martes, 21 de noviembre de 2017

EL SIMBOLISMO DE LAS ESCALERAS DE CARACOL

 
Antes de proceder al examen de las más importantes leyendas míticas pertenecientes al grado de Maestro, creemos que no dejará de ser interesante e instructivo el estudiar la única relacionada con el grado de Compañero masón, es decir, la que se refiere al ascenso alegórico de las Escaleras de Caracol para llegar a la Cámara del medio y recibir el simbólico pago del salario.

Aunque la leyenda de las escaleras de caracol es una importante tradición del antiguo arte de la Francmasonería, sólo se encuentra una alusión a ella en las sagradas escrituras, la cual puede verse en el capítulo sexto del primer Libro de los Reyes, donde dice: "La puerta del aposento de en medio estaba al lado derecho de la casa; y se subía por un caracol al de en medio, y del aposento de en medio al tercero."
 
Con estos escasos y medrados materiales se ha formado una alegoría, cuya belleza trascendental se descubre estudiando sus relaciones simbólicas. Sin embargo, esta tradición sólo debe estudiarse como símbolo, porque los hechos históricos y los detalles arquitectónicos que se encuentran en ella, nos impiden suponer que la leyenda, tal como se enseña en el segundo grado de la Francmasonería, sea algo más que un magno mito filosófico.

Investiguemos el verdadero objeto de esta leyenda y aprendamos la lección de simbolismo que trata de enseñar.

Al investigar la verdadera significación de todo símbolo y alegoría masónicos, debemos guiarnos por el único principio de que el objeto de la Francmasonería especulativa es investigar la verdad divina. A este objeto fundamental se supeditan todos los demás. Desde el momento en que el Francmasón recibe la primera iniciación hasta que logra disfrutar plenamente de la luz masónica, es un investigador, un trabajador de las canteras del templo, cuya recompensa es la verdad. Todas las ceremonias y tradiciones de la Orden tienden a este objeto último.

¿Qué luz hay que buscar en la Orden? La luz intelectual de la sabiduría y de la verdad. ¿Qué palabra ha de perseguirse? La palabra que es el símbolo de la verdad. ¿Se ha prometido la pérdida de alguna cosa? Esta pérdida simboliza el fracaso humano en descubrir la verdad, debido a la flaqueza de su naturaleza. ¿Existe algún substituto de esta pérdida? Una alegoría que nos enseña que, en este mundo, el hombre sólo puede tener una idea aproximada de la verdad.

De ahí que en la Francmasonería exista la evolución, simbolizada en sus ceremonias iniciáticas. En ellas se avanza desde lo inferior a lo superior - de las tinieblas a la luz,- de la muerte a la vida, del error a la verdad. El candidato asciende continuamente; nunca se estaciona, ni retrocede, pues cada paso que da le produce nueva iluminación mental: el conocimiento de una doctrina más elevada.

La doctrina de la Francmasonería es la misma que la del Divino Maestro cuando dijo: "El hombre que pone la mano en el arado y mira hacia atrás no entra en el reino de los cielos", lo que nos recuerda el precepto de Pitágoras: "No mires hacia atrás cuando viajes, porque si tal haces te acompañarán las Furias."

Ahora bien, este principio del simbolismo masónico, se encuentra en muchos lugares de todos los grados. En el de aprendiz se desarrolla en la escalera teológica, que, descansando en la tierra, llega hasta los cielos. De esta manera se inculca la idea del ascenso de lo inferior a lo superior como objeto de la labor masónica.

En el grado de Maestro toma forma más religiosa, encontrándose en la resurrección, en el cambio de la obscuridad de la tumba al santo de los santos de la Divina presencia.

Este principio se encuentra también en la ceremonia de circunvalación de todos los grados, en la cual se verifica una inquisición gradual, pasando desde el jefe inferior a los superiores. Y, por último, esta idea simbólica se expone en el grado de Compañero en la leyenda de las escaleras de caracol.

Al investigar el simbolismo de las escaleras de caracol, ha de buscarse su explicación en relación con su origen, número de objetos que recuerdan y terminación, pero sobre todo estudiando su objeto fundamental consistente en la evolución ascendente.

Dícese que las escaleras de caracol comenzaban en el pórtico del templo, es decir, en la misma entrada; pero en la ciencia del simbolismo masónico no hay cosa de que se dude menos que de que el templo es la representación del mundo, purificado por Shekinah. El mundo profano es el exterior del templo; el de los iniciados se encuentra dentro del recinto de sus muros.

De aquí que las frases entrar en el templo, pasar al pórtico, hacerse francmasón, y nacer en el mundo de la luz masónica, sean sinónimas. Aquí es donde comienza el simbolismo de las escaleras de caracol.

Cuando el aprendiz traspasa el pórtico del templo, empieza a vivir masónicamente; pero el primer grado de la Francmasonería, así como de los misterios menores de los sistemas antiguos, no sirve sino de preparación o purificación para elevarse a grados superiores. El aprendiz es a manera de un niño, y las lecciones que recibe purifican su corazón y le preparan para encontrar la iluminación mental en los grados siguientes.

Al llegar a Compañero Masón el aspirante ha avanzado un paso más, y como este grado simboliza la juventud, en él empieza su educación intelectual. Y es aquí, en el lugar que separa el pórtico del santuario, donde termina la infancia y comienza la juventud, donde encuentra ante sí una escalera que le invita a subir, y le enseña que debe comenzar a realizar su labor masónica y emprender las gloriosas y difíciles investigaciones que le han de procurar la posesión de la verdad. Las escaleras de caracol empiezan cuando el candidato ha entrado en el pórtico, entre las columnas de la fuerza y de la fundación, como símbolo significativo de que, tan pronto como haya pasado los años de la infancia y comenzado su vida de hombre, debe tener siempre ante sí como primer deber la tarea ardua del mejoramiento personal. Si quiere ser digno de su vocación no puede permanecer quieto; su destino de ser inmortal le obliga a subir paso a paso hasta alcanzar la cumbre, donde le esperan los tesoros de la sabiduría.

El número de peldaños es siempre impar en todos los sistemas. Vitruvio dice que a los templos antiguos se llegaba siempre por escalones impares, y cree que se hacía así porque, comenzando a subir el primer peldaño con el pie derecho, el devoto entraba con el mismo pie en el templo, lo cual se consideraba buen presagio.

Pero lo cierto es que los francmasones tomaron el simbolismo numérico del sistema pitagórico. En este sistema en el que se creía que los números más perfectos eran los impares, jugaba un papel importantísimo el simbolismo. Por esta razón, predominan los impares en el sistema francmasónico, y mientras que los números tres, cinco, siete, nueve, quince y veintisiete son símbolos importantes, raras veces se habla del dos, cuatro, seis, ocho o diez. Por lo tanto, el número impar de peldaños simbolizaba la idea de perfección, a la cual debla de tender el aspirante.

El número de escaleras ha variado según las épocas. Se han encontrado trazados de arquitectura o carpetas masónicas del último siglo en que sólo se habían dibujado cinco escaleras, y otros en que éstas ascienden a siete. Las conferencias prestonianas, leídas en Inglaterra a comienzos del siglo diez y nueve, fijan en treinta y ocho el número de peldaños, dividiéndolos en series de una, tres, cinco, siete, nueve y once.

El error de poner un número par de escaleras, con el que se violaba el principio pitagórico de los números impares como símbolos de perfección, se corrigió en las conferencias de Hemining, las cuales se adoptaron cuando se verificó la unión de las dos Grandes Logias de Inglaterra, desechando también el once por suponer que se explicaba de forma sectaria.

En los Estados Unidos se redujo su número a quince, dividiéndolo en series de tres, cinco y siete. Nosotros adoptaremos esta división americana cuando expliquemos el simbolismo, si bien el número particular de peldaños, o el método peculiar de su división en series no afectan para nada al simbolismo general de la leyenda.

Así, pues, en el segundo grado de la Francmasonería el candidato representa al hombre que comienza la jornada de la vida, teniendo por tarea el perfeccionamiento de su ser. Para que pueda realizar este trabajo se promete recompensarle con desarrollar todas sus facultades intelectuales, la elevación espiritual y moral de su carácter, y la adquisición de la verdad y de la sabiduría.

Ahora bien, el logro de esta condición moral e intelectual supone la sublimación del carácter, el ascenso desde la vida inferior a la superior, el paso desde la fatiga y las dificultades, a la completa fruición de la sabiduría, empezando por enseñanzas rudimentarias. Tal es lo que simbolizan las Escaleras de Caracol, a cuyos pies permanece el aspirante, presto a escalar el fatigoso graderío, mientras que, en lo más alto, se ve "ese brillante jeroglífico que únicamente pueden contemplar los artífices" y que es el emblema de la verdad divina.

Ya dijo un célebre autor que: "Estos pasos, como todos los símbolos masónicos, son ejemplos de disciplina y de doctrina, así como de ciencia metafísica, natural y matemática, y nos abren las puertas para hacer una extensa investigación especulativa y moral."

El candidato comienza el fatigoso ascenso incitado por su amor a la virtud y su deseo de conocimiento, ávido de la recompensa de verdad que se le ofrece. En cada división hace una pausa, para reunir las enseñanzas del simbolismo que le llaman la atención en ella.

Durante la primera pausa se le instruye en la organización peculiar de la Orden de que es discípulo; pero si las enseñanzas que entonces se le dan se tomaran en sentido literal no merecerían esfuerzo alguno. El rango de los jefes directores y los nombres de los grados de que consta la institución, no le proporcionan conocimientos que no pudiera poseer antes. Por lo tanto, el valor representativo de esta parte de la ceremonia, debe buscarse en su significación simbólica.

Cuando se explica al aspirante la organización de la orden masónica, es para que tenga presente la unión de los hombres en sociedad y la formación del estado social surgido del estado de naturaleza. Por lo tanto, al comenzar la jornada se le invita a que medite en los beneficios que produce la civilización y en los frutos de virtud y sabiduría que se cosechan en esta condición. La misma Francmasonería no es más que un producto de la civilización, que ha servido para extender esta condición de humanidad.

Todos los monumentos antiguos que han sobrevivido a los percances de la historia demuestran que el hombre comenzó a organizar misterios religiosos y a separar lo sagrado de lo profano, valiéndose de una suerte de instinto divino, tan pronto como pasó del estado salvaje al social.

Entonces se inventaron la arquitectura y todas sus artes afines para edificar moradas con que protegerse contra las inclemencias del tiempo y las vicisitudes de las estaciones; y por último, se ideó la geometría, ciencia necesaria para que los cultivadores del campo pudieran medir sus tierras y señalar el límite de sus pertenencias.

Todas estas son las características peculiares de la Francmasonería especulativa, la cual viene a ser el arquetipo de la civilización, estando la primera en la misma relación respecto al mundo profano, que la última con el estado salvaje. Por eso nos parece acertadísimo este simbolismo que comienza a cultivar la sed de saber y el ansia de verdad del candidato, primer paso de su escala ascendente, recordándole que la civilización y la unión social de la humanidad son pasos necesarios para el logro de estos objetos. Valiéndonos de nuestro lenguaje simbólico, revestimos la historia de la organización de la sociedad con el ropaje de las alusiones a los cargos de la Logia y a los grados de la Francmasonería. A medida que el candidato adelanta, se le invita a contemplar otras series de instrucciones. Los sentidos humanos, apropiados canales para recibir todas las ideas de percepción y que constituyen, por lo tanto, las fuentes más importantes de nuestros conocimientos, simbolizan en Francmasonería el cultivo del intelecto.

También se alude con ello a la Arquitectura como arte más importante en el bienestar humano, y no porque tenga relación íntima con la Francmasonería operativa, 'sino por ser el arquetipo de otras artes útiles. Por eso en la segunda pausa que hace el candidato cuando sube las escaleras de caracol, se le recuerda que es necesario que cultive el conocimiento práctico.

Hasta este momento, pues, las instrucciones que ha recibido él se refieren a su situación en la sociedad como miembro de la gran agrupación social, ya que para ser miembro útil y necesario en ella debe adquirir el conocimiento de las artes de la vida práctica.

Pero su lema debe ser "Excélsior": ha de seguir avanzando, porque todavía no ha alcanzado la cumbre de la escalera; aún le quedan tesoros de sabiduría que buscar, y no ha logrado la recompensa, ni ha llegado a la Cámara del medio, aposento de la verdad.

Por lo tanto, al hacer la tercera pausa llega al lugar en que se explica el círculo completo de la ciencia humana. Sabido es que los símbolos son arbitrarios y que tienen una significación convencional, de modo que también podría haberse simbolizado el círculo de la ciencia humana por otro signo o serie de doctrinas que el de las siete ciencias y artes liberales. Pero la Francmasonería es institución antigua, y el hecho de que eligiera como símbolo de todos los conocimientos humanos las siete ciencias y artes liberales es una de las pruebas más fecundas de su antigüedad.

En el siglo séptimo y mucho tiempo después, todos los conocimientos de los más distinguidos filósofos y de las más célebres escuelas se contenían en las llamadas artes y ciencias liberales, que consistían en las dos ramas del trivium y del quadrivium. En el trivium se estudiaban la gramática, la retórica y la lógica; en el quadrivium, la aritmética, la geometría, la música y la astronomía.

"La ciencia universal estaba contenida en estos siete títulos. Quien era maestro en ellos no necesitaba preceptor alguno que le explicase los libros o le resolviese los problemas que abarcaba la razón, pues el conocimiento del trivium le había dado la clave de todo lenguaje humano, y el del quadrivium le había descubierto las leyes secretas de la naturaleza", dice Enfield en su "Historia de la Filosofía" (vol. II, Pág. 337). Estas dos palabras latinas, son verdaderamente clásicas; pero su significación es medieval. Para los romanos antiguos, trivium quería decir el lugar en donde se reúnen tres vías, y quadrivium, la encrucijada que forman dos caminos. Cuando hablamos de senderos de sabiduría, descubrimos el origen de la significación dada por los filósofos escolásticos a estos términos.

El mismo autor dice que hubo un período en que bastaba conocer el trivium y el quadrivium, cosa que hacían pocos, para ser considerado como filósofo. Por lo tanto, la adopción de las siete ciencias y artes liberales como símbolo de todos los conocimientos humanos, es atinadísima. Cuando el candidato ha llegado a este punto se supone que ha realizado la tarea para cuya realización entró en la Orden, pues ha subido el último peldaño y está en condiciones de recibir la fruición plena de los conocimientos humanos. Hasta aquí podemos penetrar en el verdadero simbolismo de las Escaleras de Caracol, que representan el progreso de la mente investigadora en el cultivo del intelecto y del estudio, y la adquisición previa de toda ciencia humana, como paso preliminar para poder alcanzar la verdad divina, la cual se simboliza en Francmasonería por medio de la PALABRA. Veamos ahora cuál es el simbolismo de los números, presentado por primera vez al estudiante masón en la Leyenda de las Escaleras de Caracol. Los masones tornaron de la escuela pitagórica la teoría de los números como símbolos de ciertas cualidades. Sin embargo, no podemos tratar extensamente sobre esta doctrina, porque el simbolismo numeral de la Francmasonería requiere un ensayo más amplio. Baste con advertir que el hecho de que el número total de peldaños sea quince en el sistema americano, es un símbolo significativo, ya que este número era tenido por sagrado entre los orientales, porque el valor numérico de las letras de que se compone el nombre sagrado JAH, es quince; por eso hacían un poderoso talismán dibujando una figura en la que colocaban los nueve dígitos de tal forma que tanto las columnas horizontales como las verticales y las diagonales sumaran siempre quince. (Este talismán era la figura siguiente, que, a veces, recibía el nombre de cuadrado mágico).


Por lo tanto, los quince peldaños de las escaleras de caracol, simbolizan el nombre de Dios.
 
Pero no hemos terminado todavía. Se recordará que se prometía una recompensa a quien lograba subir las escaleras de caracol. Ahora bien, ¿cuál era el salario de los francmasones? No les daban moneda, ni trigo, ni vino, ni aceite, pues todos estos objetos no son más que símbolos. Su salario era la Verdad, o una aproximación de ella, apropiada al grado en que se les había iniciado.

La doctrina de que los francmasones han de buscar siempre la verdad, sin lograr encontrarla jamás, es una de las más bellas y abstrusas de la ciencia del simbolismo masónico. Esta verdad divina, objeto de todos sus esfuerzos, se simboliza por medio de la PALABRA, de la cual todos sabemos que sólo se puede encontrar una palabra substituta; con ello se trata de enseñar la humillante pero necesaria lección de que en esta vida no puede adquirirse jamás el conocimiento de la, naturaleza de Dios y la relación del hombre con Él, cuyo conocimiento constituye la verdad divina.

Este conocimiento únicamente se alcanza cuando las puertas de la tumba se abren ante nosotros y entramos en una vida más perfecta. ¡Cuán feliz es el hombre que desciende a las profundidades de la tierra, habiendo contemplado estos misterios; quien conoce el fin de la vida, conoce también su origen!, dice el padre de la poesía lírica.

La Cámara de en medio simboliza esta vida, donde únicamente puede darse el símbolo de la palabra, donde sólo se percibe un vislumbre de la verdad, y donde, sin embargo, aprendemos que esta verdad ha de consistir en el conocimiento perfecto del G.·. A.·. D.·. U.·.. En esto consiste la recompensa con que se premia el francmasón; se le pone en el camino de la verdad, pero debe viajar y ascender hasta lograr alcanzarla.

De modo que la bella leyenda de las escaleras de caracol sólo debe estudiarse como símbolo, pues si intentáramos hacerlo como hecho histórico, los hombres cuerdos se reirían de nuestra credulidad.

Quienes la inventaron no quisieron que creyésemos en su historicidad, porque cuando nos la ofrecieron como gran mito filosófico, no sospecharon ni remotamente que pudiésemos dejar a un lado las sublimes enseñanzas morales que encierra, para aceptarla como hecho histórico, sin sentido alguno y completamente en desacuerdo con los anales de las Escrituras y con todo viso de probabilidad. Suponer que en el estrecho recinto (le las cámaras del templo se pudiera pajar mensualmente a ochenta mil obreros es un disparate.

Pero creer que toda esa representación gráfica de tina, ascensión al lugar donde se pagaban los salarios, por una escalera de caracol, es una alegoría que tiene por objeto enseñarnos la ascensión de la mente desde la ignorancia, a través de las fatigas del estudio y de la dificultad en obtener conocimientos, recibiendo ora un poco y después otro poco, añadiendo a cada paso algo al núcleo (le nuestras ideas, hasta obtener la recompensa en la cámara de en medio, donde se confiere al intelecto culto el premio que le indica cómo ha de buscar a Dios y a su verdad; creer esto, decimos, es creer y conocer el verdadero objeto de la Francmasonería especulativa, único objeto digno de los hombres buenos, sabios y estudiosos.

Los detalles históricos de la leyenda son infructuosos, pero en cambio, sus símbolos y alegorías son fértiles en enseñanzas.

 
Fuente: El Simbolismo Francmasónico - Robert Gallatín Mackey.
 
 

lunes, 20 de noviembre de 2017

SOBRE EL NOMBRE SIMBÓLICO

 
En el momento del nacimiento, y antes incluso, nuestros proge­nitores nos imponen un nombre, el cual servirá desde entonces para identificarnos, aportando además información sobre aspectos de nuestra naturaleza física y anímica. Este nombre es una de nuestras primeras señas de identidad, la cobertura más externa de nuestro ser y uno de los puntos de partida del autoconocimiento.
 
Con la Iniciación a los Misterios, que supone una primera muerte simbólica, y por tanto real, y un renacimiento simultáneo, el se­gundo nacimiento o la apertura a la sacralidad de la vida y de no­sotros mismos, se hace necesario descubrir el nuevo nombre que corresponde a una modalidad diferente del ser. A diferencia del primero, éste solamente puede designárselo uno mismo, lo cual da idea del proceso totalmente interior y esotérico que supone la Ini­ciación.

Después de la muerte iniciática supe que me llamaba María Magdalena, apelativo que sintetiza el error y el sin sentido en el que había vivido hasta entonces, entregada siempre a mil empre­sas exteriores, complacida en los egos, deseos y pasiones aunque siempre insatisfecha, y al mismo tiempo representa el descubri­miento de la posibilidad de empezar una vida nueva, real y con sentido vehiculada por los símbolos y ritos iniciáticos.

Más allá de una lectura puramente literal, descubrimos en Mag­dalena la mujer prostituta, el símbolo de ese aspecto femenino de cada ser humano que se libra a innumerables amantes, represen­tantes de los falsos masculinos con los que deseamos desposarnos, y que la hacen permanecer apegada al error, ignorancia y al olvido del Sí mismo. Así son las cosas cuando uno se aferra a la dimen­sión profana de su ser y del mundo. Pero Magdalena se arrepiente, en el sentido de reconocimiento de su error, y al derramar el perfu­me de nardo sobre la cabeza de Cristo, besar sus pies y enjugarlos con sus lágrimas y cabellos, representa a la humanidad entera re­gresando a su verdadero Esposo.

La feminidad inconsciente, que se traduce en un afán de gene­ración indefinido, insaciable y sin rumbo, se orienta hacia una actividad totalmente receptiva, hacia un desapego de todo lo superficial e ilusorio (ya sean prejuicios, egos, estereotipos, moralinas, etc.), y hacia una apertura a la dimensión sagrada de su ser. Magdalena es la que reconoce en Cristo el masculino con el que realizar las nupcias interiores y más allá de eso, el origen y destino, el principio y el fin de toda su labor.

Con Magdalena puede empezar la obra alquímica de transmu­tación, que simbólicamente se traduce en la realización de su primer nombre: María. Esta es el arquetipo de la Virgen-Madre-Esposa, el símbolo del alma individual y universal que debe someterse a un proceso de regeneración integral para poder ir siendo desposada por el Espíritu en los sucesivos matrimonios que pueblan el camino hacia la Liberación total de toda contingencia, y la consecución de lo que en el hinduismo se denomina la Identidad Suprema.

Después del aumento de salario a compañera reconocí un nue­vo nombre en mi interior: Estrella, como símbolo de una realidad más profunda de mi individualidad, y con tal nombre os ruego que me llaméis. R. Guénon, en el capítulo dedicado a los nombres profanos y simbólicos del libro Apreciaciones sobre la iniciación, dice así:

"Podemos ir aún más lejos: a cada grado de iniciación efectiva co­rresponde todavía otra modalidad del ser; aquel [refiriéndose al Iniciado] deberá pues recibir un nuevo nombre por cada uno de es­tos grados... Un nombre será tanto más verdadero cuando corres­pondo a una modalidad de orden más profundo ya que, por ello mismo, expresará alguna cosa que estará más próxima a la verdadera esencia del ser".
 
La Estrella Pentagramática es uno de los símbolos fundamenta­les del compañero masón. Situada sobre el sitial de la Ven.-. Maes­tra, entre el Sol radiante y la Luna espejante, decora el cielo del Oriente y es nuestra guía y esencia como compañeras.
 
Recordemos la carta XVII del Tarot que lleva dicho nombre, y en la que aparece una mujer desnuda, cubierta todavía de una túnica de piel, libe­rándose de toda atadura y prejuicio, abierta a los efluvios celestes simbolizados por las ocho estrellas que bañan su cabeza. Imagen arquetípica del hombre nuevo, regenerado por el mensaje univer­sal de la Tradición, ésta no opone ninguna resistencia a la llamada del Espíritu, tan es así que su vacuidad le permite oír nuevas voces y mensajes representados por el pájaro negro, mensajero de los dioses y memoria de todo lo que aún debe ir muriendo. Esta carta es un canto a la poética, al arte de conocerse a sí mismo, a la natu­raleza como vehículo de dicho conocimiento, a la belleza del uni­verso como expresión de la Verdad inexpresable, a la fluidez de todo cuanto se sabe que parte de un todo indivisible.

Y en medio de este cántico el ser humano deviene un interme­diario entre lo alto y lo bajo, que recibe y da y nada guarda para sí, ni su propio paso por este estado del ser universal, hecho que que­da reflejado en las dos vasijas que sostiene la mujer cuyo contenido acuoso es derramado al caudal de la vida. La larga cabellera azul que cubre su cabeza a modo de cascada nos sugiere que el dominio que se nos brinda como soporte, estudio y meditación es el del alma, individual y universal, mas recordando que es el Espíritu el que alumbra todo conocimiento. El suelo sobre el que se apoya es dorado, presagio de la tierra prometida, de las delicias que aguar­dan a todo ser que decide entregarse a la aventura de conocerse a Sí mismo y encarnar y ser uno con el Misterio insondable.

Para terminar recordaremos un nuevo fragmento del capítulo del hermano R. Guénon citado anteriormente:

"Ahora bien, todo lo que hemos dicho hasta aquí de esta multiplici­dad de nombres que representan otras tantas modalidades del ser, se relaciona únicamente con extensiones de la individualidad hu­mana comprendidas en su realización integral, es decir, iniciáticamente, con el dominio de los "misterios menores", tal como lo explicaremos a continuación de una manera más precisa. Cuando el sol pasa a los "misterios mayores", es decir, a la realización de esta­dos supraindividuales, pasa por ello mismo más allá del nombre y de la forma, ya que, como enseña la doctrina hindú, éstos (nâma-rûpa) son las expresiones respectivas de la esencia y de la substancia de la individualidad. Tal ser, en verdad, ya no tiene nombre, ya que éste es una limitación de la cual está liberado en lo sucesivo; él podrá, si ha lugar, adoptar cualquier nombre para manifestarse en el dominio individual, pero ese nombre no le afectará de ninguna manera y le será tan "accidental" como una simple vestidura que se puedo quitar o cambiar a voluntad.

Así pues, estos nombres simbólicos son el revestimiento, el ropaje con el que se cubre el ser, que a lo largo del camino iniciático debe ir siendo desenmascarado, para dar nacimiento a ese verdadero NOMBRE que somos y que en sí es impronunciable, sin atributo, sin medida, que todo lo es y no lo es.
 
 
Este trazado pertenece al volumen de arquitectura:
La Logia Viva, Simbolismo y Masonería, publicado por Ed. Obelisco.
Barcelona, julio 2006.




ORIGEN HISTÓRICO DEL USO DE LOS GUANTES Y EL MANDIL


Hemos visto que los guantes y el mandil proceden de una misma fuente simbólica. Veamos si tienen también el mismo origen histórico.
 
La adopción del mandil en la Francmasonería se debe indudablemente a que los albañiles empleaban en la Edad Media esta prenda necesaria. Esta es una de las pruebas más evidentes de que nuestra ciencia especulativa se deriva del arte operativo.
 
Los constructores, asociados en compañías que viajaban a través de Europa construyendo palacios y catedrales, nos han dejado, como descendientes suyos, su nombre, su lenguaje técnico, y esa prenda de vestir con que se protegían los vestidos de las manchas que producía su trabajo. ¿Nos legaron también los guantes?
 
En los Annales Archeologiques de Didron hay un grabado en el que se copia la vidrería pintada de un ventanal existente en la catedral francesa de Chartres. Esta obra fue ejecutada en el siglo XIII, y representa a unos cuantos operarios trabajando. Tres de ellos se adornan con coronas de laurel. ¿Representarían acaso las tres luces o cargos importantes de la Logia? Todos los obreros llevan guantes. Didron manifiesta que en los antiguos documentos que él ha examinado se mencionan a menudo los guantes que se regalaban a los albañiles y picapedreros. En un número subsiguiente de los Annales cita los tres siguientes ejemplos:
 
- En el año 1331, el castellano de Villaines, en Duemois, compró gran cantidad de guantes para dárselos a los obreros, a fin de que "se protegieran las manos contra la piedra y el mortero".
 
- En el mes de octubre de 1383, según dice un documento de aquella época, se compraron tres docenas de pares de guantes, distribuyéndose entre los operarios que comenzaban a construir la Cartuja de Dijón.
 
- Por último, en 1486 ó 1487, se entregaron a los albañiles y picapedreros de Amiens veintidós pares de guantes.

Es, pues, evidente, que los constructores de la Edad Media usaron guantes para protegerse las manos contra los efectos de su trabajo. Es también evidente que los francmasones especulativos han recibido de los operativos los guantes y el mandil, que han dedicado aquellos a un fin más noble y glorioso que sus predecesores.


 

SIMBOLISMO DE LOS GUANTES


La investidura de los guantes tiene íntima relación con la del mandil, de tal modo que al estudio del simbolismo del último debe seguir innecesariamente, el de los primeros.
 
En los ritos continentales de la Francmasonería, practicados en Francia, Alemania y otros países es costumbre invariable regalar al candidato recién iniciado no sólo un blanco mandil de cabritilla, sino también un par de guantes para él y otro para su esposa. Este último par debe regalarlo él, a su vez, a su mujer o prometida, según la costumbre de los masones alemanes, o según la de los franceses, a la mujer que más quiera, lo que en realidad viene a ser lo mismo.

Todo lo cual, tiene su simbolismo, como todo lo de la Francmasonería. Al entregar los guantes al candidato se le quiere enseñar que los actos de todo francmasón deben ser tan puros e inmaculados como los guantes que se le regalan. En las Logias alemanas sustituyen la palabra actos por handlungen, o handlings, las obras de sus manos, con lo que se da mayor fuerza al símbolo.
 
El Dr. Roberto Plot -que no fue partidario de la Francmasonería, pero sí un sabio historiador- dice en su Natural History of Staffordshire, que en su época (1660) la Sociedad de los Francmasones regalaba a los candidatos guantes para ellos y para sus esposas. Esto demuestra que la costumbre, que todavía se conserva en el continente europeo, se practicó antes en Inglaterra, en donde con frecuencia se da al olvido, igual que en América. Pero aunque ya no se practica en América e Inglaterra la costumbre de regalar los guantes al candidato, sin embargo, todavía forma parte esta prenda de la vestidura profesional del francmasón en la Logia y en las procesiones. En muchas logias bien regularizadas sus miembros llevan tan metódicamente los guantes blancos como el mandil.
 
El simbolismo de los guantes no es en realidad más que una modificación del mandil. Los dos significan lo mismo, puesto que aluden a la purificación de la vida. El Salmista dice:

"¿Quién escalará la montaña del Señor?
¿Quién permanecerá en su lugar sagrado?
El que tenga las manos limpias y puro el corazón."
 
Puede decirse que el mandil se refiere al "corazón puro", y los guantes, a "las manos limpias". Pero ambos significan purificación, la purificación que se simbolizó siempre con la ablución que precedía a las antiguas iniciaciones en los Misterios sagrados. Pero, a pesar de que los masones americanos e ingleses aceptan tan sólo el mandil, y rechazan los guantes corno símbolo masónico, parece ser que estos últimos son mucho más importantes en la ciencia simbólica, pues en todos los antiguos escritores se encuentran abundantes alusiones a las manos puras o limpias.
 
"Las manos son los símbolos de las acciones humanas; las manos puras son acciones puras; las sucias, actos injustos", dice Wemyss en su Clavis Symbolica. Tanto los autores profanos corno los sagrados aluden con frecuencia a este símbolo. El lavatorio de manos es el signo externo de la purificación interna. Por eso dice el Salmista:
 
"Lavaré mis manos en inocencia y daré vueltas a tu altar, ¡oh Jehová! "
 
En los antiguos Misterios el lavatorio de manos precedía a la ceremonia iniciática y servía para indicar simbólicamente que era necesario estar puro de todo crimen antes de ser admitido a los ritos sagrados. Por ejemplo, en el templo de la Isla de Creta se leía la siguiente inscripción :

"Límpiate los pies, lávate las manos y, después, entra."
 
No cabe duda de que el lavatorio de manos, como símbolo de pureza, era un rito característico de los antiguos. Nadie osaba orar a los dioses antes de lavarse las manos.

- Homero hace decir a Héctor:

“Temo ofrendar a Jove
el vino incensado con las manos sucias.”
 
- Eneas se niega, cuando parte de la ardiente Troya, a entrar en el templo de Ceres hasta que se lava en agua corriente las manos, manchadas en reciente lucha:
 
"Reciente todavía la lucha y la guerra
sería impío que yo tocase las cosas sagradas
antes de bañarme en el agua corriente".
 
- La misma práctica prevaleció entre los judíos. Ejemplo notable de ello es la conocidísima acción de Pilatos, quien, cuando le pidieron los judíos que crucificase a Jesús, se presentó al pueblo y se lavé las manos con agua, diciendo:
 
"Soy inocente de la sangre de este justo; 
allá vosotros."

- En la Edad Media, los obispos y sacerdotes se ponían guantes para celebrar las funciones religiosas. Estos guantes eran de lino de color blanco. Durandus, el célebre ritualista dice que:
 
 "los guantes blancos significan castidad y pureza;
porque las manos se conservan limpias
y libres de toda impureza".
 
Creemos innecesario dar más ejemplos. No cabe duda de que el empleo de los guantes en la Francmasonería es una idea simbólica tomada del antiguo lenguaje universal del simbolismo, y de que con ellos se trataba de expresar la necesidad imprescindible de llevar una vida pura.
 

 

domingo, 19 de noviembre de 2017

COMO EFECTÚA LOS RITOS EL VERDADERO MASÓN


Veíamos cómo para la Masonería, en cada tenida en que se celebra alguna fiesta litúrgica (en especial las cuatro anuales de los dos solsticios y los dos equinoccios), y también en todas las tenidas ordinarias, se logra, mediante la realización perfecta y consciente del ritual, el conocimiento gradual de otras dimensiones de nosotros mismos, que no podríamos alcanzar si no fuera por la intermediación del símbolo al que utilizamos como vehículo (el más adecuado a la naturaleza humana) para la comprensión y vivencia de esos otros estados de la conciencia y del ser, que los seres humanos tenemos en potencia y que no se realizan si no es a través de un trabajo interior al que coadyuvan los ritos y símbolos sagrados, tomados de los diseños del Gran Arquitecto y que los iniciados de todos los tiempos recuerdan y repiten, evocando así ideas sutiles y arquetípicas que conducen a la realización espiritual.
 
Y no está de más apuntar aquí que para nuestra Orden el rito es un símbolo, y que al hablar de él podemos recordar conceptos que hemos enunciado en otros trabajos acerca del símbolo en general y que son también válidos con respecto al rito en particular.

En primer lugar el rito (como el símbolo) es la representación de una idea y también de una fuerza y una energía, que se esconde detrás de su apariencia formal. En ese sentido, cada uno de los pasos, toques, señales, baterías y palabras que realizamos y potenciamos, tienen un sentido esotérico u oculto que recordamos, vivificamos y vamos conociendo al practicar nuestra liturgia.
 
El propio sentido etimológico de la palabra rito, proveniente del término sánscrito rito, está relacionado con la idea de orden, siendo en realidad, todo ritual verdadero, una forma ordenada de representar ideas, pensamientos y energías que a través del propio rito se transmiten, conservan y mantienen vivos, permitiendo a los que participan de la ceremonia la posibilidad de ordenarse intelectualmente y sobre todo la de experimentar el influjo espiritual que este ordenamiento simbólico y sagrado otorga a los que son capaces de abrir su corazón y recibirlo.
 
Y este es otro sentido fundamental que tienen el rito y el símbolo: que son actuantes; que producen un efecto en el interior del hombre y que lo transforman permitiéndole el crecimiento interior y el conocimiento de otras realidades de orden metafísico, a las que se llega gracias a la muerte del hombre viejo, profano e ignorante, limitado por sus propios condicionamientos y prejuicios y el nacimiento del nuevo hombre que la Logia da a luz. Es esto lo que se simboliza en la ceremonia de iniciación, que es el primer ritual masónico de que participamos y en el que se representa de forma ejemplar cada uno de los pasos que habremos de dar en el transcurso de nuestro proceso iniciático.
 
En esa primera ceremonia recibimos una iniciación virtual; y ésta se hará real y efectiva en la medida que vayamos conociéndola gradualmente, cada vez en mayor profundidad, permitiendo de esa manera que la transmutación (muerte-resurrección) que en ella se simboliza, se produzca verdaderamente en el interior de nosotros mismos. Si realizamos el ritual de forma perfecta y con un claro entendimiento de lo que estamos haciendo, podremos experimentar la acción que ejerce sobre nosotros y veremos a estos símbolos actuantes recobrar toda la fuerza y vigor que nuestros antecesores les concedieron y que se mantienen intactos y siempre renovados, gracias a los verdaderos masones que viven y realizan en su interioridad lo que sus rituales están simbolizando.
 
Otra característica del rito es que aumenta su fuerza por la reiteración. Cada vez que se realiza una ceremonia de iniciación volvernos a vivir la nuestra propia, pero recobrando ahora un sentido más claro y profundo. Lo mismo sucede con las demás ceremonias y con las tenidas ordinarias: la repetición idéntica de ciertas palabras, posturas, gestos y señales hace posible que su significado se vaya grabando en nuestros corazones, penetrando cada vez con mayor claridad, porque el rito y el símbolo transmiten una luz, que cada vez que la evocamos brilla con mayor intensidad.
 
Pero la reiteración del rito no es una repetición mecánica, una especie de rutina o mera costumbre, pues perdería su verdadero sentido, carecería de energía y terminaría siendo una aburrida formalidad realizada por autómatas. Por el contrario, el verdadero masón hace de cada ritual una ceremonia nueva, significativa y viva.
 
En cada tenida el tiempo se regenera, regenerándonos a su vez a nosotros mismos. Pero esto no podría querer decir jamás que podamos estar proponiendo innovaciones o añadiendo alteraciones a nuestros rituales, pues aunque éstos se adecúan, corno decíamos, al tiempo y espacio en que se celebran, deben mantenerse intactos e idénticos en su esencia, pues su antigüedad, es decir su proveniencia de la Tradición Primordial, es lo que les concede su fuerza.
 
Recordemos, antes de concluir, que una de las cosas que distinguen a un masón real de uno que no lo es, o de otro que lo aparente, aparte del conocimiento de los antecedentes históricos de la Orden y de la doctrina iniciática que a través de los símbolos se transmite, es precisamente la forma justa y perfecta como conoce, practica y realiza los rituales.
 
Hagamos un esfuerzo, Queridos Hermanos, por conocer las liturgias y realizar nuestros ritos de la mejor manera que nos sea posible. Esa disciplina coadyuvará al perfeccionamiento de nosotros mismos y de nuestra Logia, que pareciera estar esperando que invoquemos de la manera adecuada para bañamos con su luz.

RITOS Y FIESTAS MASÓNICAS EN EL TIEMPO Y EL ESPACIO


Uno de los temas a que más importancia ha concedido la Tradición Masónica es el del rito, como la forma transmitida desde la antigüedad de sacralizar al tiempo y al espacio. Para el mundo moderno, carente de comprensión acerca de lo sagrado, lo espacio-temporal resulta siempre uniforme, insignificante y totalmente profano. Pero para el masón, heredero de la Antigua Tradición, hay puntos significativos en el tiempo, determinados por los movimientos de la tierra y las revoluciones del sol y los planetas, que observa cuidadosamente por el estudio de la Astrología y que celebra y sacraliza, permitiéndose de esa manera conocer otras dimensiones del mismo y emprender el viaje iniciático que lo conducirá hacia el Eterno Oriente, donde finalmente el tiempo se detiene.

Las dos fiestas más importantes que se celebran en nuestra Orden (y que por cierto han celebrado todos los pueblos) son las de los dos solsticios, de verano y de invierno —eje vertical de la rueda—, que corresponden respectivamente al Sur y al Norte, al mediodía y a la medianoche y a los signos zodiacales de Cáncer y de Capricornio. Estos dos puntos del tiempo eran llamados por los griegos «puerta de los hombres» y «puerta de los dioses», y la tradición hindú los identificaba como el pitr-loka y el deva-loka, y estando relacionados con los dos perfiles del Jano de los romanos y con los dos Juan (Bautista y Evangelista) de la tradición cristiana.
 
Se dice que por la primera de las puertas salen las almas de los no iniciados que después de la muerte habrán de retornar a otro estado de manifestación; y por la segunda la de los que, gracias a la muerte y el proceso iniciático, han conocido los estados múltiples del ser y las diversas dimensiones del tiempo y el espacio, logrando de este modo realizar el retorno a la Unidad, de se recupera la inmovilidad del Origen y se obtiene la Gran Luz oculta en la inmanifestación. Es ese el sentido esotérico de que nuestros trabajos se realicen del mediodía a la medianoche; pues si bien es cierto que para el profano la mayor luz se halla en el mediodía y en el solsticio de verano (el día más largo del año), el iniciado por el contrario encuentra la Gran Luz en el solsticio de invierno, pues en su búsqueda interna se ha dirigido hacia el conocimiento del Sol de Medianoche. Y también es ese el sentido simbólico de que el Cristo nazca justamente a las cero horas y en el solsticio invernal de Capricornio, y que a partir de ese nacimiento el tiempo comience a contarse de nuevo.
 
Las otras dos fiestas que hemos de celebrar con plena conciencia de lo que significan, son las de los dos equinoccios, de primavera y otoño, que corresponden a los signos de Aries y Libra y que son equidistantes de las dos primeras. Se simbolizan en estas cuatro fechas también a los cuatro elementos, pues Capricornio corresponde a la Tierra, Aries al Fuego, Cáncer al Agua y Libra al Aire; nos permiten observar las transformaciones que ocurren en la tierra en armonía con las leyes del cielo; nos recuerdan a su vez los grandes ciclos cósmicos determinados también por la ley del cuaternario y por los movimientos de los astros, y evocamos con ellas las cuatro edades (de Oro, Plata, Bronce y Hierro) en que se divide todo ciclo. Aparte de estos cuatro, todos los pueblos encontraron puntos en el tiempo, que celebraban de acuerdo a sus calendarios rituales (los cuales encontramos en todas las culturas). Eran en esos puntos significativos cuando se realizaban los ritos, vivificando con ellos los mitos y trayendo al presente aquel tiempo perdido o Edad de Oro en que los dioses habitaban la tierra y ésta se regia en forma total por las leyes del cielo.
 
Nosotros celebramos estas fiestas, pero también sacralizamos el tiempo en todas nuestras tenidas, pues durante el lapso en que éstas transcurren (que simbólicamente es, como dijimos, del mediodía a la medianoche), realizamos nuestro ritual, nos salimos del tiempo uniforme del mundo profano e ingresamos a otro tiempo en el que todo se hace simbólico. Con el espacio sucede lo mismo, y en nuestro caso es el templo (y sobre todo su espacio vacío), el que viene a representar el lugar donde habita el espíritu, que por cierto no es otro que nuestra propia interioridad.
 
Los antiguos nos enseñaron a reconocer los puntos espaciales que se salen de lo amorfo y de lo profano. Ellos sacralizaron esos puntos y construyeron en los mismos sus templos y ciudades; para esto se da fundamental importancia a los cuatro puntos cardinales, marcados también por las leyes del cielo y en armonía con las cuatro estaciones del tiempo, y esa es la razón de que nuestras construcciones se orienten de acuerdo a tales leyes. Ese es el caso de la ciudad de la antigua Tenochtitlan, México.
 
Los sabios y reyes, guiados por los designios de los dioses y por las órdenes de sus antepasados, supieron reconocer (después de la peregrinación y en un tiempo determinado) aquel lugar que habría de ser su centro. Donde el águila devoraba a la semiente, donde lo sutil de lo volátil había dominado a la densidad de lo que repta, donde el espíritu había penetrado a la materia, allí habría de erigirse el Templo Mayor, centro simbólico de la ciudad y el imperio que se desarrollaría a su alrededor. También en este caso, a partir de ese momento, el tiempo habría de comenzar a correr de nuevo. Esto era posible gracias al Conocimiento que de la cosmogonía tenían sus sabios, sacerdotes y señores. Y no es excepción en la historia de la humanidad, sino que por el contrario es la regla, pues por procedimientos y símbolos similares fueron fundados todos los centros espirituales de la antigüedad que escribieron la historia del hombre y de los cuales recibirnos la herencia y el influjo espiritual.
 
En el caso de la ciudad de Jerusalén y el Templo de Salomón ocurre lo mismo. El pueblo judío, después de un largo peregrinaje por el desierto, y de haber atravesado por en medio de las aguas, encuentra la Tierra Prometida. Luego que David (con una honda, símbolo de lo sutil y lo volátil) mata al gigante Goliath (que representa a la materia densa), es erigido en ese lugar el Centro. Allí se construirá el templo y la ciudad de Jerusalén, tomando como modelo a la Jerusalén Celeste, cuyas leyes eran también conocidas por el sabio Salomón y el arquitecto Hiram.
 
Sabernos que nuestro Templo es una réplica de aquél y que nuestro ritual ha sido tomado de los ritos iniciáticos que se practicaron desde la más remota antigüedad en el interior de las cavernas y los templos en los que, tal como debemos hacer nosotros, se da vida al tiempo y el espacio verdaderos. El ritual es para nosotros el vehículo que nos conducirá a la realización del Arte Real y al cumplimiento de la Gran Obra.
 
Junto con el significado esotérico de los símbolos constructivos y guerreros, es la herencia más preciada que hemos recibido de los antepasados. He ahí la importancia trascendental que tienen para los masones. Y es por eso que una de las obligaciones fundamentales que tenemos es la de realizar el rito en forma perfecta y con un conocimiento cabal de lo que significa. Es esta una gran responsabilidad, pues de lo contrario nuestra Orden podría desaparecer en la multiplicidad de lo profano.

 
 

El FUEGO FILOSÓFICO



Pontanus en su Epístola del Fuego Filosófico afirma que todo el magisterio de la Piedra se encuentra en las breves palabras del úni­co Hermes. Veamos que dice Hermes en su discurso La Clave:

“La mente, pues, cuando marcha del cuerpo terrenal se reviste inme­diatamente de su propia vestimenta adecuada, esto es, una vesti­menta de fuego...

Y añade más adelante:

"La mente es la hacedora de las cosas, y al hacer las cosas usa al fue­go como Instrumento.”

La mente, nous, espíritu, corresponde al fuego, siendo análogo a la voluntad. El fuego filosófico se identifica pues con la voluntad en cuanto ascesis encaminada a obtener un desarrollo espiritual.

Este fuego disuelve las "conchas", las impurezas incrustadas en el alma o mundo Inter.-medio, cuyas densidades impiden a las in­fluencias celestes descender a la Tierra Filosófica, del mismo modo que impide ascender las influencias telúricas hacia la Bóveda Ce­leste.

El mundo intermedio o alma es el lugar donde ambas influen­cias sutiles deberían mezclarse y rectificarse mutuamente, por eso la primera operación de la Obra es la purificación de la Materia, para lo que previamente el Artista debe haber aprendido a encen­der el fuego extrayéndolo, por los medios apropiados, de la Mina donde arde consumiéndose a sí mismo en espera de ser liberado, así como a manejarlo según los grados convenientes a cada fase de los Trabajos. Pues si su presencia ha de ser constante, sin él no se­ría posible realizar la Obra, su intensidad no es siempre la misma.

El fuego, siendo un elemento natural, aunque de origen celeste, sufre alteraciones de grado según las leyes que rigen la Naturale­za, por lo que ésta ha de ser nuestra primera maestra y guía.

Así pues, una vez el aprendiz del Arte conoce la Materia, el Fuego y sus grados, puede comenzar los Trabajos de la Obra, y empezará por la putrefacción, pues la vida sólo puede surgir de la muerte, y sin regeneración no es posible extraer el calor del Azufre ni la humedad del Mercurio.

Es necesario añadir que aun cuando se habla del fuego en singular, como siendo uno, habría que considerarlo como doble; uno celeste y otro terrestre. El celeste es puro, luz que no quema, mientras qué el terrestre ilumina pero quema, y es impuro. Sin embargo los dos son necesarios.

El fuego terrestre es connatural a todo ser, siendo aquel calor que anima la vida y la sustenta. Pero así como en los seres sin ra­zón dicho fuego es el que les permite sobrevivir, en el ser humano, dotado de razón, puede ser el aguijón que le hiera y la cadena que le ate a los mundos inferiores, o bien la chispa que prenda en él la llama oculta en el fondo de la Mina.

Ahora bien, puesto que es necesario un impulso hacia lo supe­rior, éste sólo se producirá si el fuego celeste desciende y anima al fuego terrestre; de esta forma será posible el ascenso de la oscuri­dad a la luz.
 
 

SIGNIFICADO DE LA PALABRA V.I.T.R.I.O.L.

 
En el Gabinete de Reflexión encontrará la palabra «Vitriol».

Las iniciales de Vitriol significan:

Vista lnteriora Terrae Rectificando
Invenies Qccultum Lapidem

(Visita el interior de tu tierra y rectificando
encontrarás la piedra oculta).
 
Lo que quiere decir que descendiendo a las profundidades de nuestra realidad, de nuestra tierra, auscultando los patrones transmitidos por nuestros padres, bajo la superficie de la apariencia exterior, se esconde la verdad del espíritu, nuestra verdadera forma de ser.

El Vitriol representa nuestra capacidad para rectificar, para reconsiderar las cosas de forma constante y corregir sobre el terreno los errores que en nuestro deambular humano podamos cometer.

Cuando reconocemos que algo ha salido mal, que se ha torcido, es cuando debemos tener el valor necesario para rectificar el tiro y procurar enmendarnos y reparar los daños que hayamos causado.

Ningún proceso evolutivo podrá llegar a buen fin sin tener a mano un frasco de Vitriol, es decir, sin tener en nuestros bolsillos la capacidad de corregir los errores, de modificar el trazado de nuestro camino cuando sea necesario, de pedir perdón cuando la situación lo requiera.

Esa piedra oculta a la que se refiere la fórmula alquímica del Vitriol es la misma piedra bruta que tratan de pulir todos los masones del universo.

Como muestra el gráfico, cuando alguien está dispuesto a utilizar el Vitriol, podrá contar con la fuerza organizativa de Saturno; con el poder realizador de Júpiter; con la fuerza energética de Marte; con la voluntad y la iluminación del Sol; con la armonía de Venus; con la inteligencia de Mercurio, y con la imaginación de la Luna. (El símbolo de dichos planetas está inscrito en cada uno de los brazos de la estrella.)

 
 
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