jueves, 13 de septiembre de 2018

LA CÁMARA DEL MEDIO Y LA ESTRELLA FLAMÍGERA


El compañero, al cumplir su quinto viaje simbólico, con las manos enteramente libres, queda en estado de receptividad con relación a cierta luz ambiente invisiblemente difundida en el espacio. Alcanzar esa oscura claridad es el secreto capital del segundo grado de iniciación, qué corresponde al verdadero iluminismo.
 
Para llegar a la cámara del medio, es preciso subir siete gradas misteriosas; pero ya en la quinta empieza la iluminación del grado de compañero. Estas gradas son de colores diferentes: la primera es negra y lleva el signo astronómico de Saturno, hace alusión a la purificación de la Tierra y a la necesidad de profundizar las cosas sin dejar de engañar por sus apariencias.


 
La segunda es azul y está consagrada a Júpiter, cuyo signo lleva. Simboliza la purificación por el aire, y la obligación, para el iniciado, de desprender lo útil de lo espeso, el significado del significante y el espíritu vivificante de la letra muerta.
 
La tercera, representa la purificación por el agua que tiene por objeto lavar el espejo mental en que se reflejan las concepciones del intuitivo, a tal grado, que las llega a imaginar exactamente.
 
La cuarta es roja, en honor de Marte, y lleva su signo, que corresponde a la purificación por el fuego, o sea a la exaltación del ardor interno hasta la invasión ígnea de toda la personalidad.
 
Por último, la quinta grada del compañero es trasparente e incolora, y simboliza a Mercurio, cuyos signo no astronómico lleva. No es accesible sino después de una purificación por los cuatro elementos, llevados a la unidad de su QUINTAESENCIA común.

Al llegar a esta altura, el iniciado no teme ser embriagado por la cegadora claridad del Sol, ni tampoco ser encantado por los dulces rayos de la Luna, porque delante de él no hay más que una profundidad de un negro absoluto.
 
No obstante, Mientras se esfuerza en sondear las tinieblas, un punto luminoso, apenas perceptible, aparece ahí de repente. Su resplandor, al principio ínfimo, acaba por transformarse en una estrella que aumenta rápidamente de magnitud, para llegar a resplandecer con tal brillo que toda la oscuridad queda disipada.
 
En este momento, el astro misterioso toma el aspecto de un pentagrama flamígero, en el centro del cual se distingue un ideograma que la masonería moderna ha traducido por la letra G.
 
La estrella flamígera, no parece haber entrado a nuestra tradición simbólica directamente de la Kabbalah; sino más bien la hemos tornado, entre otros símbolos, del maniqueísmo. En su forma pentagrámica significa los cinco sentidos exteriores y las cinco facultades interiores, las cinco órdenes de la arquitectura, los cinco sabios, los cinco meses de producción de la naturaleza, los cinco puntos de felicidad, los cinco puntos de perfección, las cinco luces de la Masonería, las cinco zonas masónicas, y los cinco signos del masón: el vocal, el gutural, el pectoral, el manual y el pedestre.


 
Pero el verdadero sentido exótico de la estrella flamígera, según nuestros rituales es el de: astro místico de la razón que ilumina al compañero, y cuya luz inextinguible disipa las tinieblas de la ignorancia.
 
Los rituales franceses de este grado dicen textualmente:
 
"Todos los emblemas que decoran los templos de la masonería, nos recuerdan el Gran Templo del Universo, y esta estrella que veis sobre vuestra cabeza es la figura sagrada, que nos recuerda la causa misteriosa de tantas maravillas, el G.·. A.·. D.·. U.·."
 
En el ritual para la consagración de un templo masónico, el Venerable dice, dirigiéndose a la estrella flamígera:
 
"Luz divina, llama misteriosa, fuego sagrado, alma del universo, principio eterno de los mundos y de los seres, símbolo venerado del Gran Arquitecto, solo soberano omnipotente, alumbra nuestro espíritu, nuestros trabajos y nuestros corazones, y reparte en nuestras almas el fuego vivificante de la Francmasonería.
 
Todos contestan: así sea!"
 
Por lo expuesto, parece que la explicación dada por nuestras liturgias, no es ortodoxa, no es esotérica ni exotéricamente considerada. Más bien se trata de un retoque racionalista e innovador, por más que pudiera replicarse que el G.·. A.·. D.·. U.·. es la razón suprema; pero es indudable que la explicación de nuestros rituales está inspirada en la famosa Diosa, razón de la revolución francesa.
 
 

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