miércoles, 12 de septiembre de 2018

EXPLICACIONES RITUALISTICAS. 2º GRADO

 
El cincel es emblema de la constancia en la perfección. Con el cincel y el martillo el Aprendiz desbasta la piedra bruta, es decir, aprende las ciencias naturales, la física, la mineralogía, la botánica y la zoología, para ir de lo conocido a lo desconocido, de lo palpable a lo impalpable, y apreciar la naturaleza, de los cuerpos y las leyes que nos rigen. Sed constantes en la perfección a que el cincel sirve de emblema, someted la fuerza bruta a la inteligencia, que es lo que significa el martillo.

La palanca es emblema del poder de la razón para dominar las pasiones. No hay ningún peso en sentido recto o en el simbólico que resista a la acción de este instrumento. "Dádmele, decía Arquímedes, y sacudiré el mundo a mi albedrío". Es también el emblema del poder inmenso que el hombre adquiere aplicando las fórmulas o principios de la ciencia a los actos que su fuerza individual no lograría por sí sola, y es, también el poder que alcanza la razón con el auxilio de los estudios filosóficos y morales, a los que preparan las ciencias físicas, la geometría y la lógica.
 
Martillo y mallete son sinónimos; pero más especialmente se usa esta segunda palabra como símbolo de autoridad, y por eso usan malletes las tres luces de una logia. Se dice primer mallete al cargo del Venerable Maestro, segundo mallete al del Primer Vigilante y tercer mallete al del Segundo Vigilante. Estas tres dignidades dirigen los trabajos del Taller Masónico por medio de golpes de mallete o martillo.
 
Según Abrines, la palanca simbólicamente significa la fuerza que es tan necesaria al hombre para superar las dificultades y vencer los obstáculos de la vida; moralmente, la firmeza de ánimo y el inquebrantable valor del hombre ilustrado e independiente, así como la potencia invencible que el amor de la libertad desarrolla en las naciones inteligentes, intelectualmente, expresa la fuerza del raciocinio y la solidez de la lógica: es la imagen de la filosofía positiva cuyos invariables principios no permiten el acceso al fanático y a la superstición. Empero, para prevenir los abusos de esta fuerza incalculable, es preciso que la acompañe la regla a fin de que comprenda bien la medida y la justa apreciación con que el hombre débil o fuerte debe servirse en todas ocasiones de esa poderosa palanca.

El cincel, la palanca, el compás y la escuadra, sirven para labrar la piedra bruta, transformándola por medio de las reglas del arte, en la piedra cúbica de punta.
 
La escalera fue en otro tiempo símbolo de la más alta justicia. Era una especie de poste con una argolla colocada en un sitio público, en la que se ataba a todos aquellos a quienes se quería exponer a la vergüenza o notar de infamia. Esta pena solía ir acompañada casi siempre de azotes; la sufrió nuestro Gran Maestro Jesús de Nazaret. Por Escala de Jacob se entiende la escalera misteriosa que éste vio en sueños cuando, para escapar de la cólera de su hermano Esaú, se refugió al lado de su tío Laban.
 
Todas las alusiones a esta escala son filosóficas; su cúspide es el ideal al que no llega el genio, sino después de haber subido todos sus escalones. Esta escala es una reminiscencia de los Misterios de Mithra para explicar a los neófitos el doble movimiento de las estrellas fijas y de los planetas, sus relaciones con la Tierra y el cambio perpetuo de sus mutuas emanaciones, así como el trasunto de las almas a las esferas celestes, según la filosofía de los antiguos persas.
 
A lo largo de ella se encontraban siete puertas emblemáticas: la de Saturno (de plomo), la de Venus (de estaño), la de Júpiter (de cobre), la de Mercurio (de diversos metales), la de Marte (de hierro), la de la Luna (de plata), la del Sol (de oro), y después el Empíreo.
 
Los jesuitas, que con frecuencia se han apoderado de nuestros símbolos y de nuestra jerarquía tomaron la escala masónica adonhiramita, cuyos siete escalones están formados por las palabras sagradas y de pase que a su debido tiempo conocerá el compañero masón, si progresa en el arte real, y cuyas iniciales son J.·. T.·. B.·. S.·. M.·. G.·. N.·. como iniciales también de su orden, enemiga de la nuestra.
 
I. Nitiatio—T. emporáis.—B.eneplacitus.—
S. cholasticus.—M. agister.—G. eneralis—N. oster.
 
¿Con qué miras han calcado los jesuitas el sistema de su organización sobre la escala simbólica masónica?
 
La escalera de caracol, dividida en tres tramos, que recorren los AApr.·. CComp.·. y MMaest.·. vienen suficientemente explicadas en los rituales, por lo que sólo nos hemos concretado a la anterior ampliación.
 
Las columnas del templo aparecen adornadas con un ancho capitel hermoseado con redes, sembradas de azucenas, lirios y granadas, y coronado de un globo terrestre en la red del norte y otro celeste en la red del sur, en los que descansaba el triángulo, símbolo del eterno.
 
La red, representa la unión; los lirios, el candor; las azucenas, la fuerza de nuestros corazones; las granadas, los innumerables bienes que el fervor nos proporciona, y los globos la universalidad de la masonería y su fin sublime.
 
Las granadas, con sus innumerables granos, figuran también el conjunto de los masones.
 
Por pasar de la regla al compás se entiende ascender del grado de aprendiz al de compañero, usando de la razón, la voluntad y la inteligencia, habiendo previamente extirpado nuestros vicios y malas pasiones, de cuya purificación se encarga el primer grado masónico.
 
El grado de compañero combate todo género de esclavitudes y las explotaciones políticas, religiosas o profanas, pues todas son inicuas, ya que los ciudadanos deben ser ilustrados y virtuosos; la ilustración aborrece las tiranías y la virtud forja valor e imprime virilidad para romper el yugo que envilece y degrada a los individuos y a las sociedades.
 
La palanca resume el concepto de las dos palabras ciencia y virtud que el compañero masón debe estudiar en las dos columnas que sostienen el frontispicio del templo.
 
La promesa del Compañero exige, entre otras cosas, no afiliarse a ninguna otra sociedad secreta sin la previa autorización de la logia masónica a la que pertenezca el que jura.
 
Según el catecismo interpretativo del grado de compañero, de la Gran Logia de Francia, el Aprendiz no ha llegado aún a conocerse a sí mismo, por lo cual ha tenido que confiarse a la competencia de otro, en lo que concierne a la apreciación exacta de su progreso en la iniciación. Siendo el estudio del hombre el objeto esencial de las enseñanzas del segundo grado, las meditaciones del Comp.·. Mas.·. deben encauzar sobre las dos definiciones clásicas, el hombre considerado como animal racional, o como una inteligencia servida de órganos. Por esto, de las tres grandes preguntas de la filosofía:
 
¿De dónde venimos?—¿Qué somos?—¿A dónde vamos?
 
La primera debe responderla el aprendiz, la segunda la estudia el compañero y de la tercera se encarga el maestro.
 
¿Qué somos?, o en otras palabras ¿qué es la vida? He ahí la cuestión capital del grado de compañero. Hay que preguntárselo a la Razón. El Compañero debe, además, saber vivir bien su vida, como un ser altruista y tener personalidad, pues la conciencia de sí mismo procura la sensación del YO (ego).
 
Sócrates decía: "Sólo sé que no sé nada". Pero si el yo individual es ilusorio en tanto que es esencia espiritual que posee una objetividad efectiva, existe a la manera de un foco de concentración, en el que se retractan los rayos intelectuales, que penetra nuestra esfera física. El yo llega a ser así el centro del alma, hecha de nuestras impresiones, de nuestra memoria, del conjunto de las imágenes retenidas por nuestra imaginación o combinadas por ella, de nuestras aspiraciones, nuestros deseos, resoluciones y herencia ancestral, etc.
 
Pero nuestra vida no es sino un fragmento porque LA VIDA ES UNA, y nosotros formamos parte de la inmortalidad del Gran Todo. El individuo es una manifestación efímera y particularizada de la especie, la que a su vez sólo es parte de la gran vida universal. Por consiguiente, el hombre debe humanizarse, para poder alcanzar el sublime grado de maestro. Meditemos sobre el misterio de la redención.
 
El compañero, para merecer tal título, debe tener conciencia de sí mismo y poder decir: sé lo que soy, y sé también hasta dónde llega el progreso de mi iniciación.
 
Por razón de su inexperiencia, el aprendiz no puede tomar parte debidamente en las decisiones de su taller. Lógicamente no tiene más derecho que el de que se le imparta instrucción, y su deber es el de oír y callar.

La geometría de que hablan los rituales del segundo grado no es la que se enseña en las escuelas profanas, sino la geometría moral y filosófica de la construcción universal, que enseña a hacer individuos y a darles su lugar en el edificio social.
 
El compañero está llamado a hacer obras de vida; debe poner en acción su energía vital, o sea, profundizar los misterios de la generación.

El compañero lleva en su último viaje las manos desocupadas, porque ya ha sido completada su transformación en piedra cúbica, y ya no necesita labrar su propio perfeccionamiento. Ya no le resta más que recogerse y observar, haciéndose accesible a las claridades intelectuales que deben iluminar progresivamente su entendimiento.
 
En el signo del grado, al llevar el compañero la mano derecha sobre el corazón, se compromete a amar a sus hermanos; al elevar la mano izquierda, afirma la sinceridad de su promesa, y al describir una escuadra con la mano derecha, muestra que todos sus actos se inspiran en la justicia y la equidad. La mano izquierda levantada también hace un llamamiento a la fuerza exterior, (energías captadas), que la derecha crispada se esfuerza por contener en el corazón, donde se acumulan. El iniciado, siempre listo para arrancarse el corazón, proclama, además, que ha sabido dominar sus sentimientos y que no cederá nunca a un arranque irreflexivo. Por último, significa que primero se arrancará el corazón, para arrojarlo a los buitres, que ser traidor a sus juramentos.
 
Los compañeros se sientan al mediodía, porque ya están bastante avanzados en iniciación para poder soportar la plena claridad del día. Por esto, en el altar hacia el mediodía se encienden dos antorchas, y sólo una hacia el norte. Los compañeros trabajan con el maestro "con gozo, fervor y libertad", y lo único que esperan de sus hermanos es que los instruyan pacientemente en las difíciles enseñanzas del segundo grado para poder aspirar a su admisión en los trabajos de los maestros.



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