miércoles, 21 de febrero de 2018

LA PIEDRA FUNDAMENTAL


 
La piedra fundamental es uno de los símbolos más abstrusos e importantes de la francmasonería, pues no sólo tratan de él las leyendas y tradiciones de los francmasones, sino también las de los rabinos, talmudistas y musulmanes.

Hay que confesar que muchas de estas leyendas son completamente pueriles y absurdas; pero algunas, especialmente las masónicas, son interesantísimas por su significación alegórica.

El símbolo de la piedra fundamental pertenece a los grados superiores, aparece por primera vez en el real arco, siendo el más importante de este grado; pero está tan íntimamente relacionado, por su historia legendaria, con la construcción del templo Salomónico, que puede considerarse que forma parte de la antigua francmasonería, aunque quien limite sus investigaciones al estrecho círculo de los Tres Grados Primeros, no podrá apreciar debidamente el simbolismo de la piedra fundamental.

Ante todo, y como preliminar al tema que vamos a estudiar, es necesario que distingamos la piedra fundamental de otras piedras que representan un papel importante en él ritual francmasónico, pero que son completamente diferentes. Estas piedras son: la piedra angular, que se colocaba en el ángulo noreste de la obra que se iba a edificar y de la que se trata en las ceremonias del primer grado; la clave del arco, que constituye una parte interesante del grado de Mark Master; y, por último, la piedra de albardilla, en la que se funda todo el ritual del grado de muy excelente maestro.

Todas ellas son altamente interesantes e instructivas, pero no tienen relación alguna con la piedra fundamental ni con su simbolismo. Aunque se dice que la piedra fundamental tiene forma cúbica, no debe confundirse con la piedra que los francmasones del continente conocen con el nombre de piedra cúbica, la "pierre cubique" de los franceses y la "cubik stein" de los alemanes.

La piedra fundamental tiene su historia legendaria y su significación simbólica distinta que las de las demás piedras. Primeramente vamos a definir esta piedra masónica fundamental; luego, comparemos las leyendas que a ella se refieren, y, por último, investigaremos su significación como símbolo. Al empezar esta investigación entiéndase que todo cuando digamos sobre la piedra fundamental se ha de tomar en sentido mítico y alegórico. El doctor Oliver ha estudiado esta piedra como si fuera realidad substancial, a pesar de que sabía que no era sino un símbolo. De ahí que, si los lectores de las Historical Land-marks y de sus demás obras toman sus palabras al pie de la letra, encontrarán absurdos y puerilidades, cosa que no ocurriría, si la piedra fundamental se estudiase como un mito filosófico que encierra y guarda profundo y bello simbolismo. Leyéndola bajo este punto de vista, desde el cual deberían leerse todas las leyendas masónicas, la historia mítica de la piedra fundamental se convierte en uno de los símbolos más importantes y sugeridores de la masonería.

Según la teoría en que se funda la piedra fundamental, se supone que fue colocada en los cimientos del templo de Salomón, transportándose al santo de los santos durante la construcción del segundo templo. Tenía forma de cubo perfecto, hallándose inscrito en su cara superior el nombre de Dios, encerrado en una delta o triángulo. Oliver dice, hablando con toda la solemnidad de que es capaz un historiador, que Salomón pensó que había hecho un templo digno de ser morada de Dios, "cuando depositó con solemnes ceremonias la célebre piedra fundamental (en la que había grabado el nombre místico), colocándola en el Monte Moria, a lo largo de los cimientos de Dan y Asher, centro del lugar sacratísimo, donde el shekinah de Dios cobijaba debajo de sí al arca de la alianza".

Los talmudistas hebreos, que meditaron mucho sobre esta piedra y conservaban tantas leyendas referentes a ella como los talmudistas masónicos, la denominaban eben shatijah, o piedra fundamental, porque decían que Jehová la había colocado como cimiento del mundo. Por eso habla el libro apócrifo de Enoch de "la piedra que soporta los ángulos de la tierra".

La idea de la piedra fundamental debió derivarse probablemente del hermoso pasaje del libro de Job, en que el Todopoderoso pregunta al afligido patriarca:

"¿Dónde estabas cuando se fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia. ¿Quién ordenó sus medidas, si lo sabes? ¿O quién extendió sobre ella cordel? ¿Sobre qué están fundadas sus bases? ¿O quién puso su piedra angular? Cuándo las estrellas todas del alba alababan y se regocijaban todos los hijos de Dios!

Noyes explica del siguiente modo las alusiones a la piedra fundamental: "Era costumbre celebrar con música, cánticos y alborozo la colocación de la piedra angular en los edificios importantes. De ahí que se represente a las estrellas celebrando la colocación de la piedra fundamental de la tierra".

Y sobre estas palabras de Job se han acumulado más tradiciones que en ningún otro símbolo masónico. Los rabinos comparten con los masones la gloria de estas historias apócrifas; claro que sospechamos que casi todas las leyendas masónicas deben su primera existencia al carácter imaginativo de los talmudistas judíos. Pero las tradiciones hebreas se diferencian de las masónicas en que los talmudistas las recitaban como si fueran historias verídicas, admitiendo a ojos cerrados todos los anacronismos y cosas imposibles, mientras que los estudiantes masones las han recibido como alegorías, cuyo valor no estriba en los hechos, sino en los sentimientos que expresan. Habiendo determinado de qué modo debe comprenderse su significado, procedamos a cotejar estas leyendas.

En la obra blasfema, Toldoth Jeshu o Vida de Jesús, escrita, al parecer, en el siglo XIII ó XIV, hállase el siguiente relato de esta piedra maravillosa:

"En aquella época (en la de Jesús) había en la casa del santuario (es decir, en el templo), una piedra de fundación, que es la misma que nuestro padre Jacob ungió como óleo, según describe el capítulo vigésimo del Génesis. En esta piedra se habían escrito las letras de tetragrámaton. El israelita que pudiera leerlo se haría dueño del mundo. Por eso, para impedir que alguien pudiera aprender estas letras, se colocaron dos canes de hierro sobre dos columnas frente al santuario. Si la persona que había aprendido estas letras deseaba salir del santuario, le inspiraban tal terror los aullidos de los perros, llenos de mágico poder, que se olvidaba repentinamente de todo".

Buxtorf cita este pasaje en su Lexicon Talmudicum; pero hallé en otro ejemplar del Toldoth Jeshu un párrafo en que se relatan algunos detalles más que dicen:
"En aquellos tiempos guardábase en el recinto del templo el inefable nombre de Dios, inscrito en la piedra fundamental, porque, cuando el Rey David estaba cavando para hacer los cimientos del templo, encontró en lo más profundo de la excavación cierta piedra en la que estaba inscrito el nombre de Dios, la cual depositó en el santo de los santos".

Y se repite, con mayor amplitud todavía, la pueril historia de los perros aulladores. Aunque no viene a cuento en el presente estudio, es curioso que este libro, que, de cabo a rabo, difama continuamente del Salvador, diga que Jesús obtuvo astutamente el conocimiento del tetragrámaton grabado en la piedra fundamental y que realizaba los milagros valiéndose de la mística influencia de este nombre.

Las leyendas masónicas de la piedra fundamental, basadas en éstas y otras fantasías rabínicas, tienen un carácter extraordinario, si se consideran como historias; pero, estudiadas a la luz de las alegorías, pueden conciliarse fácilmente con el sentido común. En ellas se expone una serie ininterrumpida de acontecimientos, desde Adán a Salomón, y desde Salomón a Zerubabel, en las que la piedra fundamental representa un papel importantísimo. La primera de estas leyendas, en orden cronológico, relata que Adán poseía ya la piedra fundamental, mientras estuvo en el Edén; que se sirvió de ella como del altar, y que, cuando le arrojaron del paraíso, la trajo consigo al mundo en donde él y sus descendientes habían de ganarse el pan con el sudor de sus frentes.

Otra leyenda dice que la piedra pasó desde Adán a Set, y desde éste a Noé, por sucesión directa, quien la colocó en el arca, y, después del diluvio, hizo sobre ella su primera acción de gracias. Noé, la dejó en el monte Ararat, en donde, más tarde, la encontró Abraham, quien la recogió y utilizó como altar de sacrificio. Su nieto Jacob se la llevó consigo a Mesopotamia cuando huyó de su tío Labán, e hizo de ella su almohada en las cercanías de luz, donde tuvo la célebre visión. Aquí se interrumpe súbitamente la legendaria historia de la piedra, y no sabemos cómo vino a parar a poder de Salomón desde Jacob. Es cierto que se dice que Moisés la sacó de Egipto, de modo que así pudo llegar fácilmente a Jerusalén.

El Dr. Adam Clarke cita una "disparatada tradición" según la cual, después de haber dormido sobre ella Jacob, la piedra fue llevada a Jerusalém, y de ahí, tras un gran lapso de tiempo a España, de España a Irlanda, y de Irlanda a Escocia, en donde servía de asiento a los reyes de Escocia durante la coronación. Sabido es que Eduardo I trasladó la piedra a que se refiere esta leyenda desde Escocia a la Abadía de Westminster, donde aún se conserva con el nombre de almohada de Jacob, la cual se coloca siempre bajo la silla en que se sientan los soberanos ingleses para ser coronados, porque existe un antiguo dístico que dice que los re-yes de Escocia reinarán doquiera que esta piedra se encuente. Pero esa tradición escocesa desplazaría la piedra fundamental de toda relación masónica, y, por tanto, se rechaza en la orden.

Las leyendas que acabamos de relatar son contradictorias y no nos satisfacen en muchos de sus aspectos. Los masones adoptan actualmente otra serie de leyendas tan antiguas como las anteriores y que están más de acuerdo con el simbolismo gene las explica. Esta serie de leyendas comienza, por el patriarca Enoch, quien se supone que fue el primer consagrados de la piedra fundamental. La leyenda de Enoch es tan importante en la ciencia masónica que merece que le dediquemos mayor atención que a las demás.

Esta leyenda es como sigue: Inspirado por el Ser Supremo, Enoch construyó un templo subterráneo en el Monte Moria dedicado a Dios, obedeciendo a las instrucciones recibidas en una visión. Su hijo Matusalem erigió el edificio, sin saber qué motivos le movían a su padre a edificarlo. El templo estaba formado por nueve bóvedas o cuevas que caían verticalmente unas debajo de otras y se comunicaban entre sí por medio de aberturas. Entonces mandó Enoch que hicieran una plancha triangular de oro, cuyos lados tenían un codo de longitud. La adornó con piedras preciosas y la incrustó en una piedra de ágata de la misma forma. Sobre la plancha grabó el nombre de Dios, o tetragrámaton, y, colocándola en una piedra cúbica, que desde entonces recibió el nombre de piedra fundamental, la depositó en la bóveda inferior. Cuando se hubo terminado la obra subterránea, hizo una puerta de piedra, y, poniendo en ella una anilla de hierro para que se pudiera levantar cuando fuera preciso, la colocó en la abertura de la cueva superior, y la tapó de manera que no pudiera descubrirse. El mismo Enoch no entraba en el templo subterráneo más que una vez al año. Pasados los días de Enoch, de Matursalem, de Lamech y de la destrucción del mundo por el diluvio, se perdió todo conocimiento del templo subterráneo y de la piedra fundamental sobre la cual se había grabado el nombre inefable.

La piedra fundamental reaparece durante la construcción del primer templo de Jerusalem. Ya hemos hablado de la tradición judía que dice que mientras se hacían las excavaciones para colocar los Cimientos del templo, el rey David encontró una piedra, en que estaba grabado el nombre inefable de Dios, la cual, según se decía, fue depositada en el santo de los santos.

La leyenda favorita de los talmudistas es precisamente la de que el Rey David fue quien colocó los cimientos sobre los que más tarde había de levantar Salomón el templo maravilloso que lleva su nombre. La leyenda masónica es caso idéntica en el fondo a la judía, si bien substituye a David por Salomón, dando mayor viso de probabilidad a la narración, y supone además, que la piedra descubierta por Salomón era la misma que depositó Enoch en la bóveda secreta. Dice la tradición que Salomón retiró de allí la piedra y la colocó en un lugar secreto y sagrado.

En esto coincide la tradición masónica con la judía, pues en el tercer capítulo del tratado del templo, debido a la pluma del célebre Maimónides, se encuentra la siguiente narración:

"En el santo de los santos había una piedra, situada en el ángulo oeste, sobre la cual se depositó el arca de la alianza, poniendo delante de ella el vaso con maná y la varita de Aarón. Pero, cuando Salomón construyó el templo, pensó que algún día se habría de destruir, y para ocultar el arca, construyó una cripta subterránea y profunda, en cuya cripta la depositó Josías, junto con el vaso de maná, la varita de Aarón y el óleo de la unción, según dice el segundo libro de las crónicas, XXXV, 3."

El libro talmúdico Yoma de la misma tradición, dice que "el arca de la alianza se colocó en el santo de los santos, sobre una piedra que levantaba tres dedos del suelo, y que le servía de pedestal". "A esta piedra", dice Prideaux, "la llamaron los rabinos "Piedra Fundamental" y escribieron infinidad de pataratas sobre ella".

El problema de la existencia del arca en el segundo templo es objeto de viva controversia. Algunos escritores judíos aseguran que se hizo otra nueva; otros, que en la antigua se encontró en donde la había ocultado el Rey Salomón; y algunos, sostienen que en el templo de Zorobabel no existió arca alguna, colocándose en su lugar la piedra fundamental, sobre la cual había originalmente descansado.

Los masones pertenecientes al grado del Real Arco saben como se tratan de reconciliar todas estas tradiciones en la leyenda masónica, en la que el arca substituta y la piedra fundamental representan un papel importantísimo. En el grado trece del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, la piedra fundamental sirve de descansadero al delta sagrado. En los grados del Real Arco y de Maestro Elegido del Rito de York americanizado, la piedra fundamental constituye la parte más importante del ritual. En ambos grados sirve de receptáculo al arca y lleva inscrito el nombre inefable. Lee ha dedicado en su Temple of Solomon un capítulo entero a la piedra fundamental, y recapitula de este modo las tradiciones talmúdicas y rabínicas:

"Las quimeras de los antiguos rabinos referentes a la piedra fundamental del templo son vanas y fútiles. Unos aseguran que Dios colocó esta piedra en el centro del mundo para que sirviera de firme base a la Tierra. Otros creen que era la materia prima de que han surgido y tomado forma todos los hermosos seres visibles del mundo. Algunos cuentan que es la que sirvió de cabezal a Jacob durante la noche en que tuvo la visión angélica, cuya piedra ungió con óleo y consagró a Dios, y que, cuando Salomón la encontró (sin duda debido a una falsa revelación, o tras de una busca fatigosa, como un nuevo Rabí Selemah), no se atrevió más que a colocarla como piedra fundamental del templo. Y hasta dicen que mandó grabar en ella el tetragrámaton o nombre inefable de Dios".
Como se ve, las tradiciones masónicas sobre la piedra fundamental no difieren gran cosa de las rabínicas, si bien dan algunos detalles más.

La piedra fundamental, hace su primera aparición en la leyenda masónica durante los días de Enoch, quien la colocó en las entrañas del Monte Moría. Alli la descubrió más tarde el Rey Salomón, poniéndola en una cripta del primer templo, en donde permaneció guardada hasta que se pusieron los cimientos del segundo templo, época en que fue descubierta y llevada al santo de los santos. Pero el detalle más importante de la leyenda correspondiente a la piedra fundamental es su íntima y constante relación con el tetragrámaton o nombre inefable. Este nombre inscrito en ella es el que da a la piedra todo su valor y significación masónicas. De este hecho depende su simbolismo.

Si considerásemos estas leyendas como relatos históricos, tendríamos que convenir con Lee en que parecen "'absurdas y fútiles fantasías". Por eso hay que buscar algo tras de la leyenda, considerándola únicamente como alegoría y estudiando su simbolismo. Por tanto, la investigación que vamos a emprender a continuación será la del simbolismo de la piedra fundamental.

Al acercarnos al más abstruso de los importantes símbolos de la orden, nos impresiona su relación patente con la antigua doctrina de la idolatría. Para comprender debidamente el verdadero simbolismo de la piedra fundamental, es preciso estudiar, aunque sea brevemente, este género de culto religioso.

El culto de las piedras es una forma del fetichismo que prevaleció en la infancia de la religión, quizá más extensamente que las demás formas de cultos religiosos. Lord Lames explica este hecho suponiendo que las piedras erigidas como monumento a los muertos, llegaron a ser el lugar donde la posteridad rendía veneración a la memoria de los fallecidos y que, con el tiempo, el pueblo perdió de vista la significación simbólica, que en realidad no comprendía bien, convirtiendo a estas piedras fundamentales en objetos de adoración.

Otros tratan de encontrar el origen de la idolatría en la piedra que Jacob ungiera en Betel, cuya tradición se difundió por las naciones paganas, comprendiéndose. Es cierto que los fenicios adoraron ciertas piedras sagradas en las que daban el nombre de Boetylia, lo cual da cierta apariencia de verdad a la teoría. Pero una tercera leyenda supone que la idolatría procede de la desmaña de los escultores primitivos, que, no sabiendo esculpir la verdadera imagen de su Dios, debido a sus escasos conocimientos del arte plástico se contentaron con poner en su lugar una piedra en bruto o ligeramente pulida. De ahí que las griegos usaran al principio piedras sin tallar para representar a los dioses.

Pausanias dice haber visto treinta piedras de este género en la ciudad de Pharae. Todas ellas tenían forma cúbica, y, como la mayor parte de ellas se dedicaron al Dios Hermes o Mercurio, se las designó con el nombre genérico de Hermae. Más tarde, se les añadió una cabeza, cuando hubo progresado el arte plástico.

En las puertas de casi todas las casas atenienses se colocaban piedras sagradas. También se ponían enfrente de los templos, en los gimnasios, bibliotecas, esquinas de las calles y de los caminos. Cuando se dedicaban al dios Término servían de lindes o mojones, colocándose en el cruce con las fincas vecinas.

Los Tebanos adoraron a Baco en forma de una piedra cuadrada y sin pulimentar. Arnobio dice que Cibeles se presentaba con una pequeña piedra negra. Eusebio cuenta que, según Porfirio, los antiguos representaban a Dios con una piedra negra, porque su naturaleza es oscura, e inescrutable.

El lector conocerá seguramente la negra piedra Iládslor el Aswad colocada en el ángulo suroeste de la Kaaba de la Meca, que adoraron los árabes antiguos y que aun hoy día es objeto de religiosa veneración por parte de los mahometanos modernos. Los sacerdotes musulmanes dicen que antes había sido blancá y que brillaba tan extraordinariamente que podía verse a cuatro jornadas de distancia; pero que las lágrimas de los peregrinos la habían ennegrecido.

Sabido es que los druidas no tenían más imágenes de sus dioses que las piedras cúbicas o cilíndricas, de las que cita varios ejemplos el famoso Toland.

Los caldeos tenían en gran veneración la piedra Menfzuries, a la cual hacían sacrificios para evocar al Buen Demón.

Las razas aborígenes de América practicaron también la idolatría. Squier dice que según Skinner, los peruanos acostumbraban colocar piedras en bruto en sus campos y plantaciones, a las que adoraban como protectores de sus cosechas. Y Gama dice que el Dios que presidía la primavera se representaba en México sin cuerpo humano, substituyéndole éste por una pilastra o columna cuadrada, cuyo pedestal estaba adornado con diversas esculturas.

En realidad, el culto a las piedras ha sido tan universal, que HIGGINS dice en su Celtic Druids: "Parece que el primer objeto idolatrado en todo el mundo fue una piedra sin pulimentar, clavada en tierra, como emblema de las energías procreadoras y generativas de la naturaleza". Bryant sostiene en el Analysis of Ancient Mythology que "en todos los templos oraculares existió siempre una leyenda referente a una piedra".

Creemos que no hará falta citar más ejemplos de costumbres religiosas en otros países, para que admita que la piedra cúbica constituía una parte importante del culto religioso en las naciones primitivas. Pero Cudworth, Bryam, Baber y otros distinguidos escritores; que han tratado sobre este tema, han fundado hace tiempo la teoría de que las religiones paganas son eminentemente simbólicas.

Por ejemplo, Dudley dice que el pilar o piedra "se adoptó para simbolizar la fuerza y la firmeza. También era el símbolo del poder divino, y, en consecuencia, el ídolo de la Divinidad". Símbolo que confirma Cornoto, quien dice que los griegos solían representar al Dios Hermes sin manos ni pies, simbolizándolo con una piedra cúbica, porque el cubo significaba su solidez y estabilidad.

Así, pues, quedan demostrados los siguientes hechos, si bien con distinto orden cronológico:

1º, que en las naciones primitivas de la antigüedad prevaleció generalmente el culto de las piedras, con las cuales se simbolizaba la Divinidad.

2º, que en casi todos los templos antiguos existía una leyenda referente a una piedra mística o sagrada.

 3º, que esta leyenda se encuentra también en el sistema masónico.

4º, que la piedra mística ha recibido en este sistema el nombre de "piedra fundamental".

Ahora bien, como la piedra de todos los demás sistemas es simbólica, siendo su tradición de carácter místico, nos sentimos compelidos a asignar los mismos atributos a la piedra masónica, es decir, que esta piedra es simbólica y que su leyenda, es un mito o alegoría.

Bailly ha dicho que la fábula o alegoría, "subordinada a la historia y a la filosofía, nos miente para mejor instruirnos, y fiel en conservar las realidades que se le confían, cubre con seductor ropaje las lecciones de la una y las verdades de la otra".

Desde este punto de vista es desde el que vamos a estudiar la alegoría de la piedra fundamental, convertida en uno de los símbolos más importantes de la francmasonería. El hecho de que la piedra mística de todas las religiones antiguas simbolizara la divinidad, nos lleva a la conclusión de que la piedra fundamental masónica era también un símbolo de Dios, idea simbólica a la que hace tomar mayor fuerza el tetragrámaton grabado sobre la famosa piedra. Este nombre sagrado santifica la piedra en que se graba por ser el Símbolo del Gran Arquitecto, y al mismo tiempo la despoja de su significación idolátrica, y la consagra al culto del verdadero Dios. La idea predominante sobre Dios en el sistema masónico es que es un poder creador y formador. Para el francmasón Dios es Al Gahil, como le llaman los árabes, o es, el Constructor, o, como le titulan los masones, el Gran Arquitecto del Universo, abreviado de común acuerdo en la fórmula G.·. A.·. D.·. U.·.

Para simbolizar este aspecto creador de Dios no ha podido inventarse símbolo más apropiado que el de la piedra fundamental, sobre la que se supone que El construyó el mundo. Este símbolo relaciona íntimamente la obra creadora de Dios, que es el arquetipo, con la edificación hecha por el trabajador sobre una piedra fundamental y similar. Esta idea masónica se puede extender todavía más. La verdad divina constituye el objeto fundamental de toda labor masónica. La búsqueda de la palabra perdida es la de un término sinónimo de Dios, cuyo nombre inefable, es mía, la verdad; pero la verdad divina es un término sinónimo de Dios, cuyo nombre inefable, es símbolo de verdad, porque Dios es verdad, idea que se encuentra en las escrituras, principalmente en el libro de los salmos, en el que se dice que la verdad del Señor "alcanzaba hasta las nubes" y que "Su verdad perdura en todas las generaciones".

Si Dios es verdad, y la piedra fundamental es símbolo masónico de Dios, síguese de esto que también debe serlo de la verdad divina. Al llegar a este punto de nuestras especulaciones, podemos fácilmente demostrar que todos los mitos y leyendas de la piedra fundamental pueden explicarse racionalmente diciendo que forman parte de la "ciencia de moralidad, velada en alegorías y explicada por medio de símbolos", o sea, de la francmasonería. El sistema masónico consta de dos templos: el primero es el que atañe a los tres grados del arte antiguo de la masonería, y el segundo, el que corresponde a los grados superiores y especialmente al Arco Real.

El primero, simboliza la vida presente, y el segundo, la vida venidera. Aquél, o sea, la vida actual, debe destruirse, para construir sobre sus cimientos el segundo, el de la vida eterna. Pero Salomón colocó la piedra mística en los fundamentos del primer templo, es decir, que el primer templo de nuestra vida presente, debe edificarse sobre el firme cimiento de la verdad divina, "porque el hombre no puede basarse sino en ese fundamento".

No obstante, aunque la vida actual está construida sobre el fundamento de la verdad, nunca alcanzarnos ésta en la tierra sublunar. Pues la piedra fundamental se halla oculta en el primer templo, y el maestro masón no la conoce. No posee la verdadera palabra, sino únicamente su sustituta. Para pasar al segundo templo, el de la vida futura, hemos debido estar en la tumba, que es donde finaliza nuestro trabajo del primer templo. Hemos quitado los escombros y encontrado la piedra fundamental que hasta este momento no pudieron contemplar nuestros ojos. Hemos dejado a un lado la palabra sustituta de la verdad con la que nos habíamos satisfecho en el primer templo, y descubierto el resplandor refulgente del tetragrámaton, hallando la piedra fundamental y entrando en posesión de la verdadera palabra, o sea, de la verdad divina:

El hecho de que la piedra fundamental o verdad divina estuviese oculta en el primer templo, y se descubriese en el segundo, explicará las siguientes palabras del Apóstol:

"Porque vemos a través de un cristal oscuro; pero después cara a cara: ahora conozco en parte; pero después conoceré también hasta cómo soy conocido".

De modo que nuestra investigación da por resultado que la masónica piedra fundamental es un símbolo de la verdad divina, sobre la cual se ha levantado el edificio de la francmasonería especulativa; y que las leyendas y tradiciones referentes a ella tienen por objeto describir en forma elegórica, el progreso o evolución en el alma de la verdad, en cuya busca consiste el trabajo del francmasón, siendo la recompensa su descubrimiento.




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