viernes, 28 de septiembre de 2018

EL GRADO DE MAESTRO


Un gran crimen, una ceremonia fúnebre, la conmemoración de la muerte de un ilustre personaje: tales son los hechos que relata la leyenda del tercer grado simbólico. Si la palabra simbólica no nos recordase como en los grados precedentes, que todo es aquí emblemático, bastaría que observarais sus ceremonias para convenceros de ello.
 
En efecto, ¿qué presenta este grado a nuestros espíritus?
 
La muerte de un jefe de trabajo, asesinado por tres pérfidos obreros; quien se llevó a la tumba el secreto de la masonería; la edificación magnífica de un monumento en un pueblo célebre por sus desventuras y destierros. ¿Son dignos todos estos vulgares acontecimientos de que se ocupen de ellos tantos hombres inteligentes en todos los países y siglos? ¿Qué interés puede tener para nosotros? Ninguno, si se toma al pie de la letra.
 

¿Cómo es posible que, a pesar de haber transcurrido tres mil años de la muerte de Salomón, el mundo entero celebre todavía con muestras de dolor la muerte de un arquitecto, mientras que han habido tantos sabios y filósofos que perdieron su vida, sin que se conserve su recuerdo excepto en la historia? Pero es que Hiram es otro Sócrates, uno de los bienhechores de la humanidad, cuyo nombre recuerda las más eminentes virtudes y los más señalados servicios.
 
Abro los anales de las naciones y no encuentro en ello ni su nombre, ningún historiador ha conservado su recuerdo. La historia sagrada, que es la única que le nombra, apenas añade a su nombre el epíteto de perfecto obrero; y no vuelve a hacer mención de él en los minuciosos debates de todo lo que acompaña y sigue a la construcción del templo, ni tampoco se habla de su muerte trágica, suceso que no habría omitido un escritor escrupuloso.
 
¿Ha sabido subsanar la memoria de los hombres este defecto de la historia conservando el recuerdo de Hiram? No; la misma tradición tranca aquí, y nada recuerda que Hiram haya muerto a manos de sus asesinos, como dice la tradición masónica; de donde llegamos nosotros a la conclusión de que esta muerte no es más que una alegoría, cuya clave no nos será difícil encontrar.
 
No nos abandonemos ahora a las hipótesis, como han hecho otros ni apliquemos esta conmemoración fúnebre a todos los acontecimientos que recuerden un gran crimen religioso, político o privado, ni cubramos con el nombre y emblema de Hiram a todas las víctimas de la tiranía, del fanatismo y de la avaricia.
 
Los masones celebran a porfía en todas partes la muerte de Hiram desde hace muchos siglos. Por tanto este acontecimiento interesa al mundo entero, y no sólo a una nación, una secta, una orden o una sociedad íntima de amigos; no pertenece a época alguna, a ningún culto, a ningún pueblo en particular; no nos recuerda ni la muerte de Jesús, considerado como víctima del odio sacerdotal, ni a Sócrates, proscrito por el fanatismo y la intolerancia, ni al jefe respetable de una ilustre orden, entregado a los más horrendos suplicios por el más inaudito de los despotismos religiosos; no conmemora ni las proscripciones de los cristianos primitivos ni las de los israelitas en las diversas naciones europeas, ni las más recientes y horrendas que, bajo los últimos Valois, inundaron a Europa con la sangre de sus hijos, atizaron las hogueras de Juan Hus y la de la Inquisición, e hicieron que la nobleza francesa cayera bajo el puñal de los Médicis.
 
Basta pensar un poco para convencerse de que este acontecimiento no se aplica por la astrológia, ni por la alquimia; objeciones que son tanto más verdaderas cuando se hacen basándose en la razón. Pero, ¿cuál es, entonces, esta víctima ilustre y cuál es su asesino?
 
Esto es lo que conviene buscar. La meditación y el estudio de las antiguas iniciaciones nos han conducido ya a descubrir varias verdades e interpretar muchos emblemas masónicos, que de otro modo serían ininteligibles. Pues bien, sigamos ahora una vez más la misma marcha, con objeto de que este estudio sea a manera de un hilo de Adriadna que nos ayude a salir del tenebroso dédalo de los jeroglíficos.
 
Ya se ha demostrado la analogía existente entre los dos primeros grados de la masonería moderna y los primeros pasos de las iniciaciones egipcias, mithraica y cristiana primitiva; y que el aprendiz es un aspirante de Tebas o de Eleusis, un soldado de Mithra y un catecúmeno. Hemos visto en el compañero el antiguo mysto, al iniciado de segundo orden, al león de los misterios orientales, al neófito cristiano. Vamos a demostrar ahora que, a pesar de sus formas hebraicas, el maestro no es sino el Epopta, el Vidente, el iniciado de todos los tiempos y misterios.
 
Pensemos primero en el oriente, cuna de todas las religiones y alegorías, y veámosle en esos tiempos lejanos en que dieron comienzo los misterios. Por doquiera se encuentran siempre la misma idea, bajo nombres diferentes; en todas partes, muere un Dios, un ser superior o un hombre extraordinario, para recomenzar poco después una vida gloriosa; en todas partes, el recuerdo de un acontecimiento funesto y grande, de un crimen, o de una transgresión, hunde a los pueblos en el luto y el dolor, a los cuales sucede en seguida la alegría más viva.
 

Aquí, se ve a Osiris que sucumbe a manos de Tifón; allá a Mithra o Athys en Persia. Ormuz cede durante unos instantes ante el negro y feroz Arimán; en Fenicia, es Adonis que, herido por un jabalí, resucita poco después. No acabaría nunca si quisiera de recordar todas las muertes que han llegado a ser para los pueblos motivo de fiestas fúnebres; muertes, cuyas leyendas diferentes se basan en los mismos principios que la de Hiram.
 
La creencia en el dogma de los dos principios ha dado origen a estas ficciones, que prevalecen principalmente entre los persas. Este dogma constituía la creencia favorita de Plutarco, menos como iniciado que como filósofo. No obstante no haberse atrevido el iniciado Plutarco a revelar el gran secreto de los misterios, supo como Filocteto eludir con tal ingenio su juramento, que pone en el camino al iniciado moderno, y da a la fábula de la iniciación una interpretación moral y religiosa que se conserva en esta máxima:
 
Erigir templos a la virtud y construid calabozos para los vicios.
 
Este dogma previene a quien se dedique a estas meditaciones que debe evitar dos escollos, en que han sucumbido muchos hombres, unos, apartándose del verdadero camino, han caído en la superstición; otros, creyendo huir de la superstición, se han entregado a la impiedad y al ateísmo como ellos lo llaman.
 
En Egipto era admitido el candidato en la iniciación después de haberse hecho digno del favor de los dioses por su valor, virtudes e instrucción. Se descorría el velo que cubría a la magnífica estatua de Isis, y la diosa aparecía ante sus ojos, no como la ven las miradas vulgares, rodeada de emblemas e inexplicables jeroglíficos, sino desnuda, es decir, que cuando el adepto recibía la iniciación participaba en la interpretación secreta de los misterios, interpretación que únicamente se confiaba a los iniciados para quienes Isis no era ya la Diosa hermana y mujer de Osiris, adorada por el vulgo bajo tantas formas y atributos diferentes, sino la naturaleza, en todas sus épocas, caracterizada por sus símbolos.
 
Osiris era el astro del día o el principio de la luz y del calor, que moría a consecuencia de la traición de Tifón después de haber recorrido el universo.
 
Si el crimen se ha cometido bajo el signo del escorpión, si su esposa reúne sus dispersos miembros y si él resucita, es que cuando el Sol termina de recorrer su ruta celeste al finalizar el año, parece que va a sucumbir para renacer en seguida más brillante y bello. De suerte que toda la historia de este Dios, a quien adoraba el pueblo con la frente hundida en tierra, no era para el iniciado más que un tema celeste.

El Adonis fenicio presenta idénticos emblemas con aventuras poco diferentes. Consultemos e interpretemos su leyenda.
 
Adon, raíz de esta palabra, significa Dios, señor; su plural, Adonai, significa en hebreo, los Dioses. Adonis era el amante de Venus. Su fábula significa que el Sol fecunda a la naturaleza durante la primavera y el estío. Este astro pierde sus facultades productivas en nuestro hemisferio cuando han trascurrido estas estaciones. He ahí porqué al ir de caza es derribado Adonis en otoño por un jabalí (símbolo del invierno), que le mutila y le priva de sus órganos de generación. Antes de que este Dios sea devuelto a Venus, quien deplora su pérdida, Adonis (cuya mutilación y muerte son meras ficciones), deben pasar otros seis meses del año con la mujer de las constelaciones, situada sobre la esfera delante de la serpiente, proe serpens, de donde viene Proserpina. He ahí, pues, al sol de primavera muriendo en otoño para resucitar en la primavera siguiente.
 
Las historias de Atys y de Mitra; el descenso del Krihna indo a los infiernos; la lucha de Ormuz y Ahrimán, y la de Cristo y Satanás, son como la primera, el emblema de la perpetua lucha contra las tinieblas, de la revolución anual del Sol. Pero, ¿qué relación pueden tener estas diversas fábulas astronómicas con una historia del arquitecto del templo de Salomón monumento elevado por el más sabio de los reyes al gran arquitecto del mundo?
 
No existe ningún monumento auténtico del asesinato de Hiram; la escritura no dice nada acerca de él; es una historia imaginaria, que si fuese cierta, no tendría interés para nosotros ni para las naciones a quienes es extraño este crimen.

Pero volvamos a la historia de Hiram tal como se menciona en los anales masónicos.

Este venerable maestro es asaltado al visitar los trabajos por tres infieles compañeros, que le asesinan sin lograr arrancarle la palabra de maestro, voz inefable, palabra innominable que tan sólo pronunciaba una vez al año el gran sacerdote. Fijémonos en que los asesinos están situados en las puertas de occidente, del mediodía, y del oriente, es decir, en los puntos iluminados por el Sol, el cual no pasa nunca por el norte del hemisferio boreal.
 
Los infames asesinos entierran inmediatamente el cuerpo, y señalan el lugar en que se encuentra el cadáver con una rama de acacia. Observamos aquí los dos hechos importantes.
 
Es el primero que doce personas representan un gran papel en esta historia, así como en todas las que tienen al Sol por objeto; a saber: los tres asesinos compañeros, es decir, los tres obreros inferiores, y los nueve maestros o nueve obreros superiores. El número doce responde evidentemente a los signos recorridos por el astro del día; los tres compañeros son los signos inferiores o signos de invierno que dan muerte a Hiram, o sea, la Balanza, el Escorpión, y el Sagitario, los cuales ocupan hacia el centro del otoño estos tres puntos del cielo; de modo que el primero se encuentra hacia la declinación u occidente, el segundo se halla en su ascensión recta o mediodía, y el último comienza a aparecer en levante lo que se figura por la puerta de oriente, en que muere Hiram, de igual modo que el Sol perece en el Sagitario, y renace o vuelve a comenzar un año nuevo en el Capricornio.

Si los tres signos inferiores se representan por maestros, entonces se da a entender que el Sol comienza a remontarse. Ellos son quienes levantan el cuerpo del Respetable Maestro, por lo cual tienen derecho a ser elegidos. Por eso dice el Muy Respetable o los dos vigilantes:
 
"¿No sabéis vosotros que sin mí no podéis nada, y que estando juntos, lo podemos todo?"
 
Asimismo, en las fábulas hebraicas hay doce patriarcas y un solo templo para las doce tribus. En la historia cristiana se habla de doce apóstoles o compañeros de Cristo, de quienes también tres faltan a sus deberes: el primero, entregándole a sus enemigos; el segundo, al renegar tres veces de él, y el último al dudar de su resurrección. El discípulo que según el libro, recibe treinta monedas número de los días de que se compone el mes, las arroja en el templo de Jerusalén, símbolo del universo en que desaparecen los meses y los días.
 
Los egipcios, griegos y romanos tienen igualmente doce grandes dioses. Los altares de Jano son doce en número, así como los trabajos de Hércules. Podría llevar aún más lejos estas analogías.
 
En fin una rama de acacia hace que se encuentre a la víctima y se descubren los culpables. Ahora bien hay que tener en cuenta que los árboles representan un papel importante en las alegorías solares. Aquí, es el árbol de la ciencia del bien y del mal, emblema del tránsito de las tinieblas a la luz, o del invierno al estío.
 
Dediquemos unos momentos a estas alegorías, que quizá no hayan comprendido todavía los maestros nuevos: este árbol representa el año. El conocimiento del bien es esa felicidad que se experimenta en las estaciones agradables y productivas de la primavera y del estío, reino del bien. La ciencia del mal es el funesto conocimiento de los rigores y privaciones del invierno, reino del mal. Por tanto, puede decirse metafísicamente que el hombre iniciado en esta ciencia conoce el año, o sea el bien y el mal; y conocería a Dios si estudiando profundamente pudiera apreciar y saber todo cuanto la naturaleza prepara y realiza en una renovación anual.
 
Es verdad que, cuando Adam (nombre que significa la naturaleza humana, la cual fue creada macho y hembra, y que, tiempo más tarde, no representa más que el primer hombre) y su compañera Eva, o sea la vida; pasaron la primavera y el verano en el Edén, probaron el fruto del árbol alegórico producido durante el reino del bien; y que, después, vino la serpiente a indicar en la esfera celeste que iba a dar comienzo el reino del mal. La ciencia alegórica, insinuándose por doquiera, ha hecho que maluca, que quiere decir el mal, signifique también manzana, producto otoñal que indica que se ha terminado la recolección y que el labrador debe volver a cultivar la tierra con el sudor de su frente. El frío llega, y el hombre tiene que cubrirse, pero no con la hoja alegórica de la higuera, sino con algo de más abrigo. La esfera de los cielos gira; en ella se ve al hombre de la constelación (el bootes) que va precedido de una mujer y lleva en la mano el ramo del otoño cargado de frutos; ella parece seducirle, conducir consigo, atraer o seducir al hombre tal es la alegoría de los dos primeros humanos expulsados del paraíso, y la del árbol de la ciencia del bien y del mal.
 
En otras partes, el manzano es sustituido por el loto egipcio, el almendro de Athys, el mirto de Venus, el muérdago de los druidas, la rama de oro virgiliana el boj del domingo de Ramos, el junco o la caña de los peregrinos, que en la fábula masónica es la acacia o el tamarindo, en que encalló el cofre en que iba encerrado el cadáver de Osiris.
 
Este árbol, que queda sin hojas en el solsticio de invierno, fue escogido por los reveladores, para mejor dar a entender que la fábula de Hiram era un velo que no debía tomarse al pie de la letra.
 
Pero los antiguos que creían que la acacia era incorruptible, sustituyeron sus ramas (símbolo de eternidad) por el mirto, la ginesta y el laurel, plantas siempre verdes, que en esta época del año figuraban en las antiguas teogonías para cubrir el cuerpo del Dios víctima. ¿No colocaron los autores del zodiaco una corona verde entre las piernas del Sagitario (signo en que se halla el Sol durante el solsticio de invierno) con objeto de indicar que el triunfo de las tinieblas y de la muerte aparente ha de suceder inmediatamente una vida nueva a consecuencia de una próxima evolución solar?
 
De suerte que el primer grado, que los antiguos consagraban por entero a las pruebas física, era especialmente el emblema del principio del año o de la primavera, durante la cual el Sol crece, se fortalece y pasa la línea que separa a los signos inferiores de los superiores. Este grado era en lo moral el emblema de la infancia o de la primavera de la vida, figurada por la piedra bruta, la cual es susceptible de recibir todas las formas que quiera darle el artista hábil, lo que recuerda las ventajas de la buena educación, pues, como hemos tenido ocasión de observar, las alegorías antiguas habían sido meditadas con tanta sabiduría que se podían aplicar, bajo cualquier punto de vista, a la instrucción y a la felicidad de los humanos.
 
El grado de compañero es el emblema de la juventud, de la edad en que el hombre se fortalece por medio del estudio de las ciencias, de las letras y de la filosofía; cultiva su razón, aprende a conocer, y se crea, en cierto modo, una existencia nueva consagrada a las virtudes y a la sabiduría después de haber dominado a las pasiones que le arrastraron en la edad precedente. También simboliza el verano, estación en que, habiendo adquirido el astro del día todo su poder, abrasa al universo con sus benéficos rayos, y hace que maduren los frutos con que ha cubierto la naturaleza a la tierra fecundada. La piedra cúbica, característica de este grado, figura al hombre instruido y civilizado, que vive para la sociedad y que considera que su primer deber consiste en conservar las formas de ésta, emblema de la solidez y de la rectitud.
 
En fin, el grado de maestro representa el otoño, esa última estación en que el Sol termina su curso y muere para renacer de sus cenizas, lo mismo que el Fénix, cuyo prototipo ha sido. Este grado es el símbolo de la edad madura, época en que recoge el hombre los frutos de sus trabajos y estudios. Su emblema es la plancha en que se trazan los planos, es decir, las lecciones de la moral y de la experiencia, los deberes de los compañeros y de los aprendices.
 
No es extraño, que toda la masonería, al relacionarse con las estaciones y las épocas de la vida esté comprendida por entero en tres grados. Este número indica, como ya hemos visto, el origen oriental de estas alegorías que si hubieran nacido en el norte o en occidente, en Roma y hasta en la misma Grecia, habrían presentado el emblema de las cuatro estaciones, y, para corresponder con ellas en forma debidamente apropiada se habría tenido que dividir la vida en cuatro épocas.
 
Las religiones antiguas y sobre todo las de Egipto estaban llenas de misterios, cuya urdimbre se componía de multitud de imágenes y de símbolos, admirable tejido y obra sagrada de una serie ininterrumpida de hombres sabios que leían en el libro de la naturaleza y traducían el idioma humano de un modo tácito, pero sencillo, este inefable lenguaje.

Los que contemplan con estúpida mirada esas imágenes, esos símbolos y esas alegorías sublimes sin llegar a comprenderlos, se estancaban en la ignorancia como muchos masones de nuestros días; pero hay que confesar que su ignorancia era voluntaria, puesto que, en cuanto querían salir de ella, se abrían para ellos los santuarios, y nada podía impedir que marcharan de conocimiento en conocimiento, y de revelación en revelación hasta llegar a descubrir las cosas más sublimes, si en conseguirlo ponían la constancia y la virtud necesarias.
 
Estando vivos podían descender a la morada de los muertos, elevarse hasta los Dioses y penetrar en la naturaleza elemental, porque la tercera iniciación o grado de maestro, consistía en el conocimiento profundo de las religiones, y en aquella época las religiones lo abarcaban todo; pero el iniciado que anhelaba penetrar en los sectores misteriosos del sacerdocio no llegaba a este punto culminante de la doctrina sagrada hasta haber agotado alternativamente la dosis de ciencia correspondiente a cada grado y de haberse mostrado digno de ascender al superior.

Únicamente había un iniciado de derecho: el rey de Egipto, quien era admitido a los más secretos misterios como consecuencia inevitable de su educación. Los sacerdotes poseían los conocimientos de su Orden, los cuales aumentaban al elevarse de grado. Sabían que sus superiores no eran tan sólo seres de mayor categoría, sino, también, hombres más cultos que ellos; de suerte que la jerarquía sacerdotal se iluminaba al elevarse a la manera de una pirámide, y la ciencia se aliaba siempre con el poder en su organización teocrática. En cuanto al pueblo era lo que quería ser.
 
La ciencia ofrecida a todos los egipcios, no se negaba a nadie. Los dogmas de la moral, las leyes de la política, el freno de la opinión, el yugo de las instituciones civiles eran idénticos para todos; pero la instrucción religiosa difería según la capacidad, la virtud y la voluntad de cada individuo: No se prodigaban entonces los misterios como ahora la masonería, porque los misterios eran algo. Tampoco se profanaba el conocimiento de la divinidad, porque este conocimiento existía, y, con objeto de poder conservar la verdad para muchos hombres, no se daba vanamente a todos.

¡Feliz sabiduría, que, por haber sido ignorada por los masones modernos, priva a la masonería de sus más hermosas prerrogativas, sobre todo desde el día en que se abrió su santuario indistintamente a todo el que podía pagar la entrada!
 
El grado de Maestro conservaba algunos vestigios de su antiguo esplendor antes de que la Francmasonería rebasara sus límites naturales en los tiempos modernos. Entonces, todavía podía traslucir el masón el carácter, el objeto y el origen de ese antiguo monumento de la sabiduría humana, a través de los diferentes emblemas de que estaba rodeado.
 
El grado de Maestro no tiene aparentemente nada de común con los antiguos misterios; pero, si levantamos el velo de la alegoría con que se cubre, podremos ver el complemento de los dos primeros grados, y, por consiguiente, el término de la masonería, tan bien expresado con la palabra de paso Sibl.·. que significa término, fin; es decir, que volveremos a encontrar todos los emblemas simbólicos ideados antiguamente para representar la revolución anual del Sol, con la imagen alegórica de las constelaciones que acompañan a este astro en el equinoccio de otoño, época en que las religiones fijaron su agonía y su muerte.

Como consecuencia de este sistema nuestras dos columnas simbolizan los dos trópicos, más allá de los cuales jamás ha llegado el gran Hércules, o sea el Sol.
 
El origen de las fábulas mitológicas se pierde en la noche de los tiempos, pero lo más notable es que a pesar del número considerable de estos poemas y de la diferencia de épocas y de lugares en que se redactaron, se encuentren siempre en todos ellos la misma invención y el mismo espíritu. ¿Han bebido en una misma fuente los autores de estas obras, puesto que, sin conocerse y oírse, se han entendido y han sostenido los mismos discursos y han hablado el mismo lenguaje? ¿Les ha guiado en su trabajo una misma y única regla?
 
Así es como los masones, que habitan en diferentes puntos del planeta, se comunican entre sí, y cooperan de común acuerdo y muy fraternalmente por la prosperidad de la orden en bien de cada miembro en particular.
 
En los poemas antiguos consagrados por los sacerdotes, se observa que la luz lucha con las tinieblas, el oriente contra el occidente, y el genio del bien contra el del mal.

La natividad del héroe o del personaje se celebra en los poemas solemnemente. Su fin trágico se detalla con toda escrupulosidad; luego, se le llora y encierra en la tumba. Por tanto, debemos estudiar la naturaleza si queremos penetrar en el santuario de las iniciaciones y levantar el velo que cubre desde hace mucho tiempo a los misterios sagrados de los antiguos, así como a los de la masonería.

El avance del compañero se detiene en el solsticio de estío. El astro del día va a abandonar insensiblemente nuestro hemisferio; parece que retrograda: he aquí por qué se hace viajar hacia atrás el recipiendario. El templo había sido casi terminado, es decir, que entonces todas las plantas han producido y no se trata ya más que de esperar su madurez. El grado de maestro, va a describirnos, pues, la muerte del Dios-luz, ya sea que se considere a este Dios como Sol físico, el cual muere en invierno para reaparecer y resucitar en primavera, en pascuas, es decir, cuando entra en el signo del Codero reparador y devuelve la vida a la naturaleza; ya sea que como los filósofos, no se vea en él más que una conmemoración figurada, o representación emblemática del caos, de cuyo seno surgió la luz eterna; o bien, lo que viene a ser lo mismo, de la putrefacción expresada por la palabra Moab.·. muerte aparente del cuerpo, pero fuente inagotable de la vida, por medio de la cual recibe el germen en primavera su desarrollo.
 
Los reconstructores de la Francmasonería han substituido la leyenda alegórica que constituía la base de los antiguos misterios por la de la edificación de un templo al gran arquitecto. Consecuencia natural de esta elección ha sido la de convertir en principal personaje de la leyenda masónica a Hiram, palabra que, en hebreo, se escribe Chiram en el libro de los Reyes y Churam en el de los Paralipómenos y que, en el primer caso significa vida elevada, y en el segundo, cándido blanco, expresiones que convienen todas al Sol.
 
Este Hiram, al que metafóricamente se apellida arquitecto del templo de Salomón, es el emblema del Gran Arquitecto del Universo, del mismo modo que el hierofante era el representante de Phtá, de Osiris, de Jachus o de la divinidad del culto a que él estaba consagrado. De suerte que, a pesar de que en la Biblia se habla de Hiram, no debe considerarse en masonería a este individuo más que como personaje alegórico.
 
Este aserto es tan verdadero que su leyenda desaparece en los grados superiores, en donde no se vuelve a tratar de él. Por otra parte, los sacerdotes egipcios no comunicaron los altos misterios más que a los individuos de su nación que consagraban la vida al sacerdocio. Por eso ha sido preciso tomar el complemento de la masonería, o el velo del grado de maestro, de las ceremonias de un culto que se semejara en algo al de los egipcios, sí, pues, se ha tomado de la religión judía el complemento de los misterios de la Francmasonería, y la leyenda de Moisés afirma que este legislador nació en Egipto donde pudo instruirse en todas las ciencias.
 
Por tanto, descorramos el velo en que se envuelven los misterios de la muerte de Hiram, y veremos que este personaje no es otro que el Osiris, celeste. Los tres pérfidos compañeros que traicionaron a su maestro, por tener celos de. la gloria de Hiram, a quien asesinaron, como Tifón a Osiris, no son más que un símbolo del principio del mal, el cual se representa en todas las fábulas antiguas por un príncipe, que arrebata el poder a su jefe, a quien persigue sin cesar y logra asesinar. La tradición de este grado refiere que Hiram se presenta a la puerta de occidente para salir del templo; pero vosotros sabéis que esta salida es imposible, ya que el Sol no puede salir de nuestro universo o templo de la naturaleza.
 
La marcha que realiza Hiram para eludir los golpes de los asesinos es, precisamente, la misma que verifica el Sol, ya que en el primer día de la primavera, si se supone que este astro reside en el signo del carnero; ya sea en el último día de su triunfo en el solsticio de verano, o, en fin, en la víspera de su muerte que tiene lugar en la Balanza en que declina hacia el horizonte por la puerta de occidente.
 
Si se examina la esfera celeste en esta época y se observa la posición en que se encuentra en oriente el carnero (Aries), se verá cerca de él al gran Orión, sosteniendo con el brazo levantado una maza en actitud de golpear; en el norte, se verá a Perseo, con un arma en la mano y en la actitud del hombre que está dispuesto a herir. Desde este instante, parece tan rápida la declinación del Sol hacia el hemisferio austral que semeja una caída; he aquí, pues, al Sol precipitado en su tumba; ¿reaparecerá, se realizarán nuestros deseos de que vuelva?
 
Esta inquietud que debieron experimentar los primeros hombres, se figura por medio de la busca del cuerpo de Hiram. De suerte que, bajo el punto de vista figurado y simbólico, su asesinato es, cual la pasión de Osiris, de Adonis, de Athis o de Mithra, un producto de la imaginación de los sacerdotes astrónomos, con que se quería representar la ausencia del Sol en la Tierra, para designar el triunfo de las tinieblas sobre la luz o sobre el principio del bien.
 
Por tanto los iniciados que celebran este misterio hacen bien en vestirse de negro y decorar el templo con colgaduras fúnebres. La historia celeste de Hiram es completa, pues en la esfera se ven a los nueve maestros, que van en busca de su cadáver.
 
En efecto, si se dirige la mirada a la parte occidental del horizonte en el momento en que el Sol se pone en el signo del Carnero se distinguirá alrededor de esta constelación a Perseo, al Cochero y a Orión; al norte se verá a Cefeo, a Hércules y a Bootes; en el oriente aparecerán el Centauro, el Serpentario y el Escorpión; todos los cuales con el Carnero y le siguen paso a paso hasta el momento de su nueva aparición por oriente.
 
Los seis días trascurridos entre la muerte de Hiram y el descubrimiento de su cadáver, son, también, una continuación del mismo tema celeste; pues estos seis días representan los seis meses que pasa el Sol en los signos inferiores antes de aparecer por oriente en el signo de Aries o del cordero regenerador. Y el descubrimiento del cadáver de Hiram realizado en el séptimo día es un símbolo de la resurrección del Sol, la cual tiene lugar en el séptimo mes de su paso a los signos inferiores, tránsito que se considera como su muerte o descanso a los infiernos (loci, inferi, lugares inferiores).
 
Cuando el Sol invernal va a abandonar, al parecer, en diciembre nuestro hemisferio para reinar en el inferior y descender a su tumba, la naturaleza es a manera de una viuda del ser que la fecundiza y alegra todos los años. Sus hijos se llenan de desolación. Por eso los masones, discípulos de la naturaleza que representan en el grado de maestro esta bella alegoría, se llaman con justicia hijos de la viuda (o de la naturaleza), que, al reaparecer el Dios, se convierten en hijos de la luz.
 
En este grado se enseña un signo importante, conocido con el nombre de signo de socorro, el cual se hace diciendo: ¡A mí los hijos de la VIUDA!

Este signo, recuerda el espíritu de paz que difundían entre sus iniciados las antiguas divinidades Ceres, Isis, etcétera. Este signo, ha servido muchas veces en los últimos siglos para alejar peligros en la guerra y en otras ocasiones. El recuerdo de la viuda ha de salvar todavía muchas vidas de sus hijos.
 
La naturaleza nos ha destinado a nacer y morir en el seno de la amistad. Prueba de ello es esa necesidad de apoyo y de ayuda que exigen los primeros y últimos días de nuestra vida. La época de la vida comprendida entre estos dos extremos se debe dedicar a pagar los socorros recibidos y a merecer los que se han de necesitar en la vejez. Todo cuanto recuerda la muerte está impregnado de grandeza.
 
Hoy, los muros del templo están cubiertos de ropajes fúnebres; los signos de la fragilidad humana rodean al sarcófago en que habéis permanecido unos momentos; sepulcrales resplandores contribuyeron a aumentar el horror a las tinieblas; unos lamentos, influyendo en las facultades de vuestra alma, han debido predisponer al recogimiento, a la melancolía, a la meditación, a la reflexión profunda, porque acercarse a la muerte es tocar los pliegues de la verdad.
 
Hemos nacido para ir a la muerte. Temerla, sería locura, porque sólo se deben temer los acontecimientos inciertos. Hay circunstancias en que es preciso que sepamos desdeñarla, he ahí porqué nos aconseja la sabiduría que nos familiaricemos con su imagen. No es a la muerte a la que se teme, sino a la pérdida de la vida lo que se lamenta, por ser ésta un bien cierto que todos poseemos. Si se muere en la juventud, parece duro que se arrebate al hombre lo que sólo ha conocido para desearlo. Sin embargo, la felicidad no es producto de los años, sino del empleo que de ellos se hace y de la manera como se terminan, porque una muerte hermosa honra a toda una vida, como una muerte infame, la deshonra.
 
El autor de la sabiduría dice que este último día es el juez inflexible y justo de todos los demás días.
 
Hermano recientemente admitido, es cierto que la muerte es el término a que tienden todos los seres, pero en la economía del universo, hasta la vida misma surge del seno de la muerte. En el curso de vuestra recepción habéis visto que el principio del bien puede sucumbir; pero, al mismo tiempo, habéis aprendido que el principio del mal no es invencible. Tened siempre presente esta verdad, y aplicadla constantemente a vuestros pensamientos y actos. Tened sobre todo en cuenta que lo que os ha acontecido es una demostración física de la resurrección de los cuerpos, renacimiento que ha tenido lugar para daros a conocer la gran lección moral de que la víctima triunfa siempre.
 
Hermano mío, en los discursos de nuestros oradores oiréis a menudo denominar con su sinónimo a la masonería, porque antes del empleo de esta palabra se conocía con el nombre de arte real. Algunos autores suponen que esta expresión técnica tuvo su origen a causa del celo que mostró el rey Salomón por la iniciación. Igualmente se podría haber llamado arte imperial o augusto, cuando el emperador romano Marco Aurelio ingresó en ella. El origen que le da el hermano Dumast es curioso y más verdadero:
 
"Desde que el hombre comenzó a pensar en sí mismo, observó que, en ciertas circunstancias, hacía el mal queriendo hacer el bien. El video meliora proboque, deteriora sequor ha debido demostrarle que el poder de los deseos era más fuerte que el de la razón; que él no gozaba más que en apariencia y no realmente de su libre albedrío, y que era preciso domeñar a las pasiones antes de adquirir la libertad efectiva de escoger y terminarse en todas las acciones de la vida. Desde ese momento, la primera idea que tuvo el hombre de lo que debería ser un sabio consistió en que éste debe ser un hombre libre y dueño de sí mismo; todas las instituciones que tendían a formar sabios se convirtieron en arte de libertad y de realeza.
 
"Triunfar de sí mismo es la más bella de las victorias; aquél cuyo corazón es esclavo sería servil aunque estuviera en un trono; aquél cuyo corazón es libre, sigue siendo libre aunque esté cargado de cadenas".
 
Todas las máximas pueden encontrarse en los tiempos más antiguos de la historia.

Hermanos, vosotros habéis sido, constituidos en los ritos francés y escocés, y celebráis ordinariamente vuestras tenidas en el primero. Este rito, formado por masones instruidos, data del año 1786, y tiene una superioridad incontestable sobre el escocés, superioridad que reconoceremos en cuanto hagamos una pequeña comparación entre ellos.

En el rito francés las palabras del aprendiz es Jak.·. palabra racional, puesto que significa iniciación, preparación, comienzo (símbolo de la primavera y del año.)
 
La palabra de compañero es Bo.·. la cual ha sido bien elegida, porque significa fuerza y nos recuerda el iniciado de Mithar conocido con el sobrenombre de León "(símbolo del verano).
 
La de maestro es Machen.·.
 
Las palabras correspondientes del rito escocés son Bo.·. Jak.·. Moab.·. El significado de estas palabras no despierta ninguna consecuencia de ideas satisfactorias.
 
La palabra de paso del aprendiz francés es Tubal.·. Los aprendices escoceses no poseen palabra de esta clase.
 
Schibb.·. sirve en el segundo grado de palabra de paso para los dos ritos.

Gibl.·. es la palabra de paso del maestro francés. La del maestro escocés es Tubalc.·. lo que representa aquí una verdadera inversión.
 
Interpretemos el triángulo, ese símbolo de poder y de igualdad que se ha convertido en emblema de los hombres libres; interpretemos ese signo que veneran los masones y los cristianos, y nos daremos cuenta de la inteligencia desplegada para formar el rito francés.
 
Hemos demostrado que ya cada grado presenta al masón tres cosas para que medite en ellas:
 
1ª.—La historia de la humanidad clasificada por épocas.
 
2ª.—La de la civilización y de los progresos del espíritu humano en las artes y en las ciencias, productos de los misterios.
 
3ª.—Y el conocimiento de la naturaleza (o de la divinidad manifestada en sus obras) y de las religiones.
 
He llamado vuestra atención acerca de las dos primeras; me queda enfocar el tercer estudio atesorado en cada grado.
 
Veamos porqué razón representa el triángulo a Dios, y cómo facilita su interpretación cada uno de los grados de la masonería.
 
Una línea geométrica no puede representar un cuerpo absolutamente perfecto. Tampoco dos líneas constituyen una figura perfecta. Pero tres líneas forman al unirse el triángulo o primera figura regular y perfecta; por eso sirvió y sirve todavía para caracterizar al Ser Eterno que, siendo infinitamente perfecto en su naturaleza, es como creador del primer ser, y de consiguiente, la primera perfección.
 

No siendo el cuadrado por perfecto que parezca mas que una segunda perfección, no podía representar de ninguna manera a Dios, que es la primera.
 
Obsérvese que la palabra de Dios tiene como inicial en francés, español, latín, etc., la delta griega, la cual representa al triángulo. Esta es la causa de que los antiguos y modernos hayan considerado como sagrado el triángulo, cuyos lados figuran los tres reinos, o la naturaleza, o Dios.
 
En el centro del triángulo se ve una iod hebraica, espíritu animador o fuego, principio generador que se representa, ahora por la legra G, inicial de la palabra Dios en las lenguas de norte, cuya significación filosófica es generación.
 
El primer lado del triángulo, cuyo estudio corresponde al aprendiz (en el rito francés), es el reino mineral, simbolizado por Tubalcain, el inventor del arte de trabajar los metales.
 
El segundo lado, cuya meditación corresponde al compañero, es el reino vegetal, simbolizado por schibboleth, que significa la espiga. En este reino comienza la generación de los cuerpos. Por esta razón se representa la legra G con radios en el grado de compañero.
 
El tercer lado, cuyo estudio concierne al reino animal y completa la instrucción del maestro, se simboliza por la palabra Macben, la carne abandona los huesos, o mejor traducido, hijo de la putrefacción.
 
Este estudio triple o ciencia triple, característica de cada grado masónico, inspiró en 1816 la idea de designar con el nombre de trinósofos a los hermanos que ayudaran a fundar una respetable Logia, con cuyo nombre se quiere significar el estudio o conocimiento de las tres ciencias (los tres grados o la masonería.)
 
Se atribuye a los templarios la invocación religiosa que se pronuncia en la apertura de trabajos del rito escocés como si fuera la significación de un culto, y concordara con las preguntas del catecismo del rito:
 
¿Qué hay entre vos y yo? y la pregunta hoy día insólita: ¿A qué religión pertenecéis?

Uno de nuestros dignatarios os dio esta antigua divisa en 1819: Pensar bien, decir y obran bien. Ojalá los trinósofos no la olviden y la observen siempre!
 
El rito francés no admite estas formas, porque la masonería no es un culto de ninguna manera.
 
La imagen del Sol debe estar velada en el primer departamento, porque se va a velar su muerte.
 
Las lágrimas de que están cubiertas las decoraciones recuerdan el llanto de Isis cuando iba en busca de su esposo.
 
El Sol, y la Luna, cuyas figuras decoran nuestros templos, significan moralmente que nuestras instituciones deben tener como base las leyes de la naturaleza. El conocimiento de las leyes inmutables es lo que eleva al masón hasta el más alto grado de la escala social; toda religión, o asociación política que se aleje de estas leyes es informe, contranatural y no puede tener duración.
 
El mallete es la representación de llave táutica o cruciforme de las divinidades egipcias, de las que era una simple imitación la llave del Nilo. El mallete simbolizaba al grado más elevado, como consagración de su sacerdocio. Hoy día se confía únicamente a los tres primeros dignatarios que tienen a su cargo en la logia la dirección de las iniciaciones y la instrucción de los adeptos. El mallete se ha trasformado también en la cruz truncada gnóstica o bafomética.
 
La marcha de cada grado indica su espíritu.
 
Hemos visto que el aprendiz, cuyo estado de desnudez representa al hombre anterior a la civilización, tenía una marcha incierta insegura y que avanzaba en línea recta al adelantar el pie derecho con el que unía el izquierdo en escuadra, para dar a entender que no tiene otro objeto que el de llegar directamente y sin rodeos a las luces de la civilización.
 
El compañero, ya más libre en su marcha, va de occidente a mediodía, de allí al norte y después al oriente para significar que el iniciado debe buscar y llevar la instrucción por todas partes.
 
En la marcha del maestro se reconoce la del filósofo a quien no pueden detener los prejuicios de su época. Sus saltos indican que sabe franquearlos todos y que ni aun la muerte es un obstáculo para él.
 
Esta marcha nos da a conocer también que el compañero que ha llegado al grado de maestro ha pasado desde la escuadra al compás, es decir, de la obediencia al mando.
 
Los siete peldaños del templo indican en lo moral las siete artes liberales que educan a los masones que las practican, y al propio tiempo simbolizan los siete vicios capitales de que se debe huir pisoteándolos.

En este grado comenzará a conocer el iniciado el lugar que ha de ocupar en la cadena de los seres; a apreciar sus relaciones con lo que lo rodea, y, por consiguiente, a conocer cuales son sus deberes, y explicar el enigma en cierto modo contradictorio de la naturaleza de su ser. Antiguamente, cuando el iniciado estaba suficientemente instruido y había dado pruebas de su inteligencia, se acababa para él la ilusión, y se le revelaba el conocimiento de un Dios único, con la explicación de las trascendentes verdades basadas en la más depurada moral.
 
Lo mismo te ocurrirá a ti, hermano recién admitido. Aprovecha bien lo que se te acaba de revelar, ilumina tu corazón y tu razón; dirige tu pasiones hacia el bien general; combate tu prejuicios; vigila tus pensamientos y obras; ama, instruye y socorre a tus hermanos.
 
Si haces todo esto habrás perfeccionado el templo del que tu eres a un mismo tiempo arquitecto, material y obrero.
 
"Sabido es que las revelaciones que se hacían a los iniciados eran de tres clases: la moral, las altas ciencias y los dogmas sagrados", dice Boulange en su historia de los misterios. Por eso es la Francmasonería en sus tres grados una escuela de moral, de ciencia y de virtud. Ella es la antigua iniciación mitraica, egipcia, griega, romana, y druídica apropiada a los tiempos modernos. Esta continuación de los misterios de los antiguos hace que la masonería sea la cadena que une de modo inseparable el pasado con el presente y la guía segura para el porvenir.

"Así es que la masonería es el resultado de la ciencia de los siglos anteriores a la era vulgar, y por eso goza de una inmutabilidad de que no participa ninguna otra asociación humana."
 
"Cuán consolador es el espectáculo de una asociación perseverante en su objeto, cimentada en todas las virtudes y unida por todos los lazos de amistad, de benevolencia y de fraternidad, mientras no se ven en el mundo más conmovedor y magnífico de los fenómenos morales; es el espectáculo más bello que pueda mostrar la naturaleza al mundo y el más raro y saludable de los dones del cielo".
 
El grado de maestro, considerado antiguamente como el grado superior, llevaba aparejado un estado de perfección sobre los demás grados, puesto que con él se terminaba la iniciación y se daban al adepto todas las cualidades que le hacían destacar por doquier como sujeto superior a la clase ordinaria de los hombres.
 
El masón que llegaba a este grado antiguamente no veía en torno suyo más que iguales; hoy día, quien lleva el honroso título de maestro tiene por encima de sí treinta clases superiores. Si pudiera ocurrir el milagro de que un iniciado antiguo llegara a nuestros templos en que nos investimos con los títulos de pontífices, príncipes y soberanos y nos cubrimos con cordones de todas las clases y colores, creería hallarse en medio de una corte de los reyes, en vez de estar en el modesto asilo de la sabiduría.
 
Pero, ¡ay! todos esos cordones, no halagan al masón instruido, quien observa que en masonería lo que sus adeptos han ganado en cintas, lo perdieron en instrucción.

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