrinas, más o menos degradadas, adulteradas u obscurecidas. Estos vislumbres y vestigios de las verdades más sagradas y exaltadas emanaron de tradiciones primitivas, que se transmitieron de generación en generación a toda la humanidad, desde el principio del mundo, o por lo menos, desde la caída del hombre".
 
Hasta en las formas más degradadas del fetichismo (Culto rendido por los salvajes a objetos materiales, que representan espíritus) en que los negros se prosternan con reverente terror ante el altar de un tosco y deforme ídolo quizás fabricado por sus mismas manos, el acto de adoración es el reconocimiento del ansia que siente todo adorador de aferrarse a un poder desconocido, superior a su propia esfera. Este poder desconocido, sea cual fuere, es Dios para él.
 
"De esta forma, no sólo los objetos enumerados anteriormente, sino hasta las gemas, metales. aerolitos, imágenes, trozos de madera labrados, pieles de animales rellenas y sacos curativos como los de los indios norteamericanos, son adorados como divinidades y se convierten en objetos de adoración. Pero en este caso, se idealiza el objeto visible, y no se le adora como cosa, sino como tipo o símbolo de Dios".
 
La creencia en la inmortalidad del alma, es tan universal como la de la existencia de Dios. Aquélla brotó del mismo anhelo humano por lo infinito y, aunque la doctrina primitiva se ha ido corrompiendo, todas las naciones tienen tendencia a reconocerla, Todos los pueblos han soñado desde la más remota antigüedad en el ideal de, otro mundo, y han buscado el lugar en donde se encontraban los espíritus de los muertos. La deificación de los muertos, el culto a los héroes o al hombre, desarrollo inmediato de la idea religiosa fetichista, no es más que el reconocimiento de la vida futura; puesto que no se habría deificado a los muertos si no hubiera continuado existiendo algo de ellos después de su muerte. La adoración del cadáver pútrido, hubiera sido un fetichismo más degradante que cualquiera de los descubiertos hasta hoy día; pero el culto del hombre siguió al fetichismo. Era ya un grado más elevado del sentimiento religioso, en el que se anidaba la esperanza en la posibilidad de una vida futura, y quizás la creencia positiva en ella.
 
Así pues, la razón nos lleva, corno la revelación, a la conclusión de que estas dos doctrinas prevalecieron entre los descendientes de Noé, después del Diluvio. Ellos las sentían con toda su pureza e integridad, porque habían emanado de la fuente más pura y elevada. Tales son las doctrinas que constituyen el credo de la Francmasonería; de ahí que el nombre de Noaquitas, es decir, descendientes de Noé y transmisores de sus dogmas religiosos, sea uno de los que se han aplicado a los Francmasones.
 
 
 

LA UNIDAD COMO SIMBOLO


El símbolo de la analogía por excelencia, es decir el símbolo del símbolo si así pudiera decirse, es el sello de Salomón, o también Estrella de David, o sea la conocida estrella de seis puntas, formada por dos triángulos equiláteros invertidos uno con respecto al otro.

Esa representación geométrica y su expresión numeral se corresponden en el Árbol de la Vida sefirótico de la Cábala con Tifereth y su ubicación central en el medio del Eje del mundo –equiparada a la del sol en el cosmos y al corazón en el hombre– vinculada al número seis y a "la división de las aguas", que las separa en las superiores y las inferiores: los dos triángulos invertidos a los que anteriormente nos referíamos o el cielo y la tierra, unificándose esas energías opuestas en el cuerpo del símbolo, o en la sefirah Tifereth que representa así lo que se dice en el texto hermético de la Tabla de Esmeralda:

"lo de abajo es igual a lo de arriba, y lo de arriba, igual a lo de abajo, para obrar los milagros de una sola cosa," fundamentando así la realidad de la analogía y la posibilidad de ser, tanto en el microcosmos como en el macrocosmos, ámbito este último del Ser Universal del que el individual es un reflejo.

Empero, más allá del sol, en la sumidad vertical del eje, donde no se espeja la horizontalidad se encuentra la Unidad, Kether: el Origen y Ser de toda la Creación, que es un despliegue de las posibilidades en ella contenidas, lo que genera la serie numeral emanada de sí hasta la multiplicidad, o lo que es lo mismo la escala que determina la sinfonía armónica que llamamos mundo: a saber, la conjunción de cielo y tierra que la Estrella de David simboliza, y que se sintetiza en un séptimo punto invisible que es el centro de la figura y que numéricamente está representado así: 7 = 1 + 2 + 3 + 4 + 5 + 6 + 7 = 28 = 2 + 8 = 10 = 1 + 0 = 1, o sea, que se reduce a la unidad, a la que expresa en este nivel, la que comprende tanto el triángulo superior (cielo) como el inferior (tierra) con el que se complementa.

Se trata de las proyecciones indefinidas del Ser Universal hasta los límites que la determinan, manifestadas por el círculo y la circunferencia que lo define y une los puntos extremos de este sello salomónico, cuyo valor es nueve y que sumada a su centro expresa al diez, signando así la totalidad de la creación que ya estaba contenida en la unidad (10 = 1 + 0 = 1). Anteriormente en la escala ya se había manifestado en el cuaternario (4 = 1+ 2 + 3 + 4 = 10 = 1 + 0 = 1) que fija cualquier creación.

Así vemos que la unidad se encuentra en el comienzo de las numeraciones que determinan cada uno de los mundos jerárquicos del modelo de Árbol de la Vida: Atsiluth, Beriyah, Yetsirah y Asiyah. Debiéndose aclarar que estos cuatro planos se equiparan con los tres que señalan todas las tradiciones (cielo, hombre, tierra; cielo, tierra, inframundo; Dios, hombre, naturaleza, etc.) ya que el mundo de Beriyah y Yetsirah, correspondiente a la psiqué, o mundo interme-diario, puede considerarse uno solo, separado por la "superficie de las aguas" en aguas superiores e inferiores, o sea en el psiquismo superior e inferior que incluye los planos de la creación y la formación. Para terminar con este repaso, queridos hermanos, de cosas que muchos de ustedes habéis estudiado, diremos que el plano de Asiyah consta únicamente de la sefirah Malkhuth, equiparada planetariamente a la tierra y que constituye sólo la realidad inmediata tal cual pueden percibirla los sentidos y la que el hombre profano conoce, mientras que el mundo de Atsiluth, conformado por las tres sefiroth superiores que son la triunidad de los Principios creadores, está vinculado con la Ontología, dejando para la metafísica todo lo que está más allá del Ser.

Así se lo considera desde el punto de vista individual o universal, micro o macrocósmico. Estamos en este último caso en el plano más alto de la creación, es decir de la sumidad del Ser coronada por el número uno, síntesis de todo el Árbol creacional, a la que los masones llaman Gran Arquitecto del Universo, pues es el que diseña y proyecta toda la creación que sus colaboradores –o numeraciones– ejecutan y llevarán a feliz término de modo gradual y en la que él mismo participará por su propia emanación encontrándose de modo inmanente en todos los planos, de forma oculta aunque generándolos siempre, presente en todas las cosas simbolizadas por esas numeraciones. Es decir, un plan tan admirablemente realizado por el Gran Arquitecto que es y está en todo. Motivo por el que no puede haber otra creación fuera de la suya, puesto que la unidad es la totalidad, la sintetiza, y la totalidad no es sino la unidad y no la suma de cualesquiera de sus partes. Por todo ello puede ser considerada como el símbolo más extraordinario de lo que No Es, del Caos Primigenio al que viste con la Belleza de su orden, en el que no falta ni sobra nada, en la armonía perfecta del Universo, que se expresa tanto por el "bien" como por el "mal".

De hecho, esa unidad es el menor de los números aunque todo esté comprendido en ella y cualquier número la contenga dentro de sí. Su representación geométrica es apenas la de un punto y por lo tanto es casi virtual. De allí que la mejor forma de nombrar lo que ella simboliza es efectuarlo de modo negativo, lo que hace la teología negativa, o agregando a sus atributos la partícula "in": inconmensurable, infinita, ininteligible, increado, etc., es decir un rotundo no, más adecuado a su representación de lo que No es, de lo in-existente, de la nada anterior a lo inicial, de lo indiferenciado del sagrado caos preexistente, asimilado a la oscuridad, y al silencio del cual surge la Unidad, o el Verbo, produciéndose el Fiat Lux en la mente del Gran Arquitecto y con él la primera determinación.

Agregamos que gracias a ella y al Orden que establece es que podemos reconocer todo esto, lo cual confirma el valor de la manifestación Universal y su sentido, al igual que el de la Unidad, entendiéndola como el símbolo más importante de todo cuanto pudiera ser simbolizado y el Origen de toda simbolización, ya que es por medio del Orden que se puede expresar el Caos.

Aunque habría que establecer una diferencia neta entre dos Caos: el Caos de lo increado que precede a la Unidad y que podría ser llamado el cero metafísico (En Soph en la Cábala) y el caos de lo profano en que está sumido cualquier ser que no ha recibido la verdadera iniciación, ejemplificado por la confusión y la mezcla que tiene como causa la casualidad; uno es supracósmico y no humano, o suprahumano, el otro es infrahumano o infracósmico, es decir infernal o inframundano. Ambas posibilidades situadas en lo superior e inferior de un mismo eje, aunque análogas, y por lo tanto invertidas la una con respecto a la otra.

En realidad la triunidad de los principios ontológicos conforma el arquetipo inteligible de la emanación (Atsiluth) que se manifiesta recién a partir del cuaternario (Hesed) es decir del plano de la creación (Beriyah), o sea del mundo sutil aunque sin formas que progrede de modo descendente mediante el septenario (Netsah) al plano de las formaciones (Yetsirah) que es sutil aunque formal y que desemboca finalmente en el mundo "material" tal cual lo perciben los sentidos (Asiyah) el cual consta de una sola numeración (Malkhuth), la número 10 (1 + 0 = 1), directamente ligada de forma refleja con la unidad (Kether) y por lo mismo análoga y por ello también invertida a ella, en el plano de la manifestación grosera.

Por lo que puede verse que la unidad en cada uno de los mundos en que se expresa –específicamente en las tradiciones monoteístas– y a los que ella misma genera, es el símbolo de la creación y por lo tanto el mayor de los símbolos ya que lo visible es una imagen análoga de lo invisible y el vestido esplendoroso con que se presenta entre los hombres.

Y para acabar de burilar esta plancha, queridos hermanos, señalaremos que es mucho más fácil y común, vivenciar la realidad por sus aspectos positivos, es decir por la belleza de la forma o la perfección del concierto cósmico, que por los negativos, o sea por todo aquello que la creación No-Es, aún en los aspectos más elevados de la Triunidad de los Principios que conforman la Ontología, o el Ser Universal, que ya hemos dicho son incluso no manifestados, aunque inteligibles; más fácil que llegar a Conocer –lo que es conocer verdaderamente– lo ininteligible, lo que No Es, lo que el Gran Arquitecto del Universo en última instancia simboliza, a saber: lo no sujeto a ninguna determinación, lo increado, el Cero metafísico, lo que es sin duda la mayor de las gracias que debemos a nuestro Gran Arquitecto del Universo.

Como corolario de todo esto es importante destacar que en otro ámbito vinculado a lo que acabamos de señalar se produce algo similar. En efecto se trata de la no aceptación del mal, excluyéndolo de la constitución del mundo y el hombre, negándolo lisa y llanamente sin comprender que la enfermedad, el dolor, la guerra, la muerte, el fracaso, o sea, todo lo negativo, conforman la mitad de la creación y son tan sagrados como el bien, la belleza, la armonía, el éxito, la salud y la inteligencia cósmica.

El desorden es tan sagrado e importante como el orden cósmico. Y ambos emanados de la misma fuente, la deidad, cuyo símbolo más alto es la unidad, que al fragmentarse produce las dos columnas del Arbol Sefirótico, expresión de dos energías, una positiva y otra negativa que deben ser permanentemente conjugadas por los aprendices al conocimiento, que no pueden sólo aceptar una de ellas con exclusión de la otra, o sea la positiva, negando la opuesta y dejándose engañar por las "virtudes" de la escogida, siempre relativa, lo cual puede ser la más pesada y grave obstrucción en el camino del conocimiento.

viernes, 10 de noviembre de 2017

ORIGEN Y EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE LA FRANCMASONERÍA


Todo examen del simbolismo y de la filosofía francmasónica debe ir necesariamente precedido de una breve investigación sobre los orígenes e historia de la institución.

¿En dónde nació esta Orden tan antigua y universal? ¿Cuáles fueron los accidentes relacionados con su fundación? ¿De qué institución similar o pareja se derivó? ¿Fueron, por el contrario, sus comienzos originales y autóctonos, independientes de toda clase de influencias externas y sin relación alguna con otra institución?

Estas preguntas son las que debe hacerse todo investigador inteligente en los comienzos de su estudio. Y debe contestarlas categóricamente, antes de que pueda esperarse que comprenda su verdadero carácter de institución simbólica, porque, para apreciar su carácter, es preciso conocer antes sus antecedentes. Pero quien espere llegar a una solución satisfactoria de este examen tiene que sustraerse a la influencia de un error en que suelen incurrir los novicios en filosofía masónica; no confundir la doctrina francmasónica con su forma externa y extrínseca. No debe presuponer que la suma y sustancia de la Francmasonería está constituida por ciertas costumbres y ceremonias que existen actualmente, pero que, aun hoy día, están sujetas a extensas variaciones en diferentes países.

"La antigüedad prudente", dice Lord Coke, “expresó las substancias por medio de ceremonias, para dar mayor solemnidad, a lo que debía hacerse y recordarlo y observarlo mejor". Sin embargo, debe tenerse siempre presente que la ceremonia no es sustancia, sino la vestidura externa con que ella se cubre y hasta se adorna, a la manera que cubre el vestido a la figura humana. Desnudad al hombre de su cubierta externa y todavía tendréis el microcosmos (Palabra griega que significa “un mundo en miniatura”), la maravillosa creación, con todos sus nervios, huesos y músculos, y, sobre todo, con su cerebro, ideas y sentimientos. Si separásemos de la Francmasonería sus ceremonias externas, todavía nos quedarla su filosofía y su ciencia, las cuales han sido siempre las mismas, mientras que las ceremonias han variado según las épocas y países. Tantas veces se ha definido la Francmasonería diciendo que "es una ciencia de moral, velada en alegorías y esclarecida por medio de símbolos" que si no fuera por la belleza de esta definición, sería hasta enojoso repetirla; pero ella expresa el principio exacto que acabábamos de anunciar.

La Francmasonería es una ciencia, una filosofía, un sistema de doctrinas que se enseña de un modo peculiar por alegorías y símbolos. Este es su carácter interno, pues las ceremonias son adiciones externas que no afectan a su sustancia. Por eso vamos a examinar en nuestro estudio sobre los orígenes de la Francmasonería, este sistema peculiar de filosofía y no sus ceremonias.

Para investigar el origen de la filosofía masónica, hay que remontarse hasta la más remota antigüedad, en donde se encontrarán sus principios latiendo en el seno de asociaciones parejas, en que se mantenía y enseñaba la misma filosofía. Pero si se confunden las ceremonias francmasónicas con su filosofía y se buscan los orígenes de la asociación en formas externas semejantes a las actuales, bastará con retroceder tan sólo hasta principios del siglo XVIII, pues en esta época se introdujeron grandes modificaciones en su ritual. Habiendo llegado ya a la conclusión de que no debemos investigar el origen del ritual, sino el de la filosofía masónica, nos resta por ver cual es la naturaleza característica de esta filosofía.

Nosotros creemos que la filosofía de la Francmasonería tiene por objeto la contemplación del carácter divino y del humano. Nuestra filosofía considera a Dios como un solo ser eterno, existente per se, en contraposición a la mitología de los pueblos antiguos sobrecargada de multitud de dioses y diosas, de semidioses y héroes; y al HOMBRE como ser inmortal, que se prepara en esta vida para otra eterna y futura, en idéntica contraposición con la filosofía de la antigüedad que circunscribía la existencia humana a la vida presente. Por lo tanto, estas dos doctrinas - la de la unidad de Dios y la de la inmortalidad del alma,- constituyen la filosofía de la Francmasonería. Por eso, cuando queremos definirla sucintamente, decimos que es un antiguo sistema filosófico que enseña estos dos dogmas. De ahí que, al encontrar en todas las épocas ciertas asociaciones e instituciones que enseñaron estas verdades de un modo alegórico y simbólico particulares, a pesar de desarrollarse en un ambiente en que predominaban el oscurantismo intelectual y la degradación de las antiguas religiones politeístas, creamos tener derecho a sostener que esas asociaciones fueron la incunabula -los predecesores- de la institución masónica, tal como, hoy día existe.

Comprendidas ya estas observaciones preliminares, creemos que el lector se encuentra capacitado ya para considerar la teoría del origen de la Francmasonería que exponemos en las siguientes proposiciones:

1. En primer lugar creemos que en los mismísimos comienzos del mundo existieron ciertas verdades de gran importancia para el bienestar de la humanidad, que fueron comunicadas probablemente al hombre por directa inspiración divina.

2. Estas verdades consistían principalmente en las proposiciones abstractas de la unidad de Dios y de la inmortalidad del alma, de cuya verdad no se puede dudar de un modo racional. La creencia en estas verdades no es más que una consecuencia necesaria del sentimiento religioso, rasgo perenne de la naturaleza humana. El hombre es, enfáticamente y por distinguirse de todas las otras criaturas, un animal religioso. Gross comienza su interesante trabajo sobre The Heathen Religión in its Popular and Symbolical Development, afirmando que "La existencia universal de ideas religiosas, la creencia en algo sobrenatural y divino y el culto que al mismo se le rinde, es uno de los fenómenos característicos de la raza humana." Y si la naturaleza ha implantado el sentimiento religioso, también debe haberlo encauzado por un canal adecuado. La creencia y el culto debieron haber sido en sus comienzos tan puros como la fuente de que brotaron, aunque en épocas subsiguientes y anteriores al cristianismo, se corrompieran, debido a la influencia ejercida por los sacerdotes y los poetas sobre el pueblo ignorante y supersticioso. Las dos primeras proposiciones de nuestras teorías se refieren únicamente a este período primitivo anterior a las corrupciones de que acabamos de hablar.

3. Estas verdades de Dios y de la inmortalidad fueron probablemente transmitidas por los patriarcas del linaje de Set. Noé las conoció sin duda alguna, y las comunicó a sus descendientes inmediatos.

4. A consecuencia de esta comunicación, el verdadero culto de Dios continuó existiendo algún tiempo después del Diluvio, siendo cultivado por los noaquitas o descendientes de Noé.

5. En un período siguiente (cuya fecha no tiene importancia, si bien la Biblia la fija en la erección de la torre de Babel) gran parte de la raza humana se separó de los noaquitas.

6. Estos separatistas perdieron rápidamente de vista las verdades divinas que les habían revelado sus antecesores, y cayeron en los más vergonzosos errores teológicos, corrompiendo la pureza del culto y la ortodoxia de la doctrina religiosa que se les había confiado.

7. Un reducido número de miembros perteneciente al linaje patriarcal conservó estas verdades en toda su integridad, y sólo a muy pocos permitieron conocer vagas y difusas porciones de la verdadera luz.

8. El conocimiento íntegro se reservó únicamente para los descendientes directos de Noé; el parcial, se dio a los sacerdotes y filósofos, y más tarde, a los poetas de las naciones paganas, a quienes iniciaron en los secretos de estas verdades. De la persistencia de estas verdades religiosas entre los patriarcales descendientes de Noé, hay pruebas evidentes . en la historia sagrada. Y, en cuanto a su existencia en las corporaciones de gentiles cultos, nos quedan los testimonios de muchos escritores inteligentes que han dedicado sus energías al estudio de este problema. Por ejemplo, Grote dice en su Historia de Grecia que: "Algunos sabios investigadores, especialmente Creuzer, han relacionado la interpretación alegórica de los mitos con la hipótesis de que existió un antiguo cuerpo de sacerdotes muy instruidos, que tuvo su origen en Egipto u Oriente y que enseñó a los rudos y bárbaros griegos la ciencia física, histórica y religiosa, bajo el velo de los símbolos. Esto mismo podría decirse de las demás naciones intelectuales de la antigüedad.

9. Los autores masónicos han denominado a la primera clase de doctrina o sistema, es decir a la enseñanza íntegra, "la Francmasonería primitiva y pura de la antigüedad", mientras que a la parcial, le han aplicado el nombre de "Francmasonería espúrea". Estos términos fueron aplicados por primera vez, si no estamos mal informados, por el Doctor Oliver, y se aplican de la siguiente manera: la palabra puras, a las doctrinas enseñadas por los descendientes de Noé, y la palabra espúreas, a las de sus descendientes de linaje gentil o pagano.

10. Las masas populares -principalmente las gentiles- desconocían por completo esta verdad divina, piedra fundamental de ambos géneros de Francmasonería, la pura y la espúrea, y estaban profundamente sumergidas en los errores y falsedades del culto y de la religión pagana.

11. Los errores de las religiones gentílicas no eran invenciones voluntarias de quienes las cultivaban, sino corrupciones graduales y casi inevitables de las verdades que Noé les enseñara por primera vez. Tan palpables son estas corrupciones que puede seguirse su proceso de formación desde la forma original de que se fueron desviando. Por ejemplo, la vida y hazañas de Baco o Dionisos, no es más que una parodia de la de Moisés; y en el nombre de Vulcano, el dios forjador, puede observarse una evidente corrupción etimológica del nombre de Tubal Caín, el primer artífice en metales, pues Vulcano, no es más que una forma modificada de Baal-Caín, el dios Caín.

12. Los individuos pertenecientes a la masa (existieron algunos de ellos que conocieron la verdad) recibieron su doctrina por medio de una iniciación en ciertos sagrados Misterios, en el seno de los cuales se conservaba, ocultándola al pueblo.

13. Estos Misterios existieron en todos los países paganos, con nombre distinto en cada uno y hasta tomando diferentes formas, si bien tuvieron siempre el idéntico objeto de enseñar por medio de doctrinas alegóricas y simbólicas las grandes enseñanzas masónicas de la unidad de Dios y de la inmortalidad del alma. Esta es una proposición importantísima que no debe perderse de vista al investigar los orígenes de la Francmasonería, pues los misterios paganos fueron a la Francmasonería espúrea de la antigüedad, lo que las Logias de Maestros a la Francmasonería actual. Creemos innecesario demostrar la existencia de los misterios, puesto que todos los autores antiguos y modernos la admiten. El estudiar minuciosamente su carácter y organización ocuparía todo un volumen. El Barón de Sainte-Croix ha escrito dos grandes tomos que tratan de este tema, sin lograr agotarlo.

14. Las dos divisiones de la Institución Masónica definidas en el párrafo noveno, es decir, la Francmasonería primitiva y pura de los descendientes judíos de los patriarcas, llamados para distinguirlos, los noaquitas o descendientes de Noé, porque no habían olvidado ni abandonado las enseñanzas de su gran antecesor, y la Francmasonería espúrea, practicada en las naciones paganas, siguieron en el curso del tiempo corrientes paralelas, a veces, muy próximas, pero nunca unidas.

15. Pero estas dos corrientes no podían permanecer siempre separadas. Brotaron en remotos tiempos de una fuente común - la del antiguo sacerdocio de que ya hemos hablado en la proposición octava, - y se dividieron en Francmasonería pura y espúrea, manteniéndose separadas durante muchos siglos; pero, por fin, se encontraron y unieron en la erección del templo de Jerusalén, siguiendo los israelitas el ejemplo del rey Salomón, y los tirios el de Hiram, rey de Tiro, e Hiram Abif. Es cierto que la Francmasonería espúrea no dejó entonces de existir, pues, por el contrario, perduró muchos siglos después de este periodo, hasta que los Misterios paganos fueron abolidos durante el reinado del emperador Teodosio. Pero con la unión de los francmasones judíos o puros, con los espúreos o tirios verificada en Jerusalén, empezaron a infundirse sus doctrinas y ceremonias respectivas, lo cual terminó con la abolición de los dos sistemas y la fundación de uno nuevo, que puede considerarse como el prototipo inmediato de la institución existente en nuestros días. Por eso muchos estudiantes masónicos no remontan sus investigaciones más que hasta los hechos enunciados en la proposición quince, y se contentan con encontrar los orígenes de la Francmasonería en el templo de Salomón. Pero, si nuestra teoría es cierta, la verdad es que entonces no nació, sino que sufrió una modificación de su carácter. La leyenda del tercer grado la leyenda áurea fue adoptada entonces por la Francmasonería pura, tomándola de la espúrea; pero la leyenda había existido con otros nombres y formas en todos los Misterios de las épocas anteriores. La doctrina de la inmortalidad, que hasta entonces habían enseñado los noaquitas en forma de abstracta proposición, se inculcó desde aquel momento por medio de una lección simbólica: el símbolo de Hiram el Arquitecto acabó por ser el rasgo distintivo de la Francmasonería.

16. Pero el sistema masónico tenía que sufrir otra importante modificación durante la construcción del templo, porque antes de que se verificara la unión, la Francmasonería pura de los noaquitas habla sido siempre especulativa, y no se parecía a la organización actual más que en que rendía culto a los mismos principios abstractos de la verdad divina.

17. Por el contrario, los tirios eran arquitectos de profesión. Sus jefes pertenecían a la escuela de la Francmasonería espúrea, y al unirse en el templo de Salomón con sus contemporáneos judíos infundieron los elementos del arte operativo en la ciencia especulativa practicada por los últimos.

18. Desde entonces el sistema presentó unidos los elementos de las masonerías especulativa y operativa. Esto puede observarse ya en los Collegia Fabrorum, o Colegios de Artífices, fundados en Roma por Numa, que, indudablemente, estaban organizados masónicamente; en la secta judía de los esenios, quienes trabajaban al mismo tiempo que oraban y se decían descendientes de los constructores del Templo, y también, aunque de un modo más destacado, en los Francmasones viajeros de la Edad Media, que se identifican por su nombre con sus sucesores modernos, y cuyas sociedades estaban constituidas por hombres sabios dedicados a escribir y estudiar, y por artesanos, que trabajaban y construían. Durante tan largo periodo de tiempo la Francmasonería continuó siendo a la par operativa y especulativa.

19. Pero la institución habla de sufrir otro cambio que la transformara en lo que actualmente es. Por eso no hace mucho tiempo (comparativamente hablando) que la forma operativa se abandonó llegando a ser la Francmasonería enteramente especulativa. La fecha exacta de tal acontecimiento no se fija en este caso por conjeturas, ya que sabemos que aconteció a principios del siglo XVIII durante el reinado de la reina Ana de Inglaterra. Preston cita las mismas palabras del decreto que estableció este cambio: " Los privilegios de la masonería no se limitarán tan sólo a los masones operativos, sino que se concederán a hombres pertenecientes a diversas profesiones, con tal de que sean regularmente aprobados e iniciados en la Orden."

Las diez y nueve proposiciones que acabamos de exponer contienen una breve pero sucinta perspectiva de la evolución de la Francmasonería, desde sus orígenes en las primitivas épocas del mundo como sistema de filosofía religiosa, pasando por todas las modificaciones que introdujeron las razas judía y gentiles, hasta que tomó la forma actual. Durante todo este tiempo conservó ciertos rasgos inmutables que pueden considerase desde ahora como específicos de ella, y por medio de los cuales se ha distinguido de otras asociaciones contemporáneas, por semejantes que hayan sido en su organización externa. Estas características son: en primer término las doctrinas que enseñó constantemente, es decir, las de la unidad de Dios y la inmortalidad del alma, y en segundo término, la forma de enseñarlas, a saber, por medio de símbolos y alegorías. Considerando estas características como exponentes de lo que es la Francmasonería, es inevitable llegar a la conclusión de que la especulativa actual abunda en evidentes pruebas demostrativas de la identidad de su origen con la Francmasonería espúrea del período presalomónico. Ambos sistemas proceden de una fuente pura común; pero, mientras uno de ellos conserva la pureza original, el otro la corrompe continuamente. Tal es la conclusión a que ha de llegarse necesariamente, como corolario de las proposiciones recién expuestas en este ensayo. En la historia se encuentran numerosas pruebas evidentes, (de las cuales estas proposiciones no son más  que un ligero bosquejo), de que la rama tiria del sistema espúreo influyó de modo manifiesto en la Francmasonería primitiva de los noaquitas, por medio de los símbolos, mitos y leyendas que ésta recibió de aquélla, si bien modificándolos de forma que estuvieran de acuerdo con su sistema. Hay una cosa irrefutable: la de que debemos a los Francmasones tirios la introducción del símbolo de Hiram Abif. La idea de este símbolo, aunque modificada por los Francmasones judíos, no es de procedencia judía, pues fue, evidentemente, tomada de los misterios paganos, en que Baco, Adonis, Proserpina y otros seres deificados representaban el mismo papel que Hiram en los misterios masónicos.

Por último, en los términos técnicos de la Francmasonería, en sus instrumentos de trabajo, en los nombres de sus grados y en la mayor parte de sus símbolos se encuentra un testimonio fehaciente de la gran infiltración de los elementos pertenecientes al arte operativo en su filosofía religiosa. La Historia explica este hecho diciendo que se debió a la afinidad de esta institución con la Fraternidad de artífices dionisíacos constructora del templo de Jerusalén, con los Colegios de Artesanos de Numa, y con los Francmasones viajeros de la Edad Media, que edificaron todos los grandes edificios de su época. Las diez y nueve proposiciones expuestas en este ensayo forman un breve bosquejo de la teoría del verdadero origen de la Francmasonería, que hemos adoptado, después de largas y pacientes investigaciones. Si quisiéramos demostrar lógicamente o con pruebas históricas la evidencia de estas proposiciones, nos veríamos obligados a escribir un enorme volumen; por eso nos limitaremos a presentarlas como sugerencias que el estudiante masónico ha de ponderar por sí mismo. No son más que postes indicadores que han de guiarle en la difícil y bella tarea de investigar el origen y la evolución de la Francmasonería, desde su nacimiento hasta el actual estado de potente madurez. Pero, a pesar de que las hemos expuesto lacónicamente, creemos que son necesarias, como preliminar para comprender debidamente el simbolismo de la Francmasonería.


 

lunes, 21 de noviembre de 2016

EL SIMBOLISMO DE LA VENERA JACOBEA

Sucedió según dicen en Padrón, precisamente en las inmediaciones del lugar por donde es fama que recaló en Galicia la barca sin timón que transportaba el cuerpo del Apóstol Santiago acompañado de sus discípulos.
 
 
Había boda en el pueblo. Boda pagana, se supone. Y, según era ya costumbre, la comitiva nupcial recorría a pie el trecho que mediaba entre el templo que ocupa hoy la iglesia de Santiago y la casa de la novia, un camino que en aquella ocasión discurría por la playa, a la orilla del mar. Los recién casados querían hacer el recorrido por aquél lugar, a pesar de que los marineros habían advertido que no estaba la playa para caminar por ella, porque se avecinaba una tormenta que comenzaba a manifestarse por la altura y la furia de un oleaje cada vez más amenazador.
 
Los novios y la comitiva caminaban felices y ni siquiera parecían darse cuenta del empeoramiento del estado de la mar. Montados en sus caballos nupciales, según la costumbre, reían y cantaban camino de la casa, donde les esperaba el banquete de bodas.
 

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