lunes, 20 de junio de 2016

LA RESURRECCIÓN DEL COMPAÑERO MASÓN


En la exaltación el compañero resucita maestro.
 
Aquí, después de pasar por su segunda muerte y tercer nacimiento, llamado también resurrección, alcanza, al menos virtualmente, el "estado pri­mordial" del hombre; nombre con el que se designa en todas las tradiciones a la realización o el desarrollo de todas las posibilidades que están contenidas virtualmente en la in­dividualidad humana, de la que constituyen como prolongaciones múltiples que se extienden en diversos sentidos más allá del domi­nio corporal y sensible; siendo por estas prolongaciones por las que seguidamente podrá establecerse la comunicación con los otros es­tados.
 
Todas las tradiciones, incluida la de Occidente (pues la misma Biblia no dice otra cosa), están de acuerdo en enseñar que este esta­do es el que era normal en los orígenes de la humanidad, mientras que el estado presente no es sino el resultado de una caída, el efecto de una especie de materialización progresiva que se ha producido en el curso de las edades, durante el transcurso de cierto ciclo.
 
Todas las tradiciones designan a esta realización de la individuali­dad integral como la restauración de lo que llaman el "estado pri­mordial", estado que es contemplado como el del hombre verdade­ro, y que escapa ya a varias de las limitaciones características del estado ordinario, especialmente a la que es debida a la condición temporal.
 
El ser que ha alcanzado este "estado primordial" no es todavía más que un individuo humano, no está en posesión efectiva de ningún estado supraindividual; y sin embargo está desde este momento liberado del tiempo, la sucesión aparente de las cosas se han transformado para él en simultaneidad; posee conscientemente una facultad que le es desconocida al hombre ordinario y que po­dríamos llamar el "sentido de la eternidad".

La restauración del "estado primordial" es la primera etapa de la realización metafísica del ser, y el fin del proceso de la realización iniciática en la Masonería de los tres grados. A partir de aquí la realización metafísica ofrece la posibilidad de continuar "a la conquista de los estados superiores y finalmente del estado supre­mo e incondicionado".

Restaurar el “estado primordial" del hombre verdadero en el hombre actual es, como va dicho, recuperarlo, recobrarlo, hacer que el hombre en su actual estado humano se vuelva a poner en el estado que la primera humanidad tuvo; seguir el sentido del quin­to viaje del aprendiz en su pase a compañero.
 
Verdaderamente aquí no hay progreso y evolución sino regreso e involución. El pro­ceso de la realización iniciática puede contemplarse como una marcha hacia atrás, un volver, desandando un camino olvidado por donde antes ya se pasó, al centro de partida, al punto de ori­gen.

En este peregrinaje se muere y se nace a cada paso, pues toda muerte a un estado lleva consigo el nacimiento al estado siguiente. El maestro que nace es el compañero muerto o, dicho de otra ma­nera, el compañero muerto resucita maestro.
 
En la exaltación el compañero revive, valga la paradoja, la muerte del maestro Hiram. El maestro constructor, intérprete de los planos del Templo que concibe y levanta el Gran Arquitecto del Universo. Intermediario entre Este y los obreros que colaboran en la Obra, el Templo del hombre, verdadera "construcción humana" que concierne a las posibilidades del mundo intermedio del alma, como preparación para la realización de las posibilidades del mundo superior.

Por la leyenda del rito de exaltación el compañero se identifica con Hiram porque también él va a transformarse, desprendiéndose de la carne en la fosa de este mundo, en mediador entre ambos planos. La aplicación del triple poder del Gran Arquitecto del Uni­verso, con el que ordena y gobierna todas las cosas, le resucita libe­rando su alma para la ascensión a los mundos superiores, frutos que la Acacia le ofrece. Así, el nuevo maestro puede decir ahora que la Acacia le es conocida.

La leyenda del maestro Hiram es el símbolo por el cual el com­pañero se identifica con el maestro interno. Como todo símbolo, conecta dos realidades y las pone en comunicación. Saca al compa­ñero fuera del tiempo, si así podemos decir, y lo sitúa unido al maestro y a la cadena de sus antepasados, los constructores libres, allí donde cesa la sucesión aparente de las cosas y todo es simultá­neo, viviendo el tiempo mítico, él presente eterno.

Aquí es donde por primera vez en su corta marcha toma conciencia, en la medida que sea, de lo que puede ser un estado no medido por la forma ni por el tiempo. Esta es la resurrección que abre la posibilidad de ascender a los estados superiores del ser y a la Unión suprema. La puerta que alcanzan los que son Hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección (Lucas, 20, 36).
 
 

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