lunes, 20 de agosto de 2018

LAS CEREMONIAS MASÓNICAS


Muchos profanos y no pocos masones encuentran fuera de lugar nuestros ceremoniales ritualísticos, tildándolos unos de arcaicos, otros de irreverentes o sacrílegos y los menos exigentes, de ridículos o inútiles. Nada debemos de discutir con los profanos sobre nuestros misterios, puesto que uno de nuestros Landmarcks establece que nuestra Augusta orden es secreta.
 
La vida moral que llevamos, los actos más delicados de la parte profana de nuestra vida, la conciencia y práctica de nuestros deberes, son garantías suficientes de nuestra conducta cuando "estamos a cubierto" en nuestros Talleres.
 
Cuando el público lleva su condescendencia a no acusarnos de los más negros maleficios (cosa común entre los fanáticos de todas las religiones positivas), se gozan representándonos en sus sátiras como niños grandes que se disfrazan para representar comedias ritualísticas, y dicen "los francmasones se burlan de los sacerdotes, y en cambio se dedican a farsas aún más ridículas".
 
Esta sentencia de los espíritus que se tienen a si mismos como esclarecidos, tanto se dice, se comenta y se repite que no faltan HH.·. compañeros, que sin datos para dirimir la cuestión, sin antecedentes para dar un voto verdaderamente razonado, piden, y lo que es peor, han llegado a obtener de sus propias logias, y lo que aún es más grave, de las grandes comisiones de dogma y liturgia de sus respectivas Grandes Logias la mutilación de los rituales simbólicos, con gravísima injuria a la tradición y pureza de nuestro dogma.

Toda crítica formulada de buena fe merece ser tomada en consideración, siquiera sea para desvanecer el error de quien la formula, con tanto más motivo que algunos Hermanos de cortas luces han llegado a convencerse de la falsa necesidad de una completa revisión de nuestros rituales. Avergonzados por un ceremonial que les parece hueco, estos Hermanos no vacilan en romper con las tradiciones que su solo arcaísmo no las hace suficientemente respetables a sus ojos. De ahí se ha originado todo un movimiento antisimbolista que pretende modernizar racionalmente (?) la Francmasonería.

Estos reformadores son para los tradicionalistas, es decir, para los verdaderos masones, fiel imagen de los malos compañeros que por su ignorancia cometieron el crimen de que nos habla el grado supremo del simbolismo, y que comentaremos extensamente.

Sus tendencias van encaminadas a hacer de la Francmasonería una honesta sociedad profana del tipo o de la clasificación de los sociólogos. En cambio los simbolistas sostienen con conocimiento de causa, que sin simbolismo no hay, ni puede haber, iniciación ni Francmasonería.

Optmii corruptio pessima. Toda nuestra enseñanza es simbólica, y cuando los símbolos no nos enseñan nada es porque nosotros no buscamos su significación que nos pone en la vía de los profundos misterios del pensamiento humano, y cuando nuestra actitud nos parece grotesca, es señal de que hemos perdido más o menos parcialmente las enseñanzas sabias y profundas de esos símbolos que nada nos dicen porque sólo son libro abierto para el verdadero iniciado. ¡Pobre hombre es el masón que nunca ha llegado a comprender las pruebas de su recepción y que, no obstante, se complace en revestirse de sus insignias, muy convencido de que una llama de licopodio es la luz que realmente se le ha dado, y que se cree un irreprochable iniciado, porque sabe de memoria el catecismo y trae en su cartera el recibo en que consta que está a plomo con el tesoro de su taller!

Grandes cualidades son las que del masón que sólo abriga en su pecho sentimientos fraternales y generosos; más si ésta es condición sine qua non, para obrar masónicamente, la masonería no se detiene ahí: al lado de la moral está el símbolo, está la filosofía, está el estudio de los arcanos y está el fin supremo de la gran obra.

Ningún rito carece de valor, y son tales, que aun cuando se practica mecánicamente el ritual, tiene su eficacia. Supongamos que un masón se prepara para entrar en logia. Ocupada por otras ideas su cabeza, se ciñe el mandil maquinalmente, luego observa como un autómata la actitud prescrita, ejecuta el signo, la marcha y el saludo del grado, para quedar al orden entre columnas. Aunque todo lo haya hecho distraídamente por hábito, el masón, sin que se dé cuenta, ha sido ocultamente influido, de tal modo, que nunca se portará en logia abierta como lo haría en cualquier reunión profana, y es que cada uno de sus actos sucesivos repercuten en el dominio misterioso del sentimiento.

A falta del consciente, el mandil advierte al inconsciente su actitud masónica. La mano puesta sobre la garganta tiene la virtud real de contener las pasiones en el pecho, y no es vano el simbolismo que de esa actitud nos enseñan los rituales. Precisa ser psicólogo muy mediano para colmar de desdén esas prácticas que sólo tienen de pueriles sus engañosas apariencias, su aspecto externo. Seamos, pues, prudentes con las formas tradicionales. Mientras menos podamos interpretar su alcance, más debemos respetarlas, porque el Hermano que en ellas cree es más sabio que los espíritus fuertes que quieren desacreditarlas con la audacia sola de su indocumentación.

Tal vez el pasado nos haga sufrir una dominación irritante; pero ¿por qué sublevarnos, cuando lo que se trata de resolver es un enigma? Estudiemos, busquemos nuestro juicio. La impaciencia, excusable en el aprendiz, ya no lo es en el compañero, y mucho menos en el maestro, que debe proceder con pleno conocimiento de causa.

Teniendo, pues, creyentes y misterios, ¿puede considerarse que la masonería es una iglesia, como cualquiera otra? Como cualquiera otra, no; como ninguna otra, más bien. La diferencia capital reside en el carácter puramente humano de la Francmasonería, que no se detiene ante las "verdades divinamente reveladas", puesto que invita a sus adeptos a despojarse del error por sus propios esfuerzos, para orientarse por sí mismos con entera independencia hacia esa luz del espíritu a la que aspiran las inteligencias.


No obstante, hay ciertas similitudes. Ecciesia, en griego, significa asamblea, y no podía negarse que el conjunto de los francmasones forman una "iglesia" en el sentido etimológico de la palabra, y en efecto, las Grandes Logias al dejar de reconocerse como regulares entre sí, lo cual por desgracia es frecuente, ¡en realidad no hacen sino excomulgarse lo más eclesiásticamente del mundo!

Pero en verdad, la masonería no es una religión, o más exactamente, no es una religión positiva. Los altares de nuestros templos, consagrados al trabajo, y dedicados al culto de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad, y más que nada, al culto de la Verdad, en cuya cúspide se encuentra el G.·. A.·. D.·. U.·. siguiendo el sendero de la gnosis (la letra G), son en los que oficiamos, en los que como apóstoles predicamos una religión más alta que todas las demás precisamente por ser la síntesis de todas ellas. Pero no buscamos un culto oficial, no pretendemos una religión de estado, por más filosófica que sea, porque entre todos los sacerdocios, el único que no es malo, el único que no es dañoso al libre albedrío, es aquel en que cada hombre es su propio sacerdote, pues no hay un tribunal de penitencia, ni una cátedra de enseñanza más altos que los de la propia conciencia.

Ese sacerdocio laico, individual e independiente no tiene más fin que el de la emancipación de los espíritus. De ahí resulta un corolario: la masonería nunca deberá estar, ni estará al servicio de ningún gobierno, cualquiera que éste sea. Una organización masónica, instrumento del poder, o no tendría el derecho de usar el título de libre masonería; aunque no lo quieran entender así algunos pseudomasones que con gusto verían transformadas nuestras logias azules en verdaderos clubes de jacobinos, para en ellos resolver conflictos regionales, profanos y transitorios, siendo así que nuestra orden se dedica a conocer los más elevados e inmutables misterios del universo.



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